Novedades

Yel doieln

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
YEL DOIELN


PRELUDIO

Siete años después del inicio de sus funciones como Azote de los Muertos, y tras haberse librado al fin de la marca de Myrkul que casi acaba con su vida y su cordura, Inus Theldaran vive duros momentos. Después de haber cedido al fin a la necesidad de consuelo y cariño por parte de un ser querido, aceptando en su corazón a la dama Arteris Sigusen, decide abandonarla mas tarde por el bien de la delicada sunita, que tras su primer encuentro con vampiros parece sufrir una terrible congoja. Por desgracia, poco después de romper, ella desaparece en misteriosas circunstancias. Amargado y preso de la culpa, Inus la busca desesperadamente durante días, con poco o ningún éxito...




CAPITULO I - CULPA, PERDIDA Y CONSUELO

Crimnor, nueve de la mañana de un día luminoso y frío.

Un hombre corpulento vestido con baqueteadas ropas de viaje negras y un tabardo con el emblema del Juez parece mirar su imagen en el agua de la fuente en la que acaba de refrescar su rostro. Su semblante mortecino muestra el acoso de la falta de sueño, y el descuido de quien esta consumido por las preocupaciones. Una barba de varios días enmarca un rostro mortecino, que a pesar de su inexpresividad, no puede dejar de delatar la angustia que arde bajo esa mascara de carne.

Una mujer de paso elástico, vestida casi con la misma sobriedad se aproxima a la fuente, deteniéndose un instante cuando cree reconocer la figura. La juventud de su rostro contrasta con la seriedad de sus rasgos pálidos, enmarcados por una melena de color azabache. Se pone de nuevo en marcha con el ceño levemente fruncido y una expresión preocupada en su rostro, acercándose a la espalda del hombre hasta detenerse a un par de pasos.


Iria Lunanegra: Saludos Azote

Inus Theldaran: [Alza la cabeza y se gira despacio] Iria.

La kelemvortia observa durante unos instantes el rostro de Inus. Bajo la capucha del paladín apenas se distinguen sus rasgos, si bien sus labios siguen siendo visibles como una fina línea. En la oscuridad del paño, sus ojos no parecen brillar como antes.

Inus Theldaran: Saludos Segadora [con voz grave]

Iria Lunanegra: [ladea la cabeza, como si hubiera algo que no acabara de encajar] Os noto mas serio de lo habitual, y parecéis cansado. ¿Estáis bien?

Inus Theldaran: Bien... [Como si el significado de esa palabra le fuese extraño. Desvía la mirada] Si, estoy bien. Últimamente... no duermo como debiera. Eso es todo.

Ella le mira frunciendo levemente el ceño, con la misma expresión preocupada, no muy convencida de su respuesta.

Iria Lunanegra: ¿Algo os perturba el sueño?

Inus se limita a asentir, sin responder, con un movimiento lento de la cabeza.

Iria Lunanegra: ¿Por que no damos un paseo? Parece que hoy hace un día precioso y hemos terminado nuestra ronda.

Inus gira la mirada un instante para contemplar a la Segadora y luego dirige sus ojos al cielo, para luego aceptar la propuesta con otro lento cabeceo.

Iria Lunanegra: Bien, caminemos un poco entonces.

El Guía Fúnebre la sigue imperturbable, con su paso sosegado alterado por el dolor de su extremidad, que le hace cojear sin que escape de su boca ni un sonido. Ella anda en silencio, preocupada por el estado de Inus. Nunca lo había visto tan abatido. Sin intercambiar palabras, se dirigen al bosquecillo de cerezos que hay a las afueras de al ciudad. El sacerdote mira los cerezos con fijeza, y suspira levemente. Sin embargo, sus ojos parecen tan duros como el pedernal al bajarse la capucha.

Iria Lunanegra: ¿Que os parecería descansar un rato esa pierna dolorida?

Inus asiente despacio y se dirige a un árbol, apoyándose en el para recostarse. Gruñe al estirar la pierna mala y se acomoda. Mientras, Iria se deja caer lentamente sobre la hierba, y aspira el aroma que los rodea. Después de un instante, el Guía Fúnebre posa en ella una larga mirada de sus ojos, enmarcados por profundas ojeras.

Inus Theldaran: ¿Que puedo hacer por vos, Iria?

Inus habla con voz cansada, carente de emoción alguna aparte de la fatiga. Su interlocutora lo mira serenamente a los ojos.

Iria Lunanegra: No pretendo ser indiscreta, ni mucho menos... [comienza a decir, con mucho tiento] Ya sabéis como son los caminos de Amn. Los rumores viajan libremente por ellos. [Inus frunce el ceño, pero no emite sonido alguno, mientras Iria sigue adelante escojiendo con cuidado las palabras] Y veo en vuestros ojos... ¿tristeza tal vez?

El paladín permanece callado un largo instante, apartando la mirada por toda respuesta.

Iria Lunanegra: No puedo sino preocuparme por la persona que tanto me ha ayudado estos meses. Mucho más de lo que os imagináis.

Inus Theldaran: [Parpadea un instante, mirándola de nuevo] No os preocupéis, Iria. [con voz algo ronca] Pago mis culpas... eso es todo.

Iria Lunanegra: Solo pretendo ofreceros consuelo, si me lo permitís. Ya se que no es gran cosa lo que os ofrezco, que tal vez penséis que no hay consuelo posible. Pero a veces desahogar el alma ya es un paso.

Otro silencio. Cuando Inus habla al fin lo hace con una voz pausada, apagada y mortecina.

Inus Theldaran: Hice algo que no debía... ahora pago las consecuencias de enderezarlo. Al hacerlo creí hacer un bien. Y todo se ha trocado en... desdicha y desastre. Quise hacer lo correcto y solo he causado dolor... [su voz se apaga por completo y aparta nuevamente la mirada. Sin embargo sus ojos parecen muertos]

Iria Lunanegra: [con el mismo cuidado y tiento] Decidme una cosa ¿son ciertos los rumores que circulan sobre vos.... y Lady Arteris?

Inus Theldaran: [Alza la mirada y compone una fea y fría sonrisa] Como corren las noticias en este bello pais. [con amargo sarcasmo] Sobretodo las noticias como esa... [Pausa, la mira con intensidad mientras la sonrisa se esfuma] No he oido esos rumores [dice con cierta frialdad, girando de nuevo la cabeza] Asi que no puedo contestaros.

Iria le mira con tristeza, como si su respuesta fuese una confirmación a sus palabras. Mientras, el servidor del Juez alza una mano con al palma abierta, dejando que los pétalos se deslicen entre sus dedos acorazados de metal lacado en negro. Los mira pasar entre ellos sin atrapar ninguno, contemplándolos con rostro impasible.

Iria Lunanegra: Entonces es cierto [Concluye finalmente. Observa a Inus unos instantes, y baja la cabeza]

Inus Theldaran: [sin dejar de mirar la caída de los pétalos] ¿Que es cierto? [con voz apagada] Nada es cierto en este reino de mentiras... en este sumidero de falsedad... que llaman Amn.

Iria Lunanegra: [Mira sorprendida a Inus, sus palabras parecen contener una profunda amargura] ¿Por que decís eso?

Inus Theldaran: [Menea la cabeza y no responde a la pregunta] ¿Que queréis saber, Iria? Preguntad sin miedo. Ahora ya poco importa. [con el mismo tono lúgubre, la fría furia que desparto la palabra rumor parece haberse disipado lentamente]

Iria Lunanegra: No se trata de lo que quiero saber Inus. No quiero veros con ese semblante, no me gusta, me apena profundamente.

Inus Theldaran: [sonríe de nuevo sin pizca de alegría] Ese es mi nuevo talento recién descubierto... causar pesar a los que me rodean…

Iria Lunanegra: [le mira con una expresión entre la preocupación y el disgusto] ¿Sabéis que sois un privilegiado?

Inus Theldaran: [una amarga carcajada, solo una] ¿Como es eso?

Iria Lunanegra: [su tono de voz se torna serio] ¿Como es posible que no os deis cuenta?

Inus Theldaran: ¿¿Que como...?? [frunce el ceño, estallando por un breve instante… y luego se contiene, apartando la mirada]

Iria Lunanegra: Sois privilegiado [continua Iria imperturbable] porque habéis conocido el amor, Inus. Algo tan hermoso y que sin embargo muy pocos conocen... Y que nunca llegan a conocer en toda su vida [su voz tiembla ligeramente al decir estas palabras]

Inus Theldaran: [Alza la mirada despacio y en sus ojos parece brillar ahora una emoción contenida] No espero que lo entendáis, Iria [con voz ronca] pero ahora me siento lejos de sentirme afortunado.

Iria Lunanegra: [Asiente despacio, como si realmente comprendiera] Conocer el amor es algo que nos hace mas... humanos. Nos ayuda a recordar por qué luchamos. Por qué queremos luchar.

Inus Theldaran: Mírame a la cara, Iria [con voz lúgubre y amarga] Yo no soy humano. Soy un descendiente de una servidora del Juez, allá en el Plano de Fuga. Soy un instrumento de su voluntad. Su campeón.. Me debo a mi deber y solo a el.

Iria alza la mirada sorprendida, como si no captase el significado de esas palabras.

Inus Theldaran: El amor me esta vedado... pues con ello solo puedo traer desdicha a quienes compartan mi cariño... como ha quedado bien probado [ronco, frío, parece castigarse a si mismo con sus palabras]

Iria le mira aun consternada, pero el semblante lóbrego del paladín no parece arredrarla.

Iria Lunanegra: ¿No sois humano? ¿El amor os está vedado? [Niega despacio con la cabeza] El amor nunca le es vedado a nadie, Inus.

Inus Theldaran: El amor es responsabilidad. Y alguien sabio y responsable debería haberse dado cuenta que aquellos que le aman, compartirán su vida. Y que esa vida jamás podrá hacerles felices. El egoísta por contra [con voz llena de renovada amargura y auto recriminación] acepta ese amor, sin importar el dolor que cause...

Iria Lunanegra: A veces trae desdicha, cierto. [hablándole con un tono suave] Pero también es el sentimiento más profundo y verdadero que existe.

Inus Theldaran: No hay en verdad sentimiento mas bello... vivimos por la espada y para la espada para que ese sentimiento exista. Pero no podemos rozarlo son los dedos sin... [su voz se apaga, despacio]

Iria aguarda en mudo silencio mientras Inus calla largo rato, mirando sus manos posadas sobre su regazo.

Inus Theldaran: Fui débil, Iria. [dice al fin, con una voz que es casi un áspero susurro, cargado de tristeza, que desgrana las palabras poco a poco. Hay tanto dolor en ellas que Iria cierra los ojos mientras le escucha] Fui egoísta. Quise sentir ese amor. Y ahora alguien sufre por ello. Ahora [termina, con voz lóbrega] puede que alguien haya muerto por ello

Alza la mirada de nuevo y en sus ojos destella un océano de congoja y culpa. Al oír sus palabras Iria abre los ojos y mira a Inus con angustia.

Iria Lunanegra: ¿Que decís? [incredula] ¿Lady Arteris está.... bien? [en su rostro aflora ahora ansiedad y tensión a partes iguales]

Inus Theldaran: Arteris [dice despacio] Se separó de mi después de que la… apartase de mi lado. Tomo su caballo y partió en dirección este. Encontré su montura muerta... a manos de los trolls. De ella... [pausa] De ella no hay ni rastro [termina, lúgubre]

Iria Lunanegra: ¡Eso es terrible! [Intenta añadir algo más pero no las palabras no le surgen de sus labios. Siente un nudo en la garganta] Supongo que habéis hecho lo posible por encontrarla... Si os puedo ayudar... Podemos patrullar la zona... Yo podría rastrear la zona.... [Sus palabras comienzan a surgir atropelladas]

Inus Theldaran: No servirá de nada... dos semanas he pasado en ese pantano infecto... dos semanas buscándola... sin hallar mas que… trolls... [con un odio frío y evidente]

Iria Lunanegra: Deberíais haber solicitado ayuda de inmediato Inus. Yo os podría haber ayudado. Tengo experiencia en rastrear... He sido cazadora ¿recordáis?

Inus Theldaran: Se ha perdido en ese lodazal por mi culpa Iria. [Parece no escucharla, mientras la armadura emocional tras la que se cubre parece resquebrajarse] Por mi culpa... Todo es por mi culpa...

Iria Lunanegra: Podemos intentarlo de todas formas. [con una voz que intenta ser intrepida, decidida] Seguramente los rastros se hayan borrado pero si quedase aunque fuera alguna pista.... yo la encontraría

Inus Theldaran: Dos semana Iria. En un pantano [la mira con fijeza, su rostro marchito marcado por un hondo pesimismo] Esta muerta. La he matado... Como si lo hubiera hecho con estas manos [dice con voz ronca, tendiéndolas hacia delante ante los ojos de ambos]

Iria Lunanegra: [Niega con la cabeza despacio, mirándole con aprensión] No digáis eso. No al menos hasta que la encontremos. Decís que no hay rastro de ella ¿no es así?

Inus asiente dejando caer las manos sobre su regazo. Su mirada atormentada se posa en ellas de nuevo. El odio que siente por si mismo es tan evidente que caída la mascara impasible, se hace casi doloroso mirarle. Iria le apoya suavemente la mano en la mejilla, atrayendo su atención y sosteniendo su mirada. El Guía Fúnebre alza la cabeza despacio ante el contacto humano. Parece casi estremecerse. Pero se controla, y la mira intentando mantener su rostro impasible.

Iria Lunanegra: Inus... [con voz susurrante] ¿Que os dice vuestro corazón?

Inus Theldaran: Ya no tengo corazón. Lo tire en algún lugar de ese pantano. Ardió en una pira junto a todas esas bestias... Ya no tengo... corazón [repite en un tono mas quedo bajando de nuevo la mirada] Ya solo queda el deber... y nada mas es este mundo. [susurra, con la cabeza gacha].

Iria Lunanegra: ¿Que os dice vuestro corazón? [repite la pregunta con voz suave] ¿Que la habéis matado? [el paladín asiente, mudo de dolor, sin poder mirarla]. ¿No os queda esperanza alguna?

Largo silencio, Y ese mismo silencio parece una descorazonadora respuesta. La mirada de Iria se torna una mezcla de piedad y frustración, pero no se separa de el.

Iria Lunanegra: Inus... [susurra, pero su voz es firme] La encontraré. No carguéis con la culpa. Pues no es vuestra, no os corresponde.

Inus Theldaran: [angustiado] ¿Como no culparme, Iria? ¿Como no hacerlo? Si no hubiera cedido al anhelo...

Iria Lunanegra: A veces la vida juega cruelmente con nosotros, Inus. Eso es todo.

Inus Theldaran: [sonríe de nuevo con esa mueca fría y fea] Que gran verdad...

Iria Lunanegra: Yo.... lo sé muy bien.... [susurra con melancolía]

La kelemvortia baja la mirada, como si quisiese ocultar sus ojos a su escrutinio. De repente, es dolorosamente evidente que Iria siente algún tipo de vínculo emocional con el drama de Arteris e Inus. El paladín alza levemente la cabeza, atraída la atención por el cambio en su tono de voz.

Iria Lunanegra: [en el mismo tono melancólico, sin mirarle] Solo os aconsejo que no permitáis que os atormente la culpa, debéis luchar contra ella. Ceder a ese sentimiento es un error. No lo permitáis... [pausa, le mira de nuevo con ojos serios, brillantes por el dolor contenido] O os conducirá por senderos por los que luego no podréis retomar vuestro camino.

Inus Theldaran: La culpa y yo [manteniendo su mirada, susurra] somos viejos amigos. No me aparto de mi camino antes. Y no lo hará ahora...

Iria Lunanegra: [suspira] Inus, Inus.... cuando os daréis cuenta de que no podéis cargar con todos los males del mundo a vuestras espaldas....

Inus Theldaran: Ese día estaré en los brazos de mi madre, Iria. Y la responsabilidad será entonces de otro [con el mismo tono quedo]

La mirada de Iria se clava entonces con intensidad en el rostro pálido del Guía Fúnebre, frunciendo de nuevo el ceño con tristeza, como si de repente comprendiera un verdad amarga.

Iria Lunanegra: ¿Fue por eso, verdad? [en un tono leve que casi parece piadoso] Porque lleváis una carga que no aceptáis compartir...

Inus parece encogerse ante esas palabras, pronunciadas antes por los labios de la que ahora da por muerta, y sus ojos destellan con dolor por un momento. Aparta la mirada y su desdicha y culpabilidad se hacen de nuevo mas que evidentes.

Iria Lunanegra: Entonces tenéis razón. [en un tono que parece resonar extrañamente acusatorio, como si desease enfrentarle con la verdad para hacerle reaccionar] Nunca os sentiréis libre para amar hasta que no aceptéis que debéis compartir vuestra carga. Vuestras preocupaciones. Vuestros miedos. Todo.

Inus Theldaran: Lo hice porque era... [se defiende débilmente] lo correcto... porque no deseaba que sufiera mas... por mi. La aparte de mi porque... porque... [aprieta la mano, sin poder terminar y cierra los ojos con el rostro contraído] Que importa ya. [dice con voz ronca al fin] Lo hice y basta.

Un corto silencio, Iria no deja de mirarle con la misma expresión triste, y el sigue con la cabeza gacha.

Iria Lunanegra: Porque no podíais compartir con ella todo lo que sois. [termina la frase por él]

Inus Theldaran: [Los hombros del Azote se hunden y asiente una sola vez.] Mi vida no era vida para ella... [susurra]

Iria Lunanegra: [suspira profundamente] Vuestra vida... Nuestra vida.... realmente no es vida para nadie, Inus. ¿Le consultasteis a ella que clase de vida era la que elegía llevar? ¿O impusisteis vuestra voluntad en nombre del amor?

Inus Theldaran: Yo... [titubea] Lo intente. Pero cuando la vi presa del dolor en los muelles, cuando vi... [alza la cabeza, la mira con cierta desesperación, como si necesitase que ella entendiera] Estabas alli Iria. Tu lo viste igual que yo.

Iria Lunanegra: [tras asiente despacio] Pero tal vez se hubiera hecho fuerte a tu lado, Inus.

Inus Theldaran: Se... que me hubiera seguido a los nueve infiernos, lo se. Y nunca me habría reprochado nada. Pero yo la habría condenado a ser infeliz el resto de su vida. A vivir con el miedo y la angustia... La hubiera visto marchitarse poco a poco por mi culpa... O algo peor. [concluye con voz sombría] Y sin embargo, el noble Inus, en su acto de autosacrificio [con voz cáustica, hiriente] provoca justo aquello que mas temía.... Y ahora.... [pausa, dolorosa, el odio por si mismo parece resurgir en su mirada] Ahora esta en los brazos de Sune, donde espero que la colme la felicidad que yo no le supe dar.

