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Flores y Reuniones.

Sacredlilium

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I​
El usual bullicio de las calles de la ciudad baja parecía darle un pequeño y retorcido sentido de satisfacción. Caminaba por los callejones hasta tomar un giro a una calle poco transitada, llevando consigo una cesta llena de ingredientes diversos, dedicaba largos instantes a comprender la naturaleza de las personas que la rodeaban; Sus ojos se posaban en cada pequeña risa, grito, alardes de comerciantes y las personas curiosas que pasaban por los diferentes puestos del mercado.

"Montgomery ha debido traer ya el extracto de hierba lunar."
​
Giró hacia la última bifurcación del camino, llegando a un edificio de reciente adquisición; Un pequeño pero bien decorado local de productos alquímicos, el último "Obsequio" (o excentricidad) de su padre. Giró cuidadosamente la llave y se adentró a la comodidad del establecimiento, dejando la cesta sobre una de las mesas y abriendo las contraventanas.


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Casi como si fuera providencia, el dinero habría comenzado a llegar a las arcas del segundogénito de la familia Blackwood, y habría invertido de manera sabia su dinero para hacer que este se multiplicase. Montgomery era un hombre calvo, con un porte raquítico y de mirada penetrante. Si no fuese por el puesto que desempeñaba como criado de su padre, Hubiese jurado que era un loco. Cuando no se encargaba de acompañar a su padre, usualmente la acompañaba a ella con los quehaceres de la tienda.

"Montgomery, querido. He regresado del mercado. Parece que ha habido un escándalo reciente con la hija de la señora de Griffin, dicen que se la ha encontrado en una pose indecoro-"



​
Sin embargo, no se encontraba en la sala principal, y la puerta de la trastienda se encontraba cerrada, con cierto rumor en su interior. Con un gesto de fastidio, comenzó a forzarla para poder abrirla.


"... ¿Montgomery? - Tocó la puerta con cierta insistencia.
Esto ha dejado de tener gracia hace unos minutos."
​


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Un ruido seco se escuchó a sus espaldas, haciendo que la mujer girase rápidamente, con una mano en su estoque dorado. Era Montgomery. A todas luces, acababa de llegar.

"Joven Dama, El señor Dorian la requiere para una reunión con un inversor venido desde Aguasprofundas junto al señor Dereck."​


El hombre dejó una bolsa con plantas sobre la mesa, al lado de la cesta que Evelyn habría dejado previamente. Habría notado la reacción de la jovencita, esbozando una sonrisa torcida. El ruido de la trastienda, cesó tal como había comenzado.

Una sutil mirada hacia atrás, hacia la puerta. Un asentimiento suave, y el arreglo de sus cabellos con una mano, adaptándose a la situación con la mejor de las caras suaves, no sin un ápice de circunstancia.

"Volvamos a casa... He de cambiarme antes de ir."
​
Durante el camino de ida, aquél ruido en la trastienda ocuparía sus pensamientos de manera silenciosa.

¿Si Montgomery no estaba, entonces, qué era?
 
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II​

Bastien Blackwood era un hombre astuto, entrado en años. Había observado las inclemencias de siete décadas a sus espaldas en la cabeza del comercio, y había traído al mundo a dos hijos varones. Aquél que era su heredero, Arthur. Y la prueba de que incluso él podía equivocarse, Dorian.

Arthur era todo lo que un padre ambicioso deseaba. Atento al detalle, exitoso por propio mérito, carismatico y pragmático, en cambio, Dorian era rápido para la ira y lento para el perdón, fracasaba en todo lo que su hermano fallaba y había hecho del orgullo su escudo. Usualmente las reuniones familiares estaban lejos de ser un momento íntimo y familiar. Eran más un punto de control del padre para sus hijos, desde hacía ya cuatro décadas. Un momento de recreación para abuelas y madres, y un momento de estrés para los varones y en consiguiente para la prole de estos.

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Los salones de la casa estaban acabados en madera oscura con molduras talladas a mano, la mesa, completamente impoluta coronaba la sala y cortinas opacas cubrían la luz que entraba filtrada hacia la estancia. Bastien se encontraba presidiendo la mesa, sin recibir a la comitiva.

Arthur y su pequeña familia entraron primero. Su esposa Alice portaba ropajes sobrios con detalles perlados, y su hijo Matthew portaba colores vivaces y mangas exageradas. Esperaron en pie junto a sus asientos tras un suave cabeceo hacia el patriarca.

Dorian entró después, con un abrigo con detalles oscuros y cadenas de oro frío. Su esposa Evangeline a penas unos pasos atrás con un vestido que impedía en ocasiones su respiración y un abrigo similar sobre sus hombros. Evelyn entró tras ellos. No hubo un instante de reconocimiento, pues Dorian se sentó poco después de llegar, a diferencia del protocolario de su hermano mayor.

