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Zarah nació en las profundidades más oscuras de Athkatla, la ciudad donde la vida se abría camino entre las sombras y el caos. Nunca conoció a su madre, pues esta murió al darla a luz en una fría habitación alquilada en un barrio pobre de la ciudad. Su padre, si es que alguna vez tuvo uno, nunca apareció. Desde el principio, el mundo la trató con indiferencia, como si su existencia fuese un accidente en el bullicio de los bajos fondos.
Zarah era diferente, y desde pequeña, lo sabía. Aunque su aspecto humano era común a primera vista, había algo en ella que inquietaba a quienes la rodeaban. Sus ojos, de un verde intenso, siempre brillaban en la oscuridad con un matiz felino, y su agilidad era casi sobrenatural. Los otros niños del barrio la evitaban, la llamaban "extraña" o "monstruo", y las madres murmuraban entre ellas que Zarah tenía "la sangre de las bestias".
Con el tiempo, Zarah comprendió por qué era diferente. Cuando las emociones desbordaban su joven corazón, cuando el miedo, la ira o el dolor la abrumaban, sentía un cambio en su interior. Primero era un leve cosquilleo en la piel, luego sus uñas crecían y se afilaban como garras, y su sentido del olfato y la vista se agudizaban. Nunca entendía bien lo que pasaba, solo que debía esconderse cuando eso ocurría, pues si alguien la veía en ese estado, la perseguirían o peor, la castigarían.
Zarah creció aprendiendo a vivir en los márgenes. Nadie le ofrecía ayuda, y la vida en los bajos fondos de Athkatla no daba tregua. Si quería comer, tenía que robar. Si quería un lugar donde dormir, tenía que encontrarlo sola. Con los años, se volvió experta en moverse sin ser vista, sus sentidos felinos le permitían deslizarse por los callejones y tejados sin hacer ruido. En las noches, cuando las patrullas de los guardias dormían o los borrachos se tambaleaban por las calles, Zarah era una sombra, buscando su siguiente oportunidad.
A pesar de su naturaleza desafiante, Zarah era solo una niña, y como todos los niños, buscaba alguna clase de pertenencia, alguien que la aceptara tal como era. Pero el rechazo era constante. Los pocos niños con los que intentó jugar la empujaban lejos, asustados por la intensidad de su mirada o por la rapidez con la que sus manos se movían cuando se enojaba. Las marcas de arañazos en las paredes y muebles cuando Zarah se descontrolaba solo la aislaban más.
Había una anciana en el barrio, conocida como "La Vieja Asha", que tenía fama de saber más de lo que decía. Ella fue la única que alguna vez mostró algo de amabilidad hacia Zarah. Cada tanto, la niña se acercaba a su destartalada cabaña para pedirle comida o simplemente hablar con alguien que no la miraba con miedo. Asha, de ojos vidriosos y voz rasposa, nunca le hizo muchas preguntas, pero un día, mientras la observaba comer un pedazo de pan duro, le dijo algo que Zarah nunca olvidaría:
—Tienes la mirada de una cazadora, niña. No eres como los demás. La sangre de los gatos corre por tus venas, una maldición antigua... o quizás un don, si aprendes a controlarlo.
Zarah no entendió del todo en ese momento, pero esas palabras plantaron una semilla de curiosidad en su mente. ¿Era ella una bestia? ¿Una criatura de las leyendas? Durante muchas noches, mientras se acurrucaba en los rincones más oscuros para evitar ser encontrada, soñaba con ser algo más que una niña abandonada. Tal vez, si descubría cómo controlar ese poder que bullía dentro de ella, podría ser fuerte, podría sobrevivir sin tener que esconderse.
Sin embargo, a medida que los años pasaban, controlar su naturaleza se volvía más difícil. Hubo noches en las que se despertaba sin recordar cómo había llegado a un lugar diferente, con rasguños en sus ropas y en su piel. Sabía que algo oscuro y salvaje vivía dentro de ella, algo que apenas podía contener.
En una ocasión, Zarah decidió aventurarse más allá de los barrios bajos. Se acercó a los distritos más ricos de Athkatla, donde los edificios eran grandes y las calles más limpias. Allí, en una plaza llena de gente bien vestida, vio algo que la impactó profundamente: un grupo de niños jugando, riendo juntos. Eran de su misma edad, pero parecían vivir en un mundo completamente diferente. Observándolos desde las sombras, sintió una mezcla de envidia y tristeza. Nunca podría ser parte de ese mundo.
De vuelta en los barrios bajos, la vida seguía siendo dura. Cada día era una batalla por comida, refugio y seguridad. Zarah intentó mantenerse al margen de las peleas entre las bandas de ladrones y mercenarios que controlaban el distrito, pero inevitablemente, fue arrastrada a la violencia que rodeaba su mundo.
A medida que crecía, Zarah se volvió más consciente de lo que era. Sus transformaciones, aunque aún involuntarias, empezaron a ser menos aterradoras. Aprendió a utilizar sus habilidades para sobrevivir: sus sentidos agudos le permitían anticipar el peligro, su agilidad le daba ventaja en las huidas, y sus garras, aunque todavía temía usarlas, eran una advertencia para aquellos que intentaban hacerle daño.
