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Elixir de Medianoche

Sacredlilium

Lágrima de mago nerfeado
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INDICE DE RELATOS

TRANSFONDO



Los Humores de un Alquimista - I
Clases de Etiqueta Amniana - II
- Vino Aúreo - III

Resoluciones Para el Dolor- XI


METATRAMA DE LAS BRUMAS





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"Los Humores de un Alquimista"
I



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En la quietud de la noche Amniana, alguien parecía haberse quedado despierto en los salones del Gremio de Ilustres Artesanos.

La noche le daba el silencio necesario para el trabajo encargado.


Trabajaba sin prisa, con las manos moviéndose con parsimonia de una esquina a otra de la mesa; En su cabeza, una suave melodía baldureña amenizaba su hacer.

Extendió sobre la mesa los componentes, polvo de oro sin tratar, fragmentos pequeños de plata brillante, el oscuro cobre, también pulverizado para su mejor mezcla. Y al final, la piedra lunar. Una que parecía resplandecer en la noche sobre la mesa del ajado estudio.

El mortero era el primer paso para destilar el aceite. Primero fue el ambicioso oro. Aquél con el que había tenido tan buena relación hasta ahora. Se conocían de manera íntima y casi indecorosa. Trituró el oro con el mortero, hasta que este, maleable, quedó hecho un fino polvo tratado; repitió esto con la plata y el cobre, integrándolos unos a otros cuidadosamente.


La mezcla hacía que ante la luz de las velas pequeños destellos tricolores adornaran los ojos de quien desease mirarlos.


— Sisea dulcemente. — Pensó. —Permíteme transformarte.

Calentó los tres metales, no como para fundirlos; Pero sí como para integrarlos por completo. El calor justo, constante, a juego con el ritmo de su respiración durante aquél paso. La llama bajo el crisol que contenía la mezcla pareció bailar, mientras los metales cedían a un estado purificado.
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La melodía en su mente volvió a sonar, ahora más lenta. Más suave. Cuando exigente de sí se decidió la mezcla adecuada, la separó del fuego y a penas la dejó reposar mientras sus manos viajaban hasta el siguiente paso; el aceite.

Vertió el dorado y espeso aceite en la mezcla, haciendo que ambos componentes danzasen ondulantes mientras sus manos mezclaban con parsimonia hasta su completa integración. La mezcla no le prestó queja alguna, danzando en el vidrio antes de convertirse en una sola.


Para cuando la piedra lunar llegase a la mezcla, la noche había llegado ya a su climax. Preguntar cuántas horas llevaba ahí, era quizá tan obsceno como preguntarle a una doncella el color de su liga.

Sostuvo la piedra lunar entre sus dedos, antes de molerla e integrarla con el resto. El aceite pareció tensarse, o tal vez fue su propio pulso en aquél momento. Sus manos se detuvieron hasta que la mezcla dejase de hacer esa pequeña reacción.


Ahora. — Susurró.

Filtró el contenido, y lo embotelló en diferentes botes, sellando estos con cera y cordel para su mejor transporte.



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"Clases de etiqueta Amniana"
II
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La tarde amenizaba los llanos de Athkathla, el usual gentío se reunía alrededor de la hoguera del campamento junto a Akra. Liliana había de reunirse con Iaquiannamiriel — (Comumente conocida como Anna) — Para impartir una lección de etiqueta que la elfa solar había pedido con notorio interés.

— Quizá a mi joven aprendiz le vengan bien nociones de etiqueta antes de que la tome por esa melena rubia — Dijo la mestiza Iluskana, que había tomado a la baldureña como una suerte de aprendiz en el arte de la espada.

— Oh, "Maestra" — Os agradezco el cumplido hacia mi pelo.

Y, sin embargo, la puntualidad no la acompañó durante esa jornada.

Evelyn llegó a los llanos plenamente consciente de su falta de puntualidad. Avanzó hacia el campamento con una sonrisa tenue y medida, tanteando con cautela el ánimo de Liliana. No percibió señal evidente de enojo, al menos, no lo bastante manifiesta como para inquietarla de inmediato.
Iaquiannamiriel y Alexander se hallaban junto a ella, enfrascados en una conversación cuyas bases escaparon por completo a la atención de Evelyn. A su llegada, y tras un breve intercambio de miradas, la lección fue discretamente trasladada a una de las estancias de la taberna, donde la intimidad y el decoro resultaban más propicios para ese tipo de clase. Evelyn se esperaba de esa clase cualquier tipo de cuestión; cómo actuar en sociedad, las cortesías que precedían a un encuentro... Nada que no hubiese vivido y con lo que hubiese jugado antes.

La primera pregunta no tardaría en llegar, sin embargo. Directa y fuera de tiesto.

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— ¿Qué es el arte del engaño? —

No era, desde luego, el inicio convencional de una lección de etiqueta.
Evelyn alzó levemente una ceja, sin perder la compostura ni la suave sonrisa que había llevado consigo desde su llegada. aquella pregunta despertó en ella un interés más agudo del que hubiese pensado en esas "clases de etiqueta" casi como si por un momento hubiese dejado de observar a Liliana como su "Maestra", y comenzase a hacerlo como un referente de pleno derecho.

Se tomó un instante de deliberación. Paseó la mirada entre Iaquiannamiriel y Alexander, como si evaluara no solo la pregunta, sino también la respuesta de la solar, y las reacciones del mestizo ante ellas. Cada vez que una pregunta era lanzada, esperaba. Cuando Anna contestaba, observaba, y solo después hablaba.

— El arte del engaño —rompió su silencio.— no consiste únicamente en ocultar la verdad, sino en presentarla de tal modo que quien la recibe prefiera no cuestionarla.






Liliana dio un suave asentimiento, más que conforme con la respuesta.
La clase continuó. Lo que podría haber esperado como instrucciones de manerismos, era en realidad una sutil introducción a Amn.
 
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LAS BRUMAS
I - "El peso de un Alma"


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El grupo charlaba animosamente junto al fuego, ¿Cuántos eran los días que llevaban ahí? Ninguno parecía saberlo ya. Hacian patrullas ocasionales para desterrar los peligros de los caminos, el ánimo, a pesar de todo, era bueno.

Charlaban de antiguas conquistas, derrotas. Pérdidas y las historias de cada uno de los que confeccionaba el surtido grupo de aventureros. Evelyn aún no había tenido la oportunidad de vivir una épica gesta, aunque por lo que mencionaban quizá era adecuado no aventurarse a vivirla pronto. Se dedicaba a pulir su estoque, retirando restos de las oleadas que no dejaban de hostigarles.


El grupo comenzó a marchitarse con el pasar de las horas. Comenzaban a descansar y buscar fuerzas para las siguientes horas; entonces, quedaron solo ellas dos.

- ¿Practicamos, maestra? - Evelyn tendió la mano a Liliana. Esta se levantó sola.
Se separaron de las tiendas para no interrumpir los descansos del resto.

La Selunita dibujó un circulo en el suelo con los restos del veneno de su Kukri. Evelyn observó entonces.


- ¿Qué significa, Liliana?- Preguntó

La Selunita no respondió en el momento. Corrigió su postura y prosiguió tranquila en su hacer.

- Es tu espacio, tu dominio. - Dijo finalmente. - El rango de todo tu mundo. Aquello que proteges, aquello que te guía, todo envuelto en este circulo.

Evelyn observó y asintió. Las palabras de Liliana no eran las de una fanática religiosa más. Eran las de una espadachín consagrada.

- Cuanto mayor sea tu dominio, mayor será tu conocimiento sobre ti misma, pero más pequeño será el circulo que realmente controlas. Y mientras más pequeño sea, mejor podrás protegerlo.

La respuesta fue escueta. Un "Bien" escapó rápido de los labios de la rubia.

- Con cada nuevo circulo, tu mundo se contrae. Te acerca más a tu propósito.

Su propósito. Quizá algo que jamás fuese a compartir con Liliana. Su mente vagó durante unos instantes en el lugar. Calló durante unos instantes, hasta que rasgó el aire con el estoque en una pequeña floritura, señalando a Liliana en una suave pose en guardia.

- Manejar demasiados círculos puede ser peligroso, Liliana.
- Por eso debes conocerte intimamente. Tus ventajas, tus desventajas. Tus limites. Solo así puedes decidir qué entra en cada círculo, y lo que te ofrece.

El acero de Evelyn brilló, firme. Su mirada no abandonaba a Liliana.
- ¿Cuantos manejas tú, querida maestra?

Liliana sonrió de medio lado.
- No los suficientes. Nunca lo son. El circulo nunca es demasiado pequeño. Pero lo importante es la convicción que te guía. Y el empeño. Puedes fallar, sí. Pero no puede fallarte jamás tu guía interna.


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Mientras hablaba, retrasó lentamente el pie derecho, agazapándose con precisión, protegiéndose con el escudo. Su defensa era impecable.

- Ahora dime. ¿Como te vas a acercar a mí?


Evelyn estudió cada detalle. El ángulo del escudo. La distribución del peso. La quietud engañosa de su maestra. Manteniendo el estoque en guardia, contestó.

- Un embate directo sería demasiado ambicioso. - Inclinó la cabeza.- Mi arma es más larga, pero la tuya está más afilada. Atacaría a aquello que te hiciera tambalear.

La sonrisa de Liliana no desapareció.
- ¿Y cómo sabrás lo que me hace tambalear?
Ella no dudó.
Un cazador debe conocer a su presa, maestra. Si no, aventurarse a cazarla puede ser fatal.

Sus palabras flotaron en el aire entre ambas mientras la distancia se acortaba. Evelyn había roto la charla, tratando de aplacar a Liliana con el hombro, pero Liliana ya estaba en movimiento.
Los ojos de la Selunita no abandonaban a Evelyn, pero no fue el escudo el que respondió, sino sus pies con estricta rapidez. Esquivando el embate con facilidad.

- Observación y estudio.
El cuerpo de Liliana se movió con fluidez. Buscó una apertura en las defensas de Evelyn, trató de hostigarla con rapidez para hacerla retroceder. Evelyn soportó el embate, chocando su acero con el de su maestra.

- Estás dentro de mi circulo, Evelyn.
Liliana trató de rodar por el suelo para esquivar la estocada que la desestabilizase. Evelyn trató de pisarle la mano, ahora en el suelo, para desarmarla. Otra vez, la Iluskana había sido más rápida.

- Mis circulos son más pequeños, maestra.
Chocó nuevamente contra ella. Quizá Liliana era más rápida, pero la técnica de Evelyn se basaba en hostigar, y poco a poco comenzaba a hacer mella en ella.
En un instante Liliana se posicionó a espaldas de Evelyn.

- El circulo es tu mundo. Quien entra en él, entra en tu mundo. Tus normas, tus reglas, tu... Juicio.
Evelyn leyó el movimiento de Liliana, y su pie giró hacia ella. Un pequeño engaño que haría que la Selunita descubriera uno de sus flancos. Amagó aquella ofensiva para que respondiera, y cuando lo hizo, fue ella quien danzó hacia sus espaldas.

- ¿Qué protegeis?
- Todo lo que me permita mi alma.

El kukri chocó contra el estoque. Espalda contra espalda. Un empate, quizá.

- El peso de un alma es demasiado pesado para sostenerlo solo con dos manos.

- No hay nada ligero, no hay nada fácil ni sencillo, todo pesa. Las preguntas que a mi diriges son aquellas a las que debes hayar tú respuesta.
 
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"Vino Áureo"
III
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Agujas de Oro vibraba con la alegría de sus festejos, mientras la casa Gáldrim desplegaba un elegante puesto de vinos y exquisitos productos traídos desde Púrskul. Evelyn cataba el vino con un aire distraído, conversando apenas, a trompicones, con aquellos que iban y venían entre el bullicio.
Paseaba con serena curiosidad por los puestos. A veces se detenía a participar en alguna actividad; otras, intercambiaba palabras con los asistentes y se dejaba envolver por el esplendor del Waukeenar, contemplándolo todo con la mirada de quien apenas comienza a descubrir los encantos de Amn, todavía ajena a las inclemencias de la región de la codicia.

No fue hasta el segundo día de celebración cuando un cartel, firmado por Jadzia, captó por fin su atención:

“Se busca alquimista, en colaboración con una excelsa casa comercial.”

Lo sostuvo entre sus manos durante unos instantes, y un pensamiento, breve pero firme, tomó forma en su mente: una oportunidad.

Al anochecer del día siguiente conversó por primera vez con Talivia; apenas un susurro entre el discurso de clausura de la feria y las luces que, poco a poco, comenzaban a apagarse. Un interés suave, casi velado, propio de quien desea volver a probar un vino de cuidada manufactura, o de aquél que reconoce a alguien más. Fue una charla breve: la sonrisa compartida, la complicidad sutil y el entendimiento silencioso.

