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A la luz de la Luna

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Noches de dones
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Las primeras noches de luna llena ya no son un tormento. No más cadenas, no más rezos entre lágrimas, no más sangre en mis garras al amanecer. Ahora camino bajo la luz plateada de la Dama Plateada con orgullo, con control. Con paz.

He domado a la bestia sin matarla, y la he abrazado sin rendirme a ella. Soy una sola con mi don. Por fin he hecho mío lo tan preciado que me fue entregado.
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No ha sido fácil. Años… muchos años de lucha interna, de miedo, de noches en vela y heridas —en el cuerpo y el alma— que tardaron en sanar. Pero no estuve sola.

Sariel, mi guía espiritual, me sostuvo cuando la fe flaqueaba. Eothain, fuerte como el acero, me enseñó a no temerme. Lyra, mi hermana en batalla, siempre me recordaba que el poder sin propósito no es más que caos. Lenah… Lenah me abrió los ojos con su saber, con los textos antiguos y los secretos que ni siquiera la luna canta en voz alta. Lekin me ofreció herramientas cuando mis manos temblaban, y Druul que con sus dones arcanos siempre protegió mi cuerpo en momentos descontrolados.

Y luego está Gwen. Gwen, con su mirada cálida y su voz suave como terciopelo. Gwen, que estuvo a mi lado noche tras noche, mientras estudiábamos los ciclos lunares, los hechizos de contención, los rituales para armonizar mi espíritu con la voluntad de Selûne. Gwen, que me conocía mejor que nadie.

Pero también Gwen, que se fue. Sin una palabra. Sin una carta. Sin una despedida.

Partió a Argluna, o eso dicen. Fue llamada por alguien para a otro servicio… Pero yo… yo me enteré por otros labios. Y aunque la fe me dice que perdone, la gata en mí bufa, guarda el rencor como una joya venenosa en el corazón. No se abandona a una amiga. No cuando esa amiga todavía tiembla al pensar en lo que podría llegar a hacer sin control.

Te echo de menos, Gwen. Pero… estoy enfadada.

Pero hoy, bajo esta luna llena, camino en dos patas, mi sombra larga y felina se funde con la noche. Soy Zarah. No una víctima, no una maldita.

Soy el don hecho carne y garra. Soy la garra de Selune.​
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Perla del Pastor de Sombras
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Nunca imaginé que cargar con una cabeza de dragón sería lo más sencillo que haríamos en Shadowfell.​
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La llevábamos en un disco de esos de Tenser que convoca Vys, como un trofeo macabro por los caminos de huesos y sombra, mientras el hedor de la sangre negra impregnaba el aire como una maldición. Ni siquiera el lodo parecía querer tocar ese cráneo. Vys volaba sobre nosotros en círculos, alerta, aunque cansado. Todos lo estábamos. Menos Keira. Ella parecía no conocer el agotamiento. Solo una quietud peligrosa, como un árbol antes de la tormenta.

“El Pastor de las Sombras” nos esperaba en el borde del abismo donde los ecos no regresan. No caminaba, flotaba. No hablaba, resonaba. Su forma no era forma, sino ausencia de todo: piel, carne, tiempo. Solo túnicas oscuras ondeando en una brisa que no existía. Y ojos. Muchos ojos. Ninguno donde debería haber.

¿Habéis traído el precio? —su voz era como la voz que oí en mis pesadillas de niña. Como el crujir de huesos en una tumba olvidada.

Kharmin escupió al suelo con desdén. Eothain no dijo nada. Solo empujó la cabeza del dragón hacia adelante. Aquello pareció bastar.

Entonces, el don será vuestro. Pero sed advertidos… este regalo durará un día y una noche… debéis ser rápidos.

El Pastor extendió sus dedos huesudos —eran demasiados— y un estanque de agua ponzoñosa se presentó ante nosotros… no dude, bebí de ese agua. Entre arcadas y ascos sentí mi corazón ralentizarse, mis latidos volverse ecos lejanos. El aire se volvió denso en mi pecho. Ya no sentía frío ni calor, hambre ni miedo. Solo un silencio sereno… como el de los muertos.

Y los muertos nos aceptaron.

Cuando cruzamos los arcos rotos de la ciudad, los espectros nos olieron… y pasaron de largo. Los esqueletos no alzaron sus espadas. Los condenados nos saludaban como hermanos. Era… repulsivo. Necesario, pero repulsivo.

Llegamos hasta la estatua. Una figura decapitada de mármol agrietado, las manos aún extendidas hacia el cielo. Allí, entre sus dedos, flotaba la perla. Vys fue quien la tomó. Su luz no era cálida, sino antigua. Como si todo lo que había muerto, viviera dentro de ella. Sariel susurró una oración mientras la oscuridad temblaba a nuestro alrededor.

Y entonces, lo sentí.

Algo… me llamaba.

La estatua.

No la miraba. Me miraba ella a mí. Lo sé. Aunque no tenía ojos. Y yo, tonta, me quedé allí. Quietecita. Como si pudiera entender algo más allá de la lógica o la fe. Como si escuchar sirviera de algo.

Fue Keira quien me salvó. Su brazo se enroscó en mi cintura con una fuerza brutal, tirando de mí hacia atrás justo cuando el portal se abrió bajo mis patas. Me arrancó de su agarre, y cuando la oscuridad intentó llevarme, también se llevó a Sariel. Solo que ella… ella no gritó. Usó su luz, su fe, su poder, y se abrió paso de nuevo al mundo, como una lanza atravesando la oscuridad. Volvió. Milagrosamente.

Pero ya no estábamos a salvo.

La perla había despertado a los muertos.

Y ahora nos veían.

Corrimos. Dioses, cómo corrimos. Los espectros chillaban como almas sin juicio. Algunos se lanzaron desde las alturas, cuerpos etéreos quebrándose contra las piedras para volver a alzarse. Vys conjuró un disco de Tenser y nos subimos en él como podíamos, otros saltaban, Keira arrastró a Kharmin cuando su pierna falló. Silwen y Nyxaria mataban en silencio, aunque sabíamos que era inútil.

En el bosque, creíamos estar a salvo. Pero nada en Shadowfell es seguro.

Una araña del tamaño de una casa nos aguardaba. Los esqueletos venían detrás. Y entonces Sylwen alzó la mano. No dijo nada. Solo conjuró.

Boom.

La araña explotó como una estrella enferma. Restos de quitina y veneno se mezclaron con la tierra, creando un hedor espeso que me hizo toser. Pero lo importante: nos abrió el camino.

Y allí estaba. Ladrillada. En el claro. Medio muerta. O tal vez más allá que acá.

—Esconded la perla… vais a morir. —sus palabras salieron como escarcha.

