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Yarrum

Mingalonga

Lican gato mamadísimo
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30/10/13
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Capítulo 1: La cala de los piratas. La tempestad.


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Era de noche en Brynnley. El plenilunio bañaba con su luz toda la costa y se podía distinguir perfectamente una figura encapuchada recorriendo un estrecho sendero que transcurría entre desfiladeros erosionados por el salitre y los fuertes vientos. Una suave pero constante brisa soplaba en ese momento desde el mar hacia la costa y el silencio que allí reinaba sólo era perturbado por el inmenso océano, que se empeñaba en estrellarse una y otra vez, incansable, contra su eterno enemigo.

El sendero atravesaba formaciones rocosas a pie de playa; no era fácil de ver para alguien que no estuviera acostumbrado a recorrerlo a menudo. En su tramo final el camino parecía desaparecer dentro de la piedra, pero con el suficiente detenimiento se descubría que continuaba a través de una gruta estrecha, y ésta, finalmente, se abría a una cala secreta donde se podía ver un pequeño embarcadero y lo que parecía una humilde taberna de madera tímidamente iluminada, pegada a la base de un gran acantilado.

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Un espléndido barco flotaba, perezoso, en las tranquilas aguas de la cala. Un rápido vistazo al buque dejaba claro que era una embarcación pensada para la velocidad, no tenía mas de 10 cañones, y el casco parecía aligerado al límite.

Cuando la figura encapuchada se encontraba a pocos pasos de la taberna, las puertas se abrieron de golpe. Más bien las puertas se abrieron CON el golpe de un cuerpo que salía despedido desde el interior. El encapuchado vio como detrás del hombre que había salido volando salieron otros tres: los que sin duda habían ayudado a la salida aérea. Los dos primeros parecían hombres, pero el tercero era demasiado bajito para serlo.


—¡Jodido bebe-sin-sed! ¡Chacal de provincia! ¡Hijo de mil padres! ¡Llamarme bucanero a mi!.—Exclamó uno de los hombres con marcado acento ebrio.

—¡Vamos a darle una lección!. —Dijo el otro al mismo tiempo que le propinaba una patada en la cabeza. Compartían el acento de absoluta borrachera.


Entre los tres llevaron a empujones al pobre desgraciado a través de una cornisa de dos metros de ancho esculpida en la pared del acantilado, con una plancha estrecha de madera al final, que, a su vez, terminaba en un salto de unos diez metros a las frías aguas.
Uno de los hombres sacó una navaja y se cortó la palma de la mano. Se asomó al borde de la plancha y dejó que su sangre goteara sobre el agua. Eso sin duda atraería a los tiburones. Luego sin más ceremonia ni dilación, pidieron amablemente a punta de espada al desgraciado que se tirase. Terminó accediendo y se zambullo en las espumosas y oscuras aguas.

Los tres abusones le dejaron el trabajo duro al mar y se dirigieron de vuelta a la taberna, donde repararon en la oscura figura encapuchada. Desenvainaron.


—¿Quién va?.— Dijo uno de los hombres.

—Tranquilos. Vengo a hablar con el Capitán Lowe.— Respondió el hombre quitándose la capucha. Era un hombre extremadamente alto, con el rostro curtido por años y años de castigo a base de salitre, humedad y sol inclemente. Tenía una barba negra y rala, llevaba varios aritos en las orejas y se adornaba las ropas con un verdadero arsenal: tenía colgadas del cinturón al menos tres cimitarras de distinto tamaño, y más que posiblemente llevaría otras tantas armas ocultas. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos, de un profundo azul.—Tengo oro, por si eso vale para que os relajéis.— Dijo al mismo tiempo que lanzaba una gruesa bolsa que recibió al suelo con un agradable sonido metálico.


Los dos hombres se lanzaron como moscas a la mierda en pos de las monedas. Pero el tercero, el más bajito, se movió lentamente hasta quedar iluminado por la tenue luz de un farolillo que pendía de uno de los pilares de la taberna. Era un enano.


—¿Quién cojones eres? ¿Cómo has llegado aquí?.— Dijo el enano en un tono de voz grave nada amistoso.


El encapuchado se quedó mirándole con una sonrisa en la boca. No dijo nada.


—¡Pero míralo, parece un puto arenque ahí boqueando! !He cagado mierdas mejores que tú! Ahora, bien, te doy otra oportunidad.— Dijo el enano en un tono mas serio, señalando a la plancha desde la que tiraron a aquel desgraciado.— ¿Quién cojones eres y cómo has llegado hasta aquí?.

—Soy Morgan, Capitán Angus Morgan.— Dijo. Los dos piratas que se peleaban por las monedas se detuvieron al instante, cesaron de pelear y de respirar y se quedaron callados.—Tu debes de ser Yarrum, ¿Verdad? He oído hablar de ti.

—Grumphh.—Gruñó Yarrum mientras se acercaba a Morgan. Cuando llegó a su altura le quitó la capucha de un rápido tirón.—¡Que me folle el jodido pollo diablo! ¡Eres tú! ¡Había oído que estabas bien muerto! ¡Pensé que ya estarías pudriéndote en el fondo del mar! ¿Qué coño te trae aquí, solo, sin barco ni tripulación?.

—Ya te lo he dicho. Vengo a ver a Lowe. Tengo algo que le interesa y algo que darle.


Tras unos instantes en los que Morgan y Yarrum tuvieron una encarnizada lucha de pupilas, el enano se encaminó hacia la taberna y le invitó a entrar. Entraron todos.

La taberna era mucho más grande por dentro de lo que se apreciaba por fuera, habían picado la pared del acantilado para ampliarla, y era más una caverna que una taberna propiamente dicha. Había taburetes desvencijados por doquier, mesas podridas, un par de piratas también con aspecto podrido, apestaba a salitre, a ron, a tabaco y a lo que no es tabaco. La humedad era tan exagerada que casi había que nadar en vez de caminar. Dentro de la cueva había un canal de agua dulce proveniente del interior de la montaña que desembocaba en una zona más alejada: Sin duda una salida de emergencia en caso de necesidad. Sobre las aguas del canal flotaban un par de esquifes.

