Mingalonga
Lican gato mamadísimo
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Capítulo 1: La cala de los piratas. La tempestad.
Era de noche en Brynnley. El plenilunio bañaba con su luz toda la costa y se podía distinguir perfectamente una figura encapuchada recorriendo un estrecho sendero que transcurría entre desfiladeros erosionados por el salitre y los fuertes vientos. Una suave pero constante brisa soplaba en ese momento desde el mar hacia la costa y el silencio que allí reinaba sólo era perturbado por el inmenso océano, que se empeñaba en estrellarse una y otra vez, incansable, contra su eterno enemigo.
El sendero atravesaba formaciones rocosas a pie de playa; no era fácil de ver para alguien que no estuviera acostumbrado a recorrerlo a menudo. En su tramo final el camino parecía desaparecer dentro de la piedra, pero con el suficiente detenimiento se descubría que continuaba a través de una gruta estrecha, y ésta, finalmente, se abría a una cala secreta donde se podía ver un pequeño embarcadero y lo que parecía una humilde taberna de madera tímidamente iluminada, pegada a la base de un gran acantilado.
Un espléndido barco flotaba, perezoso, en las tranquilas aguas de la cala. Un rápido vistazo al buque dejaba claro que era una embarcación pensada para la velocidad, no tenía mas de 10 cañones, y el casco parecía aligerado al límite.
Cuando la figura encapuchada se encontraba a pocos pasos de la taberna, las puertas se abrieron de golpe. Más bien las puertas se abrieron CON el golpe de un cuerpo que salía despedido desde el interior. El encapuchado vio como detrás del hombre que había salido volando salieron otros tres: los que sin duda habían ayudado a la salida aérea. Los dos primeros parecían hombres, pero el tercero era demasiado bajito para serlo.
—¡Jodido bebe-sin-sed! ¡Chacal de provincia! ¡Hijo de mil padres! ¡Llamarme bucanero a mi!.—Exclamó uno de los hombres con marcado acento ebrio.
—¡Vamos a darle una lección!. —Dijo el otro al mismo tiempo que le propinaba una patada en la cabeza. Compartían el acento de absoluta borrachera.
Entre los tres llevaron a empujones al pobre desgraciado a través de una cornisa de dos metros de ancho esculpida en la pared del acantilado, con una plancha estrecha de madera al final, que, a su vez, terminaba en un salto de unos diez metros a las frías aguas.
Uno de los hombres sacó una navaja y se cortó la palma de la mano. Se asomó al borde de la plancha y dejó que su sangre goteara sobre el agua. Eso sin duda atraería a los tiburones. Luego sin más ceremonia ni dilación, pidieron amablemente a punta de espada al desgraciado que se tirase. Terminó accediendo y se zambullo en las espumosas y oscuras aguas.
Los tres abusones le dejaron el trabajo duro al mar y se dirigieron de vuelta a la taberna, donde repararon en la oscura figura encapuchada. Desenvainaron.
—¿Quién va?.— Dijo uno de los hombres.
—Tranquilos. Vengo a hablar con el Capitán Lowe.— Respondió el hombre quitándose la capucha. Era un hombre extremadamente alto, con el rostro curtido por años y años de castigo a base de salitre, humedad y sol inclemente. Tenía una barba negra y rala, llevaba varios aritos en las orejas y se adornaba las ropas con un verdadero arsenal: tenía colgadas del cinturón al menos tres cimitarras de distinto tamaño, y más que posiblemente llevaría otras tantas armas ocultas. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos, de un profundo azul.—Tengo oro, por si eso vale para que os relajéis.— Dijo al mismo tiempo que lanzaba una gruesa bolsa que recibió al suelo con un agradable sonido metálico.
Los dos hombres se lanzaron como moscas a la mierda en pos de las monedas. Pero el tercero, el más bajito, se movió lentamente hasta quedar iluminado por la tenue luz de un farolillo que pendía de uno de los pilares de la taberna. Era un enano.
—¿Quién cojones eres? ¿Cómo has llegado aquí?.— Dijo el enano en un tono de voz grave nada amistoso.
El encapuchado se quedó mirándole con una sonrisa en la boca. No dijo nada.
—¡Pero míralo, parece un puto arenque ahí boqueando! !He cagado mierdas mejores que tú! Ahora, bien, te doy otra oportunidad.— Dijo el enano en un tono mas serio, señalando a la plancha desde la que tiraron a aquel desgraciado.— ¿Quién cojones eres y cómo has llegado hasta aquí?.
—Soy Morgan, Capitán Angus Morgan.— Dijo. Los dos piratas que se peleaban por las monedas se detuvieron al instante, cesaron de pelear y de respirar y se quedaron callados.—Tu debes de ser Yarrum, ¿Verdad? He oído hablar de ti.
—Grumphh.—Gruñó Yarrum mientras se acercaba a Morgan. Cuando llegó a su altura le quitó la capucha de un rápido tirón.—¡Que me folle el jodido pollo diablo! ¡Eres tú! ¡Había oído que estabas bien muerto! ¡Pensé que ya estarías pudriéndote en el fondo del mar! ¿Qué coño te trae aquí, solo, sin barco ni tripulación?.
—Ya te lo he dicho. Vengo a ver a Lowe. Tengo algo que le interesa y algo que darle.
Tras unos instantes en los que Morgan y Yarrum tuvieron una encarnizada lucha de pupilas, el enano se encaminó hacia la taberna y le invitó a entrar. Entraron todos.
La taberna era mucho más grande por dentro de lo que se apreciaba por fuera, habían picado la pared del acantilado para ampliarla, y era más una caverna que una taberna propiamente dicha. Había taburetes desvencijados por doquier, mesas podridas, un par de piratas también con aspecto podrido, apestaba a salitre, a ron, a tabaco y a lo que no es tabaco. La humedad era tan exagerada que casi había que nadar en vez de caminar. Dentro de la cueva había un canal de agua dulce proveniente del interior de la montaña que desembocaba en una zona más alejada: Sin duda una salida de emergencia en caso de necesidad. Sobre las aguas del canal flotaban un par de esquifes.
