_DarkPrincess_
Enano con acento ruso
- Registrado
- 22/8/09
- Mensajes
- 12
Nombre: Ylandree Naurgüth Wyatt
Raza: Humana
Lugar de origen: Desconocido
Clase: Hechicera
Alineamiento: Caótico Neutral
Edad: 17
Descripción Física: Pelo largo de color blanquecino y ojos claros de color azul, casi cristalino. Complexión atlética y piel pálida; 1.68 cm de altura y 63 kg de peso. Suele llevar, casi siempre, los labios y las uñas pintadas de rojo o negro.
Historia:
Entraba la primera noche de otoño, la luna a penas se veía, debido a la multitud de nubes que cubría el cielo y las calles yacían vacías. El sonido de algún gato, de la suave brisa que cortaba el silencio; era casi lo único que se podía escuchar a esas horas de la noche.
Poco antes del amanecer, los comerciantes, comenzaban a preparar los numerosos puestos de venta, empezaban a escucharse el piar de algunos pájaros y el bullicio de los más madrugadores. Así es como, poco a poco, la ciudad empezaba a cobrar vida, un día más.
Los primeros rayos solares se abrían paso atravesando uno de los cristales orientales del dormitorio, había olvidado correr las cortinas la noche anterior y, ahora, la luz del sol se plasmaba sobre mi rostro, despertándome. Perezosa, volteé mi cuerpo y cubrí mi cara con la almohada, me había costado conciliar el sueño y no quería que nada ni nadie me lo arrebatasen. El viento se filtraba a través de una de las cuantiosas rendijas de la pared, provocando el suave tintineo de las campanillas que adornaban una de las mesillas.
Acabé por levantarme, poniéndome encima la única muda que tenía: unos viejos pantalones de cuero y una camisa color frambuesa que, antaño, me había regalado mi hermana. Me calcé las botas y deslicé la mano derecha hacia el cabecero del catre, agarrando mi colgante favorito: una estrella plateada a la que tenía un cariño especial.
Como casi todos los días, me dispuse a dar un paseo por las afueras de la villa, observando a la gente, mientras caminaba, pensando en cómo había cambiado mi vida y, a veces, imaginándome en el lugar de algunas de las personas que se cruzaban en mi paso. Llegué hasta un viejo pozo de piedra abandonado, la escasez de agua había dañado la construcción, haciendo que parte de la misma quedase agrietada.
Me senté en uno de los bordes y aferré mi colgante mientras suspiraba, recordando la de veces que llegué a jugar en ese lugar cuando, aún, era una niña; esos tiempos en los que mi única preocupación era llegar a casa temprano para que padre no me castigase y lo único que, verdaderamente, me importaba era no perder a una de mis queridísimas muñecas de trapo. Qué días aquellos. Los tiempos habían cambiado y, ahora, ni ese viejo pozo ni yo, éramos los mismos…
Volví a casa más temprano de lo habitual. Al cruzar el porche me descalcé y caminé escasos pasos, descalza, hacia la puerta de la entrada principal. Me encantaba sentir el frescor de la hierba mojada bajo mis pies. Abrí la puerta y continué hacia la cocina, no había desayunado y el estómago me gritaba que le echase algo de comer, así que, al llegar a la habitación, oteé un poco y cogí lo primero que vi: un cuenco con algunas judías cortadas. Me senté en uno de los taburetes y empecé a comer, distraída, disfrutando del tiempo que tenía libre y sin preocuparme por nada, en ese momento.
– Las niñas aún no han vuelto – Escuché decir a mi madre, a través de una pequeña ventana que daba a la sala principal. – Serli tiene guardia y Kim me comentó que se llegaría con Dent al pueblo próximo, en busca de algunas platas para la boda – Comencé a masticar más despacio, por algún motivo quería seguir escuchando la conversación… - No debieron ir solos. Últimamente hay demasiados bándalos por esa zona, podrían ser asaltados – Añadió mi padre, siempre tan, excesivamente, protector. – Oh, vamos, cariño… ¿ya estás otra vez? Tu hija ya no es ninguna cría y no está sola. Seguro que si surge algún problema sabrán apañárselas bien. Deja ya de preocuparte, ¿quieres? – Sugirió mi madre, sonriéndole, como siempre hacía, quitando importancia y haciendo que todo terminase siendo más simple.