Yarrum escogió una mesa bastante amplía, sobre cuya superficie reposaban una buena cantidad de joyas, doblones de oro, astrolabios, armas de todo tipo, papeles y mapas en los que habían dibujado líneas y coordenadas... y se sentó pesadamente sobre un taburete.


—¡Henry!¡Every! Id cagando hostias a avisar al capitán, decidle que Morgan ha venido.—Gritó el enano.—Tú, siéntate aquí, tardará un buen rato.

—Capitán Morgan, gracias.—Respondió el visitante, y tomo asiento frente a él.


Mientras esperaban, el enano y el hombre midieron fuerzas usando tan sólo sus ojos. A la luz de las velas se observaron el uno al otro. En el exterior no se podía apreciar, pero con una mejor iluminación se distinguían perfectamente unas pústulas supurosas en la cara de Morgan. —"¿Sífilis?"—Pensó Yarrum. Se revolvió incómodo en la silla.

Yarrum era un enano más grande que la mayoría, y no por su estatura, si no por su voluminosidad. Tenía unos brazos gordos que aunque no estaban demasiado musculados daban la impresión de ser de pura roca maciza al igual que su panza. Lucía una gran barba que otrora había sido rubia pero ahora tan sólo le quedaban unos pocos pelos dorados enmarañados entre jirones de pelo blanco. Desde lejos y en la oscuridad parecía que las barbas del enano estaban trenzadas, pero en realidad eran mechas de cañón que él mismo se había atado. Se las encendía en caso de combate y eso le confería un aspecto diabólico cuando su cabeza quedaba rodeada como por una esfera de humo. El enano parecía mucho mas viejo de lo que en realidad era: Un terrible efecto secundario de las actividades a las que se dedicaba. También era claramente visible que el escorbuto era fuerte en él. Tenía una dentadura dorada que se teñía constantemente del rojo que emanaban sus encías.


—¿Qué fue ese numerito de antes? Pensaba que el Capitán Lowe no ejecutaba a su tripulación.—Angus Morgan rompió el silencio.—Cuentan que como máximo impone un castigo “maroon”.

—¿Ejecutar? ¡Jajajajajajaja!—Se rió sonoramente el enano.—¿Lo dices por el desgraciado de Sebastián? No amigo, no, a ese lo tiramos tres o cuatro veces al día. En esta cala rara vez ha entrado un tiburón. A veces lo intentamos de verdad echando algo de carnaza o sangre pero nunca se dignan a venir, no.—Dijo enjuagándose las lágrimas que le habían brotado con la carcajada.—Además, ni los tiburones querrían comerse al maldito Sebastián según huele. Tan sólo fue un pequeño correctivo aplicado por no saberse bien la teoría.

—¿Teoría?—Preguntó Morgan, sirviéndose ron en una jarra realmente sucia, como si estuviese en su casa.

—El Capitán Lowe no quiere borricos en su tripulación. Tenemos que saber leer y escribir, o aprender. Tenemos normas, ¿Sabes?. Incluso estudiamos algo de historia—Sonreía divertido, Yarrum, mientras hablaba—De ahí vino la discusión que acabó con él pegándose un buen baño. Hay que saber diferenciar bien a un corsario de un bucanero o de un filibustero. No es lo mismo, aunque la gente suela usar semejantes adjetivos como si lo fueran—Yarrum tenía un acento extraño que Morgan no alcanzaba a ubicar. Se veía claramente que no era el típico pirata cabeza-hueca con el que estaba acostumbrado a tratar.


Las puertas se abrieron de golpe, y un muy mojado y cubierto de algas Sebastían entró a gatas, tosiendo agua. Avanzó en esa posición unos pasos, luego se irguió y pareció que iba a decir algo. Debió cambiar de idea, agarró la primera botella que pilló y se dejó caer en el suelo otra vez.


—¿Cómo?—Exclamó incrédulo Morgan.—¿Acabas de decir que tenéis normas?.—Parecía a punto de echarse a reír.

—Sí, claro, no somos unos jodidos locos que van por ahí violando mujeres y haciendo pillaje a mansalva. No somos los típicos piratas. Robamos y violamos a quien se lo merece, nunca azarosamente. Tenemos un código pirata.

—¿Un código pirata?¿Y en qué consiste?.


Yarrum se estiró dolorosamente y le alcanzó un papel escrito a mano en el que se veían varias firmas. Mas de la mitad de las firmas consistían en una “X”. Morgan pudo leer:


“I.Todo hombre tiene voto; tiene derecho a provisiones frescas o licores fuertes, y si le corresponden, puede usarlos a voluntad, salvo en periodos de escasez o por el bien de todos.
II.El botín se repartirá uno a uno, por lista; pero si alguien defrauda o engaña, el abandono en una isla desierta será su castigo. (castigo maroon).
III.No se puede jugar a las cartas o a los dados por dinero.
IV.Las luces y velas se apagan a las 8 en punto de la noche: si algún miembro de la tripulación quisiera seguir bebiendo, tendrá que hacerlo en cubierta.
V.Mantener la pistola y sable limpios y aptos para el combate.
VI.No se permiten niños ni mujeres en el barco.
VII.Abandonar el barco o quedarse encerrado durante una batalla se castigará con la muerte o abandono.
VIII.No se permiten las peleas a bordo. Se pondrá fin en la costa, a espada y pistola. Si tras disparar, ninguno acierta, se batirán con sus espadas, siendo declarado vencedor el que consiga la primera sangre del rival.
IX.Ningún hombre puede abandonar esta forma de vida hasta que haya compartido mil monedas en el fondo común.
X.El Capitán y el Intendente reciben 2 partes de cada botín; el maestre, contramaestre y el cañonero una parte y media; y el resto de oficiales parte y cuarta.
XI.Los músicos tienen que descansar el Sexto Día.”

Morgan no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en los labios.


—Inaudito.—Alcanzó a decir— ¿Los músicos tienen que descansar el Sexto Día?


