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Anith Sella

Krystäl

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Por favor, no me hagas esto​
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Fue como si el tiempo se hubiese ralentizado para que pudiese ver nítidamente cada herida sangrante, cada gemido de dolor, cada trozo de carne seccionada por ese dragón.

Belegor estaba malherido aunque ella sabía perfectamente que el paladín no iba a quedar en segunda fila, sino que iba a luchar hasta su último aliento, y es por ello que, tras ver la segunda vez que cayó por ir a ayudar a Erika, determinó que de todos los presentes su vida era la que más peligro corría y que debía permanecer junto a él.

Anith veía como cada vez el descontrol en el grupo crecía, como había gente que en cuanto veían un enemigo corrían alejándose veinte metros del resto, como el grupo se separaba y algunos se veían rodeados.
- ¡Dejad de separaros! - había gritado varias veces para que dejasen de hacer eso, pues muchas veces se creaban varios pequeños grupos que la bloqueaban en los túneles impidiendo que pudiese llegar al otro, pero de nada sirvió. La primera vez Belegor y ella quedaron solos combatiendo, el paladín tratando que no atacasen la retaguardia del grueso del grupo que parecía no se había percatado que tenían problemas, pues dos miembros se habían lanzado a atacar repentinamente en cuanto vieron al enemigo, sin percatarse que habían otros enemigos en la sección de su izquierda, y el resto al verlos les siguió, dejando tanto al paladín como a la sacerdotisa solos. La segunda vez fue porque Erika se lanzó sola contra los aguijoneadores y Belegor al verla superada fue a ayudarla. La sacerdotisa al verlos intentó llegar, pero el camino era estrecho y el grupo y enemigos le impedían avanzar. Tuvo que rodear todo el pelotón y corrió tan rápido como pudo solo para ver cómo una de esas bestias cercenaba la vida del paladín dos segundo antes de que ella ayudase.

No podía evitar sentir que en parte era su culpa, su culpa por permitir que la gente no entendiese que eso no era ir a cazar dragones como hacian en los llanos, que no supiesen que habia más gente en ese grupo y que no todos iban a estar tan preparados ni portar el equipo que ellos... su culpa porque llegó dos segundos tarde esa vez.

Así que cuando llegaron a la cueva del dragon tomó la decisión de no alejarse mucho de Belegor, pues su cuerpo no soportaría otra caida, y lo cumplió. Apoyó tanto como pudo a la gente, con todo y los más poderosos conjuros que su Seldarine le otorgó hasta que el dragon quedó herido de muerte. Entonces vio como el enorme lagarto rojo se centró en derribar a Belegor, una vez... dos.... Anith corrió, y esta vez llegó justo a tiempo tras ser derribada por ese dragón que impedía ayudarla, pero Belegor regresaría a casa, debía hacerlo.

Anith sanó las heridas del paladín y le miró y el paladín se devolvió la mirada. Esa simple mirada estaba llena de conversaciones.

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El ruego de ella de que no continuase arriesgándose, la decisión de él de que mientras tuviese un aliento de vida, seguiría luchando. La promesa que se mantendría junto a él durante esa lucha y el agradecimiento del paladín mientras tomaba su hacha y se lanzaba nuevamente contra el dragón rojo.

Todo en esa simple mirada
​
Fue entonces cuando todo fue mal... El dragón, sabiendo ahora que ni la elfa ni el Robusto eran capaces de resistir sus embestidas los derribó a ambos ignorando al resto de combatientes para centrarse solamente en el Robusto. Les tiró al suelo y atacó con sus garras a Belegor mientras estaba indefenso en el suelo y, cuando ambos trataron de levantarse volvieron a ser derribados nuevamente y otra vez golpeó a Belegor con sus garras, y así una y otra y otra vez... Anith solo podía mirar como el dragón abría profundas heridas en la armadura del Robusto, tratando de levantarse para llegar a él pero incapaz de hacerlo porque en cuanto intentaba de apoyar las manos para hacerlo, el dragón volvía a embestirles sin darle la oportunidad de defenderse, hasta que finalmente el Enano quedó inconsciente tras una nueva embestida y golpe y entonces se lanzó contra él con su mandíbula abierta y lo devoró con sus fauces, antes de escupir un cuerpo medio comido e irreconocible.

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Anith gritó y se levantó al final, pues el dragón ya había terminado lo que tanto ansiaba hacer, matar a ese paladín, y la sacerdotisa, con la rabia de su interior provocó que una barrera de cuchillas naciese bajo el dragón mientras dos guerreros seguían combatiendo con él... 10 segundos... eso fue lo que necesitaron para matarle después de que Belegor cayese, 10 segundos...

Una vez cayó corrió hacía los heridos. Primero atendió a Erika, pues ella también había caído y, aunque estaba maltrecha, sabía que podría salir adelante, pero Belegor...
- Dejad a Anith, quizás pueda hacer algo – escuchó decir.

Hacer algo, sí... sí podía... aunque ello implicase perder su poder nuevamente y para siempre. ¿Pero de qué sirve poseer un gran poder si no puedes usarlo para ayudar y proteger a tus amigos? Había usado su poder para proteger y sanar a personas que le faltaban continuamente al respeto, a personas que parecía no importarles la vida y otros que simplemente la despreciaban y sentían la necesidad de pisarla para quedar por encima de ella. Debía tener suficiente poder para poder hacer algo por alguien que podía considerar un amigo digno de confianza.

La sacerdotisa colocó su diestra sobre el amuleto del paladín y rogó a sehanine su poder para poder traer su alma de vuelta, se lo rogó... se lo suplicó... oró en élfico para que le permitiese traerlo y pudiese regresar a su hogar sin importarle importaba el coste que tuviese que pagar, solo deseaba traerlo y poder borrar de su mente aquella última mirada que le dirigió el paladín antes de ir a luchar una última vez contra el dragón.

Él había ido a defenderla y protegerla los meses en que estuvo en el bosque de tezhyr contra los muranitas, permaneció con ella... le protegió cuando Sagrat le hizo caer y siempre tuvo una palabra de ánimo para ella. Debía hacer algo, pues esa clase de gente son muy raros en esas tierras... Y haría todo lo que estuviese en su mano sin importar el coste.

Os lo ruego Nube Luminosa...
​
Pero a pesar del ruego, a pesar del poder para realizar el conjuto y el sacrificio que estaba dispuesta a correr, el alma del paladín no accedió a la petición de la elfa, pues para él, el poder de la sacerdotisa y su noble corazón sería más valioso para proteger al pueblo Robusto que su propia vida, así que marchó a los salones de Moradín junto a todos los Robustos que como él, había dado la vida para recuperar un hogar perdido.

Por favor, no me hagas esto

Nada podía hacer Anith, pues al fin y al cabo no era su decisión... Pero eso no impidió que se abriese una nueva herida en su corazón, pues cuando necesito realmente de su poder para ayudar a un amigo, había fallado.

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Diez segundos... ese era el tiempo que había necesitado para evitar que un corazón dejase de latir por siempre.
 

Krystäl

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Habían pasado varios días desde que todo había finalizado y la aldea enana había sido recuperada de las manos de aguijoneadores y aquel dragón rojo. Pero no había gritos de alegría, no había celebraciones ni cánticos de victoria.

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Todo permanecía en un crepúsculo silencio mientras se recogían los cuerpos de los fallecidos y se apilaban en los carromatos para poder se llevados a sus familiar y darles la despedida propias de su raza.

Anith había estado silenciosa esos días, sin que palabra alguna saliese de sus labios salvo para tratar las heridas de los centenares de heridos. No sabía aún quienes habían sobrevivido y quienes no del resto de Robustos, pero había tenido un mal presentimiento desde ante de la batalla y sus sospechas se estaban cumpliendo. Grandes Robustos, fieles a su pueblo, fieles a sus tradiciones y cultura, que habían demostrado un saber estar, una paciencia infinita incluso entre los suyos, siempre buscando y velando por sus gente... habían perecido, y no había estado a la altura para impedirlo.