A aquello le siguieron la entrevista, la compra de los propios vinos… y una certeza. Púrskul la trataba bien. La casa Gáldrim, también. Las confidencias surgidas en aquel entorno profesional contrastaban con el aire distendido de Talivia y su constante fricción con Sulion. El paseo por los salones, el recorrido por aquellas estancias, desvelaban la historia como un tapiz costoso que se desplegaba lentamente ante sus ojos.

Los días transcurrieron hasta que el llamado de aquella excelsa casa comercial —como había anunciado Jadzia— llegó por fin a ella. Volvió a Púrskul, de nuevo a la recepción de la casa Gáldrim, aunque esta vez envuelta en la discreción que su labor, menos pública, garantizaba a sus distinguidos clientes. Recorrió los pasillos que ya conocía hasta la bodega con paso contenido, sumida en sus pensamientos acerca del encargo hasta finalmente dar con los que serían sus compañeros en aquella materia secreta.

Un vino — El vino—, destinado a alguien qué, sin saberlo, había hecho de ese momento algo un momento de círculo completo en su deseo, que viajaba hasta la primera noche donde a penas conocía su alrededor y danzaba sobre esa misma idea hasta llegar hasta el presente, uno que comenzaba a conocer.

Era su cliente indirecto más importante hasta la fecha. Y el vino debía ser único. La alquimia y la magia jugaron un papel importante. La música suave de Sulion y el hacer conjunto debían garantizar qué el cliente estuviera más que satisfecho y la presión se notaba en el ambiente con cada parte del proceso. Fallar en esa cuestión era algo que Evelyn no podía permitirse.


Hasta que terminaron, y la respiración volvió a la sala mientras aquél único vino reposaba ya en su pequeña y lujosa barrica.

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"El Lugar Feliz"
IV
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La habitación se encontraba en silencio, con el frío aire colándose por las contraventanas. La cama estaba deshecha y dos tazas de café sobre la mesa. Una, ya vacía. La suya aún llena. Poco a poco, se acomodaba a la quietud de Náskhel. Comprendía por qué la gente acudía a la ciudad inclinada para alejarse la capital, era un escape útil. Un escape funcional.

Pero ella estaba presente en ambos lugares, no a la vez, pero ciertamente cerca.
Se levantó de manera pausada y tomó la taza de café entre ambas manos. Poco después, tomó su libreta, donde se encontraban todos sus esbozos para La Voz de Amn. Cada articulo era meticulosamente medido, y ninguna frase escrita parecía ser fruto de la inspiración. Pasó la página, buscando encontrar las palabras para el siguiente escrito, y entonces, negó.

Tomó la pluma. Miró hacia el balcón, vislumbrando la ciudad inclinada. Desde allí, la ciudad no se presentaba como un conjunto de calles, sino como la muestra más clara de la humanidad en una sociedad menos bulliciosa.

Varias tareas la “encadenaban” a la ciudad, pero no había fricción en ello. Las había incorporado como parte del mismo orden operativo que definía su estancia allí. No como imposición, sino como continuidad. Un pensamiento cruzó su mente, y comenzó a escribir.


Abuelo,

No sé si alguna vez leerá esto en el momento en que lo escribo, o si llegará a usted filtrado por la distancia, el tiempo o la interpretación de otros que aprovecharán mi distancia para posicionarse cercanos a vuestro oído.
Pero creo que eso ya forma parte de lo que significa escribirle a usted. He pasado mis días intentando comprender vuestro hacer. El cómo, y el cuando llegó a ser para mí el pilar de mi mundo. E incluso las historias que le contabais a padre y al tío Arthur de cómo construisteis vuestro propio camino.


Sepa que usted es mi más marcada inspiración, y que el deseo de mantener viva a la familia pasaba por contentarle. Durante mucho tiempo, no más.

He comenzado a entender que la lealtad, tal y como me fue enseñada, no es un punto fijo al que uno regresa, si no una línea que se mantiene coherente con aquello que pretende sostener. Y en esa coherencia, he encontrado aquí, en Amn, algo que no había considerado antes con suficiente honestidad.

La capacidad y la posibilidad de decidir por mí misma qué forma debe tener esa lealtad. No le escribo para validar mis decisiones; pues si algo me ha enseñado es que el reconocimiento no sostiene en pie nada que no esté parado ya por sus propios méritos. Le escribo con certezas nuevas. La familia sigue siendo importante para mí, pero ya no como vuestro deseo, si no como algo que deseo preservar mientras tenga sentido en todo aquello que he decidido construir.
Quizá le resulte extraño leerlo así.
Quizá, ya intuia que esto podría pasar cuando el barco me alejó de casa.
Usted siempre fue mejor que nadie interpretando lo que otros aún no sabían lo que estaban haciendo. Si ese sigue siendo el caso, habrá entendido sin necesidad de que lo ponga en palabras lo que significa esta carta.
No volveré pronto a casa. Cuidaos de las serpientes que se deslizan bajo las tablas de vuestro salón.


Su nieta, Evelyn.

Observó la tinta secar en silencio, con un aire resolutivo. Tomó la taza de café y se asomó al balcón para observar mejor la calle. No encontró alivio al escribir aquellas líneas, pero tampoco lo había buscado, solo la satisfacción de haberlas escrito finalmente.
 
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CRÓNICAS DE LAS BRUMAS
"Danzando con la Muerte"

I-II- III
Había perdido la noción del tiempo; cuánto llevaban ahí. Cuánto les quedaba en aquella cueva. Cuando Sir Aldric se personó en la entrada de esta y ofreció una escolta hacia su castillo, el grupo celebró.

Aunque Evelyn recordaba la advertencia sobre el caballero que aquél granjero había dicho, a penas cuando llegaron a los campos.

"Les recomiendo no cruzarse con él"

Los primeros días en el castillo fueron cómodos, sin embargo. Eran tratados como huéspedes de honor, e incluso el caballero aceptó a ser entrevistado, y un carruaje para proseguir la marcha concedido. Había algo, en cambio, qué no terminaba de rodar en la cabeza de Evelyn entonces. Quizá el cómo Aldric había mostrado perder la paciencia frente a todos, liberando un aura rojiza e inquietante por las grietas de su armadura mientras sus guantes chirríaban.

Algunos de sus compañeros se relajaron y tomaron aquello como una pausa en el camino hasta su próximo destino. Se creían los héroes que tomarían respuestas de la extraña bruma que asolaba Amn. Creían que estaban haciendo toda una labor con aquello.

...Hasta que las puertas del castillo, se cerraron.
Y los huéspedes de honor se habían convertido en silenciosos prisioneros en jaulas doradas, en un castillo repleto de muertos con armaduras pesadas.

No comprendía, o más bien no era capaz de entender la pasividad del grupo cuando la noticia llegó. Al momento, ella supo que significaba un problema cuya solución estaba lejos de llegar. Su mente comenzó a visualizar escenarios. Deseaba tener el control, o más bien desesperadamente aferrarse a lo poco que le quedaba de este.




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La promesa del carruaje fue extendida en el tiempo. Primero fue hasta que los ataques de los yuan-ti espectrales cesasen; después, cuando un baile anual tomase lugar en el castillo.

Si tan solo hubiera previsto aquello.

La noche del baile, un esqueleto a las órdenes de Sir Aldric dejó trajes para todos los aventureros. Chaquetas rojas para los hombres, vestidos verdes para las mujeres. Era un baile de máscaras, pero ellos no tuvieron una.

Cuando llegaron a los dorados salones, donde la música se alzaba y los distinguidos invitados bailaban, Evelyn paseó por las inmediaciones de la fiesta. Escuchaba música, comprobaba las ventanas, paseaba e intentaba sin mucho éxito charlar con el resto de invitados.

Demasiado alto como para saltar.
Demasiado ambicioso para huir.
Acabó por resignarse y apartarse de la fiesta, apoyándose en una de las paredes junto a una chimenea.

Y entonces, Sir Aldric se levantó de la silla de madera en la que estaba sentado presidiendo el baile, haciendo sonar su armadura de galas oscuras. Caminó hasta el centro de la sala, y le ofreció la mano en la distancia.


- ¿Me concedeis un baile, señorita? - Había algo en los gestos del hombre que denotaban, por seguro, que no se había confundido. La estaba mirando directamente a ella, cubierto por aquella máscara que a penas dejaba entrever su rostro, como un depredador acercándose a un cervatillo.

Pero Evelyn no era un cervatillo. Era un león. Su faz se tornó rígida unos instantes, pero no duró mucho hasta que hizo una reverencia cortés y caminó hasta el centro de la sala, al encuentro del señor del castillo con una sonrisa encantadora.


- Me honrais, mi señor. No hay nada que prefiriera más. - Mintió. Por supuesto que lo hizo. Tomó las manos del caballero de la muerte entre las suyas y dejó que marcase el ritmo del baile. Negarse a aquello significaba perder la chispa del control que él acababa de otorgarle.

Aldric comenzó el baile de manera comedida, danzando lentamente al ritmo de la música mientras mantenían distancias sutiles. Su voz resonó bajo la máscara.

- Estais hermosa esta noche. - El control de Aldric era férreo, Evelyn comenzó el juego siguiéndole. Trató de leer más allá de las intenciones del caballero, y lo que encontró fue un pequeño hueco en su máscara que le otorgó toda la verdad que necesitaba. No tenía rostro, solo una calavera con a penas piel en esta bajo la máscara. No jugaba con un noble normal, si no con uno que observaba el mundo desde la perversión de la muerte.

Entonces, comenzó a tomar el control del baile. Se separaba del hombre, volvía a él. Trataba de no mirarle fijamente para dar una ilusión de timidez, mientras que la realidad era para no desvelar lo que ya sabía.

- La velada qué habeis organizado es hermosa, me siento afortunada de compartirla con vos. - Mentira, tras mentira, Evelyn comenzó a tantear el terreno, pero Aldric la tomó por las manos y la acercó aún más a su pútrido rostro.

- Teneis un cuerpo frágil que se marchita. Aquí podría darte la vida eterna tanto como la has podido soñar. Solo tienes que quedarte, para siempre. - Ahí estaba la condición. El susurro que cambió el baile y lo transformó de la incomodidad, a una ventana de acción.

- ¿Y si deseo conocer vuestras tierras antes de tal destino, nos dejaríais marchar, mi señor, con la promesa de volver y ser suya? - Susurró de vuelta mientras Madeleine y Astrid hablaban con lady Ysara, otra noble en la fiesta. No deseaba quedarse. Deseaba una puerta abierta por la que marchar, incluso si eso significaba dejar ahí a su huesudo pretendiente.

- Podría abriros las puertas, solo si vos quedais a mi lado. Ah...Podría hacerlo. - Otro callejón sin salida. Sacrificarse por el bienestar del grupo. Era horrible.- ¿Has pensado en una vida de lujos, donde todos estén por debajo vuestra, mi dama? ¿Donde os sirven? No tendríais que preocuparos por nada, solo por vos misma.

- Me pedís que me quede con vos. Pero no puedo concederle eso a alguien que no sea mi esposo. No es propio de una dama respetable, Sir...- La carta de la pureza era lo único que le quedaba. Una declaración hecha con tiento. No estaba dispuesta a aceptar ser una prisionera con derechos en aquella jaula dorada. Renunciar a su vida y a su mortalidad por los designios de otro. Si Aldric estaba dispuesto a retenerla, sería bajo sus términos.

La música cesó. Madeleine y Astrid habían conseguido información de Lady Ysara. Y Aldric separó su rostro de ella, y se deslizó por su nuca.

- Pensadlo, consideradlo, y todo esto puede ser vuestro.


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Madeleine y Astrid habían conseguido de Ysara la información de que existía otra suerte de salida para su situación, aunque implicaba buscar en la bruma, y las puertas continuaban cerradas. Durante los dias siguientes, Evelyn le expresó al grupo lo que había ocurrido. Opiniones múltiples.


Kath y Vraask se convencieron en afearla en apariencia, incluso rompiéndole la nariz para que Aldric dejase de considerarla atractiva. Se negó.

Si mantenía la esperanza de control de Aldric, tenía una carta que jugar si todo se iba hacia el sur. Ofrecerse como premio si el grupo era descubierto, negociar una liberación. Eran cosas que no podía permitirse perder en aquél momento. Cosas que asumía que el grupo no entendería.

A su modo, la supervivencia del grupo significaba la suya propia. Debía velar por ellos, incluso si su plan no era entendido o compartido. Si debía ser responsable por este, lo sería.

Vraask y Liam tuvieron la primera idea para escapar del castillo. Infiltrarse y buscar pasadizos. Se utilizaron sortilegios sobre ellos, rastreos cuidadosos En ellos estaba la esperanza de cortar de raíz aquella jaula dorada.

Pero no volvieron. El que tocó la puerta de la habitación fue el puño de Aldric pocas horas después.

- Vuestros dos compañeros han tomado el carruaje con Lady Ysara hacia Lidenmark, me pidieron que os informase. Las puertas del castillo han sido abiertas, finalmente. Era lo mejor para vosotros permanecer en el interior hasta que los ataques cesasen.

