Sariel
Enano sin acento ruso
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En una noche más, donde las pesadillas se apoderaron de ella, la sacerdotisa se puso en pie. Caminó durante horas de un lado a otro, arrastrando los pies sobre la piedra fría del templo, hasta que finalmente tomó asiento frente al escritorio. Con manos temblorosas, tomó un libro, una pluma y un pequeño bote de tinta. Le costó sostenerlos; incluso los gestos más simples parecían pesarle demasiado. Tras un suspiro largo y cansado, comenzó a escribir, con una calma que no sentía, trazando un título más grueso que el resto de la letra.
Es un día más… un día más donde me siento sola.
Las palabras fueron cayendo una a una, como si cada línea arrancara algo de su interior.
Las pesadillas no terminan. Cada noche siento cómo soy arrastrada hacia mi propio infierno. Luego despierto y me doy cuenta de que, aun estando en casa, entre mis hermanos, sigo viviendo en ese infierno.
Se detuvo. Apretó los labios, respiró hondo, y continuó.
Me siento inútil. No puedo hacer nada por los míos. Creo haber sido siempre una figura de respeto; creo haber obrado, en la mayoría de ocasiones, de forma bien intencionada. Puede que errara algunas veces, y espero haber acertado en otras tantas. Pero de algo estoy segura: siempre he tratado de hacer lo correcto.
Extendió la mano y mojó la pluma una vez más. Pensó las siguientes palabras durante largos segundos antes de apoyar de nuevo la punta sobre el papel.
Creo que, tras tanto tiempo, me he convertido en una carga para ellos. Da igual el poder que poseo, da igual si puedo dañar o sanar. No sé si he perdido el norte o si simplemente mi visión de la realidad está distorsionada. Una visión que parezco ver solo yo, en algunos instantes… y quizás…
La duda quedó suspendida en el aire. La pluma volvió a detenerse.
Es precisamente porque realmente soy una lunática. Quizá he enloquecido. Quizá todo fue un error desde el principio. Sé que mis hermanos pueden apreciar lo que he hecho y hago por ellos. Lo que no sé es si podré hacerlo en un futuro, porque ya no me siento capaz de nada.
De nuevo, mojó la pluma en la tinta, decidida a no dejar la confesión a medias.
La realidad es que veo a quien más he querido y amado, a quien me ha dado fuerzas cada día para continuar, ahora en una situación más peligrosa que muchos de los combates y reyertas en los que hemos estado juntas. Por aquel entonces podía protegerla. Ahora… ahora solo soy una muñeca rota.
La tinta se volvió más oscura con la siguiente frase.
No hay poder arcano, físico o divino que posea que pueda salvarla sin estropear aún más la situación. Solo puedo ver cómo la ciudad que he defendido innumerables veces trata de aplastar a lo que más quiero. Incapaz. Impotente. Inmóvil.
Sus dedos se crisparon alrededor de la pluma.
Si ella se va… si me la arrebatan… sé que me consumirá la soledad y la locura. En estos momentos no quiero salir de mi cuarto, no quiero levantarme de la cama, no quiero comer. No me importa mi brazo, no me importa mi propia vida. Pues hubiese preferido la muerte antes que la simple posibilidad…
¿Que ella pudiese afrontar una pena así? ¿Y en estos momentos es cuando dudo? ¿Dónde están los dioses? Los buenos y los malos. ¿Dónde están los amigos, aquellos por quienes tanto se ha sacrificado durante décadas? ¿Dónde está todo lo hecho durante tanto tiempo?
El silencio del templo fue la única respuesta.
¿Dónde está el sacrificio de mis hermanos en Hydcondt? ¿Dónde está el aprecio mínimo por haber defendido uno de los tres frentes entre tan pocos en la guerra? ¿Tanta es la desconfianza de algunas acciones para suplir el beneficio que aporto otras muchas?
La pluma tembló un instante antes de volver a mojarse en la tinta. Sariel respiró hondo, como si cada palabra que estaba a punto de escribir pesara más que la anterior, y dejó que la confesión siguiera su curso.
Creo… que estoy perdiendo la fe. Pero para mi desgracia, no la estoy perdiendo en los dioses.
Ellos actúan según su naturaleza. Influyen, guían, empujan. Nosotros, los meros mortales, cumplimos día a día con sus designios, queriéndolo o no.
No. La fe que se me escapa entre los dedos es la que tenía en los mortales.
La tinta avanzó con trazo firme.
En aquellos que auténticamente tienen poder de decisión. En quienes dicen comulgar con el bien, con la bondad y con la honestidad, y aun así golpean a los desamparados bajo falsas premisas de autoridad. Bajo el disfraz de “hacer lo correcto”, de racionalizar la crueldad como si fuese virtud.
Apretó la pluma con fuerza.
Estos días he visto paladines del bien mostrarse abyectos ante situaciones humillantes para otros. He visto a quienes creía diablos encarnados mostrar preocupación y compasión por esos mismos a los que los justos despreciaban.
Quizá, como mortal que soy, me equivoque. Pero mis ojos y mis oídos aún conservan la cordura.
Una pausa. Luego, una línea más lenta.
O al menos la suficiente para saber discernir lo bueno de lo malo. Para comprender cómo muchos a los que consideraba amigos me han insultado y despreciado.
Y aun así, no les guardo rencor. Porque el único juicio que he aceptado, acepto y aceptaré… será el de la propia luna.
La escritura cambió. Ya no era una confesión: era una plegaria.
Selûne… últimamente la vida es dura. Todo es complejo. Y desde hace tiempo, algunas de tus hijas solo anhelamos paz.
Te pido, en tu infinita bondad, por todo lo que es bueno y puro, que permitas a quien amo volver a mí. Que mi vida pueda ser de paz y de guía para los míos.
La tinta formó un pequeño charco antes de seguir.
Ya no quiero guerra. Solo…
Las palabras tardaron en llegar.
Poder ser un pilar para ellos. Aquella que esté ahí para advertir qué caminos son peligrosos y cuáles no. Aquella que les tienda la mano para ayudarles a ponerse en pie cuando caigan. Aquella en la que puedan sentir cobijo cuando los negros nubarrones de la melancolía se aferren a sus corazones.
Un suspiro quebrado.
Pues sin dificultades no hay crecimiento ni fortaleza, pero solos no podemos combatir la oscuridad constantemente. Todos necesitamos ayuda.
Es por ello, mi Diosa, que te ofrezco mi alma sin resquicio alguno. No como sacrificio… sino como promesa.
La última frase fue escrita casi en un susurro.
Pero por favor… deja que mis hermanos y hermanas sean felices.
La pluma cayó sobre el escritorio. La vela titiló.
Y bajo la mirada silenciosa de la luna, Sariel permaneció sentada, vacía y serena a la vez, sin saber si aquella noche había escrito una despedida… o solo un sueño más.




































