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A la luz de la Luna

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Peregrinaje a la Abadía de Hydcont

La joven devota recién nombrada Dama de la Luna emprendió una peregrinación hacia la Abadía de Hydcont en Inmescar, un lugar sagrado dedicado a Selûne, la diosa de la luna. Selûne, conocida como Nuestra Dama de Plata y la Doncella de la Luna, es venerada en Faerûn como la deidad de la luna, las estrellas y la navegación.

La travesía de Zarah estuvo plagada de desafíos. Al adentrarse en los espesos bosques, fue sorprendida por bandidos que acechaban a los viajeros desprevenidos. Gracias a su agilidad y sentidos agudizados en su forma híbrida, logró anticipar sus movimientos y evadir sus ataques. En las montañas, se encontró con patrullas de orcos que defendían su territorio con ferocidad. En estas situaciones, Zarah utilizaba su capacidad de transformación para camuflarse entre la vegetación o escabullirse por senderos inaccesibles para sus perseguidores.

Durante las noches, bajo la luz de la luna, Zarah sentía una conexión profunda con Selûne. Estas experiencias nocturnas no solo le brindaban consuelo, sino que también reforzaban su determinación y fe en la diosa. Cada peligro superado era una reafirmación de su propósito y de la protección divina que sentía a lo largo de su camino.

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Tras semanas de arduo viaje, Zarah llegó finalmente a la Abadía de Hydcont. La edificación, de arquitectura románica, se erigía majestuosamente en medio de un paisaje sereno. Sus bóvedas y arcos reflejaban la luz de la luna, creando un ambiente de paz y espiritualidad. En el interior, fue recibida por los Caballeros de las 16 Estrellas, una orden dedicada a proteger a los devotos de Selûne y a velar por los caminos nocturnos. También conoció a las sacerdotisas que mantenían vivas las tradiciones y rituales en honor a la diosa.

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La estancia de Zarah en la abadía le permitió profundizar en sus conocimientos y prácticas religiosas. Participó en ceremonias bajo la luz lunar, meditaciones y estudios de antiguos textos sagrados. Cada experiencia en la abadía fortalecía su espíritu y consolidaba su compromiso con la senda de Selûne. Al concluir su peregrinación, Zarah partió de la Abadía de Hydcont con una renovada fe y una conexión más profunda con la diosa de la luna, preparada para enfrentar cualquier desafío que el destino le deparara.


 

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“El gran Ghuzhok” y el dilema de la tolerancia

Los Llanos exteriores de Athkatla se extendían como un océano de hierba dorada bajo el cielo despejado. Zarah avanzaba con paso tranquilo, su túnica clara ondeando al ritmo del viento, cuando notó una presencia inusual. Desde una pequeña colina, la figura de un orco se alzaba imponente. Era alto, con una musculatura marcada, y portaba una maza adornada con huesos. Su rostro, curtido por cicatrices, estaba decorado con marcas rituales, y en su cuello colgaba el símbolo de Gruumsh, el Tuerto.

¿quién eres? — preguntó Zarah con la curiosidad que solo un felino tiene.—. Yo soy el Gran Ghuzhok, clérigo Gruumsh.

Zarah detuvo su avance, pero no mostró temor. En su rostro se dibujó una expresión serena mientras levantaba una mano, en un gesto tanto de paz como de firmeza.

Salve, Ghuzhok. No tengo intención de disputarte nada.

El orco parecía desconcertado por su actitud. Normalmente, su presencia inspiraba pánico o agresión.

Ya veo, pero hasta la guardia me ha dicho que puedo cambiar libremente por aquí, quién me ataque se tendrá que atener a las consecuencias entrecerrando los ojos—.
No juzgo a nadie por su raza —respondió Zarah con calma, dando un paso al frente—. Pero debes saber, Ghuzhok, que estas tierras de Amn no son hospitalarias para los tuyos. Aquí, muchos te verán con odio solo por lo que eres.

El orco dejó escapar una carcajada seca.

¡Eso lo sé! Los débiles siempre temen a los fuertes.

Zarah negó con la cabeza.

No es fortaleza lo que inspira odio, sino incomprensión. La aceptación y la tolerancia son la base de la convivencia. Puedes seguir a tus dioses si así lo deseas, pero si alguna vez reconsideras tu camino… Selûne siempre hará un hueco para ti.

Ghuzhok la observó en silencio durante un momento que pareció eterno. Finalmente, escupió al suelo, pero su tono fue menos agresivo.

Tienes una lengua extraña, humana. Hablas de convivencia, pero tu mundo no quiere eso para mí.

Id con vuestros dioses, Ghuzhok —dijo Zarah con suavidad, inclinando levemente la cabeza—. Pero si un día buscáis redención, la diosa de la luna os guiará.

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El orco soltó un gruñido, dio media vuelta y se alejó hacia las colinas.

El consejo de Gwen

Poco después, en los mismos llanos, Zarah se reunió con su amiga Gwen. La joven semielfa estaba visiblemente nerviosa.

Zarah… ¿estás bien? ¿Qué… qué ha pasado con el orco?.

Zarah asintió, frente a ella con calma.

Sí, se hacía llamar el Gran Ghuzhok clérigo de Gruumsh

Gwen tragó saliva, inquieta.

¿Y… y lo dejaste ir?

—No vi razón para atacarlo. Era arrogante, pero no violento.


Gwen bajó la voz, temblando ligeramente.

Zarah, no puedes confiar en alguien así. Gruumsh es un dios cruel, una deidad que se deleita con el sufrimiento de los débiles. Sus seguidores solo traen dolor y destrucción. Ese orco… no debe quedarse en Amn.

Zarah suspiró, pero entendió la preocupación de su amiga.

Lo buscaré, Gwen. Si representa un peligro, trataré de hacerlo entrar en razón o persuadirlo para que se marche.

La búsqueda y la hidra

Siguiendo rumores, Zarah y Gwen viajaron hacia la costa sur, donde varios lugareños afirmaban haber visto a un orco solitario. El rastro las llevó hasta una cueva húmeda y oscura que resonaba con sonidos inquietantes.

—¿Crees que está aquí? —preguntó Gwen, su voz temblorosa mientras sujetaba su arco.

—Solo hay una forma de saberlo, además… se que ha pasado por aquí… huelo su sudor —
respondió Zarah, avanzando con cautela.

En el interior de la cueva encontraron huellas recientes, pero en lugar del orco, se enfrentaron a una hidra que se alzó con un rugido ensordecedor. El combate fue feroz, y tras una dura batalla, ambas consiguieron derrotar al monstruo, aunque del Gran Ghuzhok no había rastro.

El encuentro con Lekin y Rakgbar

A la salida de la cueva, las dos aventureras se cruzaron con Lekin, quien buscaba metal entre los trozos de un naufragio.

—¿Buscáis a ese orco, el clérigo? —preguntó al verlas agotadas—. Lo he visto varias veces cerca del camino a Athkatla. Parece que se dirige hacia la ciudad.

Con esta información, Zarah y Gwen aceleraron su paso hacia la capital. A medio camino, se encontraron con Rakgbar, un guardia que patrullaba la zona.

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—¿Un orco, decís? —dijo el guardia al escuchar su relato—. ¿Por dónde lo vieron? Les ayudaré a buscarlo…

Zarah y Gwen intercambiaron miradas de sorpresa justo cuando una figura se hizo presente…

Y aquí está… — dijo Zarah cabeceando hacia la figura que salía de entre los arbustos.

Todos se giraron para ver al Gran Ghuzhok acercándose, sus ojos brillando con un desafío tranquilo.

Hubo un intercambio de palabras entre el orco y el guardia, para que finalmente Lekin testificara que el teniente Ewan había dado permiso al orco para acceder a la ciudad de la moneda.

Ese humano me permitió entrar en su ciudad —dijo señalando asintiendo a las palabras de Lekin—. No busco conflictos, sólo paso.

Rakgbar asintió.

¿Es cierto eso? Si tiene permiso del teniente y no causa problemas… pero si los causa se le expulsará, pero por ahora, está bajo vigilancia.

Zarah dio un paso al frente, mirando al orco con firmeza.

Ghuzhok, ten cuidado. En Murann serás mas feliz.

El orco sonrió de forma sombría.

No busco perdón ni aceptación. ¿Puedo seguir entrenando?

Sin más, el Gran Ghuzhok continuó su camino hacia la ciudad, dejando a Zarah y Gwen en un tenso silencio. Este final no era el que Gwen esperaba…
 

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El Rugido de la Estrella Caída

Zarah sentía el peso de la luna llena antes de que siquiera asomara en el horizonte. El aire era denso, cargado de promesas de cambio, de una transformación que ella había jurado controlar. Durante años, había combatido a la bestia felina que moraba dentro de ella, pero esta noche, la batalla sería especialmente ardua. Era la noche del evento de los héroes en Gambiton, y Zarah se había prometido asistir.
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Gambiton, reconstruido tras el enfrentamiento que casi lo llevó a la ruina, se alzaba como un faro de esperanza. El evento de los héroes celebraba a quienes habían luchado por protegerlo, y Zarah, junto a sus amigos y compañeros, no podía faltar. Liliana, su maestra de esgrima, le había asegurado que nadie la juzgaría si no asistía, pero Zarah no quería ser prisionera de su naturaleza.

La noche transcurría con discursos y brindis. Se entregaron medallas, hubo vítores y lágrimas de gratitud. Zarah sonreía, pero cada vez más sentía el rugido interno, el llamado de la luna que empezaba a alzarse en el cielo. Cuando el primer rayo plateado iluminó las calles, supo que debía apartarse.