─ Llegas unos minutos tarde, hijo.
Bastien llevó una servilleta de tela a sus labios, secando de estos el brillo del vino. El silencio imperó en la sala mientras la sonrisa de Arthur brillaba con suficiencia, y el rostro de Dorian se iluminaba con matices rojizos. La primera palabra de su padre en toda la reunión había sido una reprimenda. Tanto Alice, como Evangeline se habían retirado a otro de los salones junto a su suegra, pero Evelyn no. Ese tipo de comodidades era para aquellos que no pertenecian a la familia de manera directa, o al menos aquello le había inculcado Dorian.

Su tio, Arthur, se sentó frente a su padre. Su primo y ella se mantuvieron en pie, mirándose. Matthew siempre se le había hecho una versión descafeinada de su propio padre. A penas unos años mayor que ella, no había sido capaz de mantener un proyecto sin que este fuese llevado a la deriva. Sus pasiones y vicios eran algo que chocaba contra todo aquello, pero su posición le otorgaba el privilegio del dinero para poder equivocarse una y otra vez, y la garantía de su abuelo de que el caudal seguiría sonando al ser su primer nieto.

Si Evelyn hubiese sido la hija de Arthur estaría harto satisfecha. Dispondría del privilegio de la herencia, de la posibilidad de fallar y de la comodidad de no tener que dar explicaciones. Pero en su lugar estaba forzada a ser el triunfo de su padre; su proyecto ambicioso.

Arthur entendía la ley impuesta por Bastien y la seguía con fervencia; Evelyn también lo hacía, observando y entendiendo el lugar que le correspondía en todo aquello. Matthew y Dorian, no. Uno confundía el poder con inmunidad, y el otro el orgullo como martillo ejecutor. Todos ellos, errados.


─ Me alegra verte, prima.
Había algo genuino en la voz de Matthew, que resentía aquellas reuniones, y observaba en su joven prima una escapatoria coherente. Una sonrisa genuina.

─ El sentimiento es mútuo, primo.
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Evelyn finalmente se sentó junto a su padre, observando como Matthew tardaba unos instantes en hacerlo, como si pensase la respuesta y entendiese que el silencio en aquella cuestión era lo mejor. Dedicó entonces un suave cabeceo hacia su abuelo, que este respondió con una única sonrisa sutil. Ella, a diferencia del resto, no tenía nada reprochable en su hacer. Su alquimia funcionaba, no cuestionaba activamente. Era intrinsecamente útil.

Bastien carraspeó y comenzó a preguntar. Negocios, resultados. Los errores que privaban los resultados. Durante el transcurso de la charla, todos los hombres de su familia en algún momento sintieron como su voz temblaba.

Dorian se ponía cada vez más rojo, y Evelyn juró que uno de los puños de su camisa salió volando hacia la alfombra en algún momento. Arthur sudaba cada vez que Bastien preguntaba a Matthew por su nueva y revolucionaria idea y estaba pronto corregir todas y cada una de las palabras de su hijo.
 

Sacredlilium

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III​

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"Madre" era una palabra que se le atascaba en la garganta. Aunque no por odio, o la visión de la ira sin fundamento como en el rostro de su padre. Evangeline era una criatura aparentemente perfecta. Sus modales eran impecables, su cutis liso, su cabello recogido con flores secas y perlas en sus ondulaciones. Pero detrás de esa fachada intachable, Evelyn contemplaba con pena a un cascarón.

Sentía una lástima profunda, una punzada sorda en el pecho. La amaba. La amaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Quemaría el mundo para sostener su mano, pero no la acariciaría.

Porque confesar un afecto tan devastador, tan desprovisto de razón, habría sido impropio de ella. Evelyn miraba aquellas facciones que eran el molde exacto de las suyas y comprendía el peso de su propia tragedia: el amor no bastaba para devolvérsela, para devolverle a su madre de la que consideraba la peor de las muertes; la rendición.

El salón secundario estaba sumido en esa penumbra mansa de última hora de la tarde, donde el polvo flotaba suspendido en los últimos hilos de una luz mortecina. El aire olía a un perfume de rosas secas que la propia Evelyn le había regalado. El aroma parecía dar vueltas en el mismo sitio sin encontrar nunca una salida. Evangeline parpadeó despacio, saliendo de un letargo que parecía formar parte de su propia anatomía, y levantó la vista. Al ver a su hija, la comisura de sus labios se movió apenas, dibujando la sombra cansada y protocolaria de una sonrisa.

—Si permaneceis ahí quieta os convertireis en una estatua, madre. —dijo Evelyn, quebrando la pesada inercia que entumecía las esquinas del salón. Llevaba aún las ropas de su entrenamiento en las lizas, y apoyaba la zurda en la funda de su estoque mientras se aproximaba a ella, sentándose a su lado.