Iria Lunanegra: [suspira nuevamente] Sois tozudo Inus. No escucháis. No es vuestra culpa. No carguéis con la culpa de otros. Además no sabemos que ha sucedido. ¿Como podeis pensar que es vuestra responsabilidad?

Inus Theldaran: [la mira, de nuevo con rostro pétreo, controlado] No hay otros, Iria. Tan solo Arteris y yo. Y nadie mas. Mía es la culpa y como mía la acepto. Expiaré mis faltas y honraré su recuerdo... tal y como manda el credo. [baja de nuevo su mirada, con el ceño fruncido en esa expresión atormentada y testaruda]

Iria le mira largamente, notando con frustración como el paladín se aferra a sus lobregos sentimientos. Se inclina sobre el y apoya nuevamente la mano en la mejilla pálida. El Guía Fúnebre mira al suelo con obstinación, sin que parezca sentir siquiera su mano esta vez. El muro parece haberse alzado de nuevo.

Iria Lunanegra: Os ayudaría, [susurra, casi con cariño] pero no me dejáis. No escucháis mis palabras. O no queréis oírlas. Tenéis una coraza que protege vuestra alma y no permitís que nadie la atraviese.

Inus Theldaran: Sois muy gentil Iria... [con su voz convertida en un áspero y ronco susurro] pero no podéis hacer nada. Otra dama me dijo antes esas palabras. Por ella me quite mi coraza una vez. Ahora… Ahora vivo con la consecuencias.

Iria Lunanegra: No, solo le dejasteis entrever una pequeña parte, Inus. [le mira con dulzura a los ojos] El día que alguien abra los cierres de esa coraza y caiga al suelo, podréis amar sin sufrir

Inus Theldaran: No se puede amar sin sufrir. [responde con amargura] Y cuando el sufrimiento es excesivo, ya no es amor... Nada espero ya de esta vida salvo el servicio a mi Dios. Nada mas... [susurra las ultimas palabras con voz queda]

Iria Lunanegra: ¿Por que habrías de esperar algo de la vida? Las cosas suceden, Inus, uno no las espera. Pero cuando suceden, hay que aferrarlas, no dejarlas escapar ni huir. Y hay que estar preparado para recibirlas.

Inus Theldaran: Ya es tarde para ese consejo, aunque quisiera creer en el, Iria [con el mismo tono quedo] ¿No lo ves? La tormenta pasara. Y la primavera seguirá al invierno. Aprenderé de esta dura lección y no cometeré de nuevo el mismo error. Acepatare por completo mi papel en el devenir de las cosas y olvidare mis propios anhelos. Y el deber me hara feliz de nuevo... como siempre ha sido. Como siempre... debió ser.

Iria Lunanegra: La tormenta siempre pasa.... Que gran verdad [corrobora con tristeza] Tal vez algún día decidas permitir que alguien quite los cierres de tu coraza, y entonces ese día.... podrás amar completamente.

Inus alza la mirada, por un instante parece brillar en ella una cierta esperanza, una chispa del anhelo del que antes ha hablado. Y luego esa chispa muere, asfixiada por la mascara impenetrable.

Inus Theldaran: Solo el Juez y su Senescal pueden ver el destino de los hombres con certeza. [con una voz lobrega] Pero ahora mismo Iria... ahora mismo no parece posible que tal cosa suceda. Que yo vuelva a desear que suceda... [haciendo un terrible esfuerzo, esboza una leve sonrisa, quebradiza y triste] Pero no sientas dolor por mi, Iria. No me compadezcas. Soy un mero mortal, aunque me flagele diciendo que no soy humano. Cierto es que creo que por mis dones mi obligación con el credo es aun mas grande... Pero no soy tan arrogante como para creer que no cometeré errores...

Iria Lunanegra: Las heridas tardan en cicatrizar, Inus. [pronuncia despacio, con una seguridad que evidencia de nuevo su vínculo emocional]

Inus Theldaran: Cicatrizaran... lo se... pero ahora mi dolor es demasiado intenso...

Iria Lunanegra: Cederá con el tiempo. Siempre sucede así.

Inus Theldaran: [La mira con atención, con una expresión seria y sincera, como si de repente se percatase de estado de animo d ela persona que intenta consolarle] Tu lo sabes mejor que yo Iria. Ahora es cuando me doy en verdad cuenta de aquello por lo que debiste pasar...

Iria Lunanegra: [sonríe, pero su sonrisa es algo triste] Sí, lo sé.

Inus Theldaran: Siempre he mirado a los Dolientes con piedad y ahora esa piedad me avergüenza. Quizás tengas razón... quizás sea necesario amar para entender. Quizás sea mejora haber amado y haber perdido que nunca haber amado.

Iria Lunanegra: Nyal... [pronuncia ese nombre con dolorosa reticencia, agachando la cabeza. entrecierra los ojos y habla despacio, con una voz controlada que elije las palabras con dificultad, mientras el paladín la escucha silencioso] Inus yo... [pausa corta] Yo nunca he conocido un amor como el vuestro... Uno de esos que cantan los bardos en las tabernas y hace que se te quiebre el corazón cuando los escuchas...

Inus Theldaran: [mira a un lado con semblante triste, con una sonrisa amarga en los labios] el corazón se quiebra igual cuando los vives... creedme, en las canciones siempre quedan mejor...

Iria Lunanegra: [ella prosigue, apenas asintiendo a lo que el dice] Nyal era mi compañero, mi amigo, y... nos proporcionábamos consuelo mutuo [al decir esto se sonroja levemente, alzando la mirada para observar al paladín, pero este se limita a enarcar una ceja con cierta inocencia. Es obvio que no capta la alusión] Pero no era un amor de ese tipo... [prosigue, con cierto embarazo] No he conocido ese tipo de amor [confiesa al fin, mirándole a los ojos con tristeza]

El Guía Fúnebre mira a la Segadora largamente, con una extraña profundidad en su mirada.

Inus Theldaran: Como he dicho antes, solo el Juez conoce el destino de los hombres, Iria. [con un tono de voz grave] Sois su servidora fiel. ¿Quien sabe que recompensa os aguarda al final del camino?

Inus sonríe débilmente, parece que atender los temores de otros le ayuda a olvidar sus propios pesares. Su interlocutora asiente, alzando una mano, y unos pétalos de la flor del cerezo se posan sobre su palma, mientras el pálido kelemvorita no deja de observarla con esa mirada cargada de amarga sabiduría.

Inus Theldaran: "Todas las flores son las mas bellas” [recita de repente, con voz pausada, remota, como si para ello tuviera que hacer memoria de un tiempo mas inocente y feliz] Es una poesía del lejano este. Significa... [pausa, mira a Iria con semblante grave. Ella mientras tanto contempla los pétalos para luego dejarlos ir, mirando como se alejan con tristeza] Significa que hay que atesorar cada momento en la vida

Iria Lunanegra: [alza la mirada y esboza una sonrisa] Que bellas palabras... y que ciertas ¿no crees? Atesora tus hermosos recuerdos, Azote. Como yo he hecho con los míos.

Inus Theldaran: [asiente despacio, su semblante parece ahora sereno, si bien el dolor sigue brillando en su mirada] Ahora cuesta... cuesta muchísimo pensar en ello. El dolor es demasiado intenso... Y la culpa también. Y el odio... el odio que siento por mi mismo. No lo puedo evitar. Es como un veneno que corroe por dentro Iria [la mira preocupado]

Iria Lunanegra: Continúa tu camino con la cabeza alta. Y el día que suceda.... no tengas miedo a compartir lo que eres. Ese ha sido tu error. [le sonrie con dulzura, sin darse cuenta de que ha apeado el tratamiento cortes] Tiempo al tiempo.

Inus Theldaran: [niega despacio] Ahora no puedo pensar en ello... Pero cuando todo pase... [pausa, compone una débil sonrisa, da la sensación de que para tranquilizar a su interlocutora, mas que porque realmente sienta alguna esperanza] Intentare recordar vuestras palabras, Iria.

Pausa larga, ambos parecen quedarse abstraídos unos instantes en sus propios pensamientos. Por fin, Iria alza la mirada al cielo con un suspiro.

Iria Lunanegra: Se hace tarde, debemos regresar.

Inus asiente despacio, aun algo ensimismado, mientras ella le contempla un momento con la cabeza ladeada.

Iria Lunanegra: ¿Sabéis una cosa? Quería ofreceros mi consuelo, y ha resultado ser mutuo.

Inus Theldaran: Vamos [se pone en pie, gruñendo al apoyar el peso en la pierna mala, y tiende su mano] ¿Que clase de servidor del Juez seria, si no pudiera darle mi consuelo a una camarada? [la mira, de igual a igual] Gracias por tus palabras, Segadora Iria.

Iria Lunanegra: [acepta la mano que le tiende y se alza, sin dejar de mirarle a los ojos. Su rostro es ahora sereno y dulce] Gracias por tus palabras, Azote.

Inus Theldaran: [sonríe débilmente. Hay melancolía en esa sonrisa, pero también un leve atisbo de recuperación] Cuan pretencioso me ha sonado siempre ese titulo... Pero a veces hay que claudicar. ¿Os he contado alguna vez como me lo concedieron? [mientras echa andar, con su leve cojera*]

Iria Lunanegra: Emprendamos el regreso.... Azote [dice con una leve sonrisa desenfadada] Podéis contármelo por el camino.

CONTINUARA
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
INTERLUDIO

Dos semanas después Inus halla al fin a Arteris, destrozada por una misteriosa explosión que la ha privado por completo de su personalidad y recuerdos, dejando además horriblemente quemado su cuerpo. Desesperado, la lleva al Hospicio de la capital, dejándola al cuidado de la dama Auriel de Ilmater. No tiene sin embargo tiempo para lamentaciones.

Una llamada urgente le requiere en Imneskar, donde con el resto de Segadores, se enfrenta a una pavorosa invasión de espectros. Abriéndose paso luchando, alcanzan un complejo de criptas en las que deben enfrentarse a una banshee de terrible poder, que parece ser el foco de la actividad preternatural. En la confrontación final, el pálido kelemvorita descubre que el ser espectral es en realidad su madre, usada por un reducto cultista para un oscuro ritual que la ha condenado a ese estado. Desgarrado, da paz a su madre personalmente, otorgándola eterno descanso tras despedirse de ella. Incapaz de compartir sus pesares con nadie, se encierra en si mismo como ha hecho siempre, acumulando en su interior el dolor y enterrándolo bajo una mascara impasible.

Nuevamente, apenas si puede llorar su pérdida. Entregado con fría determinación al exterminio del culto que ha mancillado a su madre, Inus no es capaz de percatarse de que uno de sus hombres, Azgalion, esta cayendo poco a poco por la lóbrega pendiente del odio a sus enemigos. El Segador, uno de los aprendices mas prometedores del Guía Fúnebre, acaba por desaparecer sin dejar rastro y su maestro regresa a toda prisa a la capital, donde comienza a buscarle sin resultados. Problemas diplomáticos con los Leones de Misnor y con sus propios hermanos de la Orden, y el advenimiento de una nueva amenaza aun más pavorosa que todas las enfrentadas anteriormente (un ser que amenaza con destruir la existencia de todo lo que existe), le impiden obtener resultados en sus pesquisas, y merman cada vez mas su ánimo. Iria mientras tanto asiste al sufrimiento de su superior con muda impotencia, notando como este se va hundiendo poco a poco a pesar de los esfuerzos de Alex Corvis, Espada del Azote y segundo al mando del Escuadron, por evitarlo.

Un Inus cada vez mas desesperado y deteriorado decide finalmente realizar un rito de adivinación para dar con su pupilo, confiando en que el Juez sea capaz de mostrarle lo que no ha podido determinar por otros medios. Sin embargo, en mitad del rito, el sacerdote parece ser atacado por un ente maligno decidido a evitar que Azgalion sea hallado. Debilitado por sus padecimientos, Inus sucumbe y queda catatónico y al borde del colapso absoluto de su mente, atendido por sus preocupados hombres, que aguardan desesperados a que recobre la consciencia…





CAPITULO II: EL ACERO SE QUIEBRA

Orden Auxiliar, aposentos de los escuderos. Una habitación iluminada por velas.

Iria entra despacio en la habitación, lleva un vestido sencillo de color azul que contrasta con los ropajes ajustados de cuero que suele utilizar cuando esta de servicio. En sus manos porta un cuenco con algo de caldo humeante. Apoya el cuenco en la pequeña mesa que hay junto al jergón en el que descansa Inus y se siente en el borde de la cama.

Inus parece inerte, sus ojos clavados en el techo, inexpresivos y vacíos. Su semblante parece macilento y demacrado. Al notar la presencia de alguien cercano, parece encogerse levemente. La pálida cazadora toma con delicadeza las manos del yaciente entre las suyas, con la cara contraída por la preocupación, y empieza a hablarle con voz susurrante y cálida. Al sentir el suave contacto, el paladín, emite un leve gemido, no se sabe si de temor o si de mera reacción.


Iria Lunanegra: Inus... [con voz susurrante] Inus... [repite con voz suave] Debéis regresar con nosotros...

Iria suspira largamente, su semblante contraído por la tristeza. El paladín no parece reaccionar a su voz, pero sus párpados tiemblan levemente. Sin darse cuenta de ello, su visitante parece buscar las palabras, a pesar de que sabe que probablemente no la esté escuchando. Habla con tono quedo y lleno de emoción.

Iria Lunanegra: Sois muy valioso para nosotros, Inus. Y aun os queda una labor por delante... Debéis regresar... [sin darse cuenta aprieta ligeramente las manos de Inus] Sois... muy valioso.

Las manos de Inus parecen temblar levemente, pero no hay ninguna otra reacción. Sus ojos siguen perdidos en el vacío. Iria siente ese pequeño temblor y alza la vista hacia su rostro, esperanzada. o obstante, al no ver ninguna otra reacción, no puede evitar que sus ojos se le humedezcan.

Iria Lunanegra: Mi querido Inus... [casi gime, angustiada] Yo... [Parece vacilar, como si le faltase coraje] Yo... os necesito... [pausa, su amargura es cada vez mas palpable] Me siento... perdida.

Una lagrima pugna por brotar de los ojos verdes de la cazadora de no muertos, pero esta la reprime. Una expresión de fiera determinación borra su angustia de su rostro. Aprieta con mas fuerza las manos del pálido yaciente y habla con voz ronca, llena de pasión.

Iria Lunanegra: Debeis luchar, Inus ¡LUCHA! ¡Se que puedes hacerlo!

Al alzar su voz Inus parece encogerse de nuevo con un gemido, y su mirada se tona un tanto despavorida. La kelemvorita se pone en pie sobre el, aun sosteniendo su mano.

Iria Lunanegra: ¡LUCHA! ¡VAMOS! [Alza la voz, su tono es una mezcla de determinación y súplica, los párpados de Inus parecen temblar] ¡LUCHA! No has llegado tan lejos para abandonarnos ahora!

Los músculos de la cara del paladín se contraen, y algo parece brillar en el fondo de sus ojos ambarinos. Iria clava la vista en su rostro, al notar el pequeño atisbo de reacción. Suelta las manos de Inus y las posa en sus mejillas.

Iria Lunanegra: Vamos Inus... Ven a mi... Estoy aquí... [le susurra al oído, finalmente una lagrima resbala por su mejilla] Se que puedes hacerlo... [con voz llena de congoja]

El cuerpo del guía fúnebre se arquea levemente, mientras que la respiración se acelera. Sus dedos laxos parecen curvarse como garras, aforrándose a las sabanas. Desesperada, Iria sujeta el medallón de Kelemvor que el aasimar lleva en torno al cuello, aquel que le dio el fatídico día en el que intentó dar con Azgalion por medio de plegarias.

Iria Lunanegra: Inus... te necesito... [con voz temblorosa] Ánimo mi querido compañero... [sus palabras no parecen surtir efecto alguno, desespera nuevamente perdiendo su contención] ¡Vuelve conmigo Inus! ¡Vuelve! Se que estás aquí... ¡y sé que puedes hacerlo!

Iria se inclina despacio sobre el, muy despacio, sin dejar de sujetar su símbolo sagrado. Con ternura infinita deposita un beso en la mejilla del servidor del Juez, cerrando los ojos. Al hacerlo, nuevas lagrimas corren por su rostro.

Iria Lunanegra: Vuelve conmigo... [susurra suplicante]

De repente, los ojos vacíos del paladín se humedecen y las lagrimas comienzan a formarse para luego deslizarse por sus mejillas. Un suspiro parece llenar de aire sus pulmones y sus parpados se cierran con fuerza.

Iria Lunanegra: [parpadea repetidamente, apartando su rostro del de el] ¿¿¿Inus???

El paladín no responde, su cuerpo parece convulsionarse levemente, y a través de sus ojos cerrados con fuerza las lagrimas se filtran bañando su rostro blanco como el mármol. Tiene los dientes apretados mientras su pecho se agita. Iria tarda unos segundos en darse cuenta de que se trata de llanto contenido.

Iria Lunanegra: ¿Inus? [pregunta nuevamente, con suavidad, sosteniendo de nuevo su rostro. Entre sus manos la cara del kelemvorita se agita debilmente] Abre los ojos... No tengas miedo, pues estoy a tu lado [pausa, un gemido escapa de los labios agrietados del guía funebre] Por favor... [implora, casi en un susurro].

Guiada por un impulso se acerca y lo estrecha entre sus brazos con fuerza, pegando su rostro al de el con la cara anegada por el llanto. Inus emite un largo estertor como si algo se quebrase dentro de el. Asombrada, Iria siente como se abraza débilmente a ella y hunde su rostro en su hombro, llorando silenciosamente con gemidos apagados. Le abraza aun con mas fuerza, pasando una de sus manos por sus cabellos. Es incapaz de hablar, simplemente lo abraza como si temiera que se alejara nuevamente, mientras le acaricia meciéndole como a un niño.

Iria Lunanegra: Llora amigo mio... llora... [le susurra con voz débil]

Inus parece llorar largo rato, con desgarrador desconsuelo. En ese llanto parece vaciarse toda la agonía soportada en los últimos años, acumulada en su interior hasta no poder mas. Iria no dice nada mas, las palabras sobran. Permite que el paladín desahogue todas sus emociones sobre su hombro.

Iria Lunanegra: Así... [susurra con dulzura] suelta todo lo que llevas conteniendo tanto tiempo...

El llanto se apaga poco a poco hasta convertirse en una respiración pausada. El abrazo del paladín pierde fuerza hasta que sus brazos quedan laxos. Iria le suelta con suavidad apoyando con delicadeza su cabeza sobre la almohada. El guía fúnebre la mira con ojos enrojecidos desde un mar de cabellos blancos como la nieve. Hay una infinita tristeza en su mirada, que Iria sostiene con expresión esperanzada.

