En el solemne cuartel de las Fuerzas Armadas de Athkatla, un espacio donde la disciplina y el deber impregnaban el aire, tuvo lugar una reunión que pondría a prueba la percepción de justicia y el entendimiento de lo que define a un “monstruo”. Presidiendo la sala, con su porte elegante y un aire de calma cultivada, se encontraba Gelvalm Williams, un arcano reconocido por sus prácticas intachables y sus modales impecables. A pesar de su posición, su trato siempre reflejaba un respeto genuino hacia quienes buscaban su juicio, y ese día no fue diferente.
El Inicio de la Audiencia
Gelvalm, con un informe en la mano, dirigió su mirada tranquila hacia Zarah, quien, sentada frente a él, inclinó ligeramente la cabeza con un gesto curioso, casi felino. A su lado, Axel Bjornsson permanecía en silencio, observando la mesa con una quietud deliberada, como si fuera un testigo más de un momento trascendental.
—Bien. Tengo aquí un informe sobre la caída de una roca celestial y la aparición de una grieta de la que emergieron demonios que atacaron a los presentes —comenzó Gelvalm, su tono medido y claro, mientras consultaba el documento con precisión—.
Este informe os sitúa en el lugar, señorita Zarah. Contadme qué sucedió.
Zarah no titubeó al responder, relatando cómo, tras acudir desde la fiesta de Gambitón, se encontraron con Sariel, alta sacerdotisa de Selûne, en el lugar de la grieta. Fue directa, casi lacónica, al explicar que ella y sus compañeros combatieron a los diablos y les dieron muerte. Aunque su descripción del evento fue breve, su postura denotaba seguridad en sus palabras.
Gelvalm la escuchó con atención, asintiendo ligeramente para animarla a continuar. Sin embargo, cuando ella concluyó con un escueto “Básicamente eso”, él ladeó la cabeza, dejando claro que buscaba algo más.
—
Hay algo más —dijo con calma, su mirada fija en Zarah.
La Revelación de la Verdad
Zarah, algo sorprendida, preguntó si se refería a los detalles del combate o a su persona. La respuesta de Gelvalm fue directa, aunque dicha con esa elegancia que lo caracterizaba:
—A su persona. El informe menciona que, durante el combate, alguien observó un cambio en vos. Más pelo del habitual… y no me refiero al cabello de la cabeza.
La tensión en la sala se volvió palpable. Axel exhaló profundamente, cerrando ligeramente los ojos, mientras Zarah, después de un momento de reflexión, asintió con firmeza.
—Es cierto —declaró, tajante, antes de agregar—
. Tengo ese don.
Lo que siguió fue una confesión cargada de orgullo: Zarah explicó que había nacido con licantropía, un regalo de la Dama de Plata, Selûne. Aunque para muchos sería una maldición, para ella era una bendición. Gelvalm, tamborileando los dedos sobre la mesa, procesó la revelación con serenidad. Su tono, cuando respondió, fue neutral, casi filosófico.
—¿Percibís vuestra condición como un don? —preguntó, acariciándose la barbilla.
Zarah asintió nuevamente, con el mismo porte orgulloso de un gato persa. Su respuesta denotaba una fe inquebrantable en su naturaleza y en el camino que la iglesia de Selûne le había enseñado a seguir.
El Peso de la Ley
Gelvalm, con la precisión de un erudito, le explicó las implicaciones legales de su condición. La licantropía, a pesar de las circunstancias de cada caso, era motivo de discriminación en Amn, y su ciudadanía ya no podía considerarse vigente. Debería depender del “Lazo Rojo”, un documento reservado para quienes padecían su condición. Sin embargo, le aseguró que él juzgaba por actos, no por naturaleza, y que hasta el momento ella había demostrado honor.
Zarah aceptó la situación con dignidad, dejando que Gelvalm destruyera su antiguo documento de ciudadanía, un gesto que evidenció su compromiso con la honestidad. Axel, siempre en silencio, asintió ligeramente, como si aprobara el curso de los eventos.
Una Solicitud y un Compromiso
Cuando Zarah solicitó permiso para transitar entre la puerta de la ciudad y el templo de Selûne, Gelvalm reflexionó un momento antes de concederlo. Redactó con rapidez un documento que especificaba las estrictas condiciones de su acceso, dejando claro que cualquier incumplimiento tendría consecuencias graves, no solo para Zarah, sino también para él mismo.
—Con esto que os concedo, señorita Zarah, si lo incumplís, las consecuencias serán terribles. Para vos y para mí, por confiar en vuestra palabra —advirtió con un tono serio, aunque no desprovisto de empatía.
Zarah aceptó el documento con respeto, asegurando que jamás traicionaría su confianza. Gelvalm, con un leve gesto de advertencia, le recordó la importancia de mantenerse dentro de las normas y evitar cualquier situación que pudiera levantar sospechas, especialmente cerca de los Magos Encapuchados.
Un Futuro Marcado por la Esperanza
La reunión concluyó con un intercambio de palabras que dejó en claro las posturas de ambos. Zarah, con la mirada firme, expresó su mayor deseo:
—Mi mayor recompensa llegará el día en que el pueblo de Amn olvide mi naturaleza y me juzgue solo por mis actos y mi fe.
Gelvalm, tras un instante de reflexión, le respondió con una mezcla de realismo y aliento:
—L
a gente tardará en olvidar sus prejuicios, señorita Zarah. Pero a través de vuestros actos podréis demostrar vuestro verdadero valor. La Justicia de Amn no siempre es vista con fe, pero es nuestro deber garantizar que funcione para todos.
Le recordó, con una leve inclinación de cabeza, que podía acudir a él si se encontraba en problemas o si surgía algo que mereciera ser investigado. Axel Bjornsson, que había permanecido en silencio la mayor parte del tiempo, finalmente alzó la vista del suelo para añadir con voz grave:
—Habéis demostrado honor, magistrado.
Con esas palabras, Axel y Zarah se dispusieron a abandonar la sala, llevando consigo el documento que ahora definiría los límites de la libertad de Zarah en Athkatla. Mientras cruzaban el umbral, Gelvalm permaneció sentado, observándolos con un destello de reflexión en los ojos, como si analizara las ramificaciones de todo lo que acababa de decidir.
La figura del magistrado, un arcano que combinaba la ley con la empatía, quedó allí, en el austero cuartel, como un símbolo de esperanza para aquellos que luchan por demostrar que su naturaleza no los define. Por su parte, Zarah salía con la determinación de que, algún día, sus actos hablarían más alto que los susurros de prejuicio. En los caminos de Athkatla y más allá, el destino de una licántropa y la justicia de un magistrado habían quedado entrelazados, como hilos en el vasto tapiz de una nación que aún debía aprender a mirar más allá de lo evidente.