Pero Vys, siempre audaz, encontró un modo. Junto a Nyxaria, trazaron un círculo, colocaron la perla en el centro. Y se activó. La luz fue pura, insoportable, un grito de vida en el plano de la muerte.

Y entonces, desaparecimos.

Aparecimos en el Claro de las Hadas. Por primera vez en días, semanas, quizás años… vi luz de verdad. Vi colores. Sentí el viento. Oí a los pájaros cantar. Caí de rodillas y lloré. No por tristeza. Sino porque mi alma por fin se recordó viva.

Pero ahora, mientras descansamos en ese claro mágico, algo no está bien.

Mis garras… no reflejan la luz como antes.

El aliento de Sariel, aunque cálido, huele a tumba cerrada.

Y cuando Keira me miró, vi un destello en sus ojos. Un vacío que antes no estaba.

El don del Pastor… ¿nos seguirá?

¿Somos aún los mismos que entraron a Shadowfell?

O peor aún… ¿somos aún vivos?​
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El engaño de la Sierpe

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No sentía el frío, aunque el viento me cortara el rostro como cuchillas. Caminábamos por la ladera norte de las Montañas del Espinazo del Mundo, buscando señales del gran dragón blanco. La nieve crujía bajo mis patas y cada tanto volvía a mi forma humanoide, sacudiendo el pelaje helado que aún se me quedaba pegado al cuello.

Lux había terminado su ritual. Sus ojos brillaban con esa luz apagada que siempre tenía cuando hablaba con los espíritus del bosque. Dijo que había localizado la cueva, al este, tras un risco que se alzaba como un colmillo roto. Pero no quería acercarse. Habló de precaución, de la vida, de lo que podíamos perder. Yo solo sentí el peso de la misión en mis hombros. No me permití entenderlo como miedo… aunque lo era. Lo vi en sus gestos, en su mirada esquiva… signos de cobardía.

Quise avanzar. Calendil me apoyó con ese silencio que tiene cuando se vuelve acero por dentro. Pero Boti y Radix se negaron. También Lux. Dijeron que volverían. Que informarían. Que sería lo correcto.

No podía aceptarlo.

Partí sola. La montaña me acogió mientras corría hacia los Selunitas, el plan ya formándose en mi cabeza. La boda de Druul y Sif sería la trampa perfecta. La ofrenda, el cebo. El dragón acudiría, creí. Nos emboscaría y entonces lo cercaríamos. Un golpe maestro. Era lógico, necesario, justo.

No vino, solo un homólogo de menor tamaño.
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El monstruo, frío como el hielo que lo parió, fue directamente al poblado. A lo que amaban. No buscaba combate. Solo ruina. Llegué tarde. Corrí hasta que mis patas sangraron, hasta que el viento se volvió un rugido en mis oídos. Llegué al grito de los bárbaros, al estruendo del hielo quebrándose bajo las zarpas del dragón.

La batalla fue una visión fragmentada: rugidos, relámpagos, cuerpos volando entre ráfagas de escarcha. Me lancé sin pensar, desgarrando donde podía, llamando a Selûne en mi interior como una loba herida y furiosa. Vi a Druul caer. Vi a niños correr. Vi cómo Sif, empapada de sangre, alzaba el estandarte entre los escombros. Era la nueva Thane. No porque quisiera. Porque no quedaba nadie más.

Ahora me cuesta pensar.

La ceremonia fue hermosa, supongo. Las medallas colgaban del cuello de los vivos, aunque los verdaderos héroes ya estaban fríos bajo la nieve. Me aplaudieron, creo. Me hablaron. Pero sus voces sonaban lejos, como si el mundo me llegara a través del agua.

Intento concentrarme, recordar qué pasó antes, durante, después. Pero algo se ha quebrado en mí. Tal vez la escarcha se coló demasiado profundo esta vez. Tal vez… no salí entera del todo. La luna sigue allí arriba, Selûne me llama, pero su luz me parece más lejana. Me descubro caminando sin rumbo. Olvidando cosas simples. El nombre de un compañero. La forma de mi propio rostro.

Aún respiro. Pero no sé si he vuelto de aquella cueva, de aquella nieve teñida de sangre.​
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Un juguete roto
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El golpe del dragón blanco no solo quebró carne y hueso: astilló su conciencia en fragmentos que aún hoy danzan como copos perdidos en el vendaval. Desde aquel combate en las tierras heladas , Zarah ya no vive en el mismo plano que los demás.

Su cuerpo descansa en la Abadía de Immescar, bajo los cuidados constantes de Gwen y las visitas de Sariel para preocuparse por su estado y el murmullo continuo de una voz que desde otros lugares de la abadía pregunta por la joven, la maltrecha Liliana. Pero su mente vaga entre velos, en un mundo cubierto de bruma, salpicado de pensamientos inconexos, imágenes que se solapan, palabras sin sentido que para ella parecen tenerlo todo.

En ocasiones no sabe dónde está. En otras, no sabe quién es. A veces se levanta con la mirada fija en la nada, murmurando frases desconectadas: sobre la luna, sobre la sangre, sobre la caza. Mira sus manos y no las reconoce. Se toca el rostro como si fuese el de otra. Sus pensamientos no siguen hilo alguno, se arrastran por senderos abstractos, y se pierden antes de llegar a destino.

En sus momentos de semi-lucidez, su mente formula juicios cargados de un dolor sordo. Cree que Gwen no ha vuelto. Narra que nunca se despidió. Cree que no volverá. No entiende que Gwen es la figura que se sienta cada día junto a su cama, la que limpia su frente cuando delira, la que ha dejado de dormir más de dos horas seguidas desde que la trajo de regreso. Gwen está ahí, pero para Zarah, Gwen no tiene nombre. No tiene rostro. Es solo una sombra en el umbral de su psique rota.

Con frecuencia, Zarah se describe a sí misma con frialdad, como si hablase de un objeto extraviado. Se llama “herramienta”. A veces, “trofeo”. Dice que hay quienes la querrán como premio, que su piel —la de una licántropa marcada por Selûne— vale más que la vida de un hombre. Habla de mercenarios sin rostro y de cazadores que buscan redención a través de la sangre ajena. En su mente, su destino ya está sellado. No es persona: es condena con patas. Un futuro inevitable. Un filo esperando cuello.

Afuera, los días no esperan. La nieve ha dado paso a la escarcha, la escarcha al viento, y aun así Zarah sigue sin sanar del todo. Las hermanas de la Abadía comienzan a murmurar que quizás no vuelva nunca. Que algo se ha roto de manera irreversible.

Gwen agarra su mano, escucha, deja que la licántropo hable sin cesar y entre suspiros y sonrisas... Gwen se queda.

Y sin embargo, hoy —hoy— algo cambia. Leve. Apenas un pestañeo.

