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Caminando bajo la Luna

Sariel

Enano sin acento ruso
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En una noche más, donde las pesadillas se apoderaron de ella, la sacerdotisa se puso en pie. Caminó durante horas de un lado a otro, arrastrando los pies sobre la piedra fría del templo, hasta que finalmente tomó asiento frente al escritorio. Con manos temblorosas, tomó un libro, una pluma y un pequeño bote de tinta. Le costó sostenerlos; incluso los gestos más simples parecían pesarle demasiado. Tras un suspiro largo y cansado, comenzó a escribir, con una calma que no sentía, trazando un título más grueso que el resto de la letra.

Es un día más… un día más donde me siento sola.

Las palabras fueron cayendo una a una, como si cada línea arrancara algo de su interior.

Las pesadillas no terminan. Cada noche siento cómo soy arrastrada hacia mi propio infierno. Luego despierto y me doy cuenta de que, aun estando en casa, entre mis hermanos, sigo viviendo en ese infierno.

Se detuvo. Apretó los labios, respiró hondo, y continuó.

Me siento inútil. No puedo hacer nada por los míos. Creo haber sido siempre una figura de respeto; creo haber obrado, en la mayoría de ocasiones, de forma bien intencionada. Puede que errara algunas veces, y espero haber acertado en otras tantas. Pero de algo estoy segura: siempre he tratado de hacer lo correcto.

Extendió la mano y mojó la pluma una vez más. Pensó las siguientes palabras durante largos segundos antes de apoyar de nuevo la punta sobre el papel.

Creo que, tras tanto tiempo, me he convertido en una carga para ellos. Da igual el poder que poseo, da igual si puedo dañar o sanar. No sé si he perdido el norte o si simplemente mi visión de la realidad está distorsionada. Una visión que parezco ver solo yo, en algunos instantes… y quizás…

La duda quedó suspendida en el aire. La pluma volvió a detenerse.

Es precisamente porque realmente soy una lunática. Quizá he enloquecido. Quizá todo fue un error desde el principio. Sé que mis hermanos pueden apreciar lo que he hecho y hago por ellos. Lo que no sé es si podré hacerlo en un futuro, porque ya no me siento capaz de nada.

De nuevo, mojó la pluma en la tinta, decidida a no dejar la confesión a medias.

La realidad es que veo a quien más he querido y amado, a quien me ha dado fuerzas cada día para continuar, ahora en una situación más peligrosa que muchos de los combates y reyertas en los que hemos estado juntas. Por aquel entonces podía protegerla. Ahora… ahora solo soy una muñeca rota.

La tinta se volvió más oscura con la siguiente frase.

No hay poder arcano, físico o divino que posea que pueda salvarla sin estropear aún más la situación. Solo puedo ver cómo la ciudad que he defendido innumerables veces trata de aplastar a lo que más quiero. Incapaz. Impotente. Inmóvil.

Sus dedos se crisparon alrededor de la pluma.

Si ella se va… si me la arrebatan… sé que me consumirá la soledad y la locura. En estos momentos no quiero salir de mi cuarto, no quiero levantarme de la cama, no quiero comer. No me importa mi brazo, no me importa mi propia vida. Pues hubiese preferido la muerte antes que la simple posibilidad…

¿Que ella pudiese afrontar una pena así? ¿Y en estos momentos es cuando dudo? ¿Dónde están los dioses? Los buenos y los malos. ¿Dónde están los amigos, aquellos por quienes tanto se ha sacrificado durante décadas? ¿Dónde está todo lo hecho durante tanto tiempo?


El silencio del templo fue la única respuesta.

¿Dónde está el sacrificio de mis hermanos en Hydcondt? ¿Dónde está el aprecio mínimo por haber defendido uno de los tres frentes entre tan pocos en la guerra? ¿Tanta es la desconfianza de algunas acciones para suplir el beneficio que aporto otras muchas?

La pluma tembló un instante antes de volver a mojarse en la tinta. Sariel respiró hondo, como si cada palabra que estaba a punto de escribir pesara más que la anterior, y dejó que la confesión siguiera su curso.

Creo… que estoy perdiendo la fe. Pero para mi desgracia, no la estoy perdiendo en los dioses.
Ellos actúan según su naturaleza. Influyen, guían, empujan. Nosotros, los meros mortales, cumplimos día a día con sus designios, queriéndolo o no.
No. La fe que se me escapa entre los dedos es la que tenía en los mortales.

La tinta avanzó con trazo firme.

En aquellos que auténticamente tienen poder de decisión. En quienes dicen comulgar con el bien, con la bondad y con la honestidad, y aun así golpean a los desamparados bajo falsas premisas de autoridad. Bajo el disfraz de “hacer lo correcto”, de racionalizar la crueldad como si fuese virtud.

Apretó la pluma con fuerza.

Estos días he visto paladines del bien mostrarse abyectos ante situaciones humillantes para otros. He visto a quienes creía diablos encarnados mostrar preocupación y compasión por esos mismos a los que los justos despreciaban.
Quizá, como mortal que soy, me equivoque. Pero mis ojos y mis oídos aún conservan la cordura.


Una pausa. Luego, una línea más lenta.

O al menos la suficiente para saber discernir lo bueno de lo malo. Para comprender cómo muchos a los que consideraba amigos me han insultado y despreciado.
Y aun así, no les guardo rencor. Porque el único juicio que he aceptado, acepto y aceptaré… será el de la propia luna.


La escritura cambió. Ya no era una confesión: era una plegaria.

Selûne… últimamente la vida es dura. Todo es complejo. Y desde hace tiempo, algunas de tus hijas solo anhelamos paz.
Te pido, en tu infinita bondad, por todo lo que es bueno y puro, que permitas a quien amo volver a mí. Que mi vida pueda ser de paz y de guía para los míos.


La tinta formó un pequeño charco antes de seguir.

Ya no quiero guerra. Solo…

Las palabras tardaron en llegar.

Poder ser un pilar para ellos. Aquella que esté ahí para advertir qué caminos son peligrosos y cuáles no. Aquella que les tienda la mano para ayudarles a ponerse en pie cuando caigan. Aquella en la que puedan sentir cobijo cuando los negros nubarrones de la melancolía se aferren a sus corazones.

Un suspiro quebrado.

Pues sin dificultades no hay crecimiento ni fortaleza, pero solos no podemos combatir la oscuridad constantemente. Todos necesitamos ayuda.

Es por ello, mi Diosa, que te ofrezco mi alma sin resquicio alguno. No como sacrificio… sino como promesa.


La última frase fue escrita casi en un susurro.

Pero por favor… deja que mis hermanos y hermanas sean felices.

La pluma cayó sobre el escritorio. La vela titiló.

Y bajo la mirada silenciosa de la luna, Sariel permaneció sentada, vacía y serena a la vez, sin saber si aquella noche había escrito una despedida… o solo un sueño más.



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Sariel

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Gwenaelle entró en la habitación sin hacer ruido, como solía hacer cuando no quería perturbar el descanso ajeno… pero lo que vieron sus ojos la detuvo en seco.
La iluskana de cabellos níveos estaba arrodillada en el centro de la estancia, la espalda recta, la cabeza inclinada y los labios moviéndose en un murmullo constante. Rezaba. Pero no era una plegaria a Selûne.

Había algo antinatural en su postura, en la rigidez de su cuerpo, en la manera en que parecía completamente ausente, como si su mente no se encontrase allí. Sus ojos estaban abiertos, vidriosos, fijos en ningún punto concreto. Y entonces, la alarma más visceral se encendió en el pecho de Gwenaelle cuando aquella palabra escapó de los labios de la sacerdotisa:


Asmodeus…

El nombre fue pronunciado en un idioma antiguo, casi olvidado, uno que ni la propia Sariel conocía realmente. Sonaba memorizado letra por letra, como una letanía grabada a fuego en lo más profundo de su mente.

Consternada, Gwenaelle reaccionó al instante. Se acercó con pasos firmes, tomó a la peliblanca por los hombros y comenzó a sacudirla con fuerza.


¡Sariel! ¡Sariel! ¡¿Qué diantres estás haciendo?!

Los gritos, el contacto brusco, el movimiento repentino… todo pareció arrancarla de aquel trance. Sariel parpadeó varias veces, desorientada, mirando primero a la mestiza, luego la habitación, luego su propio cuerpo. Cuando su mirada descendió y se topó con la ausencia de su brazo, el horror la atravesó como un relámpago.

Un grito desgarrador escapó de su garganta.

Se arrastró hacia atrás hasta chocar con el mueble más cercano, encogiéndose contra él, temblorosa, con la respiración desbocada. Miraba a su alrededor como si aquel lugar no fuese el mismo en el que se encontraba hacía apenas unos instantes, como si el mundo hubiera cambiado sin previo aviso.

Gwenaelle, conteniendo su propia angustia, se acercó despacio. Se arrodilló frente a ella y tomó su rostro entre ambas manos, obligándola con suavidad pero con firmeza a mirarla a los ojos.


Sariel… mi estrella. Mírame. Ya no estás allí. Estás conmigo, con nosotros. Estás a salvo. Estás en casa.

Sariel intentó apartar la mirada, huir incluso de ese contacto, pero poco a poco el temblor fue cediendo. Su respiración se ralentizó, aunque el miedo seguía anidado en su pecho.

¿Q-Qué ha pasado…? ¿Qué he hecho…? —susurró con voz rota—. Solo recuerdo estar en la cama… y la pesadilla otra vez. Los demonios arrastrándome al Averno, lejos de vosotros… lejos de ti…

Se llevó su única mano al rostro y, sin darse cuenta, comenzó a llorar. Las lágrimas caían silenciosas, pero ella parecía ajena a ellas.

G-Gwen… me estoy volviendo loca, ¿verdad? —una risa nerviosa y quebrada acompañó la frase—. Si… si alguna vez intento volverme contra vosotros… quiero que me mates. Ahora que estoy débil. Ahora que no soy más que un problema.

Gwenaelle la miró con una tristeza tan profunda que tuvo que apartar la vista por un instante. Cuando volvió a hacerlo, sus manos seguían allí, acariciando sus mejillas con infinita ternura.

Mi estrella… escúchamedijo en voz baja—. No permitiré que nada ni nadie te toque. Has cuidado de mí durante tanto tiempo… déjame cuidar de ti ahora. Solo esta vez. Eres mortal, Sariel. Humana. Y todos tenemos miedo. Lo que has vivido… no quiero ni imaginarlo. Pero recuerda esto: estamos aquí. Yo estoy aquí.

Sin soltar su rostro, Gwenaelle se inclinó y besó sus labios con suavidad, un beso breve, cargado de promesas silenciosas. Cuando se apartó, siguió mirándola a los ojos.

Aquellas palabras, aquel gesto, fueron un bálsamo. Un anestésico que, aunque efímero, arrancó de raíz el peso que oprimía su pecho. Sariel suspiró profundamente y se quedó mirándola, embelesada. No era solo la belleza física lo que veía, sino todo lo que habían compartido: cada vivencia, cada error, cada victoria, cada cicatriz.

Ante ella estaba el pilar de su vida. Su refugio. Su razón para seguir adelante.


Ahora —continuó Gwenaelle con una leve sonrisa—, mi estrella, ve a la cama. Mañana recuperaremos tu brazo, y no aceptaré un no por respuesta. Antes del juicio, sea como sea, quiero que cumplamos lo que me prometiste en la guerra. Que si salíamos vivas… nos uniríamos para siempre. Y si debo irme, quiero que sea enlazada a ti.

Sariel la miró, estupefacta. Dócil. Como un animal herido que por fin encuentra un lugar seguro. Había pasado casi un mes y aún no se recuperaba del todo; había llegado a pensar que nunca volvería a ser la misma. Pero cada vez que caía, cada vez que la oscuridad la atenazaba… Gwenaelle estaba allí para sostenerla.

Ya no era la joven que temía empuñar un cuchillo. Aunque conservaba su corazón puro y noble, ahora era una alta sacerdotisa, el Oráculo de Selûne, una de las arcanistas más prometedoras de Amn. Al menos, para ella. Y eso era lo único que importaba.


¿D-Dormirás conmigo hoy…?murmuró Sariel con una voz que casi no reconocía como suya.

Como siempre, mi estrellarespondió Gwenaelle sin dudar—. Siempre juntas. Hasta el final. Sea cual sea.

S-Siempre juntas… repitió Sariel.

Su cuerpo seguía rígido, frágil, con casi diez kilos menos y unas ojeras profundas que delataban semanas sin descanso. Pero por primera vez en mucho tiempo, al apoyarse en ella, sintió que quizá… solo quizá… podría volver a dormir.
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Saldando deudas

De golpe, abrió los ojos. El aire entró en sus pulmones como un cuchillo, abrupto, desesperado. Estaba empapada en sudor, el corazón golpeándole el pecho con violencia, como si aún estuviera corriendo, como si aún estuviera huyendo. Otra vez. Otra vez las pesadillas. Otra vez los lémures arrastrándola por el suelo frío, otra vez las garras, las risas guturales, otra vez viviendo ese infierno que parecía no querer soltarla ni siquiera despierta. Se incorporó de golpe en la cama, con un jadeo ahogado, y el movimiento despertó a Gwenaelle.


