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Adrie Naïlo — Diario de viaje

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Día 1 — Hogar en el bosque

No nací dentro de Suldanessellar.
Nací en una pequeña casa de madera y piedra, escondida entre los árboles al sur de la ciudad élfica. Lo bastante cerca para ver sus luces en la noche clara… pero lo bastante lejos para que mi padre pudiera vivir en paz.

Mi madre, Lethariel Naïlo, es elfa y Caballera de la Luz, devota de Corellon Larethian.
Mi padre, Darian Naïlo, humano amniano, es bardo errante y seguidor de Mielikki, dama de los bosques y los senderos.

Los elfos no permiten a los humanos vivir en Suldanessellar.
Así que mis padres hicieron lo único posible: construir un hogar en el bosque cercano.
Allí crecí, entre dos mundos.

Visitaba Suldanessellar con mi madre en ocasiones.
Nunca como habitante, siempre como invitado.

Aprendí pronto que pertenecía a ambos… y a ninguno del todo.

Día 1
Nací junto al bosque, sin muro ni ciudad,
casa entre raíces, silencio y claridad.
Madre de Suldanessellar, de acero y de honor,
padre bardo humano, cantor del verdor.

Corellon en su espada, Mielikki en su voz,
crecí entre dos mundos… y ambos dentro en mí, los dos.


Día 12 — Entrenamiento

Mi infancia no fue de nobleza ni privilegio.
Fue de disciplina.

Mi madre me entrenó en la espada larga y en el juramento de la luz.
Mi padre me enseñó a tocar el laúd, a cantar historias y a entender a las personas antes de hablar.

En casa se honraba a Corellon con reverencia.
También a Mielikki, con respeto.

No competían entre sí.
La luz del arte y la protección del bosque podían convivir.

El último año antes de partir fue el más duro.
Entrenamiento diario.
Canción, combate, oración.

Cuando ambos consideraron que estaba preparado, supe que pronto marcharía.

Día 12
Mi madre me dio filo, postura y decisión,
mi padre me dio cuerdas, historias y canción.
Espada y laúd, sendero y oración,
así fue mi infancia, así mi formación.

No hubo oro ni gloria, ni título ni ley,
solo práctica dura… y aprender a quién ser.


Día 13 — Juramento

Mi juramento no fue en un templo, sino en un claro del bosque.
Mi madre encendió dos antorchas.
Mi padre afinó el laúd.

Ante Corellon, pronuncié mis palabras:

Prometo no servir a tiranos ni someter a inocentes.
Prometo que mi acero será libre y mi palabra sincera.
Protegeré la belleza del mundo, ya sea en arte, bosque o vida.
Y si caigo, que sea con la voluntad intacta y el espíritu libre.


Mi madre me entregó una vaina usada por años de servicio.
Mi padre me dio su laúd de viaje.

Al amanecer, dejé la casa del bosque.
Suldanessellar quedó atrás entre los árboles.

Día 13
En un claro del bosque juré bajo la luz,
que nunca mi acero serviría a la cruz
de tiranos sin alma ni oscuros señores,
que lucharía por vida, belleza y colores.

Corellon escuchó, el bosque guardó voz,
y partí del hogar… con dos dioses en pos.


Día 20
Dejé tras los árboles mi hogar y mi niñez,
Suldanessellar lejos, dorada otra vez.
Mi laúd a la espalda, la espada al costado,
y un mundo demasiado grande a mi lado.


No soy gran guerrero, ni mago de poder,
solo un joven viajero… que empieza a aprender.


Día 38 — Camino hacia Amn

El mundo es más duro lejos del bosque.
También más ruidoso.

He empezado a tener sueños extraños.
Cuevas profundas.
Roca templada.
Una presencia de cobre que no parece enemiga.

No lo he contado a nadie.

Día 38
En sueños vi cuevas de brillo cobrizo,
un calor amistoso, profundo y macizo.
No era amenaza ni sombra cruel,
sino un eco lejano… que me llama a él.


Desperté sin respuesta ni explicación,
solo extraña presencia latiendo en mi corazón.


Día 67 — Athkatla

Llegué a Athkatla sin fama ni fortuna.

Mi primer encargo: dar caza a un lobo que rondaba una granja.
Me llevó más tiempo del esperado, pero cumplí.

Luego ayudé a un criado a convencer a su señor de abandonar un barrio peligroso.
Palabras en vez de acero. Mi padre estaría orgulloso.

Esa noche soñé con una caverna iluminada por reflejos cobrizos.

Día 67
Athkatla me recibió sin nombre ni honor,
primer trabajo humilde: cazar un lobo feroz.
No fue gran hazaña, ni canto en salón,
solo granjero aliviado… y unas monedas en don.


Esa noche en la posada, sin fama ni voz,
soñé con la cueva… y un brillo atroz.


Día 70
Convencí a un noble de huir del lugar,
su criado temía que fuera a acabar
en barrios oscuros de daga y traición,
usé más palabras… que fuerza o presión.



Mi padre estaría orgulloso de mí,
la lengua también salva… aprendí allí.


Día 79 — Trabajo humilde

Dos días limpiando ratas de unas alcantarillas.
Poco digno. Necesario.

Mi madre decía que la luz debe entrar incluso en los lugares bajos.

Día 79
Ratas en cloacas, hedor y humedad,
poco honor en el pago, pero necesidad.
Espada en lo bajo, sin gloria ni luz,
también ahí la promesa… mantiene su cruz.

Si la luz no entra en lo oscuro y ruin,
¿qué valor tendría jurar por el bien?


Día 96 — Camino a Crimmor

Transporté cajas desde Athkatla a Crimmor.
Largo camino, pocas monedas.

Soñé otra vez.
Escamas de cobre en la oscuridad.
Calor agradable, no hostil.

Al despertar, el aire parecía más cálido de lo normal.

Día 96
De Athkatla a Crimmor llevé cargamento,
cajas y cansancio, polvo y viento.
Camino sin canto ni historia que contar,
solo pasos firmes… y seguir sin parar.

Mas al dormir, en la noche callada,
la risa de cobre volvió… susurrada.


Día 112 — Catacumba

Me pagaron por recuperar un elixir perdido.
La cripta no estaba vacía.

Esqueletos menores se alzaron de nichos rotos.
Un par de zombis torpes custodiaban el interior.
Nada glorioso… pero peligroso para alguien como yo.

Salí herido, pero con el elixir.
Trabajo cumplido.

En la salida creí oír una risa grave en la piedra.
La misma de mis sueños.

Día 112
Catacumba vieja, encargo menor,
buscar un elixir perdido en su interior.
Esqueletos torpes salieron a luchar,
y zombis lentos quisieron morder y atrapar.

Salí con heridas, el frasco y temor,
pero el sueño esa noche… fue aún mayor.


Día 131 — Cuevas

He explorado pequeñas cuevas de trasgos cerca de Purskul.
Kobolds dispersos.
Un orco que casi me mata.

Su hacha rozó mi cuello.
Sobreviví por poco.

Esa noche, el sueño volvió con más fuerza.
Una silueta de cobre, observando.
Esperando.

Día 131
Cuevas de trasgos, kobolds y un orco brutal,
su hacha casi acaba mi viaje mortal.
Por poco mi historia terminaba allí,
sin canción ni memoria… ni nombre de mí.

Esa noche en fiebre, la visión volvió,
una sombra de cobre… que me observó.


Día 147 — Presente

Viajo entre Athkatla, Crimmor, Purskul, Imnescar y Caravasar.
Trabajos pequeños:
matar ratas,
escoltar suministros,
investigar cuevas,
resolver encargos discretos.

Nadie canta mi nombre.
Nadie me espera.

Cada noche repito mi juramento a Corellon.
A veces también rezo a Mielikki, como hacía mi padre antes de dormir.

Y siempre vuelven los sueños.
La cueva.
El calor.
El cobre.

No soy un héroe.
Solo un viajero con espada, laúd y promesa.

Pero algo, en lo profundo de la tierra y del sueño…
parece conocerme.


Día 147
Hoy sigo viajando sin fama ni hogar,
por caminos de Amn sin mucho que contar.
Ratas y encargos, bandidos tal vez,
pequeñas tareas… una y otra vez.

Pero al cerrar ojos y oír el calor,
siento que algo aguarda… profundo y mejor.

No soy gran héroe ni sabio dragón,
solo espada, laúd… y un joven corazón.
Mas sé que el destino, en piedra y fulgor,
me llama en silencio… con voz de dragón.



