abisail
Restos de un PJ de Aharadad
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El silencio del templo de Kelemvor reconfortaba su cuerpo. La oración, su alma. Allí, de rodillas ante el altar, hubiera podido pasar largo rato si no hubiera sido por el sonido de la pesada puerta abriendose a su espalda. Rob miró de reojo sobre su hombro y vió a Iria Lunanegra. La balanza del Azote salió de la cripta de la orden y se dirigió hacia él con pasos livianos. El guerrero se levantó y volviendose hacia la mujer la saludo con una respetuosa inclinación de cabeza.
- Mi señora
- Rob. Disculpad, no quería interrumpiros. ¿Qué tal estais?
- Me encuentro bien y vos no interrumpis nunca. Además os debo una disculpa hace tiempo.
Iria se retiró la capucha. Su cabello azabache cayó descuidadamente sobre sus hombros a la que vez que fruncía el ceño.
-¿A qué os referis?
- Me temo mi señora que pequé de exceso de vehemencia en la embajada para solicitar apoyo a este templo a los clérigos del Pináculo. Os pido perdón si dejé en evidencia a la delegación.
- Debo reconocer que me sorprendió bastante... sobre todo el comienzo de vuestro discurso. Sin embargo, no debeis disculparos.
- En mi defensa solo puedo decir que intenté llamar la atención de los sacerdotes que estaban... - Rob pareció buscar la palabra adecuada - confusos.
- Hablasteis con crudeza, pero mostrasteis la verdadera situación del pais. Argumentasteis con pasión y firmeza. No tengo nada que reprocharos, Rob.
- Sois generosa, balanza Lunanegra. Gracias.
- Tampoco yo estoy acostumbrada a las relaciones diplomáticas, y es algo en lo que debo mejorar ahora que mi reciente cargo lo exige. Debo añadir que aquel día aprendí de todos vosotros. Así que también yo os estoy agradecida.
El tono de la mujer era humilde y sincero. El grado de balanza del Azote no había cambiado su carácter natural.
- La misión fue un éxito y vos la encabezasteis con la ayuda de Kelemvor.
- Gracias Rob. Fue un trabajo en equipo.
El guerrero de semblante severo inclinó la cabeza y la mujer sonrió levemente.
- Algún día serás un gran segador, hermano, y espero de corazón que ese día no tarde en llegar.
- Sólo si esa es la voluntad del Juez. Pero yo ya estoy a vuestro servicio, mi señora.
La pesada puerte principal del templo se abrió dejando pasar la luz del exterior y a una alta figura encapuchada que avanzó hacia la pareja. Al acercarse Rob realizó una reverencia.
- Eminencia.
- Buenos días , hermanos - el recien llegado echó hacia atrás su capucha.
- Buenos días, Inus.
- Rob... Iria.
El Azote se limitó a saludar a ambos con un leve cabeceo, pero sus ojos se iluminaron levemente al saludar a la mujer. A Rob no le pasó desapercibida la mirada.
- Me disponía a visitar la biblioteca si me dispensais...
- Uhm. Os habeis entregado con admirable ahinco a la tarea que os enconmendé, Rob - el azote entrecerró los ojos observando al antigua guardian de caravanas con atención.
- Más que una tarea ha sido una oportunidad, mi señor.
- Decidme hermano... - Inus cruzó las manos a su espalda en un gesto de cuidadoso escrutionio al aspirante - ¿Por qué lo considerais una oportunidad?
- El poder leer escritos sagrados, vislumbrar los conocimientos acomulados por la Orden y la verdad de la fe del Juez, son sin duda una gran oportunidad.
- ¿Y cual es esa verdad, hermano Digger?
- Kelemvor es el último Juez, es justicia final sin venganza ni piedad. Es en definitiva la fuente que desea todo ser aún sin saberlo, pues todo ser lleva dentro un anhelo de justicia que sólo los fieles al Juez verán saciado por toda la eternidad. Los elegidos para estar a su lado gozarán para siempre de la visión grandiosa del ejercicio de su justicia. Sólo espero que mi alma sea digna de gozar de esa visión por toda la eternidad.
- Son esas palabras citadas de distintos textos. El Alma Dei. La Ley y el Muro. La Ascension del Juez. Y las has citado bien. ¿Pero son esas las palabras de tu corazón, Rob? - el azote ladéo ligeramente el rostro, mirándole con serena atención.
- Sí.
