
Habían pasado dos años desde la última vez que sentí que Amn era mi hogar.
Dos años desde que aprendí a caminar entre sus sombras sin dejar huella, a observar a quienes una vez fueron mi familia desde una distancia prudente y a aceptar que, para sobrevivir, a veces era necesario renunciar incluso al derecho de ser recordada.
Pero aquella vez había regresado.
No como Zarah.
No como la cruzada de Selûne. No como la licántropa que tantos habían aprendido a temer. Ni siquiera como la mujer que había compartido noches, batallas y plegarias con quienes ahora observaba desde lejos.
Había regresado como Shelyan.Un nombre prestado. Una identidad nueva. Una máscara.
Había llegado a Nashkel buscando a Gwenaelle.
Después de tantos años, no sabía qué encontraría al volver a verla. Quizá resentimiento. Quizá lágrimas. Quizá simplemente una mujer distinta de aquella que yo había dejado atrás.
Pero necesitaba encontrarla. Y fue entonces cuando apareció Zyon.
Lo encontré en una de las tabernas de Nashkel, acompañado de dos muchachas. Una vestía como guardia y la otra aseguraba ser aprendiz de alquimista. Los tres parecían llevar un tiempo recorriendo la población, y Zyon hacía de anfitrión, mostrándoles los rincones de Nashkel, ayudándolas a orientarse y procurando que su estancia fuera lo más agradable posible.
Me llamó la atención.
No porque hubiese nada extraño en aquella escena, sino porque parecía demasiado despreocupado para alguien perteneciente a la Iglesia de Selûne. Había una ligereza en sus gestos que me resultaba casi reconfortante.
Lo observé durante un rato antes de acercarme.
Y cuando finalmente tuve la oportunidad, le confié mi petición.
No podía buscar a Gwenaelle abiertamente. No podía presentarme como quien realmente era.
Así que hice lo único que podía hacer.
Le pedí que le hiciera saber que Shelyan estaba buscándola. No le conté demasiado. No todavía.
Solo necesitaba que el mensaje llegase a los oídos adecuados.
Después esperé. Dos días. Dos largos días en los que Nashkel volvió a convertirse en mi pequeño refugio. Caminé por sus calles, observé a sus gentes, escuché conversaciones ajenas y procuré acostumbrarme de nuevo al olor de Amn.
Hasta que Zyon regresó. Y no lo hizo solo. A su lado estaba ella. Gwenaelle.
Durante un instante me quedé completamente quieta.
Había imaginado aquel momento cientos de veces durante los años que pasé lejos, pero ninguna de aquellas imágenes se parecía a la realidad.
Porque allí estaba. Más adulta. Más cansada. Distinta. Pero seguía siendo Gwen.
Mi Gwen.
La muchacha que había permanecido a mi lado cuando yo apenas sabía qué hacer con la bestia que llevaba dentro. La mujer que había conocido mis peores noches y había permanecido a mi lado cuando ni siquiera yo sabía si podía confiar en mí misma.
Y ahora estaba frente a mí. No necesité palabras. El reencuentro entre dos viejas amigas no necesitaba explicaciones.
Solo el tiempo que tardamos en reconocernos de verdad.
Después me llevó con ella. A su casa. Era una pequeña vivienda de dos plantas, humilde y algo desordenada, pero acogedora. No tenía la solemnidad de un templo ni la disciplina de una residencia del Capítulo. Era simplemente un hogar.
Y aquello me sorprendió más de lo que esperaba.
Había vida allí. Mucha. En cuanto crucé el umbral, mis sentidos comenzaron a hablar antes que nadie.
El olor de la casa era una mezcla de madera, comida, ropa limpia, pergaminos, hierbas y algo más.
Algo pequeño. Dos presencias infantiles. Dos niñas.
No necesitaba verlas para saber que estaban allí.
También había animales. Alguna mascota correteaba por la casa, dejando ese rastro de olor que para cualquier otra persona habría pasado desapercibido, pero que para mí era tan evidente como una huella fresca sobre la nieve.
Me quedé un instante en silencio.
Gwenaelle había construido una vida. Una vida que yo no conocía. Una vida que había seguido avanzando mientras yo permanecía escondida en las sombras.
Y entonces comprendí que no podía seguir mintiendo a todos los miembros de la Iglesia.
Y quizá tampoco a Zyon. Lo llevé aparte. Hasta aquel momento, para él yo había sido simplemente Shelyan. Una viajera.
Una mujer que había aparecido en Nashkel buscando a una amiga.
Pero había llegado el momento de que conociera la verdad. Le revelé quién era realmente. Le dije que mi nombre era Zarah. Que había regresado a Amn después de mucho tiempo.
Que Shelyan no era más que una identidad que necesitaba para poder moverme por aquellas tierras sin atraer miradas que no deseaba.
Y después le revelé la parte que siempre había sido más difícil.
Mi naturaleza. La don. El don. La gata que habitaba bajo mi piel.
Era una licántropa. Una mujer marcada por Selûne que podía convertirse en una criatura felina.
No sabía qué esperaba encontrar en su rostro cuando terminara de hablar.
Miedo. Rechazo. Sorpresa. Tal vez incluso desprecio. Había aprendido a convivir con todos ellos.
Pero mientras permanecía allí, frente a Zyon, comprendí algo que llevaba demasiado tiempo olvidando. No había vuelto a Amn para esconderme para siempre. Había vuelto para recuperar mi vida.
Para volver a mirar a los ojos de quienes había dejado atrás.
Para descubrir qué quedaba de aquella muchacha que un día salió de estas tierras y qué podía llegar a ser ahora la mujer que regresaba.
Durante años fui la sombra de Amn. La gata que observaba desde los tejados. La criatura que caminaba bajo la luna sin que nadie supiera su nombre.
La cruzada que tuvo que aprender a existir lejos de su hogar. Pero ahora estaba allí. En Nashkel. Con Gwenaelle.
Con una nueva vida frente a mí. Y con alguien que acababa de conocer mi secreto.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de huir.
Y aquel día comprendí que mi regreso no era el final de una historia. Era el principio.
El principio del nuevo camino de la gata de Amn.