Yarrum escogió una mesa bastante amplía, sobre cuya superficie reposaban una buena cantidad de joyas, doblones de oro, astrolabios, armas de todo tipo, papeles y mapas en los que habían dibujado líneas y coordenadas... y se sentó pesadamente sobre un taburete.
—¡Henry!¡Every! Id cagando hostias a avisar al capitán, decidle que Morgan ha venido.—Gritó el enano.—Tú, siéntate aquí, tardará un buen rato.
—Capitán Morgan, gracias.—Respondió el visitante, y tomo asiento frente a él.
Mientras esperaban, el enano y el hombre midieron fuerzas usando tan sólo sus ojos. A la luz de las velas se observaron el uno al otro. En el exterior no se podía apreciar, pero con una mejor iluminación se distinguían perfectamente unas pústulas supurosas en la cara de Morgan. —"¿Sífilis?"—Pensó Yarrum. Se revolvió incómodo en la silla.
Yarrum era un enano más grande que la mayoría, y no por su estatura, si no por su voluminosidad. Tenía unos brazos gordos que aunque no estaban demasiado musculados daban la impresión de ser de pura roca maciza al igual que su panza. Lucía una gran barba que otrora había sido rubia pero ahora tan sólo le quedaban unos pocos pelos dorados enmarañados entre jirones de pelo blanco. Desde lejos y en la oscuridad parecía que las barbas del enano estaban trenzadas, pero en realidad eran mechas de cañón que él mismo se había atado. Se las encendía en caso de combate y eso le confería un aspecto diabólico cuando su cabeza quedaba rodeada como por una esfera de humo. El enano parecía mucho mas viejo de lo que en realidad era: Un terrible efecto secundario de las actividades a las que se dedicaba. También era claramente visible que el escorbuto era fuerte en él. Tenía una dentadura dorada que se teñía constantemente del rojo que emanaban sus encías.
—¿Qué fue ese numerito de antes? Pensaba que el Capitán Lowe no ejecutaba a su tripulación.—Angus Morgan rompió el silencio.—Cuentan que como máximo impone un castigo “maroon”.
—¿Ejecutar? ¡Jajajajajajaja!—Se rió sonoramente el enano.—¿Lo dices por el desgraciado de Sebastián? No amigo, no, a ese lo tiramos tres o cuatro veces al día. En esta cala rara vez ha entrado un tiburón. A veces lo intentamos de verdad echando algo de carnaza o sangre pero nunca se dignan a venir, no.—Dijo enjuagándose las lágrimas que le habían brotado con la carcajada.—Además, ni los tiburones querrían comerse al maldito Sebastián según huele. Tan sólo fue un pequeño correctivo aplicado por no saberse bien la teoría.
—¿Teoría?—Preguntó Morgan, sirviéndose ron en una jarra realmente sucia, como si estuviese en su casa.
—El Capitán Lowe no quiere borricos en su tripulación. Tenemos que saber leer y escribir, o aprender. Tenemos normas, ¿Sabes?. Incluso estudiamos algo de historia—Sonreía divertido, Yarrum, mientras hablaba—De ahí vino la discusión que acabó con él pegándose un buen baño. Hay que saber diferenciar bien a un corsario de un bucanero o de un filibustero. No es lo mismo, aunque la gente suela usar semejantes adjetivos como si lo fueran—Yarrum tenía un acento extraño que Morgan no alcanzaba a ubicar. Se veía claramente que no era el típico pirata cabeza-hueca con el que estaba acostumbrado a tratar.
Las puertas se abrieron de golpe, y un muy mojado y cubierto de algas Sebastían entró a gatas, tosiendo agua. Avanzó en esa posición unos pasos, luego se irguió y pareció que iba a decir algo. Debió cambiar de idea, agarró la primera botella que pilló y se dejó caer en el suelo otra vez.
—¿Cómo?—Exclamó incrédulo Morgan.—¿Acabas de decir que tenéis normas?.—Parecía a punto de echarse a reír.
—Sí, claro, no somos unos jodidos locos que van por ahí violando mujeres y haciendo pillaje a mansalva. No somos los típicos piratas. Robamos y violamos a quien se lo merece, nunca azarosamente. Tenemos un código pirata.
—¿Un código pirata?¿Y en qué consiste?.
Yarrum se estiró dolorosamente y le alcanzó un papel escrito a mano en el que se veían varias firmas. Mas de la mitad de las firmas consistían en una “X”. Morgan pudo leer:
“I.Todo hombre tiene voto; tiene derecho a provisiones frescas o licores fuertes, y si le corresponden, puede usarlos a voluntad, salvo en periodos de escasez o por el bien de todos.
II.El botín se repartirá uno a uno, por lista; pero si alguien defrauda o engaña, el abandono en una isla desierta será su castigo. (castigo maroon).
III.No se puede jugar a las cartas o a los dados por dinero.
IV.Las luces y velas se apagan a las 8 en punto de la noche: si algún miembro de la tripulación quisiera seguir bebiendo, tendrá que hacerlo en cubierta.
V.Mantener la pistola y sable limpios y aptos para el combate.
VI.No se permiten niños ni mujeres en el barco.
VII.Abandonar el barco o quedarse encerrado durante una batalla se castigará con la muerte o abandono.
VIII.No se permiten las peleas a bordo. Se pondrá fin en la costa, a espada y pistola. Si tras disparar, ninguno acierta, se batirán con sus espadas, siendo declarado vencedor el que consiga la primera sangre del rival.