Offtopic :
Yo si me he ayudado muchísimo de Chat GPT, si quieres lo lees y sino, no
 
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Día 152 — Los tres frascos​

En los llanos cercanos a Athkatla me crucé con un comerciante llamado Vesper Riordan. Su puesto parecía más propio de un mago acaudalado que de un viajero de caminos polvorientos. Frascos de todos los colores, metales extraños, pequeños artefactos cuya utilidad apenas podía imaginar.
Nada de aquello estaba a mi alcance.
Finalmente adquirí dos pociones: una que envolvía el cuerpo en llamas, otra que lo hacía supurar ácido. Antes de despedirnos, quizá por simpatía o simple capricho, me regaló una tercera: una que, según dijo, endurecía la piel hasta volverla piedra.
No sabía entonces cuánto iba a agradecer aquel gesto.

Canción​

Tres frascos tintinean al andar,
dos comprados, uno al azar.
El oro pesa menos que un favor,

cuando el destino escucha al mercador.

Día 160 — La piel de piedra​

He llegado a Caravassar. Extraña quietud para una ciudad cuyo pulso es el comercio. Un cambiaformas había sembrado el miedo y las autoridades habían paralizado toda actividad hasta dar con el culpable.
Pregunté demasiado.
En un pequeño comercio, el dueño perdió la paciencia… o la máscara. Ante mis ojos se transformó en una bestia grotesca y se abalanzó sobre mí.
Entonces comprendí.
Bebí las pociones de Vesper con manos temblorosas. El fuego me envolvió. El ácido ardió sobre mi piel endurecida como roca. La criatura me golpeó una y otra vez, pero cada embestida la consumía.
Cuando cayó, yo apenas podía sostenerme.
Entregué su cabeza a las autoridades. El comercio reabrió. Me miraron como a un héroe. No corregí a nadie. Recibí la recompensa y regresé a Athkatla mediante un mago que, por unas pocas monedas de cobre, me ahorró semanas de camino.
Aún debo agradecerle a Vesper que siga respirando.

Canción​

Piedra en la piel, fuego en la sangre,
golpes que el cuerpo ya no desangre.
No fui valiente, solo aguanté,

y el monstruo murió porque resistí.

Día 163 — Bajo la cripta​

He conocido a Seraphyra, cazadora de no-muertos. Supongo que paladina.
Fuimos al cementerio de Athkatla. Algo allí no descansa en paz. Los cuerpos se alzan con demasiada frecuencia.
Zombis primero. Después, la “Cripta de los Héroes”. Nombre irónico para un lugar plagado de esqueletos furiosos.
Ella los abatía con precisión y fe. Yo observaba, aprendía, intervenía cuando podía. Estoy convencido de que no me necesitaba.
Pero agradecí estar allí.

Canción​

Hierro y fe contra el hueso frío,
eco de pasos en mármol vacío.
Si ella es llama contra la noche,

yo seré chispa bajo su broche.

Día 169 — Senderos compartidos​

Athkatla no deja de sorprenderme.
Conocí a Kaelen, druida, y a Avakot, hombre fuerte y lengua más fuerte aún. Caminamos hacia el bosque y despachamos a algunos maleantes que rondaban la zona.
Nada épico. Nada digno de canción larga.
Solo senderos más seguros al anochecer.
Y eso basta.

Canción​

Tres sombras bajo el verde techo,
sin gloria escrita, sin gran derecho.
Si el bosque duerme sin temor,

nuestro trabajo tuvo valor.

Día 173 — Copito y Verónica​

Hoy conocí a un enano peculiar: Kharmin Musgoverde, aunque se hace llamar Barbamugrienta. Le llamé “Copito”. No le hizo gracia.
Es druida. Pasa horas junto a un tronco al que llama “Verónica”.
Hablamos largo rato junto al fuego. Es extraño… pero reconfortante en su rareza.
Hay personas que son hogar sin ser casa.

Canción​

Blanco el manto, negra la barba,
nombre torcido que el viento guarda.
Si el tronco escucha y el fuego ríe,

quizá la rareza también alivie.

Día 180 — Voz entre hojas​

En Suldanessellar asistí a un discurso sobre Corellon. Llegué tarde, pero lo poco que escuché fue suficiente.
La oradora, Eleyna, avariel, hablaba con una serenidad que imponía respeto.
Después conocí a muchos: Sofira, que al oír hablar de mis sueños y de las pequeñas escamas que empiezan a asomar en mi piel, me regaló libros sobre dragones y discípulos del dragón. También Aelindar, la dendravoz, y otros cuyos nombres aún intento recordar.
Nadie me juzgó por ser mestizo.
Tal vez el prejuicio estaba más en mí que en ellos.

Canción​

Hoja y estrella sobre mi frente,
mitad humano, mitad corriente.
Si el bosque no pregunta sangre,

¿por qué lo haría mi propia carne?

Día 181 — Sombras en la caridad​

Un grupo de paladines recorrió los barrios bajos entregando alimento.
Muchos acudimos a apoyar.
Pero había sombras.
Figuras en negro nos observaban desde tejados y balcones. Máscaras, silencio y pasos que no resonaban. Incluso uno de ellos hizo de guía.
El olor de algunas calles se me hizo insoportable. Mis sentidos se agudizan cada día más. Me retiré antes del final.
Espero que la luz prevaleciera cuando yo ya no estaba allí.

Canción​

Pan en la mano, sombra en la pared,
caridad frágil bajo otra red.
Si la luz camina entre callejones,

que no la apaguen negras razones.

Día 187 — El colmillo negro​

En Purskul escuché el grito de un granjero: jabalíes enormes devastaban sus campos.
Acudimos Zyon e Iaquiannamiriel.
Los empujamos hasta una cueva. Dentro nos aguardaba un jabato negro, descomunal. Soporté sus embestidas mientras las flechas lo cercaban.
Cayó.
Llevamos carne a los granjeros y nos pagaron con sidra.
Sencillo. Justo.

Canción​

Colmillo oscuro, tierra herida,
flecha y acero salvan la vida.
Si el líder cae y el campo respira,
que la sidra celebre y no la ira.

Día 189 — La danza del Verdor​

La Casa Galdrim celebró la Fiesta del Verdor en Purskul.
Vino excelente, música y un ritual en torno a un árbol. Las mujeres bailaban hasta caer exhaustas; solo una podía quedar en pie. Un extraño ser las provocaba como parte del rito.
Me retiré antes del desenlace.
A veces prefiero no conocer todos los finales.

Canción​

Baila la hoja hasta caer,
rie el extraño al atardecer.
Si el verdor exige rendición,

yo prefiero el suave rincón.
 

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Día 193: Sueños de Cobre​

Los sueños han sido más intensos. La criatura de cobre vuelve a surcar el cielo nocturno… y esta vez la sensación es inequívoca: soy yo quien bate esas alas.
Desperté sobresaltado. Frente al espejo confirmé lo que temía: pequeñas escamas bajo los ojos, diminutas, pero reales. El dolor en el estómago no cesa; siento como si algo en mi interior estuviera reordenándose, reclamando espacio.
Durante un paseo rutinario unos trasgos me tendieron una emboscada. Uno logró golpearme con el garrote en la barriga. El dolor fue agudo… y la respuesta instintiva.
Sin pensarlo, escupí una ráfaga ácida. El trasgo apenas tuvo tiempo de gritar antes de quedar reducido a huesos humeantes. Los demás huyeron despavoridos.
Yo apenas me mantuve en pie.
El poder me salvó… pero me dejó vacío.

“Vuelo de Cobre”​

En sueños alzo el vuelo,
mi sombra cruza el sol,
si el mundo tiembla abajo
mi sangre ruge en bronce y ardor.


Día 197: Batida en la Bruma​

La avariel Eleyna organizó una batida para investigar la neblina que cubre territorio amniano. Dicen que quienes se internan demasiado regresan locos… o no regresan.
Acudieron muchos aventureros; apenas conocía a unos pocos. Decidimos atravesar tierras de orcos para comprobar si la bruma también los afectaba. Solo quienes poseen gran fortaleza mental conservan la cordura, y los orcos —recios por naturaleza— no parecían ajenos a ello.
El combate fue feroz. Acero contra hacha, gritos contra gruñidos. Gracias a la experiencia del grupo salimos victoriosos.
No descubrimos el origen de la niebla.
Pero sentí algo inquietante: cuando la bruma se arremolinaba, mis escamas ardían.

“Entre Hachas y Niebla”​

Cruje el bosque en guerra,
retumba el corazón,
si la niebla roba el juicio
mi acero guarda razón.


Día 201: Garras en la Oscuridad​

No he dormido apenas. La voz gutural insiste en que acuda a ella. No sé dónde está “ella”, pero la llamada resuena en mis huesos.
Al despertar descubrí el saco de dormir rajado. Mis uñas han crecido: pequeñas garras retráctiles que, tras horas de concentración, logro controlar a voluntad.
El dolor de espalda es constante. Juraría que he crecido unos centímetros. La armadura ajusta diferente. Mi silueta cambia.
No temo el poder.
Temo dejar de reconocer al que lo porta.

