Dicen que los cielos se tiñeron de gris profundo, como si el sol se negara a mirar lo que estaba por suceder. Tras el sangriento avance del Culto de la Salvación, la ciudad de Crimmor se desangraba distrito a distrito. El rugido de los estandartes de la estrella de ocho puntas se imponía en cada calle, mientras las casas ardían, los civiles corrían sin rumbo y los fieles al Culto golpeaban puertas a nombre de su “salvación”.
La puerta Este fue la primera en caer. Fuertemente apuntalada por las milicias del culto, se convirtió en un bastión infranqueable. Desde allí, los fanáticos comenzaron a distribuir armamento y coordinar los ataques, como una plaga bien organizada que no dejaba rincón sin devorar. Las fuerzas amnianas y los mercenarios de la Alianza de Hierro, aunque bien entrenados, eran simplemente superados en número por la marea gris que avanzaba sin temor a la muerte.
En respuesta, el comandante Héctor lanzó su jugada más desesperada: una fuerza de choque, Aventureros , bardos de renombre, alcaldes, magistrados, y miembros de la Guardia que aún conservaban la llama de la lealtad en el pecho.
Su objetivo era claro:
retomar la plaza de Crimmor, y así desviar la atención de los cultistas que asediaban el Teatro de la Alegría, última bastión espiritual de la ciudad.
Y lo lograron… en parte.
El choque fue brutal. La plaza se convirtió en un campo de batalla donde los adoquines se tiñeron de sangre y las estatuas de viejos héroes fueron partidas por el estruendo del combate. Los miembros del Culto, desprovistos de todo instinto de conservación, se lanzaban como una ola tras otra, gritando versos de locura y fe, intentando romper las líneas de esta fuerza especial.
Los aventureros resistieron, sus capas empapadas en sudor y sangre. Se les vio, por fin, alcanzar las
escaleras del Teatro de la Alegría, donde sacerdotes de Sune, Milil y Chauntea oraban por la ciudad sitiada. Allí, con sus espadas alzadas y sus voces resonando en cantos de guerra, la fuerza de choque detuvo el avance de la horda.
Durante horas pelearon, dicen que sin tregua. El cielo llovía ceniza. El fuego de las casas iluminaba las siluetas de los combatientes. Cada oleada del Culto caía más rabiosa y desquiciada que la anterior, como si la muerte de sus hermanos les infundiera más locura.
Pero el teatro no cayó.
El templo, reforzado por magia y fe, resistió. Aun así, en el corazón de los ciudadanos que observaron desde las sombras, creció una certeza
"-.El culto no teme morir… porque ya ha muerto todo lo que los hacía humanos."
Apenas el polvo se asentaba sobre las escalinatas del Teatro de la Alegría, donde la fuerza de choque había logrado resistir lo imposible, comenzaron a correr voces por toda Crimmor.
Los estandartes de Amn y la Alianza de Hierro ondeaban una vez más sobre los balcones, y los rezos se escuchaban sin ser ahogados por gritos de guerra.
Gracias a ese sacrificio, las fuerzas de la Alianza y la Guardia de Amn comenzaron a recuperar terreno.
Calle por calle, piedra por piedra, los escuadrones empujaban a los fanáticos hacia las sombras. Pequeños asaltos aún se daban en esquinas y callejones, pero ya no con la misma furia desbordada. Algo había cambiado: la ciudad, por un instante,
recordaba cómo era resistir.
Pero no había tiempo para celebrar.
Los informes indicaban que la
Puerta Este, seguía en manos de los fanáticos. Aquel paso era vital: si no se recuperaba pronto,
las fuerzas del comandante Héctor quedarían fuera, sin posibilidad de entrar con su caballería ni los arietes pesados.
La fuerza de choque, herida pero no quebrada, fue entonces enviada hacia el Este. Allí, el panorama era desolador:
las familias Valtrisse y Reddoran, antaño nobles casas de Crimmor, se habían volcado por completo al culto. Sus arcanos, canalizaban magia para sostener las barricadas. Sus soldados junto a los del culto, con armaduras manchadas por símbolos de ocho puntas, dirigían la defensa como generales de una guerra santa.
Pero no estaban solos.
Dos arcanos de la fuerza de choque, trajeron sus más grandes creaciones:
gólems de hierro y escudo, relucientes, pesados, imparables. A cada paso, las empalizadas crujían. A cada golpe, las barricadas temblaban. Mientras los cultistas
lanzaban conjuros y llamas, los gólems marchaban con paso inquebrantable, empujando como heraldos de la tormenta.
La fuerza de choque aprovechó la distracción.
Se adentraron por los flancos, combatiendo casa por casa, adoquín por adoquín Aquellos que se les interponían eran abatidos, otros simplemente huyeron al ver sus capas cubiertas de sangre de la plaza ya conquistada.
