Wallack
Pornorroleador en sequía
- Registrado
- 13/12/08
- Mensajes
- 569
- Edad
- 40
El Caballero del Cuervo
La posada del "Jabalí Negro" en Iriaebor era como muchas otras. Estaba en la parte vieja de la ciudad pero muy cerca del puerto. Al estar cerca del puerto uno podía esperar olor a salitre pero la zona portuaria de Iriaebor está en las orillas del rio Chionthar por lo que apenas hay agua salada.
El ambiente siempre está cargado en el jabalí negro y raro es el día que no hay una trifulca que acaba después con risas y cerveza de por medio. Las mesas suelen ser corridas donde cabe mucha gente y eso hace que todos se relacionen, para bien y para mal, aunque hay algunas mesas más apartadas.
En una de ellas había un par de amigos jugando a las cartas. Ambos de aspecto descuidado. A simple vista parecían mercenarios. El que menos monedas tenía y más ganas tenía por cambiar su suerte llevaba un petate del que colgaban algunos símbolos sagrados. Apoyado en la esquina se podía ver un escudo, una lanza y un par de espadas en su vaina. También llevaba en una pierna una pequeña ballesta de mano y en otra un par de cuchillos. Su cinturón estaba lleno de bolsillos así como la parte alta de sus botas. Parecía que tenía instrumentos para todo. Sus biceps estaban descubiertos y se veían musculados, con tatuajes así como cicatrices y algo de suciedad. Sus antebrazos estaban cubiertos por un brazalete de cuero y su torso por una coraza. Al lado del petate estaban las piezas de las hombreras así como un yelmo en forma de cabeza de pájaro bastante oscuro.
- Ya está, me apuesto todo - dijo el tipo que parecía ir perdiendo.
- Venga, te lo veo ¿qué tienes? - dijo el compañero.
- Tengo una tripona, me parece que me lo llevo todo - comenzó a reir mientras arrastraba todas las monedas a su lado de la mesa.
- Espera amigo, yo tengo full - una sonrisa se dibujó de oreja a oreja y comenzó a reir mientras su contrincante se frustraba.
- Joder, no me jodas ¿de verdad? ¿otra vez? me cago en tu puta de madre que te parió joder - maljuró golpeando la mesa en varias ocasiones mientras algunas monedas caían al suelo. Se había quedado sin un clavel el muchacho.
- Bueno, si me cuentas lo de Cuervo lo repartimos a medias y así no pierdes nada ¿Qué me dices? - era una buena oferta y el ganador parecía más interesado en la historia que en otra cosa.
- Mierda, vale, necesito el dinero joder - refunfuñó aceptando y comenzó a contar su historia.
- A ver, mira, es muy sencillo, mis padres tenían dinero, querían una cosa para mi y me marché porque a mi no me apetecía ser eso, eso es todo, venga, dame mi parte - mientras intentaba coger la mitad.
- Eh eh eh, cuéntame todo, venga, quiero saber todo de ti - sonrió mientras guardaba todas las monedas.
- De acuerdo - casi sin quererlo ante la necesidad de hacerse con esas monedas le contó su historia.
Cuervo se reclinó hacia atrás y comenzó a contar su historia.
Su nombre, con el que ya no se presenta, es William Harrington. Nació en Suzail, capital de Cormyr y sus padres eran joyeros. Tenían dinero, así que querían lo mejor para su hijo. Los Caballeros del Dragón Púrpura son una orden muy famosa en Cormyr y que llena de orgullo a los familiares de sus miembros. Los padres de William lo tenían claro, querían que fuera un caballero. Por ello le asignaron un tutor, este, un paladín, le tomó como escudero, o más bien como aprendiz, pues nunca salió de Cormyr con él, era más bien un profesor.
William era muy aplicado y estaba encantado de aprender todas las lecciones. Empezando con una formación marcial, como un auténtico guerrero y siguiendo por una más religiosa, más de fé, como un auténtico paladín. Tenía buen futuro como caballero decía su maestro, su señor, su tutor. De todas las enseñanzas que recibía, lo que más le impactaba era lo relacionado con la muerte viviente. William se quedó con Kelemvor e ignoraba casi todo lo demás. Se quedó con la muerte viviente y prestaba muy poca atención al resto de las enseñanzas. Poco a poco, a medida que su maestro le enseñaba nuevas cosas y le contaba historias su interés iba creciendo. Podía ser curiosidad, podía ser odio a esas aberraciones.