Por el tiempo que llevaban charlando y ya después de haberme terminado el cuenco de judías, supuse que aún no se habían percatado de mi presencia. Así que me quedé allí, escuchando con toda la curiosidad que me brindaba mi edad.
- Está amaneciendo, ¿no debería de haber vuelto ya Lyan? – insistió mi padre mientras continuaba afilando una de sus espadas bastardas. El sonido de la piedra al rozar contra la hoja del arma me resultaba reconfortable. – Aún es temprano, Leohnart, tu hija se pasa todo el día fuera de casa… ¿aún te extraña que no haya llegado, todavía? – Dijo mi madre finalizando la frase con un tremendo suspiro. Mi padre guardó silencio, un silencio que, para mí, fue eterno, antes de que mi madre volviese a hablar. – Hemos hecho bien en hablar con Egme para su ingreso en la escuela y ya, cuando por fin se case con el hijo del Don, cambiará. Ya verás como mejorará, amor mío.- Las palabras de mi madre hacia mí eran como puñales clavados en mi corazón. Varias lágrimas cayeron por mis mejillas, en silencio, mientras continuaba escuchando lo que mis padres opinaban de mí.
Mi padre seguía callado, suspirando y resoplando como el que más mientras que mi madre seguía hablando sobre lo mala hija que era. ¿Verdaderamente era un problema para mis padres? ¿tanta preocupación y sufrimiento les causaba? Ojalá me pareciese más a mis hermanas… era lo que me decían y lo que yo me repetía, una y otra vez en momentos como éste.
Me levanté, eufórica, cansada de ser la oveja negra de la familia, harta de decepcionar a todos a mi alrededor y con lágrimas aún en los ojos caminé hacia la puerta del salón, apoyé la mano en el quicio antes de entrar y miré a través de ella. Entonces lo vi claro... Mi madre estaba sentada en su sillón favorito, uno de color morado que heredó de mi abuela, antes de morir y mi padre, arrodillado frente a ella, lloraba… Nunca antes lo había visto así, ni siquiera cuando el tío Math desapareció. Lloraba por mi culpa, yo había provocado que se sintiese así. Ya no podía arreglarlo, no sería capaz de soportar la vida que mis padres querían para mí y estaba harta de continuar así….
Me arrepentí y no entré, quería decirles que lo sentía, quería pedirles perdón, decirles que los quería y que nunca más volvería a decepcionarlos pero, realmente, mentiría… Yo no quería casarme con ese engreído ni tampoco quería acabar como mi madre, esclava de una escuela de magia. Ahogué el llanto en mi garganta y cerré los ojos, tras guardar esa imagen en mi mente.
Aún seguía descalza, había dejado las botas en la entrada y un pequeño rastro de barro quedaba tras de mí, realmente era un desastre. Volví a suspirar, encaminándome hacia mi habitación. Al llegar cogí una vieja bolsa y empecé a meter varias mudas en ella, arranqué una hoja de mi diario y la dejé sobre el catre, antes de guardarlo también, tampoco iba a llevarme mucho más… Ni siquiera sabía cómo despedirme, qué decirles… cómo disculparme por la decisión que iba a tomar. Así que intenté ser lo más simple que pude, a madre le resultaba ¿por qué a mí no iba a servirme?
“Siento ser un verdadero desastre. Os quiero y siempre os tendré en mi corazón, allá donde vaya. Lyan”
Dejé la nota sobre el escritorio y me eché la cinta de la bolsa al hombro. Caminé hasta la puerta y, antes de salir, eché un último vistazo a mi dormitorio. ¡Mierda! Exclamé, dándome un leve golpe en la cabeza. Había olvidado lo más importante, el collar de mi abuela. Volví a acercarme a la cabecera del catre y lo cogí, poniéndomelo alrededor del cuello. Ahora sí, ya estaba lista para partir.
Salí de la casa, sigilosamente, no quería llamar la atención ni que se diesen cuenta de mi partida. Metí el pie izquierdo en la bota y luego el derecho en la otra, di algunos pasos y volví a girarme. Suspiré, nuevamente, con el ceño fruncido, grabando en mi mente todos y cada uno de los detalles de esa casa, la que había sido, hasta ahora, mi hogar. No quería olvidar, ni seguir decepcionando a nadie pero tampoco estaba dispuesta a seguir viviendo una vida que no era, ni mucho menos, la mía. Suerte me dije y antes de que cayesen los últimos rayos de sol abandoné el lugar en busca de mi destino.
