Rufalo
Enano con acento ruso
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CAPITULO 1. UNA MIRADA AL PASADO
El orfanato Avenue Clein se encontraba en la pequeña localidad costera de Saah, una aldea remota cerca de la bahía de Aguas Profundas. Este orfanato era conocido por los habitantes de la aldea con el sobrenombre de “El Pozo”, en el cual se encontraban únicamente niños huérfanos, y en muchos casos, niños que habían sido secuestrados o comprados por unas cuantas monedas, Zarake era uno de estos niños. El día a día en El Pozo era monótono y nada se salía fuera de la normalidad. Los chuscos de pan y el agua eran su base alimenticia, los golpes y continuas palizas eran su beso de buenos días y de buenas noches, los trabajos forzados en la mina hasta que caer exhausto eran parte de su ser.
A todo se acostumbra uno, esta frase tiene un significado implícito, el cual conoce perfectamente Zarake, pudiendo afirmar desde temprana edad que la frase es completamente cierta. Zarake llevaba un tipo de vida la cual no parecía afectarle en absoluto, mostrando gran estoicidad, resiliencia y disciplina en su día a día. A simple vista, incluso podría decirse que estaba agradecido de la vida que le habían proporcionado en El Pozo, Claedus y Maquentia, un matrimonio que rondaba los cuarenta inviernos, y con una carencia elevada de escrúpulos, que nada ni nadie haría cambiar en toda su vida, bueno, una persona sí, Zarake, y a su manera.
Llevaba días vagando desorientado por los bosques, y habría recorrido hasta el momento unas sesenta millas. Se encontraba totalmente desnutrido, con la única compañía de su pico minero, el cual había usado tanto para picar la veta de mineral en su día a día, como para clavárselo en el cráneo a Claedus y Maquentia, una y otra vez hasta acabar con sus vidas. Pero este recuerdo estaba ya muy lejos, poco o nada se acordaba ya del suceso, un hecho que veía como un acto natural, algo que estaba predestinado a hacer. Sin embargo, mientras un remolino de pensamientos invadía su mente, ninguno de remordimiento, por supuesto, oyó el ruido de fuertes pisadas de caballos, los cuales en un abrir y cerrar de ojos, ya estaban encima suya, sin darle tiempo a esconderse. Se inclinaban ante él, lo que parecía un hombre diestro con las armas, ataviado con una pesada armadura negra y una espada larga, y a su lado, un hombre de más edad, envuelto en una túnica completamente negra, en cuyo pecho se podía observar un puño enfundado en un guantelete negro, y unos rayos verdes.
-Hmm… ¿Qué hago con él, Arkaesth? - Oyó como le decía el más joven al otro, siendo este último el que parecía mandar y aparentaba más edad.
La realidad era que Zarake ya no tenía escapatoria, no le había dado tiempo a huir, y para colmo, ellos llevaban caballos, por lo que permaneció de pie, completamente inmóvil, y clavándole sus frios ojos al hombre de más edad. Gesto que despertó enormemente el interés de Arkaesth en el chico, gesto que, sin ningún atisbo de duda, salvó la vida a Zarake.
- ¿Sabéis lo que es una Tabula Rasa? -Le respondía el hombre de mayor edad, Arkaesth, al joven guerrero, mientras observaba fijamente a Zarake.
- ¿No? maldito necio, lo suponía. Una Tabula rasa es una tablilla sin ninguna inscripción, limpia, en la cual puedes inscribir lo que desees- Sentenció mientras sonreía maliciosamente.
-Entiendo por dónde va, Arkaesth- Respondió el joven guerrero mientras imitaba la sonrisa maliciosa.
- ¿Qué entiendes por dónde voy? ¡Borra esa sonrisa de imbécil, cógelo, maldito seas, y vayámonos de una vez por todas de este lugar! - Tronó Arkaesth, cuya orden no podía ser cuestionada.