Iria Lunanegra: ¿Inus? [susurra, casi temerosa]

El paladín entreabre los labios débilmente, en una agónica y silenciosa pausa. Su voz suena ronca, después de una dekhana sin pronunciar palabra.

Inus Theldaran: Perdido... [titubeante] Le... hemos... perdido... para... siempre

Iria Lunanegra: [parpadea, mirándole con tristeza] ¿Hablas de... Azgalion?

Los ojos del servidor del Juez se cierran despacio, muy despacio y asiente débilmente, en un gesto lleno de amarga tristeza.

Iria Lunanegra: Shhhh no pienses en eso ahora.... No es momento... [su mano sin embargo aferra la del pálido kelemvorita con firmeza, como si quisiera retenerte a su lado] Has vuelto... Inus. Lo has logrado.

Inus abre los ojos nuevamente, como si el esfuerzo de hacerlo fuera titánico. La mira largamente al rostro, el verde de la mirada de ella teñido por el cárdeno del llanto. Asiente una sola vez y sus párpados se cierran con la misma lentitud, al tiempo que su respiración se vuelva acompasada. Parece caer en un profundo sueño, sin pesadillas por primera vez en días... su rostro recupera la serenidad habitual en el. Solo los rastros de lágrimas atestiguan por lo que ha pasado.

Iria sonríe débilmente, soltando la mano del paladín y secándose las lagrimas con el dorso. Se levanta sigilosa y toma una silla, acercándola al lecho, observándole con una mezcla de cariño, tristeza y alivio. Con una cierta timidez, toma su mano de nuevo para luego aferrarla con fuerza, como si quisiese impedir que se aleje nuevamente.

De repente mira los dedos entrelazados con firmeza y una expresión súbita de miedo cruza por su rostro. En ese preciso instante, un leve toque de nudillos resuena en la puerta y la suave voz de Delia suena al otro lado de la hoja de madera, pidiendo permiso para entrar. Como si la quemase, Iria aparta su mano de la Inus con rapidez, mientras la puerta se abre lentamente.


CONTINUARA
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
CAPITULO III: CONFÍA EN MI

Anochecer en el Campo de Batalla.

Primavera. Cae la lluvia con susurrante pereza sobre el césped siempre pisoteado y húmedo del Campo de Batalla. Una joven kelemvorita de intensos ojos verdes camina en dirección a Crimnor, sumida en sus pensamientos. Desde que Inus despertó de aquel trance en el que estuvo sumido, se siente tremendamente confusa. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que el inmenso afecto que sentía hacia su superior, era algo mucho más profundo. No podía, no quería albergar ese tipo de sentimientos, no quería romper la promesa que se hizo a si misma, antes de abandonar a los hermanos del Eterno Reposo. Y sin embargo ahora parece que su firme determinación comienza a resquebrajarse, y lo que es peor, tal vez Inus haya podido notarlo.

Al mismo tiempo, sus pensamientos no hacen sino regresar una y otra vez a la oscura caverna y al ghoul… A ese momento de ira y furia en el que todo su entrenamiento había estado a punto de venirse abajo. Al recordarlo, no podía sino sentir una terrible desazón. ¿Era todavía una Doliente? ¿No había logrado dejar atrás la terrible carga de su pasado?

Entre las últimas luces del ocaso surge una oscura figura, cubierta con una pesada capa manchada con el polvo y el barro del camino. Bajo la capucha de lana negra, unos ojos ambarinos relucen un instante con reconocimiento. Los pálidos labios del caminante se curvan ligeramente en una tenue sonrisa cuando se detiene a pocos pasos frente a ella.


Inus Theldaran: Iria [inclina la cabeza con gravedad, en un movimiento pausado]

La batidora, normalmente siempre alerta y dispuesta, camina tan distraída que casi topa con el. Se sobresalta un instante hasta que le reconoce, e inclina la cabeza a su vez... con una rigidez que no consigue disimular del todo.

Iria Lunanegra: Saludos, Inus.

Inus Theldaran: [ladea un poco la cabeza, observándola con atención] Te veo distraída Segadora [la mira preocupado] y eso no es propio de ti. ¿Quieres pasear conmigo?

Iria Lunanegra: [suspira quedamente, apartando la mirada con una extraña incomodidad] Por supuesto. Con tantas preocupaciones en la cabeza me vendría bien un pequeño respiro

Inus Theldaran: [la mira un instante, entre ambos parece flotar una extraña tensión] Vamos pues,.. me han llegado noticias de un incidente en Crimnor sobre el que no me importaría saber mas. Caminemos y hablemos.

El guía fúnebre se gira y echa a andar, y a su espalda la cazadora asiente despacio con rostro serio, recogiendo su largo cabello azabache con una púa metálica que extrae de su capa y cubriéndose con su capucha. Después echa andar despacio tras la figura maciza del hombre, clavando en el una larga mirada en la que flotan sentimientos contradictorios.

Inus Theldaran: ¿Como te encuentras, Iria? [inicia la conversación, con ese tono sereno y grave tan característico en el]

Iria Lunanegra: [parpadea saliendo de su abstracción, y acelera un poco el paso para colocarse a su lado] ¿Que decías Inus?

Inus Theldaran: Me preocupaba por como te encontrabas. [musita pausadamente, mirándola con detenimiento mientras caminan despacio] He querido hablar contigo desde que sucedió lo de la caverna.

Iria gira su rostro y le devuelve la mirada, aunque no puede evitar un estremecimiento al hacerlo. Los ojos del guía fúnebre son tan serenos y tranquilizadores como su voz. Brilla en ellos la sabiduría ganada con los años y una preocupación sincera que provoca en la batidora una sensación extrañamente calida que se esfuerza por reprimir.

Iria Lunanegra: Yo me encuentro bien, Inus... Eres tu el que me preocupas.

Inus Theldaran: ¿Yo? [alza las cejas algo perplejo]

Iria Lunanegra: No hemos tenido oportunidad de hablar desde que despertaste y...

La batidora vacila durante unos instantes, parece algo agitada. El semblante del hombre se ensombrece levemente y aparta la mirada, clavando unos ojos duros como el pedernal en la noche. La tensión incómoda que rodea a ambos parece aumentar. Iria carraspea, mirando en derredor.

De repente, de la oscuridad de la noche surge una pequeña figura achaparrada y canija, maldiciendo entre dientes con voz aguda mientras agita un puño en dirección al cielo. Al reparar de repente en las dos figuras negras y encapuchadas que le miran con fijeza, se queda tieso con sus ojos reptilianos abiertos como platos. Al cabo, suelta un chillido alarmado y girando sobre sus talones, el kovold se pierde en al noche como alma que se lleva un tanaa’ri.


Iria Lunanegra: Creo [con voz curiosamente inexpresiva, tras un instante de silencio] que deberíamos buscar un sitio mejor para conversar [sugiere mirando en la dirección en la que se ha esfumado el pequeño ser]

Inus Theldaran: [asiente, hablando con tono lacónico y mirando en la misma dirección que ella] Busquemos refugio de la tormenta. Ven. [se gira y echa a andar, seguido de cerca por ella]

Ambos caminan en dirección a una arboleda. El frondoso ramaje amortigua la lluvia, dejando entrever a través de los nudosos troncos y las raíces retorcidas una pálida luz. El rumor de las aguas de un río crece al tiempo que las gotas disminuyen poco a poco hasta parar. Cruzan la última línea de árboles y llegan a un claro bordeado por el Alandor. Junto a el hay una diminuta pero bellísima ermita, y un altar rodeado por columnas. El lugar irradia un aura de serenidad palpable.

Inus Theldaran: Un altar consagrado a Eldath [anuncia con voz grave] El señor de la paz, la curación, y de las aguas tranquilas.

Iria da unos pasos mirando en derredor por curiosidad, dejando que sus ojos aguamarina se deslicen sobre el altar de piedra blanca y el pequeño santuario.

Inus Theldaran: A veces, cuando quiero meditar y estar tranquilo vengo aquí, a sentarme a orillas del río. Miro el agua y los pensamientos parecen discurrir placidamente con ella... [pronuncia con voz serena, ajeno a la curiosidad de ella, mirando con fijeza las aguas débilmente iluminadas por las luces del santuario]

Iria Lunanegra: Cierto, parece un lugar tranquilo [pronuncia pensativa. Se gira y contempla el curso de agua junto a el]

Inus Theldaran: [Se retira la capucha y mira el estaque con los ojos entornados] Dime Iria, [se gira para contemplarla] ¿que es lo que te preocupa?

Ella no responde de inmediato. Da unos pasos hacia el lago y se sienta en la orilla. Se retira las botas y sumerge los pies en las frías y claras aguas.

Iria Lunanegra: Siéntate a mi lado, Inus. [dice con voz suave, sin girarse]

Inus sonríe levemente y se sienta a su lado con un crujido de su pierna mala, al tiempo que tuerce el gesto. La vieja herida que le causara en el pasado el hombre lobo sigue molestándole de tanto en tanto, sobretodo con la humedad. La cazadora contempla la tranquila superficie del lago durante unos instantes y luego gira la cabeza hacia el pálido aasimar. En las sombras de la capucha se entreve su rostro unos instantes. Parece más nerviosa que preocupada.

Iria Lunanegra: Quiero preguntarte algo.

Inus Theldaran: [devuelve su mirada con serenidad, pero en sus ojos brilla la preocupación] Adelante Iria, sabes que puedes preguntarme cuanto desees.

De nuevo, la muchacha no responde de inmediato. Contempla unos instantes los ambarinos ojos de Inus y devuelve la mirada al lago, como si le costase sostener su mirada. Habla con voz tenue, casi un susurro.

Iria Lunanegra: ¿Que recuerdas exactamente del momento en el que despertaste?

El guía fúnebre hunde la cabeza entre los hombros, mirando la vaina de la espada que reposa sobre sus piernas. Ella mientras tanto no deja de observarle con cierta ansiedad, mientras sus dedos juguetean inquietos con la fresca hierba.

Inus Theldaran: Recuerdo... [con voz queda y grave, esforzándose en traer a su memoria aquellas desgraciadas horas] como un grito lejano en la noche... [alza la cabeza, la mira de nuevo] Tu voz llamandome... [pausa, frunce el ceño bajando los ojos] Y luego como si despertase de un sueño negro... lleno de horrores sin nombre... como todo regresaba a mi memoria de golpe... [pausa, hunde de nuevo la cabeza entre los hombros y mira nuevamente la espada que yace cruzada en su regazo] Todo... [con voz ronca]

Iria asiente despacio, comprensiva. Parece aguardar algo más.

Inus Theldaran: Recuerdo… [prosigue después de un momento de silencio] Recuerdo haberme... quebrado. [su voz se convierte en un susurro aspero en el que las palabras se desgranan con dolorosa dificultad] Recuerdo haber... llorado como un niño, sobre tu hombro... por no poder contener mas... tantas cosas...

La muchacha le mira con ojos serios, graves, y asiente. Posa una mano sobre el amplio hombro del servidor del Juez, con un gesto casi timido, que durante un instante parece a punto de no completar, como si la faltase valor para ello.

Iria Lunanegra: Te habías estado conteniendo demasiado. Eres un hombre fuerte Inus, Pero ni siquiera el hombre más fuerte habría podido con la carga que arrastraste durante tanto tiempo...

El alza la cabeza, mirándola con ojos cansados, agotados. No parece reparar en las dudas de ella, el gesto le conforta visiblemente, animándole a seguir hablando.

Inus Theldaran: Tu sabes... como he crecido, Iria. Lo que para ti fue un entrenamiento de años... para mi es la única vida que conocí. Llevo las piedras del Pináculo en la sangre. Y la doctrina marcada a fuego en mi cabeza. No... no puedo fallar. No puedo derrumbarme. No puedo... dejar que nada me detenga.

Iria Lunanegra: [Niega despacio, aprieta su hombro con mas fuerza] Tantas pérdidas... Arteris... tu madre... Y la traición de Azgalión. Es demasiado para cualquiera, Inus. [pausa, consigue formar una sonrisa y su voz suena dulce y llena de franqueza] admiro tu entereza, tu valor y coraje.

Inus Theldaran: [frunce el ceño, apartando la mirada con semblante amargo] Por favor, no me hables así Iria, tu no. Sabes por que lo hago. No es entereza... no es coraje. No me hables como uno de esos escuderos con los ojos llenos de emoción. Hago lo que debo... porque soy el único que puede. Y por ello... no debo fallar. [pausa, la mira de nuevo] Eso es todo [esboza una sonrisa quebradiza]

Iria Lunanegra: Sé que haces lo que debes, Inus. Y te admiro por ello. Pero te equivocas si crees que eres el único que puede cumplir con la labor a la que nos hemos encomendado. Yo también hago lo que debo, pero sé que no podría hacerlo sola.

Inus Theldaran: Quisiera creerte pero... [mira la caudalosa superficie del Alandor con semblante sombrío] Después de lo de Azgalion... Había puesto tantas esperanzas en ese muchacho…

Iria Lunanegra: [los ojos de ella relampaguena, casi desafiantes] ¿Crees que a los demás nos sucederá lo mismo? ¿También dudas de mi?

Inus Theldaran: No [dice con voz ronca tras un latido de silencio] No dudo de ti Iria. [con voz pausada y grave]

Iria Lunanegra: Entonces sabes que nunca estarás solo. Nunca. [sus palabras suenan cargadas de emoción] No te fallaré... ni te abandonaré.

Inus Theldaran: [la mira de nuevo y en sus ojos brilla un calor especial] Gracias Iria. [dice con un susurro áspero] Por esa promesa. Vale mucho para mi.

Iria Lunanegra: Solo te pido que confíes en mi, [apasionada, decidida, sus ojos verdes como el jade brillan con intensidad] y que me permitas ayudarte a soportar el peso de nuestra sombría misión. Que cuando necesites volver a dejar que los sentimientos fluyan utilices mi hombro

Inus aparta la mirada despacio, con cierta turbación, clavándola de nuevo en la dorada empuñadura de Hoja de Luz. Su voz suena apagada y algo ronca.

Inus Theldaran: Un líder fuerte no debe mostrar su flaqueza a sus subordinados. Eso nos enseñaron en el Pináculo. Y aunque se que... lo necesitaba... una parte de mi se avergüenza de que me vieras así. [pausa, su voz se vuelve aun mas apagada] Quebrado. Roto.

Ella parece desdeñar sus palabras. Con decisión, dejando atrás cualquier timidez, alza con suavidad la barbilla del pálido kelemvorita y le obliga a mirarla a los ojos.

Iria Lunanegra: ¿Lo harás?

Inus parpadea sorprendido, no es un hombre acostumbrado a contacto humano. Por un momento su sorpresa te parece casi infantil. Luego recupera el semblante serio, y la mira largamente a los ojos.

Inus Theldaran: Lo haré [con un susurro ronco]

Ella asiente despacio, mirándole con los ojos sabios, profundos, insondables, que los dioses han concedido a las mujeres, para entender, mejor que a ellos a si mismos, a los hombres.

Iria Lunanegra: Siempre estaré a tu lado cuando necesites que alguien recomponga y reconforte tu alma. No lo olvides nunca. [le sonríe con dulzura]

Inus la mira durante un instante, con sus ojos brillando como los de un gato en la noche. De repente, su semblante adopta una expresión extraña y aparta la barbilla de su mano. En el interior de su propia capucha, su expresión solo delata desasosiego y turbación.

Inus Theldaran: Eres... muy gentil Iria. [con voz algo ronca] Gracias.

Iria Lunanegra: ¿Gentil? [parpadea varias veces y finalmente sonríe levemente]

Inus Theldaran: [arranca dos puñados de hierba con las manos inconscientemente, mientras mira el lago con ojos inescrutables] Si... gentil. Yo... [parece rebuscar las palabras]

Como si la turbación de Inus activase en ella algún resorte, Iria se deja llevar por un impulso repentino y espontáneo. Se inclina hacia el pálido aasimar y lo estrecha con fuerza entre sus brazos. Ante ese contacto, el guía fúnebre parece quedarse rígido, paralizado. Después de un largo instante, gira la cabeza despacio y la mira con intensidad. Su voz sale ronca y apagada, y en su mirada brillan un millón de emociones contradictorias, y por encima de todas ellas, pánico y culpabilidad.

Inus Theldaran: Iria yo... [no consigue seguir, su voz se apaga]

Ella parece estrecharle con mas fuerza aún, como si temiese que el servidor del Juez fuera de algún modo a desvanecerse para siempre.

Iria Lunanegra: Inus... [con voz queda, susurrante, cargada de emoción] aquel día... me diste un susto de muerte. No quiero perderte... [lo libera del abrazo y gira la vista hacia el lago, como si ahora sintiese vergüenza de su impulso] Por favor... No vuelvas a darme un susto así. [pausa, baja la cabeza, clavando los ojos en el césped de la orilla] No me había dado cuenta de lo mucho que me importas hasta... hasta que sentí que perdía.

Inus se queda un largo instante contemplándola, con esa mirada atormentada, quieto como una estatua, como si aun no se hubiera repuesto de la impresión, o la sorpresa. Una mirada ambarina, incrédula y anhelante, se clava en Iria sin que ella se de cuenta. El servidor del Juez alza levemente su mano hacia la muchacha, pero la baja de nuevo despacio apartando el rostro. En el largo silencio, la muchacha alza la cabeza, observando de nuevo el discurrir de las aguas, mientras sus manos juguetean de nuevo con la hierba.

Inus Theldaran: Lo... lo siento [con un susurro áspero, aún turbado. Siente que debe disculparse, pero se aprecia que no sabe muy bien de donde surge esa necesidad interior] Debía... saber... lo que le había pasado a... Azgalion. [pausa. Encoje las piernas] Lo siento [repite, con las menos enlazadas en torno a las rodillas, y los ojos cerrados]

Iria Lunanegra: [asiente levemente. Sin mirarle] Lo entiendo, Inus. No hace falta que te disculpes. De haber sido capaz yo también lo habría intentado.

Calla de nuevo, perdida en la contemplación del río. A su lado, Inus permanece mudo, una presencia silenciosa a su lado. Sin que ella se de cuenta, agacha la cabeza y parece golpear su frente contra las rodillas, que aún tiene enlazadas con los brazos.

Iria Lunanegra: No te preocupes, Inus. [rompe ella el silencio de repente, con voz queda] Y por favor, olvida mis palabras. Tiendo a dejarme llevar por mis emociones en los peores momentos. [sonríe con cierta tristeza]

Inus Theldaran: [carraspea y abre los ojos, alzando la barbilla] Deberíamos... proseguir. Nos hemos... demorado mucho [el tono sale algo ronco y forzado]

Iria Lunanegra: Tienes razón, ha anochecido. Deberíamos continuar. [sacude los pies húmedos, y se pone las botas, quizás con demasiada rapidez]

Iria se pone en pie, sin dirigirle una sola mirada, como si no se atreviera ello, y da algunos pasos en dirección al camino. Inus se pone trabajosamente en pie, doliéndose de su muslo derecho.

