Finnereg
Discípulo comegemas
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Una joven elfa pasó corriendo por delante de la escuela donde cada mañana solía asistir para ser instruída en los saberes de su pueblo y su raza. Ésta vez no entró como había hecho tantos días atrás. La joven pelirroja no mediría más de metro y medio, pero sus pies ligeros y menudos corrían sin parar de vuelta a casa, su cuerpo delgado y aun por desarrollar, se movía inquieto, intentando esconderse de aquellos que la reconocieran y evitando que le preguntaran porqué no estaba donde debía en esos mismos momentos.
Llegó a su casa, y en lugar de entrar por la puerta, se coló directamente por la ventana de su cuarto, entró con mucho cuidado de no tirar nada ni hacer ruido. Se asomó de puntillas escuchando, parece que había suerte, sus padres no estaban ya, habrían salido a sus quehaceres y el abuelo tampoco estaba sentado en su sillón practicando la escritura. Los dioses me sonríen, pensó. Seguro que es lo que quieren que haga, se repetía. Mientras cogía una mochila y metía en ella una muda de ropa, un odre con agua, unas manzanas y unas galletas. Descolgaba de la pared el arco que su padre le había regalado unas primaveras atrás, recogía cuerdas de repuesto y un carcaj lleno de flechas de colores, parecía sin duda un regalo para un niño más que un arma real, pero sin duda, podría defenderse con ello. Arrojó todo por la ventana y dando un último vistazo se despidió sin pena de su hogar,- ¡me voy! –Sentenció.
Esa misma mañana se había levantado como siempre, se había aseado y tomado un frugal desayuno junto a su familia y cogiendo su cuaderno pasó por casa de Yendar, su vecino y buen amigo, para ir juntos a la escuela. Siempre se habían llevado muy bien, y él siempre había estado ahí para protegerla. Pero en los últimos años las cosas habían ido cambiando poco a poco. Sus compañeros comenzaron a señalarle y hablar a sus espaldas, algunos incluso le trataban mal por ser un “orejas redondas”. Pero a Acala esto no le importaba, Yendar era su amigo, y al contrario del resto, ella lo seguía viendo igual, si que era cierto que había ido cambiando los últimos años, pero que su voz se volviera algo más grave, que hubiera crecido… mucho, o sus brazos y cuerpo fueran más anchos que los de los demás, a ella no le importaba, porque seguía siendo él, aunque más triste y taciturno. Aquella mañana, pasó como siempre por su casa, pero su madre con ojos bañados en lágrimas le confirmó que había partido para no volver.
Acala corrió dejando caer sus cuadernos por el camino hacia la salida de la aldea, deseando encontrarlo, gritarle que no se fuera, o que por lo menos la esperara, pero aun corriendo todo lo que pudo, el camino que abandonaba su hogar estaba completamente desierto. Gritó su nombre, y no obtuvo respuesta. Así que decidió volver a casa sin detenerse, y hacer una pequeña maleta para salir en su búsqueda y acompañarle.
Durante toda la mañana estuvo primero corriendo, y luego caminando sin parar hasta que casi al medio día le vio sentado al pie de un gran roble comiendo. Acala se escondió a una distancia prudencial, su primer impulso fue salirle al paso y gastarle una broma. Pero mientras estaba escondida tras unos arbustos florales, pensó en lo cerca aún que estaban de casa, y que sin duda Yendar la arrastraría de vuelta, debía esperar a estar más lejos y que no tuviera más remedio que llevarla con él.
Y así lo hizo, durante dos días se ocultó y siguió de lejos entre la espesura a su buen amigo. La joven elfa siempre había sido muy buena escondiéndose, y no fue hasta el tercer día que decidió salirle al encuentro.
Evidentemente la reacción de Yendar no fue muy buena, pero no tuvo más remedio que soportar aquella carga, que quién sabe si era un alivio más que una carga, el llevar a su joven amiga de compañera, aunque de la misma edad, con una gran diferencia en madurez debido a la sangre humana que corría por sus venas.
Y es así, como en el primer pueblo civilizado Yendar obligó a Acala a escribir una carta a su familia, haciéndoles saber que estaba bien, y que acompañaría a su amigo a conocer los mundos humanos y las otras razas. Evidentemente no esperó a conocer la respuesta de su familia, pues bien sabía lo que opinarían.
