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Yu'Kao Batbayar

Deiffmaster

Adorador de Eduardo
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29/1/16
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El nocturno y helado viento de la estepa les golpea, inclemente. Llevan cabalgando toda la noche sin descanso alguno. Yu’Kao sabe que deben continuar huyendo y, aunque la lógica le dice que hace horas que sus perseguidores le han perdido la pista, solo se deja aconsejar por su instinto. Espera que el robusto caballo que monta pueda aguantar el ritmo varias horas más, y susurra una plegaria a Etugen para que insufle fuerza a las patas y los pulmones de la bestia.Yu’Kao apenas siente ya el punzante dolor de las tres flechas ensartadas en su dorsal y su hombro, pero sabe que debe resistir la tentación de arquear la espalda para relajar los músculos. Lleva muchas horas en tensión y está dolorido y agotado. Si no tiene cuidado, puede clavarse esas flechas aún más.

El sol aparece en el horizonte y empieza a escalar por el cielo. El equino, agotado, termina por frenar su carrera, y Yu’Kao deja de azuzarlo y le permite ralentizar la marcha a un suave paso que tanto el animal, como él, como Suyin, agradecen. La niña está sentada a horcajadas delante de él, despierta, pero muda. Agarrada instintivamente a la crin del caballo, su ausente mirada se pierde en algún punto del horizonte. El camino de las lágrimas de esa terrible noche ensucia su redonda carita. Yu’Kao la ha tapado con su gruesa capa de piel y la mantiene firmemente apretada contra su pecho, rodeándola con el brazo. Así como la expresión de Suyin no es más que una mueca vacía e inerte, bajo la cana barba del robusto tuigano afloran el odio, la ira, el orgullo y el deseo de venganza. Tan solo tendría que dar la vuelta y galopar hasta encontrar a sus perseguidores, los traidores del clan. Una vez diese con ellos, acero en mano, daría rienda suelta a su frenesí hasta que todo hubiese acabado. Sin embargo, continúa cabalgando sin destino alguno, sujetando las riendas del caballo con una mano y a la hija de su amigo y señor, su pupila, con la otra.

El sol de mediodía empieza a brillar en el cielo y la suave y fresca brisa arrastra un olor a hierba húmeda muy agradable. La vasta estepa se extiende incontables leguas a su alrededor, creando un único horizonte circular y una sensación de soledad igual de infinita. Los únicos sonidos son el ulular del viento, el tintineo de las placas de su armadura y el repetitivo repiquetear de las pisadas del caballo. En aquel solitario rincón del Gran Yermo, el último perseguidor que le queda por esquivar es el sueño, que cabalga tras él desde hace horas hasta que finalmente le alcanza.

***********************

Desde el interior de la yurta se escuchaba el silbido del gélido frío del Taan. Las grandes dimensiones de esa tienda en particular permitían la organización de varios espacios separados entre ellos por telas y pieles, a modo de habitaciones, algo muy poco habitual en la mayoría de modestas viviendas tuiganas.

En el espacio central, Yu’Kao permanecía sentado sobre las gruesas pieles que cubrían el frío y estéril suelo de la estepa. Su semblante era severo y su postura, de piernas cruzadas, rígida. A su izquierda, Xaoyin Khan, su señor, escuchaba junto a él las duras palabras de uno de los cinco hombres con los que se encontraban reunidos.

— Ya tratamos esto con tu padre, Xaoyin Khan, y lo repito por enésima vez— decía el anciano, alzando la voz con despecho—. Acordamos mantenernos al margen de las imposiciones de Yaimmunahar y tú nos has ido arrastrando poco a poco hacia su despreciable forma de vida.

Los seis hombres que rodeaban a Yu’Kao, incluyendo al Khan, eran guerreros e iban ataviados como tales. La cercanía y la convivencia diaria entre ellos no significabannada a la hora de defender sus propios intereses e ideales, y ninguno de ellos iba a permitirse mostrar un atisbo de debilidad. No obstante, el hostil tono en el que el más anciano de los presentes había profesado sus últimas palabras había ido demasiado lejos. Cuando Xaoyin Khan clavó sus ojos en él con gesto severo, el hombre no pudo hacer otra cosa que enmudecer y bajar la mirada.