Yarrum se limitó a asentir mientras abría una botella y se fumaba un cigarro. Hubo un silencio que se prolongo durante otros 5 minutos. El enano era un buen subordinado, no haría preguntas, esperaría a que llegase el Capitán. Así que el que preguntó fue Morgan.


—Cuéntame, ¿Cómo acaba un enano de pirata? No se ven muchos como tú en este oficio.

—¡Jajajajaja!.—Rió Yarrum expulsando humo por todos los orificios de su cara, se notaba que le había gustado aquella pregunta. Desplazó su silla un metro hacia atrás y apoyo las piernas en la mesa. Su pierna derecha era toda de madera a partir de la rodilla.— ¡Mi padre era un árbol, mi madre era una piedra y el inmenso océano era el semen que me fecundó!.


Morgan se disponía a contestarle cuando apareció el Capitán Lowe, vestido todo de negro, con su sombrero de ala ancha adornado por una pluma de tucán. Siempre estaba completamente afeitado y tenía maneras elegantes. Las historias contaban que antaño había sido un noble que se hartó de su horrible mujer y decidió echarse a la mar. Morgan le dedicó una sonrisa enseñando al completo sus dientes negros en cuanto lo vió aparecer.

Yarrum llevaba diez años como segundo de a bordo en la tripulación del Capitan Lowe y lo conocía como a un hermano. Había saqueado más de 200 buques mercantes con él y lo había visto en situaciones límite un millar de veces. El Capitán Lowe nunca se acojonaba. Si de algo estaba orgulloso Yarrum era del par de huevos que su Capitán le echaba siempre.
En ese momento, el enano lo miró a la cara y no pudo reconocer la expresión que se dibujaba en ella: Se había quedado inmóvil, con los ojos como platos. Su tez morena se tornaba en un pálido verdoso y le pareció distinguir un hilillo de sangre que le corría entre los apretados dedos de su puño. Estaba completamente aterrorizado. Ésto puso nervioso al enano.


—¿Qué hay, colega?.—Dijo Morgan, con un ligero retintín en su voz.—¿No te alegras de ver a un viejo amigo?. ¿Por qué no te sientas y te unes a nosotros?.


Pasaron unos incómodos minutos hasta que el Capitán Lowe consiguió articular unas palabras. El enano miraba a uno y a otro respectivamente. Morgan sonreía como quién sabe un secreto que nadie más sabe.


—¿Q-qué c-coño haces t-ú aquí...?.—Alcanzó a decir Lowe.

—Joder, de verdad que parece que no te alegras de verme, y mira que me estoy esforzando mucho por ser simpático.—Contestó.— Vengo a hacerte un favor. Eso es lo que hacen los amigos, ¿No?. Se hacen favores unos a otros...


El Capitán parecía que no salía de su ensimismamiento y Yarrum se puso en pie, alerta.


—El Capitán te ha hecho una pregunta, contesta, jodido simio.

—No nos pongamos violentos, no hay por qué. Le traigo a tu querido Capitán algo muy valioso, algo que busca desde hace muuucho, mucho tiempo.—El pirata de las pústulas no quitaba su estúpida sonrisa de suficiencia de la cara.—Le traigo el pedazo de mapa que le falta.—Sacó muy lentamente de uno de sus bolsillos un pergamino enrollado que parecía realmente viejo y lo extendió sobre la mesa. Era un trozo de mapa. Llamaba la atención un dibujo que había en la esquina superior izquierda: Un triángulo morado invertido con tres lágrimas en su interior. Yarrum no lo reconoció.

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El trozo de papel sacó de su ensimismamiento al Capitán, que se acercó tímidamente a la mesa y, lentamente, sacó otro trozo similar al que había sacado el pirata y lo extendió a su lado. Encajaban a la perfección.


—¡¿C-cómo... lo has c-conseguido?!.— Lowe no se había recuperado aún de su palidez, y evitaba mirar a Morgan. Estaba temblando.

—Oh...Si uno sabe donde buscar, lo mas probable es que acabe encontrando. Es un regalo, para ti, de amigo, a amigo.—Parecía que se lo estuviese pasando genial.—Pero no es el único regalo que te traigo, no. Colegas de tu talla no se encuentran a menudo y me temo que ese trozo de papel no es suficiente para pagarte todo lo que te debo. A.mi.go.—Pronunció lentamente cada sílaba de esa palabra, se levantó de su silla, y, alzando los brazos en una posición que intentaba decir que no tramaba nada malo, se acercó al Capitán.


Yarrum se puso tenso y se llevó la mano al mango del hacha que descansaba en su cinturón. Morgan se situó delante de Lowe, mirándole fijamente, con los brazos levantados, sin hacer ademán alguno de desenfundar ningún arma. Morgan se inclinó para ponerse cara a cara con el Capitán, que estaba tan aterrorizado que no hizo más movimiento que el de echarse hacia atrás instintivamente, como si quisiera alejarse de él pero no le funcionasen las piernas.

Un repentino rayo cayó iluminando la estancia, haciendo que la figura de Morgan pareciese aun más alta e imponente. Su sombra se proyectó sobre la pared. Durante ese instante, Yarrum juraría que la sombra no concordaba con el cuerpo del pirata y le dio la sensación de que se movía independientemente. Creyó distinguir una especie de figura femenina en esa sombra, con ojos y vida propia, que no le quitaba ojo al Capitán. El sonido de la lluvia hizo su entrada tan sólo unos segundos antes del trueno. Y con el trueno habló Morgan.


—Éste es mi otro regalo.—Dijo con una voz que sonaba mas femenina, mas vieja, y mas demoníaca, al mismo tiempo que agarraba la cabeza de Lowe, y casi con cierta ternura, le depositó un beso en los labios.

—¡No!¡No!¡No!.—El capitán pareció despertar de pronto y de un empujón se apartó del enorme cuerpo de Morgan, cayendo hacia atrás. Con una mano se tapaba la boca y sus ojos inyectados en sangre y lágrimas desesperadas, miraron al pirata. Sabía lo que significaba ese beso, era el beso de la muerte.