“Llamada Profunda”​

Susurra la voz antigua,
promete revelación,
mas cada don que acepto
me arranca otra porción.


Día 202: La Lythari del Enclave​

Investigaba a los lobos cuando conocí a Loreliel, cabellos plateados, acompañada de un lobo y un gran felino. Resultó ser una de las ancianas del Enclave Esmeralda.
Me llevó por los humedales hasta la desembocadura del Imnel. Habló de ríos, corrientes e historia como quien recita poesía antigua.
En Kalathyr, junto al fuego, me confesó su secreto: es Lythari, capaz de adoptar forma de lobo. Cuando quise saber más, llegaron aventureros heridos. Habían entrado en la niebla. Hablaron de visiones, de sombras que se alimentan del miedo.
Se acordó una reunión.
La amenaza ya no es rumor.

“Ríos y Colmillos”​

Corre el Imnel callado,
vigila el bosque gris,
si el miedo toma forma
el lobo velará por mí.
​


Día 205: Forjada en Mithril​

Conocí a un artesano extraordinario: Zahal. Le encargué una espada larga de mithril.
La espera fue larga, pero el resultado… sublime. Ligera como pluma, firme como juramento. Al empuñarla sentí equilibrio, como si compensara el caos que despierta en mi interior.
Mis recursos han quedado mermados.
Pero ahora mi acero canta al desenvainarse.

“Canto de Mithril”​

Brilla hoja nueva,
clara como luna en mar,
si mi sangre arde en sombra
tu filo sabrá juzgar.
​


Día 212: La Hidra y los Caídos​

Expedición por los humedales. Sin la prudencia de Loreliel, el camino fue brutal: orcos, hombres lagarto, bestias salvajes… incluso una hidra.
Pero lo peor aguardaba en un campamento en ruinas. Maleantes curtidos nos emboscaron. No querían negociar. Querían matarnos.
El terreno era suyo. Caí en combate.
Recuerdo el frío… y luego el regreso. Nuestros sanadores obraron el milagro. Desperté con cicatrices nuevas y la certeza de que, mientras mi sangre cambie, la muerte no me reclamará fácilmente.
Tomamos lo que habían robado.
Sobrevivir también es justicia.

“Regreso del Fango”​

Cae el héroe al barro,
mas no apaga su calor,
si la muerte me reclama
mi llama responde: no.
​

Día 214: El Mercader y los Muertos​

En el bosque de Alandor debatimos sobre la niebla. Se sabe ya que ataca la mente: muestra miedos, confunde sentidos. Ni la magia protege del todo.
Cuando la voluntad flaquea, aparecen no-muertos. Y no simples cadáveres: criaturas poderosas.
Algunos hablan de un extraño mercader cuya llegada precedió a la bruma. Desde entonces, aparece y desaparece.
¿Demonio? ¿Agente de algo peor?
He de investigar en bibliotecas. Esto no es casual.

“Sombras que Comercian”​

Vende el hombre sombras,
compra temor y fe,
si su carro trae tinieblas
mi fuego lo ha de ver.
​

Día 215: Apoteosis Enana​

Ese mismo día hablé con un enano discípulo del dragón —Bartack, creo recordar—. Él ya culminó su transformación.
Describió dolor, sueños, voces… hasta que un día todo cesó. Cuando alcanzó su forma plena, la tormenta interior calló.
Solo queda resistir.
Si él lo logró, yo también podré.
Pero una duda persiste:
¿y si mi destino no es culminar… sino algo distinto?

“Antes del Despertar”​

Cruje hueso y mente,
arde sangre en sal,
mas tras la última tormenta
nace el dragón final.
 

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Día 218 — Torneo de Purskul​

Hoy fue el gran torneo de Purskul.
Había pruebas para todos los gustos y, viendo el ambiente, también bebida suficiente para hundir un barco. Debí recordar antes que nunca he tenido buen aguante para el alcohol.
La primera competición fue precisamente la de beber.
Mi participación fue breve y poco memorable. O mejor dicho, demasiado memorable para mi estómago y demasiado poco para mi cabeza. Caí eliminado bastante rápido y, para cuando terminó la prueba, apenas recordaba quién había ganado.
Por desgracia, las siguientes competiciones no esperaron a que se me pasara la borrachera.
La lucha en el barro fue un auténtico caos. Todos contra todos, golpes por todas partes y más de uno aprovechando cualquier oportunidad para empujar o derribar a los demás. Mi sangre dracónica me permitió aguantar bastante castigo. Cada vez noto más resistencia en mi cuerpo. Donde antes habría acabado tumbado, ahora simplemente aprieto los dientes y sigo adelante.
Terminé entre los últimos participantes. Algunos decían que había ganado, otros que el vencedor había hecho trampas. Sinceramente, no sabría decirlo. En aquel momento veía doble y me costaba recordar mi propio nombre.
Después llegó el concurso de canciones y rimas.
Como bardo debería haber participado.
Como borracho, decidí que lo mejor era mantenerme alejado de un escenario.
La última prueba fue una justa a caballo.
Por fin algo en lo que podía concentrarme.
Monté a Bribón y sentí que toda la niebla del alcohol desaparecía de golpe. Sujeté la lanza, respiré hondo y me lancé contra mis adversarios.
Uno tras otro fueron cayendo.
Al final fui yo quien permaneció sobre la silla de montar.
Fue una sensación extraña. Después de tantos trabajos pequeños, tantas ratas, tantos trasgos y tantos caminos polvorientos, por una vez escuché vítores dirigidos hacia mí.
No pude disfrutar mucho del momento.
Tenía que llegar a Gambitón antes de que comenzara una reunión importante sobre las brumas que estaban extendiéndose por Amn.
Tomé mis cosas y partí casi de inmediato.
A veces pienso que mi vida consiste en correr de una aventura a la siguiente.

Canción​

Bebí más vino del que debía tomar,
y pronto del torneo me vi tropezar.
Mas sobre Bribón, lanza y valor,
hallé la victoria entre polvo y clamor.
No hubo banquete ni larga celebración,
pues otro camino llamó mi atención.

Día 220 — El día que cayó el Enclave elfico​

He tardado mucho tiempo en escribir esta entrada.
Durante semanas apenas fui capaz de ordenar mis pensamientos.
Incluso ahora me cuesta recordar algunos detalles.
Llegué a Gambitón justo a tiempo para la reunión.
Había aventureros, exploradores, magos, sacerdotes y representantes de muchas organizaciones. Todos intentaban comprender qué eran aquellas extrañas brumas que estaban apareciendo por Amn.
La reunión acababa de comenzar cuando una enorme águila irrumpió en el edificio.
El ave graznaba con desesperación.
Los miembros del Enclave Esmeralda que podían hablar con animales escucharon su mensaje y el ambiente cambió de inmediato.
El enclave élfico estaba siendo atacado.
Recuerdo levantarme de la silla sin pensarlo.
Muchos hicimos lo mismo.
Elfos, semielfos y aliados abandonamos la reunión y partimos hacia allí tan rápido como pudimos.
Cuando llegamos encontré algo que jamás pensé ver.
Caos.
Las brumas habían alcanzado el enclave.
Criaturas enloquecidas vagaban por sus senderos.
Animales, espíritus y hasta algunos de los propios habitantes parecían atrapados en una pesadilla.
Combatimos mientras avanzábamos.
Apenas había tiempo para pensar.
Solo luchar.
Paso a paso conseguimos abrirnos camino hasta el centro.
Allí todo empeoró.
Recuerdo una batalla feroz.
Recuerdo el miedo.
Recuerdo caer.
Después... nada tuvo sentido.
Desperté en un lugar imposible.
No sé dónde estaba.
No parecía Faerûn.
No parecía ningún lugar real.
Todo era extraño, confuso y aterrador.
Alguien explicó que aquello estaba relacionado con el origen de las brumas, pero confieso que apenas podía concentrarme. Mi mente estaba agotada.
Entonces apareció un poderoso druida.
Abrió un portal.
Nos ordenó escapar.
Y él permaneció atrás.
Es uno de los pocos recuerdos completamente nítidos que conservo.
Luego vino la oscuridad.
No recuerdo los días siguientes.
Ni las semanas.
Solo sé que, mientras yo intentaba recuperar la cordura, otros aventureros lograron poner fin a la amenaza.
Cuando desperté de verdad, las brumas habían desaparecido.
Y el mundo había seguido adelante sin mí.