Zarah ha vuelto la mirada al oír un cuenco apoyarse en la mesa. Ha seguido el sonido con la pupila, como si algo en su interior hubiese despertado, no del todo, pero lo justo para detenerse. Para mirar. Para estar presente. Ha mirado a Gwen y al reconocerla el silencio del rencor se ha hecho presente.

Ha pasado un momento sin decir nada. Pero por primera vez en días, en semanas, no ha hablado de fantasmas. Ni de la luna. Ni de ser cazada. Solo ha cerrado los ojos, en silencio, con el rostro relajado. Como si su alma, por un instante, hubiese dejado de correr por laderas heladas y hubiese encontrado un sitio tibio donde posarse.

El camino será largo. No se sabe cuánto durará la neblina. Pero hoy, aunque solo sea un paso minúsculo, Zarah parece haber dado el primero de regreso a sí misma.

Hasta entonces, la abadía será su refugio. Y Gwen, su guardiana incansable.

Aunque Zarah aún no lo sepa.​
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Refugio, no hogar
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Jamás pensé que el frío de Nashkel pudiera calar más hondo que el de las cumbres de los Picos o que el aliento de un dragón blanco, pero hay un tipo de escarcha que no se posa sobre la piel, sino que perfora el alma. Es la que se forma cuando sabes que no eres bienvenida. Que por más que lo intentes, por más que luches por algo más grande que tú, algunos solo verán la sombra en tu interior. La bestia. La maldición.

Llegamos a Nashkel como refugiados. Sí, refugiados… Qué palabra tan amarga. El Capítulo de la Rosa de Plata huyendo como si fuéramos herejes, y todo porque el Consejo de los Seis prefiere arrodillarse ante la Sierpe Azul que proteger a quienes han servido a Selûne desde tiempos olvidados. Injusto no empieza a describir lo que siento. Me enerva. Me desgasta. Me enmudece.

La homilía de Gwenaelle en mitad de la plaza de Nashkel fue… hermosa. Un momento de paz, de unidad, de esperanza. Selûne nos miró, lo sé. Vi en los ojos de los lugareños algo más que simple curiosidad: fe, necesidad. Por un instante, el mundo no pareció tan hostil. Pero la luna siempre tiene dos caras, ¿no? Y apenas el último canto se desvanecía en el aire, la teniente Valdor se me acercó con la misma educación con la que se entierra una daga en el vientre. No alzó la voz, no mostró desprecio… pero cada palabra suya me pesó como una cadena más. Mi condición no era tolerable. No en Nashkel. No bajo su jurisdicción. No bajo el estandarte de los Seis.

Lo que siguió fue descontrol. El caos que siempre me sigue, como si fuera parte de mi sombra. Druul desapareció entre chispas arcanas tras haber intentado llevarme con el, como si el mundo no supiera qué hacer con él. Sariel, decepcionada, con ese tono que más duele cuando proviene de alguien que has querido como guía. “¿Cuándo aprenderás?” Me lo repitió sin necesidad de decirlo dos veces, un cuchillo que se me clavó en lo más profundo de mi ser. Gwenaelle… la pobre Gwenaelle… se desmoronó en un rincón, presa del pánico. Kriell, como siempre, con la lengua más rápida que el juicio, descargó su furia sobre un Druul ausente. Lyra, leal, valiente, se enfrentó a la teniente por mí, y Lekin… Lekin simplemente no supo moverse en medio de todo aquello.

Y Numina… Ay, Numina. Su rostro al enterarse de lo que soy no fue de miedo, ni de odio. Fue mejor: fue sorpresa y… un leve gesto de que no le importaba pues juzga actos… no condiciones.

Dos noches han pasado. Dos noches en las que el aire gélido ha sido mi único consuelo. Dos noches en que me he negado a volver, no porque no quiera, sino porque no sé si debo. Me veo a mí misma a través de los ojos de todos los que me rodean y no sé quién soy. ¿Una cruzada? ¿Una amenaza? ¿Una hermana de la luna o una criatura que siempre pone todo en peligro?

Sariel me nombró Cruzado de Selûne. Lo hizo en silencio, en los salones apagados de Athkatla, como si temiera que el mundo escuchara. Fue un honor, sí. Pero también una advertencia: soy útil solo en la sombra, mientras no moleste, mientras no rompa nada.

Pero… ¿y si pudiera dejar de romper? ¿Y si pudiera ser lo que esperan de mí?

He pasado tanto tiempo huyendo de ser una “dama”, de comportarme, de mostrar otra cara que no sea la del instinto. Pero ahora… ¿qué me queda? No tengo hogar, no tengo certeza, y mi reflejo cada vez se parece más a una criatura sin rumbo que a una cruzada sagrada.

No sé aún qué camino tomaré, pero sí he tomado una decisión: voy a crear una identidad. Una que el mundo pueda mirar sin temor. Una que no niegue lo que soy, pero que lo vista con la dignidad que Selûne merece. Quiero ser útil. Quiero ser parte de algo sin tener que destruirlo primero. Son mi familia… la única que he tenido y debo estar a la altura.

La luna me ha guiado entre la niebla antes. Esta vez, espero que me ayude a encontrar una forma de ser Zarah… sin que eso signifique perder todo a mi paso.
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Algo tóxico
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Los días comenzaron con un leve cansancio. Nada fuera de lo normal, pensé. Las noches sin descanso, las patrullas eternas por los senderos olvidados de Amn, el peso creciente de una nación quebrada… todo eso podía explicar por qué me sentía así.

Pero luego vino la palidez.

Me miré en el espejo de cobre empañado del Umbral y apenas me reconocí. Ojos apagados, labios resecos, un tono cerúleo que ni la luna podría perdonar. El aliento, agrio, como si algo muerto se me hubiese adherido a los pulmones. Mis piernas, que solían impulsarme como un rayo en forma de loba plateada por los senderos, apenas soportaban mi propio peso.

Y lo peor: los dones.

Mi vínculo con la Dama Plateada, ese susurro en la sangre que me recordaba que yo era más que carne y garras, comenzó a desvanecerse. No del todo, pero sí… como un hilo cortado a medias, tambaleándose en el aire. Mis transformaciones eran erráticas. Sentía dolor donde antes sentía libertad. Cuando imploraba guía a Selûne, sólo obtenía silencio.

No era el momento. No ahora. No con la sierpe azul tejiendo sus mentiras en el corazón del Consejo. No con la negra extendiendo sus sombras desde Crimmor, ni con la blanca deshaciendo aldeas como si fueran escarcha al sol.