Inus Theldaran: Maldita pierna... [camina al lado de ella, rígido, incómodo. Tampoco la mira]

Iria Lunanegra: Deberías cuidarte más. Así nunca se va recuperar tu pierna. Eres muy testarudo ¿lo sabías? [sonríe con aire burlón, aunque un brillo de tristeza empaña sus ojos.]

Inus Theldaran: Eh... yo... si. He de cuidarme más. [apurado y distraído]

Iria Lunanegra: Será mejor que apretemos el paso.

Inus Theldaran: Ejem. [carraspea] Si. Sin duda.

Ella le mira al fin, como si hubiera detectado algo extraño en el tono del sombrío sacerdote. Inus mira al frente, de nuevo su rostro solo son dos ojos ambarinos brillando en el interior de su negra capucha, tan inaccesible como siempre. Desilusionada y turbada por esa desilusión, aprieta el paso, la vista dirigida al frente, con el rostro triste. Sin percatarse de que en realidad, el endurecido guía fúnebre hace acopio de toda su fuerza de voluntad para no mirarla, y decirla con esa mirada las cosas que sus labios no son capaces de pronunciar.
 

Liselle

Campero de tiendas
Registrado
1/8/09
Mensajes
95
INTERLUDIO: VOCES INTERIORES

¿Por qué es tan difícil escuchar la voz de la razón cuando le tengo delante? ¿Por qué cuando sus ojos se clavan en los míos tengo que desviar la mirada incapaz de sostener la suya? Conozco las respuestas y temo enfrentarme a ellas, deseo huir, alejarme todo cuanto me sea posible, preservar los muros que en su día decidí alzar y sin embargo… no puedo. ¿Por qué no consigo escapar? ¿Acaso no es lo que anhelo?

La amarga pérdida de todo cuanto tenía, todo lo que para mí tenía un valor más allá de cualquier posesión material, mi amigo, mi amante, y la única familia que tenía en aquellos momentos, han dejado una huella imborrable en mi alma. Cuando miro mi imagen reflejada en el espejo, ya no veo a la niña de corazón alegre e indolente de antaño, en su lugar solo veo una joven seria, silenciosa, que trata de protegerse ocultando sus sentimientos tras una máscara pétrea.

Tal vez esté cometiendo un error al tratar de apartar de mí todo cuanto pueda causarme dolor, pues también rechazo todo cuanto puede darme felicidad. Noto como mi determinación y mi voluntad comienzan a resquebrajarse y no consigo hacer nada para impedirlo. ¿Y si así es como debiera ser?
 

_diedne_

El que insulta en los discursos Zhent
Registrado
17/7/09
Mensajes
1,928
Edad
43
// seguid así!!! estas historias son las más mejores!!
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
Interludio Tercero

Las semanas se suceden con penosa lentitud para los miembros del Escuadrón del Azote. Los avisos y peticiones se acumulan mientras los Segadores viajan por todo el país, intentando que su presencia marque una diferencia ante la amenaza de los que no descansan. Después del auge de su fundación, las filas de la pequeña organización se han visto reducidas y sus pocos miembros no alcanzan a cubrir cuanto ha de hacerse.

Inmerso en esa vorágine, Inus Theldaran apenas ha podido sobreponerse de sus padecimientos, a pesar de la ayuda de Iria y de los esfuerzos, un tanto contundentes y directos, de Alex Corvis. En esos días oscuros la amistad de ambos parece entrelazarse con fuerza a pesar de sus muchas diferencias, como dos hermanos siempre enfrentados, pero que se deparan una fiera lealtad. Intentando sacarle de su pozo de mortificación, y harto por la falta de reacción del paladín, Alex le provoca sin piedad para forzarle a desahogar su rabia, hasta que se desata una pelea a pesar de la aparentemente ilimitada paciencia del aasimar. Iria les interrumpe con su aparición, poniendo a ambos oficiales en su sitio antes de que destruyan completamente la Sala del Juez. Ambos se miran como colegiales apaleados pero sonrientes mientras su subordinada se explaya sin piedad acerca de la actitud de ambos.

Como resultado de la pelea, la amistad entre ambos parece afianzarse aun mas, pero no por ello su accidentada relación se vuelve mas serena. En una de sus muchas disputas, que casi lleva a ambos de nuevo a las manos en mitad de los pantanos de Amnagua, Alex confiesa a Inus cuanto le aprecia en realidad, algo inaudito en el implacable semielfo. Conmovido hasta los huesos e incapaz de expresar sus propios sentimientos, el guía fúnebre acaba en una posada junto a su lugarteniente sin darse cuenta siquiera, bebiendo, por segunda vez en su vida, mas de la cuenta… Con las mismas nefastas consecuencias.

Mientras tanto, la mirada silenciosa de Iria sigue al sacerdote a todas partes, tan atenta como la de una centinela. Su apariencia serena aun oculta los sentimientos que hierven en su interior, pero no podrá esconderlos durante mucho mas tiempo…


CAPÍTULO IV – LA AMARGA DULZURA DE LO INEVITABLE

Amnagua. Habitación de posada iluminada por candiles.

Sobre el jergón yace el cuerpo de Inus Theldaran, cubierto por las blancas sabanas y con los cabellos convertidos en una mata desordenada que se extiende sobre la almohada. En un rincón reposa su armadura, completamente cubierta de barro, y a su lado, colgada de un gancho en la pared, descansa Hoja de Luz, que ha sido primorosamente limpiada por alguna mano habilidosa.

Iria entra en la habitación tratando de no hacer demasiado ruido, deslizándose de manera felina sobre el entarimado sin que este suelte un solo crujido. En sus manos lleva una jarra de agua y un par de vasos. Inus sin embargo emite un quedo gruñido y se revuelve débilmente entre las sábanas. La muchacha se detiene junto al cabecero de la cama, con la bandeja aun en las manos y una mirada seria con la que parece valorar la posibilidad de verter la botella sobre la cabeza del paladín.

Finalmente, la deja sobre la mesilla y llena un vaso de agua. Se sienta en el borde de la cama y acerca el recipiente a los labios del aasimar, que apenas entreabre un poco los ojos. Inus alza un poco la cabeza para beber y con una mano temblorosa trata de coger el vaso, mientras ella lo inclina permitiendo que parte del contenido se derrame en sus labios, al ver que es incapaz de sostenerlo por sí mismo.

El guía fúnebre aparta el vaso mientras tose y gime, llevándose las manos a la cabeza. Iria lo observa con el ceño fruncido, meneando la cabeza.


Inus Theldaran: Ouuuurg. Dioses.

Iria Lunanegra: No metas a los dioses en esto. [implacable] Ellos no tienen la culpa de tu dolor de cabeza

Inus Theldaran: Ummmmg. [parpadea y abre los ojos dos rendijas] ¿Iria? [con voz aguardentosa]

Iria Lunanegra: [inclinada sobre el, sosteniendo el vaso aún] ¿Y quien iba a ser si no?

La muchacha sonríe divertida mientras el pálido kelmvorita la mira confuso unos instantes, incapaz de articular palabra. Cuando por fin lo hace habla con el mismo tono áspero y aguardentoso, cargado de vergüenza.

Inus Theldaran: ¿Y... Alex?

Iria Lunanegra: A Alex [responde frunciendo los labios] se lo llevó Delia, me parece. Por lo que pude ver no tenía mejor aspecto que tu. Últimamente empiezo a sentirme como vuestra niñera, Inus. Cuando debería ser al contrario. [le acerca nuevamente el vaso de agua a los labios] Bebe un poco más.

Inus intenta incorporarse sobre los codos con el semblante fruncido y los ojos convertidos en finas telarañas rojas. Sin embargo, el intento no parece sino aumentar su agonía. Suelta otro gemido de dolor cerrando los ojos.

Inus Theldaran: Dioses... y encima me has tenido que recoger y llevarme a... [enmudece, y comienza a palparse la pechera con una expresión alarmada que roza lo cómico]

Aparentemente inconmovible, Iria alza un poco mas el vaso, acercándoselo nuevamente a los labios. Ignorando el ofrecimiento, Inus alza la mirada parpadeando, obviamente dándose cuenta de que no lleva puesta su armadura.

Iria Lunanegra: [asiente impasible, como si leyese su mirada] Necesité ayuda. Con esa armadura pesabas como un buey. No me quedó más remedio que quitarte la coraza. Espero que no te importe. [sonríe con cierta malignidad, como si en cierto modo disfrutase mortificándole] Por suerte había un par de fornidos clientes que se ofrecieron a ayudarme. Luego tuve que invitarles a una ronda [suspira dramáticamente]

Inus Theldaran: Por el Juez... [consigue articular con dificultad, consternado, incomodo en su casi infinito pudor] lo... lamento Iria. Lo lamento. Creo que... se nos fue un poco la.... urg [punzada de dolor] mano.

Iria Lunanegra: ¿Un poco? [enarcando una ceja peligrosamente] Eso es quedarse muy corto.

Inus Theldaran: Yo... no soy un gran bebedor [confiesa lúgubre, mirando a Iria con tristeza]

Iria Lunanegra: Pues últimamente le estas poniendo remedio [cortante, dejando el vaso sobre la mesilla al fin. Inus baja la mirada abochornado] Por el aspecto de ambos yo diría que debéis haber agotado las reservas de esta posada.

Se hace un tenso silencio. Inus parece incapaz de mirarla a los ojos, y en su semblante marchito se lee una culpabilidad tan grande y agónica que la expresión de Iria acaba por suavizarse... un poco, al menos.

Inus Theldaran: [carraspea, ronco aún] Gracias, Iria.

Iria Lunanegra: No me des las gracias, no es necesario. [dice con suavidad, su tono no es tan implacable como antes] Podría decir que habrías hecho lo mismo en mi lugar, pero hasta ahora siempre he sabido cuando debo parar. [sonríe nuevamente un instante. Luego ladea la cabeza y le mira inquisitiva] Y... ¿Habéis resuelto vuestras desavenencias?

Inus Theldaran: [desvía la mirada] Eeeemmmm. Si. Las hemos solucionado.

Iria Lunanegra: Bueno, al menos ha salido algo positivo de ese terrible dolor de cabeza [meneando la cabeza, usa el mismo tono que una madre algo decepcionada]

Inus Theldaran: No se decirte [gruñe masajeándose las sienes] Ahora mismo el pantano no me parece tan malo...

Iria Lunanegra: ¿En serio? [con exagerado candor, enarcando una ceja] Si quieres podemos dar un paseo por sus lindes. ¿Te apetece? [termina por decir burlona, con una sonrisa torcida]

Inus Theldaran: Es una ironía, Iria [con un gruñido algo malhumorado, intentando girar el cuerpo con rigidez sobre el jergón]

Iria Lunanegra: Ohhh [de nuevo, con una expresión de exagerado candor] Vaya.... ¿de verdad?

Inus Theldaran: [consigue bajar un pie de la cama, que golpea el suelo con cierto estrépito y suelta otro gruñido] De verdad

Iria Lunanegra: Lo sé, Inus. [suspira] Ni siquiera estoy segura de que puedas dar unos cuantos pasos sin perder el equilibrio.

Inus Theldaran: Estoy bien... se me pasara... [gira el cuerpo para apoyar el otro pie en el suelo y al alzar la cabeza sus ojos se abren como platos y se tapa la boca con cara de panico. Un sonido inarticulado escapa de entre sus dedos]

Iria Lunanegra: ¿Sucede algo? [enarca una ceja mirando al aasimar con excepticismo]

Inus niega despacio mientras el momento pasa. Cierra los ojos y parece respirar profundamente varias veces. Después toma el vaso de agua con el mismo pulso tembloroso y se lo bebe entero con una expresión francamente lastimosa. La muchacha no puede reprimirse y finalmente se le escapa una carcajada, para ponerse a continuación en pie, apartándose unos pasos y suspirando.

Inus Theldaran: Por... el Juez... [con un tono tan lamentable como su aspecto] y hay gente que hace esto por voluntad propia... cada día.

Iria Lunanegra: Parece que si. [compone una sonrisa algo triste, evocadora] Yo solo me emborraché una vez. Intentando ganar una apuesta contra... Nyal [pronuncia su nombre con gravedad, hace una pausa mientras su semblante se vuelve serio. Su buen humor parece desvanecerse por completo dejando solo la mascara de porcelana seria que es su expresión habitual] Por supuesto, perdí. Desde entonces no he vuelto a propasarme con el alcohol. Es una experiencia que no me gustaría repetir.

Inus la mira un instante, alzando de nuevo la cabeza. Por sus ojos turbios pasa un destello de comprensión que parece aumentar aun mas su sentimiento de culpabilidad.

Inus Theldaran: Lo siento Iria... lo siento. [con tono ronco, un susurro aspero lleno de pesar] Esto no es propio de mi... lamento haberte traído esos recuerdos.

Iria Lunanegra: No lo sientas Inus. [dice con tono calmo] Recordar a la gente que hemos querido es síntoma de que no caen en el olvido. Aunque traigan consigo cierta melancolía. Prefiero pensar [pausa, le mira a los ojos con extraña intensidad] que el día que el Juez me siente ante él habrá alguien que me recuerde.

Inus Theldaran: El Juez [repone, con un tono sereno, devolviendo la mirada sin comprender, o sin querer comprender lo que expresan los ojos de ella] nos impele a conservar ese recuerdo, pero no con melancolía. Con cariño. Con gratitud.

Iria Lunanegra: Y así es. [ladea la cabeza, sin dejar de observarle] Pero... la melancolía es un sentimiento difícil de obviar, Inus.

Inus Theldaran: [parpadea, parece incómodo bajo su escrutinio] No... no es mi día mas inspirador Iria. [susurra con el mismo tono áspero, bajando la mirada] Pero... Mientras exista el Azote... ningún Segador caerá en el olvido. Nunca. Cada uno de ellos será recordado por sus méritos.

Iria Lunanegra: Por sus méritos... [con un tono levemente decepcionado] Yo no me refería a los méritos, Inus. [dice despacio, con un tono significativo. En los ojos de ella aflora la ansiedad]

Inus alza de nuevo la cabeza, observándola con algo parecido a dolor en su propia mirada. En su rostro marchito parecen mezclarse la culpabilidad, la tristeza… y el miedo. Ella le sigue contemplando con atención, como si leyese cada pensamiento que pasa por la cabeza del guía fúnebre.

Iria Lunanegra: ¿Sabes a que me refiero? [pronuncia despacio, con un tono quedo que deja traslucir parte de la ansiedad que oculta con perfecta contención bajo un semblante sereno]

Inus Theldaran: Si. [murmura tras un instante] Creo que... si. [aparta nuevamente la mirada fijándola en el suelo, con los hombros hundidos]

Iria le mira largamente, con esa expresión seria, tan suya. Da un par de pasos hacia el, pasos lentos, medidos. Baja una mano despacio, colocándola con delicadeza en la barbilla de el, alzando con suavidad la cabeza y mirándole con intensidad a los ojos. El aasimar parece intentar decir algo, con mil emociones contradictorias danzando en sus ojos ambarinos. Sin embargo, su garganta parece incapaz de dejar escapar sonido alguno.

Tres un instante eterno, sin demudar su semblante Iria acerca su rostro al de el poco a poco. En sus verdes ojos se vislumbran también un sinfín de emociones contenidas. Algo parecido al pánico se dibuja en el semblante de Inus, que la mira con indefensión.

Iria posa sus labios con delicadeza sobre los de Inus. El guía fúnebre parece quedarse completamente rígido, los ojos abiertos de par en par, las manos crispadas sobre las rodillas. El beso de la muchacha dura apenas unos latidos.

Después retrocede un paso con brusquedad y se gira. El aasimar la contempla con mudo estupor.


Iria Lunanegra: Lo.... [murmura angustiada, su serenidad parece haberse evaporado por completo] lo siento... yo... No debí hacerlo. [su confusión y vergüenza se hacen dolorosamente evidentes. Mientras, el aasimar, con un gesto casi infantil, se lleva la mano a los labios] Será mejor... [entrecortada, desesperada] que... te deje... a solas. [se precipita hacia la puerta con la angustia pintada en el rostro]

Inus se pone en pie como un autómata, mientras su estupor se diluye dejando una expresión turbada en su rostro. Entre la masa de cabellos enredados sus ojos parecen brillar como ascuas.

Inus Theldaran: Iria [la detiene con una voz ronca. Ella se queda paralizada junto a la puerta, la mano sobre el pomo. Sus hombros parecen temblar. No te vayas... [susurra con un tono quedo pero perfectamente audible]

La kelemvorita parpadea varias veces, llevándose la mano al pecho con la misma expresión de vergüenza y ansiedad, como si el corazón amenazara con escaparse por su garganta. Se gira para mirarle y baja de inmediato los ojos, incapaz de soportar el turbado escrutinio del aasimar. Inus da un par de pasos, algo inseguros, hacia ella, con una mano levemente alzada.

Inus Theldaran: Iria, yo... [con una voz que casi es un susurro ronco]

El color de sus mejillas de la muchacha delata la turbación que siente en estos momentos. Entreabre los labios varias veces, pero parece incapaz de decir palabra. Inus tampoco parece capaz de decir nada coherente. En su rostro marchito brilla una enorme desesperación, como si no encontrase un modo de salir de ese tenso silencio, de despedirla para que le deje, o de acercarse mas a ella.

Como si percibiera su lucha interior, Iria por fin consigue alzar la vista. Sus verdes ojos brillan como el jade recién pulido. La determinación y la turbación se mezclan en su mirada cuando da un paso vacilante hacia el. El aasimar baja la mirada, quedando sus ojos ocultos bajo una cortina desmadejada de blanco cabellos. Abre y cierra la mano que tiene alzada un par de veces, con fuerza, evidenciando su lucha interior.
Iria avanza de nuevo, su expresión se tiñe con cierta tristeza. Coge la mano de Inus entre las suyas sin decir palabra. El baja la mirada aun mas, el brillo de sus ojos desaparece cuando los cierra con fuerza. El contacto de la kelemvorita parece hacerle estremecer levemente, y sus dedos aferran los de ella con fuerza.


Inus Theldaran: Iria… [repite con voz aun mas ronca, teñida de dolor por la emoción contenida.]

Al ver su sufrimiento, el rostro de Iria se deforma en una expresión casi infantil de culpa. Alza la barbilla del guía fúnebre con su mano libre, haciendo que este abra los ojos y la mire a los suyos. Inus intenta hablar, pero la muchacha pone un dedo sobre sus labios.