Kath y Madeleine le cuestionaron. Evelyn se acercó a la puerta y adoptó una postura pasiva, con una sonrisa conciliadora. Sus manos temblaron, su ceño se mantenía semi-fruncido, en una obligación de mantener el rostro sereno.

- Ha debido habersenos olvidado, si es que nos lo comentaron. Qué despiste por nuestra parte, Sir.
Madeleine notó en el caballero frustración. Ira. Estaba alerta. Era posible que sus compañeros no estuvieran en ese carruaje. Y entonces Evelyn dio un pequeño paso hacia adelante.

- Sir Aldric. ¿Me concederiais una reunión con vos? No desearía importunar en vuestra apretada agenda. - Su voz sonó extremadamente suave. La presión comenzaba a notarse en el rostro de la mujer.

Madeleine la miró fijamente. Evelyn dio un asentimiento sutil.

- En unas horas acudirán caballeros para escoltaros hacia mis aposentos, señorita Evelyn. - Y entonces, marchó de la habitación.

Tomó el vestido que había llevado en el baile, aquél que Aldric le había proporcionado. Volvió a ponerselo, y esperó el momento para jugar su carta más desesperada.


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Kath y Evelyn se encontraban en la habitación mientras el resto descansaba. La certeza de que Aldric acabaría mandando a uno de sus caballero para buscarla era pesada como una losa en las espaldas de ambas mujeres.

La sargento parecía rota por la desaparición de Vraask, mientras que la mandibula de Evelyn iba poco a poco endureciéndose según pasaban las horas, ataviada con el vestido que Aldric le había concedido mientras compartía una cerveza con Kath, que a penas tomó un sorbo. No había ningún tipo de certeza de que su hacer beneficiara al grupo, pero la inacción era algo que no podía permitirse en ese preciso instante.

Hablaron largo y tendido. Sobre amor, sobre decepción, sobre Amn.
Antes de salir, Evelyn tomó del brazo a Kath y le susurró.

- Haga lo que haga, o diga lo que diga, recuerda que yo también deseo salir de aquí.

Madeleine había conjurado en dos monedas. Una para que Evelyn pudiera comunicarse con ellos si todo se torcía, y la otra para escuchar aquello que se estaba hablando. Colocó una de las monedas en su zapato, y la otra en su escote.

Y entonces, un par de toques se escucharon en la puerta de la estancia, y sin tiempo de reacción uno de los custodios de Aldric llegó. Trató de bromear sobre que podría haberle visto las verguenzas, pero el armatoste no-muerto, no reaccionó.

Comprendió entonces qué con la guardia de Aldric no podría jugar. Comprendió que no tendría margen de acción con los custodios. Una piedra en el camino más. Apretó la mano de Kath sutilmente y salió de la habitación escoltada hacia los aposentos de Aldric.

Cuando la puerta se abrió, el custodio siguió sin dirigir palabra. Y entonces, Evelyn le miró con frialdad mientras pasaban por los pasillos hasta detenerse en la gran puerta donde Aldric la esperaba. Dio tres pequeños toques en la puerta y entró a la habitación. La puerta se cerró a sus espaldas por sí sola. Caminó lentamente hacia Aldric y le tomó las manos cuando este salió a su encuentro.

- Curioso lugar, Sir.

Aldric tiró con fuerza de la mano de Evelyn hacia él, sus cadavéricos ojos observándola de nuevo. Pero Evelyn no apartó la mirada en esta ocasión.

- ¿No veníais porque teníais preguntas, o es que os habeis decidido por mi propuesta? Sabeis de mi tiempo.
- Sé de vuestro tiempo, también sé de vuestra proposición. Es por eso que he venido. Toda pregunta que deseaba haceros, ya os la he hecho.

Apretó con más fuerza el agarre, sosteniendo a la mujer por las muñecas.

- Recordadme... - Evelyn observó sus muñecas y sus labios temblaron ligeramente.- Mi señor, Aldric. Quizá...Esposo. ¿Qué me ofrecisteis la noche del baile? Lastimosamente mi señor padre no está para negociar nuestra unión, pero vuestro...Valor. Vuestra resilencia, vuestro coraje y fuerza. Admitiré que deseaba conocer al hombre tras la armadura.

- Una eternidad a mi lado es lo que os ofrecí y os ofrezco, donde tendrás todo lo que pidas como mi señora, como una igual a los nuestros. No os preocupeis por vuestro padre, porque de necesitar testigos ya tenemos a vuestros compañeros, que estarán dispuestos.

- ¿Eso es lo que me ofreceis? - No lo desmereció, pero lo contempló. - ¿Un nombre, una posición...Una eternidad encadenada bajo la sombra...de mi esposo? ... ¿Por qué no me rompisteis, Sir? Podíais haberlo hecho. Haber tomado cuanto deseabais, pero no lo hicisteis. ¿Visteis en mí algo más que un corazón latiente...?

-Os recuerdo que dirijo estas tierras con fervor y orden, aunque vuestras palabras indiquen lo contrario. - Autoridad. Aldric parecía molesto con la insinuación.

- Un orden que he respetado con fervor, esposo. - Evelyn bajó el tono, adoptando una postura suave, pero no sumisa. Su mano se desligó del agarre de Aldric y viajó hacia su yelmo, acariciandolo suavemente. - Si aceptase vuestra proposición, desearía solo dos cosas a cambio de la eternidad...A vuestro lado.

- Pronunciadlas.

- Deseo tiempo. - Alzó ambas cejas, acortando de nuevo distancias. - Si he de entregaros mi mortalidad, será bajo mis deseos. Quiero conoceros, conocer a mi esposo y sus dominios para poder dominarlos junto a él con la fuerza que desea.

-Tendréis del tiempo tras el ritual en que os alzará como inmortal, querida Evelyn. Creedme que lo tendréis para cabalgar a mi lado por todo el Ducado.

- No, Sir. Eso no es tiempo, es una certeza. Deseo hacer las paces con mi vida antes de entregárosla. Tenéis todo el tiempo de vuestra mano, y yo apenas poseo el mío. ¿Entendéis el regalo que os concedo, mi amado?

- Parece que no lo estáis entendiendo, Evelyn. No es un punto a debatir, vuestra transformación para la eternidad se llevará a cabo en el castillo. Vuestros asuntos quedarán como algo del pasado; en esta nueva vida que se os entrega, no necesitaréis de ellos y lo veréis diferente. -Apoyaría la siniestra en la espalda de Evelyn, mientras mantenía su mano izquierda cogida con la diestra.

Los labios de Evelyn se curvaron en una mueca desaprobatoria, pero sin apartar la mirada de Aldric. - ¿Deseáis una reina, o una ramera, Sir? Las rameras harán aquello que deseéis sin rechistar, pero os escupirán en el rostro al menor inconveniente. Yo no deseo ser eso. Si decís amarme... -Pausó, abriendo los ojos con una aparente sumisión.- Permitidmelo. Y garantizad la salvaguarda de los que me acompañan. Los quiero a mi lado, vivos y con la protección que hasta ahora les habeis brindado.

- Entonces, los encerraré en sus aposentos para que nada pueda pasarles.

- No, no así.

- Os contradecís. Si es a vuestro lado, es a vuestro lado. No tendrán opción siendo vuestro deseo.

-Si ellos desean permanecer. -Se giró hacia él, con una complacida sonrisa.- Aldric, querido... Vuestro puño férreo en ocasiones necesita el susurro de alguien templado. No todo es blanco, o es negro... Quiero su seguridad. ¿Cuántos años habéis pasado solo...? ¿Sin que nadie os acompañara?

- Veo que os preocupa mucho su bienestar, es algo en lo que podréis meditar. Ya he escuchado vuestras condiciones y sabéis las mías. Tenéis de tiempo hasta que terminen de preparar el carruaje. Ahora podéis regresar a vuestros aposentos, estoy seguro de que volveréis a mí si eres lo que vi en ti.

Evelyn compartió unas pocas palabras más con Aldric en dirección a la puerta. Se giró hacia el custodio que la esperaba y encaminó la marcha sujetándose las faldas del vestido, con un gesto turbado hasta llegar a la habitación.

Había conseguido un poco más de tiempo.


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Offtopic :
Ahora que la trama de @DM Tepes Ha terminado puedo permitirme liberar los "Aldric Files" que hasta ahora no había podido liberar para evitar spoilers, jeje. Estos relatos son parte de la ambientación seguida del evento del gremio de Aventureros, que ha durado casi dos meses ;) No están todos los personajes implicados, ni todas las decisiones tomadas porque no me da la vida entre esta y otras tramas, pero aquí teneis mi pov de casi todo, y de como casi me caso y me mato (el mismo día)
Un besito a Tepes por la trama, y como en cada semana de evento estaba muerta de miedo por perder al pj, al final siempre nos quedarán las risas <3
 

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METAMORFOSIS
V - Kalathyr

Dime, Adivina. ¿Cuál será mi fortuna en los negocios y en el amor?
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Se había dignado finalmente a bajar del barco. Comprendía que el asunto de la bruma no iba a disiparse pronto. No podría volver a casa, los dioses sabían en cuánto tiempo.

Aunque tampoco le importunaba especialmente. No creía en las casualidades, pero el destino también era algo que se le escapaba del entendimiento. Los resultados era aquello que su familia le había inculcado, y mientras tuviese el estoque, sabía que podría caer de pie.

En Puerta de Baldur, o en Amn, los resultados serían eventualmente entregados, por supuesto. Paseaba por las ciudades Amnianas como una avispa agitada, disfrutando de los pequeños placeres. En su mente en aquél momento no existía, siquiera, la posibilidad de hacer de Amn su hogar. Lo disfrutaba, quizá, como unas vacaciones del deber.

Paseó por la feria con un gesto curioso.
Los diferentes puestos, el género de los comerciantes, los juegos.
Había disfrutado de un par de casetas cuando llegó hasta la de Ámbar.


Su porte mucho más altivo, su voz mucho más petulante. Sonrió.

— Dicen que las cartas son herramientas de autoconocimiento, ¿No es así?
— ¿Deseais probar suerte? Sereis la última a la que atienda hoy.


Evelyn no lo sabía entonces, pero la suerte era un concepto que estaba a punto de agotarse.


— La Emperatriz, el Emperador y el Sumo Sacerdote. Encontrareis a alguien que os equilibre y os alce, cercano a vuestro propósito. Vuestros negocios funcionarán.

Entonces extendió una bolsa abultada de monedas a la adivina, y se permitió reir.

— Ah... ¿Que me equilibre? Eso va a ser todo un reto.



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"Concédeme la visión que la Bruma me arrebató. Y la firmeza para reconstruir de las cenizas mi lugar. Que toda incertidumbre se ordene bajo mi juicio.

Y dame claridad para imponerlo."


Susurró, mientras en aquel camastro en Kalathyr lamía sus heridas.
Las acometidas no descansaban, y la danza de su estoque se alineaba con la firmeza de sus aliados.

Una, dos, tres criaturas. Las que hiciera falta encarar para proteger el bastión, hasta que una golpeó de manera demasiado certera. Demasiado profunda. Una cicatriz que cruzaba su pecho.

Aquella guerra hacía que todos sus sentidos estuvieran alerta. Desde su posición en el cuartel las misivas no dejaban de salir y llegar. Cada día, antes de acudir al frente a hacer danzar su acero, escribía. Informaba de la situación, se mantenía al día con Ewan. Aconsejaba en la frontera y más allá de ella. Su mente estaba casi tan exhausta como su cuerpo, pero no dejaba de acudir, y no dejaba de escribir.

El amanecer en Kalathyr no traía consuelo, solo una luz grisácea que filtraba el humo de las hogueras y el olor a metal oxidado. Evelyn se incorporó en la litera, sintiendo cómo el vendaje tiraba de su carne, una punzada eléctrica que le recordaba que seguía viva y, sobre todo, que en el micro-clima de Kalathyr, ajeno a la realidad de la ciudad, era requerida. En esta ocasión las brumas no la recibían con un castillo y margen de maniobra, ni con las comodidades que Aldric, su primer carcelero, le había dado.

Ignorando el ruego de sus músculos, se sentó frente a su pequeño escritorio de campaña. La madera crujía bajo el peso de sus pensamientos. Su estancia había sido tan halagada como criticada. Algunos la despreciaron desde un inicio, otros muy diferentes la ensalzaron y le dieron un lugar en la mesa del consejo. ¿Era odio? No, no lo era. El odio no la movía de esa manera. ¿Era, por cuenta, ira? Los dioses sabían que no.

Dejó que la pluma descansara un segundo sobre el papel, observando cómo la tinta era absorbida por la fibra basta del pliego de campaña. No había lágrimas, no. Sus ojos estaban secos, irritados por el humo y la falta de sueño, pero fijos. Ya no preguntaba por su fortuna, y ya no reía.