- ¿Otra vez…? —murmuró ella, con la voz cargada de sueño y preocupación.

Sariel suspiró, larga y temblorosamente. EstaSariel despertando.png vez ni siquiera respondió. No tenía fuerzas para mentir ni para tranquilizar. Se limitó a arropar con cuidado a Gwenaelle, como si el simple gesto pudiera protegerla de algo, y se levantó de la cama. Con el camisón aún puesto, observó la habitación. Estaba rodeada de acero: armaduras perfectamente alineadas, cascos pulidos, cimitarras colgadas en la pared. Instrumentos de guerra. Instrumentos de supervivencia. Se frotó los lagrimales con el índice y el pulgar, tratando de contener lo inevitable, y volvió a suspirar. La habitación era grande, lo bastante como para alejarse y no perturbar el descanso de Gwenaelle, lo bastante como para sentirse sola incluso acompañada.

Caminó despacio, meditabunda, con la mente hecha jirones. Le costaba pensar con claridad, pero eso no era nuevo. Llevaba más de un mes así, y la sensación de tortura constante no daba señales de terminar. Cada sombra mal colocada se convertía en la silueta de un carcelero. Cada sonido lejano era una voz que regresaba. Cada punzada en el cuerpo era el recuerdo de cuando le arrancaron el brazo una vez más, una y otra vez, hasta que el dolor dejó de ser físico y se volvió algo más profundo. Se estremeció, abrazándose a sí misma.

Intentó aclarar la mente. Inspiró. Espiró. O al menos lo intentó. Todas las mentiras vertidas, para bien o para mal, ya habían sido dichas, y eso era algo que no podía cambiar. Amnianos creyendo en la palabra de muranitas, hablando de intercambios de esclavos cuando existía una orden clara, escrita, innegable: no habría intercambio alguno. Al final, la realidad era cruelmente simple. Cada cual creería lo que quisiera creer, lo que le conviniera creer. Hacer lo correcto, simple y llanamente correcto, les había granjeado enemigos. En una ciudad podrida por la corrupción, se daba más peso en un periódico a las palabras de un líder de asesinos y ladrones que a los hechos.

Se hablaba incluso de supuestos supervivientes de Hydcont. Testimonios inventados, voces falsas, cuando era bien conocido que ninguno de sus hermanos había salido con vida de la Abadía. Ese pensamiento le atravesó el pecho como una lanza. El dolor fue intenso, punzante, casi insoportable. Pero, una vez más, la gente creería lo que le apeteciera creer. Tan real. Tan duro. Casi parecía un pensamiento negativo, pero no lo era. Era la realidad desnuda, sin adornos ni consuelo.


- Ochocientos… -susurró.

El número llenó su mente de golpe, pesado como una losa. La voz del carcelero volvió a inundar su consciencia al mismo tiempo, superponiéndose a sus pensamientos. Se tapó los oídos, respirando de forma errática, luchando por no caer.

- Cálmate, Sariel… n-no es real… -se dijo a sí misma, con un hilo de voz.

Sariel demonios.pngPero el número no se iba. Ochocientos esclavos. Ochocientos, de seis mil. Y ni siquiera había verdad, ni pruebas reales que confirmaran que aquello fuera auténtico. Quien la había tenido presa era el Lord Brujo, y según todos los informes que había leído, jamás había mencionado liberar esclavos. Ochocientos… ochocientas familias rotas. No. Miles. Familias destrozadas por las que nadie había hecho nada durante años, pero que ahora todos clamaban como si siempre les hubieran importado. Era casi gracioso. Casi. Si es que algo así pudiera serlo. Todas esas voces alzadas, ninguna de las cuales había intentado jamás hacer absolutamente nada por recuperarlos.

Y eso la incluía a ella y allí estaban a su alrededor, como fantasmas que la acosaban cada día desde entonces.

¿Por qué no se podía hacer nada, verdad? ¿O quizá sí? Sariel se puso en pie con lentitud y acarició la superficie fría de su armadura. La había mandado preparar hacía poco. Gwenaelle le había pedido, que la llevase en su ceremonia de unión. Pero, después de todo, seguía siendo una armadura. Su armadura. La que había vestido en incontables batallas. Con la que había hecho retroceder a tantas sombras. A veces con frialdad. A veces con mesura. Pero siempre actuando por un bien mayor.

Ese pensamiento cristalizó en algo firme, claro, inamovible. Si ser así la había llevado tan lejos… si actuar de ese modo había puesto tantos dones de su Señora a su disposición… ¿no era acaso una señal? Una señal de que había otras destinadas a guiar en tiempos de paz, a mediar con palabras. Y otras, como ella, destinadas a empuñar el acero cuando las palabras no bastaban. Y eso no era malo. En Faerûn, todos tenían una intención, un objetivo, una meta, un destino.

Había creído que ahora era tiempo de guiar a los suyos desde la calma. Pero quizá no. Quizá era hora de recuperar el dolor que les había sido arrancado. De devolver cada acto que las bestias habían perpetrado. La imagen del Lord Brujo apareció en su mente: aquel enorme “hombre”, ataviado con negra armadura. Él, más que nadie, era el responsable. Él y aquel ogro fanfarrón, Sondakur, que tanto se jactaba para luego haber sido derrotado por alguien que rehuía del combate.

Pagarían. Todos ellos pagarían por sus actos, desleales, oscuros, impuros, malvados. El Lord Brujo, Sondakur y cuantos se interpusieran entre ella y lo que estaba por acontecer. No traería de vuelta ochocientos. Traería de vuelta seis mil. Y junto con ellos, la cabeza de quien ahora decía gobernar esas tierras.


Intentaron convertirla. Orden. Fe. Asmodeus. Lo peor era que, entre dolor, lágrimas y sufrimiento, a veces dudó. Pero tras cada tortura, siempre ocurría lo mismo. Por la pequeña ventana de su celda se colaba un rayo blanco, tenue. La luz de la luna. Parecía débil, pero nunca la abandonaba. Nunca. Ella era Sariel. No necesitaba títulos ni cargos. Le daba igual ser maestre, alta sacerdotisa o la Luna Sangrienta. Que la llamasen como quisieran, amigos o enemigos.

¿Querían que fuese la Luna Sangrienta de Selûne? Lo sería. Pero solo para aquellos que debían pagar.

En esta vida había héroes. Había villanos. Y había quienes nacían para cargar con el peso de lo que otros no se atrevían a hacer. Ella era una de esos. Si debía soportar el odio para que otros vivieran felices en la ignorancia, así sería. Si debía cargar con insultos, con miedo, con condenas, lo haría. Porque ella no había nacido para seguir los designios de nadie más que de una sola. Una grande, reluciente y permanente. Una que nunca se marchaba. Una que, incluso oculta, siempre observaba.

Ella era Sariel Shade. Y cumpliría las demandas de su diosa, aunque ello le arrancase la vida.

Sariel permaneció de pie durante largo rato, conCaptura de pantalla 2026-01-14 071056.png la mano apoyada sobre la armadura, como si aquel frío metal fuera el único ancla que la mantenía en el presente. El temblor en sus dedos fue cediendo poco a poco, sustituido por una quietud tensa, peligrosa. El trauma seguía ahí, agazapado, esperando cualquier descuido para morder de nuevo, pero ya no la dominaba. Lo reconocía, lo aceptaba como parte de sí misma, como una cicatriz que jamás desaparecería. No iba a curarse pronto, quizá nunca, pero no permitiría que aquello la paralizara. Había sobrevivido, y esa simple verdad la obligaba a hacer algo con el tiempo que aún le quedaba.

Se acercó a la ventana y apartó con suavidad el velo que la cubría. La noche estaba despejada. La luna, incompleta pero firme, se alzaba sobre los tejados como un ojo atento. Sariel inclinó la cabeza, cerrando los ojos un instante. No pidió consuelo. No pidió perdón. Solo claridad. Y esta llegó como una certeza silenciosa, sin palabras, sin visiones grandilocuentes. No estaba sola. Nunca lo había estado. Incluso en la celda, incluso con la sangre en el suelo y el dolor rompiéndola por dentro, esa luz había regresado siempre. Selûne no la había abandonado entonces, y no lo haría ahora.

Cuando volvió a la cama, lo hizo sin ruido. Observó a Gwenaelle dormir, ajena al torbellino que acababa de asentarse en el interior de Sariel. La ternura le apretó el pecho, pero no la debilitó. Al contrario. Aquello era parte de lo que debía proteger. Se inclinó para apartarle un mechón de cabello del rostro y apoyó la frente contra la suya durante un breve instante, prometiéndose, en silencio, que nada de lo que estaba por venir alcanzaría a quienes amaba sin que antes pasara por ella.

Al amanecer, Sariel ya estaba vestida. La armadura descansaba sobre su cuerpo como si siempre hubiera pertenecido allí, cada hebilla ajustada con precisión ritual. El cansancio seguía presente, y las ojeras delataban noches sin descanso, pero su mirada era distinta. No era la de una mártir ni la de una víctima. Era la de alguien que ha visto el abismo y ha decidido caminar hacia él con los ojos abiertos. Reuniría aliados o avanzaría sola, pero no se detendría. No esta vez.

Sariel armadura.pngPorque el mundo podía seguir mintiéndose, los poderosos podían seguir ocultándose tras palabras vacías y testimonios falsos. Sariel ya no esperaba justicia. Iba a llevarla consigo. Y cuando la Luna Sangrienta se alzara sobre aquellas tierras corruptas, no lo haría como un símbolo de terror sin sentido, sino como el recordatorio de que incluso en la noche más larga, hay quienes están dispuestos a convertirse en arma para que otros vuelvan a ver la luz.









Offtopic :
Lo posteo ahora porque es cuando estoy inspirado y he tenido tiempo y ganas de escribir, pero esto está pensado más bien para dentro de un par de días, cuando finalmente hayan terminado las consecuencias físicas y mentales que sufre el personaje.
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Sariel

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separador-luna-png.pngY llego el día [1]

Había llegado ese día. Sariel se encontraba dentro de la carpa, junto a Gwenaelle, ambas separadas por una manta blanca que no permitía verse, aunque la iluskana distinguía sin dificultad la silueta de la semielfa al otro lado. Sonrió; la imaginación, inevitablemente, echaba a volar.

- N-No se te ocurra mirar, Sariel -exclamó Gwenaelle desde el otro lado de la tela, apurada.

Sariel se llevó la mano a la boca para ahogar la risa, pero el gesto hizo resonar la armadura. Había sido la propia Gwenaelle quien le había pedido que la llevase para la ceremonia, como hacían muchos militares. De ella pendían numerosas medallas y reconocimientos, otorgados tanto por ciudades del país como por la Iglesia de Selûne.

El momento llegó. Sariel fue la primera en salir. Inspiró hondo, se pasó las manos por el rostro y dio un paso… luego otro… y otro más, hasta abandonar la tienda. Su familia venía de muy lejos y quizá no alcanzara a llegar a tiempo, así que fue Maeve quien la acompañó al altar. Tomó su brazo y juntas avanzaron por la pasarela entre los asientos. Sariel había enfrentado aberraciones, dragones, demonios y diablos, pero jamás había sentido un pudor tan intenso ni un miedo tan paralizante. Las piernas le temblaban; tenía que concentrarse en cada paso para no tropezar. Sonreía de forma casi automática, viendo a los asistentes como figuras difusas entre los nervios. Aun así, reconoció muchos rostros: amigos, la gran mayoría; otros, venidos de lejanas tierras del sur, cuya presencia aún no terminaba de comprender.

Finalmente alcanzó el altar. Maeve la felicitó con un abrazo y, con una sonrisa suave, tomó asiento en la primera fila. Ahora era el turno de la novia.

El murmullo se apagó poco a poco, como si el mundo contuviera el aliento. La tela blanca de la carpa se agitó suavemente y, por un instante, solo hubo luz filtrada y sombras alargadas. Entonces Gwenaelle apareció.

Dio el primer paso con una timidez casi reverente. Su piel mulata parecía bañada por el sol incluso bajo la carpa, y su cabello largo y negro caía en una cascada brillante por su espalda. El vestido, sencillo y sin excesos, realzaba su figura con una elegancia natural: hermoso precisamente por no intentar ser más de lo que era. Cuando alzó el rostro, tomo el brazo del Padre Dick que sería su acompañante, sus ojos buscaron el altar… y encontraron a Sariel.

Y Sariel quedó inmóvil.

Todo lo demás desapareció: el peso de la armadura, el tintinear de las medallas, el público, el calor, los nervios. La iluskana la miraba como quien presencia un milagro. Los labios entreabiertos, la respiración olvidada, los ojos incapaces de apartarse de aquella visión. Cada paso de Gwenaelle era un latido directo en su pecho. Tuvo que recordarse cerrar los dedos para no parecer una estatua mal esculpida. Es real, pensó con una mezcla torpe y sincera de incredulidad. De verdad es real.