Anith sabía que los Robustos estarían ahora en los grandes salones de Moradin con una gran jarra de cerveza en su diestra, y eso le hizo recordar que aunque ella no era una Robusta propiamente dicho, sí era una sacerdotisa cuyo clero se dedicaba a los rituales de transición y despedida, y deseaba despedirse de aquellos caídos con la canción que le enseñaron tiempo atrás, así que marchó al exterior, donde había un cielo tan hermoso y tan plagado de estrellas que dolía solo verlo. Alzó su mirada al cielo mientras el aire nocturno jugaba con su cabello y tomó aire y alzó en un cantar élfico su propia oración a los caídos de la batalla de Xhotarin, con la vista fija en el cielo estrellado.



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Un gentil nunca olvida a sus compañeros, y sus nombres y grandes gestas quedarán escritas y recordadas por siempre​
 

Krystäl

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Solo desearía que este dolor cesase algún día, que durante un momento volviese a sentir algo de paz en mi alma, dejar de sentir esas miradas juzgando todo, la hipocresía de esa gente que necesita sentirse superior sin ni siquiera preocuparse por la persona pero se vanagloria cuando estás en el suelo.... Desearía que aunque fuese por un solo día, volviera la esperanza que tuve en la gente, en mi pueblo..., que por un solo y maldito momento sintiese que algo podía salir bien y que realmente salga bien... Y no sentir que solo estoy aquí para sufrir, ser juzgada, despreciada y hundirme cada vez más... Sólo para ver morir a amigos e inocentes a mi alrededor ​
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...Seldarine...Estoy tan agotada...​
 

Krystäl

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Todo mi mundo comenzó a ir en cámara lenta en el preciso instante la pequeña Carla explotó delante de mi mientras trataba de curarle de una pedrada, rodeada por el resto de niños del hospicio.

Mary decía que quería ser paladina y luchar contra los malos, pero sus actos sin duda estaban muy distantes de buscar el bien, menos cuando sin motivo real le lanzó una pedrada a Carla. Yo al verlo traté de poner a Carla tras de mi, pero la niña se zafó y se puso delante para protegerme a mi, recibiendo una fea pedrada en la barriga que le provocó una herida.

Mientras Calendil trató de coger a Mary -sin éxito- yo me alejé para curar a Carla mientras el resto de niños se acercaban, pero entonces Mary llegó corriendo y le metió un dedo en la herida antes de que yo siquiera pudiera detenerla, preguntándole si le dolía en una clara burla.
En respuesta, Carla dio un grito de dolor y le empujó.

.... Su cuerpo explotó frente a mis ojos, entre mis manos....​

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Su sangre me cubrió por completo manchando mi vestido blanco y mi cabello, sus miembros destrozados salieron a volando a varios metros y los niños alrededor quedaron heridos, algunos gravemente, otros no tanto... y mi mundo se detuvo en ese momento, cubierta de sangre, con el corazón mandando adrenalina por cada célula de mi cuerpo.

Mi mente se sobrepuso lo más rápido que pudo y grité a Calendil y Caladhron, que éramos los únicos presentes:

- ¡Nada de magia sanadora! ¡Coged a los niños y llevadlos dentro! - ordené.

No deseaba que se convirtiese eso en un espectáculo y había niños muy mal heridos que debíamos tratar lo antes posible para asegurar que no muriesen y averiguar quién estaba contaminado para quitarle la maldición y sanarle de forma segura, pero no hubo forma humana ni divina de conseguir que los niños entrasen. Poco a poco ese terrible evento se convirtió en lo que no quería, un espectáculo para los que se fueron acercando...

La imagen de varios elfos y humanos comentando cómo se debía proceder pero sin mover un dedo para ayudar se me impregnó en la retina y en lo más profundo de mi ser, mientras sacerdotisas permanecieron ahí mirando... como si esperasen una invitación, mientras los niños lloraban, mientras otros pedían que se les cogiese, y nosotros no conseguíamos llevarlos adentro.

Éramos un espectáculo... manchada de sangre de una inocente y ellos estaban esperando una invitación...
​
Sentí repulsión ante esa imagen, auténtica repulsión al ver que solamente Lux de siete personas presentes dio un paso al frente para realmente hacer algo, mientras al tiempo se dio aviso de otro peligro en el cementerio, pero ni fueron a ayudar en el cementerio ni nos ayudaban a nosotros. Solo comentaban como si les pareciese divertido todo aquello, como si fuese el momento de ir dando lecciones... o simplemente porque deseaban ver cómo otros morían por nuestra mano para sentirse superiores después.

.... Sentí vergüenza de tener la misma sangre que esa gente...​

Entonces me fijé que Mary, quien no dejaba de llorar quejándose por el dolor tenía un círculo rojo en su iris. Ella era la que estaba maldita y advertí que nadie la tocase por el momento, a pesar que sus lloros me desgarraban el alma y, comencé a conjurar para pedir a mi Diosa de su poder y retirarle la maldición antes de que nadie la pudiera coger, pero antes de que yo terminase el conjuro, apareció otra niña acusándole de asesina dispuesta a darle un empujón. Caladhron cogió a la niña antes de que tocase a Mary pero entonces la niña que Caladhrón detuvo explotó en los brazos de Caladhron y sus restos quedaron esparcidos.


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¿Cuándo podía soportar un mortal? ¿Cuándo iba a poder soportar yo eso? Fue entonces cuando vi como una elfa se acercó para lanzar con una varita "romper la maldición" y mi mente se bloqueó en ese instante, mientras el resto comentaba que "ya nos lo habían dicho"

Unos aprovechando la muerte de una inocente para vanagloriarse y otros necesitando que muriese otra inocente para mover un dedo...

Si ellos representaban lo que era ser un tel'quessir en Amn y Tezhyr... no quería seguir siendo un tel'quessir...​

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Krystäl

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Trataba de ordenar mis pensamientos mientras las olas del mar rugían con fuerza en el acantilado bajo mis pies, al tiempo que podía sentir la presencia de N’Landroshien cerca de mi, incluso podía divisar el bajo de su oscuro vestido por el rabillo del ojo.

La mujer permanecía a pocos metros de mi, a una distancia de cortesía. Su presencia en aquella ocasión, lejos de disgustarme como en otras ocasiones, simplemente me parecía tranquilizadora. Respiré profundamente el aire gélido de la noche, con la mirada perdida en el cielo estrellado.

- ¿Aún duele? - preguntó con una suavidad aterciopelada desde mi espalda.

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Siempre... ​
 

Krystäl

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Mentisteis Carla... y un gentil no olvida las ofensas...​

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Había buscado a Carla en cuando escuché la acusación de la magistrada, cuando entendí tras escuchar por primera vez las acusaciones que había mentido... pero no estaba ahí. Todo lo que me había mostrado el día del arresto había sido pura apariencia, aunque ya me habían dado aviso que Torm le había retirado su favor y tras escuchar la acusación supe que Torm había sido el primero de ver la corrupción en la mujer.

Pero cuando volví a ser llevada a la guardia tras todo el día en el cepo, viendo como décadas de ayuda, décadas sanando, décadas tratando y salvando vidas, eran barridas y olvidadas como si nunca hubiera existido. ¿Para qué había estado estos últimos años en el hospicio o las últimas dekhanas evitando que una maldición se extendiese para ver cómo ni un amniano, ni uno... ni uno solo en más de una década, parecía recordar mi labor y me juzgaban sin ni un atisbo de duda?

Me giré hacia la guardia, con gesto serio y un dolor a traición que esperaba no volver a recordar.

- Dama Carla... Estoy deseando saber.... qué pusiste en el informe para que me acusen de que les llamé asesinos y esclavistas.... - dije hacia la mujer.
- Dama estáis enfadada con vuestra pena, sacaos la ciudadanía como se os comento y tendréis derecho a una defensa – respondió cuando ni siquiera había tenido la decencia de ver lo que sus palabras habían provocado -. Mis informes son para mis superiores.
- No dama Carla, estoy molesta con vos.... . repetí con seriedad -. mentiste... habéis mentido y un gentil no olvida las afrentas.
- ¿Vais a faltarme delante de guardias? - me preguntó haciéndose la indignada.
- Anith, recomendación. - tomó la palabra Dazai sabiendo que el momento de amenazas iba a comenzar. Pero yo no aparté la mirada de aquella mujer .- Acusar a un guardia sin pruebas es un delito mas grave. Te recomiendo hablarlo primero y mas bien sugerir
- Os aconsejo que guardéis silencio, dama, es lo mejor para todos... - dijo una guardia que no conocía y nunca había visto hasta entonces -. Para vos, para la guardia, y para los civiles
- No sé, creo que acaba de sugerir en el cuartel de la guardia delante de testigos que he mentido en mi trabajo, cuando solo he ejercido mi labor - dijo Carla. ¿Cómo se atrevía a mentirme a la cara? Podría mentir a superiores, podía esconderse entre sus guardias, podría corromper la guardia tanto como quisiera ¿Pero mentirme a mi cuando ambas sabíamos la verdad?