Poco después, el paladín, trató de formarle más en ese aspecto, ya que veía interés, y aunque sabía que sus padres querían que Johan fuese un Caballero del Dragón Púrpura, enseñar algo que no quiere ser aprendido es muy difícil y frustrante, por lo que este comenzó a centrarse más y más en la muerte viviente, en el combate contra estos y en los códigos y votos de los paladines.
William comenzó respetándolos pero al cabo de unos años comenzó a romper algunos de ellos. Su odio a los muertos vivientes comenzó a ampliarse. Comenzó a odiar otras razas, como los drows y otras aberraciones como demonios y diablos. Los mestizos, salvo semielfos, levantaban un odio similar. Cuanto más extraño fuera el mestizaje, más intolerante se volvía hacia ellos.
Comenzó a visitar cementerios locales y a colarse en ellos así como en algunas criptas con el fin de limpiarlas de las amenazas de muertos vivientes. Lo hacía durante las noches cuando nadie le veía. Embutido en oscuros ropajes y una armadura tintada de negro, hay quién rumoreaba que se trataba de un avatar de Kelemvor o incluso de un cuervo, que harto de esperar, tomó forma humana para acabar con los muertos vivientes.
Bueno, eso último es lo que William cuenta, en realidad no era más que uno de tantos cazadores y aventureros que pasan desapercibidos por los reinos.
Decidió dejar su ciudad y su pais y viajar tratando de ayudar y eliminar problemas en otros lugares. Se presentaba como el Caballero del Cuervo o simplemente como Cuervo y comenzó a dejar de vestir de negro, salvo su yelmo, que tenía forma de cabeza de pájaro tintado en oscuro. Sobre el resto de su equipo dejó de preocuparse en cuanto a lo que apariencia se trataba.
El tipo, contento con la historia, le repartió la mitad como acordado. William, o Cuervo como le conocía, había perdido bastante dinero jugando a las cartas y necesitaba comer y un lugar donde dormir, su vida como cazador de muertos vivientes no le daba el dinero que él esperaba.
- Así que William, quién lo habría dicho... ¿y con el dinero de tus padres preferiste buscarte la vida tan malamente como haces? - dijo su compañero de juego, Johan.
- Si, pero joder, no se trata del dinero, se trata de esos muertos ¿sabes? son una puta aberración, pero tu no lo entiendes. - espetó Cuervo.
- ¿Es por eso que viniste a Iriaebor? - preguntó Johan - ¿Por el rumor de esos muertos?
- Si, pero resultó ser un puñado de esqueletos que un aprendiz de mago invocó probando conjuros nuevos y se descontrolaron. No fue gran cosa y por eso me pagaron tan poco. Me estoy planteando la oferta de Manfred.
- ¿El posadero? seguro que es una basura de oferta.
- Y tanto que lo es, pero me asegura comida y una cama por vigilarle el local, no te creas que puedo viajar muy lejos con lo que tengo.
Johan se acercó y después de mirar a los lados bajó el tono.
- He oido que en Athkatla hay un problema más grande de muertos, mi padre me contó historias de una orden, el Azote de los Muertos, quizás allí puedas encontrar algo para ti, aunque me jodería perderte como fuente de dinero - Johan comenzó a reir.
- ¿De verdad? llevo un par de semanas preguntando por aquí y nadie tenía ni idea de nada - algo apurado comenzó a recoger - si es cierto lo que dices no puedo esperar más, muchas gracias por todo Johan, pero me voy. - casi sin darle tiempo a decir nada, recogió sus cosas y salió por la puerta.
Al salir de la posada del Jabalí Negro y cerrar la puerta a su paso un poco de esperanza nacía en su interior. Con un nuevo propósito, el Azote de los Muertos y un nuevo destino, esa puerta cerraba no solo una posada sino también un capítulo en su vida.