El pirata rió fuertemente y luego escupió encima del asustado Capitán. Seguidamente se dio la vuelta y salió corriendo de la caverna. Yarrum no espero órdenes, simplemente desenfundó sus hachas, una para cada mano, y corrió en su busca.

Al salir, la lluvia le azotó el espinazo, poniéndole los pelos de punta, estaba jodidamente fría. Las tempestades repentinas no eran algo extraño allí, aunque ésta fuese verdaderamente inoportuna. El viento se enfureció haciendo que los farolillos bailaran y dibujaran extrañas sombras sobre la cornisa de piedra del desfiladero. No se veía nada. El enano espero, paciente, hasta que otro rayo iluminó el panorama y distinguió a una figura que corría por el embarcadero.


—¡El barco! ¡Se dirige al barco!.— Exclamó con todas sus fuerzas y, sin esperar refuerzos, corrió hacia allí.


El barco se llamaba Tempestad, lo que a Yarrum le pareció muy apropiado en esos momentos. El hombre cojeaba y no avanzaba demasiado rápido. Cuando el enano llegó al barco, Morgan le esperaba en la pasarela con una cimitarra oxidada y una sonrisa desenvainadas. No hubo diálogos. Se enzarzaron en una encarnizada pelea a muerte en la cubierta del barco. Los fuertes vientos azotaban los cabos y las velas, el oleaje alterado hacía inestable el suelo y un par de barriles de manzanas se pusieron a rodar peligrosamente.

Yarrum atacó primero, lanzó dos hachazos, uno con la mano izquierda para amagarle un ataque a la cara y luego lanzó su mano derecha buscándole el costado. Morgan retrocedió al mismo tiempo que lanzaba una rapidísima estocada, practicándole un corte en la pierna al enano, que trastabilló. Se aprovechó de que el enano estaba desequilibrado y le lanzó un tajo al ojo derecho, cortando el globo ocular con su afiladísimo filo. Con el corte, el ojo se salió de la cuenca, quedó colgando por los nervios y bailaba al compás de la cabeza de Yarrum.

El enano retrocedió dando tumbos, paso tras paso, aturdido, hasta que su espalda tocó el mástil. La lluvia no arreciaba. Morgan se aproximó a él, le agarró el ojo que le colgaba y de un fuerte tirón se lo arrancó de cuajo. El dolor activó a Yarrum, que reaccionó descargando su hacha con todas sus fuerzas contra el brazo de su enemigo. Éste se rió de una forma gutural, diabólica, una risa salida de las mismísimas puertas del infierno, tiró la cimitarra al suelo y saco una daga. No dejaba de reír. Los relámpagos se habían puesto de acuerdo para alumbrar, uno tras otro, la enorme figura del pirata.


—¡Ésto seguro que no te lo esperabas enano!.—Gritó alzando la voz para que el malherido Yarrum pudiera oírlo.—¡Desdichado y maldito sea quien ose subirse a este barco!¡Que la enfermedad y la locura se apoderen de su alma, de su cuerpo y de su espíritu!¡Que mi palabra PREVALEZCA!.—Mirando fijamente al enano a los ojos saco una daga, y sin dejar de sonreir en ningún momento, se rajó el cuello muy lentamente. La sangre manó del tajo más verde que roja, más pastosa que la sangre que Yarrum estaba más que acostumbrado a ver, mucho más apestosa, putrefacta y maloliente. Las pústulas de la cara de Morgan se empezaron como a derretir, y de ellas manó también ese líquido que no podía ser sangre. El cuerpo del pirata convulsionó salvajemente y cayó al suelo, echando espuma por la boca.


Yarrum no sabría decir si pasaron segundos, minutos, horas, días o años. Su mente no asimilaba lo que su ojo izquierdo acababa de ver. Poco a poco se fue recuperando. Parecía que su ojo derecho no sangraba. La lluvia regaba incansable el cuerpo de Morgan, que ya hacía rato se había quedado completamente quieto. Esa misma lluvia extendió el líquido putrefacto que manaba del cadáver por toda la cubierta del barco. El enano arrastró el cuerpo y lo tiró por la borda, apestaba como nada que hubiese olido antes. En ese momento llegaron dos miembros de la tripulación a los que el alcohol no permitía coordinar demasiado y le ayudaron a llegar a la caverna. Al llegar, el Capitán Lowe le esperaba sentado en una mesa con la cabeza oculta entre los brazos. Yarrum le contó al Capitán lo que había pasado mientras se vendaba el ojo y la pierna, y éste se acongojó aún más, en silencio.


—¿Me vas a explicar qué cojones ha pasado, Capitán?.— Preguntó Yarrum.

—No lo sé Yarrum, no lo sé.—Contestó Lowe mientras observaba con la mirada perdida los dos trozos de mapa que había encima de la mesa.—Sólo se que fue a él a quien robe uno de los trozos del mapa, hace diez años. Lo cogí de su cadáver, yo mismo lo había matado.


El enano no supo qué decir. Miro fijamente al Capitán y le pareció ver una especie de sutil mancha oscura que crecía en su cara. Negó para sí. Mal fario, pensó.

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Hexen

Elfo que no discute
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Tremenda, quiero a ese enano en mi puto barco, IIIIIyyyYYYa!.
 

Mingalonga

Lican gato mamadísimo
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Capítulo 2: Entre tempestades.


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Habían pasado varios días desde el extraño incidente con el Capitán Morgan y las cosas, más que volver a la normalidad, a ojos de Yarrum, habían mejorado bastante. El ambiente en la cala pirata era el más activo que el enano había visto en mucho tiempo.