Caminó rápidamente hacia un rincón oscuro y desierto de la ciudad, cerrando los ojos con fuerza, respirando hondo, canalizando todo su ser en mantener a raya a la licántropa. “No esta noche”, murmuró una y otra vez, mientras su cuerpo temblaba. 75d93eaa-eb61-49fe-a804-36e12b269017.jpegSu mente se llenó de las enseñanzas de Sariel Shade, la sacerdotisa de Selune que le había ayudado a encontrar un equilibrio. Al cabo de unos minutos que parecieron eternos, la bestia se aquietó, y Zarah regresó al evento, agotada pero victoriosa.

Fue entonces cuando el cielo se rasgó.

Un haz de luz cegadora iluminó Gambiton, seguido de un rugido ensordecedor. Todos alzaron la vista justo a tiempo para ver cómo un meteoro, brillante como mil soles, cruzaba el firmamento y desaparecía más allá del bosque de Alandor. El impacto sacudió la tierra, y un destello iluminó las copas de los árboles.
Liliana, la enana Nadja del Radiante Corazón, Aitana, Ethas, Helios y Jadzia se unieron a Zarah sin dudar. “Esto no es normal,” dijo Liliana mientras se colocaba la chaquetilla “Vamos.”

En el bosque de Alandor, encontraron el lugar del impacto: un cráter humeante y, junto a él, una figura conocida. “¡Sariel!” gritó Zarah, corriendo hacia la sacerdotisa, que yacía arrodillada junto al cráter, su túnica perlada de polvo y ceniza.

¿Qué ha pasado?” preguntó Zarah, ayudando a su amiga a ponerse de pie.

“Algo fue arrancado de los cielos,” respondió Sariel con voz firme, señalando el cráter. “Pero lo que llegó no es puro. Algo maligno lo siguió.”

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La respuesta llegó en forma de un gruñido gutural desde los fuegos cercanos. Unas figuras empezaron a emerger: seres viles, retorcidos, con piel escamosa y ojos rojos brillantes. Diablos.

El grupo desenvainó sus armas mientras los monstruos cargaban. Zarah, sintiendo el peso de la amenaza, dejó que la bestia interior tomara el control. Sus garras se alargaron, sus ojos brillaron como gemas doradas, y un rugido resonó por el bosque. Ella y sus amigos lucharon juntos, las espadas y conjuros iluminando la noche mientras los diablos caían uno a uno.

Cuando el último de los seres fue derrotado, el grupo se acercó al cráter. En su interior, un líquido de sangre con un fulgor dorado, brillante como la luna. Aitana, impulsada por la curiosidad, lo tocó.

Sus ojos se abrieron de par en par. “Es… es maravilloso,” dijo con voz soñadora. “Es como si todo el dolor, toda la tristeza desapareciera…”

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El grupo quedó en silencio, observando el cráter.

“Esos seres buscaban a alguien… debemos protegerlo pero… ¿a quién?” salió de la boca de alguno de los allí presentes.

Zarah, recuperando poco a poco su forma humana, asintió.

Pero en su corazón, no podía evitar preguntarse: ¿Qué era realmente ese líquido? ¿Un regalo, una maldición… o una prueba para todos ellos?
 
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Conversaciones Bajo la Luz de Alandor

La habitación de la posada La Luz de Alandor era sencilla, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna llena que se filtraba por la ventana. El mobiliario consistía en una cama grande, una mesa de madera gastada y un par de sillas. En ese pequeño espacio, tres figuras ocupaban la habitación, sus rostros cargados de tensión. Gwen, la diaconisa de Selune, estaba de pie, con su característico relicario de la diosa colgando de su cuello. Eothain, el caballero de la luna, permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y su silueta recortada contra el plateado resplandor exterior.

Zarah, sin embargo, se encontraba en movimiento. Caminaba de un lado a otro de la habitación, inquieta, sus pasos resonando en el suelo de madera. Sus brazos estaban cruzados, y su ceño fruncido reflejaba frustración.
—Ya entendí lo que quieren decirme —soltó finalmente, deteniéndose frente a Gwen y Eothain—. Me transformé en mi forma híbrida. Me mostré frente a Jadzya y Helios. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si no los detenía, esos diablos habrían matado a todo el mundo. ¿De verdad creen que podía quedarme quieta?

Eothain giró lentamente, sus ojos azules fijos en los de Zarah. —Nadie aquí te está pidiendo que te quedes quieta, Zarah. Lo que queremos que entiendas es que tus acciones tienen consecuencias.

—Ellos también estaban luchando contra los diablos —
replicó Zarah, con los puños apretados—

Gwen, con su voz calmada, intervino desde la cama. —Zarah, no todo el mundo ve a lo que vemos nosotros, eres una persona excepcional y lo has demostrado con creces en muchas ocasiones.

Zarah bufó, dando otro paso hacia la ventana. —No me avergüenzo de lo que soy. Si Selune me dio este don, es porque tengo que usarlo. Volvería hacerlo aun sabiendo las consecuencias…

Eothain avanzó un paso hacia ella, su voz firme pero no agresiva. —No se trata de que te avergüences, Zarah. Se trata de aprender a elegir tus batallas. Transformarte frente a desconocidos no solo te pone en peligro a ti, sino también a la Iglesia de Selune y a todo lo que representamos.

Zarah apretó los dientes, sintiendo cómo la frustración ardía en su interior. —¿Y entonces qué quieren que haga? Se… se que fue una estupidez… pero creí que era necesario.

No, Zarah —respondió Gwen, poniéndose de pie y acercándose a ella—. Queremos que luches, pero que lo hagas con control, con estrategia. Sabemos que tu corazón es puro, que lo que hiciste en el bosque fue para proteger a otros. Pero la valentía sin control puede convertirse en algo peligroso.

Zarah bajó la mirada por un momento, su postura rígida relajándose apenas. —¿Y por eso quieren enviarme a la abadía de Hydcont? ¿Para que alguien más me enseñe a “controlarme”?

Gwen le dio una pequeña sonrisa, colocando una mano suave en su hombro. —No es un castigo, Zarah. Es una oportunidad para que aprendas a armonizar las dos partes de ti misma.
Pero no puedo ir a ningún lado hasta que sepa qué quiere el magistrado Gelvan. Me ha llamado a comparecer, y aunque no sabemos sus intenciones exactas, no puedo ignorarlo. — dijo Zarah con acierto.

Eothain asintió, aunque su expresión era grave. —Es posible. Gelvan no es alguien fácil de predecir. Pero debes estar preparada para todo. Y recuerda, no estás sola. Gwen y yo estaremos contigo. La Iglesia de Selune te respalda.

Zarah dejó escapar un suspiro, pasando una mano por su cabello mientras miraba por la ventana. —pero… ¿y si decide que soy un peligro?

El castigo más liviano… el exilio —afirmó Gwen, su tono cargado de confianza—. Pase lo que pase, Selune camina contigo. Y nosotros también.

Eothain dio un paso más cerca, suavizando su postura. —Pero necesitamos que también pongas de tu parte, Zarah. Nadie quiere que dejes de ser tú misma. Solo queremos que aprendas a encontrar un equilibrio. No puedes confiar solo en tu instinto. La bestia es parte de ti, pero no puede ser quien te controle.

Zarah giró lentamente para enfrentarse a ambos, sus ojos dorados brillando con una mezcla de terquedad y determinación. —Lo entiendo, pero no prometo que sea fácil. Si tuviera que volver a enfrentarme a esos diablos para proteger a alguien, lo haría de nuevo. No puedo ignorar mi instinto cuando hay vidas en peligro.

Y nadie quiere que lo hagas —respondió Gwen con una sonrisa cálida—. Solo queremos que uses todo lo que eres, tanto tu instinto como tu razón.

La habitación quedó en silencio por unos momentos, roto únicamente por los suaves sonidos del viento nocturno que se colaba entre las rendijas de la ventana. Finalmente, Zarah asintió, aunque seguía habiendo algo de resistencia en su expresión.

Está bien. Hablaré con Gelvan. Haré lo que tenga que hacer. Pero… no esperen que me convierta en una dama perfecta de la luna de la noche a la mañana.

Gwen y Eothain intercambiaron una mirada de alivio. La joven licántropa aún tenía mucho que aprender, pero este pequeño paso era un avance.

Nunca esperamos perfección, Zarah —dijo Eothain con un atisbo de humor en su tono—. Solo queremos que seas lo mejor de ti misma.

Mientras la luz de la luna llena bañaba la habitación, Zarah sintió, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña chispa de esperanza. Su camino estaba lleno de desafíos, pero no estaba sola. Su encuentro con el magistrado se acercaba, y el verdadero desafío aún estaba por venir. Pero esta vez, al menos, sabía que tenía una familia que caminaría a su lado, bajo la mirada siempre vigilante de Selune.
 

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Naturaleza o actos

En el solemne cuartel de las Fuerzas Armadas de Athkatla, un espacio donde la disciplina y el deber impregnaban el aire, tuvo lugar una reunión que pondría a prueba la percepción de justicia y el entendimiento de lo que define a un “monstruo”. Presidiendo la sala, con su porte elegante y un aire de calma cultivada, se encontraba Gelvalm Williams, un arcano reconocido por sus prácticas intachables y sus modales impecables. A pesar de su posición, su trato siempre reflejaba un respeto genuino hacia quienes buscaban su juicio, y ese día no fue diferente.

El Inicio de la Audiencia

Gelvalm, con un informe en la mano, dirigió su mirada tranquila hacia Zarah, quien, sentada frente a él, inclinó ligeramente la cabeza con un gesto curioso, casi felino. A su lado, Axel Bjornsson permanecía en silencio, observando la mesa con una quietud deliberada, como si fuera un testigo más de un momento trascendental.

—Bien. Tengo aquí un informe sobre la caída de una roca celestial y la aparición de una grieta de la que emergieron demonios que atacaron a los presentes —comenzó Gelvalm, su tono medido y claro, mientras consultaba el documento con precisión—. Este informe os sitúa en el lugar, señorita Zarah. Contadme qué sucedió.