Iria Lunanegra: Inus... [susurra, con un tono casi inaudible, dulce y triste a un tiempo]

Algo casi atávico parece brillar en los ojos del servidor del Juez, cuando la mira con intensidad. Lentamente, parece tirar de la mano de ella para acercarla a el, mientras la observa con una extraña seriedad. Ella le mira de igual modo, sus ojos de jade brillando gloriosos. Se pone de puntillas, apartando las hebras pálidas del cabello de el, y posa sus labios nuevamente en los del aasimar.

Inus parece quedarse un instante quieto, como una estatua de hielo. Y de repente, sin que el se lo ordene sus manos tiran aun mas de ella, atrayéndola hacia el con fuerza, rodeándola con sus brazos. El abrazo de Inus esta lleno de desesperación, de frustración vencida, de deseo. No es un contacto tierno, es una tenaza atormentada, llena de pasión. Por sus mejillas corren lágrimas que ya no puede contener, mientras toma lo que sabe que no debe... pero que no puede negarse mas. Sencillamente, no puede.

Iria enreda sus dedos en los níveos cabellos del aasimar y cierra los ojos también, dejándose arrastrar en un prolongado beso. Se estremece al sentir la fuerza con la que su el Azote se aferra a ella, como si temiera que ese momento acabase de golpe, como si temiera lo que sucederá al dejar de besarla. Como si no hubiera ninguna otra cosa en este mundo. Salvo sus labios, y ella.

Su beso es tan torpe como apasionado, y de su torpeza, de su pasión, nace la evidencia de que nunca compartió un momento así con Arteris. De que ese momento nunca llego. De que decidió terminar su relación antes de que ese momento llegara. Y de esa evidencia nace una llama que parece arder con fuerza abrasadora. El fuego del corazón inmenso de un hombre criado y educado entre barreras y restricciones, abocado por completo al deber, a su orden primero, a su titulo después. A su herencia mas tarde. Y ante todo, a su dios. Que lo ha dado todo sin tomar nada para el, nunca, jamás. Hasta ese momento en el que, como cualquier hombre, sencillamente, ya no puede mas.

Por fin, empujando suavemente el amplio pecho del guía fúnebre, Iria se separa lentamente de Inus, sin dejar de acariciar sus cabellos. En su rostro se refleja una sonrisa tan radiante como el amanecer. A regañadientes, el la deja apartarse. En su mirada brilla el fuego que le consume. Y al ver su rostro joven, perfecto a la luz mortecina de los candiles, todas las reglas y normas que acaban de romper parecen caer sobre el como avalancha de rocas. Sus ojos cambian como una fase lunar desesperada, mostrando de nuevo culpabilidad y desesperación. Aparta la mirada con vergüenza.

Iria le mira de nuevo con tristeza. Una vez mas, le obliga a alzar la barbilla y a mirarla. También hay un sentimiento de culpa en sus ojos verdes, pero no es tan profundo como el que muestra el aasimar, que en vano entreabre los labios, tratando de encontrar palabras.


Iria Lunanegra: Os dije [susurra con ternura, hablándole intencionadamente de vos] que algún día, alguien os quitaría esa coraza tan pesada [no sin cierta ironía, desvía la mirada a la coraza que está en el suelo, junto a ellos, mientras curva los labios en una tenue sonrisa]

Inus Theldaran: [sonríe con cierta amargura y asiente despacio, hablando con un tono igualmente quedo] Y tenías razón. Desde que me abrazaste en el lago... desde que desperté contigo a mi lado... [pausa, busca las palabras con dificultad, con un deje agridulce en su tono y en su expresión] Ni yo mismo me daba cuenta de cuanto....

Menea la cabeza, incapaz de expresarlo, con cara triste, bajando de nuevo la mirada. Sin embargo ella asiente despacio, dejando que su mano se deslice de sus cabellos blanquecinos a sus aun mas pálidas mejillas, limpiando con sus dedos los surcos dejados por las lágrimas. Sigue sonriendo con ternura y tristeza.

Iria Lunanegra: Créeme... [susurra] yo... he luchado contra ese tipo de sentimientos Inus. Ni siquiera recuerdo en qué momento mi aprecio por ti se convirtió en... [hace una pausa, le mira de manera significativa] algo más profundo.

Inus Theldaran: [asiente despacio, como si compartiese ese sentimiento. Sin embargo no hay alegría en el] Y sin embargo... [alza la cabeza y la mira a los ojos, con una mirada atormentada] Y sin embargo esta mal... No... no he debido. Dioses… cuanto lo he querido… pero… no… he… debido.

Iria suspira, un sonido susurrante cargado de tristeza. Baja la mirada y coge con sus manos las de el, atenazándolas con fuerza.

Iria Lunanegra: Se que no debemos, Inus. [murmura en un tono quedo, con la cabeza inclinada hacia delante] Y sin embargo es tan doloroso tenerte tan cerca y al mismo tiempo no poder acercarme a ti... Aquella semana que pasé a tu lado, mientras yacías postrado y ausente... [pausa, al recordar aquello su noto de voz cambia, dejando traslucir cuan difíciles fueron los días que rememora] la angustia que sentí en aquellos días... fue la que me abrió los ojos. Desde entonces he luchado contra esos sentimientos. Créeme. Pero…

Inus la mira y asiente despacio, cerrando los ojos. Inclina también la cabeza hacia delante, dejando que su frente descanse sobre la de ella. Habla casi con un susurro.

Inus Theldaran: ¿Que vamos a hacer ahora Iria? ¿Que podemos hacer?

Pausa. Ella suspira largamente, responde con voz triste.

Iria Lunanegra: No lo sé Inus... No sé si seré capaz de permanecer a tu lado sabiendo que no podré tenerte.

Inus cierra los ojos con mas fuerza aun, como si sintiera un dolor sordo que le corroyera por dentro. Inspira largamente y se separa de ella. Parece hacer acopio de fuerzas antes de hablar.

Inus Theldaran: Quizás [con voz ronca, entrecortada] sea hora de que deje Amn un tiempo... para que puedas pensar... si lo deseas puedo regresar al Pináculo. [termina por decir, con toda la entereza que puede reunir, evidenciando que se siente responsable de toda la situación… como es habitual en el]

Iria Lunanegra: No... Inus [alza la mirada, con semblante angustiado] Aquel ya no es lugar para tí. Tu vida es esta. Aquí tienes un propósito, una labor que hacer. Tras los muros del Pináculo te consumirás, y finalmente dejarás de brillar. [pausa, baja de nuevo los ojos] Si no deseas que permanezca a tu lado, seré yo la que abandone Amn [termina diciendo, con voz entrecortado]

Inus Theldaran: Prefiero morir helado en esa piedra negra [con un tono de voz casi torvo] que ver como te marchitas por mi culpa. No podría soportarlo.

Iria Lunanegra: ¿Marchitarme por tu culpa? [alza la mirada, sonriendo a pesar del brillo húmedo de sus ojos] Pero si he florecido gracias a ti... ¿No te has dado cuenta?

Inus la mira confuso, parpadeando varias veces, evidenciando claramente que no la entiende. La sonrisa de ella se acentúa, a pesar de estar teñida de cierta amargura.

Iria Lunanegra: Mis días en la orden fueron grises, Inus. [le explica con tono calmo y serenos] Allí me devolvieron a la vida, pero no era la vida que yo quería llevar. Kheldor debió verlo. Tal vez por eso me ordenó viajar a Akthatla. [se acerca un poco mas a el, mirándole con determinación a los ojos] Ambos hemos elegido llevar vidas grises Inus. Estoy totalmente entregada a mi fe y a mi servicio al Juez, al igual que tu. Compartimos una senda común

Inus Theldaran: Iria. [pronuncia despacio, mirándola con intensidad] Sabes que esa senda tendrá un final abrupto para ambos. Que... poca es la dicha que te puedo ofrecer... que siendo tu superior... tanto en la fe como en el Escuadrón... no podré otorgarte privilegio alguno... aun sintiendo lo que siento... [pausa, su tono de voz se vuelve un poco mas duro] Que se nos juzgara con dureza...

Pausa, el guía fúnebre pone sus ásperas manos sobre los hombros de ella. Hay una determinación fatalista en su expresión, una que ella conoce demasiado bien.

Inus Theldaran: ¿De verdad quieres eso? [dice finalmente]

Iria Lunanegra: [no duda ni aparta la mirada, responde con serena determinación] Todo lo que dices lo acepté tiempo atrás. En el momento en el que realicé mi juramento. Para mí la mayor dicha que me puedes ofrecer es permitirme permanecer a tu lado. El final de la senda solo el Juez lo conoce. Y prefiero morir mil veces defendiendo lo que creo y aquellos a los que amo que postrada en una cama.

Inus asiente despacio, bajando la mirada. Inhala largamente, parece erguirse mientras toma una determinación que en otros hombres sería sencilla. Pero que para el es un salto a un abismo al que teme a pesar, o quizás precisamente, de los dones de su dios.

Inus Theldaran: Entonces [pronuncia despacio, con voz ronca] haz algo por mi.

Iria Lunanegra: [asiente, con una expresión serena y fatalista en su rostro serio] Dime

Inus alza despacio la cabeza para mirarla, y los ojos del aasimar parecen relucir como dos gotas de oro con un brillo propio.

Inus Theldaran: Bésame de nuevo [susurra en un tono áspero, casi ronco, de anhelo contenido]

El semblante de Iria cambia poco a poco, su tristeza, su vergüenza y su amargura se desprenden capa a capa, quedando solo una sonrisa, la sonrisa de una persona que ve colmado su mayor deseo. Se pone de puntillas acercándose a el, deslizando su cara junto a la del guía fúnebre, para susurrarle al oído.

Iria Lunanegra: Creo que podré hacerlo.

Después se separa lo justo para mirarle de nuevo a los ojos, con un destello de la picardía que solo emerge en ella en muy raros momentos. Inus sin embargo no sonríe, solo mantiene sobre ella esa mirada felina de niño hambriento. De hombre atormentado. De anciano que ha visto demasiadas cosas, y quiere algo mas que solamente vivir, antes de dormir el último sueño.

Iria desliza sus manos lentamente sobre el pecho de el hasta sostener el rostro de Inus entre sus dedos. Después le atrae hacia ella de manera pausada pero inexorable y deposita sus labios en los de el. Bebe de ellos como lo haría alguien extraviado en el desierto durante semanas tras encontrar una fuente de agua fresca y cristalina. Sus ojos se humedecen ligeramente y finalmente una lágrima de felicidad se desliza por su mejilla.

El aasimar sostiene también su rostro con ternura infinita, en un beso mucho mas lento, intimo, y lleno de una emoción mas nítida y pura. El no llora, ya derramó sus lágrimas antes.

La respiración de Iria parece volverse mas agitada, y su beso, mas apasionado. Sin separar sus labios de los de el, le empuja suavemente paso a paso, en dirección a la cama. Al principio el aasimar no parece percatarse de ello, pero cuando topa con el borde del colchón, una expresión de alarma casi angustiada emerge a su rostro antes de que un ultimo suave pero implacable empujón le tienda sobre la cama, desde la que mira a Iria con los ojos algo desorbitados, mientras esta se sube sobre el, deslizándose sobre las sábanas como un felino.


Inus Theldaran: Yo... [rígido y casi espantado, incapaz de reaccionar]... hay algo que... deberías saber...

Iria Lunanegra: Shhh... no digas nada... [le susurra al oído con ternura mientras sus labios se curvan en una sonrisa]

Inus Theldaran: P... Pero... [diríase, si no fuera porque el Azote cuenta con los dones de un paladín, que es puro pánico lo que hay en su mirada]

Iria Lunanegra: Shhh. [le acaricia con dulzura mientras unos dedos habilidosos comienzan a desabrochar los botones de la tunica del aasimar uno a uno en lenta sucesión] Solo déjate llevar... [le susurra nuevamente al oído]

Inus pone cara de soldado a punto de saltar una zanja llena de estacas y asiente tragando de manera ruidosa. La sonrisa de ella brilla con tierna picardía, sabedora de que lo tiene completamente en su poder. Acercando de nuevo sus labios hasta rozar su oído, le susurra con un tono quedo y misterioso.

Iria Lunanegra: Te mostraré algo que no aprendiste en el Pináculo… [suelta una risilla queda]

Inus Theldaran: ¡Iria! [escandalizado]

Iria Lunanegra: Shhh.[dice ella una ultima vez, irguiéndose un poco sobre el y apagando de un solo soplido la luz del candil que reposa en la mesilla]
 

Joao Tinto

Cuenta secreta de Kronos
Registrado
26/4/09
Mensajes
33
Edad
38
Ains... Como me molan estas historias. :D Excelentes los relatos. Felicitaciones. :wink:
 

Andra

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
24/9/09
Mensajes
2,259
Edad
42
El sandor aprueba esa forma de quitarse estrés.

De hecho os receto a ambos ese remedio frecuentemente, unas dos o tres veces por dekhana, sería lo más aceptable :p

Ahora en serio, está genial narrada toda a historia, muy bonita y hace comprender a los personajes mucho más^^
 

Raggnarokk

Escritor de muchotexto
Registrado
4/8/09
Mensajes
87
Edad
40
Muy grande , muy muy grande capi y capitana. *se pone gotas en los ojos, ni ha parpadeado durante la lectura* :D

No podría estar más deacuerdo con el doctor Shama, ese "remedio" cura cualquier mal :lol: :lol: :lol: :wink:
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
CAPITULO V: ESPADAS Y CUERVOS

Una figura avanza con paso lento por el Camino del Comercio. Lleva un pesado capote de viaje que en su día debió de ser negro, pero que le intemperie había teñido de un gris polvoriento. La capucha, del mismo color, tapa por completo su rostro, dejándolo en sombras. No parece sino un peregrino solitario. Las hojas otoñales caen a su alrededor, lo mismo que los rayos solares que mueren poco a poco. El atardecer se acerca.

Sin que el caminante parezca percibirlo, ojos aviesos le siguen desde los frondosos matorrales. Manos sucias y encallecidas retiran el percutor de las ballestas y las armas se alzan haciendo puntería. Los disparos resuenan con límpidas notas metálicas, dirigidos con maestría fruto de la práctica.

Al menos dos virotes alcanzan al caminante, que parece tambalearse ante la fuerza de los impactos... para erguirse después, aparentemente indemne. Sus atacantes apenas dudan un instante. Con gritos atronadores se lanzan sobre él desde distintas direcciones, bramando su ira y su codicia como los lobos humanos que son. Las hojas secas crujen bajo los pies, mientras corren hacia su presa, que se limita a quedar quieta como una estatua.

El bandido más osado o rápido está apenas a diez pasos cuando el peregrino se pone por fin en movimiento. Con un movimiento seco echa el capote sobre su hombro, dejando al descubierto una pesada armadura lacada en negro, y la empuñadura de una espada de aspecto antiguo. Patinando, el rufián se detiene con un gruñido.

Giran alrededor de él, como chacales en torno a la victima. El caminante no se inmuta, mientras la codicia supera de nuevo poco a poco el estupor de hallarse ante una presa armada y bien herrada. El círculo se estrecha mientras asoman a los labios de los lobos sonrisas aviesas.


Peregrino: Solo lo diré una vez. Solo una. [pronuncia el peregrino despacio, con una voz grave que surge de la boca de la capucha con pasmosa frialdad] Tirad las armas y rendíos.

Los salteadores se quedan petrificados, la absoluta carencia de emoción de esa voz habla de confianza y muerte. No hay en ella miedo y el miedo es lo que nutre a predadores como ellos. Pero son muchos. O eso debe de pensar el primero que con un bramido se lanza adelante, blandiendo su hacha. Y como si fuera una señal, los demás le siguen.

Entonces la espada de antigua empuñadura sale de su vaina negra, trazando un arco relampagueante, como si fuera un rallo de luz. Lo que sucede a continuación no es elegante esgrima, ni pericia calculada. El caminante mueve a su alrededor la espada como si la enorme hoja pesase menos que una brizna de paja, en golpes mas propios de un leñador que de un espadachín. Golpes de un hombre acostumbrado a abatir cosas que se niegan a morir. En la lucha la capucha cae, dejando al descubierto un rostro pálido como la niebla y un rostro aun más blanco. Es, sin duda, Inus Theldaran.

Dos cuerpos yacen ya en el suelo, en cinco pedazos diferentes, cuando se escucha un agudo silbido, lanzado por un bandido alto y enjuto, que blande un enorme mandoble. Los salteadores se apartan a toda prisa, y de entre los árboles emerge una delgada figura encapuchada, sosteniendo un bastón de madera retorcida. Dos labios carnosos se mueven bajo la capucha pronunciando las palabras del conjuro. De los cinco dedos extendidos de la maga surgen cinco brillantes proyectiles que trazando elegantes arcos y vertiginosas espirales, cierran su cerco sobre el peregrino.

El Azote se limita a alzar una mano, mientras un gutural vocablo escapa de sus pálidos labios. Como luciérnagas atraídas por un fanal, las brillantes saetas confluyen sobre la palma extendida, extinguiéndose con un chisporroteo. Los bandidos lanzan un jadeo de incredulidad y el silbador suelta entre dientes un siseo.


Líder Bandido: Otra vez Akra, mata a ese cabrón. ¡Mátale!

Akra no responde salvo con un estertor. El enjuto bandido gira la cabeza y sus ojos se abren como platos, observando como el cuerpo de la maga se alza del suelo, soltando su caduceo y llevando las manos al cuello con un sonido estrangulado. La arcana se debate en el aire un agónico instante y después su cuello se parte con un sonido seco y escalofriante, como una rama seca.

Una figura parece rielar hasta materializarse sosteniendo aun el cuerpo sin vida. Un hombre corpulento y alto, encapuchado y envuelto en oscuros ropajes de viaje, lanza una prolongada mirada al líder salteador, con unos ojos negros como carbones.


Alex Corvis: Lo siento [con una voz helada, dejando caer el cuerpo de la arcana, sin apartar la mirada del bandido] pero Akra ya no esta disponible.

El líder salteador suelta otro siseo mientras en el camino la lucha se reproduce de nuevo. No es un cobarde, alza su montante por delante de él.

Líder Bandido: Hijo de mil madres [gruñe] voy a rajarte como a un cerdo.

Alex responde con una fría carcajada, echando atrás su capucha con un movimiento seco, dejando al descubierto su rostro atractivo y al mismo tiempo inquietante, peligroso. Como el filo de una navaja.

Alex Corvis Eso [dice con voz helada, esbozando una sonrisa cruel] no es un mandoble. Esto [echa mano a su espalda, y con un siseo que parece eterno desenvaina un montante descomunal, que parece crepitar con un fuego helado] es un mandoble.