“Tiempo” escribió en el margen de la hoja, y por un momento pensó en aquella noche en la feria, y todo lo que había cambiado desde entonces. No envisionaba a Amn como su hogar por largo tiempo, pero había decidido alejarse de su familia. No se imaginaba encontrando a alguien que la equilibrase, y desde la distancia, mientras escribía, observaba a Tark dormir en la litera, también exhausto por la contienda.

"Los extranjeros han hecho de Amn su patria" Dijo Ewan.
"Los limpios están detrás de las murallas. Buscaste un hombre fuera de estas." dijo Tark.

Y en ambas cuestiones, ambos, sin saberlo, habían marcado sutilmente un camino que llevaba tiempo haciéndose.

Sería Amniana.
 

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ALIANZAS
VI - Kalathyr
¡Evelyn!

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Durante semanas, la campaña de Kalathyr había resultado un infierno para cualquiera que hubiese decidido no rendirse. Los astrónomos, criaturas venidas de otro plano cuya mera existencia ya era motivo de desconfianza, se habían asentado en el bastión como una solución que nadie terminaba de aceptar del todo, pero que tampoco podían permitirse rechazar. Sus artefactos, capaces de poner en jaque cualquier forma de magia, se alzaban como la única promesa real de disipar la bruma en Kalathyr, aunque para ello hubiese sido necesario repartirlos entre demasiadas manos: la Schola, los propios astrónomos, los magos rojos de Alghul… e incluso uno descansando, casi por accidente, en uno de los cajones de Ewan.

Contra todo pronóstico, había sido él quien había logrado lo imposible, alcanzando un acuerdo con Ithar, Obara y Jadzia para reunirlos y abrir el monolito. Y, sin embargo, ni siquiera entonces el camino se había despejado.

Las criaturas no dejaron de llegar.

Cadáveres animados por fuerzas antinaturales, armatostes sostenidos por sangre demoníaca y horrores que parecían filtrarse directamente en la mente de quienes los contemplaban continuaban asediándolos sin descanso, como si la propia bruma se resistiera a desaparecer. Fue en ese contexto, cruzando uno de los puentes que conectaban las plataformas exteriores, cuando el suelo comenzó a ceder bajo sus pies.

El temblor en el puente del río no fue lo bastante brusco como para provocar pánico inmediato, pero sí lo bastante traicionero como para romper el equilibrio en el momento exacto. Evelyn notó el desplazamiento antes de comprenderlo del todo, una ligera falta de resistencia bajo el pie que bastó para que su cuerpo quedase mal posicionado. Cuando quiso corregirlo, ya era tarde.

El borde desapareció bajo su bota y el vacío se abrió ante ella, con el lago de lava extendiéndose abajo como una certeza incuestionable. Su error de cálculo la iba a hacer caer.

Su mente se movió con la rapidez a la que estaba acostumbrada: distancia, altura, tiempo. El margen de error era inexistente.


—¡Evelyn!

La voz de Samira llegó entonces, clara incluso entre el estruendo. Al alzar la vista, la vio inclinándose hacia ella con el brazo extendido, sin cálculo aparente, sin otra intención que alcanzarla antes de que cayese. Durante un instante, Evelyn valoró la opción. La distancia era justa, el ángulo incómodo y el resultado, en el mejor de los casos, dependiente de una fuerza que no controlaba. Había posibilidades de éxito, sí, pero también de fallo, y ninguna de ellas garantizaba que saliese ilesa.

Para cuando ese pensamiento terminó de formarse, sus dedos ya se habían cerrado alrededor de la varita de vuelo. El gesto fue limpio. El impulso ascendente la elevó con rapidez hasta devolverla a terreno firme. No hubo dramatismo en el aterrizaje, solo control de daños.


—¿Estais bien? - Preguntó Jadzia.

—Los Blackwood siempre caemos de pie, por fortuna.


La mano de Evelyn fue al hombre de Samira entonces, como si de manera silente agradeciese el gesto. La miró, y una sonrisa llena de adrenalina contenida se mostró en sus labios antes de volver a afianzar el estoque.

—Esta puede ser nuestra primera gran gesta conjunta, de Vaelmonte.

—Espero que no sea la última


Samira, aún preocupada, le apretó el hombro, y ambas continuaron en la contienda. El estoque por delante de la magia, y la magia tras el estoque.

Offtopic :
¡Final de la trama de Kalathyr!
 
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LA MENTE Y EL ESTOQUE
VII
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La luz era tenue. Los pasillos del castillo estaban en quietud. Y frente a ella, aquél pasillo que recorrió aquella vez con humillación. Miró hacia el resto de puertas, y esta vez trató de abrirlas todas. Cuando las abrió encontró solo una pared.

Desconcertada, siguió el camino hasta la gran puerta que se encontraba en el pasillo. Y la abrió.

Los aposentos de Aldric, nuevamente.

Y de espaldas, esa armadura negra. Negó una y negó dos veces, mientras su espalda chocaba contra la pared donde debía estar la puerta. ¿Pero cómo era posible...? Había escapado. La figura de Aldric no se giró, pero la voz del esqueleto andante heló sus huesos cuando resonó por la estancia.

— Teníais tiempo para arreglar vuestros asuntos. Pero marchasteis. Oh, Evelyn. Pero yo no lo he hecho.

Y despertó. No con un grito, pero sí con un horror paralizante. Llevó la mano al anillo que reposaba en el índice, cercano donde se encontraba su anillo real de compromiso. Su mano tembló. Su cuerpo entero quizá lo hizo.

Y de un tirón se retiró aquél anillo, aún sin comprender su alrededor, sin saber si lo que había vivido en la ensoñación era una ilusión o una realidad. ¿Estaba en su cama, o estaba en el castillo, encerrada nuevamente...? Tocó las sabanas, temerosa de que fuesen las telas de aquél maldito vestido verde, y su pecho comenzó a subir y bajar mientras trataba de acallar su respiración.

Con una lentitud calculada, Evelyn se deslizó fuera de las sábanas. El suelo de madera de la habitación estaba frío, pero era un frío natural, reconfortante, el frío de la vigilia. Agarró un pañuelo de seda de su tocador y, usándolo como barrera para no tocar el metal directamente, apresó el anillo de Aldric. La joya pesaba más de lo que recordaba.

A la mañana siguiente no le siguió el pánico.
Cuando el alba despuntó finalmente y se filtraba a través de las cortinas acabó por levantarse y dirigirse cercana a la ventana, corriendo las cortinas para que la luz tocase su rostro de forma indirecta. Se sentó frente a esta y posó su estoque frente a sí. Encima de este, el pañuelo de seda rojo y el anillo.

Meditó en silencio aquello que acababa de vivir, tratando de entrar en una comunión silenciosa con su arma, y reconciliarse con su mente una vez más. Su ki, en ocasiones, respondía a una necesidad de retribución. En otras a su deseo de control, pero siempre a su mente.

El silencio de la estancia no era pleno, la madera crujía con suavidad bajo los cambios de temperatura, y, más allá de los ventanales, el mundo despertaba con el bullicio natural.
Evelyn no levantó la vista. Sus ojos permanecieron fijos en el acero del estoque, como si en el reflejo de la hoja buscase algo.

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Inspiró lentamente, llenando sus pulmones con una cadencia medida. Retuvo el aire un instante. Lo liberó después con igual precisión. Una y otra vez, hasta que el temblor residual de sus manos dejó de pertenecerle.

El anillo permanecía inmóvil sobre el pañuelo, y esta vez no evitó mirarlo. No había en su expresión rechazo ni miedo, sino un cálculo frío, casi clínico, como si evaluase una pieza más dentro de un conjunto mayor. Sus dedos se cerraron entonces alrededor de la empuñadura del estoque, sintiendo el peso familiar, la certeza de aquello que sí obedecía leyes claras, a diferencia de los recuerdos, a diferencia de las voces que repetían...

“Teníais tiempo.”

La frase no necesitó resonar en la estancia para hacerse presente; Evelyn inclinó apenas la cabeza, como si midiera aquella interrupción, y exhaló con lentitud.


—No.

Con sus palabras llegó aquél sentimiento, no como una emoción desbordada, sino como una tensión que encuentra su cauce y se recoloca silenciosamente.

Alzó el estoque y la hoja capturó la luz del alba en un destello tenue. Ejecutó una estocada limpia, luego otra, y otra más, como si en la repetición pudiera descomponer aquello que la perturbaba hasta reducirlo a algo comprensible.

Comprendió entonces que, si el recuerdo de Aldric la atormentaba, aprendería a dominarlo, entrenaría hasta someterlo a la misma disciplina que regía su cuerpo y su acero, y llegado el momento volvería a ponerse el anillo.

Y cada noche, le mataría.
 

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LA MUERTE DE LOS IDOLOS
VIII




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"Don Bastien Blackwood ha abandonado este valle de lágrimas a la edad de setenta y dos años. Su oficio se celebrará en una reunión con aquellos a los que en vida amó."


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—No todos.—
Tomó la carta entre las manos, y la acercó a una de las velas de la estancia, quemándola mientras la observaba

Mientras los buitres alimentaban sus arcas con las pertenencias de su abuelo, ella no podía volver. No podía permitirselo en estos instantes, siquiera un par de noches.

Afuera, Athkatla rumiaba el eco de sus propias conspiraciones, ajena al luto silencioso que se consumía en cenizas sobre la mesa de caoba.

Evelyn contempló el papel ennegrecerse, retorciéndose hasta que la última letra del nombre de su abuelo fue devorada por el fuego. Setenta y dos años de orgullo dinástico reducidos a un destello fatuo en un despacho extranjero. Los Blackwood se despedazaban en la distancia, y ella, la nieta que compartía la misma sangre y el mismo rostro, se veía obligada a enterrar el pasado con un informe sobre el escritorio.

Cerró los ojos.




Evelyn rodeó la mesa con pasos cortos. El suelo crujía bajo sus zapatos nuevos. Cuando estuvo a su lado, Bastien la observó unos segundos en silencio. Ella se puso de puntillas, a penas llegando a mirar hacia la parte superior de la mesa.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó el anciano, señalando los papeles.

Negó con la cabeza, mientras se aferraba a la esquina de la mesa para no perder el equilibrio y poder mirar bien.

—Son decisiones. Y cada una de ellas tiene un precio.

La niña frunció el ceño, intentando parecer más seria de lo que era, su rostro se puso algo rojo del esfuerzo de mantener la vista en los papeles. — ¿Como comprar cosas?

Bastien dejó escapar un leve suspiro, casi imperceptible. — No. Comprar es fácil, elegir es renunciar. Cuando eliges una cosa —continuó Bastien— Dejas morir todas las demás.

Jamás olvidó aquellas palabras.


Setenta y dos años. Toda una vida erigida sobre el orgullo, la disciplina inflexible y ese apellido que pesaba en la espalda como una losa de mármol para aquellos que ni disfrutaban la carga.

Se llevó los dedos templados a los labios, respirando el olor a tinta chamuscada que flotaba en el aire. De pronto, Athkatla, con sus intrigas palaciegas, sus conjuras de pasillo y sus batallas de asfalto, se sintió extrañamente lejana, descolorida. Un escenario de cartón piedra. En mitad de la noche más fría de la capital, lo que se abría paso en su pecho no era la ambición, sino una punzada sorda, un eco de la infancia que creía haber sepultado.

Recordó las manos de Bastien. Unas manos viejas, nudosas, que olían a pergamino antiguo y a la madera del despacho familiar, pero que alguna vez, hace ya demasiados inviernos, se habían posado sobre su cabeza con una extraña y severa ternura.
"Eres una Blackwood, Evelyn" , solía decirle, con una sonrisa casi familiar.

La ironía era dolorosa, casi insoportable. La misma frialdad que su abuelo le había inculcado a fuego para sobrevivir a la estirpe era la que ahora la encadenaba a esa silla, impidiéndole cruzar el mar para escupirle a los buitres a la cara y reclamar sus derechos.

No podía flaquear. Huir aunque fuera dos noches, significaba dejar que la estructura que tanto le había costado levantar se desplomara. Bastien no habría permitido otra cosa. Bastien, de estar vivo, la habría abofeteado si hubiera sugerido lo contrario.


—Me hiciste a tu imagen y semejanza, abuelo —susurró hacia la penumbra, y su propia voz le sonó extraña, despojada de la habitual cadencia, rota por un filo de vulnerabilidad genuina—. Tanto, que siquiera puedo ir a enterrarte.

—Te quiero. Siempre lo hice.


Evelyn se reclinó en el asiento, clavando los ojos en el rastro gris que quedaba en la plata. Una lágrima solitaria, pesada y traicionera, resbaló por su mejilla, brillando bajo la luz de la vela antes de perderse en el cuello de su camisa.

Fue solo un instante. Un parpadeo frente a la llama antes de que toda la debilidad se extinguiera con el fuego y su rostro cambiase nuevamente. Había un Juicio de Estado que demandaba su total lucidez.

Athkatla no esperaba a los muertos, y ella tenía trabajo.
 