Zarah no titubeó al responder, relatando cómo, tras acudir desde la fiesta de Gambitón, se encontraron con Sariel, alta sacerdotisa de Selûne, en el lugar de la grieta. Fue directa, casi lacónica, al explicar que ella y sus compañeros combatieron a los diablos y les dieron muerte. Aunque su descripción del evento fue breve, su postura denotaba seguridad en sus palabras.

Gelvalm la escuchó con atención, asintiendo ligeramente para animarla a continuar. Sin embargo, cuando ella concluyó con un escueto “Básicamente eso”, él ladeó la cabeza, dejando claro que buscaba algo más.

Hay algo más —dijo con calma, su mirada fija en Zarah.

La Revelación de la Verdad


Zarah, algo sorprendida, preguntó si se refería a los detalles del combate o a su persona. La respuesta de Gelvalm fue directa, aunque dicha con esa elegancia que lo caracterizaba:

—A su persona. El informe menciona que, durante el combate, alguien observó un cambio en vos. Más pelo del habitual… y no me refiero al cabello de la cabeza.

La tensión en la sala se volvió palpable. Axel exhaló profundamente, cerrando ligeramente los ojos, mientras Zarah, después de un momento de reflexión, asintió con firmeza.

—Es cierto —declaró, tajante, antes de agregar—. Tengo ese don.

Lo que siguió fue una confesión cargada de orgullo: Zarah explicó que había nacido con licantropía, un regalo de la Dama de Plata, Selûne. Aunque para muchos sería una maldición, para ella era una bendición. Gelvalm, tamborileando los dedos sobre la mesa, procesó la revelación con serenidad. Su tono, cuando respondió, fue neutral, casi filosófico.

—¿Percibís vuestra condición como un don? —preguntó, acariciándose la barbilla.

Zarah asintió nuevamente, con el mismo porte orgulloso de un gato persa. Su respuesta denotaba una fe inquebrantable en su naturaleza y en el camino que la iglesia de Selûne le había enseñado a seguir.


El Peso de la Ley

Gelvalm, con la precisión de un erudito, le explicó las implicaciones legales de su condición. La licantropía, a pesar de las circunstancias de cada caso, era motivo de discriminación en Amn, y su ciudadanía ya no podía considerarse vigente. Debería depender del “Lazo Rojo”, un documento reservado para quienes padecían su condición. Sin embargo, le aseguró que él juzgaba por actos, no por naturaleza, y que hasta el momento ella había demostrado honor.

Zarah aceptó la situación con dignidad, dejando que Gelvalm destruyera su antiguo documento de ciudadanía, un gesto que evidenció su compromiso con la honestidad. Axel, siempre en silencio, asintió ligeramente, como si aprobara el curso de los eventos.

Una Solicitud y un Compromiso

Cuando Zarah solicitó permiso para transitar entre la puerta de la ciudad y el templo de Selûne, Gelvalm reflexionó un momento antes de concederlo. Redactó con rapidez un documento que especificaba las estrictas condiciones de su acceso, dejando claro que cualquier incumplimiento tendría consecuencias graves, no solo para Zarah, sino también para él mismo.

—Con esto que os concedo, señorita Zarah, si lo incumplís, las consecuencias serán terribles. Para vos y para mí, por confiar en vuestra palabra —advirtió con un tono serio, aunque no desprovisto de empatía.

Zarah aceptó el documento con respeto, asegurando que jamás traicionaría su confianza. Gelvalm, con un leve gesto de advertencia, le recordó la importancia de mantenerse dentro de las normas y evitar cualquier situación que pudiera levantar sospechas, especialmente cerca de los Magos Encapuchados.

Un Futuro Marcado por la Esperanza

La reunión concluyó con un intercambio de palabras que dejó en claro las posturas de ambos. Zarah, con la mirada firme, expresó su mayor deseo:

—Mi mayor recompensa llegará el día en que el pueblo de Amn olvide mi naturaleza y me juzgue solo por mis actos y mi fe.

Gelvalm, tras un instante de reflexión, le respondió con una mezcla de realismo y aliento:

—La gente tardará en olvidar sus prejuicios, señorita Zarah. Pero a través de vuestros actos podréis demostrar vuestro verdadero valor. La Justicia de Amn no siempre es vista con fe, pero es nuestro deber garantizar que funcione para todos.

Le recordó, con una leve inclinación de cabeza, que podía acudir a él si se encontraba en problemas o si surgía algo que mereciera ser investigado. Axel Bjornsson, que había permanecido en silencio la mayor parte del tiempo, finalmente alzó la vista del suelo para añadir con voz grave:

—Habéis demostrado honor, magistrado.

Con esas palabras, Axel y Zarah se dispusieron a abandonar la sala, llevando consigo el documento que ahora definiría los límites de la libertad de Zarah en Athkatla. Mientras cruzaban el umbral, Gelvalm permaneció sentado, observándolos con un destello de reflexión en los ojos, como si analizara las ramificaciones de todo lo que acababa de decidir.

La figura del magistrado, un arcano que combinaba la ley con la empatía, quedó allí, en el austero cuartel, como un símbolo de esperanza para aquellos que luchan por demostrar que su naturaleza no los define. Por su parte, Zarah salía con la determinación de que, algún día, sus actos hablarían más alto que los susurros de prejuicio. En los caminos de Athkatla y más allá, el destino de una licántropa y la justicia de un magistrado habían quedado entrelazados, como hilos en el vasto tapiz de una nación que aún debía aprender a mirar más allá de lo evidente.

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La disciplina

El suelo de la abadía era un puñal de hielo contra su espalda, y Zarah sintió cada punzada atravesar su cuerpo magullado. Sus pulmones ardían, sus músculos temblaban al borde del colapso, pero nada de eso importaba. No cuando la mirada de Liliana pesaba sobre ella como una sentencia inquebrantable.

Con manos temblorosas, tanteó el estoque que su maestra le había lanzado con la frialdad de quien desecha algo sin valor. Sus dedos se cerraron en torno al arma, pero su mente estaba en otra parte. En el pasado. En la mujer que alguna vez la había guiado con paciencia, que corregía sus errores con voz firme, pero sin crueldad.

Esa Liliana había desaparecido.

En su lugar quedaba una sombra implacable, cuyos ojos helados parecían atravesarla hasta lo más profundo.

Zarah tragó saliva. Sabía lo que venía.

Forzó a su cuerpo a moverse, alzó el estoque y apenas tuvo tiempo de levantar la guardia cuando el primer golpe descendió con una precisión letal. Esquivó por instinto, sintiendo el aire cortado a milímetros de su piel. Su corazón retumbó en su pecho.

Las espadas chocaron con una fuerza que le recorrió los huesos.


Cada ataque de Liliana era un recordatorio de su inferioridad, cada finta, una humillación.

Pero en lo más profundo de su pecho, una chispa se encendió.

No.

No iba a caer otra vez.

El rugido que emergió de su garganta no era humano.

Su cuerpo se transformó en un torbellino de garras y colmillos. Su visión se volvió más nítida, su respiración más feroz. La bestia que habitaba en su interior irrumpió en el patio de la abadía con la furia de una tormenta, y por un instante, Zarah se permitió creer que esta vez sería diferente.

Pero Liliana ni siquiera parpadeó.

El golpe llegó como un trueno. Antes de que pudiera reaccionar, sintió la bota de su maestra impactar contra su costado. Su mundo giró. El suelo helado la recibió con brutalidad.

Otra vez.

Dolor. Humillación. Rabia.

Desde el suelo, con la respiración entrecortada, levantó la mirada y encontró los ojos de Liliana fijos en ella. Lo que vio en ellos no fue crueldad. No fue desprecio.

Fue una pregunta.

¿Eso es todo lo que eres?

La frase se clavó en su mente como una daga.

Zarah sintió la furia quemarle la garganta, pero no encontró palabras para responder. Liliana hablaba de equilibrio, de control. De algo más profundo que la batalla.

Pero ella no quería enfrentarlo. No todavía.

Observó a su maestra alejarse, la silueta oscura contra el cielo gris. El viento azotaba las colinas, como si la misma tierra susurrara un desafío.

¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me exiges más de lo que tengo?

Pero en el fondo, ya lo sabía.

Liliana veía en ella algo que ni siquiera ella misma comprendía.

Con un gruñido, apoyó su peso en el estoque y se obligó a levantarse. No por Liliana. No por obediencia.

Sino porque si quería sobrevivir, si quería convertirse en algo más que una sombra derrotada en la nieve, tenía que hacerlo.

El viento rugió a su alrededor mientras avanzaba con pasos tambaleantes, siguiendo la figura que se alejaba.

Esto aún no ha terminado.
Equilibrio

La luna brillaba en lo alto, cubriendo la loma con su resplandor plateado. El viento soplaba suavemente, acariciando la hierba y llevando consigo los susurros del bosque. Liliana permanecía inmóvil, sentada con las piernas cruzadas, su respiración serena y profunda. Meditaba en absoluto silencio, con la conciencia extendida más allá de su propio cuerpo.

El sonido de pasos apresurados rompió la quietud.

Zarah emergió de entre las sombras, la frente perlada de sudor, los músculos aún tensos por el combate anterior. Llevaba su estoque en la mano, aferrándolo como si fuera un ancla en un mar turbulento.

—¿Por qué me dejaste atrás? —preguntó con dureza, cruzándose de brazos.

Liliana abrió los ojos lentamente y la miró de reojo.

Porque sabía que vendrías.

Zarah apretó los dientes, pero no discutió.

Sin decir nada más, la Iluskana sacó su kukri y lo sostuvo en el aire, equilibrándolo sobre la punta de su dedo índice. La hoja curva oscilaba levemente, amenazada por la brisa, pero no caía.

Zarah frunció el ceño.

¿Otra metáfora?

Liliana sonrió apenas.

Si ya lo sabes, entonces presta atención.