Hacía ya una larga temporada en la que no había habido demasiado movimiento. La suerte no había estado de su lado y eso unido a los requisitos que Lowe necesitaba para desvalijar un barco había hecho que el pesimismo se adueñara de la tripulación del “Tempestad”. La vida de un pirata se reducía a: “Eres lo que puedes gastar.” y cuando se acababan las monedas de oro había que hacerse a la mar de nuevo, no había más alternativas. El Capitán Lowe tenía un gran código moral y nunca abordaba barcos de mercaderes humildes, los que menos seguridad tenían y que más indefensos estaban a la hora de ser saqueados. Para Lowe no era cuestión de saquear o robar, era cuestión de mantener un cierto “equilibrio” entre clases. Le asqueaba la burguesía y la nobleza y creía firmemente en que se debía hacer algo para cambiar las cosas. Su pequeña aportación al cambio era vaciar hasta extremo los barcos mercantes de grandes mercaderes o poderosos nobles. Y casi nada iba para él y su tripulación. Habían dado golpes millonarios y siempre repartía equitativamente una pequeña parte entre sus hombres, y lo demás lo entregaba altruistamente a causas en las que creía. Si alguien no estaba conforme era expulsado inmediatamente.

Yarrum lo admiraba por ello. Lo admiraba porque él se sentía incapaz de ser tan honrado y abiertamente generoso con los demás como su Capitán era. Lo admiraba porque Lowe no actuaba, no fingía un papel en busca de honor, no andaba a la caza de gloria con sus desinteresados actos; él era así, sin más, lo había probado en infinidad de ocasiones. Yarrum no se podía creer que personas como el Capitán pudieran existir. Personas que antepusieran su propia vida y su bienestar al de los demás. Personas que disfrutaban más entregándole un saco de trigo a un desvalido que comiéndose ellas un plato de langosta con caviar. No se lo podía creer, no después de la vida que había llevado.




Cincuenta años atrás, un contrabandista se encontraba cruzando el mar de las espadas con más de treinta enanos exiliados. Yarrum había aparecido horas después de haber desembarcado a los enanos en las costas de Imnescar, metido en un barril de naranjas. Lo habían encontrado todo amoratado y con marcas en el cuello. Parecía que habían intentado matarlo, o eso fue lo que le contó su primer capitán: El contrabandista Lishack. Éste no le acogió por pena o lástima, si no porque le pareció muy gracioso tener a un enano entre sus hombres. Lo dejó a cargo de una matrona que fue lo más parecido a una madre que tuvo el enano. No había mucho cariño en su trato pero le enseñó a leer y a escribir y no le hizo pasar hambre.

Cuando cumplió los nueve años, Lishack apareció en casa de la matrona más borracho que una cuba gritando que se iba a llevar lo que era suyo. Violó y mató a la matrona delante de Yarrum por el simple hecho de que le apetecía y se llevó al enano a golpes hasta su barco. El barco se llamaba “Elaine”, estaba decorado con un mascarón de proa muy realista que consistía en una mujer desnuda invitándote a entrar. El Elaine fue el hogar de Yarrum durante los siguientes doce años.

Allí le obligaron a mentir, a robar, a pelear, a matar y a arrastrarse por el suelo debido a que la falta de vitamina C le impedía caminar. Perdió todos los dientes por culpa del escorbuto y una pierna debido a un corte con un cuchillo oxidado a conciencia, en una traicionera pelea con un veterano de la dotación del Elaine.
Por otra parte, aprendió a amar el mar, aprendió a amar el cielo que le servía de infalible brújula, aprendió los entresijos de la vida a bordo de un barco, aprendió a protegerse: sabía donde golpear para hacer daño, su cuerpo terminó por acostumbrarse a la actividad marítima y se curtió, se fortaleció. Y lo más importante de todo: Aprendió a no amar matar, a no querer el mal ajeno y a no envidiar. Pudo haberlo hecho, más bien pudieron haberle obligado, pero nunca disfrutó con ello. Doce años después y a base de mucho esfuerzo consiguió ahorrar las diez mil monedas de oro que Lishack pedía para poder abandonar el barco, y con eso y un buen puñetazo en su cara se alejó del Elaine para siempre.
Años más tarde conocería al Capitán Lowe, que le acogería de buen grado entre sus hombres. Llegaría a ser su segundo de a bordo, y, unos días después de un misterioso suceso con un capitán aún más misterioso, estaría contemplando con una sonrisa y con un ojo menos el sol bañando la cala donde reposaba apacible el “Tempestad”, el trajín de los hombres y sus preparativos y aspirando profundamente el olor a salitre. Se hacían a la mar.



Todo hombre de la tripulación, la cual no contaba con más de quince hombres, corría de un lado a otro. Unos cargaban y extendían cuidadosamente la pasta, hecha de mezcla de sebo, cáñamo, alquitrán, pez y azufre necesaria para calafatear el barco, otros reponían velas y otros arrancaban algas y percebes del casco, pues éstos reducían considerablemente la velocidad punta de la embarcación. La cala era una algarabía de voces y de personas yendo y viniendo, y eso ponía al enano de muy buen humor. En general, todo el mundo había logrado convencerse de que todo lo acontecido días atrás no fue nada más que el delirio de un hombre enfermo. De todas maneras habían decidido por unanimidad que sustituirían el barco en caso de encontrar alguno “requisable”, pues mantenían esa sensación de mal fario. Lowe estaba del mismo humor que Yarrum, tenían un mapa con una X marcando la situación de lo que se suponía sería un tesoro, tenían un objetivo claro y la sensación de que iban a descubrir algo grande.

Con todos los preparativos realizados, los mapas en regla y todas las provisiones, materiales y demás a bordo, levaron anclas. Tan sólo Lowe tenía acceso al mapa, no lo hacía por avaricia, si no por evitar motines a bordo. Tenían informacion de en qué puertos, vías maritimas, caladeros se podrían encontrar barcos militares que protegiesen los mares, así que, según su Capitán, en unas 4 dekhanas estarían abriendo cofres repletos de oro. Toda la tripulación estaba henchida de energía y optimismo.



La primera dekhana transcurrió sin problemas, el mar estaba en calma y el viento, aunque no muy fuerte, era favorable. El comportamiento del Capitán se volvió un poco extraño. Se encerraba a todas horas en su camarote y solo salía para escudriñar la lejanía con su catalejo. Cuando llevaban quince días Otis, el oteador, vaticinó tormenta; se veían nubarrones negros en el horizonte. Se hicieron todos los trámites pertinentes, se recogieron las velas, se ataron los barriles y cañones y se hizo lo único que se podía hacer: Esperar. La tormenta no tardó en dejarse oír y poco más tardó en dejarse notar. El viento arreció, y el mar, ofendido, se embraveció como respuesta. El sol fue expulsado por los nubarrones muy densos y tristes, que desahogaban sus penurias a lagrimones constantes que golpeaban la cubierta y el casco del barco, provocando un concierto de percusión. Los hombres reunidos en las habitaciones intentaban inútilmente distraerse y el silencio reinaba salvo por algunas risas forzadas, los sonidos de la lluvia y de la madera al combarse.