Raza: Humana
Lugar de origen: Desconocido
Clase: Hechicera
Alineamiento: Caótico Neutral
Edad: 17
Descripción Física: Pelo largo de color blanquecino y ojos claros de color azul, casi cristalino. Complexión atlética y piel pálida; 1.68 cm de altura y 63 kg de peso. Suele llevar, casi siempre, los labios y las uñas pintadas de rojo o negro.
Historia:
Entraba la primera noche de otoño, la luna a penas se veía, debido a la multitud de nubes que cubría el cielo y las calles yacían vacías. El sonido de algún gato, de la suave brisa que cortaba el silencio; era casi lo único que se podía escuchar a esas horas de la noche.
Poco antes del amanecer, los comerciantes, comenzaban a preparar los numerosos puestos de venta, empezaban a escucharse el piar de algunos pájaros y el bullicio de los más madrugadores. Así es como, poco a poco, la ciudad empezaba a cobrar vida, un día más.
Los primeros rayos solares se abrían paso atravesando uno de los cristales orientales del dormitorio, había olvidado correr las cortinas la noche anterior y, ahora, la luz del sol se plasmaba sobre mi rostro, despertándome. Perezosa, volteé mi cuerpo y cubrí mi cara con la almohada, me había costado conciliar el sueño y no quería que nada ni nadie me lo arrebatasen. El viento se filtraba a través de una de las cuantiosas rendijas de la pared, provocando el suave tintineo de las campanillas que adornaban una de las mesillas.
Acabé por levantarme, poniéndome encima la única muda que tenía: unos viejos pantalones de cuero y una camisa color frambuesa que, antaño, me había regalado mi hermana. Me calcé las botas y deslicé la mano derecha hacia el cabecero del catre, agarrando mi colgante favorito: una estrella plateada a la que tenía un cariño especial.
Como casi todos los días, me dispuse a dar un paseo por las afueras de la villa, observando a la gente, mientras caminaba, pensando en cómo había cambiado mi vida y, a veces, imaginándome en el lugar de algunas de las personas que se cruzaban en mi paso. Llegué hasta un viejo pozo de piedra abandonado, la escasez de agua había dañado la construcción, haciendo que parte de la misma quedase agrietada.
Me senté en uno de los bordes y aferré mi colgante mientras suspiraba, recordando la de veces que llegué a jugar en ese lugar cuando, aún, era una niña; esos tiempos en los que mi única preocupación era llegar a casa temprano para que padre no me castigase y lo único que, verdaderamente, me importaba era no perder a una de mis queridísimas muñecas de trapo. Qué días aquellos. Los tiempos habían cambiado y, ahora, ni ese viejo pozo ni yo, éramos los mismos…
Volví a casa más temprano de lo habitual. Al cruzar el porche me descalcé y caminé escasos pasos, descalza, hacia la puerta de la entrada principal. Me encantaba sentir el frescor de la hierba mojada bajo mis pies. Abrí la puerta y continué hacia la cocina, no había desayunado y el estómago me gritaba que le echase algo de comer, así que, al llegar a la habitación, oteé un poco y cogí lo primero que vi: un cuenco con algunas judías cortadas. Me senté en uno de los taburetes y empecé a comer, distraída, disfrutando del tiempo que tenía libre y sin preocuparme por nada, en ese momento.
– Las niñas aún no han vuelto – Escuché decir a mi madre, a través de una pequeña ventana que daba a la sala principal. – Serli tiene guardia y Kim me comentó que se llegaría con Dent al pueblo próximo, en busca de algunas platas para la boda – Comencé a masticar más despacio, por algún motivo quería seguir escuchando la conversación… - No debieron ir solos. Últimamente hay demasiados bándalos por esa zona, podrían ser asaltados – Añadió mi padre, siempre tan, excesivamente, protector. – Oh, vamos, cariño… ¿ya estás otra vez? Tu hija ya no es ninguna cría y no está sola. Seguro que si surge algún problema sabrán apañárselas bien. Deja ya de preocuparte, ¿quieres? – Sugirió mi madre, sonriéndole, como siempre hacía, quitando importancia y haciendo que todo terminase siendo más simple.
Por el tiempo que llevaban charlando y ya después de haberme terminado el cuenco de judías, supuse que aún no se habían percatado de mi presencia. Así que me quedé allí, escuchando con toda la curiosidad que me brindaba mi edad.