Fingí estar bien.
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Hasta que Gwenaelle me miró con esos ojos de luna nueva y no dijo nada. Simplemente me llevó a la enfermería. Allí, bajo la luz pálida del Umbral, me examinó en silencio. Sentí sus dedos suaves levantar mis labios, tocar mi garganta, revisar mi lengua. Noté su respiración cambiar. Una pausa. Un gesto de certeza.

—Zarah, padeces intoxicación por belladona.—

El nombre me cortó el aire.

Belladona.

Lo conocía. Había aprendido a olerla, evitarla, incluso respetarla. Era veneno para mí, una muerte lenta y dulce, como miel negra. No entendía cómo… no podía haber cometido un error tan básico.

Fue Lyra quien me ayudó a atar cabos. —Puede que lo comieses sin darte cuenta, Zarah.—

Y entonces lo vi. Las liebres. Aquellas que cacé en la espesura norte hace apenas tres noches. Las recordé mordisqueando unas flores moradas, ocultas entre las zarzas. No presté atención. No lo vi venir.

Gwenaelle me preparó una infusión amarga. El olor me revolvió el estómago, pero lo tomé. —Zarah, tómate esto cada seis horas. La intoxicación tardará al menos una dekhana en desaparecer, si no más, pero mejorarás. No me opongo a que participes en las batidas… pero estás débil y debes no exponerte demasiado.—

Asentí. No discutí.

No por resignación.

Sino porque, por primera vez en muchos ciclos, el miedo me había tocado de verdad. No el miedo a morir. El miedo a no ser útil. A ser una carga en un momento en que Selûne necesitaba sus cruces alzadas, no dobladas.

Así que obedecí. Estaba madurando. Gwen no ocultó su sorpresa ante mi reacción, estoy segura de que se esperaba un ataque de heroísmo estupido por mi parte.

Quiero sanar. Porque aún hay luz que defender. Porque aún queda guerra por pelear. Y porque, aunque la sierpe azul haya envenenado la nación de Amn, yo no iba a permitir que otro veneno, este más sutil y traicionero, me apartara del camino.​
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Una justificación para la bajada de nivel del personaje por el rehecho.
 

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Dragones sobre Athkatla
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Las calles de Athkatla nunca habían estado tan vivas y, al mismo tiempo, tan próximas a la muerte.

Corríamos. No caminábamos. No dudábamos. Corríamos.

El cielo se desgarró con un rugido tan atroz que lo sentí en los huesos. Desde lo alto del firmamento, las nubes fueron partidas por garras invisibles, y entre los jirones celestes, emergieron las siluetas ominosas de dragones.
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Uno, dos… más de los que podía contar sin detenerme. Aquellos que sabíamos lo que se tramaba en la Torre Capaconjuro no necesitábamos explicación alguna. El tiempo de actuar había llegado.

Eothain tomó el mando con la autoridad templada del acero y la fe. Su voz, firme, clara, como la luz de Selûne reflejada en las aguas de la costa, marcó el comienzo del operativo. Nadie lo cuestionó. Todos confiábamos en él.

—¡Evacuad el distrito! ¡A las Agujas de Oro y a Gambiton! —gritó mientras sus ojos se alzaban al cielo, quizás rezando una plegaria silenciosa entre cada orden.

Kastan y Kriell partieron al instante, estrategas incansables, marcando rutas, asegurando salidas. Lyra, junto a Flynn y Eothain, tocaban puertas sin cesar, apelando a los corazones temerosos de los ciudadanos. Inalynn y Kharmin Musgoverde, como dos raíces vivas del bosque, se esparcieron hacia el noreste, guiando familias como si fuesen manadas perdidas entre los árboles.

Yo… yo fui donde más me necesitaban: los más débiles. Bajo el nombre de Sophie, mi fachada humana, mis garras ocultas bajo guantes de terciopelo, mi instinto felino alerta a cada gemido, a cada mirada asustada de un niño sin madre o de una madre con demasiados hijos. No podía salvar a todos, pero eso no me impedía intentar salvar a uno más.

—Vamos, pequeño… toma mi mano, te prometo que estarás a salvo —le susurré a un niño de rostro tiznado por el humo, mientras el mundo crujía más allá del horizonte.

Junto a Bran, nos convertimos en el hilo conductor entre el caos y el orden, llevando mensajes entre los aventureros y el Sargento Rakgbar, quien, como un pilar entre ruinas, mantenía firme a la guardia. Sus indicaciones nos daban el impulso para continuar. No hubo vacilaciones. Él mandaba, nosotros cumplíamos.

Y en medio de todo, la luna. Incluso en el día, podía sentirla. El poder de Selûne ardía en nosotros. En cada palabra de aliento de Madeleine, en cada gesto de Enma y Kriell, guiando multitudes hacia la seguridad. En cada paso de Florian, Elunara y Kastan, quienes organizaban las salidas con precisión casi divina.

Los Salones de la Luna cantaban entre los gritos de miedo. Coros improvisados que tranquilizaban y guiaban. Era como si la misma Selûne hablara a través de nosotras, sus hijas.

Pero no me detuve. No podía detenerme.

Los dragones rugían. El cielo ardía.

Y yo, Zarah, la gata de la luna, protegía a los suyos con colmillos ocultos y corazón de fuego. Cada vez que una madre cruzaba las puertas de Agujas de Oro con su hijo en brazos, sentía que mi pecho podía respirar de nuevo. Solo un poco.

Athkatla estaba al borde del abismo… pero mientras nos mantuviéramos firmes, mientras no olvidáramos quiénes somos y por qué luchamos, aún habría esperanza.

Porque aunque los cielos se abran y los dragones devoren el firmamento, mientras Selûne brille… no nos rendiremos. Jamás.​

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Offtopic :
Dejó este relato sobre lo acontecido ayer 5 de agosto de 2025 de la rama del retorno de los Dragones. Espero que os parezca bien al Staff
 
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La luz en la oscuridad
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Las noches aquí no huelen a bosque, ni a cuero mojado, ni a sangre fresca como en las colinas donde nos forjamos. Huelen a piedra seca, a cerveza vieja y a leña mal quemada. Pero en la habitación del piso superior, justo al final del pasillo de La Luz de Alandor, solo huele a ella: a incienso de luna, a sudor por la fiebre, a vendas frescas. A Gwen.
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Cada vez que cruzo la puerta y la veo dormir —la pierna rota alzada con almohadas, los labios entreabiertos murmurando plegarias en sueños—, me duele. Me duele más que cualquier herida que me haya abierto garra o acero. Porque no sé cómo curarla. Solo sé cuidarla.

Yo no nací para vendar huesos ni leer augurios en las llamas. Nací —o renací, más bien— para cazar en la oscuridad, para llevar la luz de Selûne allí donde los dioses se niegan a mirar. Pero Gwen… ella siempre fue otra cosa. Su fe era quieta, como un estanque en calma. Bastaba verla arrodillarse con las manos al cielo para que todos creyéramos un poco más.