El salteador suelta un jadeo, de un paso atrás, apretando los dientes. Sus botas manchadas de barro resbalan sobre el manto de hojas mientras afianza los pies. Y de repente, se percata de que el sonido de lucha en el camino se ha apagado. Una rama cruje a tras el y una gota de sudor se desliza por su frente.

Inus Theldaran: Es tu última oportunidad. [pronuncia a su espalda una voz sosegada pero inflexible] Ríndete ahora y retrasa tu Último Juicio.

El bandido se pasa despacio la lengua por los agrietados labios. Mira en derredor con ojos nerviosos, mientras la sonrisa de depredador, de Alex, una mueca ácida llena de blancos dientes, se ensancha. Y finalmente decide. Y echa a correr como un galgo entre los árboles, arrojando su mandoble a un lado.

Corvis clava el suyo en tierra, y echa mano de su espalda, sacando de ella una empuñadura de acero negro. Sus labios finos y crueles pronuncian un vocablo gutural y desde su puño cerrado sobre el labrado metal se extienden, como enredaderas que crecieran arqueándose, los extremos de un arco de grandes dimensiones. Lo alza, rozando el aire con sus dedos, y una crepitante flecha de llamas se tensa sobre la invisible cuerda. Toma puntería durante un largo segundo, aguanta la respiración, suelta.

La flecha llameante cruza el aire con un silbido, durante un latido de corazón que parece eterno, reduciendo a cenizas las hojas otoñales en su brillante trayectoria. Hasta que, con un siseo y un crujido estremecedores, se incrusta en el cráneo del fugitivo, que da dos pasos mas antes de que su cuerpo se de cuenta de que este muerto.

Inus suspira largamente. Con un siseo, Hoja de Luz vuelve a su vaina. El guía fúnebre lleva una mano a su medallón, y pronuncia las palabras rituales con voz serena, mientras se inclina para cerrar los ojos del desmadejado cuerpo de la arcana.


Inus Theldaran: Acoge estas pobres almas en tu reino, oh Kelemvor, guíalas en el Último Camino y concédeles pronta audiencia y justa sentencia.

Se pone en pie despacio, haciendo chirriar su armadura. Alex, practico como siempre, ha reunidos los cuerpos en la cuneta mientras tanto con semblante impasible. Arrastrándolo por la bota, coloca al líder junto al resto de los miembros de la banda. Con cuidado, el guía fúnebre deposita a la arcana en el lecho de hojas secas, al final de la hilera de cadáveres.

Ninguno de los dos dice palabra alguna, como si hubieran hecho esto ya demasiadas veces. Dan un par de pasos atrás e Inus alza despacio una mano, pronunciando con voz grave las palabras de una plegaria, en un lenguaje claro y cristalino. Un rallo de luz pura y blanca cae sobre los cuerpos, incinerándolos con un cegador crepitar.

Alex apenas dedica una mirada a las cenizas humeantes. Después se gira y echa a andar con paso firme, deteniéndose solo para arrancar su espadón del suelo y devolverlo a la vaina. Inus le sigue después, con semblante pétreo, triste. De nuevo en el camino, andan hombro con hombro, dos figuras negras teñidas de escarlata entre los últimos rallos de sol que se filtran entre las hojas que, ajenas a todo, siguen cayendo. Permanecen silenciosos hasta que Inus habla con voz grave y triste.


Inus Theldaran: Son como las langostas... No se como este país puede tener semejantes problemas de bandidaje.

Alex Corvis: [se encoje de hombros con frío estoicismo] Si de por sí los gobernantes son bandidos...

Inus Theldaran: Si [sombrío] eso podría influir.

Pausa. Caminan en silencio durante otro trecho. A lo lejos comienzan a adivinarse las luces de Imneskar.

Inus Theldaran: No sabia [rompe el silencio con tono sosegado] que eras tan buen tirador.

Alex Corvis: No lo soy. [responde tan tranquilo] No sé ni cómo lo he hecho.

Inus Theldaran: [le dedica una mirada algo incrédulo durante algunas zancadas] Vaya [dice al fin] Daba por sentado que habrías practicado con Delia.

Alex Corvis: [sonríe de manera algo sarcástica] Suelo practicar otras cosas con Delia.

Inus Theldaran: Alex por los dioses. [con obvia incomodidad]

Alex Corvis: A hacer arcos, más que a... [repara en las palabras de Inus y le mira enarcando una ceja] ¿Uhm?¿Qué?

Inus Theldaran: Ah... eso [tratando de disimular su bochorno] Ejem, claro.

Alex Corvis: [le mira con fijeza con una sonrisa irónica y los ojos entrecerrados] Serás...

Inus Theldaran: [echa a andar delante con pasos mas rápidos] ¡No es culpa mía! Siempre me pinchas con esas cosas. [a la defensiva]

Alex Corvis: [ladea la cabeza, con la misma cuchillada irónica sobre sus finos labios] Inus, necesitas una buena mujer. ¿Seguro que no quieres aunque sea pagando unas monedillas?

Inus se detiene en seco un instante, rígido como un palo, mientras Alex parece contener una carcajada a sus espaldas. Después el kelemvorita echa a andar de nuevo sin decir palabra con un paso enérgico que delata su ofuscación. Se hace un denso silencio que dura unos minutos.

Alex Corvis: Bueeeeno... [dice con tono engañosamente paciente] Hace un buen día.

Inus Theldaran: Maravilloso, si [masculla con el ceño fruncido]

Alex Corvis: Pues me extraña que las cejas no te lo nublen... ¿Qué te duele ahora?

Inus Theldaran: Ja ja [sin humor alguno] Nada.

Alex Corvis: Claro... [dice en el mismo tono de calmada indiferencia] Ahora entiendo eso de "pozo negro" * .

Inus Theldaran: Ah, me lo vas a recordar hasta el fin de mis días. [Resopla] No es nada. Lo siento. [su tono cambia, se vuelve tenso y mas bajo] No se por que ese tema me... pone tan nervioso últimamente.

Alex Corvis: ¿Qué tema? [con genuina curiosidad, mira al paladín con el mismo interés que mostraría un entomólogo por un raro insecto] ¿Lo de las mujeres?

Inus Theldaran: [meneando la cabeza, frunce de nuevo el ceño con aire fatalista y testarudo] Da igual. No importa.

Alex Corvis: Oh, vamos... [con tono cansino, poniendo los ojos en blanco, parece un tema manido para la extraña pareja] ¿Nervioso por algo natural?

Inus Theldaran: [suspira y se para] Para mi no es tan natural, Alex...

Alex Corvis: [se para a su vez, mirándole con no poca ironía] Pues no sé qué pensarás tú, pero tu espada no es natural. Tu armadura, tampoco. Ni tus conjuros. En cambio, ¿de dónde crees que saliste tú, aun piensas que fue de una semillita?

Inus Theldaran: Es una comparación un tanto rebuscada, no crees?

Alex Corvis: No. No es rebuscada. Cada vez que estás nervioso echas mano a la empuñadura de la espada.

Inus Theldaran: [se gira un poco con semblante ceñudo, haciendo intención de seguir camino] De todos modos no importa. No le demos vueltas al asunto. Solo... intento conciliar algunas cosas dentro de mi cabeza. Nada mas.

Alex Corvis: [su ironía parece diluirse un poco y lanza una prolongada mirada al kelemvorita, entrecerrando los ojos pensativo] Ya veo. Pues te aconsejaría que te apresurases... A lo mejor cuando te dé por ver con claridad, se te haya pasado el momento.

Inus Theldaran: No... [pronuncia despacio, bajando la mirada con algo parecido a vergüenza] no se pasara el momento... eso es parte del problema... [murmura finalmente con voz apagada, echando a andar]

Alex Corvis: [se queda un momento quieto, mirándole perplejo] ¿Cómo que parte del problema?

Inus Theldaran: Déjalo anda... [dice sobre el hombro, son semblante triste, sin dejar de andar hacia las ya visibles puertas de Imneskar] olvida que lo he mencionado siquiera.

Alex Corvis: Inus, ¿cuál es verdaderamen...? [abre los ojos como platos un instante] ¡Espera! [aprieta el paso hasta ponerse a la par con el guía fúnebre] ¿Que tú ya has...? [con cierta incredulidad]

Inus Theldaran: ¡Olvídalo! [levantando la voz por encima de lo normal, claramente incomodo]

Alex Corvis: Je, vale, lo olvido. [sonríe para si, con su ironía habitual, mientras menea la cabeza] Pues... Que sepas que me has tenido engañado todo este tiempo... quién se lo iba a imaginar. [pausa, es obvio que Inus hace todo lo posible por ignorar sus palabras mientras resopla y aprieta de nuevo el paso. La sonrisa de Alex se vuelve un poco mas cruel, como si encontrase un extraño placer en la incomodidad del paladín] Aunque realmente no era difícil verlo, pensándolo bien. [pensativo]

Inus Theldaran: [se gira alarmado] ¿¿Que??

Alex Corvis: Pues eso, [tan tranquilo] que no era difícil darse cuenta.

Inus Theldaran: ¿De que? [preocupado]

Alex Corvis: Inus, estoy casado. [con tono exageradamente paciente, como si hablase de algo muy obvio]

Inus Theldaran: ¿Y que? [francamente alarmado]

Alex Corvis: Y se os notan esas miradas, la preocupación, esas cosas que hacen todo evidente para el que sabe observar.

Inus Theldaran: [le mira petrificado] Uh...

Alex Corvis: Además... [sonríe, le palmea el hombro] Vamos, hacéis buena pareja.

Inus parpadea repetidamente, sin saber que decir, entre un “no se de que hablas” y un “tanto se nos nota”.

Inus Theldaran: Dioses [reaccionando al fin, pasándose una mano por la cara]

Alex Corvis: [se encoge de hombros] ¿Cuál es el problema, a ver?

Inus Theldaran: [le mira ceñudo, apartando la mano] En gran medida, es cosa de paladines. [con acritud y cierto sonsonete] Así que no lo entenderías.

Alex Corvis: Tonterías. [responde con absoluta tranquilidad] Estupideces enormes, grandes como castillos.

Inus Theldaran: ¿Lo ves? [echa a andar de nuevo ofuscado] ¡No se que hago hablando de esto contigo!

Alex Corvis: Pues yo sí.

Inus Theldaran: [gruñido por respuesta]

Alex Corvis: ¿Enumero las razones o te dejo ahogarte en tu propia cobardía e inseguridad? [despectivo] Puedes revolcarte en el barro de la estulticia si quieres, por mí no hay problema, Azotillo.

Inus Theldaran: No es ni cobardía ni inseguridad. [masculla] Parece mentira que me conozcas, Espadita. [con evidente retintín]

Alex Corvis: Si no te conociera, no te lo diría. Por otro lado... ¿Lo sabe ella?

Inus Theldaran: ¿El que? ¿Quien? [perplejo]

Alex Corvis: Eso. [señala con languidez al paladín]

Inus Theldaran: Eh... creo que no te sigo [parpadeando]

Alex Corvis: ¿Ves? [poniendo los ojos en blanco, algo exasperado] ¡Que estás así, que si sabe cómo te sientes!

Inus Theldaran: Claro que si, Alex. Porque ella se siente como yo [con un gruñido apenas audible. Se gira y camina de nuevo, con semblante sombrío]

Alex Corvis: O sea, [repone pensativo, echando a andar tranquilamente tras su compañero] que os sentís como un par de críos que se han dado el primer beso, pero no sois críos, y habéis pasado del beso hace rato. Entiendo

Inus Theldaran: Tus poderes de percepción nunca dejan de asombrarme [pronuncia con acritud, sin girarse]

Alex Corvis: ¿Sabes? [usando un tono deliberadamente ligero] Creo que veo perfectamente vuestro problema.

Inus Theldaran: [suspira con tristeza, deteniéndose] A ver. [le encara] Sorpréndeme.

Alex Corvis: No, si te lo dijera perdería la gracia. [con una sonrisa oblicua y aviesa] Si te lo dijera otra vez... Quiero decir.

Pausa larga. Inus mira largamente con semblante sombrío a su compañero, con el ceño profundamente fruncido, mientras este se limita a devolverle la mirada con la misma expresión llena de provocadora guasa.

Inus Theldaran: Si algún día pierdo mi condición de paladín, [dice al fin, despacio y con un tono ominoso] será por intentar retorcerte el gañote, Alex Corvis.

Alex Corvis: Ajá, [con tono ecuánime, echando a andar tranquilamente] pero hasta ese día, disfrútalo, si es que eso se disfruta.

Inus Theldaran: [gruñido inarticulado, mirada al cielo alzando las manos con los dedos engarfiados hacia arriba, en actitud de suplica] Kelemvor, dame fuerzas…

El aasimar echa a andar en pos de su compañero, y juntos comienzan a rodear la muralla de Imneskar hacía el noroeste, mientras el disco solar termina por hundirse en el horizonte. Ambos caminan silenciosos y con paso enérgico, acompañados por el tintineo de su equipo y armas.

Inus Theldaran: Alex [rompe el silencio al fin, con voz apagada]

Alex Corvis: ¿Sí? [con tono tranquilo]

Inus Theldaran: No se lo digas a Delia… ni a los demás.

Alex Corvis: Tranquilo, soy como un mu... como una tum... Vamos, que no diré nada.

Inus Theldaran: [esboza una leve sonrisa torcida] Gracias. [escuetamente]

Alex Corvis: Tonterías. [resopla] Es tu intimidad, al fin y al cabo, no es cosa nuestra.

Pausa, ambos siguen caminando mientras las últimas luces diurnas se apagan poco a poco.

Inus Theldaran: ¿De veras se nos nota tanto? [rompe el silencio después de un rato de caminar pensativo]

Alex Corvis: Sí, se os nota a leguas. [deliberadamente inmisericorde] Sea como sea, no importa. Yo no voy a decir nada más del tema, es cosa vuestra.

Inus Theldaran: [Asiente despacio y después de un rato de silencio, mira a su segundo con semblante serio, casi sombrío] Me preocupa ella, Alex. Mucho. Si tu te has dado cuenta... si alguien mas se da cuenta...

Frente a ellos, una figura emerge del bosque caminando con paso flexible y elástico, ajustándose una capucha de un tono marrón otoñal. Su delgadez y su estatura delatan su herencia élfica. Ambos hombres se detienen, pero no llevan las manos a lar armas, parecen reconocer a la recién llegada.

Kestal: [ladea el rostro unos segundos. Al cabo de un instante se acerca con pasos cortos] Buena luna y mejor noche al Azote. [saluda con una voz cristalina y cuidadosamente modulada, como la de un bardo]

Inus Theldaran: Buenas noches, señora. [inclina la cabeza con gravedad, usando para el saludo el tono sereno que le caracteriza en las situaciones formales]

Alex Corvis: Uhm, saludos, Milady. [con elegante desenvoltura, se lleva dos dedos a la frente como si inclinase un sombrero]

Ambos hombres intercambian una última mirada y después prestan atención a la elfa lunar, conscientes de que la conversación queda inacabada.

* Durante el momento álgido de su discursión en los pantanos de Amnagua, Inus acusó a Alex de ser “un pozo negro que todo lo traga sin dar nada a cambio”.



Dedicado a Gackt por las incontables horas de disfrute que su personaje me ha proporcionado a lo largo de estos meses. Estas pocas líneas no hacen justicia a la enorme cantidad de memorables escenas que hemos compartido. Pero algo es algo. :wink:
 

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
Registrado
2/11/07
Mensajes
180
Aunque he esperado a tener algo de tiempo para leerlo con calma, ha merecido la pena la espera y el tiempo dedicado.

Sin palabras me dejais, ambos, con una conversación ingeniosa y divertida. Y aún poniendo contra las cuerdas de la moralidad a nuestro abuelo albino, sigue resultando de lo más divertido, y sobre todo humano.

Enhorabuena a los dos, y buenas lineas jefe.
 

Liselle

Campero de tiendas
Registrado
1/8/09
Mensajes
95
INTERLUDIO: DETERMINACIÓN

Es curioso los quiebros que nos encontramos en el camino de la vida. Pensamos que nuestra senda va a discurrir en una dirección hasta que aparece una encrucijada y debemos detenernos y decidir que rumbo tomar.

En mi caso esa decisión fue tomada en el mismo momento en el que él me aceptó entre sus brazos. El fuego que surgió abrasó los últimos fragmentos de la fría coraza que me envolvía, convirtiéndolos en cenizas, dejándome vulnerable e indefensa pero libre a su vez.

Libre para sentir.

Libre para amar.

Libre para aceptar un compañero de viaje con el que recorrer la severa senda del Juez.

Sé que no va a ser fácil. Cuando le miro a los ojos puedo ver reflejado en ellos ese sentido del honor y del deber tan férreamente inculcados desde su infancia en el Pináculo, y sobre todo sus miedos, sus temores y el profundo sentimiento de culpa que alberga su espíritu. Todo cuanto una vez lo llevó a rechazar el amor que le ofreció Arteris.

Es cierto que el amor nos hace vulnerables ante nuestros enemigos, y no son pocos los que Inus ha encontrado a lo largo de sus años al servicio al Señor de los Muertos. Soy consciente de que mi presencia y sus sentimientos hacia mi lo debilitan De la misma forma sé que siente miedo a que su amor me hiera como antaño sucediera con la dama de los cabellos de fuego, y temo que tal vez trate de apartarme de su lado.

Y al sentir ese temor, noto que algo se inflama en mi interior. Y resuenan en mis oídos las estrofas casi olvidadas de aquella vieja canción, pronunciadas por un viejo bardo cuyo nombre ya no recuerdo, en una vida que quedó ya muy atrás…

“Cobarde es el que no defiende
lo que su corazón reclama
y blandiendo su arma entiende
que morirá por lo que ama”


Defenderé con mi propia sangre todo cuanto le ha da dado un nuevo valor a la vida. Porque ahora por fin, por primera vez entiendo. Porque ahora por fin, sin quererlo, sin buscarlo, he descubierto lo que es amar.

¡Ayudame oh Kelemvor! Hazme digna de él como lo soy de empuñar las armas en Tu Nombre. Conviérteme en su mayor fuerza… como lo es ya el para mi. Si el es tu espada fiel, yo seré tus ojos y oídos, si el es tu fría furia, yo seré tu quedo susurro. Si el es la llama que arde en el campo de batalla, yo seré la sombra invisible que nunca verán llegar… Y los que sueñen con hallar en mi su punto débil no volverán a despertar. Jamás.
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
CAPITULO VI: LA PROMESA

Los meses se suceden con su implacable devenir, mientras el Azote continua luchando en varios frentes con sus escasos efectivos. Al mismo tiempo, el romance entre el Azote y la batidora arde con creciente llama en las sombras, sin que nadie, aparte de la Espada, sospeche aun de su existencia. De mutuo acuerdo ambos han escogido mantenerlo en secreto, para no poner en riesgo la vida de Iria y para que los muchos enemigos del Escuadrón no usen su relación como arma.