El kukri seguía en equilibrio precario, inclinándose sutilmente con el viento.

Cuando peleas —dijo Liliana con voz serena—, lo haces con miedo o con rabia. Y dejas que esas emociones inclinen la balanza demasiado hacia un lado o el otro.

La hoja se inclinó aún más, amenazando con caer. Liliana apenas movió la mano, devolviéndola a su centro.

Si cedes demasiado a la bestia, te convertirás en un animal sin control.

Permitió que el kukri cayera, clavándose en la tierra con un golpe seco.

Si reprimes lo que eres y te aferras solo a la humanidad, te volverás lenta, dividida. Dudarás en el momento equivocado.

Recogió el kukri y volvió a equilibrarlo.

Debes encontrar el punto exacto en el que ambas partes de ti coexistan. Donde la bestia no te arrastre, pero tampoco te encadene el miedo a ella.

Zarah observó la hoja tambaleante.

—¿Y cómo lo encuentro?

Liliana le tendió el arma, colocándola en su palma.

Respira. No pienses en elegir. No eres solo una cosa ni la otra. Eres ambas.

Zarah tragó saliva.

Sostuvo el kukri sobre su dedo, sintiendo su peso desigual.

El viento sopló fuerte sobre la loma, y por primera vez, la bestia dentro de ella no rugió con furia ni con ansias de escapar.

Simplemente estuvo allí.

Equilibrada.

El crujir de la hierba bajo unos pasos interrumpió su concentración.

Interesante enseñanza —dijo una voz suave, aunque firme.

Zarah giró la cabeza y vio a Gwen, la diácono de Selûne, acercándose con la luz de la luna reflejándose en su túnica. Su presencia tenía un aire de calma que contrastaba con la intensidad de la conversación anterior.

Ves tu licantropía como un don —continuó Gwen, con los ojos fijos en Zarah—, pero a veces parece que no estés contenta con ello.

Zarah bajó la mirada, con el kukri aún en su dedo.

No es que no lo aprecie… —susurró—. Pero tampoco es fácil.

Gwen se detuvo junto a ella, observando el arma en equilibrio.

Todo lo que somos tiene un peso. El don de la luna es poderoso, pero si lo percibes solo como algo que debes dominar o contener, jamás será realmente tuyo.

Zarah frunció los labios.

Liliana dice que debo encontrar el equilibrio.

Gwen inclinó la cabeza con una sonrisa suave.

El equilibrio no es un estado fijo, Zarah. Es un movimiento constante, como el mar bajo la luz de Selûne. A veces estarás más cerca de un lado, a veces del otro. Pero mientras recuerdes quién eres, nunca caerás.

La licántropo la miró, sintiendo un nudo en su pecho.

Liliana observó la escena sin intervenir, dejando que la lección calara en su alumna.

Zarah inspiró profundamente y cerró los ojos, sintiendo el peso del kukri en su mano.

Era cierto.

No tenía que elegir.

Solo tenía que aprender a moverse con el cambio.​
 

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Lucha

Cuando el sol se hundió en el horizonte, Zarah ya había dejado atrás los llanos exteriores de Athkatla. Se internó en un bosque solitario, donde nadie la vería si su voluntad fallaba.

La luna ascendió, y con ella, el ardor en sus venas. Su piel hormigueó, sus pupilas se expandieron, y su cuerpo ansiaba moverse con la agilidad depredadora de la bestia dentro de ella. Sus manos se crisparon, casi esperando que garras emergieran de sus dedos.

Se dejó caer de rodillas, jadeante. La noche la llamaba, susurrándole que corriera, que cazara, que se deslizara entre las sombras con el sigilo de un verdadero depredador. Pero Zarah apretó los dientes. Se forzó a respirar, a contener el temblor en sus músculos.

Clavó las uñas en la tierra fría, usando el dolor como ancla. Recordó quién era. No una criatura salvaje, no un espectro de la luna.

El deseo de cambiar la sacudió una última vez antes de desvanecerse con el alba. Agotada, se desplomó contra la roca. Había vencido otra noche. Pero la luna volvería, y cuando lo hiciera, ella estaría lista para resistir de nuevo.

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Consecuencias

El teniente Ewan conversaba con dos damas en los llanos exteriores de Athkatla, manteniendo su porte impecable y su tono educado, aunque distante. Hablaban de asuntos de un cieno, de la seguridad y de que todo aquello acabaría tocando hasta el Consejo de los Seis. Pero cuando su mirada se posó en la figura de Zarah, su expresión se endureció.

Con pasos medidos, se acercó a la licántropa, escrutándola con ojos fríos. Apenas necesitó palabras para dejar claro su desagrado. —No deberíais estar aquí, no veo vuestro lazo rojo—Cuando ella le presentó el salvoconducto del magistrado Gelvalm Williams, lo tomó entre sus manos con meticulosa lentitud, analizándolo en silencio. Era legítimo. Sin embargo, eso no alteró la decisión que ya había tomado en su mente.

Espero que sea bueno— dijo finalmente, sin elevar la voz, aunque su tono destilaba inquina. No arrojó el papel, pero se lo devolvió con una suavidad gélida que no disfrazaba su desprecio.

Ordenó a sus hombres que la escoltaran fuera de los llanos, indicando con un leve movimiento de cabeza hacia el camino del este. No levantó la voz ni profirió insultos; no era necesario. Su educación seguía intacta, pero su aversión era clara en cada mirada, en cada pausa calculada.

Las dos damas observaban la escena con curiosidad, pero sin intervenir. Cuando Zarah fue conducida fuera del lugar, Ewan volvió a ellas como si nada hubiera ocurrido. Ajustándose un guante con calma, retomó la conversación, dejando atrás la sombra de la licántropa como si nunca hubiese estado allí.​
 

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El Honor de una Bestia

La sala era austera, iluminada por lámparas de aceite que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra. El aroma a pergamino viejo y cuero impregnaba el aire, mezclándose con el leve olor metálico de las armas colgadas en los estantes. Frente a la gran mesa de madera, la Comandante Zahra al-Hakim observaba con atención a la mujer sentada ante ella.

Zarah, con movimientos comedidos y una postura impecable, se acomodó en la silla, sus ojos felinos reflejando la escasa luz de la habitación. La Comandante, con los dedos entrelazados sobre la mesa, no apartó la mirada de ella, analizando cada matiz de su expresión.

Háblame de tu maldición —ordenó Zahra, su voz firme pero carente de hostilidad.

Zarah vaciló un instante. Su rostro reflejaba una preocupación latente, y la inquietud se delataba en su sutil carraspeo antes de responder.

Soy un licántropo de gato, mi señora. —Su voz era suave, pero cargada de determinación—. La Dama de Plata me acogió, y sus fieles me educaron para ser una buena persona y servir a nuestra causa.

Zahra no se movió, pero su tono se endureció apenas un matiz.

¿Y eres incapaz de controlar tu condición, asumo? De lo contrario, entiendo que no estaríamos aquí, teniendo esta conversación.

Zarah dilató las pupilas, como un felino al acecho.

—Me temo que no es por eso.

El silencio se alargó un segundo. Luego, con cautela, prosiguió:

—Tomé una decisión… y esa decisión me trajo aquí.

Los ojos de jade de Zarah se fijaron en la Comandante con respeto, mientras Zahra se inclinaba levemente sobre la mesa, sus grandes ojos oscuros penetrando los suyos.

—¿Y por qué podría ser, entonces? —su tono no era inquisitivo, sino medido—. ¿Admites, acaso, que te transformaste voluntariamente en una bestia en nuestras tierras? ¿Poniendo en peligro a nuestros civiles?

Zarah tragó saliva antes de responder.

Vos y vuestros subordinados jurasteis proteger a Amn… —titubeó un instante—. Yo juré proteger a los inocentes.

La mirada de Zahra se endureció.

—Eso no es lo que te he preguntado. ¿Te transformaste o no de manera voluntaria en el límite de nuestras tierras? Es una pregunta sencilla.

Zarah asintió, con expresión serena.
La situación era extrema… y usé mi forma híbrida para ayudar. Arriesgándome a… esto. —Señaló su situación con un leve ademán—. Y las consecuencias son estas.

Zahra al-Hakim se reclinó en su sillón orejero, cruzando una pierna mientras su ceño se fruncía.

—De las consecuencias ni siquiera eres consciente, muchacha. Si siguiera al pie de la letra la Carta de la Moneda, ahora mismo estarías colgando de una soga. —Su voz era firme, pero no cruel—. Ahí fuera, donde pudieras servir de ejemplo a otras bestias como tú.

Zarah no se inmutó, simplemente asintió.

Lo sé, mi señora. Aprecio su buena fe al hablar conmigo.

La Comandante asintió levemente, más calmada.

La situación es la que sigue —prosiguió—. El Lazo Dorado no es un honor que pueda expedir un Magistrado. Para conseguirlo, uno debe servir con grandes honores a Amn y sus gentes. Demostrar con hechos, no solo con palabras, que es un activo valioso para nuestras filas.

Zarah permaneció en silencio, esperando pacientemente. Zahra notó su actitud y continuó.

Sin embargo, otros han tenido la oportunidad y el honor de conseguirlo. Tú también podrías hacerlo. No obstante, el riesgo es elevado y no podrías poner un pie en la ciudad hasta conseguirlo. La alternativa… no es muy diferente.

Zarah tomó aire antes de responder.

Comandante, sé que sois una mujer que cumple las normas y que habéis decidido perder vuestro valioso tiempo conmigo.

Zahra arqueó levemente una ceja.
Soy una fiel devota y servidora de la fe de Selûne, y estoy dispuesta a servir a Amn como lo he hecho hasta ahora.

—¿Incluso si no es dentro de sus murallas?


Zarah asintió con convicción.

No he hecho uso del salvoconducto que me concedió el Magistrado. —Dejó el papel sobre la mesa con gesto solemne—. Tengo un objetivo, mi señora: ser una más entre las gentes de Amn. Proteger y ayudar, sin perjudicarles.