Marché al poco cuando ni siquiera me iban a dejar ver a aquellos que habían hecho prisioneros para ver un tumulto de personas frente a la guardia. Muchos, aventureros, ordenados o gente que me conocía de haberles ayudado aguardando. Pero lo que más me impacto, fue ver una multitud de amnianos que prácticamente pedían mi cabeza. ¿Eso era el valor de todo mi trabajo? ¿El valor de haber arriesgado la vida tantas veces y de haber sanado miles de amnianos? Ser olvidada por ellos... como lo fui en mi propio hogar.

Lucyus subía por las escaleras. Escuché gente hablar y tome un broche, mostrándolo en alto... mostrándoselo a Lucyus y aquellos que estaban cerca.

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- Entiendo lo que es... - dijo nada más reconocerlo -. Pero, no es el mejor momento para dar charlas... ni os lo recomiendo. El problema es que os van a tirar más cosas... la gente ahora mismo no va a entenderos – me advirtió.
Vi la multitud arremolinada y una parte de mi deseaba verlo... deseaba ver ese desprecio, ese odio visceral hacia una sacerdotisa que había arriesgado su vida y su tiempo en protegerles y curarles... Era como si una parte de mi necesitase ver que esa gente me odiaba para convencerme a mi misma ver que no había servido de nada todo lo que había hecho y que Ella tenía razón, que guardar esperanza de algo mejor era inútil, pues mi propio dolor no era importante y que ciertamente jamás sería suficiente ¿Para qué tanto esfuerzo si cuando necesitas ver que no estas sola te dan la espalda? Una sacerdotisa velando por esa tierra por esa gente y ni una señal de duda o apoyo entre esa gente.

Los recuerdos de traición, eso fue la mayor tortura a la que pudieron someterme, volver a hacerme sentir eso.

Los aventureros y ordenados permanecían ahí, apoyándola... Al menos ellos si que reconocían mi labor y todo lo que había hecho y sufrido, y aún así no podía evitar sentirme traicionada por los amnianos y sus gobernantes.


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- Mintió Lucyus, Carla mintió... - le dije con el amuleto en alto como si mostrase que toda condecoración en esas tierras era papel mojado -. Y eso dice mucho más de ella que de lo que deseaba averiguar. Más de una década.... años curando a gente en estas tierras, y vuestra guardia mintió. Esta gente no tiene culpa de nada, son arengados por otros, por lo que sienten. Pero un gentil no olvida los agravios, y os aseguro que el agravio de Carla no lo olvidaré.
 

Krystäl

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¿Cuánta paciencia creeis que puede tener una persona de ser humillada?​
Mi madre siempre me lo había dicho, que podía poseer su apariencia pero había nacido con la sangre caliente de los Sy'tel'quessir, como mi padre. Siempre había podido controlarla pues nunca había dejado que me llevasen a ningún extremo, pero cuando alguien trataba de doblegarme, no podía impedir que el orgullo de mi gente saliese a flote y junto las enseñanzas de mi padre: Ser humilde cuando cometes un error pero orgullosa cuando tratan de derribarte, y en menos de una dekhana, esa ciudad, sus leyes, su guardia, la corrupción desu sistema no cesaba una y otra vez de tratar de doblegarme.

Poco debían saber de la naturaleza caótica de mi pueblo si pensaban que la silenciosa y siempre distante Anith Sella, no poseía ese orgullo corriéndole por sus venas.


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Sigborn y Anja estaban insconcientes en las celdas de la guardia tras la pelea con Lucyus, una batalla en la cuál le dije claramente no había habido honor... pues uso la misma forma de pelear que Adanthiel uso conmigo en el cementerio años atrás. Esconderse, usar varitas para golpear, volver a esconderse en las sombras... No conocía mucho de los norteños, ni de sus dioses y tampoco de su cultura, pero era obvio que para ellos la lucha debía realizarse cuerpo a cuerpo para honrar a su pueblo y a sus Dioses, y él le impedía poder luchar con honor.

Pero cayeron al final, Anja sin poder haberse movido del lugar por la magia de la varita, Sigborn tras minutos de escondidas y apariciones, le atacó causándole graves heridas que le dejó desangrándose. Le dije de atenderles en el hospicio pero se negó, pero que podría hacerlo en las celdas.

- Dadmelo por escrito porque no quiero que después alguien venga y sencillamente no sirvan vuestras palabras – le dije varias veces. Aún así, debido a la gravedad de sus heridas tuve que atenderles ahi y marché junto a ellos a las celdas. Aún con el castigo de ayudar a la guardia, pensé en aprovecharlo para asegurarme que estaban bien y eran atendidos, aunque era una idea inicial que tenía... Pero una vez más, la corrupción de la guardia y las leyes de Amn se me mostraron, y sin haberme podido recuperar de lo último, nada bien podía salir de ahí.

- ¿Qué hace aquí la elfa sin limpiar? - preguntó el sargento Nikem cuando me vio cerca de las celdas de los reos.
- Mi sargento – saludó Lucyus -. No la he visto ni un día desde que se la castigó, pero en este caso, la elfa quiere tratar a los heridos.
- Me importa dos huevos de carnaconte realmente. Que la elfa se deje de jugar a la curandera y haga su trabajo que es limpiar las malditas letrinas, y la sala de interrogatorios, y las celdas

¿Jugar a ser curandera? ¿Tras tantos años y siendo encargada de hospitales de campaña con miles de heridos, ese hombre pensaba que estaba jugando a ser curandera?

- Bien, Anith, a limpiar letrinas.
- Mi trabajo es tratar a los pacientes... primero ellos, luego limpiaré – respondí al sargento volviéndome hacia él.
- No elfa, tu trabajo es lo que yo quiera que sea – replicó mientras Lucyus se mantenía al margen.
- Primero los pacientes.... - repetí -. Reos, enfermos, ese es mi trabajo.... siempre ha sido mi trabajo – aclaré ese punto, pues ya bastante me estaban quitando esas tierras para simplemente seguir haciéndome desaparecer como si mi propia existencia, sangre, sudor, y vidas salvadas jamás hubieran existido -. Después lo que deseeis.

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- Creo que a ésta hay que enseñarle lecciones – dijo -.¿Quieres tratar reos y enfermos? Bien, podrás hacerlo. una vez cumplas tu condena.
- Traté a la gente de los barrios, traté a los soldados en la guerra, estoy tratando a gente del hospicio... asi que sino deseais tratarlos vos, dejadmelos a mi. ¿qué os afecta que me asegure que estén bien ahora los reos? Menos trabajo para vuestra guardia...
- No me importa tu pasado, estás acá para pagar tu crimen. Ahora ve a hacer lo que se te ordena. A éstos los atenderá el sacerdote encargado
- He cedido bastante... - me mantuve en mi sitio -. Creo que más de lo que incluso debería. Disculpadme sino deseo ceder en este asunto.... Primero los reos, luego las tareas.
- No me importa tu opinión. Obedece ahora, o empeora tu castigo. Son tus únicas – y recalcó posteriormente-. dos opciones. De éstos se encargará el sacerdote de la guardia
- Primero los reos – repetí nuevamente sin moverme de las celdas de los dos barbaros.

El sargento miró entonces a Lucyus.
- Bien, Svart, enseñadle modales.