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LAS CUATRO CICATRICES DE EVELYN BLACKWOOD
IX



“La misericordia es una forma de deuda aplazada; cuánto más amas, más debil eres.”

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Las manos de Evelyn siempre permanecían enguantadas. Quizá fuera un vestigio de sus primeros años entre alambiques y crisoles, cuando la alquimia había quemado su piel mucho antes de aprender a tratarla.

Sin embargo, bajo el cuero descansaban cuatro anillos de los que era ferozmente celosa. Cada uno era el recuerdo de algo que había permitido morir para que otra cosa pudiera vivir en su propia mente.

En combate acostumbraba a hacerlos rozar contra la guarda del estoque, dejando escapar un leve tintineo antes de adoptar la guardia. En otros momentos, cuando la inquietud amenazaba con romper su compostura, los acariciaba distraídamente bajo el guante, repasando sus contornos con el pulgar.






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EL ANILLO DEL JURAMENTO

El primero fue el anillo del hombre al que deseó matar.

Paradójicamente, también fue el primero que recibió,

Sir Aldric de los Cinco Jinetes le ofreció castillos, guardias y una eternidad como regente de un condado a cambio de su mortalidad.

Evelyn rechazó el trato y marchó lejos de aquellas tierras, pero conservó el anillo. En el interior de la banda, ocultas a toda mirada ajena, permanecen grabadas tres palabras:

" Hasta el último amanecer."

Por muchas horas que permanezca en su dedo, el metal nunca adquiere el calor de su piel. Siempre está frío.

Nunca ha tratado de averiguar si se debe a un encantamiento o a un simple capricho del acero, pero cuando lo porta, horribles pesadillas llenan su mente con la imagen de Aldric al dormir.

Prefiere creer que es el recuerdo de la inmortalidad que eligió abandonar antes incluso de poseerla, y el recordatorio del asesinato que debió cometer.





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EL ANILLO DE LA PROMESA

El segundo anillo llegó seis meses después del primero.

Tark Miller se lo entregó cuando Evelyn regresó de su cautiverio en las tierras de Aldric. Medio año había permanecido lejos de todo cuanto conocía, retenida por un hombre que le había ofrecido la eternidad a cambio de su humanidad. Cuando volvió, traía consigo un anillo frío y mucho silencio.

Tark no le pidió explicaciones, simplemente tomó su mano y colocó un nuevo anillo junto al anterior y le ofreció el consuelo cuando ella le había pedido no compadecerse.

Ambos desconfiaban de las palabras pronunciadas en momentos de alivio. Bastó aquel gesto para reafirmarse. Tiempo después, sin decírselo a nadie y mucho menos al propio Tark, Evelyn mandó grabar el interior de la banda.

"T y E."

Había dedicado su vida a tratar de dominarlo todo: el acero, la alquimia, la política, el miedo e incluso la fe. Solo el amor escapaba a su control, y detestaba aquello que no podía controlar.

Quizá por eso nunca dejó de aferrarse a él.



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EL ANILLO DE LA LEALTAD


El tercero fue forjado por Alexander Engendiel, acompañado de un collar de rubíes sangrantes nacido de las mismas manos y del mismo metal. El collar solo abandona su estuche en recepciones y bailes; el anillo, en cambio, jamás abandona la mano de Evelyn.

Alexander siempre ha caminado dos pasos por detrás de ella. Muchos creyeron que lo hacía por obligación o por la influencia que Evelyn ejercía sobre el Oghmita.

Nunca ha sido así.

Fue una elección que repitió cada día, incluso cuando ella le ocultaba más verdades de las que compartía. Alexander nunca necesitó conocer el camino completo; le bastaba con saber hacia dónde debía caminar.

Durante la guerra contra las Brumas combatieron en frentes distintos y recorrieron sendas que parecían destinadas a no volver a cruzarse. Sin embargo, Alexander siempre encontraba el modo de regresar, y Evelyn siempre le ofrecía aquello que pocos recibían de ella: un silencio paciente, suficiente para que el semielfo comprendiera que seguía teniendo un lugar a su lado.




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EL ANILLO DE LA AMBICIÓN

El cuarto fue el único que nadie le regaló. Era una pieza de la caja de joyas de su madre, una fina banda de plata rematada por una piedra violeta tan pequeña que apenas llamaba la atención entre el resto de adornos. Evelyn la tomó antes de abandonar Puerta de Baldur en dirección a Amn.

Su madre había sido una mujer de vida ordenada y horizontes estrechos; alguien que entendía la estabilidad como una forma de supervivencia y la renuncia como una forma de seguridad. Evelyn aprendió pronto que aquel tipo de vida no era para ella. Este fue el único recuerdo que deseó tomar de su madre antes de marchar, como una profecía autocumplida.

El cuarto anillo no comparte la naturaleza de los otros tres, funciona como un punto de corrección. Cuando la mente de Evelyn se inclina hacia el pasado, es este el que rompe el equilibrio y la devuelve sobre sus pies.
 

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EL REFUGIO EN LA NIEVE
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Hacía muchos meses que no pisaba aquella habitación; aquella donde se despidió de su abuelo por carta, antes de conocer su muerte. Aquella donde entendió la resolución a su ambición. En ese momento se le antojaba idílica, como la pequeña realización de la consciencia propia ante el conjunto pensante. La decisión consciente de no volver a Puerta de Baldur, sus primeras campañas.

Náskhel siempre le había sido un lugar extremadamente tranquilo. Una de sus escapatorias del deber y de la intriga junto a Tark cuando el mundo se les hacía demasiado pesado. Ahora se le antojaba más que adecuado. Evelyn se encontraba arreglándose frente a un tocador, con el pelo recogido en ondulaciones que caían por debajo de su espalda. Portaba un abrigo con piel de león y terciopelo rojo enmarcando un vestido blanco con detalles dorados y pendientes de perlas cayendo por sus lóbulos como lágrimas. Afuera, la nieve caía formando un manto fresco que cubría los tejados que se vislumbraban desde la habitación. Desde ese lugar tan alto y resguardado nadie la buscaba. Nadie estaba interesado por ella, y ningún petulante iba a reir sus gracias por retribución después. Es por eso que había elegido Náskhel, el hogar de Tark.

Sus dedos enguantados se detuvieron sobre el borde del tocador. Observó su propio reflejo durante un instante. La mujer que le devolvía la mirada conservaba la misma expresión serena de siempre, la espalda recta y el mentón elevado con las comisuras ligeramente alzadas, pero sus ojos ya no pertenecían a la joven que había abandonado aquella habitación casi un año atrás. La puerta crujió, y tras ella apareció Tark envuelto en una capa gruesa. Bajo esta sus mejores ropajes. Tenía las mejillas algo sonrosadas por el frio, una pequeña capa de nieve derritiéndose según se acercaba a la chimenea junto a ella. El hombre apoyó las manos en los hombros de la mujer y besó su pelo.

—Empiezan a pensar que la novia se ha arrepentido.

Evelyn esbozó una sútil sonrisa, observando a Tark a través del espejo.

—Sería una pésima estrategia abandonar una negociación en el último instante.

Tark dejó escapar un bufido suave antes de una risa baja, inclinándose junto a Evelyn en su asiento.

—¿Así llamas a casarte conmigo?

Paradójicamente, el hombre que le causaba suspiros también era el que más parecía entenderla sin reservas. Tark jamás le había pedido que suavizara sus aristas ni que ocultara la severidad con la que observaba el mundo. Había permanecido a su lado cuando la ambición pesaba más que el descanso, cuando el deber exigía sacrificar afectos y cuando la culpa amenazaba con quebrar la firmeza que tantos confundían con frialdad y excentricidad.

—También podría llamarlo una... Transacción, de beneficio mutuo.
—Y yo que pensaba que era amor.

La pareja entonces se permitió reir de manera genuina, con Evelyn llevándose la mano a los labios, y Tark entornando los ojos con aquellas pequeñas arrugas en las esquinas de sus ojos. Tark, que ahora estaba frente a ella, se agachó y posó las manos en sus hombros, mirándola de frente.

—Es amor. Porque lo único que nunca he querido dejar al azar es seguir encontrándote al final de cada camino que hemos tomado.

El hombre besó la mano enguantada de la mujer, y dedicándole unos segundos de mirada, concluyó.

—Eso es lo más romántico que te he oído decir jamás.

Juntos abandonaron aquella habitación, descendiendo por la vieja escalera de madera cuyo crujido recordaba con una precisión casi nostálgica. El calor de la chimenea fue cediendo paso al aire puro del invierno, que mordía las mejillas sin llegar a resultar desagradable. Se echó el abrigo por encima, y caminó.
 

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RESOLUCIONES PARA EL DOLOR
XI


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Sus primeras mañanas como mujer casada comenzaron especialmente lentas. Tranquilas incluso cuando la pareja retornó de Náskhel, Evelyn parecía portar un nuevo brillo en su rostro, uno sosegado y contemplativo. Se había acostumbrado a las sábanas limpias y a la luz filtrada por la ventana.

Aquella se le hacía una paz casi pesada en los hombros, pero también un sútil recordatorio de que no todo era el acero o la alquimia. Aquella mañana fue especialmente suave, mientras la mujer se vestía con aquél abrigo rojo que acostumbraba a portar, observó su reflejo en el espejo largos instantes. Incluso en la felicidad, sus afectos eran comedidos y algo alejados del común. Los compartimentaba, los racionalizaba, y después los sentía.

Por mucho que lo intentes, no puedes cambiar tu naturaleza, ¿Verdad? — Se refirió a su propio reflejo, atajando una bolsa de cuero tratado que echó encima de su cabeza y dejó reposando en la cadera. No podía permitirse vivir en un estado de luna de miel sempiterno. Besó la testa de su esposo y salió por la puerta.

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El bullicio que acompañaba el paseo de Waukeen en ciertas luces le recordaba a su Puerta de Baldur. El hogar que dejó atrás quemando los barcos con tal de no regresar. No sabía si era en el bullicio o en el ambiente. Si los rateros deslizando las manos en las bolsas más acaudaladas, o los gritos de aquellos que se ofertaban. Esta vez se acercó al paseo con la intención de comprar útiles para un encargo. Le habían pedido que guardase los detalles sobre para quién lo hacía, pero debía hacerlo. Un compuesto para aliviar el dolor para un enfermo crónico.

Se detuvo en un par de tiendas, compró los materiales y se dispuso al camino de la univesidad de los oficios. Compartió verbo con Gain, Melandiel y Roderick sobre la actualidad del reino, y en un instante quedó sola junto al Oghmita.

Podeis uniros a mi cometido, si estais dispuesto. Es mejor que observar las estrellas. — Comentó, haciendole un ademán al hombre. — Si gustais.

Nada me placería más, dama. La noche está tranquila, y quiero conocer sobre vuestro campo. — Tales fueron las palabras de Roderick, que Evelyn emprendió la marcha.

Al llegar a la universidad, el ambiente estaba tranquilo; el dúo entró en el laboratorio de alquimia, y casi como si fuera un ritual retiró sus guantes y tomó otros. Ordenó las herramientas y alineó los ingredientes.

Comenzó templando el vial, girándolo con suavidad entre sus dedos para distribuir el calor de manera correcta y no provocar tensiones en el vidrio. Mientras tanto, retiraba la pulpa a los ingredientes y los machacaba en un mortero, haciendo una pasta semi-liquida con origen acuoso.

Durante el proceso, el par pareció discurrir de diversas materias, hasta que llegaron a un tema que levantó el interés de Evelyn.

¿Es la alquimia vuestra forma de ganaros la vida aquí en Amn? Preguntó Roderick, sin levantar la mirada del hacer de Evelyn.

Lo era, en Baldur. No suelo ser yo quien hace los bebedizos, querido. Trabajo con otras personas con cometidos diversos en la botica. Pero en esta ocasión ha sido a mí quien se me ha solicitado la tarea. — Añadió polvo de flor luminosa en la mezcla, molido muy fino. Fue integrándolo mientras hablaba.

Al final, es el negocio lo que impera aquí, en Amn.
— ¿Os sorprende...? Quizá no habeis hecho la pregunta adecuada. "Ganar la vida" es un término algo complicado. Uno no se gana la vida cuando lucha por sus intereses, más bien la entrega.

Evelyn dedicó un momento a lacrar el vial con el bebedizo, retirándose nuevamente los guantes antes de despedirse, con las manos en los bolsillos.

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Offtopic :
Encargo de Player. Un besito a @Mullet King por darme un rol más cotidiano <3
 

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DANZANDO CON FANTASMAS
XII

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Aquella noche, había sacrificado su habitación en el distrito de los templos por la opulenta Caravasar. Un lujo que no le era ajeno, pero tampoco propio.

El hombre que admiraba como a un dios le dijo una vez que elegir significaba renunciar, y con el tiempo, sus ojos verdes habían presenciado cómo, una y otra vez, había renunciado y elegido. Se había arriesgado, y había ganado mucho.