Canción​

La niebla llegó donde nace la luz,
y sombras sin nombre siguieron su cruz.
Luchamos unidos, caímos también,
sin saber siquiera si habría un después.
Un portal se abrió entre horror y dolor,
y atrás quedó alguien enfrentando al terror.

Día 315 — Nuevas raíces, nuevos peligros​

Hoy he vuelto a reunirme con mis compañeros del Enclave.
Ha pasado mucho tiempo desde los sucesos de las brumas.
Aún me siento extraño.
Durante mi recuperación apenas salí de Athkatla. Pasé los días leyendo, descansando y tratando de entender los cambios que siguen produciéndose en mi cuerpo.
Las escamas ya forman parte de mí.
Las garras también.
Incluso el aliento ácido resulta cada vez más natural.
A veces eso me preocupa más de lo que me gusta admitir.
Loreliel me encontró observando el bosque.
Como siempre, parecía saber exactamente lo que estaba pensando.
Me habló de los problemas que están surgiendo.
Al parecer la paz duró poco.
Algo antiguo está despertando bajo la tierra.
Un mal primigenio.
El Bosque de Alandor comienza a marchitarse.
Los árboles enferman.
La vida desaparece lentamente.
Y no es el único lugar afectado.
Le ofrecí mi ayuda antes de que terminara de explicarlo.
Ella simplemente sonrió.
—Ya contábamos contigo.
Esas fueron sus palabras.
Me explicó entonces que se estaba formando una alianza enorme.
Quizá la mayor que he visto desde que llegué a Amn.
Organizaciones que normalmente apenas colaboran han decidido unir fuerzas.
Todos parecen comprender que esta amenaza afecta a algo más grande que una ciudad o un reino.
Pronto habrá reuniones.
Exploraciones.
Misiones.
Planes.
Los nombres empiezan a repetirse en todas las conversaciones: Verdelinde, Kalathyr, Purskul, los Picos de las Nubes...
Mientras escuchaba a Loreliel, observé una hoja caer de un árbol cercano.
Estaba seca.
Marchita.
Demasiado pronto para la época del año.
No sé por qué, pero aquello me preocupó más que todas las historias sobre monstruos y oscuridad.
Porque los monstruos pueden matarse.
Pero cuando la propia tierra empieza a morir, la lucha es mucho más complicada.

Canción​

La niebla pasó, mas no el temor,​

pues otra amenaza mostró su rumor.​

Raíces enfermas, hojas sin color,
susurran la llegada de un viejo horror.
Mas si el bosque llama, acudiré yo,
como haría mi padre, como juré a Corellon.
 

LaBola

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Día 318 — Madera para Verdelinde​

No había pasado mucho desde mi llegada a Verdelinde cuando recibí mi primera tarea para el Enclave Esmeralda. No se trataba de combatir monstruos ni de explorar ruinas olvidadas, sino de algo mucho más sencillo: encontrar carpinteros capaces de levantar un establo para el campamento.

Pregunté entre refugiados y viajeros, pero nadie parecía tener los conocimientos necesarios. Finalmente me dirigí a los llanos y allí encontré a Zyon, un hombre amable y siempre dispuesto a ayudar. Cuando le expliqué que el trabajo era para Verdelinde, aceptó sin pensarlo dos veces y sin pedir recompensa alguna.

Además me habló de una mediana llamada Miria, también experta en carpintería. Poco después ambos estaban preparados para comenzar.

Mi contribución fue bastante más humilde. Conseguí tres bueyes para transportar la madera mientras los carpinteros trabajaban sin descanso. Afortunadamente algunos aventureros se unieron como escolta, porque durante la tala fuimos atacados por varias arañas gigantes.

Mientras Zyon y Miria cortaban árboles, yo cargaba troncos sobre los animales. Al final del día los tres bueyes iban tan cargados que apenas podía verse el lomo bajo toda aquella madera.

Con el cargamento completo nos dirigimos a la Universidad de Oficios. Allí ambos artesanos demostraron su talento. Donde yo veía troncos y ramas, ellos veían vigas, tablones y materiales preparados para construir.

Fue entonces cuando comprendí que hay muchas formas de servir al bosque, y no todas requieren una espada.


Canción — Los tres bueyes​

Tres bueyes caminaban bajo el sol abrasador,
cargando la madera con paciente valor.
Mientras Zyon y Miria cortaban sin cesar,
yo guiaba la carga por senderos del lugar.

Arañas descendieron buscando pelear,
pero seguimos firmes y pudimos continuar.
Al final de la jornada, la misión terminó,
y el establo de Verdelinde un paso más avanzó.


Día 319 — El Establo del Crujido​

Cuando la madera llegó al campamento, Zyon y Miria me preguntaron dónde debía construirse el establo y cómo debía ser exactamente.

La verdad es que las instrucciones que me habían dado eran bastante pobres.

Por suerte apareció Douglas, un druida enorme y afable que llevaba consigo los planos completos de la construcción. A veces pienso que Corellon pone a las personas adecuadas en el lugar preciso.

Douglas tomó el mando de inmediato. Explicó medidas, distribuyó materiales y organizó el trabajo con una seguridad admirable.

Como mis conocimientos de carpintería son prácticamente inexistentes, decidí dedicarme a otras tareas donde pudiera resultar útil. Mientras tanto, los tres continuaron la construcción.

Más tarde escuché que sufrieron varios accidentes durante las obras. Golpes en los dedos, tablones mal colocados y más de una caída aparatosa. Sin embargo, ninguno abandonó el trabajo.

Al finalizar, entre bromas y quejas, decidieron bautizar el edificio.

Lo llamaron el Establo del Crujido.

Y, sinceramente, el nombre le encaja perfectamente.


Canción — El establo​

Martillos y tablones sonaban sin parar,
Douglas daba órdenes mientras veía trabajar.
Hubo golpes y tropiezos, más de un dedo sufrió,
pero nadie abandonó ni tampoco se rindió.

Cuando el último clavo por fin quedó fijado,
el establo se alzó firme junto al bosque encantado.
Y entre risas decidieron, con orgullo compartido,
llamar a aquella obra el Establo del Crujido.


Día 321 — La mina​

Los problemas en el Bosque de Álandor no dejan de multiplicarse.

Esta vez todo comenzó con un gnomo que había obtenido una concesión minera y pretendía continuar explotándola pese a las grietas que estaban apareciendo por toda la región.

Muchos intentaron hacerle entrar en razón.

Los druidas le explicaron los peligros. Los guardianes le advirtieron de los riesgos para sus trabajadores. Incluso algunos aventureros trataron de convencerlo.

Nada funcionó.

El gnomo exigía cantidades absurdas de oro para detener la actividad. Parecía incapaz de comprender que, si las grietas seguían expandiéndose, podría perder mucho más que unas monedas.

Zentakord fue quien lideró la mayor parte de las negociaciones. Pasó horas discutiendo con él hasta lograr un compromiso aceptable.

Finalmente se permitió que varios druidas supervisaran las obras y pudieran intervenir inmediatamente si la situación empeoraba.

No fue una victoria completa, pero al menos evitamos algo peor.

A veces me pregunto cuánto oro necesita una persona para sentirse satisfecha.

Todavía no he encontrado la respuesta.


Canción — Oro y raíces​

Bajo tierra brillaba el metal reluciente,
y un gnomo lo miraba con deseo insistente.
Los druidas hablaban de peligro y razón,
pero el oro era dueño de su corazón.

Las raíces del bosque pedían prudencia y paz,
mientras las grietas crecían cada vez más.
No hubo gran victoria ni final triunfal,
solo evitar que aquello acabara aún peor y más mal.


Día 325 — El Pase de Álandor​

Las tareas de un Brote del Enclave rara vez aparecen en las canciones de los bardos.

Sin embargo, siguen siendo importantes.

Durante las últimas semanas había oído hablar mucho de un kobold llamado Kroliki. Algo poco habitual en sí mismo, pues normalmente los kobolds son conocidos por causar problemas, no por ayudar a resolverlos.

Pero Kroliki era diferente.

Había trabajado para la Alianza Verdelinde, ayudado a refugiados y demostrado más honor del que muchos esperan encontrar en alguien de su raza.

Mi misión consistía en encontrarlo y transmitirle una decisión tomada por los representantes del Enclave Esmeralda y los guardianes élficos del Bosque Álandor.

Tardé varios días en localizarlo.

Cuando por fin lo encontré, le expliqué la situación.

Se le concedía un Pase de Álandor temporal para que pudiera entrar en el bosque cuando sus deberes con la Alianza lo exigieran.

También le aclaré que aquello no modificaba las leyes del bosque ni sus tradiciones. Era una excepción nacida de tiempos excepcionales.

Por último le informé de que sus acciones quedarían bajo la responsabilidad de la Acechadora de Invierno Loreliel.