A pesar de ello, un tenso encuentro con un vampiro tan sigiloso como mortífero en las minas de la capital, lleva a Iria a tomar una dura determinación, decidida a conservar a Inus a su lado sin debilitarle y sin sufrir el destino de Arteris, que aun agoniza en el Hospicio de San Annur. Pacientemente, espera la oportunidad adecuada para hablar con el Azote...


Sala del Juez, una tarde lluviosa de principios de invierno.

En el interior de la sala reina la semipenumbra habitual, tenuemente iluminada por algunas teas y por la llama tililante de una vela que ilumina el trabajo de una joven de cabellos azabache. Inclinada sobre la Mesa de Lápidas, trabaja con denuedo en un pergamino, con el semblante serio de quien esta concentrado en su labor.

A su alrededor, reina un metódico desorden. Anaqueles llenos de pergaminos cuidadosamente etiquetados, estantes con libros manoseados, mapas de todo tipo con cintas, arfileres e hilos marcando posiciones, rutas, pautas, avistamientos. El conocimiento del Azote reunido en una cripta sellada, siete años de informes cuidadosamente archivados. El corazón del Escuadrón, la Sala del Juez. Y junto a la entrada, el altar dedicado al patrón de los Segadores, Kelemvor, irradiando una tenue aura de un frío color blanquecino.

La quietud de la Sala se ve interrumpida por el súbito crujido de la puerta, que se entreabre con un largo chirrido. Iria se sobresalta visiblemente, rompiendo con un crujido la pluma que estaba usando al apretarla con demasiada fuerza sobre el pergamino. La tinta mancha su mano, dejando una oscura marca sobre la pálida piel.

Inus Theldaran entra en la sala, retirándose la capucha de su Manto, que esta por completo empapado. Sus botas y el borde del capote están manchados de barro del camino.


Inus Theldaran: Iria...[pronuncia con voz queda, en el tono grave que le caracteriza. Ella alza la cabeza apartando la mirada de los restos de la pluma, mirándole aun sobresaltada. El aasimar se quita con alivio sus guanteletes, cambiando el peso de un pie a otro con cierto aire avergonzado] Lo siento. No quería sobresaltarte. [esboza una tenue sonrisa] No esperaba encontrar a nadie aquí a estas horas...

Iria Lunanegra: No ha sido nada... [su rostro se relaja, y a sus labios asoma una sonrisa] estaba concentrada en este informe. Precisamente... [le mira con intensidad] quería hablar contigo

Inus alza las cejas con curiosidad, y se aproxima mirando en derredor para comprobar si hay alguien mas en la sala. Tras determinar que están solos, se acerca a la Mesa de Lapidas con pasos tranquilos, dejando sobre ella sus guanteletes. Se desprende de la capa, dejándola sobre el sitial del Azote, y luego rodea las lapidas de granito para curiosear el pergamino sobre el que trabajaba la kelemvorita.

Al leer por encima su contenido, su semblante se ensombrece un poco, sin que ello pase desapercibido a la atenta mirada de la batidora.


Inus Theldaran: Nuestra patrulla por los túneles... y el encuentro con esa criatura que se movía como una sombra... [con un tono de voz serio]

Iria Lunanegra: [asiente sin dejar de observarle] ¿Por que no tomas asiento?

Inus Theldaran: [entrecierra los ojos y asiente a su vez, apartando la mirada del manuscrito] Bien, si... así lo deseas.

Parece un poco desilusionado, pero no añade palabra alguna, y con un suspiro se yergue de nuevo, alejándose unos pasos para tomar asiento en el pesado sillón de madera que otrora Orpheo le regalara, una pesada pieza de artesanía que Inus suele encontrar ostentosa, comparada con los sencillos asientos de sus subordinado. Quizás el notar esa velada desilusión, Iria se pone en pie tras dudar unos instante, y se acerca a el.

Inus Theldaran: [Alza las cejas al elevar la mirada hacia ella con cierta inocencia] ¿Um? ¿Pero no me has dicho que...? [sin mudar su semblante, serio y grave, ella se sienta en el regazo del Azote, pasando un brazo sobre sus hombros. El guía fúnebre se queda un momento rígido y luego la sostiene desmañadamente. Finalmente consigue esbozar una sonrisa algo nerviosa.]

Iria Lunanegra: Y estás sentado ¿no es cierto? [contesta ella sin perder esa serena seriedad tan suya]

Inus Theldaran: Visto así... [claudica con tono sufrido, encogiéndose de hombros aun algo rígido]

Con pausada calma, Iria enreda su mano en los blancos cabellos del paladín, jugeteando con ellos: La incomodidad del aasimar parece aumentar por momentos.

Inus Theldaran:[carraspea] Iria [serio] si entrase alguien ahora... [desviando la mirada hacia la puerta]

Iria Lunanegra: ¿Te refieres a Alex o Delia? [impasible, sin soltar sus cabellos]

Inus Theldaran: Uhm... [la mira, pensativo] Si, supongo que si. O… [frunce el ceño con preocupación] algún caballero...

Iria Lunanegra: Alex y Delia están fuera de Akthatla [con tono calmo] Y los caballeros no suelen asomarse a esta sala, Inus. Relájate. Solo quiero hablar contigo. [fija su mirada en el, una mirada seria que no admite discusión, con una expresión tan seria como pensativa]. Inus... [en ese tono que a veces emplean las mujeres que provoca que un hombre fije en ellas toda su atención]

Inus devuelve la mirada y al perderse en sus ojos verdes su tensión parece disiparse poco a poco, hasta que inconscientemente, alza una mano y coloca de nuevo un mechón rebelde en el flequillo de ella tras su oreja.

Inus Theldaran: Dime [casi con un susurro ronco]

Iria Lunanegra: Desde aquel encuentro en las minas... [habla con tono quedo, mira de reojo el informe. Al romperse la pluma una mancha de tinta cubre parte de él] Llevo días dándole vueltas a un pensamiento que me atormenta.

Inus Theldaran: [su semblante se ensombrece levemente] Dime de que se trata

Iria Lunanegra: [tarda un instante en responder, parece buscar las palabras adecuadas, sin dejar de acariciarle el cabello] Aquel vampiro.... uhmmm ¿lo conocías? El parecía conocerte a tí.

Inus Theldaran: [frunce el ceño, dejándose hacer con semblante taciturno] No, no le conocía... pero es normal que ellos sepan de mi. Somos tan pocos... y mi posición es publica.

Iria Lunanegra: [asiente con gravedad] Durante unos instantes clavó su mirada en mí... y.... [su voz se apaga poco a poco, se produce una pequeña pausa, mientras ella baja la mirada]

Inus Theldaran: Si... me di cuenta. [sombrío] Iria... [pone una mano en la mejilla de ella, atrayendo su atención] si llega a saberse que... si se enteran de que... [busca las palabras con voz ronca]

Iria Lunanegra: Tarde o temprano se sabrá, Inus. Ambos lo sabemos. [pronuncia las palabras con sosiego, devolviéndole la mirada] Por eso... si decidimos estar juntos.... [parece que le cuesta encontrar palabras con las que plantear la cuestión] quiero que me hagas una promesa.

Inus Theldaran: [aparta la mirada con semblante pétreo] Iria [con voz ronca] es por esto por lo que... deje a Arteris... Si te hacen daño... yo... [la mira a los ojos, haciendo una pausa, su semblante se endurece, y habla despacio, con voz ronca e implacable] Arrasaría cielo y tierra, Iria. Hundiría la ciudad sobre sus cabezas.

Iria Lunanegra: Yo no soy Arteris [con una frialdad algo brusca, y un relampagueo en su mirada aguamarina] Déjame terminar... por favor.

Inus cierra los ojos como si le hubieran dado con un martillo. Los abre a continuación, con semblante sombrío, y asiente despacio, rígido.

Iria Lunanegra: Yo he entregado mi vida a esta causa, con o sin tí. Y es un riego que he decidido correr por propia voluntad. Por mis propios motivos. [su voz se vuelve más suave, consciente de la brusquedad con la que ha hablado anteriormente] Lo que quiero que me prometas...

Pausa. Ella le mira atenta a los ojos, buscando las palabras, mientras Inus la contempla expectante.

Iria Lunanegra: Lo que quiero que me prometas que si llega el día en que traten de utilizarme contra tí... [toma aire] ..no vacilaras en hacer tu trabajo, Azote. [la expresión de Inus se torna incrédula, pero ella prosigue imperterrita] Aun a pesar de lo que ello pueda implicar.

De nuevo, silencio. Ella parece esperar su respuesta mientras el aasimar asimila lo que le esta pidiendo.

Inus Theldaran: ¿Que... [con voz ronca] que me estas pidiendo Iria? [dubitativo al principio, su voz cobra ímpetu poco a poco, mientras evidencia su rechazo ante esa idea] No puedo abandonarte a tu suerte. Sabes que antes me ensartaría en mi propia espada.

Iria Lunanegra: Lo que te pido… [con tono quedo] … es que nunca te sacrificarás por mi, Inus. Que nunca elijas entre deber y... [pausa, toma aire] ... y yo.

Inus aparta la mirada, con semblante pétreo, mientras ella prosigue en el mismo tono. El dolor que la produce decir esas palabras es obvio, pero por encima de ese dolor queda la entereza con las que las pronuncia, en el mismo tono quedo y serio.

Iria Lunanegra: Quiero saber que permaneciendo a tu lado no te hago más vulnerable, Inus. Por eso tienes que prometerme que no vacilarás... [clava una intensa mirada en él. Sus últimas palabras son casi una súplica]

Otra pausa, mas larga. La mirada de Inus parece perdida, vagando por la sala sin ver. Su semblante pétreo se deforma lentamente hasta formar una mascara mortecina y triste. Por fin, alza de nuevo los ojos hacia ella.

Inus Theldaran: ¿Y... y si no puedo? [dice con voz enronquecida, llena de amargura]

Iria Lunanegra: Entonces.... [cierra los ojos, bajando la cabeza] ... no deberíamos estar juntos.

El rostro del aasimar se contrae ante esas palabras. Cierra los ojos a su vez, como si le hubieran clavado algo en el pecho. En su mandíbula tensa se aprecia lo terrible que es para el tomar semejante decisión. El silencio se alarga durante dolorosos segundos.

Iria Lunanegra: Inus [susurra, con una voz cargada a un tiempo de dolor y cariño] cada vez que patrullásemos juntos... solo podría pensar en que mi presencia te pone en peligro. [alza la cabeza, le mira nuevamente] Y no se si puedo soportarlo.

La muchacha alza sus manos, acariciando con ellas el níveo rostro del aasimar, para sostenerlo después con infinito cariño, obligándole a mirarla. Inus abre por fin los ojos, devolviéndola la mirada.

Iria Lunanegra: Quiero caminar junto a ti sin temor [susurra, con un tono que parece hacer estremecer al guía fúnebre]

Inus Theldaran: Lo entiendo Iria. [responde, con palabras lentas y voz algo ronca, pero mas clara y firme] Lo entiendo. Creo... que tienes razón... que [pronunciar las palabras le cuesta tanto que estas suenan cada vez mas forzadas, y su tono desciende hasta convertirse en un áspero susurro] no hay otro modo...

Iria Lunanegra: Entonces... [con tono quedo, sosteniendo aun su rostro] prométemelo.

Pausa. Inus inhala largamente, reuniendo fuerzas para pronunciar las palabras.

Inus Theldaran: Te prometo que... [en un tono ronco y forzado, como si cada palabra se atascase en su garganta] me atenderé al deber. Y que... [aparta los ojos, incapaz de sostener la mirada de ella mientras pronuncia las últimas palabras, y su voz suena aun mas ronca, dejando escapar con dificultad las palabras con la mandíbula apretada] no me sacrificare por ti.

En el silencio que sigue, Iria asiente satisfecha con la respuesta, aunque su rostro permanece grave. Los ojos del aasimar quedan prendidos del vacio, con la misma expresión dolida y sombría. Los cierra de nuevo un instante, con cierto abatimiento, y luego los abre de golpe, con una extraña determinación pintada en ellos.

Inus Theldaran: Pero... [la mira de nuevo, con semblante duro] Tu has de prometerme lo mismo a mi.

Ella le devuelve la mirada, sin parpadear, no parece sorprendida. Asiente por fin despacio.

Iria Lunanegra: Es justo. [toma aire y separa los labios para hablar... pero no sale palabra alguna de ellos, duda unos largos instantes. Toma las manos de el, apretándolas como si ello le diera fuerzas. Por fin, inspira profundamente, la mascara de porcelana que es su rostro marcada por una expresión no muy distinta de la del Azote. Hay en ella dolor y determinación por igual] Inus Theldaran, te prometo que me atendré al deber y que... [esta parte parece costarle aún más] no me sacrificaré por ti.

Tras ello suelta las manos de Inus y le sostiene nuevamente el rostro, mirándole a los ojos un largo instante, que ambos comparten en silencio. Después la muchacha acerca sus labios a los de él y le da un largo y cálido beso. El aasimar lo acepta con torpe sorpresa al principio, que viene seguida de la avidez que suele salir a relucir cada vez que han pasado tiempo separados. Aprieta a Iria contra si, olvidando quienes son y donde están, y por unos segundos todo lo que importa es ella y ese beso.

Iria se deja arrastrar por el torbellino que se desata cada vez que tienen la oportunidad de estar a solas. Se aferra al cuello del Azote con fuerza, pegándose a el con pasión, mientras el beso de Inus la abrasa como el fuego devora la leña.

Por fin, Inus parece recuperar parte de su aplomo, recordando que se hallan en lugar sagrado, y la aparta muy despacio, con delicadeza pero de manera inflexible.


Inus Theldaran: Este... [susurra con un tono calido, dejando atisbar el comienzo de una leve sonrisa] no es lugar para esto... Segadora.

Ella se separa con evidente desilusión. Sin embargo, al mirarle a la cara sonríe como una niña que acaba de hacer una travesura. Con ademán juguetón, desliza los dedos sobre las pálidas mejillas de el.

Inus Theldaran: Me vas a volver loco, niña. [con un susurro ronco]

Iria Lunanegra: Aún puedo hacerlo mejor... [susurra ella a su vez, con voz insinuante]

Inus Theldaran: [Se pone rígido de nuevo] Iria Lunanegra, voy a tener que pedirla que se comporte [intentando poner voz severa]

Iria Lunanegra: Mi señor Theldarán, es muy severo conmigo [con una vocecilla inocente que no engaña a nadie]

El Azote frunce el ceño y de repente, sin previo aviso… la da un pellizco en el trasero para obligarla a levantarse.

Iria Lunanegra: ¡Auggg! [alza las cejas realmente sorprendida y se incorpora con un respingo, tan ágil como siempre, para soltar a continuación una carcajada] ¿Pero que estoy haciendo contigo? Mírate... dando pellizcos en el trasero a las damas... ¡Que impropio de un caballero!

Inus Theldaran: Termine su informe Segadora. [con el severo tono de un oficial al mando] No se haga la inocente conmigo. Se de sobra como de inocente es [sin poder contener una leve sonrisa, y una mirada brillante]

Iria mira el informe y se percata por vez primera de que se ha echado a perder. Tendrá que comenzarlo de nuevo. Suspira con cara de circunstancias. Inus la mira con la misma sonrisa, entre queda y divertida, mientras ella se aparta con un mohín. El Azote toma algunos papeles atrasados de la mesa, en un intento por parecer ocupado, pero no puede evitar echarla vistazos de cuando en cuando. La batidora toma asiento con resignación, le lanza una mirada de odio fingido, y empieza el informe en un pergamino nuevo.

Pronto, el sonido de la pluma deslizándose de nuevo sobre el pergamino llena la sala. Sin embargo, la Segadora Iria Lunanegra ya no escribe con el mismo semblante de grave seriedad que la caracteriza. Sus labios se curvan en una enigmática sonrisa y sus ojos verdes brillan con regocijo.

Sobre las blancas mejillas del Azote han quedado unas oscuras y claramente visibles manchas de tinta.
 

Liselle

Campero de tiendas
Registrado
1/8/09
Mensajes
95
INTERLUDIO: LA MARCA DE UNA PROMESA


“Te prometo que me atendré al deber y que no me sacrificaré por ti. “

El frío acero laceraba mi piel. No había escuchado sus silenciosas pisadas mientras se deslizaba sobre la húmeda hierba del camposanto. Protegido por un conjuro de invisibilidad se había acercado a mi espalda, sibilino, como una serpiente al acecho de su presa. Tan solo cuando sentí el filo de la hoja apretada contra mi cuello desvié la mirada del individuo que se asomaba a las puertas de acceso a las criptas y la dirigí hacia Inus. Solo él podría interpretar el significado de aquella mirada.

Sabía que este día llegaría. Tarde o temprano la promesa que nuestros labios habían sellado nos pondría a prueba. Era momento de demostrar que no eran palabras huecas, vacías, palabras para aliviar pesares, que luego la suave brisa arrastra con ella.

El pálido kelemvorita reconoció a la sombría figura que permanecía junto a la puerta. Un encuentro en las galerías más profundas de las lóbregas criptas, según él mismo reveló.

Noté como el individuo que me mantenía presa tironeaba de mí, intentando arrastrarme a la arcada de entrada, para llevarme junto a su compañero. Rápidamente el paladín se interpuso en su camino.

- Aparta. Soy mucho más rápido que tú.- Siseó junto a mi oído una voz cruel, con un exótico acento que no pude reconocer. En ese momento sentí como la hoja se deslizaba por mi garganta, y como se humedecía mi piel allí por donde la sangre resbalaba. Entrecerré los ojos asumiendo que todo había concluido. Que pronto me sentaría ante el Juez aguardando mi sentencia.

- No te la vas a llevar, drow.- Las palabras de Inus resonaron heladas, cargadas de funesta amenaza. – Ni ahora ni nunca. Si la matas, la alzaré de nuevo después de que seas ceniza y polvo.

A pesar de que era incapaz de moverme, los músculos rígidos por la tensión, o emitir sonido alguno, sintiendo un nudo que atenazaba mi garganta, sonreí para mis adentros. No me había fallado. Podría haber intentado disuadirlos, negociar, ofrecer algo a cambio de mi vida. Sabía que en otras circunstancias hubiese barajado esa posibilidad. Pero cumplió con su promesa. No se arredró. Conociéndolo sabía que su amenaza era vana, pues solo si obtenía el permiso de Kelémvor osaría traerme de vuelta. Pero eso no importaba. Al menos no para mí. Le aguardaría tras la Última Puerta, si es que mi servicio había concluido ya.