IX.Ningún hombre puede abandonar esta forma de vida hasta que haya compartido mil monedas en el fondo común.
X.El Capitán y el Intendente reciben 2 partes de cada botín; el maestre, contramaestre y el cañonero una parte y media; y el resto de oficiales parte y cuarta.
XI.Los músicos tienen que descansar el Sexto Día.”
Morgan no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en los labios.
—Inaudito.—Alcanzó a decir— ¿Los músicos tienen que descansar el Sexto Día?
Yarrum se limitó a asentir mientras abría una botella y se fumaba un cigarro. Hubo un silencio que se prolongo durante otros 5 minutos. El enano era un buen subordinado, no haría preguntas, esperaría a que llegase el Capitán. Así que el que preguntó fue Morgan.
—Cuéntame, ¿Cómo acaba un enano de pirata? No se ven muchos como tú en este oficio.
—¡Jajajajaja!.—Rió Yarrum expulsando humo por todos los orificios de su cara, se notaba que le había gustado aquella pregunta. Desplazó su silla un metro hacia atrás y apoyo las piernas en la mesa. Su pierna derecha era toda de madera a partir de la rodilla.— ¡Mi padre era un árbol, mi madre era una piedra y el inmenso océano era el semen que me fecundó!.
Morgan se disponía a contestarle cuando apareció el Capitán Lowe, vestido todo de negro, con su sombrero de ala ancha adornado por una pluma de tucán. Siempre estaba completamente afeitado y tenía maneras elegantes. Las historias contaban que antaño había sido un noble que se hartó de su horrible mujer y decidió echarse a la mar. Morgan le dedicó una sonrisa enseñando al completo sus dientes negros en cuanto lo vió aparecer.
Yarrum llevaba diez años como segundo de a bordo en la tripulación del Capitan Lowe y lo conocía como a un hermano. Había saqueado más de 200 buques mercantes con él y lo había visto en situaciones límite un millar de veces. El Capitán Lowe nunca se acojonaba. Si de algo estaba orgulloso Yarrum era del par de huevos que su Capitán le echaba siempre.
En ese momento, el enano lo miró a la cara y no pudo reconocer la expresión que se dibujaba en ella: Se había quedado inmóvil, con los ojos como platos. Su tez morena se tornaba en un pálido verdoso y le pareció distinguir un hilillo de sangre que le corría entre los apretados dedos de su puño. Estaba completamente aterrorizado. Ésto puso nervioso al enano.
—¿Qué hay, colega?.—Dijo Morgan, con un ligero retintín en su voz.—¿No te alegras de ver a un viejo amigo?. ¿Por qué no te sientas y te unes a nosotros?.
Pasaron unos incómodos minutos hasta que el Capitán Lowe consiguió articular unas palabras. El enano miraba a uno y a otro respectivamente. Morgan sonreía como quién sabe un secreto que nadie más sabe.
—¿Q-qué c-coño haces t-ú aquí...?.—Alcanzó a decir Lowe.
—Joder, de verdad que parece que no te alegras de verme, y mira que me estoy esforzando mucho por ser simpático.—Contestó.— Vengo a hacerte un favor. Eso es lo que hacen los amigos, ¿No?. Se hacen favores unos a otros...
El Capitán parecía que no salía de su ensimismamiento y Yarrum se puso en pie, alerta.
—El Capitán te ha hecho una pregunta, contesta, jodido simio.
—No nos pongamos violentos, no hay por qué. Le traigo a tu querido Capitán algo muy valioso, algo que busca desde hace muuucho, mucho tiempo.—El pirata de las pústulas no quitaba su estúpida sonrisa de suficiencia de la cara.—Le traigo el pedazo de mapa que le falta.—Sacó muy lentamente de uno de sus bolsillos un pergamino enrollado que parecía realmente viejo y lo extendió sobre la mesa. Era un trozo de mapa. Llamaba la atención un dibujo que había en la esquina superior izquierda: Un triángulo morado invertido con tres lágrimas en su interior. Yarrum no lo reconoció.
El trozo de papel sacó de su ensimismamiento al Capitán, que se acercó tímidamente a la mesa y, lentamente, sacó otro trozo similar al que había sacado el pirata y lo extendió a su lado. Encajaban a la perfección.
—¡¿C-cómo... lo has c-conseguido?!.— Lowe no se había recuperado aún de su palidez, y evitaba mirar a Morgan. Estaba temblando.
—Oh...Si uno sabe donde buscar, lo mas probable es que acabe encontrando. Es un regalo, para ti, de amigo, a amigo.—Parecía que se lo estuviese pasando genial.—Pero no es el único regalo que te traigo, no. Colegas de tu talla no se encuentran a menudo y me temo que ese trozo de papel no es suficiente para pagarte todo lo que te debo. A.mi.go.—Pronunció lentamente cada sílaba de esa palabra, se levantó de su silla, y, alzando los brazos en una posición que intentaba decir que no tramaba nada malo, se acercó al Capitán.
Yarrum se puso tenso y se llevó la mano al mango del hacha que descansaba en su cinturón. Morgan se situó delante de Lowe, mirándole fijamente, con los brazos levantados, sin hacer ademán alguno de desenfundar ningún arma. Morgan se inclinó para ponerse cara a cara con el Capitán, que estaba tan aterrorizado que no hizo más movimiento que el de echarse hacia atrás instintivamente, como si quisiera alejarse de él pero no le funcionasen las piernas.
Un repentino rayo cayó iluminando la estancia, haciendo que la figura de Morgan pareciese aun más alta e imponente. Su sombra se proyectó sobre la pared. Durante ese instante, Yarrum juraría que la sombra no concordaba con el cuerpo del pirata y le dio la sensación de que se movía independientemente. Creyó distinguir una especie de figura femenina en esa sombra, con ojos y vida propia, que no le quitaba ojo al Capitán. El sonido de la lluvia hizo su entrada tan sólo unos segundos antes del trueno. Y con el trueno habló Morgan.