Le recomendé, medio en broma, que procurara no darle demasiados dolores de cabeza.

Después le tendí la mano.

No todos los días un kobold consigue ganarse la confianza de los guardianes élficos.

Y, por lo que pude ver en su expresión, él era perfectamente consciente de ello.


Canción — La confianza del bosque​

Pequeño era el kobold, mas grande su labor,
ganándose respeto con paciencia y valor.
El bosque abrió sus puertas por decisión común,
algo que pocos logran bajo el sol o la luna.

Loreliel vigilará sus pasos al andar,
mientras sirva a Verdelinde y sepa respetar.
No fue oro ni linaje lo que el pase le ganó,
fueron sus propias acciones lo que el bosque reconoció.
 

LaBola

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Día 330: Bajo la montaña​

La Alianza volvió a reunirnos, esta vez para internarnos en la mina del Clan Martillorrúnico. Habían descubierto una nueva galería y corrían rumores sobre una extraña corrupción que se extendía por las profundidades.
Nada más cruzar el enorme portón de piedra comprendí que aquello no era una mina cualquiera. El silencio era inquietante. Ni siquiera el sonido de nuestros pasos parecía querer romperlo.
No tardamos en descubrir que no estábamos solos. Unas raíces ennegrecidas cobraban vida para atacarnos cada vez que bajábamos la guardia. Nunca había visto plantas moverse con tanta rabia. Eran como si la propia tierra quisiera expulsarnos de allí.
Más adelante encontramos a un grupo de trasgos. Estaban tan delgados y asustados que apenas parecían capaces de sostener un arma. Algunos compañeros querían seguir adelante cuanto antes, pero me acerqué a ellos con cautela. No vi odio en sus ojos, solo hambre.
Al final decidimos darles una oportunidad. Talivia se ofreció a guiarlos hasta un lugar seguro mientras nosotros continuábamos descendiendo. Me marché con la sensación de haber hecho lo correcto. No todas las batallas se ganan empuñando una espada.
Lo que más me sorprendió fue encontrar una biblioteca enterrada bajo la montaña. Allí conocimos a una extraña criatura con cuerpo de enorme hormiga y torso humanoide. No parecía hostil. Observaba antiguos libros con la curiosidad de un sabio.
No entendí gran cosa de las conversaciones entre los eruditos, pero sí comprendí algo importante: todos buscábamos la misma respuesta y nadie la tenía todavía.

Canción: Bajo la roca​

"Bajo la piedra duerme el saber,
no todo enemigo quiere vencer.
Quien escucha antes de atacar,

encuentra senderos que otros no verán."

Día 334: El corazón del nido​

Regresamos a las profundidades pocos días después. Si la primera expedición había sido peligrosa, esta lo fue todavía más.
Los túneles estaban infestados de ankhegs. Surgían del suelo sin descanso, como si toda la montaña estuviera viva. Más de una vez pensé que no conseguiríamos avanzar.
Mi escudo acabó cubierto de ácido y barro. Curioso... hace unos meses habría dicho que era el peor olor del mundo. Ahora mi estómago apenas se inmuta. A veces me pregunto cuánto de mí sigue siendo completamente humano.
Tras un combate interminable alcanzamos el gran nido.
Allí descansaba la Reina.
Jamás había visto un ankheg de semejante tamaño. La criatura luchó con una ferocidad aterradora, pero entre todos conseguimos abatirla.
Después apareció lo realmente inquietante.
Oculto entre las galerías encontramos un extraño orbe rebosante de energía. Los más sabios comenzaron a discutir inmediatamente. Nadie parecía ponerse de acuerdo sobre qué era exactamente, pero todos coincidían en una cosa: dejarlo allí era demasiado peligroso.
No me gustó la sensación que desprendía. Era como contemplar una tormenta atrapada dentro de una piedra.

Canción: La Reina de piedra​

"Si la montaña ruge al despertar,
no temas luchar ni retroceder.
Peor que el filo de un monstruo feroz,

es un poder que nadie logró comprender."

Día 338: Estrellas caídas​

Pensé que descansaríamos unos días, pero el trabajo nunca termina.
Esta vez nuestro destino fueron los Picos de las Nubes. Necesitábamos encontrar un extraño metal caído del cielo para reparar al Único. No comprendo del todo qué es esa criatura, pero todos parecen convencidos de que merece ser salvada.
Me sorprendió que contaran conmigo para abrir camino junto a Sulion y Gabriel. Procuramos conducir a la expedición por los pasos más seguros entre la nieve mientras gigantes, yetis y otras criaturas trataban de impedir nuestro avance.
No negaré que pasé miedo.
El frío era tan intenso que hasta las escamas de mi rostro parecían doler.
Después de muchas horas encontramos varias vetas del metal que buscábamos. Brillaban como pequeñas estrellas atrapadas dentro de la roca.
Creí que lo peor había pasado.
Me equivoqué.
En un enorme cráter descubrimos el mayor yacimiento... y al auténtico dueño del lugar.
Un dragón.
Cuando abrió las alas comprendí que cualquier historia que hubiera escuchado de niño se quedaba corta.
Durante unos instantes olvidé incluso mis propios sueños.
No veía un monstruo.
Veía la perfección.
Solo reaccioné cuando lanzó su primer rugido.
Luchamos unidos y, tras un combate terrible, la bestia cayó.
Mientras todos recogían el tesoro, yo no podía dejar de observar sus escamas. No sentía alegría por haber acabado con él. Solo respeto.
Quizá algún día comprenda mejor por qué mi sangre sigue llevándome a soñar con criaturas como aquella.

Canción: Estrella y escama​

"Bajo la nieve duerme el metal,
sobre las cumbres vigila el dragón.
Quien vence al miedo sin olvidar el respeto,

guarda su fuerza dentro del corazón."

Día 342: La tierra despierta​

No habíamos terminado una empresa cuando comenzó otra.
La mina fue atacada.
Los trabajadores apenas tuvieron tiempo de huir antes de que la montaña empezara a temblar bajo nuestros pies. Enormes criaturas de roca, acompañadas por fanáticos del Culto de la Tierra Negra, surgieron de las profundidades intentando recuperar algo que todavía desconozco.
Combatimos durante largo rato entre derrumbes y polvo.
Nunca había visto luchar a tantos gólems juntos.
Cuando todo terminó, la mina seguía en pie.
Me alegró descubrir que ninguno de los trabajadores había muerto.
También volví a ver a algunos de los trasgos que habíamos rescatado semanas atrás. Seguían siendo desconfiados, pero ya no parecían condenados a morir de hambre. Incluso las enormes hormigas ayudaban ahora a transportar mineral.
Resulta curioso cómo la naturaleza encuentra formas inesperadas de alcanzar el equilibrio.
Mientras escribo estas líneas, el orbe sigue siendo un misterio.
Y tengo la sensación de que no será el último.

Canción: El pulso de la montaña​

"Late la roca bajo mis pies,
la tierra recuerda todo lo que ve.
Si hoy resiste gracias a todos,

mañana volverá a florecer."
 

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Día 345: La víspera del juramento
El Bosque de Álandor continúa herido. Allí donde hace apenas unos meses los robles rebosaban vida, ahora algunos muestran sus cortezas ennegrecidas y las raíces parecen luchar por no dejarse consumir por ese extraño mal elemental. Aun así, hay un lugar donde la corrupción no ha logrado entrar.

He viajado hasta el Claro de Eldath. Ahora entiendo por qué tantos lo consideran un lugar sagrado. El aire parece más puro, el agua corre limpia y, por un momento, hasta mis preocupaciones desaparecieron.

Los miembros del Enclave llevan días preparando una ceremonia importante. He visto a druidas limpiar antiguos círculos de piedra, bardos ensayar canciones en lengua élfica y enormes ents transportando troncos y ramas como si comprendieran perfectamente lo que está por suceder. Incluso las dríadas han adornado el claro con flores que jamás había visto.

Mientras ayudaba en los preparativos me sorprendí al tocar distraídamente las pequeñas escamas de mi rostro. Siguen ahí. Ya forman parte de mí. Curiosamente, aquí apenas duelen. Tal vez este lugar calme algo más que el espíritu.

No sé qué ocurrirá mañana, pero siento que estoy a punto de dar uno de los pasos más importantes de mi vida.


Canción: "El Claro Eterno"
Donde la bruma no puede entrar,
las hojas vuelven a cantar.
Si el bosque aún guarda esperanza,
yo también aprenderé a luchar.


Día 346: Guardianes de Álandor
Hoy he jurado mi vida al Enclave Esmeralda.

No lo he hecho solo. Junto a Douglas y Silas, he dejado atrás nuestro tiempo como simples Brotes del Enclave para convertirnos en Guardianes de Álandor.