La afirmación de Rob fue firme y tranquila. Sin un atisbo de duda en el timbre de su voz ni en su mirada. Inus lo miró fijamente unos instantes y asintió levemente.
- Has de saber sin embargo que el ser implacable en el cumplimiento de la Ley Última no implica la carencia de piedad. Alza la mirada Rob, - en la bóveda de la Espiral de las Almas numerosas pinturas votivas representaban de manera historiada fragmentos de la vida de Kelemvor, desde simple mercenario hasta lograr la divinidad - lo que nuestro señor es, es en lo que su senda lo ha convertido. Kelemvor, nuestro amado Señor es aun un poder joven. Esta en su memoria reciente aun el tiempo en el que debió abordar la muerte propia y la de aquellos que le fueron cercanos. Y a pesar de ser aun tan humano, debe administrar el ministerio de la muerte. Y su mano no tiembla. Pero, ¿de verdad crees que carece de piedad?
El azote bajo la mirada de la bóveda para clavarla en Rob.
- En la suprema hora en la que las almas de impíos y descreídos son juzgados en su balanza... no hay ni piedad, ni venganza. Sólo justicia - contestó el aspirante.
- Kelemvor administra la muerte, tanto a aquellos que en vida han obrado el bien como a aquellos que han servido a poderes oscuros. Pero tanto a unos como a otros les concede un tránsito piadoso. Y así debemos actuar.
Las palabras de Iria fueron firmes y contundentes. Ambos varones se limitaron a corroborar con leves gestos de cabeza. Inus, no obstante matizó una objeción:
- Sin embargo, hablais hermanos de cosas distintas. Pues la noción de bien y mal, o de falsos y descreidos, muy a menudo se confunde por nuestros propios anhelos. O por nuestra propia moralidad. - Volvió a alzar la vista a la bóveda del templo. Iria y Rob le imitaron.
- La piedad y la venganza, el bien o el mal como querais llamarlos, son bienes difíciles de administrar hasta para los hombres sabios.
Inus escuchó las palabras del joven aspirante sin bajar la vista. Seguía con la mirada las escenas de la historia mil veces leída de su dios.
- Así es Rob. Nosotros no somos dioses, nuestro papel en el esquema de las cosas es mucho mas pequeño. Y nuestra capacidad de juicio por tanto también. A menudo los que creen ciegamente tener todas las respuesta son solo eso. Ciegos. A menudo esa ceguera es autoimpuesta, o es el velo a través del que vemos el mundo por las penas sufridas, o los castigos autoimpuestos - Inus apartó la vista de los frescos y miró fijamente al aspirante - . A menudo aquellos que se tratan a si mismos sin piedad, no son capaces de sentir piedad por aquellos que consideran perdidos y condenados. Por aquellos que, como el que los juzga con ese velo ante su cara, errarán o han errado. Y sin embargo errar y enmendar es humano, Rob.
- Mucho he errado en mi corta vida. Si es por ello soy más humano que muchos. He visto como el amor traía tantas desgracias como el odio, como las pasiones excesivas nublaban las almas. La oportunidad de leer los escritos creo que ha centrado mi espíritu.
- Tus palabras son muy ciertas Rob. Sin embargo, no es nuestra labor juzgar - dijo Iria - Aunque a veces, resulta difícil abstraerse de emitir juicios de valor en el ejercicio de nuestra tarea. Incluso aquellos que llamamos "enemigos" se merecen la oportunidad de una muerte digna y un tránsito piadoso.
Inus seguía con las manos cruzadas a la espalda. Esta vez no apostilló nada a las palabras de la balanza, haciandolas con su silencio suyas. Rob observo a ambos a sabiendas de que esperaban una respuesta a una pregunta no formulada.
- Aunque no sean consicentes hay sufrimiento en su permanencia aquí y hay piedad en el acto de llevarlos a la presencia del Juez.
- Pero nuestro ministerio abarca tembién a los vivos. Kelemvor no puede permitirse la piedad, hermano. Por eso, nosotros debemos ser piadosos antes de que las almas alcancen su juicio. Nosotros debemos ser piadosos por Él. Pues cada alma salvada para el bien es una victoria. Esa es la enseñanza que deseaba trasmitirte. - Inus entrecerró sus ojos ambarinos que parecían escrutar en el corazón mismo de las personas- Y ahora sé sincero hermano, di lo que piensas.