El combate fue encarnizado. Algunos afirman que vieron relámpagos de energía verde estallar entre las ruinas, y que una sombra con voz de niño susurraba a los traidores desde lo alto de las almenas.
Pero finalmente,
una grieta fue abierta.
Con un rugido metálico, uno de los gólems destrozó la última defensa. Las maderas astilladas volaron por el aire. Un resplandor dorado emergió tras la brecha: era la
caballería de Amn, al mando del propio
Comandante Héctor, que irrumpía con lanzas alzadas. Tras él, los estandartes de la Alianza de Hierro ondeaban con furia, seguidos por cientos de soldados listos para dar su vida.
"-.Crimmor tenía una herida abierta… pero ahora también, una entrada."
Cuando las murallas del Este cedieron, y las lanzas de Amn perforaron el corazón del fanatismo, la esperanza —esa esquiva flor de guerra— pareció florecer al fin sobre las ruinas de Crimmor. La plaza resistía, el Teatro de la Alegría seguía en pie, y los estandartes de la Alianza de Hierro ondeaban desde las almenas rescatadas. Por primera vez,
la victoria parecía al alcance de la mano.
Pero la esperanza, como la llama,
puede ser extinguida con un solo soplo de oscuridad.
El comandante Héctor, con la determinación tallada en piedra de los viejos generales, reunió a sus capitanes. Era hora de
golpear el distrito del mercado, el corazón económico de la ciudad, ahora
convertido en un nido de fanáticos. El culto lo había fortificado con velocidad inhumana, como si la misma ciudad conspirara en su favor. Trincheras improvisadas, barricadas de piedra y fuego, y corredores laberínticos aguardaban a quienes osaran entrar.
Se trazó un plan:
el Comandante asaltaría desde el sur como distracción, mientras la
fuerza de choque se infiltraría por los callejones del este. Su misión era doble:
escoltar fuera del distrito a mercaderes leales a Amn atrapados en el infierno, y lo más importante,
eliminar a Veylin el Vigilante, un tenebroso líder del culto cuya influencia crecía con cada plegaria sangrienta.
Los rumores dicen que, gracias a la maniobra,
cientos de civiles fueron rescatados, conducidos por la fuerza de choque entre las ruinas, protegidos por conjuros, acero y valentía.
Pero la victoria fue un espejismo.
Las tropas de Amn, confiadas en su número y disciplina, comenzaron a avanzar por las calles enardecidas… solo para descubrir que el culto
esperaba. Cada palmo ganado fue pagado con cuerpos.
Diez hombres por cada callejón. Veinte por cada barricada. Cien por cada cuadra.
Y entonces,
él apareció.
Veylin, el Vigilante, envuelto en una túnica de sombras y con un halo de ojos vacíos,
descendió al campo de batalla desde lo alto de un edificio en ruinas. Su sola presencia hizo temblar las lanzas, su voz acalló los cuernos de guerra. Con poder abyecto, derribó escuadrones enteros, y el avance se volvió retroceso. El sur del distrito colapsó en minutos.
En ese momento,
el comandante Héctor hizo lo que sólo los verdaderos líderes hacen cuando todo se derrumba:
cargó.
Montado, herido, con sangre en la armadura y el estandarte aún en alto, lideró a sus hombres en una última embestida directa contra Veylin.
Dicen que el enfrentamiento fue titánico, que la tierra misma se abrió bajo sus pies. Veylin cayó, herido, pero no muerto. Se retiró entre la bruma roja, arrastrando con él a los restos del culto hacia otros distritos… y dejándole a Crimmor un precio que difícilmente podría pagar.
El distrito del mercado
no cayó. Aunque las tropas de la Alianza lograron establecer algunas posiciones,
el control sigue dividido, las escaramuzas son diarias. Las cenizas del comercio arden. Los puestos, antes rebosantes de especias y seda, ahora son
trincheras de sangre.
Y mientras las campanas del mercado callan,
el culto se reorganiza. Porque en esta guerra, cada victoria parece una herida más.
"Crimmor arde. Las plegarias se mezclan con los gritos. Se ofrece salvación entre ruinas… pero, cuando todo se ha perdido, ¿qué queda para ser salvado?"
Offtopic :
Muchas gracias a todos los participantes de esta primera escena de una seguidilla, recuerdo por este mismo post que la proxima escena sera el dia
La segunda escena de la proxima semana sera el dia Jueves 1 de mayo a las 22hr España
Junto a esto aclaro que Onrol los personajes que participaron pueden rolear normalmente, la batalla llevara dias en terminar y el distrito principal la puerta del Este y el mercado estan en "Manos de Amn"