La ceremonia tuvo lugar en el Claro de Eldath, ante la mirada de varios guardianes y de otros muchos afines al bosque que habían acudido para presenciar el momento. El claro parecía aún más hermoso que el día anterior. Las aguas continuaban cristalinas, las hojas se mecían suavemente con el viento y la corrupción que asolaba el resto de Álandor parecía muy lejana.

La ceremonia fue dirigida por el druida Zentakor y la exploradora Loreliel. Ambos han sido importantes para mí desde que llegué al Enclave, así que no podía imaginar mejores personas para guiarnos en un momento como aquel.

No voy a mentir: estaba nervioso.

He luchado contra monstruos, dragones y criaturas que podrían haberme matado de un solo golpe. He visto compañeros caer y he caminado por lugares donde cualquier persona sensata habría dado media vuelta. Pero permanecer ante todos ellos y hablar de lo que realmente quiero proteger... eso me resultó mucho más difícil.

Cuando llegó nuestro momento, Douglas, Silas y yo nos presentamos ante los guardianes.

Cada uno pronunció sus palabras y asumió su propio compromiso. No sé qué pensaban ellos mientras hablaban, pero yo no podía dejar de mirar a mi alrededor. Vi las hojas plateadas, las aguas cristalinas y las flores que parecían no marchitarse jamás. Pensé en los bosques que había visto morir bajo la corrupción, en las criaturas que no podían defenderse y en todos aquellos que habían decidido luchar para que la vida continuase existiendo.

Y entonces llegó mi turno.

Dije que no nací elfo ni tampoco humano por completo. Que mi sangre está cambiando y que cada día hay algo más de dragón en mí. Pero también dije que uno no es aquello que dicta su sangre, sino aquello que decide proteger.

Juramenté defender la vida, preservar el equilibrio y enfrentarme a quienes pretendieran corromperlo. Prometí que mis armas solo se alzarían cuando la paz ya no tuviera voz y que emplearía toda la fuerza que los dioses me concediesen para proteger el bosque y a quienes viviesen en armonía con él.

No prometí ser perfecto. No prometí ganar siempre.

Solo prometí no abandonar el sendero.

Cuando los tres terminamos nuestros juramentos, fuimos reconocidos como Guardianes de Álandor.

Al terminar, sentí algo extraño. No sé si fue la magia del claro, la emoción del momento o simplemente el peso de las palabras que acababa de pronunciar, pero durante unos instantes mis escamas dejaron de arder.

Quizá Corellon escuchó mi juramento.

Quizá Mielikki también.

O quizá el bosque, sencillamente, decidió aceptarlo.

Desde hoy ya no soy únicamente un aventurero que ayuda al Enclave Esmeralda.

Ahora soy parte de él.

Y junto a Douglas y Silas, tendré que demostrar que somos dignos del nombre que hoy hemos recibido.


Canción: «El Juramento del Bosque»

Bajo las hojas, ante el claro,
tres voces al viento se alzarán.
Que cambie la sangre y el destino,
pero al bosque protegerán.

Si cae la noche, seremos llama,
si el mal avanza, resistiremos.
Mientras haya vida entre las hojas,
Guardianes de Álandor seremos.
 

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Día 352: Bajo la nieve​

Hemos vuelto a los Picos de las Nubes en busca del metal estelar que necesitamos para reparar al Único. No esperaba que encontrarlo fuese sencillo, pero entre el frío, la nieve y los gigantes, yetis y gigantes de escarcha que nos salieron al paso, la cosa se complicó bastante.

Sulion, Gabriel y yo fuimos buscando los caminos más seguros para que el resto pudiera avanzar. Entre las bendiciones de nuestros compañeros y que éramos un grupo bastante preparado, conseguimos seguir adelante.

Al caer la noche encontramos el primer yacimiento. El metal brillaba dentro de la roca como si realmente hubiera caído del cielo.


Canción: La estrella caída
Cayó una estrella del cielo,
la encontramos bajo el hielo.
Si conseguimos fundirla bien,
quizá el Único vuelva también.

Día 353: El guardián del cráter​

Seguimos encontrando pequeñas vetas de metal estelar, aunque ninguna se podía comparar con la que encontramos en un enorme cráter.

El lugar parecía haber sido golpeado por algo que cayó del cielo hacía muchísimo tiempo. Y allí, sobre un montón de oro y piedras preciosas, dormía un dragón.

No durmió mucho.

El combate fue duro y el dragón no tenía ninguna intención de compartir su tesoro con nosotros. Al final conseguimos acabar con él y pudimos recoger una buena cantidad de metal.

También encontramos suficiente tesoro para pagar a quienes habían arriesgado el pellejo en la expedición. Creo que después de todo lo ocurrido, nadie podía decir que no se lo había ganado.


Canción: El dragón dormilón
Dormía un dragón sobre el montón,
cuidando su oro con gran devoción.
Llegamos nosotros, empezó el follón,
y ahora el dragón duerme... pero del tirón.

Día 354: Lo que duerme bajo la montaña​

De vuelta a la mina, las cosas parecían haberse calmado después de todo lo que habíamos encontrado allí abajo. Pero ya he aprendido que cuando una mina se queda demasiado tranquila, normalmente es porque algo peor está esperando.

Los trabajadores seguían con su trabajo y las caravanas comenzaban a salir cargadas de lingotes. Por fuera todo parecía marchar bien.

Pero nosotros sabemos que bajo esas montañas hay cosas que no deberían estar allí. Y todavía queda demasiado por descubrir.


Canción: Bajo la montaña
Bajo la montaña hay algo escondido,
algo que despierta cuando está dormido.
Nosotros bajamos buscando respuestas,
y siempre salimos con más preguntas.

Día 355: La tierra se rebela​

Los problemas volvieron a la mina. Esta vez fueron los terrarones y los cultistas de la Tierra Negra quienes atacaron.

La evacuación de los trabajadores evitó que hubiera víctimas, pero la mina quedó bastante dañada y varios de los gólems no tuvieron tanta suerte.

Cada vez tengo más claro que lo que ocurre bajo Álandor no son simples accidentes. Hay demasiadas cosas relacionadas con la Tierra Negra, la corrupción y esa extraña energía que hemos encontrado.

Y mientras sigamos metiéndonos ahí abajo, seguramente seguiremos encontrando problemas.


Canción: La tierra enfadada
Tiembla la tierra, ruge el carbón,
salen terrarones buscando pelea.
Nosotros respondemos con espada y razón,
y al final la montaña se queda tranquila.

Día 356: La grieta​

Hoy hemos estado muy cerca de no salir de la mina.

Después de la explosión conseguimos llegar hasta arriba, aunque por el camino dejamos atrás a nuestro viejo compañero, el golem OGT. Descanse en paz. No sé si alguna vez llegamos a entender del todo qué era, pero después de todo lo que vivimos junto a él, se había ganado un recuerdo.

La entrada tampoco estaba precisamente segura. Había pequeños derrumbes y grietas que se abrían bajo nuestros pies. Fenrick incluso había colocado un enorme golem para impedir que saliéramos, convencido de que fuera era más peligroso.

Y entonces llegaron los terrarones corrompidos.

Después de un combate bastante duro conseguimos acabar con ellos, pero apenas tuvimos tiempo de respirar. La tierra comenzó a temblar y el enorme golem tuvo que dejar de impedirnos el paso para sujetar el techo mientras todos corríamos hacia la salida.

Y fue entonces cuando apareció.

Desde la gran grieta surgió una criatura enorme, un elemental de tierra completamente corrompido. Nos tocó volver a luchar, esta vez prácticamente con la montaña cayéndose encima.

Cuando conseguimos derrotarlo, su propio cuerpo terminó rellenando parte de la grieta. Después, con la ayuda de los druidas, la tierra comenzó poco a poco a sanar.

Hoy hemos vuelto a salir vivos.

Y cada vez tengo más claro que Álandor no solo necesita guardianes. Necesita que descubramos qué está enfermando sus entrañas.


Canción: La tierra respira
La tierra tembló, la piedra cayó,
un monstruo de roca de pronto surgió.
Luchamos unidos hasta terminar,
y al fin la montaña volvió a respirar.
 

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Día 357: El regalo del bosque​


Después de dejar la mina atrás, por fin pude respirar un poco más tranquilo. Necesitaba despejarme, así que me fui al bosque y acabé junto a un lago. Me quité las cosas y me metí en el agua, disfrutando de un rato de calma que últimamente parece un lujo.


Mientras me bañaba, algo cayó desde uno de los árboles. No era una rama normal. Brillaba con una luz dorada y, al acercarme, vi que era un pequeño trozo de corteza petrificada, con algo parecido a ámbar en su interior.