- Pienso que hay mucho trabajo por hacer en Amn. Pienso que los hombres y las mujeres se merecen escuchar el mensaje del Juez no sólo las promesas de la diosa de la moneda. Pienso que los hombres deben prestar oidos a Kelemvor y así los muertos descansarán en paz.
- Y llegado el momento, ¿serás capaz de sentir piedad, de conceder la oportunidad de la redención, a aquellos que rompieron la Ley Última? ¿A los que pecaron y calleron en la sombra?
- Si el arrepentimiento es sincero.... nadie puede negar a un alma la redención.
Iria Lunanegra sonrió ligeramente a las palabras del aspirante a al vez que el azote asentía con semblante serio.
- Entonces llevas en tu interior la palabra del guía fúnebre, del clérigo de Kelemvor. Somos pocos, muy pocos, Rob. El Azote es una fuerza pequeña, y el Juez sabe que mis manos no bastan para cumplir con todas las tareas que se me han encomendado. Tareas que no puedo delegar, pues como guía fúnebre, estoy en realidad solo entre mis hermanos. He contemplado con interés tus progresos. He admirado tu humildad y determinación. Tú me has regalado tu obediencia y confianza. Y en las pruebas encomendadas, has destacado en el cumplimiento del deber. Aunque tú no lo sepas, la chispa de la plegaria arde en ti. Quizás desde el momento en el que te entregaste a la causa del Juez tras tu perdida. Lo que yo te ofrezco es alentar esa chispa para que arda la blanca llama del Juez. Para unirte a mi en los deberes del sacerdocio. Para ser lo que yo soy. Y de ese modo ser un verdadero siervo del Señor de la Muerte, en cuerpo y alma, hasta que llegada sea tu hora - Inus le tendió la mano con la palam abierta - Cada hombre escoge como servir en aquello en lo que cree. Ahora ha llegado tu momento de escoger, Rob Digger.
- Si vos, eminencia, creeis que mi puesto en este sagrado lugar está vistiendo los hábitos así lo haré con la ayuda de Kelemvor.
- Lo que yo creo carece de importancia ante la elección que te planteo, hermano. Aquí y ahora, lo que importa es lo que crees tú.
- Amn necesita hombres de fe, Rob. Como bien has dicho antes. Pero tuya es la decisión. - Iria le miraba con ojos graves - Nadie debe escoger por ti.
El antiguo guardia de caravanas se arrodilló ante Inus y le tomo la mano todavía tendida.
- Nada me honraría más que servir al Juez predicando su fe en estas tierras. Con vuestra bendición.
El azote apoyo su mano en la frente del hombre arrodillado ante él. Al principio nada sucede. Pero de repente un suave rumor llenó la estancia y las velas, braseros y antorchas comenzaron a crepitar. Los cabellos blancos de Inus se alzaron con un viento repentino y sus ojos parecían relucir como dos gotas de oro fundido.
- Ante la imagen del Señor de la Muerte, ante el altar consagrado del Juez, yo, Inus Theldaran te convierto en mi pupilo, y te concedo la bendición del Roce Fatal, para que seas uno con la voluntad del que desde hoy y hasta el fin de tus dias, honrarás como sacerdote.
A través de la mano del azote una descarga de energía recorrió el cuerpo de Rob y por un instante su cuerpo arrodillado brilló con una leve aura blanquecina mientras sentía arder la frente tocada por Inus.
- Loado sea Kelemvor. Que siempre sea digno de este don. Que nunca me fallen las fuerzas para predicar su verdad y su fe.
- Y así ha de ser.
El clérigo apartó la mano de la frente de Rob. La palma estaba humeante. Sus ojos se apagaron lentamente y en le interior del templo resonó un único tañido de campana: el Juez admitía así en sus filas a su nuevo soldado. Sobre la frente, en el lado izquierdo allí donde el aasimar había apoyado su mano una pequeña marca en forma de balanza y brazo se dibujaba. Rob se llevó la mano al sentirla.
- Nuestro Señor te ha otorgado su marca. Un don poco común. Es un buen comienzo, hermano.
El nuevo sacerdote se levantó todavía algo confuso. Inus Theldaran le dio el abrazo fraternal. El gesto simbólico y ceremonial que lo reconocía como clérigo de Kelemvor. Tras él Iria Lunanegra y el apotecario Shamalethalar, recien llegado, observaban la escena.
