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A la luz de la Luna

Orador

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Ambar sobre Gris
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Los Llanos de Athkatla tenían esa extraña costumbre de reunir a quienes jamás deberían cruzarse. Aquella noche, sin embargo, yo no era Zarah.

Era Rosselyn, escolta personal del magistrado Heny Tane. Espalda erguida, mirada serena y una paciencia que había aprendido a fingir con los años. Mi verdadero rostro permanecía enterrado bajo modales impecables y un nombre prestado.

Entre los puestos encontré a Ariane Brillarlba, atendiendo sus mercancías, con Liam, el peliblanco, vigilando sus alrededores. Cerca estaban la dama Madeleine, inseparable de su señor, la maestra Jadzia, de la Arcanum, y otros tantos rostros que poblaban el bullicio nocturno.

Tras las compras y las cortesías de rigor, el magistrado me concedió la noche libre.

Me despedí de Liam con una sonrisa, aunque algo en sus ojos me hizo vacilar.

Ámbar. Un fulgor diminuto, casi imperceptible. Pero yo conocía demasiado bien aquel color para ignorarlo. Durante un instante, el pasado arañó las puertas de mi memoria.

—Tienes unos ojos preciosos —le dije, dejando la frase suspendida entre nosotros como una invitación o una advertencia.

Me alejé sin mirar atrás. No tardó en alcanzarme. Sus dedos se cerraron alrededor de mi brazo y me condujo hacia un callejón, lejos de las miradas indiscretas. No opuse resistencia. A veces, para descubrir qué esconde un depredador, basta con permitirle creer que lleva la iniciativa.

Hubo sonrisas, provocaciones y roces calculados. Un juego de miradas, alientos y silencios. Después, un beso ardiente quebró cualquier fingimiento. Mis dientes encontraron su labio y una gota de sangre selló el instante.

Su sabor me habló de una verdad que las palabras jamás habrían confesado. Liam dejó de preguntarse qué había visto en mí. Su instinto tomó las riendas.

Pero fui yo quien empezó a observarlo de otra manera. Porque aquellos ojos no solo escondían un secreto.

Lo reconocían. Y mientras me apartaba de sus labios, comprendí que quizá no había sido yo quien había encontrado una presa aquella noche.

La verdad estaba cerca. Demasiado cerca.

Y, bajo mi nombre falso, la gata acababa de despertar.​
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Aguja y el precio de una vida
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En los bajos fondos de Amn aprendí pronto que los nombres son monedas y la confianza, una deuda que casi siempre se cobra con sangre. A mí me llaman Aguja. Un apodo apropiado: pequeña, discreta y capaz de encontrar el hueco exacto por el que hacer daño.

Aquella noche no caminaba sola.

Mercer, la Rata Coronada, abría camino junto a Sombra, nuestra incorporación más reciente, de quien todavía sabía poco. Migajas, veterano de manos diestras; Sand, mi vieja sombra; Azzo, el conseguidor, con su garfio y su delgado; Eclipse, conocedor de los secretos que se pudren entre las cofradías; Ambar, una mujer que parecía leer cosas que los demás ni siquiera sabíamos preguntar; y Livae, un mediano, el más diestro cerrajero. Una compañía peculiar, incluso para mí.​
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Nuestro destino era una mansión. Allí retenían al hijo de Arkeus, un hombre al que conocí durante aquella subasta infame donde se comerciaba con trolls, gnolls, trasgos y otras criaturas. Él también era prisionero, aunque sus cadenas fueran invisibles: obedecía porque tenían a su hijo.​
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No hay grilletes más crueles que el amor.

Encontramos un vigía trasgo cerca de la propiedad. Mercer se acercó y, con un movimiento tan limpio que apenas vi la hoja, lo dejó muerto sin apenas derramar sangre.
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La mansión nos aguardaba.

Una ventana en el segundo piso ofrecía nuestra entrada. Mientras otros recurrían a la fuerza o a la magia, yo trepé por la fachada como una gata por un tejado. Ligera. Silenciosa. Elegante. Sentí las miradas de mis compañeros a mi espalda, pero no me detuve a disfrutarlas.

Dentro, avanzamos hacia el sótano. Una tabla crujió bajo una bota inoportuna. No señalaré culpables; las sombras tienen sus propias leyes. Un trasgo asomó la cabeza. No nos vio. Cuando se volvió, mi hoja le abrió la garganta. La sangre ahogó cualquier grito. Sombra se ocupó del siguiente.

Uno, dos, tres, cuatro pasos. Otro vigía. Otra muerte.

Yo solo pensaba en el muchacho. En cuánto tiempo llevaba encerrado. En qué le habrían hecho para mantener sometido a su padre. Había visto demasiadas veces cómo los poderosos convertían a los inocentes en herramientas. Aquella noche no permitiría que otro niño terminara siendo una mercancía más.

Entonces apareció Arkeus. Livae estuvo a punto de confundirlo con una amenaza, pero el hombre logró explicarse. Nos entregó una llave y nos habló de un conjuro que lo mantenía prisionero de la mansión. Su hijo debía de estar abajo.

Descendimos.

Y allí encontramos algo que no pertenecía al mundo de los vivos. El combate fue brutal, una danza de acero y terror en la que cada error podía costarnos el alma. Sand destruyó finalmente el prisma que sostenía a aquella abominación. El espectro se deshizo y, tras él, encontramos al niño.

Pero la libertad tenía una trampa: unas runas grabadas en su piel alertarían a sus captores si abandonábamos la casa con él. La magia nos ofreció una salida. Intercambiamos su presencia por la de un trasgo y conseguimos escapar sin despertar la alarma.

Después llegó el intercambio. Arkeus nos esperaba con un carro cargado de mercancía, cerca de Crimmor. No hubo grandes discursos ni promesas solemnes. Solo un padre recuperando a su hijo.

Me quedé observándolos un instante, desde la distancia.

No soy una heroína. No busco canciones, estatuas ni bendiciones. En mi mundo, la bondad suele ser una debilidad que otros aprovechan.

Pero aquella noche no robé oro, ni secretos, ni favores.

Aquella noche robé un niño de las manos de quienes creían poseerlo.

Y si alguien pregunta por qué Aguja se jugó el pellejo por un desconocido, que mire a cualquier padre abrazando a su hijo y trate de encontrar una respuesta mejor.

Hay cosas que ni siquiera los bajos fondos deberían vender.

Y hay agujas que, de vez en cuando, sirven para coser lo que otros se empeñan en desgarrar.

Offtopic :
Gracias @DM Artyom por la escena, fue un lujo.

Gracias a todos los que asistieron, sois unas máquinas.
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