— Me da igual lo que acordases con mi padre, Ryochan— dijo, severo—.Él mismo me envió a occidente hace años para que aprendiese de culturas lejanas, y desde que lidero el clan Ganzor, este ha prosperado más que en las últimas cinco décadas. Nuestras mujeres paren más hijos, tenemos más caballos que nunca, todas las caravanas que cruzan el Taan ponen a nuestra disposición sus mercancías, cada año hay menos enfermos entre nosotros… Gracias a mis cambios la tribu está prosperando, pero os negáis a aceptarlo. Preferís seguir viviendo como lo hemos hecho los últimos mil años y otros mil años más.

Los hombres callaron y Yu’Kao sonrió interiormente. Todo lo que había dicho su señor era cierto y conocido por cualquier hombre y mujer de la tribu Ganzor, incluidos aquellos cinco oficiales, que se mantuvieron unos significativos segundos en silencio, impotentes.

— La tribu no prospera, Xaoyin Khan— empezó a decir otro de los oficiales, en tono acusador—. La caza se ha agotado y aun quieres retenernos en este asentamiento sesenta días más. Pasaremos hambre y…

El Khan lo interrumpió tajantemente mientras le señalaba con su dedo índice.

— Pasarás hambre porque no recolectas, Tien’Fu. Sabes perfectamente que decidí alargar los períodos de establecimiento de la tribu para aprovechar no solo la caza si no también la fertilidad de las tierras, y los últimos tres años prueban que esto mejora la alimentación de nuestros hijos y acorta el tiempo de rastreo de nuestras presas. Pero sigues empecinado en no hacerme caso porque sabes que estas técnicas las aprendí en mi viaje a occidente. Cazas sin pausa y no quieres llevar a tu rebaño lejos del asentamiento cuando sabes perfectamente que hay pastos verdes en el mismo lugar donde te niegas a recolectar.

El rostro del tuigano enrojeció de rabia. Los puños apretados y los labios fruncidos daban la impresión de que Tien’Fu fuese a incorporarse de golpe y arremeter contra Xaoyin. Sin embargo golpeó con el puño la modesta mesa baja alrededor de la que se reunían y se dirigióal Khan con una voz tronante.

―Nuestro pueblo jamás ha recolectado, ni sembrado, ni cosechado nada. Los tuiganos somos nómadas, ¡somos cazadores! ―dijo, y pasó de dirigirse a Xaoyin a dirigirse a todos los presentes―. Nuestra forma de vida es vagar por la estepa buscando presas, imponiéndonos a los pueblos más débiles y tomando lo que necesitamos. ¡Los tuiganos somos lobos, y tú nos quieres convertir en ganado!

Tien’Fu calló dejando que sus palabras hicieran efecto sobre los otros cuatro oficiales. Yu’Kao observó como dos de ellos asentían fervientemente ante sus palabras.

—Te ordeno, Tien’Fu— dijo el líder de la tribu, con la voz pausada pero cargada de autoridad— que dejes de decir sandeces y me des un solo motivo que demuestre que vivimos peor que hace diez años.

El hombre dirigió su enfurecido rostro hacia el de Xaoyin para retarle con la mirada, pero los penetrantes ojos del jefe de la tribu lo atravesaron con tal fiereza que tuvo que bajar la vista. Impotente, se levantó y dio media vuelta para marcharse. Yu’Kao y todos los demás presentes se envararon, sabiendo lo que significaba abandonar una reunión sin que el Khan hubiese marcado su fin. El único que reaccionó fue Xaoyin.

— No des un paso más— dijo el Khan— o me obligarás a hacer algo que nadie quiere que ocurra.

Tien’Fu se quedó congelado al acto. Durante unos segundos, Yu’Kao temió que avanzase hacia la salida, pero finalmente se dio media vuelta.

— Te pido disculpas, Xaoyin Khan— dijo, con los puños apretados y la mandíbula tensa.

— Acepto tus disculpas, Tien’Fu— concedió Xaoyin pausadamente, obligando al hombre a mantenerse en esa posición durante unos segundos—. Ahora, dime, ¿vas a obedecer mis órdenes? ¿Vas a alimentar a tus hijos y vas a hacer que los hombres de tu familia trabajen para que la tribu prospere y aproveche la buena posición de este asentamiento durante sesenta días más?

— Sí— gruñó Tien’Fu tras una pausa.

— Los demás— dijo el Khan, dirigiéndose al resto de los presentes—, quiero que mañana ordenéis a todos los hombres de vuestras familias trabajar sobre mis instrucciones al pie de la letra. No quiero excusas, ni alternativas, por muy ingeniosas que parezcan. Y sobre todo no quiero que se cace más hasta que yo lo ordene, o me veré obligado a aplicar la ley. ¿Entendido?