- Al llegar el ocaso acudirás al altar mayor y elevarás tus rezos para que te sea concedido el poder de la plegaria. Cuando se alcen las primeras luces, seras un hombre nuevo.
Rob asintió y realizó una profunda reverencia, pero sabía que no tendría que esperar a las luces del alba, pues ya se sentía un hombre nuevo.
- Mi señora
- Rob. Disculpad, no quería interrumpiros. ¿Qué tal estais?
- Me encuentro bien y vos no interrumpis nunca. Además os debo una disculpa hace tiempo.
Iria se retiró la capucha. Su cabello azabache cayó descuidadamente sobre sus hombros a la que vez que fruncía el ceño.
-¿A qué os referis?
- Me temo mi señora que pequé de exceso de vehemencia en la embajada para solicitar apoyo a este templo a los clérigos del Pináculo. Os pido perdón si dejé en evidencia a la delegación.
- Debo reconocer que me sorprendió bastante... sobre todo el comienzo de vuestro discurso. Sin embargo, no debeis disculparos.
- En mi defensa solo puedo decir que intenté llamar la atención de los sacerdotes que estaban... - Rob pareció buscar la palabra adecuada - confusos.
- Hablasteis con crudeza, pero mostrasteis la verdadera situación del pais. Argumentasteis con pasión y firmeza. No tengo nada que reprocharos, Rob.
- Sois generosa, balanza Lunanegra. Gracias.
- Tampoco yo estoy acostumbrada a las relaciones diplomáticas, y es algo en lo que debo mejorar ahora que mi reciente cargo lo exige. Debo añadir que aquel día aprendí de todos vosotros. Así que también yo os estoy agradecida.
El tono de la mujer era humilde y sincero. El grado de balanza del Azote no había cambiado su carácter natural.
- La misión fue un éxito y vos la encabezasteis con la ayuda de Kelemvor.
- Gracias Rob. Fue un trabajo en equipo.
El guerrero de semblante severo inclinó la cabeza y la mujer sonrió levemente.
- Algún día serás un gran segador, hermano, y espero de corazón que ese día no tarde en llegar.
- Sólo si esa es la voluntad del Juez. Pero yo ya estoy a vuestro servicio, mi señora.
La pesada puerte principal del templo se abrió dejando pasar la luz del exterior y a una alta figura encapuchada que avanzó hacia la pareja. Al acercarse Rob realizó una reverencia.
- Eminencia.
- Buenos días , hermanos - el recien llegado echó hacia atrás su capucha.
- Buenos días, Inus.
- Rob... Iria.
El Azote se limitó a saludar a ambos con un leve cabeceo, pero sus ojos se iluminaron levemente al saludar a la mujer. A Rob no le pasó desapercibida la mirada.
- Me disponía a visitar la biblioteca si me dispensais...
- Uhm. Os habeis entregado con admirable ahinco a la tarea que os enconmendé, Rob - el azote entrecerró los ojos observando al antigua guardian de caravanas con atención.
- Más que una tarea ha sido una oportunidad, mi señor.
- Decidme hermano... - Inus cruzó las manos a su espalda en un gesto de cuidadoso escrutionio al aspirante - ¿Por qué lo considerais una oportunidad?
- El poder leer escritos sagrados, vislumbrar los conocimientos acomulados por la Orden y la verdad de la fe del Juez, son sin duda una gran oportunidad.
- ¿Y cual es esa verdad, hermano Digger?
- Kelemvor es el último Juez, es justicia final sin venganza ni piedad. Es en definitiva la fuente que desea todo ser aún sin saberlo, pues todo ser lleva dentro un anhelo de justicia que sólo los fieles al Juez verán saciado por toda la eternidad. Los elegidos para estar a su lado gozarán para siempre de la visión grandiosa del ejercicio de su justicia. Sólo espero que mi alma sea digna de gozar de esa visión por toda la eternidad.
- Son esas palabras citadas de distintos textos. El Alma Dei. La Ley y el Muro. La Ascension del Juez. Y las has citado bien. ¿Pero son esas las palabras de tu corazón, Rob? - el azote ladéo ligeramente el rostro, mirándole con serena atención.
- Sí.
La afirmación de Rob fue firme y tranquila. Sin un atisbo de duda en el timbre de su voz ni en su mirada. Inus lo miró fijamente unos instantes y asintió levemente.