—Éste es mi otro regalo.—Dijo con una voz que sonaba mas femenina, mas vieja, y mas demoníaca, al mismo tiempo que agarraba la cabeza de Lowe, y casi con cierta ternura, le depositó un beso en los labios.
—¡No!¡No!¡No!.—El capitán pareció despertar de pronto y de un empujón se apartó del enorme cuerpo de Morgan, cayendo hacia atrás. Con una mano se tapaba la boca y sus ojos inyectados en sangre y lágrimas desesperadas, miraron al pirata. Sabía lo que significaba ese beso, era el beso de la muerte.
El pirata rió fuertemente y luego escupió encima del asustado Capitán. Seguidamente se dio la vuelta y salió corriendo de la caverna. Yarrum no espero órdenes, simplemente desenfundó sus hachas, una para cada mano, y corrió en su busca.
Al salir, la lluvia le azotó el espinazo, poniéndole los pelos de punta, estaba jodidamente fría. Las tempestades repentinas no eran algo extraño allí, aunque ésta fuese verdaderamente inoportuna. El viento se enfureció haciendo que los farolillos bailaran y dibujaran extrañas sombras sobre la cornisa de piedra del desfiladero. No se veía nada. El enano espero, paciente, hasta que otro rayo iluminó el panorama y distinguió a una figura que corría por el embarcadero.
—¡El barco! ¡Se dirige al barco!.— Exclamó con todas sus fuerzas y, sin esperar refuerzos, corrió hacia allí.
El barco se llamaba Tempestad, lo que a Yarrum le pareció muy apropiado en esos momentos. El hombre cojeaba y no avanzaba demasiado rápido. Cuando el enano llegó al barco, Morgan le esperaba en la pasarela con una cimitarra oxidada y una sonrisa desenvainadas. No hubo diálogos. Se enzarzaron en una encarnizada pelea a muerte en la cubierta del barco. Los fuertes vientos azotaban los cabos y las velas, el oleaje alterado hacía inestable el suelo y un par de barriles de manzanas se pusieron a rodar peligrosamente.
Yarrum atacó primero, lanzó dos hachazos, uno con la mano izquierda para amagarle un ataque a la cara y luego lanzó su mano derecha buscándole el costado. Morgan retrocedió al mismo tiempo que lanzaba una rapidísima estocada, practicándole un corte en la pierna al enano, que trastabilló. Se aprovechó de que el enano estaba desequilibrado y le lanzó un tajo al ojo derecho, cortando el globo ocular con su afiladísimo filo. Con el corte, el ojo se salió de la cuenca, quedó colgando por los nervios y bailaba al compás de la cabeza de Yarrum.
El enano retrocedió dando tumbos, paso tras paso, aturdido, hasta que su espalda tocó el mástil. La lluvia no arreciaba. Morgan se aproximó a él, le agarró el ojo que le colgaba y de un fuerte tirón se lo arrancó de cuajo. El dolor activó a Yarrum, que reaccionó descargando su hacha con todas sus fuerzas contra el brazo de su enemigo. Éste se rió de una forma gutural, diabólica, una risa salida de las mismísimas puertas del infierno, tiró la cimitarra al suelo y saco una daga. No dejaba de reír. Los relámpagos se habían puesto de acuerdo para alumbrar, uno tras otro, la enorme figura del pirata.
—¡Ésto seguro que no te lo esperabas enano!.—Gritó alzando la voz para que el malherido Yarrum pudiera oírlo.—¡Desdichado y maldito sea quien ose subirse a este barco!¡Que la enfermedad y la locura se apoderen de su alma, de su cuerpo y de su espíritu!¡Que mi palabra PREVALEZCA!.—Mirando fijamente al enano a los ojos saco una daga, y sin dejar de sonreir en ningún momento, se rajó el cuello muy lentamente. La sangre manó del tajo más verde que roja, más pastosa que la sangre que Yarrum estaba más que acostumbrado a ver, mucho más apestosa, putrefacta y maloliente. Las pústulas de la cara de Morgan se empezaron como a derretir, y de ellas manó también ese líquido que no podía ser sangre. El cuerpo del pirata convulsionó salvajemente y cayó al suelo, echando espuma por la boca.
Yarrum no sabría decir si pasaron segundos, minutos, horas, días o años. Su mente no asimilaba lo que su ojo izquierdo acababa de ver. Poco a poco se fue recuperando. Parecía que su ojo derecho no sangraba. La lluvia regaba incansable el cuerpo de Morgan, que ya hacía rato se había quedado completamente quieto. Esa misma lluvia extendió el líquido putrefacto que manaba del cadáver por toda la cubierta del barco. El enano arrastró el cuerpo y lo tiró por la borda, apestaba como nada que hubiese olido antes. En ese momento llegaron dos miembros de la tripulación a los que el alcohol no permitía coordinar demasiado y le ayudaron a llegar a la caverna. Al llegar, el Capitán Lowe le esperaba sentado en una mesa con la cabeza oculta entre los brazos. Yarrum le contó al Capitán lo que había pasado mientras se vendaba el ojo y la pierna, y éste se acongojó aún más, en silencio.
—¿Me vas a explicar qué cojones ha pasado, Capitán?.— Preguntó Yarrum.
—No lo sé Yarrum, no lo sé.—Contestó Lowe mientras observaba con la mirada perdida los dos trozos de mapa que había encima de la mesa.—Sólo se que fue a él a quien robe uno de los trozos del mapa, hace diez años. Lo cogí de su cadáver, yo mismo lo había matado.
El enano no supo qué decir. Miro fijamente al Capitán y le pareció ver una especie de sutil mancha oscura que crecía en su cara. Negó para sí. Mal fario, pensó.