La ponzoña con la que estaba untado el filo de la daga comenzaba a hacer efecto. Me iba debilitando poco a poco. Las fuerzas me abandonaban, y mi vista comenzaba a nublarse. El suelo parecía moverse bajo mis pies y todo comenzaba a dar vueltas a mi alrededor.

La calidez de los primeros rayos de sol acarició mi piel, aunque yo apenas sentía ya nada. Y precisamente aquellos rayos que con agrado me envolvían, debilitaban a su vez a mis verdugos. El poderoso astro acababa de inclinar la balanza a nuestro favor. Cegados y vulnerables, conscientes de su delicada situación, me soltaron desapareciendo con rapidez en la oscuridad del subterráneo.

Lo último que recuerdo es que me llevé la mano al cuello, tratando de detener la hemorragia, antes de desfallecer en sus brazos.

.....................................

Distintas magias me fueron aplicadas para eliminar la sonrosada cicatriz que llevo. Sin embargo, ha sido imposible borrar su rastro, y permanece indeleble en mi cuello, tal vez como símbolo de aquella promesa que nuestros labios sellaron. Quien sabe...
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
Registrado
27/2/09
Mensajes
265
Edad
48
CAPITULO VII: EL DEVORADOR

Una sombra se cierne sobre Amn, una sombra tan densa, terrible y poderosa que sus alas se extienden lentamente, amenazando con cubrir todo Töril en una oscuridad perpetua. Del abismo del tiempo ha surgido una amenaza primigenia que los mismos dioses teman. Ha despertado del Devorador de Almas y si no se le detiene consumirá todo y a todos.

En una frenética carrera contra el tiempo, el Azote pone en marcha todos sus recursos y en conjunción con agentes libres como Ayrin Saydin, la dama Kestal y su Hermandad Argéntea, la alquimista Darwi Orade y la sanadora ilmaterita Auriel, sigue el fino hilo de pistas que conduce desde el antiguo lugar de encierro de al criatura hasta los medios para contenerla de nuevo en una prisión similar a aquella que jamás debió abandonar.

Mientras tanto, el ser ha crecido en poder y fuerza, y se ha encerrado en un capullo para su maduración final, tras la que podrá consumir todo lo que existe. Haciendo acopio de todas las fuerzas posible, los campeones de Amn parten para luchar en la batalla en la que todo quedará decidido. Teleportandose a los bosques de Tezhyr, se abren paso entre los guardianes del Devorador hasta penetrar en la caverna donde el Devorador duerme sus ultimas horas antes de renacer...




La columna armada avanza por la caverna, mientras la temperatura parece volverse cada vez mas gélida. Blancas volutas de aire escapan de los labios de los hombres y mujeres que conforman la heterogénea fuerza, mientras miran en derredor. Unos sombríos, fatalistas, con miradas implacables. Otros con ojos desorbitados por el miedo a lo que han venido a buscar, y cuanto significa la derrota. Y otros pocos, como buenos aventureros inconscientes, sonrientes y nerviosos, parlanchines como reclutas en su primer reemplazo. La testa vacía y el corazón sediento de gloria.

A la cabeza destacan las níveas vestiduras de los caballeros de la Orden, siempre dispuestos, siempre los primeros en encarar el peligro. Los yelmos calados impiden ver sus expresiones y les confieren cierto aire de golems mecánicos. Solo cuando Sir Aldaris o Sir Kheynam se detienen a exhortar a avanzar, intentando reforzar el valor de sus camaradas, parecen cobrar algo de vida. Y entre todos ellos, ondea en la brisa helada de aquella galería sepulcral, el Manto Negro de Inus Theldaran, Azote de los Muertos.


Un año de pesquisas y esfuerzos, un año de penalidades, de tirar de unos y otros, de hacer lo posible por mantener una coalición unida, al fin habían llegado a la recta final. Disponían de los medios, y del conocimiento necesario, para poner fin a una amenaza como no había enfrentado antes Töril. Un ser capaz de destruirlo todo y a todos, incluyendo a los propios dioses. Había sido una frenética lucha contra el tiempo y ahora los últimos granos de arena se deslizaban por el reloj. Los Últimos Días llegaban a su fin y si fracasaban no habría una segunda oportunidad. El Devorador debía ser encerrado en su prisión de nuevo.

Se detiene un instante, para contemplar el avance de la columna. Entre las figuras embozadas en las capas, avanza sombrío e impasible Alex Corvis, con su semblante aguileño y sus ojos como carbones reflejando la determinación del semielfo. A su lado marcha, una flecha puesta en el arco, Delia. Serena, alerta. Profesional. Y a su diestra, arco en mano también, Iria.

Iria...

¿Cuanto tiempo ha pasado desde que rozó sus labios por vez primera? El devenir de los días parecía haber pasado fugaz como una centella y a la vez, lento como el devenir de las aguas del Alandor antes de morir en el mar. Tenerla tan cerca, saber que compartía sus sentimientos, comprender que su respaldo era tal que le había obligado a realizar aquel juramento. Y al mismo tiempo, el necesario secreto, las responsabilidad, sus obligaciones como líder y caballero honorifico, como líder religioso. Parecía estar al tiempo tan cerca y tan lejos, y eran tan pocas las ocasiones en las que podían estar a solas...

Y sin embargo, ella no se quejaba. Peleaba, cada día mejor, en la guerra que libraban en las sombras, como un soldado obediente y mortífero. Ya no quedaba mucho de la jovencita que acudió a el como mensajera del Pináculo, siendo aun una Doliente. En su mirada impávida y en su caminar felino, elástico, se delataba la cazadora en la que se había convertido. Silenciosa y mortal como una pantera de Chult. Era ya una verdadera Segadora y no pudo sino asombrarse un poco al comprobar que ese pensamiento le llenaba a un tiempo de orgullo y tristeza...

Y no poca culpabilidad.

Si alguna vez esa muchacha había tenido la posibilidad de vivir una vida sin el horror y la oscuridad, se había desvanecido por completo al unir su destino al de el.

Con todo y con ello, si era cierto que Töril y toda la existencia conocida podía irse al Hades, amar a aquella mujer no era sino una motivación mas, una nueva, por encima del deber del caballero, del credo y los preceptos, del honor y la obligación. Solo por ella, solo para que esos ojos esmeraldas vieran otro amanecer, asaltaría las puertas del Abismo con un cubo de agua.

De repente, la tierra tiembla con estruendo, y algunos cascotes caen del techo. El guía fúnebre se gira presto, mientras Sir Aldaris grita una advertencia. Ante ellos, el túnel se abre en una inmensa caverna donde el aire parece aun mas gélido. Y avanzando hacia ellos un ser titánico, colosal, con una piel negra como la obsidiana y ojos rojos como ascuas ardientes. Tan gigantesco y terrible que el primer temor de todos es que hallan llegado tarde. Que el Deborador ya ha despertado.

Pero no. Entre el colosal arco de las piernas inmensas del ser, se distingue un extraño capullo, palpitante, del que parece emanar una luz blanquecina, fuente del aire helado que parece inundar todo el complejo de cámaras. La crisálida de la que surgiría la perdición de todo. Y ante ella, su último guardián que con sus tremendas pisadas hacer que todo tiemble a su alrededor.


Sir Aldaris Nitram: ¡Cargad! [Brama el capitán del Escuadron Argénteo, alzando su espada sobre su cabeza.] ¡Por la Triada y todo lo que amáis, cargad!

Los caballeros no necesitan que se lo digan dos veces, se precipitan adelante las armas listas. Es el suyo un valor que nace del desconocimiento del miedo, insensato pero inspirador. Bramando sus propios gritos de guerra, los demás les siguen y sobre las cabezas de los que se lanzan contra el guardián, arrecian flechas y conjuros que convierten el aire en una cortina luminiscente.

Inus Theldaran: ¡En abanico! [grita, variando su trayectoria, intentando hacerse oir por sus hermanos] ¡Dividíos y rebasarle o nos estorbaremos unos a otros!

Unos le oyen, otros están ensordecidos por las explosiones de las bolas de fuego y el atronador avance del ser. Algunos siguen su ejemplo, desviándose a los lados. Los mas se lanzan de frente, las armas prestas, el nombre de sus dioses en los labios. Y se produce el choque.

Como una ola estrellándose contra los acantilados, los campeones de Amn golpean las piernas del coloso, las espadas descienden hendiendo la carne corrupta. Pero son como gotas de lluvia golpeando una montaña. La dura piel repele metal y conjuros por igual, y con sus inmensos puños la bestia gigantesca barre y aplasta a los atacantes.

Empujado a un lado por el vaivén de la contienda, Inus contempla con impotencia como el Guardia despedaza entre sus enormes manos a un león de Misnor, que aun en la muerte se debate intentando hundir inútilmente su lanza en aquella piel de obsidiana. Mira a su espalda y contempla con horror como finas grietas comienzan a recubrir el capullo. El tiempo se agota.

Clava Hoja de Luz en el suelo, y toma su símbolo sagrado entre sus dedos. Pocas son la veces que se ha atrevido a elevar la plegaria que se dispone a usar. Algo atávico en el teme y ansia a un tiempo, le impone una prohibición tacita sobre su uso. Demasiados recuerdos, demasiada tristeza. Demasiada sed de justicia, demasiada melancolía por lo negado desde su niñez, hallado en la madurez, perdido de nuevo al poco. Porque cada vez que ha contemplado a los Ángeles del Juez, a los Mensajeros de la Muerte, en su pecho se ha abierto la herida nunca sanada de la muerte de su madre.

Pero ahora debe apartarlo todo. Concentrarse. Concentrarse. Los gritos de agonía atruenan a su alrededor, el metal rasgándose como simple pergamino. Sangre que cristaliza en el aire como la nieve por el frío helado. Frío. Concentrarse. Todo desaparece mientras tras sus parpados cerrados sus ojos ambarinos se encienden. En su interior las palabras que murmura resuenan con el eco de puertas abriéndose. Las puertas de un poder por prudencia contenido. Una a una son abiertas y al fin, al otro lado, aguarda un rostro de belleza hiriente y pureza absoluta.


Inus Theldaran: Ven a mi, Ángel del Juez [musita, abriendo los brazos.]

El suelo tiembla cuando las columnas de luz se alzan cegadoras. Un ruedo de alas batiendo llena el aire, y muchos alzan la vista con la sorpresa pintada en sus rostros manchados por la sangre que parece nevar sobre ellos. Un portal riela en el aire, suspendido en la luz y por su arco deslumbrante se entreve...

Con sus enormes alas extendidas, el Mensajero de la Muerte aterriza en el suelo con una ligereza impropia de su estatura, el doble de la de un hombre. Cubierta por una armadura dorada que parece emitir una luz propia, cegadora, que apenas permite entrever su contorno, la figura femenina de imposible belleza se alza, implacable como el Juicio que representa. Su rostro de mármol blanco, impasible, se inclina despacio, mirando con unos ojos dorados, inhumanos, a aquel que la ha convocado.

Nota su garganta seca, pero se obliga a hablar, apartando el dolor profundo, la admiración extatica. Inclina la cabeza, como haría un soldado ante su superior, y su garganta por fin libera las palabras con voz ronca.


Inus Theldaran: Auxílianos en esta hora oscura, Mensajero de la Muerte. [musita con palabras lentas y claras]

La deva asiente con firmeza, y sus ojos dorados giran para contemplar al coloso que barre y destrulle. Y entonces el sonido de la batalla parece atronar de nuevo, la realidad vuelve a inundar los sentidos del sacerdote. El Angel bate sus alas alzando el vuelo.

Y todo comienza.

Como un meteoro de brillante luz, el Mensajero de la Muerte se estrella contra el coloso. El mandoble ardiente golpea a la criatura, hendiendo la carne de su pecho y hombros. El combate parece tomar un nuevo rumbo, el titan da dos pasos atrás, los atacantes arrecian en su esfuerzo, las voces cobran nuevo animo.

Pero como un hombre apartaría una mosca, el guardián del Devorador corta el aire con una inmensa mano, arrojando lejos de el a la deva con un impacto estrepitoso que sacude el aire. La extraplanar choca contra la pared de roca con un sonido horrendo, de huesos rotos y metal astillado.

Inus nota que algo se quiebra en su interior y los atacantes también vacilan. Un pie gigantesco barre el suelo y los hombres vuelan por los aires. El frío parece morder la piel hasta llegar al corazón, la duda brilla en los ojos de los que aun aguantan en pie.


Sir Aldaris Nitram: ¡No defallezcais! [ruge con voz potente, el semblante crispado por la determinación] ¡Por Amn, luchad! ¡LUCHAD!

Alzan sus espadas los caballeros que quedan, dispuestos a darlo todo aun en la derrota. Con semblante fatalista y ojos duros como la misma piedra, Inus arranca su espada del suelo, dispuesto a unirse a sus hermanos. Alza sus ojos y entre las flechas que vuelan y los conjuros que hacen crepitar el aire, distingue el rostro de ella.

Iria le devuelve la mirada, como si pudiera sentirla. Sus ojos brillan al contemplarse desde una distancia que parece infinita, húmedos por una emoción que por la naturaleza de ambos, jamas podrán evidenciar. Despacio, con semblante firme, ella asiente una única vez. El comprende. Asiente a su vez. Alarga su mirada solo un poco mas, guardando ese rostro en su memoria, en ese instante congelado en el tiempo en el que su belleza jamas le pareció tan dolorosa y pura.

Y después, carga.

Aldaris cae, una mano enorme le lanza por los aires apartándole del combate. Kheynam arroja su escudo, comienza a golpear las piernas como lo haría un leñador, la espada asida con ambas manos. Inus le imita, sintiendo en sus huesos cada impacto de su arma, esperando el momento de...

El mundo se vuelve del revés, en una ola de dolor. El suelo cubierto de cadáveres parece danzar bajo sus ojos y luego acude a recibirle. Se estrella contra el, y el dolor de nuevo sacude todo su cuerpo. Queda tendido sobre el suelo. Se estremece, alzando la vista, aturdido. Sacude el rostro, tose sangre. Abre los ojos, un pie inmenso se alza sobre el. La voz de Alex suena lejana, llamándole desde una distancia imposible. Es el fin.

De repente, un rugido de agonía atroz sacude la sala, el pie se tambalea, se aparta. El coloso, como un inmenso árbol herido en su tronco, parece inclinarse lentamente. De su rodilla, emerge ardiente la espada de la deva, que con una expresión de furia implacable, sus alas rotas y su armadura destrozada, empuja y retuerce el filo celestial con el que ha atravesado la inmensa pierna. Y con el estrépito de un edificio al derrumbarse, el coloso cae.

Aun no esta vencido, empero. Se retuerce por el suelo, bramando, gritando como una bestia moribunda. Sus enormes manos se cierran sobre la culpable de su agonía. A pesar de toda su fuerza, el Ángel de la Muerte no es rival para el, y con voz argéntea grita también de dolor mientras es aplastada inexorablemente.

Con un grito de guerra que casi parece el rugido del depredador de su enseña, Gemto se alza con su armadura destrozada, sosteniendo su guadaña con ambas manos, alzándola sobre su cabeza. Con un sonido chirriante, el arma corta el aire y el filo mágico, empujado por la voluntad desesperada y maestría de quien lo empuña, hiende la carne corrupta. La mano amputada se desprende del brazo y la bestia ruge de dolor una vez mas. La espada de Kheynam se clava en uno de sus ojos, perforándolo, veinte aceros muerden su piel sin piedad, como lobos acosando a un gigantesco oso. Sobre el pecho se sube el Ángel de la Muerte, y alzando su mandoble lo hinca con todas sus fuerzas, abriendo una espantosa herida.

Pero aun así, no muere, se niega a morir. Con un inmenso puño y un rugido que arranca mas piedras del techo, el coloso aparta a la Mensajera de nuevo, lanzándola una vez mas por los aires. Y de manera imposible, apoyándose en el suelo, comienza a alzarse de nuevo ante los ojos desorbitados de los agotados atacantes.

En ese instante de entre las filas de los arcanos, el propio Leon da un paso adelante. Extiende sus manos ante el, impasible, una figura diminuta ante el coloso que comienza a alzarse. Sus dedos crepitan, y entre las palmas unidas se forma un nimbo de luz, mientras un puño inmenso se alza sobre el, cubriéndole con su sombra.

Una luz cegadora, como la del núcleo incandescente de un sol, llena la sala. El conjuro parece consumir el aire de la caverna, y la onda expansiva amenaza con derribarles. Con los ojos entrecerrados, Inus contempla como el rallo de blanca energía se hunde en la carne corrupta, justo a través de la herida abierta por la deva. Una aullido gemebundo de agonía llena el aire, mientras el guardián se consume por dentro, devorado por el calor ardiente. Se inclina, se doblega. Cae.

Con semblante torvo, los caballeros de la Orden se acercan despacio al cuerpo aun tembloroso, gimiente. Sin intercambiar siquiera miradas, toman sus espadas. Completan el trabajo. Los aceros de los ordenados brillan, cargados con la energía sagrada de sus portadores, y se hunden como clavos helados en el cráneo del ser. Con un ultimo estremecimiento y un estertor postrero, los ojos del guardián se apagan lentamente y queda finalmente quieto, con los fuegos que aun arden en su interior humeando a través de sus fauces entreabiertas y su pecho destrozado.

Todos contemplan el cuerpo caído con un asombrado silencio. Todos menos el. Inus se esfuerza en ponerse en pie, tambaleante, con su mirada clavada en el capullo, ahora cubierto de visibles grietas. De entre ellas comienza a filtrarse una fina luz y su boca se seca al comprender que lo mas difícil aun esta por llegar...

................................................................................​

Como suele decirse, lo que sucedió después, es historia. Otros jugadores han dado su versión de los hechos, mucho mas fiel que la mía, que no es sino una idealización novelada de aquella batalla final. De todas ellas, me quedo con El Encierro del Devorador de Almas, escrita por Gackt. Recomiendo no perdérsela al que desee tener una versión fiel y completa de lo que sucedió.

Yo no me detendré en narrar mi propia visión de cuanto hubo de suceder después, pues lo importante es lo que sucedió entre Inus e Iria justo después de que aquella funesta amenaza quedara contenida de nuevo y... ¿Para siempre?
 

Miau

Escritor de muchotexto
Registrado
10/4/06
Mensajes
80
Siempre se me pone la piel de gallina cuando leo algo tuyo, maldito truhan!!!!

Felicidades!!! Y suerte!

Un placer que hayais compartido esa historia con el resto de los mortales :wink:
 

Sam

Liche táctico
Registrado
9/9/08
Mensajes
540
Edad
40
Con pocas palabras me dejas para describirlo. Así que, como hacen los japoneses para mostrar el mayor de los respetos, no diré nada y me inclinaré.

Genial foto la de Alien ;)

Sam,
 
Arriba