Ahora está aquí, rota, respirando entre susurros y quejidos. Por un dragón, nada menos. Un golpe seco, un crujido, y el mundo cambió. Yo estaba demasiado lejos para impedirlo. Demasiado ocupada luchando por otra parte del campo. No lo vi, pero escuché su grito. Nunca olvidaré ese sonido.

He pasado las últimas tres semanas entrando y saliendo de esta ciudad como una sombra. Amn no perdona a los míos, y menos aún a una licántropo con el emblema de la Rosa en el pecho. Pero no podía dejarla sola.

Así que me visto con túnicas sin forma, me cubro el rostro con un velo y camino como una mercader cansada. Hablo poco. Finjo cojeras. Nadie me mira dos veces. Lo aprendí en los días oscuros, antes de la fe, antes del acero.

Llevo comida que no hierva demasiado, que no despierte sospechas. Cada día le limpio las sábanas. Le humedezco los labios. Le cuento historias de otras tierras, de templos ocultos en la nieve, evitando hablar de arañas… no le gustan las arañas… Le hablo de lunas dobles reflejadas en lagos de sal. Algunas me las invento. Otras son recuerdos. Gwen escucha, a veces ríe. A veces llora sin decir nada.

Cuando no estoy con ella, cumplo con mis deberes. Reuniones rápidas con Eothain. Entrenamientos breves con Lyra. Charlas con Kastan, como siempre, aunque en el fondo sé que se preocupa. Kriell vigila los caminos y su cabecita no para de maquinar, y Sariel me da instrucciones en voz baja sobre cómo evitar infecciones, cómo cambiar vendas, cómo prevenir los temblores. Me aferro a sus palabras como si fueran escrituras sagradas.

Luego vuelvo. Siempre vuelvo. La posada es modesta, pero la habitación está limpia, y la ventana da al oeste, donde la luna aparece puntual cada noche.

Hoy ha sido distinto.

La encontré sentada. Por su cuenta. El rostro pálido, sí, pero con los ojos claros como siempre. Me miró. Sonrió. No como una paciente que agradece la compañía, sino como una hermana que sabe que no estás entera sin ella.

¿Cuántas lunas han pasado? —me preguntó.

No supe responder de inmediato. Bajé la vista, sonreí de lado, y le ofrecí la sopa que traía entre las manos.

Suficientes como para que el mundo siga girando. Pero no tantas como para que yo me canse de verte.

Rió. Y ese sonido valió cada riesgo, cada disfraz, cada noche de correr como una bestia por los campos para volver a despertar a su lado.

No sé cuánto más estaremos aquí. Tal vez mañana debamos partir. Tal vez los sabuesos de Amn huelan mi sangre. Pero mientras ella respire, mientras necesite que le alcance el agua, que le cuente cuentos, que le repita que no está sola… aquí estaré.
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Miau
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El viento nocturno de los llanos exteriores traía consigo el olor a tierra húmeda y leña quemada. Lo sentía vibrar en mis bigotes mientras avanzaba sigilosa, mis patas negras hundiéndose suavemente en la hierba. La luna, alta y redonda, me vigilaba… y yo la vigilaba de vuelta.
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No todos saben que bajo esta piel negra y sedosa late el corazón de quien consideran un “monstruo”, alguien que tiene prohibido acercarse a las ciudades de Amn. Para la mayoría, soy Salem —el nombre que Kriell me dio, con esa sonrisa suya que mezcla picardía y devoción—. Y Salem es perfecta: una gata en apariencia común, con un collar que porta una pequeña esfera azul donde flota la letra “S”, tintineando a cada paso como un pequeño hechizo sonoro.

Entre las hogueras y los grupos de aventureros, mi andar es danza. Me deslizo entre las botas polvorientas, el tintineo de armas y el olor a pan recién asado. A veces salto al regazo de Gwen, que me acaricia sin apartar la vista de sus grimorios. Muchos creen que soy su familiar, y yo no los contradigo. Como la echo de menos… necesito que se recupere y vuelva a nuestro lado.

Otras veces me enrosco a los pies de Eothain, el capitán cruzado, mientras él pule su espada bajo la luz de la luna. Su armadura refleja plateado, y aunque parece un muro de hierro y deber, sus manos grandes saben acariciar detrás de mis orejas como si temiera romperme.

Lyra, en cambio, no tiene paciencia para mis juegos. Es recta, impetuosa, una cruzada que mira siempre hacia el horizonte buscando la próxima batalla. Pero incluso ella, en noches tranquilas, se agacha para dejarme un trozo de carne seca… y yo acepto, porque sé que ese gesto es tan raro como un eclipse doble.

Y está Sariel, la alta sacerdotisa. Ella… ella es distinta. Un uno por ciento de cabeza y noventa y nueve de fe ardiente. Sus dedos, siempre tibios, huelen a incienso y plegarias, y cuando me acaricia la cabeza siento como si Selûne misma bajara a bendecirme. A veces, cuando susurra oraciones, me quedo quieta y escucho, porque no sé si son para mí, para ella, o para las dos.

Algunos me miran con ternura, otros con sospecha. Kharmin, por ejemplo, ese bruto con más apetito que sentido, todavía murmura sobre “gatos asados” y cree que yo no entiendo. Pero lo entiendo todo. Mis orejas se pintan y mi cola se eriza cada vez que pasa. O el aventurero Bran, a quien he tenido que bufar en varias ocasiones por sus comentarios hacia una gatita adorable.

La noche es mi manto, la luna mi guía. Recorro los llanos de Athkatla como Salem, la gata negra que parece un simple animal… pero en mi pecho late la bestia y la mujer, la devota y la cazadora. Y mientras el cascabel azul tintinea con cada salto y caricia robada, sé que cada mirada que me sigue ve solo una parte de la verdad.​
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Prólogo
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He vagado durante años por Athkatla, Crimmor y Caravasar como una sombra más entre miles, sin rostro, sin nombre, sin permiso para existir a la luz plena. Dejé atrás el Capítulo de la Rosa de Plata cuando comprendí que mi presencia solo traía peso, y desde entonces Selûne ha sido mi único y mejor techo. Aprendí a caminar donde nadie mira.

Desde los márgenes he vigilado a Gwenaelle y Sariel, ambas bendecidas por la Dama de Plata... y ambas con un peso descomunal sobre sus hombros. Las he visto perseverar bajo la misma luna que me esconde y siempre acompañadas de Mernalyn. También he visto a Lili marcharse del Capítulo, quien fue mi maestra de esgrima vaga ahora como una espada consagrada a Selune, sola, haciendo su lucha de forma individual. Nunca tomé partido en todo este tiempo. Todos saben lo que soy, y yo sé lo que costaría un solo descuido: las fuerzas armadas de Amn no perdonan, y el capitán Ewan siempre ha ansiado encontrarme. Alice Valdor me repudió con cortesía constante, la cortesía que mas puertas me cerró.