Yarrum estaba nervioso como todos, pero se forzó a decir algunas palabras de ánimo, a bromear e intentó ineficazmente iniciar alguna conversación. El silencio y los nervios pudieron con él y fue a la cabina del Capitán a ver si Lowe estaba más hablador. Al abrir la puerta notó un olor fuerte, como a carne podrida. Alguna rata debía estar descomponiéndose debajo de alguna estantería, pensó. Lowe no estaba por ninguna parte, lo buscó en la bodega y en las habitaciones del personal, pero no estaba. Subió a cubierta y el frío y la lluvia le atizaron el rostro. Forzó a su único ojo para intentar ver a través de la lluvia y distinguió la figura de Lowe en la popa del barco, observando con un catalejo.

—¡Está loco!.— Dijo yarrum para sus adentros.

Cuidadosamente se acercó hasta él gritando, agarrándose a cabos y a barandillas para evitar que un embate del mar le hiciera caerse por la borda.

—¡¡Capitáaaaan!!¡¡Capitáaaaan!! ¿¡Qué se supone que estáis haciendo?! ¡¡Os vais a matar!!.— Gritó Yarrum con todas sus fuerzas para hacerse oír por encima de la lluvia y del oleaje.

El Capitán no hizo amago de haberle escuchado, siguió mirando a través de su catalejo agarrado a la barandilla de popa. El enano consiguió llegar a su altura y tocarle en el hombro.

—¡¡Lowe!! ¡¡Me cago en los putos infiernos!! ¡¡Qué demonios estás haciendo!!— . Bramó.
Tras unos instantes sin inmutarse, Lowe dejó de mirar por el catalejo y miró a Yarrum, su expresion era fría, indiferente.

—Nos están siguiendo.— Masculló el Capitán mientras le tendía el catalejo.

El enano miró a través de él pero no vio nada, estaba todo demasiado oscuro, el mar muy revuelto y la lluvia era demasiado fuerte como para ver nada.

—¡¡No veo nada!!.— Dijo mientras intentaba inútilmente distinguir algo en semejante tormenta.
—Pues están ahí.— Respondió Lowe dándose la vuelta y dirigiéndose tranquilamente, como si no fuera consciente de la tempestad que los rodeaba, a su camarote.

Yarrum se quedó agarrado a la barandilla un momento observando como se alejaba su Capitán. Echó un último vistazo con el catalejo y esta vez sí creyó atisbar un objeto que flotaba detrás de ellos, bastante lejos, como a 20 leguas. Pero solo fue un instante, al siguiente instante había desaparecido. El enano negó varias veces y se puso a cubierto en el interior del barco.


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Mingalonga

Lican gato mamadísimo
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Capitulo 3: La tercera.


La tormenta pasó al igual que la noche y para cuando amaneció el Sol brillaba en un cielo completamente despejado. Toda la dotación del Tempestad había pasado la noche en vela y la pereza reinaba en el barco, nadie parecía tener ganas de ponerse a la faena. Yarrum había pasado la noche más preocupado por el comportamiento del Capitán que por la tormenta y estaba realmente cansado. Pero había cosas que hacer, así que se desperezó y salió de su camarote para ir a las habitaciones del personal.

— ¡Id espabilando todos, cojones! ¡Recuento!. — Gritó el enano al entrar. Todo el mundo se puso en pie instantáneamente al oírle. Yarrum reparó en el único hombre que no se había movido ni un ápice: Estaba de pie, estupefacto, mirando el techo de la habitación.

— ¡Henry! ¿Qué coño estás mirando bobalicón? ¡Henry, hostias! ¡He dicho que todo el mundo al recuento!. — Henry no dio señales de haberle escuchado y permaneció ahí quieto, mirando a un punto del techo donde no había nada en particular.

Yarrum se acercó a él y le zarandeó agarrándole del hombro.

— ¡Henry! ¡Eh, eh, espabila muchacho! ¿Qué estás mirando?.— Preguntó en un tono más preocupado.

— N-nada... s-sólo estoy u-un... poco m-mareado...estoy bien.— Henry pareció salir de su ensimismamiento y se unió a la fila para el recuento.

El enano negó para sí. Henry tenía mal color.

— Doce... trece... catorce...— Contó Yarrum.— ¿Quién coño falta?—.

— Stan, señor, se levantó por la noche y salió de la habitación. No me dijo qué iba a hacer.— Respondió uno de los hombres.

— ¡Me voy a cagar hasta en la puta! ¡Henry, Every, Sebastián! ¡Id a buscarle ahora mismo! ¡Henry pero qué hostias te pasa!.— Vociferó al ver que volvía a estar como ido mirando al mismo punto del techo. Los otros dos salieron de la habitación en busca de Stan.

Estaba Yarrum a punto de espabilar a Henry a bofetones cuando Every volvió a la habitación y le miró con ojos de extrema inquietud. El enano entendió la mirada y salió de la habitación diciéndoles a los hombres que esperasen allí. Cerró la puerta.

— Lo he encontrado, está en la bodega. — Dijo Every con un tono de voz bastante lúgubre.

Cuando llegaron a la bodega se encontraron con un panorama muy siniestro. Stan estaba desnudo y se balanceaba rítmicamente colgado del cuello. Tenía el rostro amoratado y la lengua hinchada. Se había suicidado. Eso de por sí ya era algo malo, pero lo peor era que estaba claro que había muerto en un gran agonía. Antes de ahorcarse había extendido sus propia sangre, vómito y heces por todas las paredes de la estancia. Se distinguía dónde se había apoyado, había manchado una estatua de madera que representaba a una mujer sentada en un trono contemplando una moneda. Ahí le fallaron las fuerzas y había caído al suelo. Se apreciaba también cómo se fue arrastrando hasta unas cajas donde consiguió atar el extremo de una cuerda a la viga del techo y el otro extremo a su cuello. Toda la sala apestaba y del cuerpo inerte aún goteaban fluidos. Había dejado un cuadro espeluznante.