Ahora, en Caravasar, sostenía una copa mientras su torso asomaba por la gran bañera de la habitación, no con satisfacción, sino con el sórdido recordatorio de que su hambre, voraz y violenta, la había llevado hasta ahí.

¿Cuándo se apagó la luz de su infancia? ¿Había sido repentino, o una realización; un parpadeo, o una fuerza? ¿Quizá había sido el frío lento de saber que el amor no cambia voluntades, ni calienta las habitaciones en las noches más oscuras. O tal vez fue la certeza, frente a su primer enemigo, de que nadie detendría el golpe de su hoja cuando esta llegara a la carne? De ella solo quedaba una criatura, una circunstancia, despierta a la realidad y convertida para siempre en la contable de sus propias y más íntimas pérdidas. Y había perdido tanto.

El agua de la bañera, antes un refugio tibio, comenzó a tornarse tan gélida como las noches que evocaba en su memoria. Evelyn dejó la copa a un lado; el tintineo del cristal contra el mármol rompió el espeso silencio de la estancia. Al ponerse en pie, el aire nocturno le erizó la piel, pero no hubo vacilación en sus movimientos. No existía alcohol en el mundo capaz de sostener el peso de sus lágrimas, y sin embargo, no eran lágrimas lo que amenazaba con surgir. Frunció el ceño, como si aquella contradicción la irritara, obligándose a nombrar lo que sentía.

¿Era pena? La conocía bien: había vivido en ella, la había respirado. La pena era cálida, blanda, un refugio débil al que uno volvía para no tener que mirar de frente lo que había perdido. Pero aquello no lo era. Aquello no pedía consuelo ni suplicaba ser aliviado; no ofrecía descanso. Aquello observaba, pesaba, se asentaba en su interior con una lucidez pasmosa.

La idea no llegó como un respiro de alivio, sino como una daga. Cada caída, cada renuncia, cada herida no la habían vaciado, sino que la habían vuelto más densa, más precisa. No estaba sufriendo; estaba entendiendo. Y comprender, descubrió, era infinitamente más cruel que sentir, porque el dolor aún permite la ilusión de que algo cambie, mientras que el conocimiento no concede ese lujo. Exhaló lentamente, aceptando un veredicto que llevaba tiempo formándose en su interior. No estaba por encima de la pena, la había atravesado, y lo que quedaba al otro lado ya no necesitaba llorar.

Caminó con paso firme hacia el gran espejo de la estancia, sintiendo cómo las últimas gotas de agua fría le resbalaban por la espalda. El vaho de la bañera se había adueñado del cristal, transformándolo en una superficie opaca que borraba el entorno y la dejaba a solas con su propia silueta borrosa. Evelyn alzó la mano derecha, apoyó las yemas contra el cristal frío y arrastró los dedos hacia abajo con una lentitud meticulosa, abriendo una grieta limpia en la bruma.

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A través del azogue despejado no solo se topó con la fijeza de sus propios ojos verdes; bajó la mirada hacia su reflejo, deteniéndose justo debajo de la clavícula, donde la seda oscura de la bata caía entreabierta y dejaba al descubierto la marca irregular y blanquecina que cruzaba su pecho, su primer recuerdo de la guerra. Sus ojos recorrieron el relieve de la cicatriz, recordando el momento en que la aberración la lanzó por los aires y desgarró su carne. La observó sin prisa: aquella piel modelada por garras, aquel trazo pálido que era el testimonio mudo de Kalathyr, la prueba física de la primera vez que su propia fuerza no había sido suficiente y el mundo la había alcanzado. Durante mucho tiempo había mirado esa marca como el mapa de un fracaso, el vestigio de una debilidad que prefería olvidar.

Pero esa noche, bajo la luz tenue, el significado cambiaba. Ya no existía el reproche: era el recordatorio de que la carne sana y se transforma en algo mucho más difícil de perforar.
 

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AQUELLA QUE QUEDÓ
XIII

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— Te he pedido que te quedes, pero no te lo rogaré.

La torre de Castigo se vislumbraba en el paraje sombrío, y a pesar de que el grupo era bien guarnecido, la presión se instaló en su pecho. Recordaba las paredes del funesto castillo de Sir Aldric con viveza cada vez que su vista se posaba sobre la roca de la torre. Siquiera recordaba quien la acompañaba. Cuando terminaron de recorrer la torre su mirada ya estaba perdida.

Salió primero, espoleando las riendas de su yegua lejos del lugar. Lejos de la gente. Lejos de las miradas que pudieran vislumbrar su aparente debilidad. Al llegar a los llanos, desmontó y entró en la ciudad, en busca de refugiarse en uno de aquellos lugares donde podía permanecer en silencio.

Aquella larga sombra que la perseguía en sus sueños era un enemigo mayor que la guerra o la intriga. Aldric fue el primer depredador que Evelyn había encontrado nunca, y también un recordatorio constante de que no le había dado muerte. Mientras ella estaba ahí, en algún lugar el esqueleto recordaba su promesa.

En lugar de encontrar silencio, en el gremio de artesanos encontró a Liliana.


— Evelyn, ¿Qué te ocurre?

Hubo algo en el rostro de la Selunita que la hizo volver a las habitaciones de aquél castillo como un jarro de agua fría. Lo recordaba. Lo recordaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

— No permitiré que era criatura te haga daño, Evelyn. — Liliana tosió. Su salud a cada instante en el castillo se deterioraba, y su medicación iba escaseando. Evelyn se turnaba las guardias con ella para permitirle descansar.

— A penas puedes sostenerte, Liliana. Haré lo que deba hacer. — Aquella noche Liliana le había confiado su posesión más preciada, junto al deseo de que si conseguía escapar, Evelyn se la entregara a Sylwen.

El pensamiento de Liliana rindiéndose la llenó con una mezcla de frustración e ira.

— ¿Evelyn...?
— Estoy cansada, maestra. Es todo.
— Sé cuando mientes, mi joven aprendiz.

Había pasado ya tiempo, pero en Liliana siempre había encontrado aquello que en otros lugares no. Una confidente, una amiga. Una mentora, y en ocasiones una madre. Podía leerla en ocasiones. Y a pesar de todo, quizá se sintiera cómoda con ese hecho.

— El castillo. He vuelto a verlo. Tran fresco como siempre.

Liliana no vaciló, y la sostuvo entre sus brazos.

— Mi dulce niña. Recuerdo cuánto sufrimos, y todas las noches consolándonos.
— ¿Estoy perdiendo la cabeza, maestra? ¿Todo lo que anida en mi pecho está siendo cierto? Me siento sola, Liliana. A penas veo a Tark. Alexander está a días de distancia, y no te tengo a ti. No existe nadie en quien pueda confiar en estas tierras. Nada me queda ya.

Evelyn dejó caer el rostro sobre el hombro de Liliana. Para una figura como ella, quebrarse significaba fallarse. No era sino con Liliana con quien podía hablar de esto sin mostrar la herida sangrante hacia el exterior. Y sangraba considerablemente.

Tark llegó de Náskhel a penas días después. No hubo un beso sin reproche. No existió un abrazo sin lágrimas. Y poco sabía ella de que esa sería la última vez que se vieran, tras meses separados.

Él odiaba Athkatla. ¿Como no odiarlo? Esa ciudad le había despojado de toda dignidad y servicio. Conocía la historia, y todas las demás. Cómo abandonó las fuerzas armadas, y cómo había dejado atrás todo para volver junto a su madre. Pero Evelyn la amaba. Amaba Athkatla porque significaba la libertad que Puerta de Baldur jamás le ofreció.


—Me imagino a ambos en una granja, apartada de la ciudad. Quizá con un par de hijos.
— ¿Un par? Sí que eres osado, Tark Miller. ¿Y si yo deseo un hogar en el distrito de la gema?
—Estoy dispuesto si es a tu lado.

"Mi libertad es su prisión."
Quizá con cualquier otra persona, Evelyn hubiera tomado esas cadenas y las hubiera afianzado. Pero no era capaz de hacerlo con él. Por eso se quedó en Náskhel tras la boda. Por eso ella marchó sola de vuelta a la ciudad.

"No volveremos a sangrar por separado. "
Fueron las palabras de Tark cuando abandonaron las brumas para volver hacia Kalathyr. Y había perdido la cuenta de todas las veces que había sangrado en silencio desde que él no estaba. Aquello le pesaba.


—Solo verte me ata aquí. La alianza es un fracaso. Y de mercenario solo me contratan para matar ratas.
—¿No soy yo suficiente, no -somos- suficientes?
—Te elegiría mil veces en mil vidas diferentes. Pero aquí soy una carga para ti.
—No lo eres. En algún momento deseé darte la familia que me pedías.
—Aún tenías muchas cosas por hacer. Entendí que deseases no darmela. No quiero seprarme de ti. Me mudaré aquí.

Evelyn hundió el rostro en el pecho de Tark. Y ahogó un sollozo.

No puedo permitirtelo. No a ti. No así. No deseo atarte aquí.
—Hacemos cosas de manera inconsciente. Pero así es la vida. El amor, y la guerra. Así son las cosas importantes.
No hay lugar para la inconsciencia. Ni en la guerra ni en el amor. Lo sabes mejor que yo. Deberías saberlo. Hubo un tiempo en el que deseé ser ciega ante las cosas que nos separaban, que nos diferenciaban. Pero no creo que podamos llegar a ancianos sin que uno de los dos pierda. Y no deseo eso para tí.

Aquella noche Tark marchó por la puerta de la habitación. Y Evelyn vagó por las calles como un espectro, deseando ahogar su pena con cualquiera que deseara escucharla.

A la mañana siguiente, le sucedió lo peor. Caminaron juntos de vuelta a la habitación, y cerrando la puerta tras de sí, fue Tark el primero que habló.


—Es este el final, ¿Verdad?
No sin dolor por ambas partes, estoy segura.
—Me has negado algo más importante que mis suspuestos sueños. Quizá algún día te lo diga.

Apartó el rostro, y se agarró a la mesa para sostenerse. Una traicionera lágrima abandonó sus ojos, y su pecho tembló.

Dimelo. Te lo ruego.
—Quiza. Algún día.
Tark, no hagas esto. Somos adultos, ambos. Has sido la primera persona a la que me he permitido amar sin reservas. El amor de mi vida. El tiempo te hará entender que esta decisión no es por mí. Haz lo que debas, pero por favor, no lo olvides.

Tark giró sobre si mismo, hacia las puertas de la habitación, con la intención de marchar. Los ojos de Evelyn se humedecieron y amenazaron con romper a llover.

—Te he pedido que te quedes, pero no te lo rogaré.
—Cuidate, Evelyn. Me has hecho muy feliz.

Se quedó ahí largos segundos cuando el silencio inundó la habitación. Caminó hasta la puerta y sostuvo el pomo. No le detuvo. En su lugar, dejó caer su espalda contra la puerta.

"Lejos de aquí será feliz."



"Su corazón era un cráter. Y nosotros lo hemos llenado."
 
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LA TEORÍA DEL CAOS
XIV



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"El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y son el mismo."


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Cuando apenas tenía quince primaveras, le regaló un perfume de hojas secas a su madre, pues esta decía que las frescas oprimían su pecho con un sentimiento de nostalgia, y que las secas, en cambio, albergaban aquello que permanecía en el aire cuando la juventud comenzaba a escaparsele de los dedos.

Durante mucho tiempo pensó que aquello era un sinsentido, pero en aquella esencia lograba contentarla y a la misma vez ponerla cerca de sí misma.

Aquel frasco de cristal tallado había sido la firma de una rendición que Evelyn jamás estuvo dispuesta a rubricar. Su madre había elegido secarse en vida, refugiarse en la comodidad de la pasividad y dejar que la corriente decidiera por ella. Evelyn, en cambio, aprendió a empuñar el acero. Aprendió que si la realidad no te complace, no se suspira por ella: se dobla hasta que encaje en tu mano.

Consideraba a su madre una criatura hermosa pero débil. Delicada pero rota. Y en su momento decidió que su propio perfume no evocaría aquello, pero las primaveras también transcurrían en Amn, y aquella noche se había quedado sin el perfume que había traído de su hogar.

La fragancia de Evelyn era distinta. Suave, pero amarga. Dejaba tras de sí un hilo de bergamota fría, cuero y el brillo del acero recién pulido. Cuando la creó, pensó que era exactamente eso: más estoque que mujer. Una promesa encerrada en un frasco de cristal.

Pero las primaveras también transcurrían en Amn, y aquella noche había agotado el último perfume que conservaba de su hogar. Permaneció inmóvil, contemplando el cristal vacío como si esperara encontrar en él una respuesta.

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¿Cuál era su fragancia ahora?
¿Seguía oliendo a aquél acero, o comenzaba a dar paso a las hojas secas, aquellas que siempre le habían evocado renuncia? Qué revelación tan incómoda, el darse cuenta de que aquél olor que despreciaba por haber sido la rendición de su madre, también era la herrumbre de su propia hoja. Quizá ahora la comprendía un poco más. Pero incluso comprendiéndola se negaba a ser ella.