Pero también daba comienzo a otro.
La posada del "Jabalí Negro" en Iriaebor era como muchas otras. Estaba en la parte vieja de la ciudad pero muy cerca del puerto. Al estar cerca del puerto uno podía esperar olor a salitre pero la zona portuaria de Iriaebor está en las orillas del rio Chionthar por lo que apenas hay agua salada.
El ambiente siempre está cargado en el jabalí negro y raro es el día que no hay una trifulca que acaba después con risas y cerveza de por medio. Las mesas suelen ser corridas donde cabe mucha gente y eso hace que todos se relacionen, para bien y para mal, aunque hay algunas mesas más apartadas.
En una de ellas había un par de amigos jugando a las cartas. Ambos de aspecto descuidado. A simple vista parecían mercenarios. El que menos monedas tenía y más ganas tenía por cambiar su suerte llevaba un petate del que colgaban algunos símbolos sagrados. Apoyado en la esquina se podía ver un escudo, una lanza y un par de espadas en su vaina. También llevaba en una pierna una pequeña ballesta de mano y en otra un par de cuchillos. Su cinturón estaba lleno de bolsillos así como la parte alta de sus botas. Parecía que tenía instrumentos para todo. Sus biceps estaban descubiertos y se veían musculados, con tatuajes así como cicatrices y algo de suciedad. Sus antebrazos estaban cubiertos por un brazalete de cuero y su torso por una coraza. Al lado del petate estaban las piezas de las hombreras así como un yelmo en forma de cabeza de pájaro bastante oscuro.
- Ya está, me apuesto todo - dijo el tipo que parecía ir perdiendo.
- Venga, te lo veo ¿qué tienes? - dijo el compañero.
- Tengo una tripona, me parece que me lo llevo todo - comenzó a reir mientras arrastraba todas las monedas a su lado de la mesa.
- Espera amigo, yo tengo full - una sonrisa se dibujó de oreja a oreja y comenzó a reir mientras su contrincante se frustraba.
- Joder, no me jodas ¿de verdad? ¿otra vez? me cago en tu puta de madre que te parió joder - maljuró golpeando la mesa en varias ocasiones mientras algunas monedas caían al suelo. Se había quedado sin un clavel el muchacho.
- Bueno, si me cuentas lo de Cuervo lo repartimos a medias y así no pierdes nada ¿Qué me dices? - era una buena oferta y el ganador parecía más interesado en la historia que en otra cosa.
- Mierda, vale, necesito el dinero joder - refunfuñó aceptando y comenzó a contar su historia.
- A ver, mira, es muy sencillo, mis padres tenían dinero, querían una cosa para mi y me marché porque a mi no me apetecía ser eso, eso es todo, venga, dame mi parte - mientras intentaba coger la mitad.
- Eh eh eh, cuéntame todo, venga, quiero saber todo de ti - sonrió mientras guardaba todas las monedas.
- De acuerdo - casi sin quererlo ante la necesidad de hacerse con esas monedas le contó su historia.
Cuervo se reclinó hacia atrás y comenzó a contar su historia.
Su nombre, con el que ya no se presenta, es William Harrington. Nació en Suzail, capital de Cormyr y sus padres eran joyeros. Tenían dinero, así que querían lo mejor para su hijo. Los Caballeros del Dragón Púrpura son una orden muy famosa en Cormyr y que llena de orgullo a los familiares de sus miembros. Los padres de William lo tenían claro, querían que fuera un caballero. Por ello le asignaron un tutor, este, un paladín, le tomó como escudero, o más bien como aprendiz, pues nunca salió de Cormyr con él, era más bien un profesor.
William era muy aplicado y estaba encantado de aprender todas las lecciones. Empezando con una formación marcial, como un auténtico guerrero y siguiendo por una más religiosa, más de fé, como un auténtico paladín. Tenía buen futuro como caballero decía su maestro, su señor, su tutor. De todas las enseñanzas que recibía, lo que más le impactaba era lo relacionado con la muerte viviente. William se quedó con Kelemvor e ignoraba casi todo lo demás. Se quedó con la muerte viviente y prestaba muy poca atención al resto de las enseñanzas. Poco a poco, a medida que su maestro le enseñaba nuevas cosas y le contaba historias su interés iba creciendo. Podía ser curiosidad, podía ser odio a esas aberraciones.