Lucyus asintió y se acercó a mi para que le acompañase, pero apenas me moví simplemente para esa castigo.
- Estoy agotada.... de ser pisoteada.... - le susurré cuando se acercó. Los uthgardt permanecian prisioneros, aún inconscientes, sin saber lo que estaba ocurriendo en ese momento. Lucyus se quitó el guantelete de hierro y entonces me dio un puñetazo en el estómago. Apreté los dientes inclinándome hacia delante cuando sentí el golpe.
- Moveos a las letrinas- ordenó Lucyus.
- Que la sanen luego, y no queden marcas – le susurró el sargento.
Lucyus asintió a la orden.
- Tranquilo, no quedarán marcas- aseguró.
Pero no cedí, no me moví del lugar. Volví a incorporarme.
- Primero... los reos.
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Lucyus me dio otro golpe nuevamente en el estómago y me llevé la diestra al estómago con un gesto de dolor.
- No me hagáis seguir teniendo que hacer ésto – su voz sonó intimidamente, o al menos el tono usado trataba de serlo. Pero yo estaba furiosa al ver una vez más que no había ni un ápice de bondad en aquel lugar, ni un buen sargento que tatase de buscar otra vía que no fuese mediante la fuerza, ni un buen guardia que no se indignase o se opusiese ante mandatos abusivos. Así que ante aquel tono que quiso imponerse, mi sangre solo se calentó más.
- ¡PRIMERO LOS REOS! - alcé la voz está vez.
Sargentos e quedó mirando sin saber qué hacer ¿pero qué esperaban? ¿Acaso esa gente no era capaz de saber dónde iban a llevar sus acciones o simplemente no les interesaba? Era como encender una cerilla, acercarla a la paja sin querer ver que lo que vas a provocar es un incendio. Lucyus sacudió la mano y me soltó un tercer golpe que me hizo inclinarme nuevamente dolorida.

- Estás empeorando la situación y si hicieras caso, ya los hubiera tratado un sacerdote – dijo. Pero no podía creer ya palabra alguna que viniese de la guardia. Dijo que les podría tratar y no fue cierto, dijeron de un sacerdote pero nadie ahí llegaba... pero cuando le dije sobre Carla, el abuso y el retorcimiento de la propia ley por una compañera, ya no parecía interesarle tanto ni movilizarse en ver la veracidad de ello para que no volviese a pasar y pagase por su crimen. -. Escuchad mi consejo y haced caso.

Los barbaros comenzaron a moverse, dando signos de estar despertándose. Doloridos y con la cabeza dándoles vueltas.
- Soy sacerdotisa.... me habeis destruido más de lo que creeis... vuestra gente.... Primero los reos, primero quiero tratar a los reos, quiero saber que estan bien. Qué... os importa si nada soy para vosotros.

Lucyus trató de cogerme del brazo para sacarme de la visión de los barbaros.
- El sargento ya os ha dado una orden y estás perjudicándoles más que ayudándoles.
- Su orden fue que me deis una leccion... Porque todo se sigue por la ley... hasta que debeis golpear sin dejar marcas porque al parecer no es legal... - musité esto último para que me escuchase claramente Lucyus cuando me cogió del brazo al tiempo que me levantaba.
- No te he golpeado, dama ¿Dónde os he golpeado? – mintió el guardia. No sé cómo se atrevían a mentir, sin duda era para que los barbaros no lo escuchasen, pero solo implicó que sí sabía mentir y bien que lo hacía cuando le interesaba -. Vamos -. me ordenó empujándome.
- Soy de piel blanca señor Lucyus.... ¿creeis que no se verán los golpes?

Lucyus me arrastró justo a tiempo para cruzarme con un sacerdote de Torm que se acercaba. ¿tan dificil hubiera sido dejarme estar con ellos hasta que llegase el sacerdote? ¿O simplemente atenderles como me dijo que podría hacer? No... necesitaban doblegar la voluntad, sentirse superiores. Lucyus me llevó a la sala de tortura donde sin duda un loviatarita disfrutaba sacando testimonios a los pobres que no tenian ciudadanía para que confesasen lo que les conveniese. Me obligó sentarme bajo la orden del sargento de que me hiciese obedecer o obligarme a ello, asegurándose después de usar pociones o curaciones para que no quedase marca alguna de ese abuso, donde la conversación sería una discusion eterna donde sin golpes, pero donde se rompió una confianza que había permanecido intacta hasta el momento.
 

Krystäl

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Cada vez que cierro los ojos veo esa imagen, esas miradas buscando el sufrimiento, esos gritos de odio... Y no consigo olvidarlo.

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N’Landroshien se sentó junto a la sacerdotisa mientras ésta permanecía sentada en la hierba mojada con la mirada perdida. Hacía días que había abandonado los caminos transitados y los lugares donde solía moverse tratando de encontrar un equilibrio que no conseguía hallar, pues el dolor al verse nuevamente traicionada trajo consigo heridas más profundas.

Pero estaba sola, había tenido que aprender a cargar con eso sola y no permitía que nadie se acercase tanto para siquiera ver una pequeña muestra de lo atormentada de realmente estaba su alma y todas las heridas que aún permanecían sangrando sin poder sanar, nadie salvo Sehanine, y salvo N’Landroshien.

- Deseabas que os golpeasen ¿es así? - N’Landroshien poseía esa forma directa de hablar que tenía la lunar. En sus tiempos había aprendido a ser diplomática, a medir sus palabras. Ahora no veía necesidad de ello, sobre todo cuando sentía que su interlocutor le mentía o sencillamente trataba de pisarla para sentirse moralmente superior. Estaba cansada de las mascaradas de esas tierras y las dobles intencionalidades de la gente, por ello ella era directa en sus opiniones, para marcar la diferencia en esas tierras.

Anith cogió aire, con la mirada perdida, recordando esos gritos, el odio que desprendían las miradas de los amnianos, como un simple escrito de un guardia novato había sido capaz de borrar por completo décadas de proteger y salvar la vida de esa gente. En su mente vino aquel momento en la guerra de los aguijoneadores, cuando los gentiles debían marchar a Siempreunidos por un problema. Ella deseaba unirse, deseaba ayudarlos... pero tenía un mandato de la reina y no podía ir con ellos. Por ello quedó salvando miles de vida de humanos en los hospitales de campaña para después ver como su propia gente llegaba malherida, dolorida... y ella se sintió inútil para su gente porque no pudo estar ahí con ellos, aunque fuese por haber seguido un mandado de la Reina, todo para salvar a unas gentes que ahora solo deseaban su sufrimiento.
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- El dolor que pudieran provocarme con sus golpes iba a ser menos que el que sus miradas me hacían – respondió a N’Landroshien -. Si habían olvidado todo lo que hice por ellos, y deseaban golpearme, humillarme aún más por la mentira de una guardia, despreciarme... herirme. ¿Qué importaba? Mi propio dolor nunca fue importante y no creo ya en la justicia de estas tierras. Pero no puedo olvidarlo... No puedo olvidar esas miradas, esos gritos... No había compasión en ningún de ellos, ni siquiera había honradez alguna en la guardia para que mandarse golpear a un sacerdote impunemente sin que nada se pueda hacer. .. ¿Por qué he sangrado y perdido a tantos amigos por salvar a esta gente?

- Pareces olvidar pequeña, que vuestra gente no puede olvidar. Nunca podréis deshaceros de esa imagen como no pudisteis deshaceros del dolor que sentisteis en el lugar que fue vuestro hogar. Olvidar, no es una opción para ti... Aunque para los humanos sea extremadamente sencillo.

Anith cerró los ojos y sintió la mano de N’Landroshien por su cabello.​
- Pero a pesar de todo lo que te han hecho, dejasteis claro al Fey'ri de que no sentíais deseos de venganza y que no permitiríais que dañase a ningún humano. No deseáis esparcir sufrimiento alguno entre esta gente a pesar de veros traicionada por ellos.

- Supongo que Shamaelthalar tenía razón en algo, soy una niña tonta - respondió, y tras varios segundos de silencio añadió con un tono más triste -. Ya no soy capaz de escuchar la canción... - susurró suavemente. Cuando volvió a abrir los ojos, estos estaban humedecidos por las lágrimas -. No soy capaz de escucharla... y es como si todo se hubiera vuelto gris.