- Has de saber sin embargo que el ser implacable en el cumplimiento de la Ley Última no implica la carencia de piedad. Alza la mirada Rob, - en la bóveda de la Espiral de las Almas numerosas pinturas votivas representaban de manera historiada fragmentos de la vida de Kelemvor, desde simple mercenario hasta lograr la divinidad - lo que nuestro señor es, es en lo que su senda lo ha convertido. Kelemvor, nuestro amado Señor es aun un poder joven. Esta en su memoria reciente aun el tiempo en el que debió abordar la muerte propia y la de aquellos que le fueron cercanos. Y a pesar de ser aun tan humano, debe administrar el ministerio de la muerte. Y su mano no tiembla. Pero, ¿de verdad crees que carece de piedad?
El azote bajo la mirada de la bóveda para clavarla en Rob.
- En la suprema hora en la que las almas de impíos y descreídos son juzgados en su balanza... no hay ni piedad, ni venganza. Sólo justicia - contestó el aspirante.
- Kelemvor administra la muerte, tanto a aquellos que en vida han obrado el bien como a aquellos que han servido a poderes oscuros. Pero tanto a unos como a otros les concede un tránsito piadoso. Y así debemos actuar.
Las palabras de Iria fueron firmes y contundentes. Ambos varones se limitaron a corroborar con leves gestos de cabeza. Inus, no obstante matizó una objeción:
- Sin embargo, hablais hermanos de cosas distintas. Pues la noción de bien y mal, o de falsos y descreidos, muy a menudo se confunde por nuestros propios anhelos. O por nuestra propia moralidad. - Volvió a alzar la vista a la bóveda del templo. Iria y Rob le imitaron.
- La piedad y la venganza, el bien o el mal como querais llamarlos, son bienes difíciles de administrar hasta para los hombres sabios.
Inus escuchó las palabras del joven aspirante sin bajar la vista. Seguía con la mirada las escenas de la historia mil veces leída de su dios.
- Así es Rob. Nosotros no somos dioses, nuestro papel en el esquema de las cosas es mucho mas pequeño. Y nuestra capacidad de juicio por tanto también. A menudo los que creen ciegamente tener todas las respuesta son solo eso. Ciegos. A menudo esa ceguera es autoimpuesta, o es el velo a través del que vemos el mundo por las penas sufridas, o los castigos autoimpuestos - Inus apartó la vista de los frescos y miró fijamente al aspirante - . A menudo aquellos que se tratan a si mismos sin piedad, no son capaces de sentir piedad por aquellos que consideran perdidos y condenados. Por aquellos que, como el que los juzga con ese velo ante su cara, errarán o han errado. Y sin embargo errar y enmendar es humano, Rob.
- Mucho he errado en mi corta vida. Si es por ello soy más humano que muchos. He visto como el amor traía tantas desgracias como el odio, como las pasiones excesivas nublaban las almas. La oportunidad de leer los escritos creo que ha centrado mi espíritu.
- Tus palabras son muy ciertas Rob. Sin embargo, no es nuestra labor juzgar - dijo Iria - Aunque a veces, resulta difícil abstraerse de emitir juicios de valor en el ejercicio de nuestra tarea. Incluso aquellos que llamamos "enemigos" se merecen la oportunidad de una muerte digna y un tránsito piadoso.
Inus seguía con las manos cruzadas a la espalda. Esta vez no apostilló nada a las palabras de la balanza, haciandolas con su silencio suyas. Rob observo a ambos a sabiendas de que esperaban una respuesta a una pregunta no formulada.
- Aunque no sean consicentes hay sufrimiento en su permanencia aquí y hay piedad en el acto de llevarlos a la presencia del Juez.
- Pero nuestro ministerio abarca tembién a los vivos. Kelemvor no puede permitirse la piedad, hermano. Por eso, nosotros debemos ser piadosos antes de que las almas alcancen su juicio. Nosotros debemos ser piadosos por Él. Pues cada alma salvada para el bien es una victoria. Esa es la enseñanza que deseaba trasmitirte. - Inus entrecerró sus ojos ambarinos que parecían escrutar en el corazón mismo de las personas- Y ahora sé sincero hermano, di lo que piensas.
- Pienso que hay mucho trabajo por hacer en Amn. Pienso que los hombres y las mujeres se merecen escuchar el mensaje del Juez no sólo las promesas de la diosa de la moneda. Pienso que los hombres deben prestar oidos a Kelemvor y así los muertos descansarán en paz.