Ahora comprendía la comodidad de permitir que el mundo escoja por una misma. La comodidad de llamar prudencia a la innación. La paz aparente de abandonar el timón. Aquella era una tentación mucho más peligrosa de lo que había imaginado cuando juzgaba a su madre desde la arrogancia de la juventud.

Y toda tentación, concluyó mientras preparaba una nueva esencia, existía para ser dominada. El primer perfume había nacido para un salón de cortinas oscuras, donde las convicciones aún no habían sido puestas a prueba. El segundo olía al exilio, a la incertidumbre y a la obstinación de quien se niega a desaparecer entre los muros de un hogar.


El tercero debía ser creado para algo más que aquello. Las esencias no estaban hechas para conservar recuerdos, sino para anunciar el porvenir de una persona. Y aquella, nueva y diferente, anunciaría el suyo.
 

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LA LEONA DORADA
XV

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"Si no puedes ser un juez bueno, sé al menos un juez justo."



"Y qué es la justicia" - Pensó mientras se detenía frente a la estatua, con una mano en el mango de su estoque. - "¿Es algo que ilumina, o que oprime?" Para una mujer como ella, que aseguró que el propio destino podía ser comprado, aquella pregunta fue algo incisiva. Caminó varios pasos hacia el cuartel.

El manto taciturno de la noche comenzaba a iluminar la plaza, y ella, desde la elevación del cuartel de la moneda podía verla entera. Amn era su libertad, pensó. Pues cuando la sangre era derramada con propósito dejaba de ser sangre para transformarse en un motor motivacional.

"¿Ambición, o deber, qué es ahora? ¿Qué fue antes?" - Toda una vida actuando como un felino astuto, conocedora de la intriga pero no del descanso, su ruptura era inevitable. O eso pensó cuando comenzaba a dudar de su ambición, cuando esta regaló y también destruyó. La ambición le regaló la libertad, su fuerza para dejar atrás aquello que despreciaba, la motivación para sobrevivir a criaturas y devenires.

La ambición destruyó su paz, si es que alguna vez la había conocido. Quizá aquella paz fue arrebatada desde su cuna en los salones familiares. Quizá fue arrebatada cuando tuvo que luchar contra sus propios familiares para no ser sometida a ambiciones ajenas. Quizá murió cuando dejó de ser niña y se convirtió en mujer.

Sin embargo, era un don. Un don consumado, añejo y conocido, eso no lo negó.. - "Soy mi ambición." - Repitió, observando como la plaza iba poco a poco vaciándose. La redención, pensó, jamás la alcanzaría, pues había desoído una y otra vez las voces de aquellos, que aún amándola, conocían sus sombras.

Pero quizá su redención no pasaba por la disculpa. No pasaba por la derrota, o por la pena. Quizá pasaba por la lucidez de haberse sabido cruel. Pues cuando lo que conoces como justicia es una herencia rota, cada paso fragmenta más el propósito inicial.

"La justicia no debe ser un regalo para el injusto. La justicia debe ser aquello que deba ser, independientemente de la forma que tome." - Si la justicia le pedía paciencia, sería paciente. Si requería acero, sería acero, forma y sangre. Comprendió entonces que daba igual si la justicia oprimía o iluminaba. Era justicia, a fin de cuentas.

Para cuando la plaza se vació, solo quedaba en el distrito el sonido de los guardias cansados. Los cambios de turno y los susurros entre callejones. Había pasado tanto tiempo observando la estatua, que había obviado como la plaza se había vaciado. Casi como obvió toda voz que algún día deseó llevarla a la luz.

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Sus manos viajaron por el escote de la ropilla hasta el amuleto que colgaba siempre de su cuello, dentro y fuera de su ropa. Aquél león que fue la herencia de su abuelo, el regalo de su padre y la angustia de su madre. Era una cadena en su cuello, aunque fuera dorada, que le recordaba que por lejos que estuviera, siempre llevaría en su mente aquél peso.

Arrancar el colgante era un gesto cobarde. Lanzarlo sobre las piedras de la plaza, inconsciente. Ese león fue todo lo que aprendió a ser, aún equivocado. Toda exigencia, mentira e intriga que había llevado hasta ahora.

"Perdóname, abuelo. Esto se ha acabado." - Tomó el colgante e hizo deslizar el medallón por la cadena hasta que este cayó en la palma de su mano. Con un movimiento consciente, dejó caer esta sobre un brasero encendido.

El medallón, sin embargo, serviría un propósito nuevo. Sin cadena que lo atara a su cuello, calentó la punta de una navaja en el propio fuego del brasero donde la cadena ya había perdido toda forma. Con la pieza caliente rascó aquella pieza, su herencia, y desdibujó la melena del león hasta delimitar las formas de una leona, finalmente.
 

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FUEGO EN EL HUMEDAL
Kalathyr - XVII

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“No hay más camino hacia la virtud que el que pasa por la acción.”

Desmontó de su yegua y caminó hacia el centro del bastión. Por el camino dedicó una mirada hacia el par de guardias que custodiaban la entrada. Era posible que no conociera sus nombres, y más posible aún que ellos no conocieran el de ella. Pero que se conocían, eso era cierto.

Allí se encontró a Kael, en un estado de duermevela previo a la misión. Se sentó guardando una distancia para con el paladín. Había visto a Kael reir, bromear, enfadarse y reivindicar en repetidas ocasiones. Había discutido con el paladín en varias jornadas el sentido de la justicia, y en Kalathyr finalmente se permitieron ambos hablar de sus historias. Decidió no despertarle aquella ocasión.

Evelyn tomó su estoque, que relampagueó en su mano cuando afianzó el agarre. Con un paño, comenzó a limpiar y a preparar la hoja con aceites. Tan querida era aquella arma para ella que le dedicaba más confidencias que a un amante, un aliado o un amigo cercano, pues cuando todo se derrumbaba a su alrededor, el estoque estaba ahí. Cuando celebraba, también estaba.

Suspiró, y en aquella rutina previa a la acción tomó algo entre sus manos. Un medallón plateado con el sigilo del vigilante, que ahora colgaba de la funda de su espada como un recordatorio a mirarlo, como un añadido al ritual que le profesaba a su acero y a su mente para la contienda.

Luego llegó Thomas.
Los andares de Thomas eran rectos, pero rápidos en su hacer, con una cadencia de optimismo y propósito que en ocasiones chocaba de forma directa con la frialdad que ella había conocido desde la cuna.

- ¡Muy buenas noches! - Se sentó frente a ella, con aquella perpetua sonrisa en su rostro. Thomas Langley era apenas menor que ella, recordaba con viveza cuándo se conocieron, pero no por qué cruzaba la calle aquél día. En su mente replicó su propia voz con aquella primera palabra. "No corras, muchacho." Ahora Thomas relucía con el uniforme de la división occidental, casi como si con él hubiera enterrado al muchacho que conoció.

El recuerdo le devolvió una mueca tenue, imperceptible para cualquiera que no la conociera en profundidad. Thomas traía consigo una frescura que la estructura de los Blackwood jamás habría tolerado: una fe intacta en el mundo, un optimismo que a ratos le parecía a Evelyn una peligrosa imprudencia, pero que, en mitad de la podredumbre del humedal, actuaba como un extraño contrapunto. Alzó la vista hacia él, apartándola del estoque.

- Plácida sea. ¿Has leído mi informe?
- Me disponía a hacerlo justo ahora. ¿Cómo estás?
- ¿Me preguntas como amigo, o como guardia? Quizá la respuesta cambie.
- Evelyn, pensaba tener una conversación cordial.

Volvió la vista al estoque, y después a Thomas. Entonces se permitió algo extraño, algo diferente en su faz. Una sonrisa, una sincera, pero contenida.

- Me tranquiliza venir aquí con la yegua. Kalathyr me recuerda a tiempos más dificiles, y a cómo los sobrevivimos. Me agrada. ¿Cómo estás tú?
- Necesitaba descansar para volver sobre mis pies, estoy bien, más centrado. Este periodo me ha ayudado mucho.

A pesar de haber tomado a Thomas como aprendiz, ya dificilmente reconocía al niño que una vez comenzó a instruir. Veía al hombre, joven, sí. Alegre, también. Para ella la madurez iba de la mano con la pérdida y el dolor. A subir una y otra vez escalones, independientemente de quién quedase atrás. Él los había subido, y de alguna manera se había conservado íntegro.

Sonrió.


- Con vuestra cháchara no me estais dejando dormir.
Respondió Kael entonces, abriendo un ojo.

Cassian llegó primero. El ingeniero arcano y ella habían compartido varias veces lugar en Kalathyr, se conocían, y dentro de todo, era uno de los pocos arcanos que respetaba.
Silas no tardó en seguirle, también con el uniforme de la división occidental. Madeleine cerró el grupo, con la misma presencia serena que parecía resistirse a la urgencia del lugar, casi como si flotase por el aire. Madeleine siempre había sido como un símbolo de calma en toda tribulación, y junto a Kael, la diplomática del grupo.

- He estado revisando la situación geopolítica de la zona. Si controlamos los ríos lo tenemos todo. Nos conviene aliarnos con la tribu que controla los cauces fluviales, pues son los más cercanos a Kalathyr, quitando a los que ya son aliados nuestros, y su rey se jacta de controlar todo el cauce de la región. Si eso es cierto, nos conviene.

- ¿Y los Gnolls...? - Replicó Kael - No sé si me agradan más los gnolls que los sapos gigantes. Quizá sea más fácil negociar con ellos si son inteligentes.

- Ya me pegaron piojos una vez, Kael. Prefiero no cortarme el pelo otra vez.

Thomas soltó un carcajeo, apoyándose en el mango de la espada, y el grupo continuó camino hacia las puertas del bastión, donde se encontraron finalmente con Ewan.

- ¡Gloria a Amn! Providencial encuentro, debemos avanzar hasta el campamento de la tribu para comenzar a movilizarnos hacia la siguiente.

Thomas y Silas se cuadraron, replicando el saludo. Aquél "¡Gloria a Amn, Capitán!" y por un instante Evelyn sintió el impulso de reir. El Capitán Ewan, tan añejo como siempre, sosteniendo el arco con todo galardón posible. Habían sido confidentes en muchas ocasiones, aliados en gestas que ya empezaban a ser incontables. Evelyn se permitía llamarle por su nombre, nunca rozando las confianzas, pero sí los espejos de ambos. No eran amigos.-Pensó. Pero sí que aliados en los intereses de la nación, y eso bastaba entonces para ambos.

El grupo avanzó hacia la tribu de los Escama de Junco. Una tribu que había ayudado a Amn en las gestas de Imnescar, y que ahora nuevamente cedía la ayuda al bando Amniano. Allí, Ewan habló unos instantes con Silas y después volvió junto al grupo, al que se sumó Loreliel.

- Debemos controlar las redes fluviales, nos conviene aliarnos con aquellos que controlan el río.- Comenzó el Capitán Élfico.- Pero tenemos problemas con tramperos en la zona. Podría ser dificil negociar.

- No mucho más dificil que las tribus que ya hemos enfrentado antes en los humedales. Quizá más preparados, Capitán. Pero no es mucho peor que lo que hemos enfrentado antes. - Continuó la espadachina.

Thomas miró a Evelyn unos instantes. - Ha sido una gran idea, Evelyn.
Evelyn miró de reojo a Thomas, por un instante deseando referirse a él como su aprendiz, como Thomas, o quizá con una cadencia diferente.

- Solo aporto mis capacidades, soldado Langley.

Madeleine y Kael hablaron con el sabio escama de junco, garantizando la ayuda de los hombres-lagarto a la causa. Mientras tanto, los más marciales preparaban los materiales para la marcha.

El camino hacia los Bullywugs era sinuoso y lleno de peligros. Criaturas del río agresivas atacaron a la comitiva hasta llegar finalmente al cauce del río. El agua estaba verde, contaminada y maloliente. Cassian tomó muestras de todo aquello para después, mientras Madeleine y él asistían a Silas.

La cienaga se volvió pesada cuando llegaron al territorio de aquella tribu. El sabio escama de río había dejado implicito que el Rey de los Bullywugs de aquella zona era un ritualista, y cuando el grupo llegó pudieron comprobarlo.

La podedumbre del río no era un signo natural, sino el hacer de los bullywugs, quienes estaban hechizando las aguas. Kael, Evelyn y Thomas se movían con incomodidad entre las aguas fangosas, mientras Ewan guardaba distancias, arco en mano.

Fue Madeleine la primera en hablar con la tribu.

- ¡Salve! Debemos hablar con vuestro lider, tenemos una proposición para con él.

De la garganta del Bullywug se formó una burbuja, y pisó el fango con cierta ira. - Si querer ver al rey, un sacrifio deber entregarnos. Uno de vosotros.

-
Pero tenemos una propuesta que quizá le agrade, y...