— No tiene puto sentido.— Masculló el enano mientras intentaba inútilmente asimilar la rocambolesca escena que tenía delante.— Ayúdame a bajarlo de ahí, lo echaremos por la borda. Luego vendrás, te encerrarás aquí y no saldrás hasta que esté todo impoluto. Y escucha: No vas a decirle a nadie nada de esto, ni si quiera al Capitán Lowe. Por lo menos no hasta que hayamos llegado a tierra, falta poco para llegar. ¿Me has oído?.

Every obedeció sin rechistar como solía hacer. Juntos lo descolgaron y subieron el cadáver a cubierta. En la popa del barco estaba el Capitán, tan absorto en su escrutinio de las aguas que ni se percató del hombre y del enano tirando el cadáver de un compañero por la borda. El enano se le acercó.

— ¿B-buen día, Capitán?.—Dijo tímidamente.

Lowe no le contestó. Yarrum se fijó en que aunque ahora mismo tuviera un pañuelo tapándole la boca, tenía mala cara. Estaba de un pálido verdusco y habría adelgazado más de 5 kilos desde que embarcaron. Notó un fuerte olor proveniente de él.

— ¿Veis algo?.—Preguntó mientras intentaba observar en la distancia con su único ojo.— Puede que lo que visteis la pasada noche fuese solo un esquife a la deriva, o un árbol, quien sabe.

El Capitán aguantó unas toses y se agarró el estomago. Seguidamente le tendió el catalejo.

— Dime, mi inteligente amigo, ¿Llevaría izadas las velas un árbol a la deriva?.— Contestó el Capitán con la voz entrecortada por las toses, tapándose el rostro con el pañuelo.

Yarrum no contestó y se limitó a mirar por el catalejo. Le costó un rato, pero finalmente consiguió atisbar la silueta de una embarcación con un gran velamen izado. Era difícil de ver ya que las velas eran de color azul marino y le conferían un camuflaje bastante notable.

— Está bastante lejos.— Dijo el enano. — ¿Creéis que viene hacia nosotros?.

Lowe apretó los dientes, como aguantando un repentino dolor. Su mano se cerró en torno a la empuñadura de su sable y comenzó a respirar lentamente con los ojos cerrados. Luego murmuró.

— Todo el mundo al trabajo. Iza las velas. Veremos si puede alcanzarnos.— Atisbó a decir mientras se frotaba el entrecejo con el dedo índice. Seguidamente se dio la vuelta y se internó en su camarote.

Yarrum intentó concebir todo lo que estaba pasando. Quería negarse a sí mismo que algo malo estaba sucediendo: Stan enfermó tanto que su dolor fue inaguantable y terminó por ahorcarse para acabar su angustia. El Capitán sólo estaba algo nervioso debido a que iba a encontrar por fin aquel tesoro que llevaba ansiando tanto tiempo. Respecto a los misteriosos perseguidores, no había conocido nunca un barco más veloz que el Tempestad, así que si lo de Stan no resultaba ser ninguna enfermedad contagiosa, en unos pocos días estarían en tierra desenterrando monedas. Se repitió estas ideas una y otra vez mientras contemplaba el ancho océano. Minutos después de su embelesamiento, comenzó a gritar órdenes a la dotación.

— ¡Hombres! ¡A cubierta! ¡Al trabajo! ¡Viento a favor! ¡Hay que poner a esta preciosidad a cabalgar!

La tripulación apareció segundos después y se pusieron a la faena. Every se acercó al enano.

— Señor, creo que le pasa algo a Henry. Sigue ahí abajo embobado mirando al techo. Lo he intentado espabilar pero parece, no se, como ido. Algunos ya hablan de que este barco está maldito...ya sabes... con lo que pasó y eso. Uno de los chicos dice que ha oído al Capitán decir que nos persiguen.— Continuó.— Perdona que os hable así señor, pero Lowe debería calmar un poco los ánimos. No le vemos casi nunca pero le escuchamos en su habitación dando golpes y caminando de un lado al otro. También dicen que sale un olor apestoso de su camarote.— Parecía seriamente intranquilo.

— Vale, está bien. No quiero oír más tonterías. Si oigo a alguno decir tonterías semejantes, se le acusará de incitación al motín y lo encerraremos en el calabozo.— Contestó Yarrum.— Hijo, intenta mantener tranquila a la tripulación, hazme ese favor.— Terminó diciendo mirando a Every a los ojos.

Posteriormente bajó a las habitaciones, donde Henry seguía embobado mirando al techo. Olía a podrido.

— Henry, muchacho. ¿Qué te ocurre?.— Le dijo mientras apoyaba la mano en su hombro. Notó el cuerpo hirviendo del grumete.— Henry, eh, Henry ¿Me oyes?.— Insistió. Pasó su mano por delante de los ojos inertes del muchacho y le palpó la frente. Tenía fiebre.

Yarrum empujó suavemente a Henry hasta una cama y lo tumbó. Su cuerpo estaba rígido, no dejaba en ningún momento de mirar al mismo punto del techo y balbuceaba palabras ininteligibles en su delirio. También había perdido el control de su esfínter, se había cagado encima. Yarrum le quitó la camiseta y distinguió unas pústulas parecidas a las que tenía el capitán Morgan solo que menos avanzadas, eran de un color oscuro más tenue. Cogió un trapo, lo humedeció en el barril de agua, se lo puso por la frente y se sentó a su lado agarrándole la mano. El muchacho no tendría más de 16 años, era hijo de un desgraciado pescador al que el mar reclamó en su seno usando una ola traicionera. Era un buen chico y el enano le había cogido cariño.

