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Yo juro

Zai

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Los pesados pasos de aquella armadura resonaron como truenos en la lejanía, quebrando cual puñales de plata y ceniza el tapiz de silencio que reinaba en aquel lugar. La luz de una luna llena proyectaba en las paredes de las criptas los compromisos aún por cumplir, los errores cometidos por todos los que se habían abierto paso por aquel lugar, deudas por pagar que hacían que caminar bajo la estrella del Señor de los Muertos fuese una tarea lúgubre, pero más necesaria que nunca.​

“Juro que no he de parar, por más que la venganza,
filo arúspice en mis labios o en mi cuello,
silente campeón amenace la Balanza.”

Cuando la sacerdotisa se detuvo ante el altar del Juez, observó a su alrededor. Dejó con la zurda su símbolo sagrado sobre el altar, junto con aquel cuenco lleno de tinta, sangre y ceniza. Inspiró lentamente recordando todo lo ocurrido en aquel lugar y cuando expiró las fuerzas le fallaron. Clavó la rodilla en el suelo con una mueca de dolor, apoyándose en su lanza, y agachó la cabeza.​


“Mi señor es el juicio del anochecer,
y su palabra es decreto de la muerte y de los muertos,
y su sentencia inevitable se enzarza con el paso del tiempo.”

Alargó la zurda y, manchando corazón y pulgar, trazó sobre su rostro dos líneas que recorrían sus mejillas, naciendo desde sus ojos hasta perderse cual lágrimas.


“Y en mi guardia, sin temor alguno, cicatrice,
y pueda caminar el alma hasta las puertas de la muerte,
resguardada ésta, de que algún poder por codicia la esclavice.

Por muchos quizá fue por cobardía necesidad,
más pecado ruin es el acto ante tal verdad desnuda:

La muerte no es una opinión, sino una realidad.”


Algunas gotas se precipitaron al vacío, uniéndose a las gotas de sangre que habían brotado de las graves heridas que traía consigo. Le temblaba el pulso por el dolor y la ira contenida. Inspiró de nuevo, tratando de contenerlo y alargó la mano hasta la sangre que había en el suelo. De nuevo, trazó una última línea que cruzó desde sus labios hasta al barbilla y finalmente pronunció el juramento.​


“Sabed todos aquellos que lo pongan en duda,
que no hallaréis en mi lanza piedad alguna,
pues la voluntad del Juez jamás fue muda.”


 
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