Una joven, atribulada y algo apurada, recorrería el pasillo del templo hasta detenerse frente a una de las puertas de madera. Alzando los nudillos, llamaría a ella una, dos... hasta perder la cuenta, golpeando entre quince y cuarenta veces, vez arriba, vez abajo.
- ¡¿Qué, qué, QUÉ, QUÉ?!
La...