- Ya basta. - Ewan alzó el arco. - La única sangre que correrá en este pantano será la vuestra como no nos permitais el paso.

Evelyn suspiró y se posiciono frente a Madeleine, que en un rápido vistazo con Ewan había entendido que las negociaciones se habían acabado. Desenvainó el estoque, y antepuso su escudo frente a la barda.

Thomas y Kael se arreciaron, tomando las espadas. No se iba a derramar sangre amniana en aquél pantano, y menos por un sacrificio.

- No permitiré que continuéis con vuestros rituales heréticos. - Pronunció Kael con seriedad.

- Las negociaciones han acabado, pero quizá los de delante sean más diligentes.- Mencionó Evelyn tras acabar con aquella avanzadilla. Thomas se giró.

- ¿Pretendes negociar con aquellos que quieren sacrificarnos?
- Pretendo matar a cualquiera que decida atacar a un miembro de esta compañía.

Al avanzar por el fango, Loreliel encontró finalmente el campamento fortificado. Fue el fuego el que habló en lugar de las palabras entonces, cuando Ewan prendió cinco flechas y las disparó por encima de los muros. Las flechas quemaron todo el campamento, un fuego incontrolable que hacía que los gritos de los Bullywugs cortasen el aire nocturno.

Evelyn miró hacia Ewan, bajando su voz solo hacia el Capitán Élfico.


- Muy bonito.

Ewan le guiñó un ojo, y la comitiva siguió el camino hacia la entrada.


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El campamento ardió. Los Bullywugs salieron a enfrentar al grupo. Kael pateó braseros para incendiar los hogares de sus enemigos. Thomas, detrás, ejecutaba a los hombre-rana sin mucha limitación. Loreliel, tan salvaje como era, pero justa en su medida, mató a aquellos que hacían peligrar el equilibrio de la naturaleza.


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Y Evelyn hizo danzar su estoque, hasta que de los hogares en llamas el lider resurgió clamando venganza. Lo siguiente que recordó entonces fue su vista nublada entre las llamas. El suelo, candente bajo sí misma. Unas quemaduras que acariciaban su espalda como un látigo. Y a Kael y a Thomas junto a Cassian en el suelo junto a ella.

Cerró los ojos. ¿Iba a morir ahí? ¿Iban a morir ellos, con ella? Vio otra flecha del elfo sobrevolar sus cuerpos hacia el líder de la tribu antes de perder el sentido, en un esfuerzo de Ewan por salvar a su vanguardia. El estoque iba tomando temperatura hasta hacerse insostenible, pero aún inconsciente, la mano de Evelyn no lo soltó. Se aferró a su acero, incluso cuando este la lastimaba, con sus últimas fuerzas.

Su mente vagó mientras las llamas crecían. Las palabras de su madre llenaron el eco de los gritos de Madeleine y los esfuerzos de Loreliel y Silas. "¿Alguna vez has sido feliz, todo esto ha merecido la pena...?" Un destello verde impidió aquella respuesta, cuando la magia de Loreliel la trajo de vuelta. Evelyn tomó aire de golpe. El humo le abrasó los pulmones y el dolor en la espalda volvió enriquecido con una punzada feroz. A su lado, Kael soltó un juramento ahogado mientras se incorporaba a duras penas, sujetándose el costado, y Thomas tosía con fuerza, utilizando la espada clavada en el barro para no volver a caer. No podía moverse, estaba demasiado herida como para siquiera pensarlo. Pero estaba viva, y pasaría los próximos días en Kalathyr recuperándose.


Offtopic :
Grupal de Kalathyr, muchas gracias a @DM Belfegor por llevar la trama y a @Juan por invitarme. Como siempre, todo esto es el POV de Evelyn, asi que si me he dejado acciones o conversaciones, perdonadme!
 
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REALIZACIONES
XVIII


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"No sabrás quién eres ni qué estás haciendo, todo lo que habías luchado antes no tendrá sentido. O quizá sí."​
- Kastan Gert​

Oh, pero lo tenía. Durante años se había aferrado a aquella creencia.
¿Quién era, sino ella? La más cualificada para portar su apellido, la más diestra con el acero entre los suyos. Una dama extranjera, una patriota de una región que no era suya.

Una victima, quizá un verdugo. Un fraude para el sistema donde había crecido. Todo aquello tenía sentido entonces.
Quizá ahora seguía teniéndolo, pues el hombre clemente era el hombre muerto, y había visto suficientes métodos de asesinato para saber mejor que aquello.

"No busco ser misericordiosa ni bondadosa. Busco no fallar cuando alguien dependa de mí."- Pensó para sí.

Y la justicia para un ser de intrigas no pasaba por la piedad ciega, era un equilibrio de fuerzas que iba haciéndola danzar, de un compás a otro de la balanza, comprobando que el equilibrio entre ambos aún era persistente. Había conocido el bien, y también había visto el mal lo suficiente para que sus ojos, cansados, decidiesen apartarse de luces y de sombras el tiempo suficiente para observarlas desde fuera.

- Un vocero ha advertido que necesitabais ayuda. Viendo que de camino hay un Ettin me imagino que no será poca cosa.
- Con que las noticias se esparcen rápido. - Hizo un ademán con la mano- Debes tener frío, soy Arkeus.


Arkeus
había sido una de esas sombras que llegaron en silencio, pensó. Pues al llegar a su campamento en mitad de la nieve conversó con él unos minutos. Un mercenario que deseaba encargarse de una tribu de trasgos salvajes. Un trabajo que en sus andanzas como aventurera, allá cuando portaba la insignia, posiblemente hubiera tomado sin pensar. Parco en palabras, atajó a pensar.

Y lo cierto, es que aquello lo había hecho tantas veces. De vuelta en Kalathyr, volviendo hacia Amn. Había matado bestias antes con mucho menor aliciente. Gnolls, Kobolds, Trolls y los propios trasgos. Sentada ahí comprendió entonces que aquél hombre no era sino su espejo. Un hombre cuya ambición le había llevado a alquilar espadas y subir los picos en busca de unos trasgos. Como si los trasgos fueran un puesto, o su peso se equlibrase en gemas. En el silencio previo al encuentro, sentada junto a él, vio aquél trabajo como una pasada más en su historial.

Cuando el grueso del grupo llegó, conformado por Zyon, Kastan, Sariel, Gwenaelle y Sir William, seguido de Kharmin, Nyx, y otros tantos que ya quizá no recordaba, Evelyn se deslizó del lado de Arkeus y caminó hacia el grupo.

El trabajo fue tan sencillo como un pestañeo. El grupo, sin mayor problema o contemplación derrotó a la colonia de trasgos. Algunos pensaron que estaban salvando los caminos de los picos. Otros, que aquella escabechina era necesaria, y en silencio otros quizá los cazaban por placer.

El dilema no vino con matarlos, si no cuando ya estaban muertos. Pues en el fondo de la colonia, los llantos de dos decenas de pequeños trasgos iba llenando la cueva. Despojados de padres, y con los mercenarios de Arkeus registrando las chozas, la realización punzante llegó después.

Un bárbaro sostuvo a uno de los trasgos bebé por los pies.

- ¡Los tenemos a todos! ¡Es hora de meterlos en la caravana!

Kastan y Evelyn se acercaron hacia el bárbaro, ella aún con el estoque en mano, con la sangre de aquellos trasgos que ya ciegamente había matado.

- En la caravana, ¿Por qué? - Encaró entonces, mirando hacia el hombre mientras el pequeño trasgo se revolvía en su mano.

- Van a ser esclavos, ¿Por qué si no? - El bárbaro dejó escapar una risa seca, y antes de que tan siquiera terminase de reir, el trasgo cayó al suelo.

Bastó un pensamiento para que el Ki fluyera por el brazo de Evelyn hasta su estoque. Una mirada para saberlo, y un instante para que el brazo cercenado cayera al suelo, pero en lugar de rematarlo, envainó su estoque.

- Nadie aquí va a ser un esclavo. - Concluyó dando un par de pasos hacia atrás, pues no deseaba matarlo.

El bárbaro cayó al suelo entre gritos, y para cuando sus compañeros llegaron a la realización de lo que había pasado, se lanzaron a atacar al grupo. La voz de Gwenaelle sonó entre la multitud cuando no quedó más remedio que acabar el trabajo.

La oráculo tenía razón en algo, y era que no había otorgado tiempo a dialogar con los mercenarios. No hubo tiempo a convencerles, y tampoco a intentarlo.

Observar a aquellas criaturas azuladas retorcerse con inocencia en sus cunas, ajenas a toda la violencia que había acontecido a su alrededor. El cómo habían masacrado a sus padres, y como casi son dedicados a una vida de esclavismo, la golpeó. Había participado en aquél baño de sangre. Era su responsabilidad entonces hacerse cargo de aquellos que sufrirían el combate.

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Los adultos habían alzado las armas, ¿Pero los niños? Aquellos no habían hecho nada más que existir y casi ser encadenados. Algunos en el grupo la llamaron salvaje, pero Kastan no.

Kastan se acercó a ella, y con una palmada en su espalda, pronunció:

"Solo lamento que te me hayas adelantado."​


Arkeus escapó dejando a los cadáveres de sus hombres detrás.

Offtopic :
Pequeño relato del ultimo evento de @DM Artyom :) ¡Muchas gracias por la ambientación!
 

Sacredlilium

Lágrima de mago nerfeado
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LA BLANCA AELLA
XIX

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Evelyn tomó el yelmo de Kastan entre sus manos. Aquella expedición había sido algo peliaguda para el conjunto, y la espadachín parecía haberse enfadado con el estratega.



- Es un yelmo muy bonito. ¿Pero plateado? Lo bañaré de oro. - Atinó a decir mientras lo observaba, con una sonrisa maliciosa en el rostro.

- ¡Evelyn, no! ¡Es un yelmo de Selune en perfecto estado, vale una fortuna!

-¡Casi matas al oghmita, demonios! Me quedaré esto hasta mañana.


Alexander observaba cómo ambos discutían mientras sanaba sus propias heridas. Había entendido, tras haberse chocado con ambos varias veces, que cuando discutían, era mejor dejarles a un lado.

Evelyn caminó con el yelmo del paladín bajo el brazo entre réplicas y quejas fuera de las agujas de oro. Ahí, la yegua de Kastan, blanca como una nube reposaba tranquila, pastando apartada del camino principal. Un especimen precioso, bien cuidado y con una armadura ornamentada con lunas y estrellas. Mientras Kastan montaba, discretamente enganchó el yelmo a la alforja.

- ¿Me lo devuelves, por favor?
- Solo si me consigues una yegua así.

Kastan rodó los ojos y extendió la mano, haciendo crujir las partes de cuero de sus guantes, con una expresión relajada, a pesar de la amenaza.

- Palabra de paladín, ¿Donde está el yelmo?
- Querido, lleva en tu caballo mucho antes que tú.

Cuando atinó a girarse, el yelmo ya estaba ahí, como si siempre hubiera estado ahí. Ni dorado, ni ultrajado. Simplemente sustraído momentáneamente. Evelyn esbozó una sonrisa divertida, mientras Kastan dejó escapar un gruñido cómico.

- Espero que sea guapa. Te dejo ponerle el nombre a ti.

Agotado, el paladín de Selune espoleó las riendas.

Los días pasaron, y Evelyn olvidó siquiera aquél trato. En el estupor de aquél momento, de haber visto a Alexander herido, y a Kastan sobrepasado, el final fue como un suspiro que se permitió omitir. Sin embargo, Kastan parecía no haberlo olvidado.

Aquél día llegó con dos yeguas. Sobre una, y junto a otra.

Alhena estaba enseñada, era silente y obediente, pero la yegua que llegó junto a Kastan era impetuosa, de un pelaje blanco, similar al de Alhena. Cada paso que daba era un relincho y un tirón de riendas.

"Oh, esa es la mía" - Pensó inmediatamente.​

- La doncella más consentida de la cuadra.- Las presentó Kastan, al tiempo que Evelyn se levantaba de su asiento y caminaba hacia ella, acariciando con cuidado aquél morro, en un instante de reconocimiento. - Necesitaba un nombre de guerrera como su dueña, asi que la he llamado Aella.

- Oh, Aella...
- Atajó a juntar frentes con el animal, poniéndose ligeramente de puntillas. - Bienvenida a casa, querida mía.

A la mañana siguiente, antes de que el primer rayo de sol rompiera la bruma sobre el camino hacia la ciudad, Evelyn ya estaba en la silla.

No necesitó espuelas. Bastó una ligera presión de sus botas y una orden firme en voz baja para que la yegua blanca rompiera a galope. El viento helado de la alborada le azotó el rostro, devolviéndole una sensación de libertad absoluta que creía extinta. Su rostro dibujó una sonrisa sincera, cabalgando hasta que tanto amazona como yegua acabaron agotadas, como si entre ellas, ambas impetuosas, midieran los límites de la contraria.

Descubriendo finalmente, que eran similares.




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