Khaof
Minsorrano sin caminos
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http://www.youtube.com/watch?v=MOJ91H4mraU
La ciudad de la moneda, a veces me hace gracia ese nombre porque hay muchos habitantes que no tienen ninguna en sus bolsillos, vamos… seguro que por el tono de mi frase ya sabes a que parte de la ciudad me refiero.
Los barrios bajos de Athkatla, un lugar temido para los que no conocen la miseria, la suerte es que el barrio está algo apartado, como si de un desagüe se tratase y no hace tanto contraste con las zonas más ricas de la ciudad por lo que esos guardias que se entrometen en todo, suelen dejarnos vivir tranquilos, sin embargo cuando no has conocido nada más que la absoluta miseria, lo ves como algo normal, incluso te da una alegría cuando cae un plato caliente de comida en tus manos aunque pasen dekhanas para el siguiente o que empiece a amanecer y las ratas empiecen a buscar algún escondite para escabullirse a sus alcantarillas y que en medio de la calle amanezca el cadáver de algún pobre diablo apuñalado, algo que seguramente paralizaría el tránsito de la calle, aquí es algo que estaba a la orden del día, el único revuelo que se monta es el de los huérfanos rebuscando con rapidez en los bolsillos de ese tipo hasta que alguien mayor los espanta, no por respeto al difunto claro está, sino porque su ropa seguramente le viene bien, hasta que venía los respetados hombres que mantenían cierto de orden en aquel barrio, vestidos de negro y con el rostro oculto, arrastraban el cadáver… a vete saber dónde y nadie volvía a hablar de esa persona, porque en los barrios bajos, si jodes a alguien con más influencia que tú, estas realmente jodido o al menos, eso decía mi padre en uno de sus escasos consejos.
En este escenario es donde nació Yako Miller, hijo de Mersho y Clara, heredo los ojos verdes de su madre, aunque por suerte no heredo su delicada salud, creo que nunca la conoció sin que estuviese enferma, su padre se unía de vez en cuando a los asaltantes de tumbas del cementerio, era una buena época pues había poca gente que vigilaba el cementerio, cuando conseguía un buen botín regresaba a casa, Yako se encargaba de ir al sabio Oshuun para que le dijera un valor cercano a esos objetos que su padre traía, pues le hacía un descuento porque le caía bien el muchacho, pero el muchacho no era bien visto por los demás niños del barrio por envidia, pues aunque iba igual de andrajoso que ellos y vivía en una casa que se caía a pedazos… eso era muchísimo más de lo que podía poseer un huérfano, es sabido en los barrios que los huérfanos suelen servir a algún tipo que les daba cobijo, o bien consiguiendo algo de información útil o robando, alguna que otra vez tuvo que enfrentarse a esos pobres huérfanos, Yako se defendía bien con los puños… no era un monje de Kara-Tur pero ellos tampoco, casi siempre conseguía traer de vuelta los objetos con el precio, a no ser que la noche se te echase encima y te encontrases con uno de estos tipos que vestían de negro, entonces lo único que podías hacer era entregarle los objetos y si tenías suerte te daba algo por ellos.
No, seguramente no era la vida perfecta… para ti, que con el dinero que cuestan los anillos de tu mano derecha comeríamos varias familias durante una Dekhana, pero era mi vida… y como siempre, aunque todo parezca una mierda, siempre puede ser peor, mi padre cuando escaseaba el pan duro y las cabezas de pescado, tenía que volver a salir a unirse a los saqueadores de tumbas, pero esta vez no volvió, pasaron unas… mmm... dos Dekhanas, hasta que un amigo y compañero suyo volvió a casa con algunas de sus cosas, nos explicó que uno de esos “héroes” que suelen visitar el cementerio… no sé si sería un paladín de armadura dorada o algún formidable guerrero que se aburría acompañado de algún mago les atacaron y acabaron con un gran número de ellos, luego fueron a por su “justa” recompensa tras cómo no… saquear las tumbas más peligrosas. El delicado estado de mi madre se vio empeorado por su pena, mi padre era un buen hombre… su único pecado era el afán de alimentar a su familia… aunque claro para ti, tu que tu preocupación es ver que ropa te pones para salir a la esquina y desprecias la mitad de los platos de comida porque ya estas atiborrado de comer o simplemente “no te gusta” lo veras como alguien malo que robaba tumbas, has conocido a alguien que se halla echo rico robando cuatro lapidas saqueadas? No te has preguntado nunca si es por necesidad..? Bah... da igual seguiré con mi historia antes de que dejes de escucharme y me dure este plato de sopa caliente claro está.