Durante meses atravesaron Calimshán y recorrieron sus ciudades, haciendo pequeños encargos para sobrevivir fuera de los bosques. Oyeron de un barco que salía a Amn, y decidieron probar en una zona nueva.
Llegó a su casa, y en lugar de entrar por la puerta, se coló directamente por la ventana de su cuarto, entró con mucho cuidado de no tirar nada ni hacer ruido. Se asomó de puntillas escuchando, parece que había suerte, sus padres no estaban ya, habrían salido a sus quehaceres y el abuelo tampoco estaba sentado en su sillón practicando la escritura. Los dioses me sonríen, pensó. Seguro que es lo que quieren que haga, se repetía. Mientras cogía una mochila y metía en ella una muda de ropa, un odre con agua, unas manzanas y unas galletas. Descolgaba de la pared el arco que su padre le había regalado unas primaveras atrás, recogía cuerdas de repuesto y un carcaj lleno de flechas de colores, parecía sin duda un regalo para un niño más que un arma real, pero sin duda, podría defenderse con ello. Arrojó todo por la ventana y dando un último vistazo se despidió sin pena de su hogar,- ¡me voy! –Sentenció.
Esa misma mañana se había levantado como siempre, se había aseado y tomado un frugal desayuno junto a su familia y cogiendo su cuaderno pasó por casa de Yendar, su vecino y buen amigo, para ir juntos a la escuela. Siempre se habían llevado muy bien, y él siempre había estado ahí para protegerla. Pero en los últimos años las cosas habían ido cambiando poco a poco. Sus compañeros comenzaron a señalarle y hablar a sus espaldas, algunos incluso le trataban mal por ser un “orejas redondas”. Pero a Acala esto no le importaba, Yendar era su amigo, y al contrario del resto, ella lo seguía viendo igual, si que era cierto que había ido cambiando los últimos años, pero que su voz se volviera algo más grave, que hubiera crecido… mucho, o sus brazos y cuerpo fueran más anchos que los de los demás, a ella no le importaba, porque seguía siendo él, aunque más triste y taciturno. Aquella mañana, pasó como siempre por su casa, pero su madre con ojos bañados en lágrimas le confirmó que había partido para no volver.
Acala corrió dejando caer sus cuadernos por el camino hacia la salida de la aldea, deseando encontrarlo, gritarle que no se fuera, o que por lo menos la esperara, pero aun corriendo todo lo que pudo, el camino que abandonaba su hogar estaba completamente desierto. Gritó su nombre, y no obtuvo respuesta. Así que decidió volver a casa sin detenerse, y hacer una pequeña maleta para salir en su búsqueda y acompañarle.
Durante toda la mañana estuvo primero corriendo, y luego caminando sin parar hasta que casi al medio día le vio sentado al pie de un gran roble comiendo. Acala se escondió a una distancia prudencial, su primer impulso fue salirle al paso y gastarle una broma. Pero mientras estaba escondida tras unos arbustos florales, pensó en lo cerca aún que estaban de casa, y que sin duda Yendar la arrastraría de vuelta, debía esperar a estar más lejos y que no tuviera más remedio que llevarla con él.
Y así lo hizo, durante dos días se ocultó y siguió de lejos entre la espesura a su buen amigo. La joven elfa siempre había sido muy buena escondiéndose, y no fue hasta el tercer día que decidió salirle al encuentro.
Evidentemente la reacción de Yendar no fue muy buena, pero no tuvo más remedio que soportar aquella carga, que quién sabe si era un alivio más que una carga, el llevar a su joven amiga de compañera, aunque de la misma edad, con una gran diferencia en madurez debido a la sangre humana que corría por sus venas.
Y es así, como en el primer pueblo civilizado Yendar obligó a Acala a escribir una carta a su familia, haciéndoles saber que estaba bien, y que acompañaría a su amigo a conocer los mundos humanos y las otras razas. Evidentemente no esperó a conocer la respuesta de su familia, pues bien sabía lo que opinarían.
Durante meses atravesaron Calimshán y recorrieron sus ciudades, haciendo pequeños encargos para sobrevivir fuera de los bosques. Oyeron de un barco que salía a Amn, y decidieron probar en una zona nueva.