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N’Landroshien permaneció junto a ella, pasando su mano por el cabello de la elfa en silencio, mientras éstas volvía a mirar a un punto lejano, pues cada vez que cerraba los ojos, solo podía ver aquella imagen de odio que se había grabado en su corazón.
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Esto podía ser el final de todo vuestro sufrimiento y el principio de algo nuevo... permitidme mostraroslo...

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Los pájaros marcharon volando del lugar ante aquel grito desgarrador que resonó entre los árboles, ahogado por la tormenta otoñal que se había desatado dias atrás.

Me acerqué a la sacerdotisa, quien se encontraba arrodillada sobre la tierra mojada y el cabello agolpándose sobre su rostro. Su respiración era entre cortada y sus brazos temblaban por la lucha de no derrumbarse ahí mismo. Por suerte había conseguido resistir para salir del Castillo de Minsor antes de que no pudiera manejarlo. Podía recordar como repentinamente sintió las cicatrices de su brazo arder y se apretó el antebrazo como si eso pudiese detener lo que estaba por llegar, o al menos retrasarlo lo suficiente para ocultarlo. Y lo consiguió. Ocultó la debilidad que comenzaba a extenderse por su cuerpo lo suficiente para salir corriendo de Minsor bajo la lluvia y refugiarse en los primeros árboles que la pudieron ocultar.
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Había que reconocer que había luchado todo lo que había podido, incluso después de haberse visto sentenciada a caminar durante el resto de su vida por aquellos senderos oscuros conmigo de compañía, jamás había dudado ni rechazado a su Diosa. Otros por mucho menos les dan la espalda a los Dioses, pero incluso a pesar de todo ese dolor que portaba, todas esas heridas y cicatrices en su alma, nunca hubo duda en ella hacia Sehanine. Ni siquiera en ese momento la culpaba y nunca lo haría, cualquiera que la conociera tanto como yo sabía que tratar que rechazase a su deidad perdía el tiempo. Pero yo nunca requerí que odiase o culpase a Sehanine por sus desgracias, solo necesitaba tiempo para que ella misma viera lo fútil de su lucha y que ni ella pudiera encontrar argumentos para mantener esa esperanza. Sí, había necesitado más de una década para ello, pero al fin había ocurrido. Corruptos y necios humanos.... Es tan predicible el comportamiento de esta raza que me extrañó que no la tracionasen antes, pero ellos no me importaban, solo la quería a ella.

Ahora solamente era un cervatillo herido, y si conseguía usar las palabras adecuadamente... esta lucha silenciosa habría finalizado con mi victoria para iniciar algo más grande.
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- Dejadme ayudaros a que cese ese dolor antes de que os mate... - me arrodillé junto a ella, pasando mi diestra por su rostro para recolocar algunos mechones tras su oido. La lluvia ocultaba las lágrimas que brotaban de unos ojos enrojecitos y resbalaban por sus mejillas. Tenía la diestra cerrada fuertemente sobre su corazón en un intento vanal de controlar el sufrimiento -. Yo puedo hacer que todo cese... Yo puedo llevaros a ese lugar que sabéis ya no tendréis que cargar con más dolor. ¿Por qué no marchamos juntas y me dejáis mostraroslo? Habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano y os advertí que eso nunca sería suficiente, habéis sangrado y perdido amigos por la gente de estas tierras y habéis comprobado que es lo mismo que vivisteis en vuestro antiguo hogar, solo sois alguien que usar y después despreciar a conveniencia y nada de lo que hagais tendrá jamás valor para ellos. No tenéis motivos para seguir luchando ni les debéis nada -. Apoyé mi frente en la suya, con la diestra sobre su mejilla -. Estáis cansada y tenéis derecho a estarlo, tenéis derecho a estar cansada, a no volver a confiar en ellos, a no desear luchar... Esto podía ser el final de todo vuestro sufrimiento y el principio de algo nuevo... permitidme enseñaroslo...​

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Anith tomó aire y cerró los ojos. Era cierto que estaba cansada, como también era cierto que no encontraba motivo alguno para volver a sangrar o ayudar a esta gente cuando su despreció había quedado más que evidente. Antes siempre había podido aferrarse a cualquier resquicio de esperanza, a que sus actos, la perseverancia, su esfuerzo.... servirían para que algún día las cosas cambiasen o al menos sentir que podían hacerlo. Pero ese juicio, las miradas de odio y desprecio de los amnianos, la impunidad con la que los mandos de la guardia mandaban golpear solo por el puro placer de sentirse superiores y el silencio de aquellos que se supone deben imponer la justicia...

Durante unos segundos el dolor se tenuó cortándole la respiración y se desplomó sobre el suelo, agotada. N’Landroshien se sentó junto a ella acariciándole el cabello y de lo único que fue consciente Anith antes de perder la conscienta, es que esa vez no podría superarlo sola.​
 
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Anith se bajó de su montura, dando unos golpecitos a Cometa en el cuello en un gesto cariñoso, y al tiempo, como un aviso que debía aguardar a la entrada del bosque.

Hacía más de diez años que la elfa no había cruzado los límites del Bosque Sin Espolio, más de diez años desde que se dio cuenta que no podría obedecer el castigo impuesto y que debía tomar una decisión por ella misma para evitar que aquel que fuese su maestro, tuviese que verse obligado a tomarla por ella y vivir con el peso de haber tenido que exiliarla de por vida de su hogar. No... prefería cargar ella con ese peso.

Pero ahora se veía obligada o más bien, se vio en la necesidad de romper dicho exilio y pisar los límites del bosque que la vio crecer.

Cogió aire y se metió en la espesura hacia la pequeña colina del lago, pues no tenía intención ni fuerzas para adentrarse más allá. Al fin y al cabo el exilio era el peor de los castigos, y sabía perfectamente que no habría elfo que debiera fiarse de ella y que su presencia no sería bienvenida, pero quizás... mientras no se adentrarse más que esas lindes, no se verían en la necesidad de tener que apresarla por romper su condena.

Subió la colina sin divisar animal o explorador vigilante, pero no le hacía falta verlos para saber cómo actuaban, pues al fin y al cabo su padre era uno de ellos. Alzó la mirada a la copa de los árboles un instante, aguardando, dándoles tiempo a aparecer si así lo deseaban, pero ante el silencio que siguió reinando tomó una yesca de su mochila y con un pedernal encendió una pequeña fogata a su lado.

Entre sus manos portaba una pequeña cajita de madera que permanecía cerrada.

- Se nos enseña desde que nacemos que el pueblo debe permanecer unido – rompió el silencio alzando su mirada a los árboles -. Que el pueblo debe ser uno, y yo aprendí que cuando un gentil se desvía de su camino es porque el pueblo le falló... porque no estuvo con él.

La mirada de la sacerdotisa se movió entre los árboles, observando cualquier movimiento de las hojas. Fuera escuchada o no, aquellas palabras que habían aguardado durante tanto año en su mente y que habían brotado la noche anterior en las tierras de Amn, requerían ser pronunciadas.​
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- Pero hace ya un tiempo comenzó una dinámica en que castigabais a los gentiles y os desentendíais de ellos.... Apareciais, emitiais juicios, les castigábais y después les apartábais y olvidábais – dice con seriedad-. Si el gentil se corregía por si solo bien, sino lo hacía... era culpa del gentil y no merecía la pena molestarte ni gastar tiempo en él. ¿Qué clase de gentiles somos para castigar y apartar a aquel que comete un error? ¿Acaso no deberiamos permanecer junto a él para que no se sintiese abandonado? - preguntó en dirección a los árboles -. ¿Acaso esperamos que un elfo sea capaz de lidiar solo contra el dolor, la culpabilidad o el propio odio por si solo? Vemos que está perdido...¿ y la opción es que trate de encontrarse por si solo pero no estar ahí por si cae o para evitar que otros se aprovechen de ese momento de debilidad y duda?