Los siguientes meses los dedique en ir al templo de Ilmater a suplicar algunas medicinas, conseguí un trabajillo en la taberna, Bernard me daba algo de comida si limpiaba los vómitos del suelo y curioseaba un poco la arena, casi siempre habían algunos dientes que recoger aunque no había manera de quitar las manchas de sangre, apenas tenía 15 años, volvía a casa y aunque mi madre siempre se empeñaba en que comiese yo y me guardase las medicinas, conseguía finalmente que comiese algo de esas sobras recalentadas y se tomase la medicina hasta que como os podéis imaginar, un día cerro los ojos para dormir y no los volvió a abrir, dedique un poco de tiempo a llorar, ya me había hecho a la idea, lo único que cogí fue un pequeño altar al que mi padre rezaba, tenía un antifaz negro, Mascara… era la deidad que muchos rezaban en aquel barrio, sin conocerle mucho también le rezaba pues… si moría de un día para otro no quería acabar en un oscuro abismo o empotrado en un muro como contaban las historias de los viejos y hablando de historias de viejos… ahora era un maldito huérfano, no quería dedicarme a robar… mendigar para algún avaricioso aprovechado… pero tampoco podía abandonar los barrios, decían que los guardias pillaban a los huérfanos y los llevaban a un lugar horrible, donde habían unas mujeres que te hacían trabajar día y noche haciendo buñuelos y que te echaban cuando cumplías la mayoría de edad si tenías suerte… si se aburrían de ti antes te donaban a una familia adinerada para divertirse contigo como si de una mascota se tratase… asique mi único lugar era la corona, donde trabaje por comida… incluso me dejaban dormir en el pequeño cuarto de la fregona, allí entre borrachos y peleas pase mis últimos años de mi infancia.
La ciudad de la moneda, a veces me hace gracia ese nombre porque hay muchos habitantes que no tienen ninguna en sus bolsillos, vamos… seguro que por el tono de mi frase ya sabes a que parte de la ciudad me refiero.
Los barrios bajos de Athkatla, un lugar temido para los que no conocen la miseria, la suerte es que el barrio está algo apartado, como si de un desagüe se tratase y no hace tanto contraste con las zonas más ricas de la ciudad por lo que esos guardias que se entrometen en todo, suelen dejarnos vivir tranquilos, sin embargo cuando no has conocido nada más que la absoluta miseria, lo ves como algo normal, incluso te da una alegría cuando cae un plato caliente de comida en tus manos aunque pasen dekhanas para el siguiente o que empiece a amanecer y las ratas empiecen a buscar algún escondite para escabullirse a sus alcantarillas y que en medio de la calle amanezca el cadáver de algún pobre diablo apuñalado, algo que seguramente paralizaría el tránsito de la calle, aquí es algo que estaba a la orden del día, el único revuelo que se monta es el de los huérfanos rebuscando con rapidez en los bolsillos de ese tipo hasta que alguien mayor los espanta, no por respeto al difunto claro está, sino porque su ropa seguramente le viene bien, hasta que venía los respetados hombres que mantenían cierto de orden en aquel barrio, vestidos de negro y con el rostro oculto, arrastraban el cadáver… a vete saber dónde y nadie volvía a hablar de esa persona, porque en los barrios bajos, si jodes a alguien con más influencia que tú, estas realmente jodido o al menos, eso decía mi padre en uno de sus escasos consejos.