Gwenaelle avanzaba por la pasarela con una gracia serena, como si no caminara hacia una ceremonia, sino hacia su hogar. La luz parecía seguirla, acariciarla, y por un instante cualquiera habría jurado que Selûne misma la observaba con orgullo. Cuando sus miradas se cruzaron de nuevo, Gwenaelle sonrió: una sonrisa suave, un poco nerviosa, cargada de emoción. Los ojos de Sariel se humedecieron sin que se diera cuenta.

Allí estaba. La razón de cada miedo, de cada valentía, de cada regreso con vida.

Y mientras Gwenaelle se acercaba al altar, Sariel supo -embobada, hipnotizada, profundamente enamorada- que jamás había visto nada, tan hermoso como ella caminando hacia su lado.

La obispo Arianne aguardó a que Gwenaelle ocupara su lugar frente a Sariel antes de avanzar un paso. No llevaba símbolos divinos visibles, ni colores asociados a templo alguno; su vestimenta era sobria, y su presencia transmitía una calma firme. Cuando habló, su voz fue clara y serena, proyectándose sin esfuerzo entre los asistentes.

- Hoy no nos reúne una fe concreta, ni un juramento impuesto por dogmas -comenzó-, sino una decisión compartida. El vínculo que aquí se celebra nace de la voluntad, del respeto y del amor que estas dos almas han elegido ofrecerse mutuamente.

Arianne miró primero a Sariel, luego a Gwenaelle, con una leve inclinación de cabeza, reconociéndolas por igual.

- Ante quienes han venido desde cerca y desde lejos, ante amistades, familias y testigos de caminos pasados… estáis aquí para afirmar algo simple y, a la vez, profundamente poderoso: que deseáis caminar juntas, pues nadie puede poner en duda que ante cualquier calamidad habeis estado juntas y lo que compartís es amor verdadero.

Hizo una pausa breve, dejando que el peso de sus palabras se asentara. El viento movió suavemente la tela de la carpa, y algún metal tintineó en la armadura de Sariel cuando esta respiró hondo, sin apartar los ojos de Gwenaelle.

- El matrimonio no es promesa de perfección -continuó Arianne-, sino de presencia. No exige ausencia de miedo, sino la valentía de enfrentarlo acompañadas. No pide que el camino sea fácil, solo que sea compartido.

La obispo extendió ligeramente las manos, marcando el momento.

- Sariel Shade -dijo, con tono solemne pero cercano-. Gwenaelle Mirvalen. Habéis llegado hasta aquí por vuestra propia voluntad. Nadie os obliga, nadie os guía salvo vuestro propio deseo de estar la una con la otra.

Sus ojos se suavizaron apenas.

- Ahora, frente a todos los presentes, es el momento de dar voz a aquello que os ha traído hasta este altar.

Arianne asintió despacio y concluyó:

- Cuando estéis listas… podéis pronunciar vuestros votos.

Sariel tragó saliva antes de hablar. Durante unos segundos no fue la guerrera, ni la portadora de medallas, ni la veterana de mil batallas; fue solo ella, con el corazón expuesto. Inspiró hondo y, sin apartar la mirada de Gwenaelle, comenzó:

- No podría decir que te quise desde el mismo día en que te vi. El amor real, el auténtico, no nace de un instante, se forja con el tiempo, con los años, con todo lo que se comparte.
Pero sí puedo decir que, desde siempre, contra viento y marea, has estado ahí. Por y para mí. Y hay muy pocas personas en este mundo que puedan decir eso… tú eres una de ellas.
Su voz tembló apenas, pero no se quebró.

- Por la confianza que has depositado en mí. Porque sabes que, aunque pueda ser cabezota, desorganizada, molesta… todo cuanto hago nace de una intención noble, incluso cuando no sé expresarla bien. Te pido que me permitas seguir haciendo lo que llevo tanto tiempo haciendo: cuidarte, protegerte, estar a tu lado incluso cuando el mundo se vuelva difícil.
Apretó ligeramente las manos, como si necesitara anclarse al momento.

- Y te ruego que me sigas sosteniendo como lo has hecho hasta ahora. Porque si no hubiese sido por ti… seguramente yo ya no estaría aquí hoy.

Sus ojos brillaron, pero su sonrisa fue firme.

- Has sido, eres, y espero que siempre seas mi pilar. Mi hogar. Mi razón para volver.
Gwenaelle respiró hondo antes de hablar. Sus manos temblaban levemente, pero su mirada permanecía firme, anclada en la de Sariel. Cuando pronunció su nombre, lo hizo con una mezcla de reverencia y cariño que silenció por completo el lugar.

- Sariel Shade… tu nombre, tu presencia, no dejan indiferente a nadie. Tú, que me conociste cuando no era más que una novicia, me enseñaste tantas cosas que a veces aún me cuesta enumerarlas.

Esbozó una sonrisa suave, cargada de memoria.

- Me enseñaste a ser valiente. A no temer luchar por mis convicciones. Me enseñaste que errar no es un pecado mortal, que no es necesario pedir permiso para vivir. Me enseñaste la libertad… y, sin darte cuenta, me liberaste de todas mis ataduras.

Su voz se volvió más íntima, más cálida.

- Contigo me siento libre. Y contigo quiero estar hasta el fin de mis días, sean largos o cortos. Tus títulos no me importan. Tu pasado no me importa. Todo eso se desvanece cuando te miro.

Gwenaelle apretó un poco más las manos de Sariel, como si sellara cada palabra.

- Porque para mí eres mi gran amor, mi única compañera, mi refugio y mi fuerza. Y por eso… por todo lo que somos y todo lo que aún nos espera… por favor, acéptame.
La obispo Arianne aguardó unos segundos, permitiendo que las últimas palabras de Gwenaelle se asentaran en el aire. Luego dio un pequeño paso al frente, con una expresión serena y satisfecha.

- Que así conste -dijo con voz clara-. Habéis hablado desde la verdad, sin máscaras ni juramentos vacíos.

Alzó ligeramente la mirada hacia ambas.

- Ahora, os pido que entreguéis los anillos. Como símbolos: de un vínculo elegido, de un compromiso compartido, de un camino que se recorre juntas.

Sariel fue la primera en moverse… o al menos en intentarlo. Sus dedos, acostumbrados a empuñar armas con firmeza, temblaban al tomar el anillo. Una risa nerviosa escapó de sus labios antes de que lograra deslizarlo en la mano de Gwenaelle, con un cuidado casi reverente, como si temiera romper el momento.

Gwenaelle no estaba mucho mejor. Inspiró hondo, sus manos también temblorosas, y alzó la vista una última vez para encontrarse con los ojos de Sariel antes de colocarle el anillo. El gesto fue torpe, sincero, profundamente humano… y perfecto.

Arianne observó la escena con una leve sonrisa, aguardando a que ambas terminaran antes de hablar de nuevo.

- Ante los testigos aquí reunidos -proclamó-, y por la autoridad que me ha sido concedida como obispo, no en nombre de dioses ni credos, sino en nombre de vuestra voluntad y vuestro compromiso mutuo…

Hizo una pausa breve, solemne.

- Os declaro oficialmente unidas en matrimonio.

Sus ojos se suavizaron.

-Podéis besaros.

No hubo prisa. Sariel se puso apenas de puntillas para acortar distancias con la alta mestiza, como si aún necesitara asegurarse de que aquello era real. Gwenaelle bajo levemente el rostro, cerrando los ojos en cuanto sus frentes se rozaron. El beso fue simple, sin alardes ni urgencia, largo y contenido, cargado de todo lo que no hacía falta decir: amor, promesas, futuro.

Cuando se separaron, aún con las manos entrelazadas, el mundo parecía un poco más en calma, despues de tantas tormentas.

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Sariel

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separador-luna-png.pngY llego el día [Final]

El aplauso llegó primero como un murmullo contenido, luego como una ola imposible de detener. Las manos chocaban, las voces se alzaban en vítores y risas, y durante unos instantes el aire se llenó de alegría pura, de ese tipo de felicidad colectiva que solo aparece en los momentos verdaderamente importantes.

Sariel, aún con las manos entrelazadas con las de Gwenaelle, parpadeó varias veces, como si el mundo hubiera vuelto de golpe después de haber estado suspendido en silencio.

-Creo… -murmuró, todavía un poco aturdida- que lo hemos hecho.

Gwenaelle soltó una pequeña risa nerviosa.

-Creo que sí.

Apenas tuvieron tiempo de intercambiar una mirada cómplice antes de que Mernalyn fuera la primera en abalanzarse sobre ellas. Las abrazó con fuerza, sin el menor reparo, y luego comenzó a felicitarlas con una mezcla de orgullo y emoción que pronto contagió al resto de asistentes. Amigos, compañeros de armas, conocidos de lugares lejanos… uno tras otro se acercaban con palabras cálidas, abrazos, palmadas en la espalda.

Pero, entre toda aquella multitud, Gwenaelle notó algo, un pequeño grupo que aún no se había acercado.

Estaban un poco apartados, cerca del borde de la carpa. No parecían incómodos, ni distantes… más bien observaban con paciencia, como si buscasen no interrumpir, aunque cuchicheaban entre ellos.

Y eran… imposibles de ignorar.

Gwenaelle los vio primero como un conjunto: figuras altas, robustas, de presencia imponente incluso en reposo. Luego empezó a distinguirlos uno a uno… y algo en su mente comenzó a encajar.

Todos compartían ciertos rasgos, la altura, la complexión, ese aire extraño entre noble y salvaje, y… los ojos.

Un escalofrío suave le recorrió la espalda.

-Sariel… -murmuró, inclinándose apenas hacia ella-.

Sariel siguió su mirada y se quedó completamente rígida durante un segundo entero y luego otro. Después soltó el aire como si alguien le hubiese golpeado el pecho.

-Oh. -parpadeó-. Oh, no.

Gwenaelle ladeó la cabeza.

-¿“Oh, no”?

Sariel se pasó una mano por la nuca con una sonrisa nerviosa.

-Han llegado.

-¿Quiénes?

Sariel la miró con la misma expresión que alguien que acaba de recordar que olvidó avisar de algo importante.

-Mi familia.

Gwenaelle tardó exactamente tres segundos en comprender y otros tres en darse cuenta de cuántos eran.

-¿Tu… familia?

-Sí.

-Sariel… -Gwenaelle volvió a mirar al grupo-. Hay como… nueve personas -Sariel carrapeó.

-Sí.

-Sariel.

-Ajá.

-Sariel.

-Es que… somos bastantes, ¡ya te lo dije!

Para entonces, el grupo ya se había acercado.

Al frente caminaba una mujer de porte sereno. Su cabello plateado caía en una larga trenza sobre el hombro, y sus ropas -sencillas, pero cuidadas- tenían el aire discreto de alguien que en otro tiempo había llevado vestiduras sagradas con naturalidad. Su mirada era cálida, profundamente tranquila.

Cuando llegó frente a ellas, observó primero a Sariel y luego a Gwenaelle sonriendo con una dulzura maternal.

-Así que tú eres Gwenaelle.

Su voz era suave, como una brisa tranquila después de una tormenta.

Gwenaelle inclinó la cabeza con respeto.

-Sí, señora.

La mujer negó con un gesto amable.

-Nashara está bien.

Gwenaelle sintió que la tensión en sus hombros se relajaba un poco.

-Es un honor conocerla.

Nashara extendió ambas manos y tomó las de Gwenaelle con calidez.

-El honor es mío, querida. -sus ojos brillaban con una emoción contenida-. Llevamos años oyendo hablar de ti.

Gwenaelle giró lentamente la cabeza hacia Sariel mientras Sariel miraba hacia el cielo, como si de pronto las nubes fueran fascinantes.

-Sariel… -murmuró Gwenaelle.

-Hm.

-¿Qué significa “años”?

-Pues… años.

-Sariel.

Nashara soltó una pequeña risa.

-Tu esposa ha hablado de ti más de lo que imaginas.

Sariel murmuró algo incomprensible. pero entonces Nashara dio un paso a un lado.

-Permítenos presentarnos como corresponde.

Y entonces… el resto avanzó, primero las mujeres.

La más alta de ellas sonreía con una expresión amplia, casi desafiante. Su cabello oscuro estaba recogido de forma descuidada y sus brazos cruzados revelaban músculos muy poco propios de alguien que hubiera llevado una vida tranquila.

-Maelis -dijo con naturalidad-. Encantada.

A su lado, otra mujer -algo más baja, pero con una mirada vivaz y curiosa- inclinó la cabeza con una sonrisa ladeada.

-Virelith.

La tercera tenía el aire de alguien que podría empezar una pelea ... y ganarla.

-Nyth.

Gwenaelle asintió educadamente a cada una, sintiendo crecer en su interior una sensación extraña, porque todas ellas, todas, tenían algo de Sariel, no exactamente el rostro, pero sí la presencia, esa energía indomable. Entonces avanzó la última y Gwenaelle parpadeó, porque durante un instante… creyó que Sariel se había movido. La mujer que tenía delante era exactamente igual, misma altura, mismo rostro, mismos ojos, incluso la forma de la boca.

Pero donde Sariel llevaba armadura y cicatrices, aquella mujer vestía con una elegancia impecable. Su postura era perfecta, sus movimientos suaves, su cabello cuidadosamente peinado. Todo en ella irradiaba refinamiento.