Anith se movió unos pasos, girando sobre si, mirando a su alrededor, a cada copa del árbol, a cada movimiento de hojas o sonido que llevaba a sus oidos.​

- Anoche tuve que ver morir por segunda vez a una elfa frente a mis ojos que se sintió traicionada por su propio pueblo ¡La segunda! ... pero la tercera perteneciente a esta ciudadela.... - alzó la voz escondiendo un leve quiebro en su tono, escondiendo sus propias cicatrices -. ¡Un tel'quessir jamás debería sentirse traicionado por su gente! ¡Nunca...! - recalcó -. Semejante sentimiento nunca debería tocar el corazón de un elfo, y lo volvisteis a provocar.... y yo tuve que volver a presenciarlo – dijo haciendo una pausa -. No sé qué pasó, ni qué hizo... pero os desentendísteis y la oscuridad se aprovechó de su dolor y sufrimiento – su tono se apaciguó un instante, solo para volver a alzarse en ese silencio -. ¡Así que ya basta! - gritó -. Un pueblo no puede ocasionar tal dolor que la oscuridad se pueda aprovecharse de ello, no se puede condenar a nuestra propia gente y olvidarla a su suerte. Así no puede actuar el pueblo gentil, ¡así no debe actuar el pueblo gentil!

- Cada vez que un elfo se siente traicionado y abandonado por los suyos termina roto de por vida, y muchos terminan muriendo por el dolor, y otros terminan siendo secudidos por la oscuridad bajo promesas de que el dolor cesará...
- Anith apretó los labios brevemente, conteniendo las lágrimas -. Tenéis que cambiar eso, o acabareis destruyendo al pueblo .

- Así que sabed... que aquella que era conocida como Aherix, perteneciente a estos bosques y exiliada.... murió hará unas noches frente a mis ojos y que nada pude hacer por salvarla.–
Anith abrió la cajita y la alzó la mostró en su diestra. En el interior de la cajita había dos orejas élficas aún ensangrentadas tras haber sido cortadas -. La oscuridad ya se había instalado en su corazón y ella se alimentaba de esa oscuridad. Su cuerpo y su alma estaba ya corrupto y el odio hacia el pueblo permanecía instalado en su alma maldita por el sentimiento de traición – Anith volvió a cerrar la caja -. Murió asesinada por esa oscuridad en su corazón frente a mi.... Rehusó de su sangre gentil y de su pueblo... Así que hacédselo saber a vuestra coronal y al consejo, la etrielle Aherix está muerta... y en su lugar nació una aberración nomuerta.

Anith se giró hacia la hoguera, alzando levemente el mentón.

- Que esto sea un recuerdo para aquella que fue, la despedida de una gentil que murió y que jamás debió sentir tal dolor en su alma – La sacerdotisa lanzó la cajita a la hoguera en un gesto simbólico de la muerte de la elfa con la que había hablado dias antes -. Adios etrielle Aherix, feliz partida, feliz reencuentro, los que os quisieron nunca os olvidarán... - dijo lanzando la cajita al fuego, como símbolo de despedida de la elfa que dejó de existir delante de ella.​

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La sacerdotisa permaneció en aquel lugar, de pie, hasta que la cajita de madera se convirtió en cenizas. Tras ello apagó la hoguera y sin mirar la vista atrás marchó de aquellos bosques.

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Tärwen cogió a su pequeña hija y la colocó en su regazo, mientras trataba de trenzarle el cabello. La pequeña elfa se movía inquieta como todo niño, hasta que vio pasar una estrella fugaz sobre sus cabeza y con un tono infantil preguntó qué era aquello. Tärwen, con una sonrisa amorosa le dio un beso en la mejilla y en un tono tan suave que parecía un susurro le dijo:

Cuenta una leyenda, que cuando alguien fallece, Sehanine le convierte en una brillante estrella y se la lleva consigo al Arvandor. Es por ello que cuando vemos una estrella fugaz, lo que estás viendo es el alma de un gentil que inicia su viaje hacia el Arvandor.​

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Estaba muerta, aunque en un primer momento no quiso creerlo, ahora podía verlo con sus propios ojos.

Valandil se acercó hasta el cuerpo que descansaba sobre el altar del templo, haciendo que el resonar de sus botas embarradas fuesen lo único que sonase en aquel lugar de quietud, mientras Alÿria se quedaba en la entreada y las sacerdotisas de la Nube Luminosa se retiraban en silencio para darle algo de intimidad.

Con cada paso que el silvano daba hacia el cuerpo, sentía una puñalada de dolor en su pecho, hasta que se detuvo frente al cuerpo sin vida de la lunar. Una fina seda de plata cubría su rostro, pero él aún podía ver unos rasgos delicados tras aquel velo. Recordaba su sonrisa, cómo sus ojos brillaban cuando acudaba a su hija de pequeña, el sonido de su risa... Pero nada en su rostro ni su cuerpo mostraban señales que hubiera muerto sufriendo, pero Valandil sabía que así había sido. La pena por haber perdido a su única hija la había estado consumido durante años hasta que su corazón no aguantó más.

El sentimiento de culpa por no haber sabido ayudarla le inundó, pero ni él mismo sabía cómo afrontar aquello y ahora, aquella mujer que había conseguido salvarlo de la oscuridad que amenazó con acabar con todo lo bueno que había en él durante las guerras de Tezhyr, yacía muerta frente a sus ojos, y nunca más podría volver a escuchar su voz ni ver su sonrisa.

El silvano inclinó el rostro sobre la elfa, apoyando su frente en la de ella. El tacto era frio, pero no le importó, pues con ella, había perdido lo último que le quedaba del calor de su alma. Apretó el puño entorno a la empuñadura de su espada sin derramar una lágrima pero sin llegar a comprender porqué debía sufrir semejante pérdida. ¿Acaso no había perdido ya demasiados seres queridos durante toda su vida? Ella no se merecía morir de esa forma, ella no se merecía sufrir cómo lo había hecho...

- Ahora podrás descansar en los bosques del Arvandor Tärwen...y el Seldarine sanará tu corazón – susurró acariciando el cabello sobre el velo de la lunar. Tras de si unos pasos se acercaron, aunque menos escandalosos que los de él, deteniéndose a unos metros de su espalda.

Valandil se irguió.

- Se lo dirás ¿No es así? - quiso saber Alÿria -. A tu hija....

Esa palabra abrió tal brecha en su corazón que cerró el puño tan fuerte que sus nudillos se tornaron blancos.

- Yo no tengo ninguna hija – sentenció en un tono grave antes de girarse hacia su compañera -. Y no vuelvas a pronunciar esa palabra delante de mi.

Pues para un elfo, el exilio era el peor castigo que podían imponer a un gentil, guardado para el peor de los traidores, y en ese momento, el nombre del gentil quedaba prohibido de ser pronunciado o recordado en la Ciudadela. Hacía más de diez años que Tärwen había visto por última vez a su hija, y no había podido soportar la perdida de esta pues a pesar de todo... era su hija. Para Valandril, el dolor era el mismo que el que Tärwen había sentido... pero su corazón estaba tan herido y llena de cicatrices, que la única forma de sobrevivir a ello fue endurecerlo aún más.

No, para él, su hija había muerto hacía más de una década... él ya no tenía hija alguna.​
...........................

Aquella noche, mientras el ciervo de Anith bebía del rio y ésta acariciaba su lomo tras un dia de paseo por el bosque, alzó la vista para ver cómo una brillante estrella fugaz cruzaba el cielo para perderse en la lejanía... sin saber que dicha estrella custodiada por Sehanine, portaba el alma de su madre.

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Krystäl

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Cada día permanecer ahí se me hacía más y más doloroso, hasta llegar el punto de tener que guardar y llevar a lo más profundo de mi ser cualquier emoción para poder soportarlo.

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Había ido a Tezhyr después de que me dijesen que Muran estaba atacando el Cuello de Dragón y yo sabía que si conquistaban dicho lugar, el Weldath quedaría expuesto a las bestias. Nadie me pidió ayuda ni supe de ningún llamamiento para proteger el bosque. Fui por mi misma, por los valores que me inculcaron a pesar de saber que sería duro.