Tras media hora de horribles pensamientos, el enano se fijó en el punto del techo que Henry miraba desesperadamente. Ahora se distinguía algo, como una pequeña mancha de sangre. Usando una escalera de mano se acercó para verla más de cerca.
Tenía la forma de una lágrima y desde luego no era sangre, la sangre no era de color ámbar. Parecía tinta seca. La intentó rascar futilmente con la uña. Dejó de rascar cuando oyó reír y hablar a Henry con una voz gutural.

— Vendré a por vosotros... en la tercera... jajajaja.— Le había dado un ataque de risa. Entre risa y risa flemas de pus salían disparadas de su garganta.

Yarrum bajó la escalera y se acercó al muchacho.

— ¡Henry! ¿Qué dices? Eh, eh, quédate conmigo.— Sus ojos se habían puesto blancos y vidriosos. El enano lo abofeteó con suavidad. — Eh, Henry, Henry.— Lo zarandeó con más fuerza esta vez.

Los ojos del chico se quedaron en blanco. No decía nada pero por su expresión se podía adivinar que estaba sufriendo tremendos dolores. El enano salió de las habitaciones y golpeó sonoramente la puerta del camarote del Capitán.

— ¡Capitán!.— Golpeó una vez. No hubo respuesta.

— ¡Capitán Lowe!.— Golpeó esta vez con mas fuerza. Silencio.

— ¡Lowe abre la maldita puerta!.— Gritó exasperado.

La puerta finalmente se abrió y un pestazo putrefacto golpeó las fosas nasales del enano. Lowe estaba tumbado, se había arrastrado por el suelo para abrir la puerta y le miraba con ojos suplicantes.

— Yarrum...— Inquirió el hombre con un hilillo de voz.

— ¡Capitán!.— Yarrum se agachó y le cogió de la cabeza.— ¿Tú también? ¡Joder! ¡Tenemos que salir de este puto barco!.— El enano se aguantaba las lágrimas.

— A.. c-cuatro...cuatrocientas...millas... a-al suroeste e-está el puerto más... c-cercano.— Masculló Lowe entre dolores.— Tienes que...— No pudo más y se desmayó.


Yarrum arrastró el cuerpo de Lowe adentro. Apestaba a demonios. La cama era un gran charco de fluidos y el suelo en su totalidad estaba bañado de vómitos y de heces sanguinolentas. Decidió llevarlo a su camarote y encamarlo, parecía comatoso y el enano no sabía que hacer con él. Lo que si sabía era gobernar un barco, así que salió de su camarote dispuesto a ir a cubierta.

En ese momento apareció Every, venía a la carrera, con cara de profunda consternación.

— ¡Señor!, ¡La mitad de los hombres están enfermos, ni si quiera se pueden levantar del suelo!, ¡La otra mitad apenas pueden dar dos pasos sin echar la pota! ¡Y Sebastián se ha tirado por la borda!.—Dijo Every desesperado. Su propia camisa estaba teñida de vómito.

— ¡Yargh!.— Gruñó el enano tirándose de los pelos.— ¡Hay que llegar a tierra o estamos condenados!. Escúchame bien: reúne a los hombres capaces y pon rumbo al suroeste, que los enfermos bajen a la bodega.

Sin esperar respuesta salió al exterior. Allí el cielo color azabache ocultaba casi por completo los rayos del Sol y un viento huracanado, que hacía peligrar la integridad del velamen, le azotó las barbas. “¿Otra tormenta?”, pensó.
Se dirigió a la popa y observó el horizonte. El barco que les daba caza se acercaba. ¡Era imposible, no había barco mas rápido!. Pero se acercaba, ya no hacía falta catalejo ni tener dos ojos para verlo. Estaba allí y cada vez más cerca.
Se dio la vuelta al oír unos pasos. Every y cinco hombres más le miraban con profundo terror. Ninguno tenía aspecto saludable, pero se tendría que conformar.

—¡Hombres!, ¡Ya sabéis lo que pasa en este maldito barco!.—Voceó el enano en un intento de inspirar un poco de esperanza en los hombres.— ¡Vienen a por nosotros!, ¡Estos cabrones no tienen ni la decencia de combatir, quieren que estemos bien muertos de alcanzarnos!, ¡Pues no me da la puta gana, les digo!, ¡Que les den por el culo!, ¡Aligerad el barco!, ¡Tiradlo todo por la borda!, ¡Estamos a cuatrocientas millas de la costa y hay que llegar allí antes de cenar!, ¡Vamos!.

Debió hacer efecto porque todos parecieron rejuvenecer, al menos un poco, y se pusieron a la labor.

Dos horas después solo quedaban en pie Yarrum y Every. Éste último con muy mal aspecto. No había dejado de vomitar y apenas le sujetaban las piernas. No le quedaban más palabras de ánimo. Bloqueó el timón con un grueso remo y bajó a su camarote.

En su habitación yacía el Capitán Lowe, muerto. El rigor mortis lo había dejado tumbado con la mano alzada sujetando el mapa del tesoro frente a su rostro. Yarrum se acercó, compungido, tragándose las lágrimas. Sólo quedaba él. No entendía por qué a él no le había afectado toda esta mierda. No sabía decir si tenía una buena o una muy mala suerte por ello. Tras unos segundos de silencioso respeto le cogió el mapa de las manos y lo guardó en una botella de cristal con un tapón de corcho, le cerró los párpados y volvió a cubierta.

Ya no había nadie allí más que él, la tormenta y el océano. Volvió a posar la mirada en el enigmático barco, que se acercaba por momentos.

Se situó en la popa del barco y se asió fuertemente a la barandilla trasera del barco mirando fijamente al barco que les daba caza.

Vio una figura humana que le miraba desde la lejana embarcación. Parecía que saludase con el brazo.

No pudo evitar que se le escapara una sonrisa. Sacó una cerilla y, tranquilamente, se prendió fuego a las mechas que tenía en la barba. El humo apareció al instante adornándole la cabeza, el indómito viento hacía que fluyese hacia todos lados, incontrolable.

Yarrum le devolvió el saludo con el brazo.

—Venid, cabrones. Venid.—Musitó.


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