CAPITULO 2. EL INICIO DE UN LARGO CAMINO
- ¡Vamos, despierta, holgazán! ¡Hemos llegado! - El dueño del carromato, del cual tiraban caballos excesivamente viejos para tal empresa, se dirigía así a un hombre de unos veintisiete años que estaba recostado en la paja. El hombre pesaría unos 74 kg, y mediría 1,75 cm, su pelo era corto y negro, de estilo militar, y su barba poco poblada dejaba entrever unas facciones duras y prominentes.
-¡Vamos despierta! He dicho que aghdsh- Repitió el dueño del carromato, hasta que numerosos dientes rotos se agolparon en su boca, escupiéndolos al suelo mientras retrocedía con la boca ensangrentada.
-Creí habértelo dejado claro- Zarake se había reincorporado rápidamente, mientras se limpiaba en su camisola los nudillos con rastros sanguinolentos.
-Otra vez eso sueños, es tal y como dijo Arkaesth durante el adiestramiento, el Señor Oscuro me recordaría mis cometidos, sus designios, a través de sueños o señales- Decía Zarake mientras se despejaba e intentaba aclarar sus ideas, hasta que finalmente pareció sentenciar.
-No dudéis de mi convicción, Mi señor, pues vos tenéis un poder sin parangón, capaz de escudriñar en las almas de los simples mortales. Debéis saber, pues, que soy la palabra que se extenderá por estas tierras, la espada que cercenará la triste vida de los infieles, la muerte que acabará con una plaga que hasta el momento se extendía como la sarna entre las gentes, pues soy consciente de la cantidad de paganos que pueblan estos lares. Pero todo debe hacerse con cabeza, las acciones deben ser calculadas, pues el propósito es firme, y ha de cumplirse, por lo que debo evitar crearme obstáculos innecesarios si deseo alcanzar la consecución de sus designios, qué así sea y así se hará, Loado sea el Tirano-.
Todos estos pensamientos se arremolinaban en la mente de Zarake, tan absorto como estaba en ellos, mientras murmuraba parte del contenido de éstos en voz alta, sin apenas darse cuenta, para después observar que se encontraba caminando por un camino polvoriento, se encontraba justo en el lugar donde le había encomendado, se encontraba en Los Llanos de Athkatla.
El orfanato Avenue Clein se encontraba en la pequeña localidad costera de Saah, una aldea remota cerca de la bahía de Aguas Profundas. Este orfanato era conocido por los habitantes de la aldea con el sobrenombre de “El Pozo”, en el cual se encontraban únicamente niños huérfanos, y en muchos casos, niños que habían sido secuestrados o comprados por unas cuantas monedas, Zarake era uno de estos niños. El día a día en El Pozo era monótono y nada se salía fuera de la normalidad. Los chuscos de pan y el agua eran su base alimenticia, los golpes y continuas palizas eran su beso de buenos días y de buenas noches, los trabajos forzados en la mina hasta que caer exhausto eran parte de su ser.
A todo se acostumbra uno, esta frase tiene un significado implícito, el cual conoce perfectamente Zarake, pudiendo afirmar desde temprana edad que la frase es completamente cierta. Zarake llevaba un tipo de vida la cual no parecía afectarle en absoluto, mostrando gran estoicidad, resiliencia y disciplina en su día a día. A simple vista, incluso podría decirse que estaba agradecido de la vida que le habían proporcionado en El Pozo, Claedus y Maquentia, un matrimonio que rondaba los cuarenta inviernos, y con una carencia elevada de escrúpulos, que nada ni nadie haría cambiar en toda su vida, bueno, una persona sí, Zarake, y a su manera.
Llevaba días vagando desorientado por los bosques, y habría recorrido hasta el momento unas sesenta millas. Se encontraba totalmente desnutrido, con la única compañía de su pico minero, el cual había usado tanto para picar la veta de mineral en su día a día, como para clavárselo en el cráneo a Claedus y Maquentia, una y otra vez hasta acabar con sus vidas. Pero este recuerdo estaba ya muy lejos, poco o nada se acordaba ya del suceso, un hecho que veía como un acto natural, algo que estaba predestinado a hacer. Sin embargo, mientras un remolino de pensamientos invadía su mente, ninguno de remordimiento, por supuesto, oyó el ruido de fuertes pisadas de caballos, los cuales en un abrir y cerrar de ojos, ya estaban encima suya, sin darle tiempo a esconderse. Se inclinaban ante él, lo que parecía un hombre diestro con las armas, ataviado con una pesada armadura negra y una espada larga, y a su lado, un hombre de más edad, envuelto en una túnica completamente negra, en cuyo pecho se podía observar un puño enfundado en un guantelete negro, y unos rayos verdes.