Los cinco hombres asintieron, murmurando palabras afirmativas, aunque tres de ellos lo hicieron a regañadientes y Yu’Kao captó como otro más lo hacía sin mucha convicción.

— Podéis retiraos— dijo finalmente Xaoyin, levantándose.

Poco a poco, los hombres se levantaron y fueron abandonando la yurta del Khan. Los tres claramente contrarios a la opinión del jefe de la tribu Ganzor se marcharon juntos, y luego lo hicieron los otros dos hombres. El único que no se movió fue Yu’Kao, que separó los labios cuando en la tienda solo quedaron ellos dos.

— Tienes que ir con cuidado, Xaoyin— dijo, en su habitual tono severo pero sosegado—. Tien’Fu y el viejo de Ryochan llevan años en tu contra y han conseguido convencer al imberbe de Fang’Li para que esté de su lado.

— Ya me he percatado de ello, Yu’Kao— contestó Xaoyin, cerrando los ojos y pellizcándose el puente de la nariz—. Pero mañana van a obedecerme, estoy seguro de ello.

— ¿De verdad? Has conseguido cambiarles en varios aspectos: aceptaron controlar la caza para no ahuyentar a las manadas en breve tiempo, accedieron a comerciar con las tribus más septentrionales e incluso reconocen a Suyin como tu única heredera y futura Khan, pero— enfatizó esa última palabra— no parece que…

— Lo sé, lo sé— interrumpió el Khan, suspirando y mirando a su mejor amigo a los ojos—. Estaré atento y si hay algún caso más como el de hoy lo cortaré de raíz, no te preocupes. Ves a descansar.

Yu’Kao soltó un gruñido de aceptación, aunque no muy convencido. Se despidió de su señor y se dirigió a su solitaria tienda, cargado de recelo y desconfianza.

Esa noche, no se quitó la armadura para dormir.

**********************

Ha pasado un día desde aquello y Yu’Kao se despierta ligeramente sobresaltado. Solo ha dormitado un par de minutos, pero se maldice a si mismo por ello. Cuando el sol empieza a declinar decide parar para arrancarse las flechas que aún se mantienen clavadas a su espalda, como tres sanguijuelas absorbiendo sus fuerzas sin piedad. Poco a poco pero sin dilación, se extrae las tres puntas y comprueba que han salido enteras gracias a la camisa de seda que los tuiganos llevan siempre bajo la armadura. Murmura unas palabras llamando a los espíritus para cerrar sus heridas, y finalmente se dirige hacia el pequeño bulto sobre el caballo que es la hija de su señor y mejor amigo. La coge para bajarla, dejándola de pie en el suelo. Yu’Kao clava una rodilla frente a ella para colocarse a su altura.

— Suyin, no puedes dejar que te consuma el pesar.

— Pero… mis hermanos… mi padre…

Yu’Kao niega y hace un esfuerzo por seguir hablando:

— Los han asesinado, Suyin, a todos.

— ¿Por qué?— solloza ella, alzando el rostro para mirar a su mentor.

Yu’Kao retira un momento la mirada antes de verbalizar la explicación. La expresión de desesperación de su pupila le llena de tristeza e ira. Intenta explicarle con pocas palabras porqué los métodos de su padre no agradaban a algunos de los hombres del clan, por lo que han matado a toda su familia queriendo asegurarse que nadie heredaba el liderazgo de Xaoyin. Suyin agacha la cabeza y vuelve a llorar otra vez. Yu’Kaola aprieta contra su robusto pecho con fuerza y la niña empapa de lágrimas su armadura. Al cabo de un tiempo inestimable, parece quedarse sin lágrimas. El hombre la aparta un poco y pone una enorme mano en su mejilla.

— Llorando no les devolverás a la vida, Suyin. Ahora tienes que ser fuerte.

La niña sorbe por la nariz.

— ¿Y qué haremos, Yu’Kao?

— Nos iremos a occidente— dice—. Nos iremos a occidente como hicimos tu padre y yo hace diez años. Aprenderás cosas que aquí no habrías conocido y te formarás para ser una líder y una guerrera. Y cuando estés preparada volveremos al Taan y recuperarás lo que es tuyo por derecho. ¿De acuerdo, joven Khan?

La niña se seca las lágrimas con el dorso de la mano y mira a su mentor con tanta decisión que el hombre se sorprende.

— Sí Yu’Kao.
 
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