Mi intención primera era ayudar sin ser vista, vigilar, pues en mi mente siempre estaba presente lo que significaba un exiliado a ojos de gentiles... pero fui ingénua al pensar que no me verían, así que traté de permanecer aparte para evitar cualquier incomodidad de mi presencia hacia los gentiles y opté por vigilar las fronteras sobre una de las torres vigias. Conocía esos bosques pues me había criado ahi, pero mi deseo de permanecer vigilando en esa torre no gustó a Valrieth que trató de decirme que debía ir a la fortaleza con el resto, pero al ver que me negaba a obedecerla, me acusó de ser cabezota, hipócrita.... me acusó que moririan elfos por permanecer vigilando en la torre vigía y que solamente pensaba en mi, pero no veía sentido de vigilar tras unos muros de piedra cuando ahí es donde se veía al enemigo venir y dónde se debía avisar, así que me negué a obedecer.

Era imposible que sus palabras no me doliesen, pues en ellas se veían que nada sabía de mi, y había sido enjuiciada demasiadas veces por personas que ni me conocían ni se preocupaban de mi, pero no iba a esconderme tras muros de piedra.

Luché en varias ocasiones contra patrullas muranitas que se adentraban en el Cuello del Dragón, una de ellas junto Aravae y otro explorador que venía conmigo a patrullar la zona, pero siempre estábamos en desventaja porque pocos vigilabamos las lindes y los elfos que permanecian tras la fortaleza estaban muy lejos de la zona de conflicto para darse cuenta de las patrullas muranitas que exploraban las lindes élficas. Por fortuna, algunos exploradores sobre los árboles sí divisaban nuestro combate a lo lejos y, aunque no llegaban a tiempo para unirse, su presencia provocaba que los muranitas tuviesen que huir, pudiendo entonces tratar nuestras heridas y acercarnos a la fortaleza donde estaban los demás para recuperarnos por completo, aunque yo nunca desee permanecer dentro de los muros. No... la vigilancia debía ser en las lindes, donde el enemigo se estaba moviendo para recabar información.

Pero no tardó en venir un Kerym instándome a darle un par de dekhanas para asegurar la zona de la torre vigia y establecer protecciones. No hubo juicios de su parte hacia mi, ni ataques en sus palabras. Sus argumentos me parecieron bien, dos dekhanas... eso es algo que podía concederle, así que me retiré y monté un pequeño campamento junto con algunos amigos que vinieron a acompañarme, Belegor, Calendil, Aravae... ellos estuvieron conmigo en el campamento en todo momento o trayendo alimentos mientras vigilábamos y deteniendo a algún muranita en aquel entonces que se trató de aventurar más allá de los puentes, pero entonces, una noche, casi apunto de cumplirse las dos dekhanas... ocurrió lo que me temía...

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Llovía con fuerza cuando un aviso proveniente de la zona donde yo había estado vigilando unas dekhanas atrás llegó a dónde estaba el campamento. Dos exploradores elfos habian sido abatidos y asesinados por las bestias de muran... Toda herida y recuerdos del pasado regresaron a mi presente. La gente se arremolinó y marcharon al interior de la fortaleza con los cuerpos... pero yo no deseaba ir porque en ese momento comenzó una batalla en mi interior que no quería ni tenía necesidad alguna de mostrar. Aravae parecía molesto al ver mi actitud y mi negativa de pisar la fortaleza incluso en esa situación, y no fui hasta diez minutos más tarde, cuando todos habían marchado ya a la fortaleza y para entonces, solo la pisé para ver duranteo unos breves momentos como eran enterrados en un montículo ahí mismo... y sencillamente marché.​

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Marché al campamento, marché agradeciendo esa lluvia y me introduje en el interior de la herradura de la colina. Habían muerto porque obedecí nuevamente a los elfos de la ciudadela, porque me instaron a alejarme de la zona de vigilancia, acusándome de que por mi culpa morirían elfos sino les obedecia y había pasado justo lo contrario, otra vez...

Y grité.

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Grité para sacar el dolor al saber que había podido prevenir la muerte de esos elfos si me hubiera mantenido en mi lugar, si me hubiera negado a obedecerles. Grité cuando el dolor me desgarró el alma mientras la tormenta y la lluvia ocultaban mis lágrimas y me dejé caer en el suelo mojado, llevando la diestra a mis labios para acallar los sollozos.

Se me estaba haciendo muy duro permanecer en ese lugar y aún así, los juicios, las miradas, las críticas.... debía ocultar ese dolor porque no podía permitirme ser débil, debía ser fuerte si deseaba proteger a mi pueblo. Pero un sonido llamó mi atención y levanté la vista con los ojos llenos de lágrimas y el rostro mojado por la lluvia de la tormenta, mientras el cabello se me agolpaba en las mejillas.

Aravae se encontraba frente a mi, inicialmente extrañado cuando me vio gritar, pero no tardando en comprender qué me estaba ocurriendo. Se acercó en silencio y se arrodilló junto a mi, colocándome una mano en el hombro...

- No es culpa tuya.... - me susurró permaneciendo entonces junto a mi en todo momento, mientras el dolor latía sangrante en mi interior y las pesadillas retornaban.​
 

Krystäl

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Después de seis dekhanas encerrada entre las cuatro paredes del hospicio atendiendo heridos, vigilando pacientes, aguardando y preparando vendajes, medicinas y ungüentos para prever futuros heridos debido a los hijos del tuerto, esa noche ya no pudo más.

Dos discusiones de personas que nada sabían de ella pero se consideraban con derecho a atacarla como si consiguieran un prestigio con ello y una decepción fue suficiente para ella aquel día.

La sacerdotisa salió del hospicio dejando que sondearan mágicamente la mente de uno de los pacientes inconscientes y se acercó al acantilado, pasándose las manos por el rostro cansada.

Todo había comenzado por la tarde, y desde entonces solo había ido a peor, poniendo a prueba toda su paciencia mientras las antiguas palabras de su padre no dejaban de resonar en su mente: Sé orgullosa cuando traten de pisarte. Y por el Seldarine... cómo echaba de menos perderse por el bosque y cuánto lo estaba necesitando.

Se dejó caer sobre la hierba, sintiendo la larga trenza en su espalda y escuchando las olas romper contra el acantilado mientras recordaba cómo comenzó todo, con la simple presencia de Salathar preguntándole por algún antídoto para un paciente envenenado. En sí no parecía que dicho intercambio fuese a derivar a toda una discusión, donde una vez más, la sacerdotisa sintió algo demasiado familiar en sus tiempos en la Ciudadela.

- Escuche dama Sella – Salathar se había detenido camino a la puerta, permaneciendo de espaldas a la elfa -. ¿sabe cuál es la desventaja de poseer una buena memoria? Nunca olvidas – dijo dirigiendo una mirada de soslayo hacia la sacerdotisa. Ya esa simple frase le indicó qué vendría después, por lo que sencillamente aguardó para que pudiese decir aquello que deseaba, pues de seguro, ella tampoco olvidaba -. Aquel día me sentí herido por vos. Cuando insinuó que iba a corromper a los jóvenes ¿lo recuerda?

Anith le miró unos momentos, pues si algo sabe, es qué frases y términos usa, y acusar a alguien de corromper a los jóvenes no era una de ellas. Pero en su mente se abrió una pequeña ventana que aconteció hace años, frente al hospicio... Un mago cuya actitud le hizo desconfiar, pero a su mente no vino semejante acusación.

- Frente al hospicio, lo recuerdo... - respondió aguardando que su memoria fuese dibujando aquel momento años atrás.

- Sé cómo debe sentirse, quebrándose la espalda y la cabeza con tal de favorecer estas gentes para luego sólo obtener rechazo reiterado y malas miradas. Ese día me sentí así también. Vaya con los dioses – dijo volviéndose hacia la puerta con parsimonia.

Pero algo que había heredado de su padre, era su orgullo... era lo único que le quedaba del hogar que había perdido, y conocía perfectamente las señales de alguien necesitando dar lecciones y sentirse por encima como para callar a estas alturas de su vida.

- Señor Salathar, aguardad... - le pidió. Salathar se detuvo a unos metros, devolviéndole la mirada -. No tratéis de equivaler lo que vos sentisteis por algo que sin duda vuestra actitud provocó de mi, pues también recuerdo las faltas de respeto y cómo se me ignora cuando no agrada lo que digo, apartándome de un lado... siempre – añadí -, con una vida que desconocéis por completo, la mía. Vos marchareis fuera ahora con amigos, pero yo seguiré aquí atendiendo a los pacientes sola, y a pesar de todas las faltas de respeto y gente tratando de pisarme, permanezco.