-Hmm… ¿Qué hago con él, Arkaesth? - Oyó como le decía el más joven al otro, siendo este último el que parecía mandar y aparentaba más edad.
La realidad era que Zarake ya no tenía escapatoria, no le había dado tiempo a huir, y para colmo, ellos llevaban caballos, por lo que permaneció de pie, completamente inmóvil, y clavándole sus frios ojos al hombre de más edad. Gesto que despertó enormemente el interés de Arkaesth en el chico, gesto que, sin ningún atisbo de duda, salvó la vida a Zarake.
- ¿Sabéis lo que es una Tabula Rasa? -Le respondía el hombre de mayor edad, Arkaesth, al joven guerrero, mientras observaba fijamente a Zarake.
- ¿No? maldito necio, lo suponía. Una Tabula rasa es una tablilla sin ninguna inscripción, limpia, en la cual puedes inscribir lo que desees- Sentenció mientras sonreía maliciosamente.
-Entiendo por dónde va, Arkaesth- Respondió el joven guerrero mientras imitaba la sonrisa maliciosa.
- ¿Qué entiendes por dónde voy? ¡Borra esa sonrisa de imbécil, cógelo, maldito seas, y vayámonos de una vez por todas de este lugar! - Tronó Arkaesth, cuya orden no podía ser cuestionada.
CAPITULO 2. EL INICIO DE UN LARGO CAMINO
- ¡Vamos, despierta, holgazán! ¡Hemos llegado! - El dueño del carromato, del cual tiraban caballos excesivamente viejos para tal empresa, se dirigía así a un hombre de unos veintisiete años que estaba recostado en la paja. El hombre pesaría unos 74 kg, y mediría 1,75 cm, su pelo era corto y negro, de estilo militar, y su barba poco poblada dejaba entrever unas facciones duras y prominentes.
-¡Vamos despierta! He dicho que aghdsh- Repitió el dueño del carromato, hasta que numerosos dientes rotos se agolparon en su boca, escupiéndolos al suelo mientras retrocedía con la boca ensangrentada.
-Creí habértelo dejado claro- Zarake se había reincorporado rápidamente, mientras se limpiaba en su camisola los nudillos con rastros sanguinolentos.
-Otra vez eso sueños, es tal y como dijo Arkaesth durante el adiestramiento, el Señor Oscuro me recordaría mis cometidos, sus designios, a través de sueños o señales- Decía Zarake mientras se despejaba e intentaba aclarar sus ideas, hasta que finalmente pareció sentenciar.
-No dudéis de mi convicción, Mi señor, pues vos tenéis un poder sin parangón, capaz de escudriñar en las almas de los simples mortales. Debéis saber, pues, que soy la palabra que se extenderá por estas tierras, la espada que cercenará la triste vida de los infieles, la muerte que acabará con una plaga que hasta el momento se extendía como la sarna entre las gentes, pues soy consciente de la cantidad de paganos que pueblan estos lares. Pero todo debe hacerse con cabeza, las acciones deben ser calculadas, pues el propósito es firme, y ha de cumplirse, por lo que debo evitar crearme obstáculos innecesarios si deseo alcanzar la consecución de sus designios, qué así sea y así se hará, Loado sea el Tirano-.
Todos estos pensamientos se arremolinaban en la mente de Zarake, tan absorto como estaba en ellos, mientras murmuraba parte del contenido de éstos en voz alta, sin apenas darse cuenta, para después observar que se encontraba caminando por un camino polvoriento, se encontraba justo en el lugar donde le había encomendado, se encontraba en Los Llanos de Athkatla.