He observado desde los lugares donde la ciudad se vuelve más densa y la sombra se adueña del suelo, donde nadie entra sin temer salir desposeído o no salir. Allí comprendí que la sombra no es enemiga de la luz, sino su consecuencia más fiel. No hay luz más potente que la que baña las ciudades bajo la mirada de Selûne, y no hay refugio más honesto que la oscuridad que esa luz crea. Bajo ella sigo, vigilante, intacta, libre.​
 

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Reencuentro
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Allí estaba yo, en los salones de la Luna de Athkatla. Allí estaban ellas, en la ceremonia de ascenso de Mernalyn. ¿Casualidad? No lo creo. Todas lucían un gesto solemne y taciturno, propio de quienes han sufrido demasiado. Yo, por mi parte, permanecía en una esquina, aprovechando las sombras que proyectaba la luna para pasar desapercibida.

No perdí detalle de cuanto acontecía: los bancos abarrotados de personas que ansiaban presenciar —y formar parte— de una ceremonia que convertiría a Mermalyn en capitana cruzada, como lo fue antes su predecesor, Eothain.

Sariel, con el cabello largo —por fin me hizo caso y dejó crecer su melena como antaño—, presidió un acto impecable. Se notaba en el ambiente el peso del dolor compartido; el capítulo estaba herido.

Tras los vítores y aplausos dedicados a la nueva capitana… fue Gwenaelle quien se acercó a mí. Me sonrió sin saber quién era y le pedí unos minutos para hablar.

Nos dirigimos a la sala de reuniones. Había quedado perfecta tras la reconstrucción… Aún recuerdo la primera vez que entré allí: yo no era más que una cachorra, y Gwenaelle, una muchacha temerosa, asustadiza y llorosa ante la adversidad. Cuánto habíamos cambiado… cuánto habíamos madurado y sufrido. Dos años habían pasado, y allí estábamos de nuevo, frente a frente.

La conversación fue fluida, serena. Le conté que sabía lo de Imnescar, su sentencia a ser azotada… y parte de su sufrimiento. Me miraba sin comprender, sin saber quién era yo realmente… hasta que alcé la mirada y mis ojos le dijeron la verdad.

Gwenaelle me abrazó. No podía creer que estuviera ante ella. Sus ojos, vidriosos y anegados en lágrimas, reflejaban cuánto nos habíamos echado de menos… pese a que yo jamás las abandoné del todo. Siempre estuve allí, vigilando entre las sombras.

No formaré parte del capítulo. Nada sería más inoportuno que mi presencia en una hermandad cuya reputación se halla ahora en entredicho por los últimos acontecimientos.

Nadie debe saber que he vuelto —le susurré—, ni siquiera Sariel… aunque sé que, en la intimidad de la alcoba, se cuentan cosas que a veces… no deberían contarse.

Ella negó con la cabeza.

—Respetaré tu decisión. Nadie lo sabrá por mí.
 

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Regreso
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Habían pasado dos años desde la última vez que sentí que Amn era mi hogar.

Dos años desde que aprendí a caminar entre sus sombras sin dejar huella, a observar a quienes una vez fueron mi familia desde una distancia prudente y a aceptar que, para sobrevivir, a veces era necesario renunciar incluso al derecho de ser recordada.

Pero aquella vez había regresado.

No como Zarah.

No como la cruzada de Selûne. No como la licántropa que tantos habían aprendido a temer. Ni siquiera como la mujer que había compartido noches, batallas y plegarias con quienes ahora observaba desde lejos.

Había regresado como Shelyan.Un nombre prestado. Una identidad nueva. Una máscara.

Había llegado a Nashkel buscando a Gwenaelle.

Después de tantos años, no sabía qué encontraría al volver a verla. Quizá resentimiento. Quizá lágrimas. Quizá simplemente una mujer distinta de aquella que yo había dejado atrás.

Pero necesitaba encontrarla. Y fue entonces cuando apareció Zyon.

Lo encontré en una de las tabernas de Nashkel, acompañado de dos muchachas. Una vestía como guardia y la otra aseguraba ser aprendiz de alquimista. Los tres parecían llevar un tiempo recorriendo la población, y Zyon hacía de anfitrión, mostrándoles los rincones de Nashkel, ayudándolas a orientarse y procurando que su estancia fuera lo más agradable posible.

Me llamó la atención.

No porque hubiese nada extraño en aquella escena, sino porque parecía demasiado despreocupado para alguien perteneciente a la Iglesia de Selûne. Había una ligereza en sus gestos que me resultaba casi reconfortante.

Lo observé durante un rato antes de acercarme.

Y cuando finalmente tuve la oportunidad, le confié mi petición.

No podía buscar a Gwenaelle abiertamente. No podía presentarme como quien realmente era.

Así que hice lo único que podía hacer.

Le pedí que le hiciera saber que Shelyan estaba buscándola. No le conté demasiado. No todavía.

Solo necesitaba que el mensaje llegase a los oídos adecuados.

Después esperé. Dos días. Dos largos días en los que Nashkel volvió a convertirse en mi pequeño refugio. Caminé por sus calles, observé a sus gentes, escuché conversaciones ajenas y procuré acostumbrarme de nuevo al olor de Amn.

Hasta que Zyon regresó. Y no lo hizo solo. A su lado estaba ella. Gwenaelle.

Durante un instante me quedé completamente quieta.

Había imaginado aquel momento cientos de veces durante los años que pasé lejos, pero ninguna de aquellas imágenes se parecía a la realidad.

Porque allí estaba. Más adulta. Más cansada. Distinta. Pero seguía siendo Gwen.

Mi Gwen.

La muchacha que había permanecido a mi lado cuando yo apenas sabía qué hacer con la bestia que llevaba dentro. La mujer que había conocido mis peores noches y había permanecido a mi lado cuando ni siquiera yo sabía si podía confiar en mí misma.

Y ahora estaba frente a mí. No necesité palabras. El reencuentro entre dos viejas amigas no necesitaba explicaciones.

Solo el tiempo que tardamos en reconocernos de verdad.

Después me llevó con ella. A su casa. Era una pequeña vivienda de dos plantas, humilde y algo desordenada, pero acogedora. No tenía la solemnidad de un templo ni la disciplina de una residencia del Capítulo. Era simplemente un hogar.

Y aquello me sorprendió más de lo que esperaba.

Había vida allí. Mucha. En cuanto crucé el umbral, mis sentidos comenzaron a hablar antes que nadie.