Capítulo 1: La cala de los piratas. La tempestad.
Era de noche en Brynnley. El plenilunio bañaba con su luz toda la costa y se podía distinguir perfectamente una figura encapuchada recorriendo un estrecho sendero que transcurría entre desfiladeros erosionados por el salitre y los fuertes vientos. Una suave pero constante brisa soplaba en ese momento desde el mar hacia la costa y el silencio que allí reinaba sólo era perturbado por el inmenso océano, que se empeñaba en estrellarse una y otra vez, incansable, contra su eterno enemigo.
El sendero atravesaba formaciones rocosas a pie de playa; no era fácil de ver para alguien que no estuviera acostumbrado a recorrerlo a menudo. En su tramo final el camino parecía desaparecer dentro de la piedra, pero con el suficiente detenimiento se descubría que continuaba a través de una gruta estrecha, y ésta, finalmente, se abría a una cala secreta donde se podía ver un pequeño embarcadero y lo que parecía una humilde taberna de madera tímidamente iluminada, pegada a la base de un gran acantilado.
Un espléndido barco flotaba, perezoso, en las tranquilas aguas de la cala. Un rápido vistazo al buque dejaba claro que era una embarcación pensada para la velocidad, no tenía mas de 10 cañones, y el casco parecía aligerado al límite.
Cuando la figura encapuchada se encontraba a pocos pasos de la taberna, las puertas se abrieron de golpe. Más bien las puertas se abrieron CON el golpe de un cuerpo que salía despedido desde el interior. El encapuchado vio como detrás del hombre que había salido volando salieron otros tres: los que sin duda habían ayudado a la salida aérea. Los dos primeros parecían hombres, pero el tercero era demasiado bajito para serlo.
—¡Jodido bebe-sin-sed! ¡Chacal de provincia! ¡Hijo de mil padres! ¡Llamarme bucanero a mi!.—Exclamó uno de los hombres con marcado acento ebrio.
—¡Vamos a darle una lección!. —Dijo el otro al mismo tiempo que le propinaba una patada en la cabeza. Compartían el acento de absoluta borrachera.
Entre los tres llevaron a empujones al pobre desgraciado a través de una cornisa de dos metros de ancho esculpida en la pared del acantilado, con una plancha estrecha de madera al final, que, a su vez, terminaba en un salto de unos diez metros a las frías aguas.
Uno de los hombres sacó una navaja y se cortó la palma de la mano. Se asomó al borde de la plancha y dejó que su sangre goteara sobre el agua. Eso sin duda atraería a los tiburones. Luego sin más ceremonia ni dilación, pidieron amablemente a punta de espada al desgraciado que se tirase. Terminó accediendo y se zambullo en las espumosas y oscuras aguas.
Los tres abusones le dejaron el trabajo duro al mar y se dirigieron de vuelta a la taberna, donde repararon en la oscura figura encapuchada. Desenvainaron.
—¿Quién va?.— Dijo uno de los hombres.
—Tranquilos. Vengo a hablar con el Capitán Lowe.— Respondió el hombre quitándose la capucha. Era un hombre extremadamente alto, con el rostro curtido por años y años de castigo a base de salitre, humedad y sol inclemente. Tenía una barba negra y rala, llevaba varios aritos en las orejas y se adornaba las ropas con un verdadero arsenal: tenía colgadas del cinturón al menos tres cimitarras de distinto tamaño, y más que posiblemente llevaría otras tantas armas ocultas. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos, de un profundo azul.—Tengo oro, por si eso vale para que os relajéis.— Dijo al mismo tiempo que lanzaba una gruesa bolsa que recibió al suelo con un agradable sonido metálico.
Los dos hombres se lanzaron como moscas a la mierda en pos de las monedas. Pero el tercero, el más bajito, se movió lentamente hasta quedar iluminado por la tenue luz de un farolillo que pendía de uno de los pilares de la taberna. Era un enano.
—¿Quién cojones eres? ¿Cómo has llegado aquí?.— Dijo el enano en un tono de voz grave nada amistoso.
El encapuchado se quedó mirándole con una sonrisa en la boca. No dijo nada.
—¡Pero míralo, parece un puto arenque ahí boqueando! !He cagado mierdas mejores que tú! Ahora, bien, te doy otra oportunidad.— Dijo el enano en un tono mas serio, señalando a la plancha desde la que tiraron a aquel desgraciado.— ¿Quién cojones eres y cómo has llegado hasta aquí?.
—Soy Morgan, Capitán Angus Morgan.— Dijo. Los dos piratas que se peleaban por las monedas se detuvieron al instante, cesaron de pelear y de respirar y se quedaron callados.—Tu debes de ser Yarrum, ¿Verdad? He oído hablar de ti.
—Grumphh.—Gruñó Yarrum mientras se acercaba a Morgan. Cuando llegó a su altura le quitó la capucha de un rápido tirón.—¡Que me folle el jodido pollo diablo! ¡Eres tú! ¡Había oído que estabas bien muerto! ¡Pensé que ya estarías pudriéndote en el fondo del mar! ¿Qué coño te trae aquí, solo, sin barco ni tripulación?.
—Ya te lo he dicho. Vengo a ver a Lowe. Tengo algo que le interesa y algo que darle.
Tras unos instantes en los que Morgan y Yarrum tuvieron una encarnizada lucha de pupilas, el enano se encaminó hacia la taberna y le invitó a entrar. Entraron todos.
La taberna era mucho más grande por dentro de lo que se apreciaba por fuera, habían picado la pared del acantilado para ampliarla, y era más una caverna que una taberna propiamente dicha. Había taburetes desvencijados por doquier, mesas podridas, un par de piratas también con aspecto podrido, apestaba a salitre, a ron, a tabaco y a lo que no es tabaco. La humedad era tan exagerada que casi había que nadar en vez de caminar. Dentro de la cueva había un canal de agua dulce proveniente del interior de la montaña que desembocaba en una zona más alejada: Sin duda una salida de emergencia en caso de necesidad. Sobre las aguas del canal flotaban un par de esquifes.