Entonces escuché una voz, apenas un susurro entre las hojas:



«Has caminado entre mis raíces sin dañarlas… has protegido lo que otros olvidan. Toma esto, Guardián. El bosque conoce a quienes lo respetan.»


Al tomar el fragmento que flotaba sobre el agua, sentí que el bosque me estaba entregando algo. Era un Fragmento del Paso Silvano, una recompensa del propio bosque para quienes han demostrado respeto por su dominio. En su centro brillaba la antigua Runa del Paso.


No sé exactamente por qué me lo ha entregado a mí, pero prefiero no hacer demasiadas preguntas cuando el bosque decide hablar.


Canción: El regalo del bosque
Del árbol cayó un pequeño tesoro,
brillaba en el agua como el sol de oro.
No sé qué me espera, ni qué vendrá después,
pero si el bosque lo entrega, por algo será.


Día 358: La prueba de los trasgos​

Hoy fue el día del ritual para intentar salvar a los trasgos de su maldición. Se encargaron Zentakord, druida de Silvanus, Gwen, clériga de Selûne, y otro hombre que, si no recuerdo mal, era clérigo de Ilmater.

Mientras ellos preparaban todo, el Oso —Douglas— se ocupaba de calmar a los pequeños. Aunque llamarlos pequeños empezaba a ser complicado, porque la maldición ya los había hecho crecer hasta alcanzar el tamaño de un adulto.

Yo me quedé tocando canciones para tranquilizarlos, mientras algunos curiosos observaban lo que estaba ocurriendo.

Los trasgos no sabían qué íbamos a hacer y, asustados, empujaron hacia nosotros a uno de los suyos, el más débil. Por suerte, con ayuda de los sanadores conseguimos curarlo y, poco a poco, su cuerpo volvió a la normalidad.

Después comenzaron a pasar en grupos de seis. Vi los dos primeros grupos y todos consiguieron salvarse. Preferí marcharme entonces y dejar que los demás continuaran con el ritual. Lo que ocurrió después no lo vi, así que no puedo decir mucho más.

Solo espero que el Claro pueda hacer por ellos lo que nosotros solos no hemos podido.


Canción: Los trasgos del Claro
Los Hijos de Selûne los trajeron al Claro,
trasgos malditos, de destino raro.
Crecen sin freno, pierden el control,
pero el Claro aún guarda su bendición.

Que Selûne los guíe con su luz plateada,
que el bosque cure su maldición desatada.
Si la bendición del Claro llega a su corazón,
quizá estos pequeños vuelvan a su razón.

Déjate llevar (Bardo / Fascinar)​

Mírame un momento,
escucha mi canción,
deja atrás tus miedos,
y escucha al corazón.

No temas, ven conmigo,
no tienes que luchar,
cierra un poco los ojos…
y déjate llevar.
 

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Día 359: Rumbo a las montañas​

Nos reunimos gran parte del Enclave Esmeralda en el campamento de VerdeLinde. Desde allí iniciamos el ascenso a las montañas, en busca de un antiguo asentamiento trasgo del que la Plateada Loreliel nos había hablado.

Esta vez yo, Adrie, estaba al cargo de la travesía, aunque por suerte contaba con grandes compañeros. Mandé a nuestros exploradores, Silas y Barabas, al frente, pues sus grandes dotes de rastreo y supervivencia eran indispensables para la misión.

Douglas, o como yo suelo llamarlo, Oso, se transformó en un enorme yeti para darnos cobertura en la vanguardia, acompañado por dos guerreros del clero de Selûne. Zentakord, Radix, Orisong y yo avanzábamos en el centro del grupo, animando a nuestros compañeros y cantando algunas canciones para hacer más llevadero el camino. Detrás de nosotros marchaban nuestros valiosos arqueros y, cerrando el grupo, la jefa Lore.

Con esta formación fuimos ganando altura poco a poco. Algunos lo llevaban mejor que otros, especialmente cuando tuvimos que echar mano de las cuerdas para superar algunas zonas especialmente complicadas.

Orisong, por ejemplo, tuvo que pedirle a su montura, un oso, que regresara después de intentar subirla mediante la magia sin demasiado éxito. ¡Qué bien le habrían venido las alas de Jilguero en ese momento! Y hablando de Jilguero, era todo un espectáculo verlo levantar el vuelo junto a su jinete, Radix.

A mitad de la montaña fuimos atacados por varios kobolds alados. Eran fuertes, utilizaban magia y, además, se les daba especialmente bien camuflarse. Pero el equipo que habíamos preparado demostró estar a la altura y, casi sin darnos cuenta, conseguimos alcanzar la cima.

Ahí la cosa se complicó un poco.

Comenzaron a aparecer gigantes, que no tardaron en recibirnos con una auténtica lluvia de rocas. Douglas volvió a cambiar de forma, esta vez convirtiéndose en un poderoso minotauro, y cargó contra ellos.

Es una pena que criaturas tan poderosas no estén abiertas al diálogo. Después de todo, nosotros éramos los que habíamos entrado en su territorio. Pero aquellos gigantes solo parecían entender la ley del más fuerte y, en aquella ocasión, los fuertes éramos nosotros.

Poco después comenzó una enorme ventisca que apenas nos dejaba ver unos metros por delante. Incluso nuestros expertos rastreadores perdieron el camino y, por un momento, parecía que nos habíamos perdido.

Pero, contra todo pronóstico, fue Orisong quien consiguió encontrar el camino y pudimos continuar. Todo ello bajo la atenta mirada de nuestra líder, que observaba y asentía con aprobación.

Finalmente encontramos un pequeño claro y, oculto entre la vegetación y las rocas, descubrimos un estrecho camino que parecía adentrarse aún más en la montaña. No era un sendero cualquiera: todo apuntaba a que conducía hacia algún asentamiento.

Seguimos el rastro todo lo que pudimos y empezamos a sospechar que aquel camino podía llevarnos hasta la antigua aldea de trasgos de la que nos había hablado Loreliel. No podíamos asegurarlo todavía, pero desde luego era la pista más prometedora que habíamos encontrado.

Douglas, Silas y Barabas revisaron minuciosamente la zona y confirmaron que el camino parecía llevar hacia un lugar habitado. Además, el emplazamiento ofrecía buena cobertura frente a depredadores y estaba apartado de la zona donde se encontraban los gigantes.

No habíamos encontrado todavía la aldea, pero sí el camino que podía llevarnos hasta ella. Y, después de todo el esfuerzo, decidimos que ya teníamos suficiente por aquel día y emprendimos el descenso.

Esta vez tomamos un camino diferente y eso hizo que nos encontráramos con más criaturas. Un numeroso grupo de yetis de las nieves salió a nuestro encuentro.


El cansancio ya empezaba a notarse, pero aun así el grupo se impuso sin demasiados problemas. Unos cuantos rasguños y poco más.

Poco después llegamos a Nashkel.

Allí nos esperaban una chimenea, una cama blandita y, sobre todo, el merecido descanso. Después de aquella montaña, creo que ninguno necesitaba que nos cantaran una nana para dormir.

Captura-de-pantalla-2026-10-07-225834.png


Offtopic :

Algunas de las canciones que canté por el camino:

Montaña arriba, sin temor,
paso a paso, con valor.
Si el camino nos quiere cansar,
¡cantando lo vamos a conquistar!

Un paso más, otro después,
aunque las piernas pesen diez.
Mientras podamos caminar,
¡nadie nos va a parar!

Hace frío, sopla el viento,
pero seguimos sin lamento.
Juntos vamos, juntos estamos,
¡con nuestras canciones nos calentamos!
 

LaBola

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Día 365: Una canción para las sombras​

Desde hace unos días veo carteles de un lathanderita llamado Asmund colgados por todas partes. En ellos pide a bardos, músicos y mercaderes que se acerquen al Distrito de los Ríos para participar en un evento benéfico, con actuaciones y puestos, con el objetivo de recaudar fondos para los huérfanos del lugar.

Así que me inscribí como bardo y allí estaba yo: un Guardián del Enclave Esmeralda en la ciudad de piedra, rodeado de una multitud de hombres vestidos de negro y enmascarados. Pero no me adelantaré a los acontecimientos.

Al llegar, me tomé una copa de hidromiel mientras esperaba y me senté junto a la señora Madeleine, que también iba a actuar. Mientras repasaba mis notas, fueron llegando más personas. He de decir que mi mesa era la más glamurosa de todas, pues junto a nosotros se sentaron las damas Roxianna y Astrid, mientras que en las demás mesas abundaban los juegos de dados y cartas, entre hombres de negro y algunos visitantes.