La Comandante suspiró alargadamente, observando el papel antes de responder.

Lamento que te hayan hecho ilusiones en falso. Estoy segura de que el Magistrado tenía buenas intenciones, pero este salvoconducto no tiene valor. Ni siquiera yo podría concedértelo. El Lazo Dorado solo lo expide el Consejo de los Seis.

Zarah lo sabía. Lo aceptaba. Con un gesto deliberado, dejó también su libro de ciudadanía sobre la mesa, como si renunciara a lo que no le pertenecía todavía.

Zahra la estudió un instante antes de hablar de nuevo.

Te doy la oportunidad de servir en Kalathyr. Allí es probable que se levante una capilla en honor a Selûne, si las negociaciones con el Capitán y la señorita Sariel salen adelante.

Zarah sostuvo la mirada de la Comandante con humildad.

No fue un error mostrar mi naturaleza ante quienes me denunciaron. Lo hice por salvaguardar a inocentes y… sabiendo las consecuencias. Volvería a hacerlo.

Zahra medio sonrió.

No te mentiré. Kalathyr está en la frontera con el Imperio. Se esperan enfrentamientos, sobre todo desde que asesinaran a uno de nuestros batallones. Si sirves con honor y valentía hasta la culminación de la capilla y el refuerzo de la ciudad, me encargaré de que recibas ese Lazo Dorado. Sin embargo… la muerte es un fin tan probable como el primero.

Zarah asintió, con la calma de alguien que ya había aceptado su destino.

Selûne me ha puesto en este sendero por algo. Hay dos destinos… espero que sea el Lazo. —Esbozó una leve sonrisa—. En el Imperio hay seres como yo, según tengo entendido. Pero de otras especies.

Zahra curvó apenas una comisura de sus labios.

Yo también lo espero. —La miró con interés renovado—. ¿Respondes a algún nombre, muchacha?

—Mi nombre es Zarah.


Ah, curioso el destino. Mi nombre también es Zahra. Comandante Zahra al-Hakim.

Zarah inclinó la cabeza con respeto.

Descuida, Zarah. No os enviaría a un destino así mientras yo me quedo aquí. —Sus ojos se clavaron en los de la joven con determinación—. Yo también iré con vosotros a Kalathyr. Lucharé a vuestro lado, hasta cualquiera de los dos destinos.

Zarah la observó con un orgullo difícil de disimular.

—Será un honor.

Zahra se puso en pie y extendió la mano.

Bienvenida a las Fuerzas Armadas de Amn, Zarah de Selûne.

Zarah dejó los papeles sobre la mesa y estrechó su mano con respeto.

—Espero serviros bien.

—Ve con cuidado. Me aseguraré de que nadie te moleste en tu camino.


Zarah tomó un último respiro antes de despedirse.

—Gloria a Amn, y que Selûne guarde a sus gentes… y a vos.

Zahra inclinó la cabeza.

—Gloria a Amn.

Y con ese pacto sellado, los destinos de ambas quedaron entrelazados en la incertidumbre del porvenir.​

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Rosa de plata corazón de oro

La luna se alzaba plena y plateada sobre el bosque de Alandor, proyectando su resplandor sobre el claro sagrado donde los fieles de Selûne se habían reunido. La noche estaba perfumada por el aroma de la tierra húmeda y el susurro de las hojas, como si la propia diosa envolviera con su manto de luz y sombra a aquellos que le rendían homenaje. Zarah, sentada entre los asistentes, observaba con orgullo y gratitud la escena que se desarrollaba ante ella.
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El iniciado Axel, un hombre marcado por la fiereza de su sangre bárbara y la fortaleza de su espíritu, se encontraba en el centro de la ceremonia, con la cabeza inclinada. Zarah nunca había dudado de su destino, convencida de que fue ella quien lo había llevado a la luz de Selûne, aunque en su corazón sabía que había sido la propia diosa quien había guiado sus pasos. Su camino hasta este momento había sido uno de lucha y descubrimiento, pero ahora, bajo el cielo estrellado, estaba a punto de ser nombrado Caballero de la Luna.
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Frente a él, Sariel, con la solemnidad que correspondía a su posición. Sus palabras resonaban en el silencio reverente de la noche, imbuyendo la ceremonia de un peso sagrado. Cuando finalmente echó el agua sobre la frente de Axel, marco su compromiso eterno con la Dama Plateada, un escalofrío recorrió a Zarah. Era testigo de un renacimiento, de una vida entregada a la luz en medio de las sombras.

No hubo tiempo para que el orgullo de Zarah se apagara, pues la ceremonia continuó con otro momento de gran significado. Eothain, guerrero de gran honor y devoción, Sariel se arrodilló ante él, pidiéndole que siguiera sirviendo como hasta ahora y recibiera así su nuevo título: Capitán-Cruzado del Caballero de la Luna. La solemnidad de aquel instante se grabó en el alma de todos los presentes, y Zarah, sintiendo la fuerza de la fe compartida, abandonó su asiento y, sin dudarlo, se arrodilló también en señal de respeto. Nadie vaciló en seguir su gesto, y pronto todo el círculo de asistentes inclinó la cabeza en reconocimiento a su nuevo líder.

El viento danzó entre los árboles, llevando con él el murmullo de la bendición de Selûne. Zarah alzó la vista al cielo y sintió el resplandor de la luna como un bálsamo sobre su piel. Aquella noche no solo era un tributo a los que ascendían en la senda de la fe, sino también un recordatorio de que todos ellos estaban unidos en la luz plateada de su diosa.

Entonces, la última sorpresa de la noche llegó. Liliana, la maestra de esgrima de Zarah, se adelantó y con firmeza declaró su deseo de unirse a la fe de Selûne. Un murmullo de asombro recorrió a los asistentes, pero pronto se convirtió en un murmullo de gozo. La acogida fue inmediata y sincera, pues todos los selunitas sabían que su diosa aceptaba a todos aquellos que buscaban su luz.

Zarah sintió su corazón hincharse de emoción. Aquella noche era una prueba de que el camino de Selûne estaba siempre abierto para los que anhelaban la esperanza en medio de la oscuridad. La ceremonia había sido llevada a cabo en el bosque, lejos de las murallas de Athkatla, para que ella pudiera estar presente, y en ese momento se sintió más parte de su familia de fe que nunca.

Cuando la ceremonia concluyó, las llamas de las antorchas parpadearon bajo la brisa nocturna, y las estrellas titilaron en el cielo como testigos de todo lo que había ocurrido. Con la luna brillando sobre ellos, los selunitas celebraron su hermandad, y Zarah, con el alma henchida de felicidad, supo que aquella noche viviría para siempre en su recuerdo.​
 

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Devora Vacas

El frío de las montañas se colaba por cada rendija de mi armadura, pero no era el clima lo que erizaba mi piel. La tensión flotaba en el aire, tan densa como la niebla que se enroscaba entre las rocas.

Avanzábamos en fila, con las antorchas parpadeando a medida que nos internábamos en la garganta de los Picos de las Nubes. Nos guiaba la esperanza de encontrar al "Devora Vacas", pero lo único que aguardaba entre aquellas sombras era el eco de nuestras pisadas y el susurro de algo más... algo que nos observaba.

El teniente Ewan dio la señal para detenernos.

Desde la oscuridad emergieron figuras encapuchadas, esparciendo un hedor a carne quemada y sangre vieja. Los cultistas nos habían estado esperando.

Desenvainé mi arma y me lancé al combate junto a los demás, los gritos de batalla entremezclándose con el choque de metal contra metal. Sentí la adrenalina recorrerme como un río ardiente, pero otra sensación se alzó con ella: un tirón interno, un ardor primigenio que conocía demasiado bien.

Alcé la vista y vi la Luna llena, resplandeciendo con cruel indiferencia sobre nosotros. Mi corazón se desbocó. No ahora. No aquí. Pero mi cuerpo ya no respondía a mis órdenes.
El cambio llegó con la violencia de una ola que arrasa la orilla. Mis huesos crujieron, la piel ardió como si me desgarraran por dentro. Garras se extendieron donde antes habia dedos, mis sentidos se agudizaron y el mundo adquirió un matiz distinto. Oí cómo la respiración de los demás cambiaba, capté el hedor del miedo antes incluso de que llegaran los gritos.

Una palabra me atravesó como una daga:

"Monstruo."

Marcus.

Pero no tuve tiempo de detenerme en ello. Seguía habiendo enemigos, y mis instintos tomaron el control. Luché hasta que mi cuerpo amenazó con derrumbarse, hasta que el suelo estuvo cubierto de cadáveres y el aire impregnado del olor metálico de la sangre.

El silencio cayó sobre el campo de batalla, roto solo por mi respiración entrecortada. Sentí miradas sobre mí, algunas de horror, otras de incertidumbre. Pero cuando giré la cabeza, buscando un ancla en medio del caos, la hallé.

Sariel.

No tenía miedo. Nunca lo había tenido. Solo extendió una mano hacia mí, como lo hacía siempre.

El "Devora Vacas" no estaba allí. Pero los cultistas habían caído. Y el señor del abismo con ellos. Por fin los aldeanos son libres.

La misión había terminado, y algo en mi también lo había hecho.

No había vuelta atrás.​
 

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Los Ojos de Selûne

La luna se alzaba en el cielo, pero esa noche no brillaba. Era luna nueva, el momento en que Selûne, la diosa de la luna, quedaba ciega ante el mundo. Era en esas noches de absoluta oscuridad cuando las sombras se volvían más densas, cuando el peligro se deslizaba por los rincones del mundo sin que la mirada plateada de la diosa pudiera detenerlo.

Zarah lo sabía bien.