Yarrum escogió una mesa bastante amplía, sobre cuya superficie reposaban una buena cantidad de joyas, doblones de oro, astrolabios, armas de todo tipo, papeles y mapas en los que habían dibujado líneas y coordenadas... y se sentó pesadamente sobre un taburete.
—¡Henry!¡Every! Id cagando hostias a avisar al capitán, decidle que Morgan ha venido.—Gritó el enano.—Tú, siéntate aquí, tardará un buen rato.
—Capitán Morgan, gracias.—Respondió el visitante, y tomo asiento frente a él.
Mientras esperaban, el enano y el hombre midieron fuerzas usando tan sólo sus ojos. A la luz de las velas se observaron el uno al otro. En el exterior no se podía apreciar, pero con una mejor iluminación se distinguían perfectamente unas pústulas supurosas en la cara de Morgan. —"¿Sífilis?"—Pensó Yarrum. Se revolvió incómodo en la silla.
Yarrum era un enano más grande que la mayoría, y no por su estatura, si no por su voluminosidad. Tenía unos brazos gordos que aunque no estaban demasiado musculados daban la impresión de ser de pura roca maciza al igual que su panza. Lucía una gran barba que otrora había sido rubia pero ahora tan sólo le quedaban unos pocos pelos dorados enmarañados entre jirones de pelo blanco. Desde lejos y en la oscuridad parecía que las barbas del enano estaban trenzadas, pero en realidad eran mechas de cañón que él mismo se había atado. Se las encendía en caso de combate y eso le confería un aspecto diabólico cuando su cabeza quedaba rodeada como por una esfera de humo. El enano parecía mucho mas viejo de lo que en realidad era: Un terrible efecto secundario de las actividades a las que se dedicaba. También era claramente visible que el escorbuto era fuerte en él. Tenía una dentadura dorada que se teñía constantemente del rojo que emanaban sus encías.
—¿Qué fue ese numerito de antes? Pensaba que el Capitán Lowe no ejecutaba a su tripulación.—Angus Morgan rompió el silencio.—Cuentan que como máximo impone un castigo “maroon”.
—¿Ejecutar? ¡Jajajajajajaja!—Se rió sonoramente el enano.—¿Lo dices por el desgraciado de Sebastián? No amigo, no, a ese lo tiramos tres o cuatro veces al día. En esta cala rara vez ha entrado un tiburón. A veces lo intentamos de verdad echando algo de carnaza o sangre pero nunca se dignan a venir, no.—Dijo enjuagándose las lágrimas que le habían brotado con la carcajada.—Además, ni los tiburones querrían comerse al maldito Sebastián según huele. Tan sólo fue un pequeño correctivo aplicado por no saberse bien la teoría.
—¿Teoría?—Preguntó Morgan, sirviéndose ron en una jarra realmente sucia, como si estuviese en su casa.
—El Capitán Lowe no quiere borricos en su tripulación. Tenemos que saber leer y escribir, o aprender. Tenemos normas, ¿Sabes?. Incluso estudiamos algo de historia—Sonreía divertido, Yarrum, mientras hablaba—De ahí vino la discusión que acabó con él pegándose un buen baño. Hay que saber diferenciar bien a un corsario de un bucanero o de un filibustero. No es lo mismo, aunque la gente suela usar semejantes adjetivos como si lo fueran—Yarrum tenía un acento extraño que Morgan no alcanzaba a ubicar. Se veía claramente que no era el típico pirata cabeza-hueca con el que estaba acostumbrado a tratar.
Las puertas se abrieron de golpe, y un muy mojado y cubierto de algas Sebastían entró a gatas, tosiendo agua. Avanzó en esa posición unos pasos, luego se irguió y pareció que iba a decir algo. Debió cambiar de idea, agarró la primera botella que pilló y se dejó caer en el suelo otra vez.
—¿Cómo?—Exclamó incrédulo Morgan.—¿Acabas de decir que tenéis normas?.—Parecía a punto de echarse a reír.
—Sí, claro, no somos unos jodidos locos que van por ahí violando mujeres y haciendo pillaje a mansalva. No somos los típicos piratas. Robamos y violamos a quien se lo merece, nunca azarosamente. Tenemos un código pirata.
—¿Un código pirata?¿Y en qué consiste?.
Yarrum se estiró dolorosamente y le alcanzó un papel escrito a mano en el que se veían varias firmas. Mas de la mitad de las firmas consistían en una “X”. Morgan pudo leer:
“I.Todo hombre tiene voto; tiene derecho a provisiones frescas o licores fuertes, y si le corresponden, puede usarlos a voluntad, salvo en periodos de escasez o por el bien de todos.
II.El botín se repartirá uno a uno, por lista; pero si alguien defrauda o engaña, el abandono en una isla desierta será su castigo. (castigo maroon).
III.No se puede jugar a las cartas o a los dados por dinero.
IV.Las luces y velas se apagan a las 8 en punto de la noche: si algún miembro de la tripulación quisiera seguir bebiendo, tendrá que hacerlo en cubierta.
V.Mantener la pistola y sable limpios y aptos para el combate.
VI.No se permiten niños ni mujeres en el barco.
VII.Abandonar el barco o quedarse encerrado durante una batalla se castigará con la muerte o abandono.
VIII.No se permiten las peleas a bordo. Se pondrá fin en la costa, a espada y pistola. Si tras disparar, ninguno acierta, se batirán con sus espadas, siendo declarado vencedor el que consiga la primera sangre del rival.