Entonces la joven, ee inclinó con gracia.

-Ysara -dijo con una voz serena-. Es un placer conocerte al fin.

Gwenaelle la miró. Luego miró a Sariel. Luego otra vez a Ysara. Luego otra vez a Sariel. Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

-…

Sariel levantó un dedo.

-Antes de que preguntes: sí.

Ysara sonrió con elegancia.

-Somos gemelas.

Gwenaelle seguía mirando a una… y a la otra, Sariel estaba ligeramente encorvada, con el labio torcido, y esa expresión de incomodidad social absoluta. Ysara parecía una noble recién salida de una corte. Gwenaelle inclinó la cabeza lentamente.

-Ah.

Luego murmuró, muy bajito:

-…lo mismo me equivoqué de hermana.

Durante un segundo hubo silencio. Después, Maelis soltó una carcajada tan fuerte que casi hizo vibrar la carpa. Virelith empezó a reír también. Nyth golpeó el hombro de Sariel, haciendole desplazarse un par de pasos por la fuerza.

Ysara, con toda su elegancia, se cubrió la boca para ocultar una sonrisa, y Sariel… Sariel cerró los ojos.

-Lo sabía.

Gwenaelle alzó las manos rápidamente.

-¡Era una broma!

-Ajá.

-¡Una broma!

-Claro.

Entonces Nashara volvió a intervenir, todavía riendo suavemente.

-Aún faltan cuatro.

Gwenaelle pensó que su mente ya estaba preparada. No lo estaba.

Porque los hombres que avanzaron después parecían sacados de una compañía de guerreros veteranos. Altos, anchos de hombros, educados en sus gestos… pero con la presencia física de alguien que podría partir un tronco con las manos.

El primero inclinó la cabeza.

-Thoren.

El segundo habló con voz calmada.

-Elarion.

El tercero, con una sonrisa tranquila.

-Kaelen.

Y el cuarto… el cuarto avanzó dos pasos demasiado rápidos, miró a Sariel, luego a Gwenaelle, y dijo con total naturalidad:

-¡Así que tú eres la que se casa con el animal de mi hermana!, ¡Tienes que tener buen fondo, si en la cama es igual que en las cenas, te compadezco, la última vez me salto dos dientes por un trozo de pan!

Todos se giraron.

-Soren -gruñó Thoren.

-¿Qué?

-Baja la voz.

-Estoy hablando normal.

-No lo estás.

Sariel miro fijamente al hombre, su comentario la habia dejado fuera de juego, pero tan pronto se recupero, practicamente salto al cuello de su hermano, siendo interceptada de camino por los tres hombretones mientras gritaba.

-¡Mira que eres tonto! ¡Debí haberte dado cuatro puñetazos más la última vez!

Incluso con la diferencia de tamos abismal, los tres hermanos parecian tener relativos problemas para contener a la "pequeña" sacerdotisa iluskana.

-¡Sariel, calma, que acabamos de llegar!

Poco a poco, Sariel acabo en el suelo, reducida por ellos mientras se retorcia a duras penas.

-¡V-Vale, prometo no matarlo, pero soltadme!

-¿Lo prometes...?

Los tres hermanos la miraron con poca confianza.

-Tsk... que si...

Y aun con precaución la soltaron poco a poco mientras Soren observaba a Gwenaelle con absoluta curiosidad.

-¿Es verdad que derrotaste a un demonio con una lámpara?

Gwenaelle parpadeó.

-…¿Qué?

Sariel se llevó una mano a la cara despues de haberse levantado y sacudido la armadura.

-Lo sabía. Sabía que alguien iba a sacar esa historia.

Soren asintió, impresionado.

-Eso fue increíble.

Gwenaelle miró a Sariel y Sariel murmuró:

-Luego te explico.

Pero Nashara dio una pequeña palmada suave, recuperando la calma del grupo, la matriarca de la familia parecia más que acostumbra al escéntrico actuar del gurpo, pues en ningún momento se había alterado lo más mínimo.

-En cualquier caso -dijo con ternura-. Bienvenida a la familia.

Gwenaelle miró a todos, las hermanas de mirada salvaje, a los hermanos gigantes, la gemela elegante, a Sariel… que parecía querer desaparecer, y finalmente sonrió.

- Creo que… me va a gustar mucho.

Sariel suspiró e Ysara, a su lado, murmuró con gracia a Gwenaelle:

-Si sobrevives a las cenas familiares.

Gwenaelle ladeó la cabeza.

-¿Tan terribles son?

Maelis sonrió con dientes.

-Depende.

-¿De qué?

-De quién empieza la pelea primero.

-¡Si siempre empieza la osa de Sariel!- Grito Soren a pleno pulmon en su peculiar "tono bajo".

-¡Si es que se merece que lo arreé!- Vociferó Sariel.

Y por primera vez desde el altar, Gwenaelle pensó que tal vez… casarse con Sariel no solo significaba compartir una vida, sino también sobrevivir a toda una familia. Y, sorprendentemente… no le parecía un mal trato.

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Sariel

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separador-luna-png.pngSin miedo a vivir

Un copo, luego otro, y otro más. La nieve caía con la familiar constancia de los inviernos del Norte, como si el cielo hubiera aprendido a respirar en silencio sobre la ciudad. Pero aquel día… aquel día era distinto. La nevada era más intensa, más densa, como si el mundo hubiese decidido cubrirlo todo con un manto blanco que apagaba los ruidos y volvía más suaves los bordes de la realidad.

La iluskana estaba sentada en la plaza de Nashkel, observando.

Un grupo de niños jugaba entre montículos de nieve, sus risas claras elevándose en el aire frío como pequeñas campanas. Corrían, tropezaban, se lanzaban bolas de nieve con la despreocupación de quienes aún no conocen el peso del mundo.

Al otro lado de la plaza, un grupo de Caballeros de la Luna conversaba. Sus capas cerúleas se agitaban suavemente con el viento. Entre ellos surgió una carcajada —seguramente una broma compartida— que levantó un breve estallido de jolgorio antes de volver al tono tranquilo de la conversación.

Más allá, otro destacamento recorría las calles con paso firme, atentos, vigilantes. Observaban puertas, callejones, sombras. No buscaban gloria ni aplausos; simplemente se aseguraban de que todo estuviera en orden.

La presencia de la fe lunar en el Norte se había vuelto sólida. Muy sólida.

Habían decidido algo hacía tiempo: que no mirarían hacia otro lado.

Mientras el resto del mundo se refugiaba en sus propias taifas, saliendo solo cuando los problemas amenazaban con tocar su puerta, ellos habían elegido otro camino. Para ellos, cualquiera bajo la luz de Selûne merecía algo más que indiferencia.

Merecía piedad.
Protección.
Una oportunidad.

La mujer se removió en el banco y se envolvió más en su capa. El frío se colaba entre las costuras y la nieve empezaba a acumularse en los hombros del tejido oscuro. Subió la capucha con un gesto tranquilo, después sacó su bolsa.

Tabaco.
Papel.
Un pequeño trozo de algodón.


Sus manos trabajaron con la precisión tranquila de quien ha repetido ese ritual decenas de veces. El cigarro quedó listo en apenas unos segundos. Lo llevó a los labios y levantó el índice. Un leve resplandor apareció en la punta de su dedo.

El papel prendió.

Aprovechó la brasa naciente paratabaco.png aspirar profundamente. El humo llenó sus pulmones con esa calidez áspera que tanto le gustaba. Lo sostuvo un momento antes de expulsarlo lentamente, dejando que el aire helado lo deshiciera en filamentos pálidos.

Observó la plaza otra vez.

Cuántas cosas habían pasado allí.
Cuántos cambios.

Y sin embargo… ahí estaban, firmes, imperturbables, nada ni nadie parecía tener la capacidad de quebrar aquello que habían construido.

Sonrió apenas, una sonrisa pequeña, casi privada, mientras otra calada encendía de nuevo la punta del cigarro.

Su rostro estaba marcado por una cicatriz que cruzaba la cuenca de su ojo derecho. No era la única. Bajo la ropa, sus brazos conservaban otras tantas: recuerdos grabados en la piel, pruebas silenciosas de cada batalla, recordatorios, porque por poderosa que fuera, no era invencible.

Pero sí sabía quién era.

Y también sabía qué debía hacer, no era una santa, pero tampoco era el ridículo demonio en el que algunos habían intentado convertirla. Durante un tiempo aquello había dolido, pero ya no.

Ahora le hacía gracia, había adoptado una filosofía mucho más simple: ignorar a quienes necesitaban alimentarse de su presencia para fingir que eran alguien.

Que lloren y pataleen, pensó. Ella tenía cosas más importantes que hacer, personas que proteger. Finalmente se puso en pie. La nieve crujió bajo sus botas cuando caminó hacia el grupo de caballeros, el cigarro aún entre los labios.

Quién la había visto y quién la veía ahora.

La joven de piel tersa, perfecta, idealista, que había llegado años atrás parecía casi un recuerdo distante. En su lugar quedaba algo distinto, algo más real, más parecido a lo que su padre siempre había querido.

Ruda, fuerte, sencilla, con los objetivos claros, si alguien quería retarla, que lo hiciera, muchos tenían boca, muchos sabían hablar, pero pocos tenían el coraje de actuar y menos aún de hacerlo de frente.

Amn era así: una tierra llena de crueldad y de gente con una boca muy grande pero poco valor.

Y justo por eso mismo…

Ellos eran necesarios.separador-luna-png.png
 
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Dislumbrando el final del camino

La noche se presentaba larga, oscura y fría; no era ninguna novedad para alguien que había pasado el último año recorriendo con frecuencia las calles de Nashkel. El vaho escapaba de los labios de Sariel en pequeñas bocanadas que se deshacían en el aire, y sus movimientos, lentos y medidos, podían recordar a los de un espectro. La pesada capa de pieles protegía su cuerpo de las inclemencias del clima, aunque esa ilusión se rompía con el constante crujido metálico de su armadura, que tras tantos años ya era casi una segunda piel.

Caminaba sin un rumbo aparente, con la mirada perdida en pensamientos que no terminaban de tomar forma, hasta que ascendió a las murallas de la ciudad inclinada. Allí, varios caballeros con motivos lunares realizaban sus rondas de vigilancia. La ciudad llevaba tiempo bajo la protección de la luna, y esa rutina ya se había convertido en algo natural. Sariel dio algunas indicaciones, breves y precisas, recolocando a los hombres en posiciones que consideraba más adecuadas. Se habían invertido muchos esfuerzos en aquel lugar: el Camino de la Luna estaba prácticamente terminado, el sanatorio había demostrado repeler la bruma y sus efectos… todo aquel trabajo, poco a poco, empezaba a dar sus frutos.


Cuando terminó, se sentó en la muralla. Desde allí contempló la Carretera de la Mordida, perdiéndose en la distancia hasta bifurcarse en el Camino de la Luna. Su atención se posó en la nieve que caía con calma, en cada copo que descendía sobre la escena silenciosa. Permaneció inmóvil durante horas, hasta que la nieve comenzó a acumularse sobre su pelo y sus hombros, como si quisiera convertirla en una estatua más del lugar.

Fue entonces cuando un joven, apenas un niño que no llegaría a los doce años, se acercó a ella. Golpeó suavemente la capa de la selunita para llamar su atención. Sariel no giró del todo el rostro, pero el leve gesto que hizo bastó para indicarle que le escuchaba.

- Señora, va a resfriarse. Lleva… como cuatro horas aquí. El frío del Norte hace mella a todos. Debería comer algo caliente y guarecerse.

Sariel tardó unos segundos en responder. Su mirada seguía fija en la lejanía.

- Tengo obligaciones, chico. El frío… es frío. Pasará, como se supone que todo debe pasar en esta vida.

El joven frunció ligeramente el ceño, sorprendido más por el tono que por la respuesta.

- Mi madre dice que la adultez es complicada, que hay muchas responsabilidades… y que no todo el mundo sabe llevarlas bien. También dice que el mundo es cruel, y que algunos, por envidia o por lo que han vivido, intentarán hacer peor la vida de otros. -Dudó un instante antes de añadir-. Cuando os veo… no tengo ganas de crecer. Muchos parece que hayáis perdido la alegría.

Aquellas palabras cayeron sobre Sariel con más peso del esperado. Esta vez sí se giró hacia él, llevándose una mano al rostro, como si necesitase unos segundos para recomponerse.

- Tu madre no se equivoca. El mundo no es sencillo, ni justo, ni tiene un camino claro. Siempre habrá voces que intenten derribar lo que hagas. Pero debes ser mejor que eso. Esas personas… muchas veces solo necesitan ayuda. Alguien que escuche, alguien en quien apoyarse. -Hizo una breve pausa-. Debes ser un faro para los demás, una luz que guíe… aunque sea a costa de tu propia luz.

El niño la observó en silencio durante unos segundos, sin parecer del todo convencido. Dio un paso más cerca, hundiendo las botas en la nieve.

- ¿Y si esa luz se apaga?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Sariel no respondió de inmediato.

- Si eres una luz… y te gastas para que otros vean -continuó el muchacho, mirando hacia la luna-, ¿qué pasa cuando ya no queda nada?