Su cuerpo ágil, cubierto de un pelaje oscuro como la noche, se deslizaba entre los tejados con la gracia de un felino. Era un licántropo de gato, y su conexión con la luna iba más allá de la transformación física. Sentía su luz incluso cuando no estaba, sentía su influjo en la sangre, y cuando Selûne cerraba los ojos, él los abría por ella.

En las noches de luna nueva, él era su mirada.

Las calles de la ciudad estaban sumidas en tinieblas, apenas iluminadas por faroles temblorosos. Entre esas sombras acechaban criaturas que aprovechaban la ceguera de la diosa: sectarios de Shar, ladrones que adoraban la penumbra, bestias que preferían atacar cuando nadie podía verlas venir.

Pero Zarah estaba ahí.

Saltó de un tejado a otro sin hacer ruido, sus patas acolchonadas amortiguaban cada movimiento. Desde lo alto, sus ojos felinos captaban cada destello de movimiento. Bajo él, en un callejón, un grupo de encapuchados se reunía. Sus voces eran susurros, pero Zarah no necesitaba ver la luna para sentir la corrupción en ellos. Shar, la eterna enemiga de Selûne, extendía sus garras en la oscuridad.

El licántropo se movió sin esfuerzo, su cuerpo una sombra entre las sombras. Cayó en el callejón sin emitir sonido, apenas una brisa en la noche. Uno de los encapuchados sintió algo, pero cuando giró la cabeza, ya era tarde. Un zarpazo certero lo dejó fuera de combate, y los demás apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que Zarah estuviera sobre ellos, su agilidad, su fuerza y su instinto combinándose en un torbellino de movimientos felinos.

Cuando el último cayó, Zarah se detuvo un momento, respirando con calma. Luego alzó la vista al cielo.

Selûne seguía ciega, pero por esa noche, sus ojos habían visto.

Zarah desapareció entre los tejados, dejando tras de sí solo el eco de su promesa: mientras la luna estuviera ausente, él sería su guardián en la oscuridad.​
 

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El Ojo de la Luna
La noche olía a sangre y ceniza. Zarah avanzaba con el sigilo de un depredador, moviéndose entre los cuerpos caídos y los restos carbonizados de lo que alguna vez fue un puesto fronterizo de Murann. El cielo era negro, sin rastro del fulgor plateado de Selûne. La diosa dormía o quizá simplemente se negaba a mirar.

Pero Zarah sí veía.

Los gritos de los heridos y el crepitar de la madera ardiente se mezclaban con el hedor a carne chamuscada. Orcos, ogros y bestias aún más horrendas yacían esparcidos, algunos muertos, otros gimiendo con las entrañas expuestas. La batalla no había terminado del todo, pero la victoria ya estaba decidida.

Y, en medio de aquel caos, la licántropo divisó a Gwenaëlle.

La clériga estaba de rodillas en la tierra oscura y húmeda, con los brazos hundidos en el pecho de un hombre. No un enemigo, sino un joven soldado aliado. Su cuerpo temblaba, y de sus labios escapaban susurros apremiantes, palabras que pretendían ser consuelo.

Tranquilo… Ya está. Todo estará bien…

Mentira.

Zarah lo sabía. Gwenaëlle también.

La luz plateada de su conjuro parpadeó sobre la herida, sellando la carne, reparando lo que podía. Pero era tarde. El muchacho había perdido demasiada sangre.

Su última palabra fue un gemido ahogado.

Mamá

Y luego, nada.

Zarah sintió cómo el peso de la muerte caía sobre los hombros de la joven. No era la primera vida que se le escapaba esa noche, ni sería la última. La guerra no tenía piedad con nadie, ni con los que luchaban ni con los que intentaban salvar vidas.

El campo de batalla rugía a su alrededor. Las llamas devoraban las empalizadas, tiñendo de rojo la silueta de los que aún luchaban. Algunos orcos retrocedían, gruñendo como bestias acorraladas, mientras los caballeros de la Rosa de Plata avanzaban con la determinación de un martillo aplastando un yunque. No había compasión para los siervos de la oscuridad.

¡Si no puede ponerse en pie, déjalo! —ladró un mercenario, pasando junto a Gwenaëlle con el rostro cubierto de la sangre oscura de un ogro caído—. Ya habrá tiempo para los entierros.

Gwenaëlle no reaccionó. Apenas podía moverse.

Zarah se acercó a ella, colocándose a su lado.

No había palabras que pudieran aliviar lo que sentía la clériga, pero la presencia de la licántropo sería suficiente.

La masacre continuó. Dentro del puesto fronterizo, los supervivientes de Murann se rendían, arrojando sus armas al suelo con gruñidos de resignación. Pero no recibirían clemencia.

Hasta el último —dictó el jefe de los mercenarios con la severidad de quien no tiene más remedio que ser cruel.

Zarah vio el horror reflejado en el rostro de Gwenaëlle cuando los mercenarios comenzaron su labor. Un tajo limpio en la garganta, un gorgoteo ahogado, y otro enemigo menos en el mundo.

La joven clériga tembló. Se llevó una mano a la boca y apartó la mirada.

Zarah la sostuvo del brazo y la guió fuera de allí. No necesitaba ver más.

Cuando la última bestia cayó, la noche quedó en un inquietante silencio. El viento arrastraba el olor de la muerte mientras las llamas devoraban los últimos vestigios de la fortaleza.

Y entonces, una figura surgió de la penumbra.

Sariel.

La Alta Sacerdotisa avanzó entre los cadáveres con la calma de quien ha visto estos horrores demasiadas veces. Su yelmo emplumado reflejaba el resplandor del fuego, y su cimitarra goteaba un rastro escarlata.

—¿Cuántos? —preguntó, con voz firme.

Zarah soltó suavemente a Gwenaëlle y se hizo a un lado.

La joven tragó saliva.

—Intenté salvarlos, pero…


Sariel no apartó la mirada.
—¿Cuántos?

—D-de los nuestros… cinco muertos. Catorce heridos graves.

—¿Y tú? ¿Estás herida? ¿Zarah?


Zarah se limitó a sacudir la cabeza, sus orejas apenas moviéndose con el gesto. No tenía heridas físicas. Pero la guerra nunca dejaba a nadie ileso.

Gwenaëlle no respondió de inmediato. La licántropo sintió la duda en ella, la lucha interna.

Estaba herida. No en el cuerpo, sino en el alma.

Sariel suspiró, colocando una mano en su hombro.

Tendrás que acostumbrarte —dijo, con una calma inquietante—. Estoy orgullosa de ti.

Las llamas crepitaban. Los últimos ecos de la batalla se desvanecían en la noche.

Pero Zarah vio en los ojos de Gwenaëlle que esas palabras no la reconfortaban.

Había cruzado un umbral del que no podría regresar.

Y Selûne, aunque ciega aquella noche, seguro que lo veía.​
 

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La Sombra de Selune

La luna llena ascendía en el firmamento, implacable en su fulgor plateado. La ciudad dormía, y con ella, los secretos que sus sombras guardaban. Pero no todos dormían. Zarah jadeaba en la penumbra de su refugio, sus manos crispadas en la piedra del altar donde había rezado hasta que su voz se tornó un susurro roto.

Selune, la Dama de la Luna, la observaba desde lo alto, testigo de su don. La licantropía felina ardía en sus venas, un fuego indomable que cada luna llena exigía su transformación. Su fe, fuerte como el acero, era el único muro entre su voluntad y la bestia que acechaba en su interior.

El dolor la atravesó como una lanza helada. Sus huesos se estremecieron, su piel hormigueó con la promesa de garras y colmillos. Zarah contuvo un grito, apretando los dientes hasta que la sangre le llenó la boca. No. No esta vez. No permitiría que su don la controlase, que la bestia la reclamara.

Cada noche de luna llena, Selune iluminaba hasta la sombra más oscura, pero Zarah sabía que había rincones donde ni siquiera la luz de la diosa podía llegar. Ahí, en los barrios olvidados, en los corazones desesperados, era donde ella llevaba su fe. Un faro para los que temían la noche, un refugio para aquellos que huían de sus propios demonios.

Las garras empujaban desde dentro de su piel, intentando liberarse. Su espalda se encorvó, un rugido casi escapó de su garganta. Pero Zarah aferró la piedra del altar, susurrando oraciones, recordando los rostros de aquellos a quienes había salvado. No sería un monstruo. No hoy. No mientras tuviera fuerzas para resistir.

El sudor perlaba su frente mientras sus músculos temblaban con el esfuerzo. Sintiendo el filo de la luna presionando su alma, cerró los ojos y evocó el recuerdo de las noches en que la paz la envolvía, las noches en que su fe bastaba para sostenerla. Con un último aliento, reunió toda su determinación y aferró su humanidad con garras de hierro.

La luna avanzó en su tránsito celestial, y con cada instante, la tormenta en su cuerpo cedía. La bestia gruñó en su mente, furiosa, pero derrotada. Cuando el alba pintó el cielo de tonos dorados, Zarah cayó de rodillas, extenuada, pero victoriosa.

Selune seguiría iluminando el mundo, pero Zarah sabía que su misión era otra: llevar la fe a los lugares donde la diosa no llegaba. Y mientras tuviera aliento, seguiría luchando, noche tras noche.

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Purificación (Devora Vacas)

El hedor del pantano era insoportable. Un aroma pútrido de muerte y corrupción se filtraba por cada rincón del terreno envenenado, una prueba irrefutable de que el "Devora Vacas" había extendido su maldición. Pero esta noche, nosotros éramos la resistencia.

La luna de Selûne colgaba en el cielo, pálida y distante, su luz apenas capaz de atravesar la neblina oscura que envolvía el pantano. Sentía su bendición ardiendo en mi pecho mientras me aferraba a mi fe. En mi forma híbrida, con garras alargadas y músculos tensos bajo el pelaje moteado, me sentía lista para la batalla.