IX.Ningún hombre puede abandonar esta forma de vida hasta que haya compartido mil monedas en el fondo común.
X.El Capitán y el Intendente reciben 2 partes de cada botín; el maestre, contramaestre y el cañonero una parte y media; y el resto de oficiales parte y cuarta.
XI.Los músicos tienen que descansar el Sexto Día.”
Morgan no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en los labios.
—Inaudito.—Alcanzó a decir— ¿Los músicos tienen que descansar el Sexto Día?
Yarrum se limitó a asentir mientras abría una botella y se fumaba un cigarro. Hubo un silencio que se prolongo durante otros 5 minutos. El enano era un buen subordinado, no haría preguntas, esperaría a que llegase el Capitán. Así que el que preguntó fue Morgan.
—Cuéntame, ¿Cómo acaba un enano de pirata? No se ven muchos como tú en este oficio.
—¡Jajajajaja!.—Rió Yarrum expulsando humo por todos los orificios de su cara, se notaba que le había gustado aquella pregunta. Desplazó su silla un metro hacia atrás y apoyo las piernas en la mesa. Su pierna derecha era toda de madera a partir de la rodilla.— ¡Mi padre era un árbol, mi madre era una piedra y el inmenso océano era el semen que me fecundó!.
Morgan se disponía a contestarle cuando apareció el Capitán Lowe, vestido todo de negro, con su sombrero de ala ancha adornado por una pluma de tucán. Siempre estaba completamente afeitado y tenía maneras elegantes. Las historias contaban que antaño había sido un noble que se hartó de su horrible mujer y decidió echarse a la mar. Morgan le dedicó una sonrisa enseñando al completo sus dientes negros en cuanto lo vió aparecer.
Yarrum llevaba diez años como segundo de a bordo en la tripulación del Capitan Lowe y lo conocía como a un hermano. Había saqueado más de 200 buques mercantes con él y lo había visto en situaciones límite un millar de veces. El Capitán Lowe nunca se acojonaba. Si de algo estaba orgulloso Yarrum era del par de huevos que su Capitán le echaba siempre.
En ese momento, el enano lo miró a la cara y no pudo reconocer la expresión que se dibujaba en ella: Se había quedado inmóvil, con los ojos como platos. Su tez morena se tornaba en un pálido verdoso y le pareció distinguir un hilillo de sangre que le corría entre los apretados dedos de su puño. Estaba completamente aterrorizado. Ésto puso nervioso al enano.
—¿Qué hay, colega?.—Dijo Morgan, con un ligero retintín en su voz.—¿No te alegras de ver a un viejo amigo?. ¿Por qué no te sientas y te unes a nosotros?.
Pasaron unos incómodos minutos hasta que el Capitán Lowe consiguió articular unas palabras. El enano miraba a uno y a otro respectivamente. Morgan sonreía como quién sabe un secreto que nadie más sabe.
—¿Q-qué c-coño haces t-ú aquí...?.—Alcanzó a decir Lowe.
—Joder, de verdad que parece que no te alegras de verme, y mira que me estoy esforzando mucho por ser simpático.—Contestó.— Vengo a hacerte un favor. Eso es lo que hacen los amigos, ¿No?. Se hacen favores unos a otros...
El Capitán parecía que no salía de su ensimismamiento y Yarrum se puso en pie, alerta.
—El Capitán te ha hecho una pregunta, contesta, jodido simio.
—No nos pongamos violentos, no hay por qué. Le traigo a tu querido Capitán algo muy valioso, algo que busca desde hace muuucho, mucho tiempo.—El pirata de las pústulas no quitaba su estúpida sonrisa de suficiencia de la cara.—Le traigo el pedazo de mapa que le falta.—Sacó muy lentamente de uno de sus bolsillos un pergamino enrollado que parecía realmente viejo y lo extendió sobre la mesa. Era un trozo de mapa. Llamaba la atención un dibujo que había en la esquina superior izquierda: Un triángulo morado invertido con tres lágrimas en su interior. Yarrum no lo reconoció.
El trozo de papel sacó de su ensimismamiento al Capitán, que se acercó tímidamente a la mesa y, lentamente, sacó otro trozo similar al que había sacado el pirata y lo extendió a su lado. Encajaban a la perfección.
—¡¿C-cómo... lo has c-conseguido?!.— Lowe no se había recuperado aún de su palidez, y evitaba mirar a Morgan. Estaba temblando.
—Oh...Si uno sabe donde buscar, lo mas probable es que acabe encontrando. Es un regalo, para ti, de amigo, a amigo.—Parecía que se lo estuviese pasando genial.—Pero no es el único regalo que te traigo, no. Colegas de tu talla no se encuentran a menudo y me temo que ese trozo de papel no es suficiente para pagarte todo lo que te debo. A.mi.go.—Pronunció lentamente cada sílaba de esa palabra, se levantó de su silla, y, alzando los brazos en una posición que intentaba decir que no tramaba nada malo, se acercó al Capitán.
Yarrum se puso tenso y se llevó la mano al mango del hacha que descansaba en su cinturón. Morgan se situó delante de Lowe, mirándole fijamente, con los brazos levantados, sin hacer ademán alguno de desenfundar ningún arma. Morgan se inclinó para ponerse cara a cara con el Capitán, que estaba tan aterrorizado que no hizo más movimiento que el de echarse hacia atrás instintivamente, como si quisiera alejarse de él pero no le funcionasen las piernas.
Un repentino rayo cayó iluminando la estancia, haciendo que la figura de Morgan pareciese aun más alta e imponente. Su sombra se proyectó sobre la pared. Durante ese instante, Yarrum juraría que la sombra no concordaba con el cuerpo del pirata y le dio la sensación de que se movía independientemente. Creyó distinguir una especie de figura femenina en esa sombra, con ojos y vida propia, que no le quitaba ojo al Capitán. El sonido de la lluvia hizo su entrada tan sólo unos segundos antes del trueno. Y con el trueno habló Morgan.