Sariel abrió la boca, pero no encontró palabras. Permaneció en silencio, algo poco habitual en ella.

- Mi madre ayuda a la gente - siguió el joven-, pero cuando se cansa, descansa. Dice que si no lo hace… se enfada o se pone triste, y entonces ya no ayuda bien. Solo… cumple.

Aquella palabra le resultó incómoda. Cumplir.

Sariel apartó la mirada hacia la carretera, hacia el camino que había ayudado a levantar, hacia todo lo que había construido. Debería haber sentido orgullo. Pero lo que encontró fue cansancio, un cansancio profundo que no se iba con el descanso físico.

-La luz de Selûne guía en la oscuridad -murmuró, casi como una costumbre.

-Sí -respondió el niño-, pero la luna no siempre está. A veces desaparece… y luego vuelve. Si nunca se fuera, nadie notaría cuándo regresa.

El viento sopló con más fuerza, arrastrando la nieve entre las almenas. Sariel cerró los ojos un instante. No rezó, no pidió fuerzas. Solo sintió el frío, el peso de la armadura, el agotamiento que llevaba tanto tiempo ignorando.

-Tengo obligaciones -dijo al fin, pero su voz ya no sonaba igual-. Hay gente que depende de mí.

-Y si te rompes -respondió el niño con sencillez-, tampoco podrás ayudarles.

El silencio que siguió fue más denso que todos los anteriores. Sariel bajó ligeramente la cabeza. Aquella idea no era nueva, pero nunca la había dejado quedarse el tiempo suficiente.

-…quizá he confundido resistir con servir -admitió en voz baja.

Se levantó con cierta pesadez, dejando que la nieve cayera de sus hombros. El sonido de la armadura volvió a acompañar sus movimientos, familiar, constante. No era una renuncia, ni mucho menos, pero sí algo distinto.

Miró la muralla, evaluando su posición, y alzó la voz lo justo.

- ¡Reginald!

Uno de los caballeros con emblemas lunares se acercó con rapidez, deteniéndose frente a ella.

- Alta Sacerdotisa.

- Cubrid mi puesto en este tramo. Mantened la vigilancia sobre la Carretera de la Mordida y reforzad el relevo en la sección este. Si hay cualquier anomalía, hacedme llamar.

- Así se hará.

El caballero inclinó la cabeza y ocupó su lugar sin cuestionar la orden. Sariel lo observó un instante, asegurándose de que todo quedaba en orden. No estaba abandonando nada. Solo… ajustando.

Entonces miró de nuevo al joven.

- ¿Sigue abierta la cocina?

El muchacho sonrió levemente.

- Siempre hay algo caliente.

Sariel asintió. No sonrió del todo, pero su expresión se suavizó apenas. Después comenzó a descender de la muralla, dejando atrás el frío inmóvil de las almenas.

No dejó de ser quien era. No abandonó su deber ni sus responsabilidades. Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, entendió que incluso la luz de la luna necesitaba apartarse un momento… para poder volver a brillar.

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Sariel

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Sariel permanecía sentada en uno de los bancos de Nashkel, bajo la luz grisácea de una mañana sin sol. La nieve caída durante la noche empezaba a derretirse en los bordes de las calles, convertida en una mezcla sucia de barro y escarcha que los carros aplastaban al pasar. La ciudad despertaba despacio, ajena al peso que descansaba sobre sus hombros.

Otro amanecer, que no ofrecia más que nuevas marcas sobre la piel, nuevas heridas. Bajo las vendas recientes, su costado ardía. El brazo izquierdo aun se sentía entumecido y una línea de cortes descendía desde su clavícula hasta perderse en el cuello de la armadura. Algunas heridas eran visibles, otras no.

La gruesa capa que ahora siempre portaba permanecia sobre sus hombros, protegiendola del frío, aunque ya llevaba allí horas, dormir no había sido sencillo.

Nashkel despertaba, una mujer abría la puerta de su tienda y barría la entrada. Dos niños corrían persiguiéndose entre risas demasiado tempranas. Un panadero descargaba harina mientras maldecía a una rueda atascada. El humo salía de las chimeneas. La gente hablaba. Caminaba. Reía.

El mundo no se había detenido por lo sucedido la noche anterior, Sariel miro sus manos ligeramente temblorosas y las apreto con fuerza, hasta que los nudillos se tornaron blanco azulados y la cianosis comenzo a dejarse ver en ellos, entences, los aflojo con un suspiro.

Durante la batalla había caído de rodillas entre sombras y sangre. Recordaba el sonido metálico de su espada escapando de los dedos. Recordaba los cuerpos de sus aliados caer, recordaba verse sola ante tantos enemigos, recordaba sombras avanzando donde ella debía haber mantenido la línea. Recordaba haber pensado, por un instante, que tal vez aquello era el final.

Y sin embargo, había despertado, seguía allí.

Alzó la mirada hacia el centro de la plaza. Un grupo de obreros recolocaba piedras desprendidas de una fuente dañada semanas atrás. Una de ellas era demasiado pesada para un solo hombre. Dos más acudieron despues y entre los tres la alzaron y la pusieron en su sitio.

Sintió una punzada bajo las vendas al incorporarse un poco en el banco. El cuerpo protestó. También el orgullo.

Había pasado años creyendo que resistir significaba no doblarse nunca. No caer. No mostrar grietas. Ser muro, espada, estandarte. Ser la que siempre soportaba un golpe más para que otros no tuvieran que hacerlo.

Y aun así allí estaba, vendada, derrotada, exahusta pero; seguía allí.

Un sonido la sacó de sus pensamientos. Pasos pequeños sobre nieve húmeda.

El mismo muchacho de la muralla se detuvo frente a ella con una cesta colgada del brazo. La observó sin decir nada durante unos segundos, como un anciano que observa unos obras cercanas.

-
Tenéis peor cara que ayer.

Sariel soltó una exhalación que quizá, en otra momento, habría sido una risa.

-
He tenido días mejores.

El chico sacó un trozo de pan aún caliente y se lo ofreció.

-
Mi madre dice que la gente herida se pone insoportable si no come.

Sariel lo aceptó tras una breve duda.

-
Tu madre parece sabia.

- También dice que los héroes son tercos.

- Entonces es muy sabia.

Partió un pedazo de pan, pero tardó en llevarlo a la boca. Miró de nuevo la ciudad.

- Perdimos -dijo al fin.

El niño se encogió de hombros.

-
Hoy no han habido problemas en las cercanías de la ciudad.

-
No gracias a mí.

- Pero estáis aquí.

Aquella respuesta la golpeó con más fuerza de la que muchas espadas y mazas lo habían hecho en su vida. Miró al muchacho. Él ya no parecía tan niño cuando hablaba de ciertas cosas.

-
A veces eso basta -continuó-. Mi madre dice que cuando una pared se rompe, primero se apuntala. Luego ya se reconstruye.

Sariel bajó la vista hacia sus vendas, hacia el brazo entumecido, hacia el barro seco en las grebas. Apuntalar, no vencer, no cargar de nuevo, no fingir entereza.

El muchacho se sentó a su lado sin pedir permiso. Durante un rato no hablaron. Escucharon el sonido de Nashkel respirando: ruedas sobre piedra húmeda, voces que abrían el día, pasos apresurados, martillos marcando algún arreglo lejano, campanas que anunciaban la mañana.

El niño balanceó ligeramente las piernas, demasiado cortas para tocar el suelo desde el banco.

-
Cuando era más pequeño creía que las ciudades dormían de verdad por la noche -dijo de pronto-. Pensaba que todo desaparecía hasta el amanecer.

Sariel mantuvo la vista al frente.

-
Y ahora sabes que no.

- Ahora sé que siempre hay alguien despierto. Un guardia, una madre con un bebé, un panadero, alguien llorando… alguien esperando.

- Has pensado demasiado para tu edad.

- Vos habéis pensado demasiado para la vuestra.

Sariel resopló por la nariz, medio molesta, medio divertida.

-
Eso ha sonado a insulto.

- Era una observación.

El muchacho se inclinó hacia delante, recogiendo un pequeño trozo de hielo del suelo para hacerlo girar entre los dedos.

-
Anoche os vi volver.

Ella se tensó apenas.

-
No deberías rondar las puertas al amanecer.

- No rondaba. Llevaba sopa a los heridos.

La respuesta fue tan directa que Sariel no encontró réplica inmediata.

-
Vi vuestra cara cuando entrasteis -continuó él-. No era cara de haber perdido una batalla. Era cara de haber decidido que la derrota os pertenecía solo a vos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, Sariel apretó la mandíbula.

-
Es mi gente. La responsabilidad era mía.

- La responsabilidad no es lo mismo que la culpa.

- A veces se parecen bastante.

- Solo cuando alguien está empeñado en cargar con todo.

El niño lanzó el trozo de hielo, que resbaló unos palmos por el suelo antes de romperse.

-
Si un puente se hunde porque diez hombres lo cruzan a la vez, ¿la culpa es de la piedra? ¿Del río? ¿Del carpintero? ¿De los hombres? A veces las cosas ceden porque han llegado a su límite.

Sariel guardó silencio, había escuchado sermones de sacerdotes, arengas de comandantes, consejos de sabios. Ninguno le resultaba tan incómodo como la simple claridad de aquel muchacho.

-
No me gusta fallar -admitió al fin.

-
A nadie le gusta caerse.

- No hablo de caerme.

- Yo sí.

El niño se volvió hacia ella, con una seriedad impropia de su rostro joven.

-
Os he visto caminar como si cada paso tuviera que demostrar algo, como si sangrar menos os hiciera más fuerte, como si descansar fuera traicionar a alguien.

Sariel sintió el peso de las vendas bajo la ropa.

-
Hay gente que depende de mí.

- Y hay gente que os aprecia.

Aquello la desarmó más que cualquier reproche.

El muchacho señaló con la barbilla hacia una ventana cercana, donde una anciana colocaba una vela blanca en el alféizar.

-
Ella pregunta por vos cuando nieva fuerte. El herrero guarda clavos buenos “por si la sacerdotisa los necesita”. Los niños juegan a defender murallas diciendo que son vos. Incluso los que os tienen miedo miran hacia donde estáis cuando algo va mal.

Sariel frunció el ceño.

-
No necesito admiración.

- No hablo de admiración, si no... de vínculo.

El viento movió un mechón del cabello del niño. Durante un instante, la luz pálida de la mañana pareció reflejarse en sus ojos con un brillo casi plateado.

-
Creéis que solo servís cuando dais -dijo con suavidad-. Pero a veces también dais permitiendo que os cuiden.

Sariel lo observó en silencio.

Había algo extraño en aquellas palabras. No por su contenido, sino por la calma con que eran dichas. Como si tratasen de recordarle algo.

-
¿Y si no sé cómo se hace eso? -preguntó, más bajo de lo que esperaba.

El muchacho sonrió de lado.

-
Entonces empezáis como todos. Mal, despacio y protestando.

Una risa breve escapó de Sariel antes de poder contenerla. Le dolió el costado al hacerlo y el niño alzó una ceja.

-
Veis. Incluso reír os duele. Estáis hecha un desastre.

- Eres insoportable.

- Y vos seguís aquí.

Ella cerró los ojos un instante, cuando volvió a mirar a su lado, el muchacho se había puesto en pie.
- Debo irme -dijo, acomodándose la cesta al brazo.

-
¿A llevar más sopa?

- A recordar cosas a gente terca.

Empezó a alejarse, pero se volvió una última vez.

-
La luna no desaparece cuando no la veis, Sariel Shade.

Ella se quedó inmóvil, no recordaba haberle dicho su nombre.

Abrió la boca para llamarlo, pero una carreta pasó entre ambos levantando ruido y vapor. Cuando la calle volvió a despejarse, el muchacho ya no estaba.

Solo quedaban sobre el banco unas migas de pan… y una pequeña moneda de plata marcada con una luna creciente.
 
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Hoy...

Un sorbo a la taza de café caliente fue todo lo que necesitó. Se recostó un poco más en el asiento, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro lento, mientras una tenue sonrisa se dibujaba en su rostro.

Hoy era feliz.

Todo lo que había hecho y lo que había dejado de hacer, las peleas y las risas, el amor y el dolor… todo había ocurrido, todo había sido parte de ella. Era, y siempre sería, aquello que la había convertido en quien era ahora.

Y hoy, era feliz.

No necesitaba más. Siempre había intentado actuar conforme a lo que creía correcto, pero era humana, y también mortal. Errar era inevitable. Acertar, también. Nadie es perfecto, y había tardado demasiado en comprenderlo.

Pero hoy… hoy era feliz.

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Giró levemente la cabeza hacia su derecha y la vio. La luz suave de la mañana acariciaba aquella piel bronceada, tendida sobre la cama. Dormía profundamente, ajena al mundo, con la respiración tranquila y una leve sombra de sonrisa en los labios. Una pequeña gota de saliva escapaba sin pudor, y aquello, lejos de romper el momento, lo volvía aún más real.

Sonrió. Hoy era feliz.

Tenía todo cuanto podía desear: amigos, amor, el respeto de quienes de verdad importaban. Tenía oídos que la escuchaban, brazos que la sostenían cuando el mundo pesaba demasiado. Y, sobre todo, la tenía a ella.