Los druidas, ataviados con túnicas de hojas y huesos, habían comenzado su cántico, sus voces elevándose en un coro ancestral que resonaba en la noche. Nos rodeaban pilares de piedra tallados con glifos luminosos que canalizaban su poder. Nuestra misión era clara: defenderlos hasta que el ritual estuviera completo.

Ewan estaba cerca de Alice, ambos intercambiando órdenes con precisión marcial. Tanya vigilaba el flanco izquierdo con Raralia y Baltrak, el enano de alas poderosas que brillaban con un aura mística. A nuestra derecha, Loreliel y Boti se preparaban; el elfo cambiaformas ya había tomado su forma dracónica, sus ojos reflejando la luz del fuego. Y junto a mí, Zahal, La Lobuna e Intrépida Gunna, con sus armas listas para la carnicería. Lux, a lomos de su oso titánico, imponía con su presencia.

Entonces llegaron.

Los primeros en emerger del fango fueron los no muertos, sus cuerpos putrefactos deformados por la corrupción. Algunos aún vestían los jirones de sus antiguas vidas, los escudos destrozados de soldados caídos siglos atrás. Con un rugido, me lancé hacia ellos, mis garras desgarrando carne podrida y huesos quebradizos.

La batalla se desató en un caos absoluto. Espadas chocaban, el acero se hundía en carne oscura, flechas silbaban en el aire. Boti surcó el cielo en su forma dracónica, escupiendo llamas sobre las hordas que se amontonaban en nuestra defensa. Baltrak descendía en picada, su hacha reluciendo con energía sagrada. Loreliel blandía su magia como un torbellino de naturaleza indomable, enredando y aplastando enemigos con raíces y espinas. Zahal y Arawynn peleaban espalda contra espalda, una danza letal de aceros relampagueantes.

Pero entonces, el verdadero horror emergió.

El "Devora Vacas" se alzó del centro del pantano. Un cieno oscuro como la noche, su cuerpo amorfo y grotesco se retorcía con bocas y ojos parpadeantes. Tentáculos negros azotaban el aire, atrapando y disolviendo en segundos cualquier cosa que tocaban. Sentí su influencia oscura clavarse en mi carne, drenando mis fuerzas, sofocando mi espíritu.

Caí de rodillas, jadeante. Mi visión se nubló, la infección abrasando mi interior. Vi a mis aliados peleando, resistiendo con todo lo que tenían. Alice comandaba con furia, Ewan desataba su destreza marcial con ferocidad inigualable. Lux y su oso embestían contra los horrores del abismo, mientras que Dainn de los Negrasima luchaba con la terquedad de su pueblo.

No podía rendirme.

Con un grito gutural, volví a levantarme. Canalicé la bendición de Selûne y mis garras brillaron con un resplandor plateado. Corrí directo hacia el Devora Vacas. Boti descendió a mi lado en un rugido de fuego y Zahal aulló, llamando la furia de la manada. Golpeamos juntos.

Las garras impregnadas de luz lunar desgarraron la carne del cieno. Baltrak descendió como un meteoro, su hacha partiendo la criatura en dos. Lux y su oso derribaron lo que quedaba. Y entonces, con un último aullido de agonía, el ser se disipó en una niebla oscura.

El ritual alcanzó su punto álgido. Los druidas levantaron sus brazos y el poder de la naturaleza arrasó la corrupción del pantano. El aire se despejó, las aguas volvieron a ser cristalinas, y la luz de Selûne brilló sobre nosotros con más intensidad que nunca. Un grupo de unicornios aparecieron ante nuestro atónitos ojos.

Habíamos ganado. Exhausta y cubierta de heridas, caí de rodillas, pero sonreí. Selûne había guiado mi camino, y mis amigos estaban a salvo. El pantano estaba libre.

La guerra contra la oscuridad nunca acababa, pero esta noche, habíamos vencido.​
 

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La joven dama de la Luna arde en deseos de conocer todo lo que acontece sobre lo que muchos consideran una maldición, su licantropía. Par ella es un DON que Selune le ha concedido por algún motivo, aun por descubrir.

Para aprender a controlar sus instinto que le confieren su don, ha creído oportuno estudiarse a sí misma con la ayuda de sus compañeras de iglesia, sus hermanas, y alguna dama más.​

Capítulo I - La Observación de Zarah

El estudio de Gwenaelle sobre la licantropía de Zarah había comenzado con entusiasmo. Aquella tarde en la biblioteca, entre libros antiguos y plumas dispuestas para tomar notas, la teurga decidió hacer una primera prueba práctica.​
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Veamos… Hagamos una prueba —anunció con una sonrisa, observando a las demás.

La conversación comenzó con un análisis sobre las tendencias de los licántropos, sus hábitos y preferencias. Mernalyn, con su costumbre de morderse las uñas, comentó que no existía una historia racial unificada para los licántropos, sino que cada uno tenía su propia identidad, basada en su experiencia.

Comparten tendencias, mas no hay una norma establecida —añadió, mientras señalaba a Gwenaelle con un dedo—. ¿No hay acaso una tribu de bárbaros al norte cuyos integrantes son enteramente hombres lobo?

El tema derivó entonces en Nathlekh, la llamada “Ciudad de los Gatos”, un lugar que despertó la curiosidad de Zarah, quien, con un gesto involuntario, movió su nariz como el morrete de un felino.

—¿Cómo será una ciudad llena de licántropos gato? —reflexionó Gwenaelle en voz alta.

Caótica… —susurró Zarah, con una sonrisa contenida.

Pero Gwenaelle tenía en mente una prueba más inmediata. Con una calma estudiada, dejó una bolsa en el suelo y sacó una jaula repleta de ratones vivos. Al abrir la puerta de la jaula, los roedores corrieron en todas direcciones por la biblioteca.

Gwen… —murmuró Lyra, mirándola con incredulidad.

Shhh —pidió Gwenaelle, tomando rápidamente su estilográfica para anotar cada reacción de Zarah.

Zarah olfateó el aire, su cuerpo tensándose ante el instinto latente en su interior. Sus pupilas se dilataron.

Ganas de cazar… —susurró, sus ojos fijos en un ratón que se arrinconaba.

Pese a la conciencia de su humanidad, su cuerpo actuó antes que su mente. Con un movimiento ágil, atrapó la cola de un ratón bajo su pie y lo mantuvo preso.

Adelante —instó Gwenaelle, observando con fascinación.

Zarah golpeó con su otro pie al roedor, dejándolo inconsciente. Lo alzó con la mano, examinándolo con la mirada felina que ahora dominaba sus facciones.

—¿Sientes hambre cuando los ves? —preguntó Gwenaelle, inclinándose hacia ella.

Sí y no… Es la caza… la disfruto.

Sin pensarlo demasiado, Zarah espoleó el ratón con el talón, lanzándolo a su otra mano, jugueteando con él.

Gwen… dime por favor que esos ratones no vienen de las alcantarillas —dijo Mernalyn con una mueca.

Los demás la miraron con distintos grados de desconcierto, pero Gwenaelle solo asintió, fascinada por la transformación que ocurría ante sus ojos.

Zarah se trasformó en gato para dar caza a dos o tres roedores más… tras engullirlos se quedó quieta, lamió sus patas instintivamente, aseándose con la precisión de un felino antes de que su cuerpo comenzara a cambiar. Poco a poco, la silueta del gato negro que había sido hace un momento creció hasta recuperar su forma humana.

Podemos suponer que la forma animal de un licántropo opera tanto física como mentalmente como un ejemplar de su especie… —anotó Gwenaelle, pensativa—. Pensaba que retenían algunos prejuicios humanos, pero parece que los instintos prevalecen.

En mi forma animal reconozco a la gente —afirmó Zarah—, pero me guío más por el instinto. Puedo entender, pero no hablar. A todos los efectos, soy… un gato.

¿Y qué hay de entender a otros gatos? —preguntó Mernalyn con curiosidad—. ¿Podrías comunicarte con ellos?

Zarah frunció el ceño, reflexionando.

No lo sé… Puedo entender si quieren acercarse, cazar… montar a otra hembra…

¿Han intentado eso contigo? —preguntó Mernalyn con una carcajada.

Conmigo, no —respondió Zarah, divertida.

El estudio no había terminado. Gwenaelle tomó con cuidado los viales de sangre que Zarah le ofrecía.

Analizaré tu sangre y veré si contiene trazas de magia.

¿Puedes comprobar si reacciona a algún otro material aparte de la plata?

Lo haré.

Mientras tanto, Mernalyn había encontrado el último ratón y lo acariciaba con el índice.

Le llamaré Lorde Wilhelm von Böhm Tercero —anunció con solemnidad.

Zarah evitó mirarlo demasiado.

El próximo día… haremos pruebas exteriores —dijo Gwenaelle, cerrando su libreta con decisión—. Quiero que pasees bajo el influjo de varias fases lunares y me describas lo que sientes.

Zarah asintió.

Pronto habrá luna llena…

Gwenaelle sonrió con entusiasmo. El estudio apenas comenzaba, y las respuestas que buscaba prometían ser fascinantes.​


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Cápitulo II - Noche de luna llena

La luna brilla sobre mí, y no puedo apartar la vista de su luz. Es como si me llamara por mi verdadero nombre, uno que solo mi sangre comprende. Trato de resistirme, de aferrarme a mi propia voluntad, pero mi cuerpo responde antes que mi mente.
Primero, un escalofrío helado sube por mi espalda, como si un viento imposible atravesara mi piel. Luego, el calor. Mi pulso se acelera, tamborileando en mis sienes, en mi pecho, en mis muñecas. Mi piel hormiguea, mis huesos crujen, estirándose, reacomodándose como si buscaran su forma real.

El dolor es intenso, pero no insoportable. Lo he sentido antes, y aun así cada transformación es única. Esta vez, la luna está más alta, su luz más pura, y eso hace que todo sea más rápido, más profundo.