El olor de la casa era una mezcla de madera, comida, ropa limpia, pergaminos, hierbas y algo más.

Algo pequeño. Dos presencias infantiles. Dos niñas.

No necesitaba verlas para saber que estaban allí.

También había animales. Alguna mascota correteaba por la casa, dejando ese rastro de olor que para cualquier otra persona habría pasado desapercibido, pero que para mí era tan evidente como una huella fresca sobre la nieve.

Me quedé un instante en silencio.

Gwenaelle había construido una vida. Una vida que yo no conocía. Una vida que había seguido avanzando mientras yo permanecía escondida en las sombras.

Y entonces comprendí que no podía seguir mintiendo a todos los miembros de la Iglesia.

Y quizá tampoco a Zyon. Lo llevé aparte. Hasta aquel momento, para él yo había sido simplemente Shelyan. Una viajera.

Una mujer que había aparecido en Nashkel buscando a una amiga.

Pero había llegado el momento de que conociera la verdad. Le revelé quién era realmente. Le dije que mi nombre era Zarah. Que había regresado a Amn después de mucho tiempo.

Que Shelyan no era más que una identidad que necesitaba para poder moverme por aquellas tierras sin atraer miradas que no deseaba.

Y después le revelé la parte que siempre había sido más difícil.

Mi naturaleza. La don. El don. La gata que habitaba bajo mi piel.

Era una licántropa. Una mujer marcada por Selûne que podía convertirse en una criatura felina.

No sabía qué esperaba encontrar en su rostro cuando terminara de hablar.

Miedo. Rechazo. Sorpresa. Tal vez incluso desprecio. Había aprendido a convivir con todos ellos.

Pero mientras permanecía allí, frente a Zyon, comprendí algo que llevaba demasiado tiempo olvidando. No había vuelto a Amn para esconderme para siempre. Había vuelto para recuperar mi vida.

Para volver a mirar a los ojos de quienes había dejado atrás.

Para descubrir qué quedaba de aquella muchacha que un día salió de estas tierras y qué podía llegar a ser ahora la mujer que regresaba.

Durante años fui la sombra de Amn. La gata que observaba desde los tejados. La criatura que caminaba bajo la luna sin que nadie supiera su nombre.

La cruzada que tuvo que aprender a existir lejos de su hogar. Pero ahora estaba allí. En Nashkel. Con Gwenaelle.

Con una nueva vida frente a mí. Y con alguien que acababa de conocer mi secreto.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de huir.

Y aquel día comprendí que mi regreso no era el final de una historia. Era el principio.

El principio del nuevo camino de la gata de Amn.​
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La ponzoña de la luna
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La luna plateada se reflejaba sobre las aguas del Río Alandor cuando la licántropa ascendió por su ladera. Entre raíces retorcidas y rocas húmedas encontró la entrada de una cueva cuyo olor hizo que sus sentidos se tensaran de inmediato.

Sangre. Carne. Y depredador.

Se internó en la oscuridad siguiendo aquel rastro. Sus pupilas se dilataron y sus manos dejaron asomar uñas demasiado largas para pertenecer a una mujer corriente. Entonces lo vio.

Un hombre permanecía entre las sombras, con sangre reciente alrededor de la boca y unos ojos ambarinos que brillaban como los de una bestia. Él también la había olido.

—La percibo en ti —gruñó—. La bestia.

Ella bufó.

—No es una bestia. Es un don.

La conversación pronto se convirtió en un desafío. El extraño hablaba de la supremacía de los fuertes, de la caza como prueba y de aquellos de su condición como depredadores destinados a gobernar sobre los débiles. Ella respondió acusándolo de cometer atrocidades en nombre de su dios.

Él observó entonces el colgante de plata que pendía de su cuello.

Ella lo protegió con una garra.
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Aquel símbolo representaba quién era. No una cadena. No una jaula. Era la prueba de que había encontrado un lugar entre quienes la habían aceptado sin importar su naturaleza.

El licántropo sonrió. Le ofreció abandonar aquello, aceptar plenamente a la bestia y convertirse en su discípula. Si se negaba, le arrancaría el colgante.

—Tendrás que arrancármelo de mi cadáver —respondió ella.

Los huesos del hombre comenzaron a crujir.

Su cuerpo se retorció hasta convertirse en una enorme criatura bípeda cubierta de pelaje blanco. La sombra del lobo cubrió por completo a la mujer.

Ella respondió.

El pelaje negro brotó sobre su cuerpo mientras sus huesos cambiaban. Un rugido felino sacudió la cueva.

Entonces chocaron. La batalla fue feroz. Garras contra garras. Colmillos contra colmillos. La felina resistió cada embestida, pero el lobo era más pesado, más poderoso. Finalmente la derribó y cayó sobre ella.

Una garra se hundió sobre su abdomen.

Las enormes fauces se cerraron sobre su cuello y hombro.

El dolor la atravesó. Pero la mordedura llevó algo más. Una ponzoña.

La esencia corrupta de la maldición lupina entró en su sangre y su cuerpo reaccionó con violencia. Su naturaleza felina la rechazó. Su don luchó contra aquella presencia extraña mientras las transformaciones se volvían erráticas.

El lobo le arrancó el colgante. Después la sujetó por el cuello y la lanzó contra una roca. Todo se volvió negro.

Horas después fue encontrada cerca del campamento Verdeline. Amoratada por el frío, cubierta de sangre y apenas aferrada a un último hilo de vida. Su rostro estaba destrozado y la enorme mordedura atravesaba cuello y hombro.

Cuando volvió en sí, no recordó nada.

Ni la cueva. Ni el combate. Ni al lobo.

Solo unos ojos ambarinos en la oscuridad. Y unas enormes fauces.

Cada vez que dormía regresaban. Ojos observándola. Colmillos acercándose. Una mandíbula cerrándose sobre ella.

Despertaba gritando, con las garras fuera y la fiebre ardiendo bajo la piel.

Mientras tanto, la ponzoña seguía extendiéndose.

La maldición del lobo y el don de la gata luchaban dentro de su cuerpo, convirtiendo cada noche en una batalla.

Pero aunque su memoria hubiera olvidado al monstruo, su cuerpo jamás lo haría.
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Ambarinos
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Los Llanos de Athkatla se extendían ante ella. O eso creía. Ella no sabía dónde estaba.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.

No sabía de dónde venía. Solo caminaba. Un paso. Después otro. Y otro más.

Su cuerpo avanzaba por una voluntad que su mente ya no comprendía. Se apoyaba en una vara de madera que amenazaba con partirse bajo su peso. Cada vez que la clavaba en la tierra, sus brazos temblaban. Tenía la ropa hecha jirones, empapada de barro y sangre. Su rostro era apenas reconocible, el pómulo estaba destrozado, la nariz rota y torcida, una profunda herida le cruzaba la ceja. Un hilo oscuro descendía lentamente desde su boca hasta la barbilla.

