III
"Madre" era una palabra que se le atascaba en la garganta. Aunque no por odio, o la visión de la ira sin fundamento como en el rostro de su padre. Evangeline era una criatura aparentemente perfecta. Sus modales eran impecables, su cutis liso, su cabello recogido con flores secas y perlas en sus ondulaciones. Pero detrás de esa fachada intachable, Evelyn contemplaba con pena a un cascarón.
Sentía una lástima profunda, una punzada sorda en el pecho. La amaba. La amaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Quemaría el mundo para sostener su mano, pero no la acariciaría.
Porque confesar un afecto tan devastador, tan desprovisto de razón, habría sido impropio de ella. Evelyn miraba aquellas facciones que eran el molde exacto de las suyas y comprendía el peso de su propia tragedia: el amor no bastaba para devolvérsela, para devolverle a su madre de la que consideraba la peor de las muertes; la rendición.
El salón secundario estaba sumido en esa penumbra mansa de última hora de la tarde, donde el polvo flotaba suspendido en los últimos hilos de una luz mortecina. El aire olía a un perfume de rosas secas que la propia Evelyn le había regalado. El aroma parecía dar vueltas en el mismo sitio sin encontrar nunca una salida. Evangeline parpadeó despacio, saliendo de un letargo que parecía formar parte de su propia anatomía, y levantó la vista. Al ver a su hija, la comisura de sus labios se movió apenas, dibujando la sombra cansada y protocolaria de una sonrisa.
—Si permaneceis ahí quieta os convertireis en una estatua, madre. —dijo Evelyn, quebrando la pesada inercia que entumecía las esquinas del salón. Llevaba aún las ropas de su entrenamiento en las lizas, y apoyaba la zurda en la funda de su estoque mientras se aproximaba a ella, sentándose a su lado.
—Tan solo estaba pensando, tesoro. No es nada de lo que debas preocuparte.— Susurró, volviendo a amagar una sonrisa que no terminó de llegar del todo.
Evelyn la había visto marchitarse con los años, eso era una verdad. Ahora que rozaba la adultez comprobó cuánto se había rendido su madre. Permaneció recta en su asiento, observándola.
— No he venido para un "No es nada de lo que debas preocuparte" — Me preocupais, madre. Vuestra pasividad os está matando.
— A veces me cansa solo mirarte. — Evangeline habló con aire casi derrotista, agotado ciertamente. Hizo un ademán con la mano y tomó su abanico con un sonoro aleteo de este. —
¿Por qué insistes en permanecer en todas las reuniones, hija mía...? ¿Por qué no dejas que las cosas sigan su curso natural? Es más fácil.... Si te limitas a encajar, el mundo deja de golpearte. Yo entendí mi lugar hace años.
—Si dejais que las cosas sigan su curso, terminais yendo a donde la corriente quiere, no a donde vos deseais —respondió Evelyn, manteniendo una modulación suave, casi como si se dirigiese a algo delicado, en la que hacía por una vez por camuflar su negativa.
—. No entiendo vuestro hastío, pero comprendo que os conforte... Ver pasar los días como si el tiempo fuera un aliado que os concede una tregua, y no un recurso que os consume con cada parpadeo. ¿Cuándo fue... Cuándo fue la última vez que deseasteis algo por vos misma?
Evangeline soltó un suspiro corto, un leve roce de aire que hizo oscilar las perlas de sus sienes, y volvió a bajar la mirada. No había indignación en su gesto, ni el amago de una antigua soberbia heredada; solo una inmensa y mansa vacuidad.
—Jamás fuiste como yo, Evelyn. Ojalá lo hubieras sido, hija mía. Ojalá la mácula de vuestro padre y vuestro abuelo jamás os hubiese alcanzado y os hubiese podido abrazar más, mi dulce niña....— Confesó.
—Deteneos.
Evangeline se congeló. La mirada de Evelyn tembló sobre el rostro de su madre. No pretendía dar esa orden. Quizá, no pretendía sonar como lo hizo. Pero lo hizo, y ambas notaron ese sutil cambio en el ambiente.
—Deteneos —repitió Evelyn, suavizando la modulación apenas una fracción, lo justo para devolverle al ambiente la cortesía que nunca debió perderse. Su mirada bajó hacia el suelo con arrepentimiento por la brusquedad.
—. No sigáis por esa línea, madre. No os sienta bien la autocompasión. Crecí exactamente como me inculcasteis.
—Siempre has sido así —murmuró al fin, con una voz tan baja que casi se deshacía en el aire
—. Incluso de niña… como si todo lo que tocaras tuviera que ser enderezado, comprendido, contenido… como si no pudieras permitirte no intervenir. Hija mía, ¿Alguna vez has sido feliz, he logrado contentar tu corazón alguna vez...? ¿Todo esto vale la pena...?
Las palabras de su madre no habían sido dichas con reproche, siquiera con tristeza, y quizá por eso mismo resultaban más difíciles de desviar. Su mirada permaneció fija en ella y una silenciosa presión en el pecho comenzó a aquejarle, pero ya no había en ella la precisión habitual, siquiera la seguridad para pronunciar una palabra.
— Madre...— . Las palabras sonaban torpes en sus labios, algo temblorosos. —
No es cuestión de satisfacción... H-He hecho todo lo que se esperaba de mí. Lo necesario, siempre.
—Lo necesario... —repitió en un susurro lleno de desidia.—.
Siempre tan correcta.
Evelyn no respondió. Mantuvo la espalda recta, las manos inmóviles sobre su regazo, la mirada fija en un punto impreciso del suelo, como si cualquier desviación pudiera hacerla perder algo que apenas lograba sostener. Aquella presión en el pecho no desaparecía; al contrario, crecía lenta, insidiosa.
Evangeline cerró el abanico con suavidad, y el pequeño chasquido resonó en la estancia. Después, con una vacilación que no le era propia, extendió la mano hacia su hija, deteniéndose a medio camino, como si incluso ese gesto le resultara ajeno. Y a mitad de camino, la madre comprendió que por mucho que tratase de abrazarla, Evelyn la rechazaría.
Evelyn la vio. Vio la intención, vio la duda, vio el abandono final de ese impulso, y comprendió, con una terrible lucidez, que ni siquiera eso le pertenecía ya. No existía consuelo posible.
—Sí —Se forzó a responder con un tono controlado, aunque sus ojos se apartaron de los ajenos.
—. Vale la pena.