"Usted"
Orco del Desolado
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Oscuridad. No la simple ausencia de luz, no. Una oscuridad más densa. Más antigua. Una que pesa sobre el alma… si es que aún quedaba alguna.
Entre la tierra fría y el silencio absoluto, algo crujió. Una mano, huesuda y callosa, emergió con lentitud desde el polvo. El movimiento fue torpe, como el de una criatura que ha olvidado cómo habitar su propio cuerpo. Los dedos temblaron, arañando la piedra del túmulo, desenterrándose como una reliquia olvidada.
No hubo aire. No hubo aliento.
Solo el lento rechinar del metal carcomido al moverse. Una armadura vieja, vencida por la humedad y el tiempo, se estremecía con cada espasmo del cuerpo que contenía. Costó levantarse. Costó recordar qué significaba “arriba”.
No había pensamientos. Solo vacío.
¿Quién soy?
Nada. Solo eco.
El nombre... enterrado. Como todo lo demás.
Una sensación reptó por su pecho: una quemadura sorda, una presión sin origen. No era dolor físico. Era algo más primitivo. Como si el alma —o lo que quedara de ella— se retorciera en su encierro. Como si hubiese sido arrastrada de vuelta sin pedirlo.
Una voz lejana susurró. No en lengua. No en palabra. Solo… intención.
Muerte. Juicio. Propósito.
Y entonces vinieron los fragmentos.
Visiones fugaces., una espada alzada, un niño llorando, un pueblo en llamas. Un rostro... Un nombre que no quería recordar. Traición. Fracaso. Sangre.
La presión creció. El temblor en sus manos se volvió puño cerrado. Ira. No rabia descontrolada, sino esa furia que arde lento en el fondo del pecho, como brasas bajo la ceniza. Un enojo callado, puro. Inmortal.
Abrió los ojos. Dos carbones encendidos en medio de un putrefacto rostro. La capucha se sacudió con la tierra cayendo de ella, y las pupilas, rojizas y brillantes pero muertas, vieron por primera vez. El túmulo estaba en silencio. Pero en su interior, algo respiraba. Algo más viejo que él. Más paciente. Más hambriento.
Se alzó, chirriando en cada articulación. La espada, cubierta de óxido, aún descansaba junto a él. Instintivamente la tomó.
Y cuando su mano tocó la empuñadura, sintió algo familiar. No ternura, ni nostalgia. Sino una promesa incumplida. Una deuda pendiente.
Él no sabía aún contra quién, pero tarde o temprano lo recordaría. Y cuando lo hiciera… todo sería juzgado para así cumplir su nueva penitencia. Y así en dicha penitencia, nacer Xaltharos. Aquel que portaría una Injusticia Oxidada, su propia Justicia que no cambia ni olvida pues como el óxido, avanzaba sin tregua.
"El óxido no me quebró. Me forjó junto a su mandato."