Una calma tensa, impropia del lugar, había extendido su manto en el Claro del Cisne, donde se habían podido escuchar pareceres contrapuestos, y comentarios de visiones disonantes respecto al colofón de la historia de la mestiza.
El recuerdo de sus acciones persistiría en las generaciones venideras del Pueblo de manera muy presente, habiendo pasado a formar parte del conjunto de la vegetación del emplazamiento.
El astro que coronaba el cielo se dirigía a su poniente cuando la expectación inicial y los murmullos se fueron apagando.

Con lento deambular, y un evidente dolor que le hacía casi trastabillar a cada paso, el longevo Ar-Tel´Quessir se aproximó al roble que otrora fuera la maldita mestiza, deteniéndose frente él, con el peso de su débil cuerpo apoyado en un sinuoso y ennegrecido cayado.
Posó su diestra sobre la corteza, y en un idioma gutural y profundo, muy alejado de la elegancia y fluidez del espruar propio de la tierra en la que se hallaba, se comunicó con el nuevo árbol. -[druídico]
Fueron clementes con tu destino, dudo que el Bosque lo hubiera sido tanto-.
Tras unos momentos de aparente silencio, el Arakhor* recordó todas las muertes, el sufrimiento, y la sinrazón de dolor que la mestiza ni dudó ni le importó inflingir al Pueblo y al Bosque, persiguiendo sus ambiciones. Heridas que no sólo todavía permanecían, sino que tardarían muchas lunas en sanar.

Unas gotas de sangre golpearon la florida tierra, y volviendo en sí, el druida apartó la diestra, cuyas uñas había estado clavando inconscientemente en el tronco, como si de garras se trataran. Trató de contener el suplicio interno que todavía sentía, y se giró al percibir a una figura que le había estado observando.
Moderó la respiración, tragó saliva, y se dirigió con la mejor compostura que pudo en el momento, para saludar a la expectante sacerdotisa.
-Sylwën...-. Fue todo cuanto pudo articular a modo de saludo.