En este escenario es donde nació Yako Miller, hijo de Mersho y Clara, heredo los ojos verdes de su madre, aunque por suerte no heredo su delicada salud, creo que nunca la conoció sin que estuviese enferma, su padre se unía de vez en cuando a los asaltantes de tumbas del cementerio, era una buena época pues había poca gente que vigilaba el cementerio, cuando conseguía un buen botín regresaba a casa, Yako se encargaba de ir al sabio Oshuun para que le dijera un valor cercano a esos objetos que su padre traía, pues le hacía un descuento porque le caía bien el muchacho, pero el muchacho no era bien visto por los demás niños del barrio por envidia, pues aunque iba igual de andrajoso que ellos y vivía en una casa que se caía a pedazos… eso era muchísimo más de lo que podía poseer un huérfano, es sabido en los barrios que los huérfanos suelen servir a algún tipo que les daba cobijo, o bien consiguiendo algo de información útil o robando, alguna que otra vez tuvo que enfrentarse a esos pobres huérfanos, Yako se defendía bien con los puños… no era un monje de Kara-Tur pero ellos tampoco, casi siempre conseguía traer de vuelta los objetos con el precio, a no ser que la noche se te echase encima y te encontrases con uno de estos tipos que vestían de negro, entonces lo único que podías hacer era entregarle los objetos y si tenías suerte te daba algo por ellos.
No, seguramente no era la vida perfecta… para ti, que con el dinero que cuestan los anillos de tu mano derecha comeríamos varias familias durante una Dekhana, pero era mi vida… y como siempre, aunque todo parezca una mierda, siempre puede ser peor, mi padre cuando escaseaba el pan duro y las cabezas de pescado, tenía que volver a salir a unirse a los saqueadores de tumbas, pero esta vez no volvió, pasaron unas… mmm... dos Dekhanas, hasta que un amigo y compañero suyo volvió a casa con algunas de sus cosas, nos explicó que uno de esos “héroes” que suelen visitar el cementerio… no sé si sería un paladín de armadura dorada o algún formidable guerrero que se aburría acompañado de algún mago les atacaron y acabaron con un gran número de ellos, luego fueron a por su “justa” recompensa tras cómo no… saquear las tumbas más peligrosas. El delicado estado de mi madre se vio empeorado por su pena, mi padre era un buen hombre… su único pecado era el afán de alimentar a su familia… aunque claro para ti, tu que tu preocupación es ver que ropa te pones para salir a la esquina y desprecias la mitad de los platos de comida porque ya estas atiborrado de comer o simplemente “no te gusta” lo veras como alguien malo que robaba tumbas, has conocido a alguien que se halla echo rico robando cuatro lapidas saqueadas? No te has preguntado nunca si es por necesidad..? Bah... da igual seguiré con mi historia antes de que dejes de escucharme y me dure este plato de sopa caliente claro está.
Los siguientes meses los dedique en ir al templo de Ilmater a suplicar algunas medicinas, conseguí un trabajillo en la taberna, Bernard me daba algo de comida si limpiaba los vómitos del suelo y curioseaba un poco la arena, casi siempre habían algunos dientes que recoger aunque no había manera de quitar las manchas de sangre, apenas tenía 15 años, volvía a casa y aunque mi madre siempre se empeñaba en que comiese yo y me guardase las medicinas, conseguía finalmente que comiese algo de esas sobras recalentadas y se tomase la medicina hasta que como os podéis imaginar, un día cerro los ojos para dormir y no los volvió a abrir, dedique un poco de tiempo a llorar, ya me había hecho a la idea, lo único que cogí fue un pequeño altar al que mi padre rezaba, tenía un antifaz negro, Mascara… era la deidad que muchos rezaban en aquel barrio, sin conocerle mucho también le rezaba pues… si moría de un día para otro no quería acabar en un oscuro abismo o empotrado en un muro como contaban las historias de los viejos y hablando de historias de viejos… ahora era un maldito huérfano, no quería dedicarme a robar… mendigar para algún avaricioso aprovechado… pero tampoco podía abandonar los barrios, decían que los guardias pillaban a los huérfanos y los llevaban a un lugar horrible, donde habían unas mujeres que te hacían trabajar día y noche haciendo buñuelos y que te echaban cuando cumplías la mayoría de edad si tenías suerte… si se aburrían de ti antes te donaban a una familia adinerada para divertirse contigo como si de una mascota se tratase… asique mi único lugar era la corona, donde trabaje por comida… incluso me dejaban dormir en el pequeño cuarto de la fregona, allí entre borrachos y peleas pase mis últimos años de mi infancia.