- Está amaneciendo, ¿no debería de haber vuelto ya Lyan? – insistió mi padre mientras continuaba afilando una de sus espadas bastardas. El sonido de la piedra al rozar contra la hoja del arma me resultaba reconfortable. – Aún es temprano, Leohnart, tu hija se pasa todo el día fuera de casa… ¿aún te extraña que no haya llegado, todavía? – Dijo mi madre finalizando la frase con un tremendo suspiro. Mi padre guardó silencio, un silencio que, para mí, fue eterno, antes de que mi madre volviese a hablar. – Hemos hecho bien en hablar con Egme para su ingreso en la escuela y ya, cuando por fin se case con el hijo del Don, cambiará. Ya verás como mejorará, amor mío.- Las palabras de mi madre hacia mí eran como puñales clavados en mi corazón. Varias lágrimas cayeron por mis mejillas, en silencio, mientras continuaba escuchando lo que mis padres opinaban de mí.
Mi padre seguía callado, suspirando y resoplando como el que más mientras que mi madre seguía hablando sobre lo mala hija que era. ¿Verdaderamente era un problema para mis padres? ¿tanta preocupación y sufrimiento les causaba? Ojalá me pareciese más a mis hermanas… era lo que me decían y lo que yo me repetía, una y otra vez en momentos como éste.
Me levanté, eufórica, cansada de ser la oveja negra de la familia, harta de decepcionar a todos a mi alrededor y con lágrimas aún en los ojos caminé hacia la puerta del salón, apoyé la mano en el quicio antes de entrar y miré a través de ella. Entonces lo vi claro... Mi madre estaba sentada en su sillón favorito, uno de color morado que heredó de mi abuela, antes de morir y mi padre, arrodillado frente a ella, lloraba… Nunca antes lo había visto así, ni siquiera cuando el tío Math desapareció. Lloraba por mi culpa, yo había provocado que se sintiese así. Ya no podía arreglarlo, no sería capaz de soportar la vida que mis padres querían para mí y estaba harta de continuar así….
Me arrepentí y no entré, quería decirles que lo sentía, quería pedirles perdón, decirles que los quería y que nunca más volvería a decepcionarlos pero, realmente, mentiría… Yo no quería casarme con ese engreído ni tampoco quería acabar como mi madre, esclava de una escuela de magia. Ahogué el llanto en mi garganta y cerré los ojos, tras guardar esa imagen en mi mente.
Aún seguía descalza, había dejado las botas en la entrada y un pequeño rastro de barro quedaba tras de mí, realmente era un desastre. Volví a suspirar, encaminándome hacia mi habitación. Al llegar cogí una vieja bolsa y empecé a meter varias mudas en ella, arranqué una hoja de mi diario y la dejé sobre el catre, antes de guardarlo también, tampoco iba a llevarme mucho más… Ni siquiera sabía cómo despedirme, qué decirles… cómo disculparme por la decisión que iba a tomar. Así que intenté ser lo más simple que pude, a madre le resultaba ¿por qué a mí no iba a servirme?
“Siento ser un verdadero desastre. Os quiero y siempre os tendré en mi corazón, allá donde vaya. Lyan”
Dejé la nota sobre el escritorio y me eché la cinta de la bolsa al hombro. Caminé hasta la puerta y, antes de salir, eché un último vistazo a mi dormitorio. ¡Mierda! Exclamé, dándome un leve golpe en la cabeza. Había olvidado lo más importante, el collar de mi abuela. Volví a acercarme a la cabecera del catre y lo cogí, poniéndomelo alrededor del cuello. Ahora sí, ya estaba lista para partir.
Salí de la casa, sigilosamente, no quería llamar la atención ni que se diesen cuenta de mi partida. Metí el pie izquierdo en la bota y luego el derecho en la otra, di algunos pasos y volví a girarme. Suspiré, nuevamente, con el ceño fruncido, grabando en mi mente todos y cada uno de los detalles de esa casa, la que había sido, hasta ahora, mi hogar. No quería olvidar, ni seguir decepcionando a nadie pero tampoco estaba dispuesta a seguir viviendo una vida que no era, ni mucho menos, la mía. Suerte me dije y antes de que cayesen los últimos rayos de sol abandoné el lugar en busca de mi destino.