Sus dedos rozaron con suavidad el collar plateado que descansaba sobre su pecho, como si en aquel gesto pudiera guardar todo lo que sentía.


Y hoy... bueno, hoy era feliz.

Cuando quiso darse cuenta, el café se había terminado. Pero no importaba. Hoy no había nada que temer, nada que enfrentar, nada que combatir.

Solo quedaba disfrutar.

Disfrutar de los suyos, de los que estaban, de los que importaban. Por ellos. Por quienes ya no estaban. Por quienes nunca volverían. Por quienes, de una forma u otra, siempre permanecerían.

Y por primera vez en mucho tiempo, no había dudas ni sombras

Hoy, más que nunca, era feliz.


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Sariel

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Un amanecer más

La primera luz del alba apenas comenzaba a teñir las torres de la Catedral de la Luna cuando Sariel ya se encontraba en el patio de entrenamiento. El rocío cubría las losas de piedra y el último resplandor de la luna se reflejaba sobre el acero de las armas de práctica. Mientras los fieles acudían a las oraciones matutinas, ella aguardaba la llegada de los caballeros con las manos entrelazadas a la espalda, observando el campo con la serenidad propia de una devota de Selûne.

Los miembros de la orden fueron ocupando sus posiciones uno tras otro. Algunos todavía arrastraban el cansancio de la guardia nocturna, pero ninguno se atrevía a relajarse cuando la instructora estaba presente. Sariel recorrió las filas con la mirada y, tras comprobar que todos estaban preparados, habló con un tono calmado, pero firme.

- Por parejas. Comenzad.

El sonido de las espadas de madera llenó el patio. Sariel caminó despacio entre los combatientes, sin intervenir de inmediato. Observaba cada movimiento, cada paso y cada respiración.

Se detuvo junto a un joven escudero que retrocedía de forma desordenada mientras bloqueaba los ataques de su compañero.

- No huyas de la hoja. Guíala.

El muchacho corrigió la postura de inmediato, aunque siguió cediendo terreno.

- Otra vez. Mantén el centro de gravedad bajo y deja de mirar la espada. Observa los hombros; ahí comienza cada ataque.

Sin esperar una respuesta, continuó su recorrido. Dos caballeros intercambiaban golpes con demasiada fuerza, descuidando por completo la defensa.

- Alto.

Ambos bajaron las armas de inmediato.

Sariel tomó una espada de entrenamiento apoyada cerca del armero y adoptó la guardia frente a uno de ellos.

- Atácame.

El caballero obedeció. Bastó un movimiento preciso para desviar el golpe y colocar la punta de la espada sobre su pecho antes de que pudiera reaccionar.

- La fuerza sin control solo crea aperturas. Un enemigo experimentado no intentará superar tu fuerza; aprovechará tu error.

Devolvió el arma y dio un paso atrás.

- Otra vez.

Los dos retomaron el ejercicio, esta vez con movimientos mucho más contenidos.

Durante toda la mañana, Sariel apenas dejó de caminar entre los grupos, corrigiendo pequeños detalles que para muchos pasaban desapercibidos.

- Relaja los hombros.
- Respira.
- No cruces los pies.
- Protege a tu compañero antes que tu orgullo.

Cada indicación era breve y directa. Nunca gritaba ni humillaba a nadie. Entendía que un caballero aprendía mejor cuando corregía sus errores con disciplina y no con miedo.

Cuando el entrenamiento llegó a su fin, hizo sonar un pequeño silbato y el patio quedó en silencio. Los caballeros formaron frente a ella mientras recuperaban el aliento. Sariel los observó durante unos instantes antes de hablar.

- Muchos creen que mi deber es protegerlos. No lo es.

Sus ojos recorrieron cada uno de los rostros presentes.

- Mi deber es asegurarme de que el día en que yo no pueda estar a vuestro lado, ninguno de vosotros necesite que alguien lo rescate. La Dama de Plata guía a quienes caminan en la oscuridad, pero no recorre el sendero por ellos. Yo tampoco puedo hacerlo.

Hizo una breve pausa antes de concluir.

- No quiero caballeros que dependan de mí. Quiero caballeros que sean capaces de proteger a otros incluso cuando estén solos. Si algún día lo consiguen, entonces habré cumplido con la tarea que Selûne me encomendó.

El patio permaneció en silencio unos instantes más. Después, Sariel tomó nuevamente su espada de entrenamiento y esbozó una leve sonrisa.

- Cinco minutos de descanso. Luego empezaremos otra vez. Ningún guerrero mejora porque el sol haya salido. Mejora porque decide levantarse antes que él.

Cinco minutos después, el sonido del silbato volvió a romper el murmullo del patio. Los caballeros abandonaron los bancos de piedra donde habían recuperado el aliento y regresaron a la arena de entrenamiento. Sariel aguardaba en el centro del círculo, sosteniendo una espada de práctica con una sola mano mientras el viento hacía ondear las telas negras de la ropa de entrenamiento.

Su mirada recorrió la formación hasta detenerse en un hombre de mediana edad, de complexión robusta y cicatrices visibles en el rostro. Era sir Aldren, uno caballeros más experimentado de la iglesia después de ella, un veterano que había sobrevivido a campañas contra bandidos, cultistas y criaturas de las Tierras Fronterizas. Si había alguien capaz de poner a prueba las enseñanzas del resto, era él.

- Sir Aldren. Conmigo.

El veterano dio un paso al frente sin vacilar. Tomó una espada de madera del armero y se situó frente a Sariel. Ambos se saludaron con una leve inclinación de cabeza, más por respeto que por protocolo.

- No contengas los golpes -ordenó Sariel mientras adoptaba una guardia relajada-. Quiero que los demás vean un combate real.

Los caballeros formaron un amplio círculo alrededor de ambos. El silencio era absoluto.

Aldren fue el primero en moverse. Avanzó con decisión, encadenando una serie de ataques rápidos destinados a medir la defensa de su instructora. Sariel no respondió con fuerza; cada golpe era desviado con movimientos mínimos de la muñeca, como si apenas necesitara esfuerzo para apartar la espada rival de su trayectoria.

El veterano cambió de ritmo, amagó un corte alto y buscó el costado con un giro rápido.

Sariel retrocedió medio paso.

- Mejor.

Aquella única palabra bastó para que Aldren comprendiera que seguía siendo evaluado.

El intercambio se volvió más intenso.b8f06f72-8944-4ced-ab49-3bc7287064e4 (1).png Las espadas chocaban una y otra vez mientras ambos recorrían el patio con pasos calculados. A ojos de los escuderos parecía que estaban igualados, pero los caballeros veteranos percibían la diferencia: Aldren luchaba al límite de sus capacidades; Sariel, en cambio, permanecía serena, respirando con calma y sin desperdiciar un solo movimiento.

De pronto, el veterano intentó romper el ritmo con una estocada directa seguida de un barrido hacia las piernas.

Era una buena combinación, pero la sacerdotisa ya la había previsto.

Desvió la estocada apenas unos centímetros, giró sobre su pie delantero y aprovechó el impulso del propio Aldren para desequilibrarlo. Antes de que pudiera recuperar la postura, la espada de entrenamiento descansaba suavemente sobre su cuello.

El combate había terminado, durante unos segundos nadie habló.

Aldren dejó escapar una sonrisa cansada y bajó su arma.

- Sigo cayendo en el mismo error.

Sariel retiró la espada y negó con tranquilidad.

- No. Ese error ya lo corregiste hace años.

Los presentes intercambiaron miradas confundidas.

- Lo que te derrotó no fue la técnica, sino la intención. En el último intercambio buscabas vencerme, no mantener tu guardia. En cuanto tu objetivo dejó de ser combatir con disciplina y pasó a ser derrotar a tu oponente, creaste una abertura.

Aldren inclinó la cabeza con una sonrisa resignada.

- Supongo que aún me queda mucho que aprender.

- A todos nos queda algo que aprender, a mi tambien.

Sariel volvió la vista hacia el resto de los caballeros.

- No recordeis quién ganó este combate. Recordad por qué terminó así. La experiencia no los hace invencibles, y el talento no sustituye a la disciplina. El enemigo no siempre será más fuerte que ustedes, pero siempre estará esperando que cometan un error. Si aprendeis a dominaros antes de intentar dominar a su adversario, habreis recorrido la mitad del camino.

Guardó la espada de entrenamiento y dejó que el silencio asentara la lección antes de dar la siguiente orden.

- Ahora formen grupos de cuatro. Quiero ver si han aprendido a luchar como un grupo y no como cuatro espadas individuales. Selûne protege a quienes caminan bajo la misma luz; recuerden que un caballero aislado puede caer, pero una compañía unida puede resistir incluso

la noche más oscura.

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Sariel

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Historias para no dormir

Había una vez un reino donde el sol tardaba demasiado en salir. Cada amanecer llegaba un poco más tarde que el anterior y las noches parecían alargarse sin fin. Los bosques perdían lentamente su color, los ríos dejaban de cantar y las personas comenzaban a olvidar los rostros de quienes más amaban. Nadie sabía de dónde había surgido aquella oscuridad, solo que, cuando el último amanecer desapareciera, el mundo entero caería con él.

Entonces llegaron los héroes. Nadie recordaba sus nombres; quizá porque nunca los pronunciaron, o quizá porque los nombres pertenecen a quienes esperan volver a casa, y ellos habían partido sabiendo que, aunque sobrevivieran, jamás regresarían siendo las mismas personas.

Su viaje los llevó a atravesar montañas que exhalaban ceniza, mares formados por recuerdos perdidos y bosques donde cada sendero intentaba convencerlos de abandonar. Allí lucharon contra monstruos nacidos del miedo, atravesaron ciudades consumidas por la desesperación y cerraron heridas que parecían imposibles de sanar. Cada victoria devolvía un pequeño fragmento de luz al reino, pero también les arrebataba algo que nunca podrían recuperar.

Uno perdió la capacidad de reír. Otra olvidó el rostro de su familia. Uno dejó de sentir el calor del fuego y otro renunció para siempre a aquello que más lo hacía humano. Ninguno se detuvo. Ninguno pidió que alguien cargara con su parte del sufrimiento. Continuaron avanzando porque sabían que, si ellos flaqueaban, millones de personas jamás tendrían la oportunidad de volver a ver la luz del día.

Al llegar al corazón de la oscuridad descubrieron que no podía ser destruida. Era demasiado antigua, demasiado profunda. Solo existía una forma de detenerla: alguien debía aceptarla dentro de sí para que el resto del mundo pudiera seguir siendo libre. Sin vacilar, los héroes compartieron aquella carga entre todos ellos, sellando la noche en lo más profundo de sus propias almas.

El sol volvió a salir. Los campos florecieron de nuevo, los ríos recuperaron su murmullo y las personas celebraron durante días el regreso de la esperanza. Cantaron canciones sobre los héroes, levantaron estatuas en su honor y prometieron que jamás olvidarían su sacrificio.

Pero cuando las celebraciones terminaron, nadie se preguntó qué había sido de aquellos héroes, porque habían vencido, habían salvado el mundo y aun así, habían perdido mucho más de lo que nadie llegaría a comprender.

- ...y colorín colorado...

La voz era cálida, pausada y tan familiar que parecía envolver toda la habitación.

- ...este cuento se ha acabado.

Una niña bostezó mientras abrazaba con fuerza la manta.

- Mamá...

- ¿Sí, cariño?

- ¿Los héroes fueron felices al final?

La mujer guardó silencio durante unos segundos. Sonrió con una dulzura que ocultaba una tristeza imposible de comprender para una niña y le apartó un mechón de cabello de la frente.

- No siempre se puede ser feliz haciendo lo correcto.

La pequeña frunció el ceño.

- Entonces... ¿mereció la pena?

La madre dejó escapar una leve risa antes de besarla en la frente.

- Pregúntaselo a todas las personas que pudieron seguir viviendo gracias a ellos a todos los que volvieron a sonreir.

La niña permaneció callada unos segundos.

- Buenas noches, mamá.

- Buenas noches, Sariel.

La habitación comenzó a desvanecerse lentamente. La luz de la lámpara, el calor de las mantas y el perfume de su madre se diluyeron como si alguien hubiera sumergido el recuerdo bajo el agua.

Entonces todo se rompió y Sariel abrió los ojos de golpe.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Buscó instintivamente aquella voz, aquel calor y aquella sensación de seguridad que había sentido un instante antes, pero solo encontró el silencio de una habitación demasiado grande y demasiado fría.

Ya no era una niña, hacía muchos años que había dejado de serlo.

Sobre el escritorio se acumulaban documentos sin revisar, cartas con peticiones de auxilio, informes militares y decretos que esperaban su firma desde la noche anterior. Afuera el sol apenas comenzaba a asomarse, pero el peso del día ya descansaba sobre sus hombros antes siquiera de levantarse de la cama.

Se llevó una mano al rostro y dejó escapar un suspiro cansado, a veces le costaba recordar el rostro de su madre con claridad y... eso lo odiaba.