- Y llegado el momento, ¿serás capaz de sentir piedad, de conceder la oportunidad de la redención, a aquellos que rompieron la Ley Última? ¿A los que pecaron y calleron en la sombra?
- Si el arrepentimiento es sincero.... nadie puede negar a un alma la redención.
Iria Lunanegra sonrió ligeramente a las palabras del aspirante a al vez que el azote asentía con semblante serio.
- Entonces llevas en tu interior la palabra del guía fúnebre, del clérigo de Kelemvor. Somos pocos, muy pocos, Rob. El Azote es una fuerza pequeña, y el Juez sabe que mis manos no bastan para cumplir con todas las tareas que se me han encomendado. Tareas que no puedo delegar, pues como guía fúnebre, estoy en realidad solo entre mis hermanos. He contemplado con interés tus progresos. He admirado tu humildad y determinación. Tú me has regalado tu obediencia y confianza. Y en las pruebas encomendadas, has destacado en el cumplimiento del deber. Aunque tú no lo sepas, la chispa de la plegaria arde en ti. Quizás desde el momento en el que te entregaste a la causa del Juez tras tu perdida. Lo que yo te ofrezco es alentar esa chispa para que arda la blanca llama del Juez. Para unirte a mi en los deberes del sacerdocio. Para ser lo que yo soy. Y de ese modo ser un verdadero siervo del Señor de la Muerte, en cuerpo y alma, hasta que llegada sea tu hora - Inus le tendió la mano con la palam abierta - Cada hombre escoge como servir en aquello en lo que cree. Ahora ha llegado tu momento de escoger, Rob Digger.
- Si vos, eminencia, creeis que mi puesto en este sagrado lugar está vistiendo los hábitos así lo haré con la ayuda de Kelemvor.
- Lo que yo creo carece de importancia ante la elección que te planteo, hermano. Aquí y ahora, lo que importa es lo que crees tú.
- Amn necesita hombres de fe, Rob. Como bien has dicho antes. Pero tuya es la decisión. - Iria le miraba con ojos graves - Nadie debe escoger por ti.
El antiguo guardia de caravanas se arrodilló ante Inus y le tomo la mano todavía tendida.
- Nada me honraría más que servir al Juez predicando su fe en estas tierras. Con vuestra bendición.
El azote apoyo su mano en la frente del hombre arrodillado ante él. Al principio nada sucede. Pero de repente un suave rumor llenó la estancia y las velas, braseros y antorchas comenzaron a crepitar. Los cabellos blancos de Inus se alzaron con un viento repentino y sus ojos parecían relucir como dos gotas de oro fundido.
- Ante la imagen del Señor de la Muerte, ante el altar consagrado del Juez, yo, Inus Theldaran te convierto en mi pupilo, y te concedo la bendición del Roce Fatal, para que seas uno con la voluntad del que desde hoy y hasta el fin de tus dias, honrarás como sacerdote.
A través de la mano del azote una descarga de energía recorrió el cuerpo de Rob y por un instante su cuerpo arrodillado brilló con una leve aura blanquecina mientras sentía arder la frente tocada por Inus.
- Loado sea Kelemvor. Que siempre sea digno de este don. Que nunca me fallen las fuerzas para predicar su verdad y su fe.
- Y así ha de ser.
El clérigo apartó la mano de la frente de Rob. La palma estaba humeante. Sus ojos se apagaron lentamente y en le interior del templo resonó un único tañido de campana: el Juez admitía así en sus filas a su nuevo soldado. Sobre la frente, en el lado izquierdo allí donde el aasimar había apoyado su mano una pequeña marca en forma de balanza y brazo se dibujaba. Rob se llevó la mano al sentirla.
- Nuestro Señor te ha otorgado su marca. Un don poco común. Es un buen comienzo, hermano.
El nuevo sacerdote se levantó todavía algo confuso. Inus Theldaran le dio el abrazo fraternal. El gesto simbólico y ceremonial que lo reconocía como clérigo de Kelemvor. Tras él Iria Lunanegra y el apotecario Shamalethalar, recien llegado, observaban la escena.
- Al llegar el ocaso acudirás al altar mayor y elevarás tus rezos para que te sea concedido el poder de la plegaria. Cuando se alcen las primeras luces, seras un hombre nuevo.
Rob asintió y realizó una profunda reverencia, pero sabía que no tendría que esperar a las luces del alba, pues ya se sentía un hombre nuevo.