—Tan solo estaba pensando, tesoro. No es nada de lo que debas preocuparte.— Susurró, volviendo a amagar una sonrisa que no terminó de llegar del todo.

Evelyn la había visto marchitarse con los años, eso era una verdad. Ahora que rozaba la adultez comprobó cuánto se había rendido su madre. Permaneció recta en su asiento, observándola.

— No he venido para un "No es nada de lo que debas preocuparte" — Me preocupais, madre. Vuestra pasividad os está matando.

— A veces me cansa solo mirarte. — Evangeline habló con aire casi derrotista, agotado ciertamente. Hizo un ademán con la mano y tomó su abanico con un sonoro aleteo de este. — ¿Por qué insistes en permanecer en todas las reuniones, hija mía...? ¿Por qué no dejas que las cosas sigan su curso natural? Es más fácil.... Si te limitas a encajar, el mundo deja de golpearte. Yo entendí mi lugar hace años.

—Si dejais que las cosas sigan su curso, terminais yendo a donde la corriente quiere, no a donde vos deseais —respondió Evelyn, manteniendo una modulación suave, casi como si se dirigiese a algo delicado, en la que hacía por una vez por camuflar su negativa.—. No entiendo vuestro hastío, pero comprendo que os conforte... Ver pasar los días como si el tiempo fuera un aliado que os concede una tregua, y no un recurso que os consume con cada parpadeo. ¿Cuándo fue... Cuándo fue la última vez que deseasteis algo por vos misma?

Evangeline soltó un suspiro corto, un leve roce de aire que hizo oscilar las perlas de sus sienes, y volvió a bajar la mirada. No había indignación en su gesto, ni el amago de una antigua soberbia heredada; solo una inmensa y mansa vacuidad.

—Jamás fuiste como yo, Evelyn. Ojalá lo hubieras sido, hija mía. Ojalá la mácula de vuestro padre y vuestro abuelo jamás os hubiese alcanzado y os hubiese podido abrazar más, mi dulce niña....— Confesó.

—Deteneos.

Evangeline se congeló. La mirada de Evelyn tembló sobre el rostro de su madre. No pretendía dar esa orden. Quizá, no pretendía sonar como lo hizo. Pero lo hizo, y ambas notaron ese sutil cambio en el ambiente.

—Deteneos —repitió Evelyn, suavizando la modulación apenas una fracción, lo justo para devolverle al ambiente la cortesía que nunca debió perderse. Su mirada bajó hacia el suelo con arrepentimiento por la brusquedad. —. No sigáis por esa línea, madre. No os sienta bien la autocompasión. Crecí exactamente como me inculcasteis.

—Siempre has sido así —murmuró al fin, con una voz tan baja que casi se deshacía en el aire—. Incluso de niña… como si todo lo que tocaras tuviera que ser enderezado, comprendido, contenido… como si no pudieras permitirte no intervenir. Hija mía, ¿Alguna vez has sido feliz, he logrado contentar tu corazón alguna vez...? ¿Todo esto vale la pena...?

Las palabras de su madre no habían sido dichas con reproche, siquiera con tristeza, y quizá por eso mismo resultaban más difíciles de desviar. Su mirada permaneció fija en ella y una silenciosa presión en el pecho comenzó a aquejarle, pero ya no había en ella la precisión habitual, siquiera la seguridad para pronunciar una palabra.

— Madre...— . Las palabras sonaban torpes en sus labios, algo temblorosos. — No es cuestión de satisfacción... H-He hecho todo lo que se esperaba de mí. Lo necesario, siempre.

—Lo necesario... —repitió en un susurro lleno de desidia.—. Siempre tan correcta.

Evelyn no respondió. Mantuvo la espalda recta, las manos inmóviles sobre su regazo, la mirada fija en un punto impreciso del suelo, como si cualquier desviación pudiera hacerla perder algo que apenas lograba sostener. Aquella presión en el pecho no desaparecía; al contrario, crecía lenta, insidiosa.

Evangeline cerró el abanico con suavidad, y el pequeño chasquido resonó en la estancia. Después, con una vacilación que no le era propia, extendió la mano hacia su hija, deteniéndose a medio camino, como si incluso ese gesto le resultara ajeno. Y a mitad de camino, la madre comprendió que por mucho que tratase de abrazarla, Evelyn la rechazaría.

Evelyn la vio. Vio la intención, vio la duda, vio el abandono final de ese impulso, y comprendió, con una terrible lucidez, que ni siquiera eso le pertenecía ya. No existía consuelo posible.

—Sí —Se forzó a responder con un tono controlado, aunque sus ojos se apartaron de los ajenos. —. Vale la pena.
 

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