Su mirada se perdió en el techo, de pequeña había pensado que los héroes de aquel cuento eran las personas más valientes del mundo pero ahora comprendía que también eran las más desgraciadas.

Ellos habían seguido adelante porque alguien tenía que hacerlo, no porque realmente disfrutasen de ello.

Cada decisión salvaba vidas, pero exigía sacrificar una parte de la suya. Dormía cada vez menos, sonreía cada vez menos y apenas recordaba cuándo había sido la última vez que hizo algo porque realmente lo deseaba, aun sabiendo que lo que hacía era correcto.

Sabía que miles de personas vivían en paz gracias a sus decisiones, sabía que abandonar significaría condenar a otros. Y, sin embargo...

Por primera vez en mucho tiempo, una pregunta que llevaba años enterrando volvió a abrirse paso entre el cansancio.

¿Y si ya no quería seguir viviendo así? La sola idea la llenó de culpa.

Después de tantos años, ya no sabía si seguía luchando por los demás... o simplemente porque había olvidado cómo dejar de hacerlo.

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Sariel

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Más duro que la propia guerra

Con un bostezo, Sariel se incorporó lentamente de la cama y se frotó los ojos con el dorso de la mano. A su lado, Gwenaelle seguía profundamente dormida, completamente ajena al comienzo de la jornada. La sacerdotisa permaneció unos minutos sentada en el borde del colchón, mirando la nada con expresión ausente mientras terminaba de despertar. Finalmente algo pareció hacer clic en su cabeza.

- Hop.

Con aquella sencilla palabra se puso en pie y salió de la habitación, dejando a la bronceada mestiza durmiendo en la cama. Caminó descalza por el pasillo hasta la puerta contigua y llamó con suavidad.

Silencio, esperó unos segundos, nada.

Abrió la puerta con cuidado y se internó en la habitación. Las dos pequeñas seguían profundamente dormidas, cada una abrazada a su almohada como si el mundo pudiera terminarse sin que ellas pensasen levantarse. Sariel se acercó primero a una cama y zarandeó suavemente a Aryse.


- Hora de levantarse.

La niña emitió un sonido ininteligible y se dio media vuelta. La sacerdotisa caminó entonces hasta la otra cama.

- Gwyneth.

La morena abrió un ojo durante apenas un instante.

- Cinco minutos...

Y volvió a esconder la cabeza bajo las mantas.

Sariel permaneció inmóvil unos segundos. Aquello no estaba funcionando. Carraspeó lentamente mientras dirigía la vista hacia las cortinas de la habitación y comenzó a caminar hacia ellas con absoluta calma.


- Tres...

Ninguna reacción.

- Dos...

Aryse abrió un ojo.

- Uno...

- ¡M-Mamá, no!

- Tiempo.

Con un rápido tirón apartó ambas cortinas. La habitación se inundó inmediatamente con la luz de la mañana y las dos niñas reaccionaron como si alguien hubiera invocado el propio sol dentro de la estancia. Aryse se llevó las manos a los ojos mientras soltaba un grito exageradamente dramático.


- ¡Aaah! ¡Basta, basta! ¡Eres una mujer cruel!

- Os dije ayer que hoy nos levantaríamos temprano para hacer la compra y salir a pasear.

Los siguientes minutos estuvieron protagonizados por un desfile de quejas, bostezos y protestas mientras ambas terminaban de vestirse casi por obligación. Sariel esperaba junto a la puerta con paciencia había aprendido que discutir con infantes era más complicado que ganar una guerra. Cuando por fin aparecieron, Aryse salió primero, todavía refunfuñando. Era una niña de largo cabello rubio y ojos grises, con un sencillo vestido blanco que aún llevaba medio arrugado. Tras ella apareció Gwyneth, algo más baja, de cabello negro azabache y corto con profundos ojos marrones. Las dos eran humanas, de piel pálida y completamente distintas entre sí, aunque compartían aquella expresión de resignación tan propia de quienes tenien todavía sueño, mucho sueño.

El desayuno transcurrió con relativa tranquilidad. Sariel había preparado pan, fruta y leche antes de despertarlas, convencida de que una buena alimentación era la mejor forma de comenzar el día, además del ejercicio. Aryse dejó caer la cabeza sobre la mesa mientras emitía un largo suspiro.


- ¿Hace falta desayunar?

- Sí.

- ¿Por qué?

- Porque el desayuno es la comida más importante del día.

- ¿Quién lo dice?

- Yo.

- Eso no vale.

Sariel permaneció unos segundos pensativa.

- También los sanadores y eruditos del templo

- Ahora sí vale...

No mucho después las tres caminaban por las calles de Athkatla. Sariel sostenía una cesta de mimbre y una lista cuidadosamente escrita mientras avanzaba con paso firme entre el bullicio del mercado. A su lado, Aryse parecía incapaz de caminar diez pasos seguidos sin detenerse a observar cualquier cosa que llamase su atención, mientras Gwyneth la seguía con mucha más calma.

- Primero hacemos la compra.

- ¿Y luego?

- Daremos un paseo.

- ¿Y después?

- Volveremos a casa.

Aryse suspiró.

- Qué emocionante...

- Siempre podemos retomar las lecciones con la espada.

- ¡No! ¡El otro plan era mucho mejor!

Sariel no había duda en comenzar a hacerlas practicar con diversas armas, aunque aun era demasiado pequeñas para demostrar sus verdaderas capacidades era bueno que empezasen a acostumbrarse, despues de todo, era como ella misma había sido críada por su padre, Varok Shade, uno de los bárbaros más robustos de la tundra, pero hasta el más robusto puede encontrar su límite.

El mercado rebosaba de vida y la compra avanzaba sorprendentemente bien hasta que llegaron al puesto de dulces. Aryse se quedó completamente inmóvil contemplando una bandeja llena de pastelitos bañados en miel. Sariel continuó caminando unos pasos antes de darse cuenta de que el silencio era demasiado sospechoso.


- Aryse.

La niña ni pestañeó.

- Aryse.

Finalmente respondió sin apartar la vista de los dulces.

- ¿Sí?

- No.

- Pero todavía no he pedido nada.

- No hace falta.

Aryse bajó los hombros.

- ...Era un pastel.

Gwyneth señaló entonces otro puesto.

- Yo quiero queso.

Sariel asintió con satisfacción.

- Eso sí estaba en la lista.

Aryse giró la cabeza escandalizada.

- ¡Traidora!

Tras unos segundos de reflexión, la sacerdotisa terminó comprando el queso... y también tres pequeños pastelitos de miel. Aryse sonrió orgullosa, parecia que su plan había salido a la perfección.

- Sabía que ibas a rendirte.

- No me he rendido.

- Entonces... ¿por qué los has comprado?

- Porque he decidido recompensar vuestro buen comportamiento.

Las dos niñas intercambiaron una mirada.

- ¿Qué buen comportamiento?

Comentaron ambas a la vez, mientras la peliblanca guardó silencio unos segundos.

- Exactamente.

Con la compra terminada decidieron pasear por uno de los parques cercanos. Aryse y Gwyneth corrieron unos metros por delante persiguiendo mariposas y deteniéndose a observar cualquier pequeña curiosidad que encontraban en el camino. Sariel las seguía con una mezcla de vigilancia y desconcierto; empezaba a aceptar que cuidar de dos niñas era infinitamente más complicado que enfrentarse a cualquier monstruo.

Cuando ambas desaparecieron tras un enorme árbol, la sacerdotisa aceleró el paso con el corazón encogido.


- ¿Aryse?... ¿Gwyneth?

No obtuvo respuesta. Al rodear el tronco encontró a las dos agachadas observando una hilera de hormigas que transportaban migas de pan.

- Mira, mamá.

- Trabajan juntas.

Toda la tensión desapareció del rostro de Sariel. Se agachó junto a ellas y contempló en silencio a los pequeños insectos durante unos instantes.

- Entonces procurad hacer vosotras lo mismo.

Gwyneth tomó una de sus manos y Aryse la otra.

- Ahora pasea con nosotras.

Sariel dejó que ambas tirasen de ella mientras retomaban el camino. Seguía sin tener muy claro cómo se suponía que debía actuar una madre, pero, por alguna razón, aquellas dos pequeñas parecían no darle demasiada importancia, ya llevaban casi un año juntas, por supuesto tambien bajo el cuidado de Gwenaelle, aquellas niñas que habian permanecido alguna vez como esclavas de aquellos ogros, que habian sufrido todo lo que había pasado en Imnescar, ahora tendrían una oportunidad de ser amadas y de tener una vida con un futuro por delante, no era como había pensado volverse madre... pero la vida nunca había sido especialmente clara con los pasos que ella o Gwenaelle debian dar.


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Lo que mi padre me enseñó

La mañana siguiente comenzó de una forma bastante menos agradable para Aryse y Gwyneth.

El sol apenas había terminado de asomarse por encima de los tejados de Athkatla cuando ambas se encontraron en el patio trasero de la residencia, todavía con el cabello algo despeinado y vestidas con ropa sencilla. Frente a ellas, Sariel sostenía dos espadas de madera. No eran especialmente pesadas ni grandes, pero para unas niñas de su edad resultaban más que suficientes.

Aryse contempló el arma que le tendía su madre con evidente desconfianza.

- ¿De verdad tenemos que hacer esto?
- Sí.
- Pero ayer ya caminamos muchísimo.
- Caminar no es entrenar.

Gwyneth tomó su espada con ambas manos y la observó con curiosidad.

- ¿Cuánto tiempo?
- Hasta que considere que lo habéis hecho correctamente.

Aryse miró a su hermana. Después a Sariel. Finalmente volvió a mirar la espada.

- Eso no responde a la pregunta.
- Lo sé.

La niña soltó un suspiro resignado y agarró el arma.

Sariel se colocó frente a ellas. No pretendía convertirlas en guerreras de la noche a la mañana. Eran demasiado pequeñas para ello. Aquello era simplemente una primera toma de contacto, enseñarles a sostener correctamente una espada, mantener el equilibrio y, sobre todo, acostumbrarse a no quedarse paralizadas cuando alguien pudiera amenazarlas.

Porque había algo que Sariel conocía demasiado bien, ella también había sido una niña que no sabía defenderse.

Durante unos instantes permaneció observando las dos pequeñas espadas de madera. Aquella imagen le trajo un recuerdo que llevaba muchos años guardado, era mucho más joven entonces.

Recordaba el frío de la tundra, la nieve bajo sus pies y una espada demasiado grande entre sus pequeñas manos. Varok siempre había sido enorme incluso para los estándares de su pueblo, un hombre capaz de hacer parecer pequeño casi cualquier objeto que sostuviera. Para Sariel, su padre había sido durante mucho tiempo la persona más fuerte que había conocido.

Y, sin embargo, hubo un día en que descubrió que incluso Varok podía caer.

Habían salido juntos cuando ella todavía apenas sabía manejar una espada. Sariel se había separado de él durante unos instantes, demasiado confiada, demasiado joven para comprender el peligro que había delante y el Valle no perdonaba errores. No recordaba exactamente cuánto duró aquello; quizá fueron segundos.

Lo que sí recordaba era el rugido, el movimiento de una criatura abalanzándose sobre ella y el miedo.

Sariel había levantado la espada por puro instinto, pero aquello no servía de nada. Todavía no sabía bloquear. No sabía esquivar. No sabía siquiera dónde debía poner los pies.

9a9f4b59-9dbe-4e7e-ba11-8efa50ef9e1f.pngEntonces Varok apareció, se interpuso entre ella y la criatura, un licántropo de gran tamaño, sin pensarlo y el golpe lo lanzó varios metros por la nieve.

-
¡PADRE!

Sariel recordaba haber corrido hacia él mientras la sangre comenzaba a teñir la nieve bajo su cuerpo, por primera vez en su vida había visto a Varok herido de verdad, muy herido.

Durante unos instantes pensó que iba a morir y aquella sensación había sido peor que cualquier monstruo.

Su padre consiguió levantarse una vez más, apoyándose en su arma, y terminó con aquella amenaza, que parecio no ser mucho para él una vez estuvo centrado y sin la necesidad de proteger a Sariel. Pero después cayó de rodillas. Sariel todavía podía recordar sus manos temblando mientras intentaba ayudarlo.

-
L-Lo siento...

Varok apenas podía hablar, pero aun así había conseguido sonreír.

-
No vuelvas a decir eso.
- Pero...
- La próxima vez... -había conseguido decir mientras respiraba con dificultad- tendrás que ser capaz de protegerte tú sola, hoy demos las gracias a Garagos por haberme dejado protegerte.

Sariel nunca olvidó aquellas palabras y ella había comprendido entonces que no quería que volviera a ocurrir.

-
Postura.

La voz de Sariel devolvió a la sacerdotisa al presente, Aryse y Gwyneth se colocaron frente a ella.

-
Aryse, las piernas demasiado separadas.

La rubia corrigió los pies.

-
Gwyneth, levanta un poco el brazo.

La morena obedeció.

- Ahora, golpe.

Las dos espadas descendieron casi al mismo tiempo.

- Otra vez.

Golpe.

- Otra.

Golpe.

- Más despacio. No queremos fuerza. Queremos control.

Aryse frunció el ceño mientras repetía el movimiento.