Asmund pronunció su discurso y, después, le siguió uno de aquellos enmascarados. Cuando ambos terminaron, llegó mi turno. Yo sería el encargado de abrir el festival con mi música y mi voz. Había preparado tres canciones cortas que enlazaban unas con otras, y estaba bastante satisfecho con el resultado.

Al comenzar a cantar, los asistentes fueron ocupando las sillas frente al escenario. Mi primera canción fue bien recibida: aplausos, sonrisas y muestras de gratitud. Sin embargo, cuando abordé una gran verdad de Amn, una verdad bastante más oscura y despiadada, comenzaron los abucheos. Algunos parecían incapaces de creer lo que estaban escuchando. Otros, directamente, decidieron que la mejor manera de expresar su desacuerdo era lanzándome cosas.

Diría que me quedé con sus caras, pero, claro, llevaban máscaras.

Cerré mi actuación con algo más ligero, aunque para entonces el revuelo era tal que incluso intentaron bajarme del atril. Pero uno es bardo, y una actuación debe terminar como corresponde. Así que seguí cantando hasta que sonó la última nota.

Entonces llegaba el turno de las artistas principales: Madeleine y Astrid, que iban a representar una historia sobre un huérfano que había robado una hogaza de pan. Me senté en primera fila, dispuesto a disfrutar del espectáculo, mientras los oscuritos enmascarados no dejaban de acosarme para que los acompañara.

Después de rechazar su invitación varias veces y pedirles un poco de silencio, porque había gente actuando y no todo giraba a su alrededor, finalmente accedí a acompañarlos a la posada, tal y como insistían. Eso me hizo perderme la actuación de mis compañeras de profesión, algo que todavía me fastidia.

Una vez allí, me invitaron a bajar al sótano. Y cuando digo que me invitaron, no me refiero a uno o dos tipos: estaba rodeado por media fiesta. Muy descortés por su parte, por cierto, dejar solas a las artistas para montar aquella reunión.

Pero, además de bardo de lengua afilada, soy caballero de la luz, y los tengo bien puestos para plantarme delante de quien haga falta y decirle lo que pienso.

Un tal Rata Coronada me reprochó que había sido descortés con ellos después de que me hubieran invitado a sus dominios, o algo parecido. La verdad es que me hizo gracia, aunque me guardé la risa. Una cosa es tenerlos bien puestos y otra muy distinta es calentar más de la cuenta a una panda de tipos armados que te superan ampliamente en número.

Entonces pidió a sus compañeros que me explicaran el código del barrio. Aquello tuvo su gracia, porque el más grandullón de todos parecía no sabérselo. Mucho músculo y poco cerebro, pensé. Escuché sus normas de honor y, para mi sorpresa, me parecieron bastante razonables… si no fuera porque quienes las defendían eran una banda de canallas.

En resumidas cuentas, lealtad entre ellos y silencio absoluto: lo que sucede en el barrio se queda en el barrio. Eso me recordó a otro asunto, pero, en fin, no viene al caso.

Fue entonces cuando el grandullón tontorrón al que llaman Sombra —supongo que por ser la sombra más grande de todas— decidió agarrarme por la nuca. Le aparté la mano y le dejé claro que no volviera a tocarme. Estaba preparado para luchar, incluso para recibir una buena paliza si hacía falta, pero el señor coronado tenía otros planes.

Me dijo que los había dejado en mal lugar delante de una multitud y que, por tanto, tendría que volver a cantar para ellos. Esta vez, eso sí, tendría que dedicarme a alabarlos.

Le respondí con una sonrisa:

—Veo que mi canción no te ha gustado, pero mi voz sí. Eso es bueno.

Al parecer, hasta había conseguido admiradores entre las sombras. Como me dijo Madeleine en una ocasión, no importa que te abucheen; lo importante es que hablen de ti.

En aquel momento, Asmund entró en el almacén. Se le veía preocupado por mi seguridad, igual que a muchos de los que aguardaban fuera. Le aseguré que no pasaba nada, que enseguida saldríamos y que todo estaba arreglado.

Y así fue. Todos empezaron a salir, pero la maldita Rata Coronada todavía tenía que abrir la boca una vez más. Antes de marcharme, me advirtió que, si no actuaba como debía, llevaría la guerra al Enclave Esmeralda. Amenazó a mis hermanos y a mi familia.

Aquello ya no tenía tanta gracia.

Sabía perfectamente que no era el lugar ni el momento para responder como me habría gustado, así que mantuve la sonrisa y le prometí su canción.

Y vaya si la tendrá.

Cuando salí, la actuación de marionetas ya había terminado. Algunos se acercaron a preguntarme si estaba bien. Sin un rasguño, les dije que sí, que hablando se entiende la gente y que, al parecer, les había gustado tanto mi voz que me habían invitado a cantar de nuevo en otro evento.

No era exactamente toda la verdad, pero tampoco iba a poner nervioso a medio campamento contando los detalles.

Al final, por culpa de mi intervención, el evento no salió tan bien como esperaba. Aun así, Asmund consiguió recaudar una buena suma, y eso es lo importante. Espero que siga organizando cosas así por los niños; ellos no tienen la culpa de los asuntos de los adultos ni de las guerras que otros se empeñan en alimentar.

Yo me retiré por hoy. Pero, como decía aquel autómata de un libro ilustrado…


Volveré.

Offtopic :


LAS CANCIONES QUE SE CANTARÓN

Un hogar para el amanecer​

*Comienza con unas notas alegres de laúd, buscando que la gente se acerque. Después, su voz se vuelve más cálida y la melodía más emotiva.*

Por las calles de Athkatla, bajo estrellas de cristal, hay pequeños que esta noche no tienen dónde soñar.

No les falta una sonrisa, ni las ganas de jugar, solo un techo, un abrazo y un lugar al que regresar.

Dame una moneda, dame una canción, pon un poco de esperanza dentro de tu corazón. Que mañana, cuando el sol nos vuelva a despertar, haya un niño menos que en la calle ha de dormir.

No hace falta ser un héroe, ni tener oro a montón, basta un gesto, basta un poco, basta abrir el corazón.

Y si juntos lo intentamos, algo hermoso nacerá: donde hoy duerme la tristeza, mañana un hogar habrá.

Dame una moneda, dame una canción, ¡que ningún niño se quede sin calor! Que despierte el nuevo día con un brillo especial, ¡y que todos tengan casa donde puedan regresar!


*Termina con un acorde de laúd y deja que el último verso se apague antes de mirar al público.*

Porque el oro puede gastarse, las canciones pueden acabar… pero un hogar puede cambiarte la vida.

Si sois los protectores​

*Rasguea el laúd con una sonrisa traviesa y mira de reojo a los callejones. Canta con tono burlón, como quien cuenta un chiste que algunos preferirían no escuchar.*

Por las noches, al pasar, hay máscaras por la ciudad. Dicen que protegen al barrio… ¡pues se nota su bondad!

Si tenéis bolsas de oro que no sabéis dónde guardar, hay niños sin pan ni escuela que os las pueden aligerar.

¡Sacad el oro, buenos señores, que sobran monedas y faltan favores! Si sois los guardianes de este lugar, ¡que se note cuando salga la luna a brillar!

No reclutéis al chiquillo que aún no ha aprendido a leer, pagadle libros y estudios, ¡que hay más mundo que robar!

Y al que duerme entre cartones dadle un plato y un colchón. No le compréis sus secretos ni le apretéis el cinturón.

¡Sacad el oro, buenos señores, que sobran monedas y faltan favores! Si sois los guardianes de este lugar, ¡que se note cuando salga la luna a brillar!

No os pido que seáis santos, ni que vayáis a rezar; solo que el débil no tema cuando os vea aparecer.

Que una máscara no es excusa para hacer al pobre temblar. Si sois la sombra que cuida… ¡que sea para dar cobijo y no para amenazar!


*Termina con una reverencia exagerada, aunque por un instante sus ojos recorren los rostros ocultos entre la multitud.*

Y recuerda, buen público: no hay mejor inversión que un niño con futuro… ¡ni peor negocio que tener que robarle ese futuro!

Aflojad la bolsa​

*Rasguea unas últimas notas de su laúd, sonríe al público y abre los brazos con teatralidad.*

Si os gustó mi canción, demostradlo con generosidad. ¡Que se aflojen esos bolsillos, que los niños necesitan un hogar!

Una moneda no es fortuna, dos monedas saben mejor, y si llenamos bien la bolsa, ¡dormirán bajo un techo y no bajo el sol!

Así que amigos, antes de marchar, buscad en el bolso, dejad de apretar. Que el oro hoy sirva para algo mejor: ¡darles a esos niños un futuro y calor!

¡Y si os habéis quedado sin blanca, no pasa nada! ¡Aceptamos promesas… aunque esas no compran camas!

 

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