Mis manos—no, mis garras—rasgan la piedra del pozo donde me oculto. Mis dedos se han alargado, acolchonados en las palmas pero terminados en garras afiladas. Son sensibles. Puedo sentir la textura rugosa de la piedra, el musgo frío en sus grietas, la humedad que se aferra a su superficie.

Mi respiración cambia. Es más honda, más consciente del aire entrando y saliendo de mis pulmones. Los olores me golpean como una ola. El metal y el cuero de la armadura de Axel, el incienso apagado en la túnica de Sariel, el tenue perfume floral de Lyra. Incluso la sangre corriendo bajo su piel es perceptible si me concentro.

Mis orejas giran involuntariamente, captando sonidos que antes eran un murmullo lejano. Las pisadas de los guardias, marcadas y pesadas sobre el empedrado. Un ratón escabulléndose entre los barriles al otro lado de la calle. El crujido de la madera en una ventana mal cerrada. Todo es más nítido, más claro… más tentador.

Siento la necesidad de moverme, de saltar. Mi cuerpo es más ligero, como si la gravedad se hubiera suavizado solo para mí. Las garras en mis pies buscan aferrarse a la piedra, mis músculos vibran con una energía latente, ansiosa por liberarse en un salto ágil, en una carrera veloz por los tejados.

Pero no. Me obligo a quedarme quieta.

A pesar del instinto que tira de mí, la consciencia permanece. Sigo siendo yo.

El aliento cálido de Axel me saca de mi trance. No me ha perdido de vista. Su expresión no es de miedo ni de juicio. Me ofrece un frasco con un líquido que brilla tenuemente en la oscuridad.

—Tómala —su voz es baja, pero firme—. Ve y regresa al amanecer.

Tomo la poción con mis garras. El cristal es fresco y frágil entre mis dedos. Bebo de un solo trago, y la sensación es inmediata.

Es como si la luna soltara su agarre sobre mí, aunque solo en apariencia. Mi cuerpo sigue latiendo con la misma energía, pero ahora nadie podrá verme.

Doy un paso atrás, sintiendo cómo mi cola se mueve por instinto para equilibrar mi peso. Es extraño… en mi forma humana, todo mi equilibrio depende de mis pies y mi centro de gravedad. Pero así, con esta silueta híbrida, hay una nueva parte de mí que compensa cada movimiento sin que lo piense. Es… natural. Como si esta forma siempre hubiera estado allí, dormida dentro de mí.

Me alejo sin hacer ruido, cada músculo en mi cuerpo respondiendo con precisión perfecta. Es libertad.

Pero también es peligroso.

El instinto sigue allí, la necesidad de correr, de cazar, de perderme en la noche. ¿Cuánto de esto soy yo, y cuánto es la bestia dentro de mí?

Este es el estudio que Gwenaelle me pidió. No solo los cambios físicos, sino lo que siento, lo que pienso. ¿Dónde termina la licantropía y dónde empiezo yo?

Escribiré todo esto cuando vuelva. Pero antes… necesito probar algo...
 

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Unicornio blanco o negro

El bosque de Alandor me resultaba insoportable. La humedad se me pegaba al pelaje y cada pisada sobre el barro era una tortura. No había descanso para mis patas, solo agua, lodo y el olor rancio de hojas podridas. Selûne me perdone, pero maldecía cada gota de rocío que se aferraba a mis ropas.

Sin embargo, fue otro olor el que hizo que olvidara mi incomodidad: azufre y sangre. Apreté los dientes, sintiendo cómo se me erizaba el vello en la nuca. Lo compartí con el grupo, y avanzamos con cautela. No tardamos en encontrar una criatura informe, una masa palpitante de carne y ojos que parloteaba con una voz distorsionada. Nos reveló poco sobre los magos rojos antes de que Keira, harta de su sola existencia, le rebanara el cuello.

No le guardé rencor por ello. Algo tan antinatural no merecía seguir respirando.

Seguimos adelante y el aire se volvió más denso. Entonces, un aroma inesperado me golpeó. Era fresco, dulce… demasiado agradable para aquel lugar. Sentí una punzada en el estómago y mis instintos me gritaron que estábamos en peligro.

—¡Cuidado! —advertí, pero ya era tarde.

De entre las sombras emergió una súcubo. Piel perfecta, voz melosa, mirada de depredadora. Trató de negociar, de engañarnos con promesas vacías. Pero no tenía paciencia para sus juegos. Cuando la diplomacia falló, la batalla comenzó.

Y en la batalla, yo era una bestia.

El rugido que salió de mi garganta no era humano ni felino, sino una mezcla entre ambos. Dejé que mi cuerpo se transformara, sintiendo cómo mis huesos crujían y mi carne se expandía. En un instante, ya no era solo Zarah: era la cazadora, la bestia de la luna. Mis garras rasgaron carne y armaduras mientras me movía entre los enemigos con la agilidad de un felino y la furia de un licántropo.

No recuerdo en qué momento caí. Solo sé que de pronto, la oscuridad me envolvió.

Cuando desperté, mis compañeros ya habían atendido mis heridas y el camino seguía llamándonos. Eothain me alzó, palmeó mi hombro — lo hiciste bien, arriba guerrera, Lili estaría orgullosa—. Continuamos hacia nuestro destino, nos encontramos con un golem de hierro que no dudó en atacarnos. Su resistencia era formidable, pero tras una dura lucha, lo derrotamos. Vys, con su don, lo revivió para que nos guiara. Funcionó… por un tiempo. Luego, Keira tomó la delantera.

Salió a nuestro encuentro un grupo de caballeros Thayinos.. no tuvimos más opción que dar buena cuenta de ellos… el combate fue frenético pero una vez más salimos victoriosos y nuestro destino estaba aún más cerca…

Y entonces lo vimos.

El unicornio, majestuoso y puro, rodeado de magos rojos que entonaban su profano ritual. Sin esperar órdenes, cargamos.

Mi transformación fue inmediata. Mi cuerpo volvió a cambiar y mi furia se desató. Aquel campo de batalla se convirtió en un torbellino de acero, fuego y garras. Corté, rasgué, destrocé. Luché como si la luna misma me impulsara, con cada músculo ardiendo de poder.

Cuando el último mago cayó, el unicornio se acercó a nosotros. Sus ojos reflejaban la luna, y en un gesto solemne, dejó caer una lágrima de cristal. Me quedé quieta, mi pecho subiendo y bajando por la respiración agitada. No dijo nada, pero su reverencia lo dijo todo.

Y así, con la misión cumplida, nos volvimos a casa.

Alandor seguía siendo un pantano húmedo y detestable… pero al menos ahora, no olía a sangre y azufre.
 

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Luna Creciente sobre Kalanthyr

Por orden de la Comandante Zahra al-Hakim, he llegado a Kalanthyr con un encargo claro: apoyar en el transporte de materiales y ayudar en la reconstrucción de la villa… y llegado el caso… apoyar en la guerra inminente. No es el tipo de misión en la que suelo encontrarme, pero si la Diosa de la Luna me ha guiado hasta aquí, entonces es donde debo estar.

Las ruinas de Kalanthyr aún huelen a ceniza y piedra rota. Hay cicatrices en las calles y en los rostros de quienes han sobrevivido, pero también esperanza en sus ojos. Trabajo bajo la dirección de Lekin, un artífice devoto de Selûne. Es un hombre meticuloso, con manos firmes y una mente que parece siempre calcular, siempre idear la mejor manera de alzar muros donde antes hubo ruinas. Me ha encargado el transporte de vigas de madera y piedra desde los carros hasta los sitios de construcción, una tarea simple pero necesaria.

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No uso mi forma de licántropo felino aunque pudiera darme una ventaja en este trabajo. Los obreros me observan con una mezcla de asombro y cautela, todos aquí saben lo que soy… pero con el tiempo se acostumbran, al fin y al cabo… yo estoy aquí para ayudar.

Durante las noches, bajo la luz plateada de Selûne, me permito vigilar los alrededores. No hay señales inmediatas de peligro, pero la guerra y la desgracia atraen carroñeros de todo tipo. Si algo acecha en las sombras, lo veré antes de que pueda hacer daño.

Mañana, Lekin quiere empezar a reconstruir. Dice que necesitará refuerzos de piedra y que mis habilidades pueden ser útiles. Asiento sin dudar. No sé cuánto tiempo me quedaré en Kalanthyr, pero mientras mi misión sea traer orden del caos y luz a la oscuridad, seguiré trabajando.

Por la Luna y por Amn.
 
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Control de la bestia

La luz de la luna llena brilla con una intensidad dolorosa. Puedo sentir su llamada en lo más profundo de mis huesos, un eco de la voluntad de Selûne. Mi piel hormiguea, mis garras buscan surgir, pero cierro los puños con fuerza. No. No esta vez.

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Respiro hondo. Estoy en medio de una aldea pacífica, rodeada de inocentes. No puedo permitir que mis instintos tomen el control. Mis músculos tiemblan bajo la presión de la transformación reprimida, mi mente se nubla con el deseo de correr bajo la noche estrellada, de cazar… mis pupilas se dilatan. Pero no soy una bestia. No puedo serlo.

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Miro al cielo, maldiciendo y venerando a la vez a la diosa que me dio este don. Su luz es un bálsamo y no un tormento. Siento el rugido contenido en mi pecho, los colmillos arañando mis labios. Si cedo, si dejo que el instinto gane, sé que generaré el caos entre estas buenas gentes.

Me aferro a la única verdad que me mantiene en pie: ella me dio el don, debo controlarlo, debo aprender. Mi fe en Selûne no es solo devoción ciega; es elección, es voluntad. Me arrodillo, presiono la frente contra el suelo frío y oro, no por fuerza, sino por dominio sobre mí misma.

La luna arde sobre mi piel, la necesidad de cambiar es un incendio en mi alma, pero me mantengo firme. No esta vez.
 
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