- ¡
Pero si alguien intenta atacarnos, yo quiero pegarle fuerte!
- Si alguien intenta atacarte, primero tendrás que ser capaz de golpearle sin perder el equilibrio.
- Ah...
- Otra vez.

Y continuaron.

Al principio hubo protestas. Después bostezos. Luego alguna que otra discusión sobre cuál de las dos lo estaba haciendo mejor. Sariel no cedió ante ninguna de ellas. Corrigió cada postura, cada movimiento y cada error con una paciencia casi militar.

Cuando Gwyneth perdió el equilibrio y terminó sentada en el suelo, Sariel se limitó a tenderle una mano.

-
Arriba.
- Estoy cansada.
- Lo sé.
- ¿Y no podemos parar?
- Solo un poco más.

La niña aceptó su mano y volvió a ponerse en pie, sariel la observó durante unos segundos antes de hablar.

- Mi padre hacía esto conmigo.
- ¿También te hacía entrenar cuando estabas cansada?
- Sí.
-Qué malo.

Sariel sonrió ligeramente.

-
Yo pensaba lo mismo.

Gwyneth ladeó la cabeza.

-
¿Y por qué lo hacía?

Sariel guardó silencio durante unos segundos.

-
Porque una vez casi murió por salvarme.

Las dos niñas se quedaron quietas.

-
¿Qué?

Sariel apoyó la espada de madera contra su hombro.

- Yo todavía no sabía defenderme. Me encontré en peligro y él se interpuso entre aquella criatura y yo. Resultó gravemente herido.

Aryse bajó lentamente su espada.

- ¿Murió?
- No.

Sariel negó con la cabeza.

- Pero estuvo cerca.

Las niñas permanecieron calladas.

- Desde entonces entendí por qué insistía tanto. No quería que me convirtiera en una guerrera. Quería que algún día pudiera volver a casa por mis propios medios.

Miró las dos espadas.


- Eso es lo que quiero para vosotras.

Aryse apretó un poco más la empuñadura.

- Entonces... ¿tenemos que seguir?

Sariel asintió.

- Sí.

La niña suspiró.

- Vale.

Y esta vez no protestó,8bc176a4-abe4-459b-a369-171ede50d5fa.png entrenaron hasta que Sariel consideró que ambas habían hecho suficiente. Cuando finalmente dejó su propia espada de madera a un lado, las dos niñas estaban cansadas, despeinadas y con las mejillas enrojecidas.

- Bien.

Aryse levantó la cabeza.

- ¿Bien de verdad?
- Bien de verdad.

Gwyneth sonrió.

-¿Hemos aprobado?
- Habéis mantenido la postura, habéis escuchado las instrucciones y ninguna de las dos ha intentado golpear a la otra.

Aryse levantó una mano.

- Yo sí quería.
- Lo sé.

La niña sonrió orgullosa, seguramente diciendo aquello con la única intención de molestar a su hermana, Sariel caminó hasta una pequeña bolsa que había dejado sobre una mesa y sacó dos pastelitos de miel envueltos cuidadosamente en papel.

Los ojos de Aryse se abrieron como platos.

-
¿Son...?
- Ahá.
- ¿Para nosotras?
- Habéis hecho correctamente el entrenamiento. Os los habéis ganado.

Gwyneth recibió el suyo con ambas manos.

-
Gracias, mamá.

Aryse abrazó el pastelito contra el pecho.

-
Sabía que entrenar servía para algo.
- No entrenáis para conseguir dulces.
- Pero ayuda.

Sariel intentó mantener el gesto serio durante unos segundos.

- Id con mamá.
- ¿Podemos comérnoslos allí?
- Sí.
- ¿Y ella puede darnos leche?
- Sí.
- ¿Y quizá otro pastel?

Sariel entrecerró los ojos, claramente Aryse era la que más pícardia tenía de ambas y posiblemente, la que más se parecia a ella misma.

- No abuses de tu suerte.
- Entonces uno.
- Id con ella, vamos.

Las dos niñas salieron corriendo hacia la casa.

Sariel permaneció unos segundos en el patio, observándolas desaparecer por la puerta. Bajó la mirada hacia sus propias manos, por un instante volvió a ver la nieve, la sangre, a su padre cayendo y volvio a sentir aquel miedo que había sentido siendo una niña.

Había pasado tantos años intentando convertirse en alguien que jamás necesitara ser salvada que, quizá, había olvidado algo importante.

No quería que Aryse y Gwyneth fueran como ella, quería que fueran capaces de defenderse, pero también quería que tuvieran a alguien que las esperase en casa, alguien que les preparase el desayuno, alguien que les comprase pastelitos, alguien que las abrazase cuando tuvieran miedo, alguien que, si alguna vez caían, estuviera allí para ayudarlas a levantarse... y sabía que ese papel lo cumplia mucho mejor su compañera.

Desde el interior de la casa llegó la voz de Aryse.


- ¡Mamá!

Y poco después:

- ¡Hemos entrenado con la espada!

Silencio.


- ¿Y Sariel os ha dado dulces?
- ¡Si!
- ¡Entonces venid aquí ahora mismo!

Sariel cerró los ojos.

-
...Sabía que pasaría.

Cuando entró encontró a Gwenaelle sentada tranquilamente, con ambas niñas a su alrededor y los pastelitos ya empezados, la mestiza levantó la mirada.

-
¿Qué?
- Nada.
- Tienes esa mirada.
- ¿Qué mirada?
- La de «soy una madre estricta y nadie aprecia mi sacrificio».

Sariel suspiró.

-
Han entrenado bien.

Gwenaelle sonrió y pasó un brazo alrededor de las dos pequeñas.

- Y yo estoy muy orgullosa de ellas.

Aryse levantó el pastelito.

- Mamá Sariel dice que nos lo hemos ganado.
- Por supuesto que sí.

Sariel señaló a Gwenaelle.

- No les des otro.
- No he dicho que fuera a hacerlo.

Una pequeña pausa.

- Pero ahora que lo mencionas...
- Gwenaelle.

La bronceada mestiza soltó una carcajada mientras las dos niñas se escondían detrás de ella. Sariel negó con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír. Quizá su padre le había enseñado a sostener una espada y quizá ella les enseñaría a ellas a no necesitar que nadie se interpusiera entre ellas y el peligro.

Pero Gwenaelle...

Gwenaelle se encargaría de enseñarles que, después de todo aquello, también estaba bien ser niñas.
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separador-luna-png.pngLa voz de quienes no pudieron hacerlo


La noche había caído sobre los Salones de la Luna hacía ya varias horas. A aquellas horas, el templo se encontraba casi vacío, y las voces de los últimos fieles se habían ido apagando poco a poco entre las enormes columnas de mármol. Solo permanecían encendidas las velas del altar, cuyo resplandor temblaba suavemente sobre las paredes decoradas con los símbolos de Selûne. La luz de la luna atravesaba las vidrieras y se extendía sobre el suelo, dibujando pequeños fragmentos de plata entre las sombras.

Frente al altar, Sariel permanecía inmóvil con una hoja entre las manos. Había escrito aquel discurso varias veces. Algunas frases estaban tachadas, otras habían sido sustituidas por palabras diferentes y los márgenes estaban llenos de pequeñas anotaciones. Había intentado encontrar una forma adecuada de comenzar, de conseguir que sus palabras tuvieran el peso suficiente para aquello que quería transmitir. Pero cuanto más pensaba en ello, más difícil le resultaba. Finalmente dejó escapar un suspiro y volvió a leer las primeras líneas.

- Hoy hablaré con la voz de quienes no pudieron hacerlo.

- ¿Y quiénes son ellos?

La voz de Gwenaëlle llegó desde unos pasos más atrás. Sariel giró ligeramente la cabeza y la encontró ocupada con la capa que habría de llevar durante el discurso. La sacerdotisa permaneció unos segundos en silencio, contemplando de nuevo las palabras escritas sobre el papel

- Los que fueron obligados a callar. Los que no tuvieron la oportunidad de defenderse. Los que murieron antes de poder contar su historia -respondió finalmente-. Quiero que sepan que alguien los recuerda.

Gwenaëlle dejó la tela sobre sus manos y se acercó despacio. No necesitaba preguntarle qué era lo que realmente la preocupaba. Conocía demasiado bien aquella mirada. Había visto a Sariel enfrentarse a peligros mucho mayores que unas pocas palabras delante de una multitud, pero también sabía que aquello era precisamente lo que hacía que la situación le pesara tanto. Sariel no temía hablar, temía no saber ser lo suficientemente institucional, siempre había sido muy directa, una guerrera no una política.

- Despacio -murmuró Gwen.

Sariel levantó una ceja.

-
¿Qué?
- Aún no tienes que convencer a nadie.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa, aunque cansada. Sariel volvió la mirada hacia el papel mientras Gwenaëlle se colocaba detrás de ella y comenzaba a acomodar la capa sobre sus hombros, ajustando con cuidado los broches y dejando que la tela azul oscura cayera sobre su espalda.

- Desearía tener tu facilidad para decirlo.
- No es facilidad -respondió Gwen mientras terminaba de colocar la capa-. Es que llevas demasiado tiempo pensando que cada palabra que dices tiene que cambiar algo.

Sariel guardó silencio. Aquellas palabras encontraron un lugar demasiado familiar dentro de ella. Durante años había tenido que hablar cuando otros no sabían qué decir. Había tenido que mantenerse firme delante de personas asustadas, delante de quienes habían perdido sus hogares, sus familias o cualquier esperanza de recuperar la vida que conocían. Había aprendido a escoger sus palabras con cuidado porque, muchas veces, de ellas dependía que alguien pudiera levantarse al día siguiente.

Pero aquella noche no quería hablar como una comandante, ni como una Alta Sacerdotisa, ni como la persona a la que tantos acudían cuando las cosas se torcían. Quería hablar como Sariel. Como una mujer que había visto demasiado sufrimiento y que, pese a todo, seguía creyendo que había cosas que merecían ser protegidas.

Gwenaëlle terminó de acomodar la capa y permaneció a su lado. Sus ojos se desviaron hacia la hoja que Sariel todavía sostenía entre los dedos.

- Aquí hablaría menos de victoria.

Sariel volvió a mirarla.

- ¿Ah, sí?
- Mucho menos.
- Entonces, ¿de qué hablarías?

Gwenaëlle señaló el discurso con un pequeño gesto.
- De aquello que vais a proteger.

Sariel bajó la mirada. Durante unos segundos solo se escuchó el crepitar de las velas. Después volvió a leer aquellas líneas que tantas veces había modificado. Por primera vez no buscó una frase más solemne, ni una palabra que pudiera impresionar a quienes fueran a escucharla. Pensó en las personas que había conocido durante todos aquellos años. En los nombres que aún recordaba. En aquellos que ya solo existían en la memoria de quienes los habían querido. Pensó en los niños que habían necesitado refugio, en las familias que habían cruzado caminos enteros buscando un lugar seguro y en aquellos que habían muerto sin llegar a conocerlo.

Entonces comprendió que no necesitaba encontrar las palabras perfectas.

- Entonces no debería hablar de lo que hemos conseguido —dijo.
- No.
- Ni de todo lo que hemos perdido.
- Tampoco.

Sariel dejó escapar una pequeña risa por la nariz.

- ¿Entonces de qué?

Gwenaëlle la miró durante unos instantes antes de responder.

- Podrías hablar de por qué seguimos aquí.

Sariel permaneció callada. Aquella vez no tuvo una respuesta inmediata. Miró hacia las vidrieras y contempló la luna que se alzaba al otro lado del cristal. No había promesas en ella. El camino no sería sencillo, nunca lo había sido. Solo estaba allí, como había estado siempre, iluminando aquello que la oscuridad trataba de ocultar.

Finalmente, Sariel dobló el discurso con cuidado y lo dejó sobre el atril. Ya no necesitaba seguir corrigiéndolo.

Se volvió hacia Gwenaëlle y, duranteB29B584E-1DA8-4BBC-9E20-E9110FE7A7F1 (1).png un instante, ambas se quedaron frente a frente
.​

- Quédate cerca.

La respuesta llegó acompañada de una sonrisa tranquila.

- Siempre.

Sariel tomó de nuevo la hoja y caminó hacia las puertas del templo. Al otro lado ya comenzaban a escucharse las voces de quienes aguardaban su llegada. Por un momento se detuvo, respiró profundamente y cerró los ojos.

No sabía si sus palabras serían suficientes, no sabía si conseguiría convencer a quienes dudaban, tampoco sabía si aquel discurso cambiaría algo, pero ya no importaba.

No iba a hablar para demostrar que tenían razón, no iba a hablar para presumir de victorias ni para ocultar sus derrotas. Hablaría por aquellos que no habían tenido la oportunidad de hacerlo. Hablaría por los que seguían esperando que alguien levantara la voz en su nombre. Y, sobre todo, hablaría de aquello que todavía merecía la pena proteger. Las cartas ya estaban echadas, la partida comenzaba.

Sariel abrió las puertas, Gwenaëlle caminó junto a ella.

Y bajo la mirada silenciosa de Selûne, la sacerdotisa dio el primer paso hacia el lugar donde la esperaban.

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