—Éste es mi otro regalo.—Dijo con una voz que sonaba mas femenina, mas vieja, y mas demoníaca, al mismo tiempo que agarraba la cabeza de Lowe, y casi con cierta ternura, le depositó un beso en los labios.
—¡No!¡No!¡No!.—El capitán pareció despertar de pronto y de un empujón se apartó del enorme cuerpo de Morgan, cayendo hacia atrás. Con una mano se tapaba la boca y sus ojos inyectados en sangre y lágrimas desesperadas, miraron al pirata. Sabía lo que significaba ese beso, era el beso de la muerte.
El pirata rió fuertemente y luego escupió encima del asustado Capitán. Seguidamente se dio la vuelta y salió corriendo de la caverna. Yarrum no espero órdenes, simplemente desenfundó sus hachas, una para cada mano, y corrió en su busca.
Al salir, la lluvia le azotó el espinazo, poniéndole los pelos de punta, estaba jodidamente fría. Las tempestades repentinas no eran algo extraño allí, aunque ésta fuese verdaderamente inoportuna. El viento se enfureció haciendo que los farolillos bailaran y dibujaran extrañas sombras sobre la cornisa de piedra del desfiladero. No se veía nada. El enano espero, paciente, hasta que otro rayo iluminó el panorama y distinguió a una figura que corría por el embarcadero.
—¡El barco! ¡Se dirige al barco!.— Exclamó con todas sus fuerzas y, sin esperar refuerzos, corrió hacia allí.
El barco se llamaba Tempestad, lo que a Yarrum le pareció muy apropiado en esos momentos. El hombre cojeaba y no avanzaba demasiado rápido. Cuando el enano llegó al barco, Morgan le esperaba en la pasarela con una cimitarra oxidada y una sonrisa desenvainadas. No hubo diálogos. Se enzarzaron en una encarnizada pelea a muerte en la cubierta del barco. Los fuertes vientos azotaban los cabos y las velas, el oleaje alterado hacía inestable el suelo y un par de barriles de manzanas se pusieron a rodar peligrosamente.
Yarrum atacó primero, lanzó dos hachazos, uno con la mano izquierda para amagarle un ataque a la cara y luego lanzó su mano derecha buscándole el costado. Morgan retrocedió al mismo tiempo que lanzaba una rapidísima estocada, practicándole un corte en la pierna al enano, que trastabilló. Se aprovechó de que el enano estaba desequilibrado y le lanzó un tajo al ojo derecho, cortando el globo ocular con su afiladísimo filo. Con el corte, el ojo se salió de la cuenca, quedó colgando por los nervios y bailaba al compás de la cabeza de Yarrum.
El enano retrocedió dando tumbos, paso tras paso, aturdido, hasta que su espalda tocó el mástil. La lluvia no arreciaba. Morgan se aproximó a él, le agarró el ojo que le colgaba y de un fuerte tirón se lo arrancó de cuajo. El dolor activó a Yarrum, que reaccionó descargando su hacha con todas sus fuerzas contra el brazo de su enemigo. Éste se rió de una forma gutural, diabólica, una risa salida de las mismísimas puertas del infierno, tiró la cimitarra al suelo y saco una daga. No dejaba de reír. Los relámpagos se habían puesto de acuerdo para alumbrar, uno tras otro, la enorme figura del pirata.
—¡Ésto seguro que no te lo esperabas enano!.—Gritó alzando la voz para que el malherido Yarrum pudiera oírlo.—¡Desdichado y maldito sea quien ose subirse a este barco!¡Que la enfermedad y la locura se apoderen de su alma, de su cuerpo y de su espíritu!¡Que mi palabra PREVALEZCA!.—Mirando fijamente al enano a los ojos saco una daga, y sin dejar de sonreir en ningún momento, se rajó el cuello muy lentamente. La sangre manó del tajo más verde que roja, más pastosa que la sangre que Yarrum estaba más que acostumbrado a ver, mucho más apestosa, putrefacta y maloliente. Las pústulas de la cara de Morgan se empezaron como a derretir, y de ellas manó también ese líquido que no podía ser sangre. El cuerpo del pirata convulsionó salvajemente y cayó al suelo, echando espuma por la boca.
Yarrum no sabría decir si pasaron segundos, minutos, horas, días o años. Su mente no asimilaba lo que su ojo izquierdo acababa de ver. Poco a poco se fue recuperando. Parecía que su ojo derecho no sangraba. La lluvia regaba incansable el cuerpo de Morgan, que ya hacía rato se había quedado completamente quieto. Esa misma lluvia extendió el líquido putrefacto que manaba del cadáver por toda la cubierta del barco. El enano arrastró el cuerpo y lo tiró por la borda, apestaba como nada que hubiese olido antes. En ese momento llegaron dos miembros de la tripulación a los que el alcohol no permitía coordinar demasiado y le ayudaron a llegar a la caverna. Al llegar, el Capitán Lowe le esperaba sentado en una mesa con la cabeza oculta entre los brazos. Yarrum le contó al Capitán lo que había pasado mientras se vendaba el ojo y la pierna, y éste se acongojó aún más, en silencio.
—¿Me vas a explicar qué cojones ha pasado, Capitán?.— Preguntó Yarrum.
—No lo sé Yarrum, no lo sé.—Contestó Lowe mientras observaba con la mirada perdida los dos trozos de mapa que había encima de la mesa.—Sólo se que fue a él a quien robe uno de los trozos del mapa, hace diez años. Lo cogí de su cadáver, yo mismo lo había matado.
El enano no supo qué decir. Miro fijamente al Capitán y le pareció ver una especie de sutil mancha oscura que crecía en su cara. Negó para sí. Mal fario, pensó.