Pero aquello no era lo peor. Desde la mandíbula hasta el hombro derecho, una enorme herida desgarraba su cuello. La carne estaba abierta.

Cada respiración era un suplicio. Cada paso, una agonía.

Ámbar… Tropezó. —Ambarinos…

Sus ojos, vacíos, inyectados en sangre con un derrame visible y desorientados, buscaron algo que no estaba allí.

… no… no…

Volvió a avanzar. No parecía consciente de que había llegado hasta un grupo de personas.

Roxane fue la primera en Arianne se volvió hacia ella. Liam frunció el ceño. Eris permaneció inmóvil. Y Groob abrió los ojos al contemplar aquella figura tambaleándose hacia ellos.

¿Estás bien…?

Shelyan dio un último paso. La vara se deslizó de entre sus dedos.

Fauces…

Y se desplomó. Groob reaccionó antes que nadie. El hin, fortachón y sheriff de Gambiton, corrió hacia ella y la recogió antes de que su cuerpo golpeara por completo el suelo.

—¡Está viva! ¡Por poco, pero está viva!

Al hospicio —ordenó Roxane.

No hubo más preguntas. Vendrían después.

Groob cargó con la joven entre sus brazos. Shelyan apenas pesaba. No porque fuera pequeña, sino porque su cuerpo había dejado de luchar.

El hospicio se convirtió rápidamente en un caos de vendas, agua caliente, plegarias y órdenes.

Las sacerdotisas Roxane y Arianne examinaron sus heridas mientras los asistentes intentaban contener la hemorragia.

Y cuanto más descubrían… Más silencio guardaban.

Por los dioses… —murmuró Arianne.

Laceraciones profundas cubrían sus costados. Su abdomen estaba amoratado. Tenía marcas de golpes por todo el cuerpo.

El rostro había recibido un impacto tan brutal que había quedado completamente desfigurado por la inflamación y la sangre.

Pero la mordedura… La mordedura era lo que mantenía a todos en silencio.

Roxane limpió con cuidado la sangre del cuello. Observó las marcas. Después miró a Arianne.

Esto podría ser de un oso.

—O de alguna bestia de tamaño considerable —
respondió la otra.

Groob, que no se había apartado demasiado, negó con la cabeza.

¿Qué clase de bestia hace algo así a una muchacha?

Nadie respondió. Porque no tenían respuesta. El hin comenzó a preguntar a todos los presentes.

Una vez.nY otra.

—¿Alguien la conoce?

Nada.

—¿Habéis visto antes a esta joven?

Silencio.

—¡Tiene que haber alguien que sepa quién es!

Fue Liam quien finalmente habló. El mercenario de cabello blanco había permanecido apartado, observando el rostro destrozado de la muchacha. Tardó unos segundos. Como si incluso él dudara de lo que estaba viendo.

—Se llama Shelyan.

Todos se volvieron hacia él.

—Es una selunita.

Aquellas palabras cambiaron el ambiente de la sala. Roxane alzó la mirada. Arianne dejó de trabajar durante un instante, observaron su cuello y vieron que alguien o algo la despojó de un colgante que había colgado de ese cuello por mucho tiempo.

—Entonces debemos avisar al clero de Selûne —dijo Roxane.

Pero mientras ellos hablaban, Shelyan abrió los ojos. No los enfocó. Miraba más allá de todos. Más allá de las paredes. Más allá del hospicio.

Ámbar…

Su cuerpo se tensó.

—Ambarinos…

Intentó incorporarse. Un grito desgarrador salió de su garganta.

—¡NO!

Los asistentes tuvieron que sujetarla. Shelyan arañó las sábanas, presa de un terror absoluto.

—¡No… las fauces…!

Su respiración se volvió frenética.

—¡No puedo… no puedo…!

Y después volvió a perderse. Sus ojos permanecieron abiertos. Pero ya no había nadie detrás de ellos. Su mente era incapaz de construir una frase completa. Las palabras llegaban fragmentadas.

La hipótesis comenzó a extenderse entre los curanderos. Un ataque de licántropos. Quizá uno. Quizá varios. Lobos.

La mordedura era compatible con una criatura de tamaño enorme. Y había algo más.

Algo que ninguno se atrevía todavía a confirmar. La posibilidad de que la joven hubiera sido infectada.

La posibilidad de que aquella mordedura no hubiera sido solamente una herida.

Decidieron tratarla con belladona. Era una apuesta. Una medida desesperada ante la sospecha de que la sangre de Shelyan pudiera haber recibido la maldición de algún licántropo lupino.

Pero nadie sabía si funcionaría. Nadie sabía qué había ocurrido realmente.

Y, sobre todo… Nadie sabía cuál era el destino de Shelyan. ¿Por qué dejarla viva? ¿Un mensaje? ¿A quien? Por el momento, permaneció custodiada en el hospicio.

No podía valerse por sí misma. No podía recordar. No podía explicar quién la había atacado. Ni siquiera parecía capaz de recordar su propia vida.

Su cuerpo estaba allí. Destrozado. Pero su mente… Su mente seguía perdida en algún lugar al que nadie podía llegar. Cada vez que dormía, las pesadillas regresaban.

Fauces enormes persiguiéndola en la oscuridad. Una respiración caliente detrás de su nuca. El sonido de unos colmillos cerrándose. Y aquellos ojos. Siempre aquellos ojos. Ambarinos. Se despertaba gritando. Con el cuerpo cubierto de sudor. Las manos crispadas. La respiración rota.

—¡No!

Los asistentes acudían junto a ella. Pero ella no los reconocía. A veces lloraba. A veces luchaba contra enemigos invisibles.

A veces permanecía sentada en silencio durante horas, mirando un rincón vacío de la habitación.

Y otras simplemente murmuraba:

Ambarinos…

Nadie sabía qué había hecho aquello. Nadie sabía quién. Solo sabían que la muchacha había llegado a los Llanos de Athkatla al borde de la muerte.

Y que, por ahora, permanecería bajo custodia en el hospicio hasta que se decidiera trasladarla a otras dependencias.

Allí permanecería.

Entre vendas. Plegarias. Vigilancia. Y pesadillas.

Esperando recuperar una memoria que su mente parecía haber enterrado para protegerla.

Porque en algún lugar, oculto tras el dolor y la sangre, Shelyan sabía la verdad. Había visto aquellas fauces. Había sentido aquellos colmillos. Y aunque su mente hubiera olvidado el nombre del monstruo… Su cuerpo todavía recordaba.

Y cada noche, cuando cerraba los ojos, aquellos ojos ambarinos volvían a encontrarla.

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