Pero en lo más profundo de su ser, Zarah solo quería pertenecer. Quería un lugar al que llamar hogar, alguien que la aceptara a pesar de su naturaleza indomable. Y aunque la ciudad de Athkatla la había moldeado en una criatura de las sombras, en su corazón seguía siendo esa niña que buscaba, desesperadamente, ser amada y aceptada por quien realmente era.
Zarah era diferente, y desde pequeña, lo sabía. Aunque su aspecto humano era común a primera vista, había algo en ella que inquietaba a quienes la rodeaban. Sus ojos, de un verde intenso, siempre brillaban en la oscuridad con un matiz felino, y su agilidad era casi sobrenatural. Los otros niños del barrio la evitaban, la llamaban "extraña" o "monstruo", y las madres murmuraban entre ellas que Zarah tenía "la sangre de las bestias".
Con el tiempo, Zarah comprendió por qué era diferente. Cuando las emociones desbordaban su joven corazón, cuando el miedo, la ira o el dolor la abrumaban, sentía un cambio en su interior. Primero era un leve cosquilleo en la piel, luego sus uñas crecían y se afilaban como garras, y su sentido del olfato y la vista se agudizaban. Nunca entendía bien lo que pasaba, solo que debía esconderse cuando eso ocurría, pues si alguien la veía en ese estado, la perseguirían o peor, la castigarían.
Zarah creció aprendiendo a vivir en los márgenes. Nadie le ofrecía ayuda, y la vida en los bajos fondos de Athkatla no daba tregua. Si quería comer, tenía que robar. Si quería un lugar donde dormir, tenía que encontrarlo sola. Con los años, se volvió experta en moverse sin ser vista, sus sentidos felinos le permitían deslizarse por los callejones y tejados sin hacer ruido. En las noches, cuando las patrullas de los guardias dormían o los borrachos se tambaleaban por las calles, Zarah era una sombra, buscando su siguiente oportunidad.
A pesar de su naturaleza desafiante, Zarah era solo una niña, y como todos los niños, buscaba alguna clase de pertenencia, alguien que la aceptara tal como era. Pero el rechazo era constante. Los pocos niños con los que intentó jugar la empujaban lejos, asustados por la intensidad de su mirada o por la rapidez con la que sus manos se movían cuando se enojaba. Las marcas de arañazos en las paredes y muebles cuando Zarah se descontrolaba solo la aislaban más.
Había una anciana en el barrio, conocida como "La Vieja Asha", que tenía fama de saber más de lo que decía. Ella fue la única que alguna vez mostró algo de amabilidad hacia Zarah. Cada tanto, la niña se acercaba a su destartalada cabaña para pedirle comida o simplemente hablar con alguien que no la miraba con miedo. Asha, de ojos vidriosos y voz rasposa, nunca le hizo muchas preguntas, pero un día, mientras la observaba comer un pedazo de pan duro, le dijo algo que Zarah nunca olvidaría:
—Tienes la mirada de una cazadora, niña. No eres como los demás. La sangre de los gatos corre por tus venas, una maldición antigua... o quizás un don, si aprendes a controlarlo.
Zarah no entendió del todo en ese momento, pero esas palabras plantaron una semilla de curiosidad en su mente. ¿Era ella una bestia? ¿Una criatura de las leyendas? Durante muchas noches, mientras se acurrucaba en los rincones más oscuros para evitar ser encontrada, soñaba con ser algo más que una niña abandonada. Tal vez, si descubría cómo controlar ese poder que bullía dentro de ella, podría ser fuerte, podría sobrevivir sin tener que esconderse.
Sin embargo, a medida que los años pasaban, controlar su naturaleza se volvía más difícil. Hubo noches en las que se despertaba sin recordar cómo había llegado a un lugar diferente, con rasguños en sus ropas y en su piel. Sabía que algo oscuro y salvaje vivía dentro de ella, algo que apenas podía contener.
En una ocasión, Zarah decidió aventurarse más allá de los barrios bajos. Se acercó a los distritos más ricos de Athkatla, donde los edificios eran grandes y las calles más limpias. Allí, en una plaza llena de gente bien vestida, vio algo que la impactó profundamente: un grupo de niños jugando, riendo juntos. Eran de su misma edad, pero parecían vivir en un mundo completamente diferente. Observándolos desde las sombras, sintió una mezcla de envidia y tristeza. Nunca podría ser parte de ese mundo.
De vuelta en los barrios bajos, la vida seguía siendo dura. Cada día era una batalla por comida, refugio y seguridad. Zarah intentó mantenerse al margen de las peleas entre las bandas de ladrones y mercenarios que controlaban el distrito, pero inevitablemente, fue arrastrada a la violencia que rodeaba su mundo.
A medida que crecía, Zarah se volvió más consciente de lo que era. Sus transformaciones, aunque aún involuntarias, empezaron a ser menos aterradoras. Aprendió a utilizar sus habilidades para sobrevivir: sus sentidos agudos le permitían anticipar el peligro, su agilidad le daba ventaja en las huidas, y sus garras, aunque todavía temía usarlas, eran una advertencia para aquellos que intentaban hacerle daño.
Pero en lo más profundo de su ser, Zarah solo quería pertenecer. Quería un lugar al que llamar hogar, alguien que la aceptara a pesar de su naturaleza indomable. Y aunque la ciudad de Athkatla la había moldeado en una criatura de las sombras, en su corazón seguía siendo esa niña que buscaba, desesperadamente, ser amada y aceptada por quien realmente era.