La esponjosa mansedumbre del celaje acariciaba la capital amniana, tendiendo sobre sus cúpulas y almenares un sedoso velo de luz dorada. Bajo aquel límpido firmamento, la primavera prodigaba sus más peregrinas galas, y una tibia brisa, henchida de silvosas fragancias, discurría por las avenidas de Athkatla con la delicadeza de una caricia. La Ciudad de la Moneda se entregaba, una vez más, a los placeres de la estación más luminosa del año.
En las lindes de la muralla amniana, los últimos trabajos de enjardinado anunciaban la inminente culminación de un vergel de extraordinaria hermosura. Frondosas enramadas, delicados parterres y millares de flores componían un suntuoso elíseo, nacido del esmero del cabildo de Sune. Sin embargo, entre el trajín de jardineros, sirvientes y cortesanos comenzaban a deslizarse ciertos rumores. Se hablaba, con una reserva no exenta de expectación, de algún acontecimiento de singular relevancia que habría de preceder al propio Certamen de Primavera.
Los murmullos en los mentideros aludían a ilustres visitantes y misteriosos preparativos, aunque nadie parecía conocer su verdadera naturaleza. Quizás la gentil Megara de Sune, tan solícita en sus quehaceres, pudiera arrojar alguna luz sobre tan nombradas habladurías.
Por otra parte, la
Guardia amniana había conseguido sofocar buena parte de los disturbios que, al calor del creciente revuelo suscitado por el certamen, habían perturbado la tranquilidad de la ciudad. Particularmente en los distritos más desfavorecidos, donde la agitación había cobrado mayor ímpetu, el despliegue de efectivos y la intensificación de las patrullas comenzaban a restituir el orden, devolviendo a sus calles una serenidad largamente anhelada.
Entretanto, e
l Certamen de Primavera contaba ya con una fecha señalada en los fastos de la capital. Las primeras invitaciones, cuidadosamente dispuestas, comenzaban a llegar a las más encumbradas casas del patriciado amniano, convocando a próceres, hidalgos y damas de augusto abolengo a una celebración de exquisito boato, digna de los más refinados salones de la alta sociedad. El cabildo, no obstante, también había contemplado la concurrencia de trabajadores y servidores que hubiesen alcanzado, cuando menos, el rango Plata, haciéndolos partícipes de tan distinguida solemnidad.
En m

ateria de galas y atavíos, una nueva distinción venía a acrecentar el lustre de los preparativos.
Morian Mausser había sido designado sastre principal de referencia en el código de etiqueta del Certamen de Primavera, merced al reconocimiento de la propia clerecía de Sune, que aconsejaba sus servicios a cuantos aspirasen a comparecer con la debida prestancia ante tan excelsa concurrencia. A semejante honor se sumaba el encargo de vestir a buena parte del cabildo sunita, cuyos ornamentos y vestiduras ceremoniales quedarían confiados a su primoroso oficio. Pocas encomiendas podían resultar más honrosas para un maestro de la aguja que engalanar a las propias rosas de la Señora de la Belleza.
Así, entre el alborozo de los preparativos y la creciente expectación de sus gentes, Athkatla se disponía a celebrar la más rutilante de sus primaveras. Pero había cierta novedad en el discreto afán de los servidores del templo, en sus conversaciones a media voz y en aquella insólita diligencia que parecía apremiar los últimos trabajos. Y no faltaba quien comenzase a preguntarse si las primeras maravillas del certamen empezarían a revelarse antes incluso de su inauguración.