Poco después, el paladín, trató de formarle más en ese aspecto, ya que veía interés, y aunque sabía que sus padres querían que Johan fuese un Caballero del Dragón Púrpura, enseñar algo que no quiere ser aprendido es muy difícil y frustrante, por lo que este comenzó a centrarse más y más en la muerte viviente, en el combate contra estos y en los códigos y votos de los paladines.
William comenzó respetándolos pero al cabo de unos años comenzó a romper algunos de ellos. Su odio a los muertos vivientes comenzó a ampliarse. Comenzó a odiar otras razas, como los drows y otras aberraciones como demonios y diablos. Los mestizos, salvo semielfos, levantaban un odio similar. Cuanto más extraño fuera el mestizaje, más intolerante se volvía hacia ellos.
Comenzó a visitar cementerios locales y a colarse en ellos así como en algunas criptas con el fin de limpiarlas de las amenazas de muertos vivientes. Lo hacía durante las noches cuando nadie le veía. Embutido en oscuros ropajes y una armadura tintada de negro, hay quién rumoreaba que se trataba de un avatar de Kelemvor o incluso de un cuervo, que harto de esperar, tomó forma humana para acabar con los muertos vivientes.
Bueno, eso último es lo que William cuenta, en realidad no era más que uno de tantos cazadores y aventureros que pasan desapercibidos por los reinos.
Decidió dejar su ciudad y su pais y viajar tratando de ayudar y eliminar problemas en otros lugares. Se presentaba como el Caballero del Cuervo o simplemente como Cuervo y comenzó a dejar de vestir de negro, salvo su yelmo, que tenía forma de cabeza de pájaro tintado en oscuro. Sobre el resto de su equipo dejó de preocuparse en cuanto a lo que apariencia se trataba.
El tipo, contento con la historia, le repartió la mitad como acordado. William, o Cuervo como le conocía, había perdido bastante dinero jugando a las cartas y necesitaba comer y un lugar donde dormir, su vida como cazador de muertos vivientes no le daba el dinero que él esperaba.
- Así que William, quién lo habría dicho... ¿y con el dinero de tus padres preferiste buscarte la vida tan malamente como haces? - dijo su compañero de juego, Johan.
- Si, pero joder, no se trata del dinero, se trata de esos muertos ¿sabes? son una puta aberración, pero tu no lo entiendes. - espetó Cuervo.
- ¿Es por eso que viniste a Iriaebor? - preguntó Johan - ¿Por el rumor de esos muertos?
- Si, pero resultó ser un puñado de esqueletos que un aprendiz de mago invocó probando conjuros nuevos y se descontrolaron. No fue gran cosa y por eso me pagaron tan poco. Me estoy planteando la oferta de Manfred.
- ¿El posadero? seguro que es una basura de oferta.
- Y tanto que lo es, pero me asegura comida y una cama por vigilarle el local, no te creas que puedo viajar muy lejos con lo que tengo.
Johan se acercó y después de mirar a los lados bajó el tono.
- He oido que en Athkatla hay un problema más grande de muertos, mi padre me contó historias de una orden, el Azote de los Muertos, quizás allí puedas encontrar algo para ti, aunque me jodería perderte como fuente de dinero - Johan comenzó a reir.
- ¿De verdad? llevo un par de semanas preguntando por aquí y nadie tenía ni idea de nada - algo apurado comenzó a recoger - si es cierto lo que dices no puedo esperar más, muchas gracias por todo Johan, pero me voy. - casi sin darle tiempo a decir nada, recogió sus cosas y salió por la puerta.
Al salir de la posada del Jabalí Negro y cerrar la puerta a su paso un poco de esperanza nacía en su interior. Con un nuevo propósito, el Azote de los Muertos y un nuevo destino, esa puerta cerraba no solo una posada sino también un capítulo en su vida.
Pero también daba comienzo a otro.