- Me temo que sois una persona soberbia, y por eso mismo las personas se alejan de vuestra vera. Únicamente una disculpa, mi corazón hubiera sanado tal suceso. Todos ejecutamos labores o palabras inapropiadas ocasionalmente; pero lo importante es rectificar. Y yo pido disculpas si alguna vez, fui inapropiado con vos.

La sacerdotisa permaneció con la vista en él, con las manos enlazadas sobre su regazo en la entrada del hospicio. Esa conversación iba a ser larga y tediosa.

- Entonces señor Salathar, venid con humildad tratando de buscar en mi la comprensión y no tratando de darme lecciones, y hablar claro – dijo -. ¿Os ha parecido esta una actitud apropiada para buscar en mi una disculpa?

- Hoy he decidido ser claro con vos en lugar de cuchichear y pregonar pérfidas palabras sobre vos, decido manifestar lo que siendo. Más sé de muchos que lo hacen con vuestra persona. Y eso precisamente expande la ponzoña en el corazón de los hombre. Únicamente quise sincerarme tanto conmigo mismo como con vos, nada más.

- ¿y no pensasteis de hacerlo de otra forma? - preguntó -. Dama Anith, desearía hablar con vos ¿tenéis un momento? - sugirió viendo solamente frente a ella excusas al tiempo que la juzgaba.

- Puede que tal hubiera sido más apropiado, sí. No lo negaré. Pero únicamente quería que supieseis lo que una vez dijisteis, pero precisamente en ese momento rodeados de los niños y algunos de mis compañeros. Me pareció extremadamente inapropiado, más por el momento que por el mensaje.

La ventana a aquel recuerdo se amplió de forma mucho más nítida y acertada que la de Salathar, pues al parecer su memoria no era tan buena cómo decía. Anith se volvió a ver frente al hospicio después de los cuentos, Calendil, Caladhron, salathar y otra persona... no estaban los niños pues ya les habia acompañado a acostarse. Todos estaban conversando y Caladron nombró el nombre de Bane, Anith dijo que no mencionase en nombre de los Dioses corruptos, pero Salathar volvió a nombrarlo y nuevamente Anith pidió no hacerlo, pero él sonrió con sorna... volvió a mencionar su nombre al poco y ella simplemente optó por marchar mientras sentía la mirada divertida de Salathar a su espalda.

Nunca pronunció palabra sobre que corrompería a los niños como le acusaba, pues nunca hubieron niños... Y ella solo usaba dicha palabra cuando hablaba de Dioses corruptos, tierras corruptos o naturaleza corrupta... no cómo él decía. Así que básicamente le estaba acusando de algo que nunca pasó salvo en su mente después de años de ese acontecimiento. Pero es parte de la fragilidad de la mente humana, los recuerdos se tergiversan y cambian, haciendo creer cosas que nunca pasaron.

- ¿Recordáis qué hicisteis para que yo dijese claramente que desconfiaba de vos? - le preguntó mirándolo.

- Lo recuerdo sí, por nombrar algo que no se puede nombrar.

- Y os dije que no lo hicieseis, y lo repetisteis con sorna mirándome, y opté por irme y
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recuerdo esa mirada burlándoos de mi. Los niños no estaban, Calendil, caladhron, y una persona más además de vos... -
le detalle para hacerle ver que yo tampoco olvidaba y que recordaba perfectamente dicho momento, incluso mejor que él - Calendil habló con vos porque os tenía en estima y sé que siempre desea mediar. Pero me acabais de llamar sobervia, me decis que la gente cuchichea... porque hace más de dos años vuestra actitud me pareció incorrecta, y no he vuelto a pensar ni a hablar de dicho tema con nadie – dijo con seriedad tratando de hacerle ver que cualquier entendimiento que buscase se había perdido en sus formas -. Decidme señor Salathar, qué respuesta esperais obtener de todo esto...
- Mis oídos están abiertos a los que muchos pronuncian. Pero no os conozco en profundidad, pero he visto muchas actitudes por vuestra parte para saber en mayor o menos medida, tal es verdad.

Entonces Salathar comentó un hecho donde ayudó a Amn y después los magos fueron perseguidos... pero yo no iba a entrar en competiciones de quién ayudó más, perdió más en una lucha, y después fue traicionado, pues temo que era una medalla que no deseaba obtener.

- No voy a entrar en competiciones de quién ha sangrado más y se ha sentido traicionado más en estas tierras señor Salathar. Mi pregunta sigue estando en pie... ¿cómo esperais que reaccione?

- Con respecto a mi agravio – Anith alzó levemente las cejas -. te ofrezco mis disculpas. Mas solo deseaba obtener lo mismo por vuestra parte. Cómo dije, más que por el mensaje, por el momento. Sois libre de opinar lo que deseéis de mi, al igual que yo lo soy para consideraros y opinar de vos.

- Esperáis de mi una disculpa porque proferisteis el nombre de un Dios oscuro y cuando se os pidió no hacerlo lo repetisteis y después me mirasteis con sorna al irme... ¿Dónde veis vos el agravio que según vos os dirigí? - preguntó, pues era evidente que nada de lo que había dicho había sucedido realmente. Pero parece que en estas tierras, se desea hacer cosas sin tener consecuencias y que las personas acepten todo.

Las palabras de su padre resonaban en su cabeza: Sé humilde cuando falles, y orgullosa cuando traten de pisarte...​

y por desgracia lo segundo era la dinámica habitual en esas tierras​

- No lo haréis, verdad - preguntó Salathar. Pero Anith se mantuvo en silencio. Se había llegado a disculpar con mucha gente, incluso con un sacerdotisa Banita cuando éste le mostró extañeza por un acto de Anith, y tras hablar con ella, la sacerdotisa consideró que ciertamente había errado y se disculpó. Pero las formas, la falta de respeto mostrado... no le instaba a pedir perdón, no solo porque sus recuerdos no eran tales, sino porque sus actos provocaron que desconfiase de él y había aguardado dos años para tratar un tema que ella ya había dejado atrás, para ahora tratar de solventarlo de una manera pésima para la sacerdotisa -. Sea pues dama Sella, como dije, estaré dispuesto a tomar vuestras misivas... - dijo antes de marchar el mago.

Podía haber finalizado ahí ese dia, con una discusión de ese tipo en aquella situación y con agotamiento mental que tenía ya le era suficiente, pero al parecer... algún Dios consideró que sería buena idea y divertida seguir probando la paciencia de la sacerdotisa, pero esta vez, no vino la falta de respeto por parte de un humano, sino de una elfa. La elfa se había detenido cerca de ella mientras revisaba a los pacientes, y la sacerdotisa se giró para saber si podía ayudarla.

- Tan solo me sorprende tu supervivencia... a pesar de arruinar su orgullo ¿qué fue de esos N'tel'quessir?

Por primera vez desde hacía muchos años, Anith sintió deseos de reír ante la situación. Pero sabía que era el agotamiento mental que tenía. Horas antes un humano diciéndole que tenia soberbia y hablaban tras ella empozoñando sus corazones, y ahora una elfa seguidora del Arquero negro que no conocía le echaba en cara que no tenía orgullo. Anith tomó aire y se giró a ella manteniendose serena, acallando toda respuesta que se cruzó por su mente. Estaba cansada y acababa de salir de una conversación nada grata, por lo que estaban poniendo a prueba su paciencia.​

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- Voy a requerir algo más de información... - le dijo -. Porque me he cruzado con tanto N'tel'quessir, que requiero que me digáis a qué momento os referís...

- Parece que ya lo olvidasteis... No sé si alegrarme o no. Cuando permitisteis que os juzgasen y os humillaran. ¿Qué pasó con esos N'tel'quessir?

- Sois seguidora del arquero negro ¿es así? - pregunto viendo las intenciones y tratando de desviar la atención -. Shevarash juró no sonreir hasta acabar con el último dhaerow, pero porque no deseaba que nadie viviese lo que él tuvo que vivir durante la caída de la corte élfica. El dolor, la muerte, el sufrimiento... Opto por coger dicho ámbito vengativo para que ningún Seldarine tuviera que cargar con él.

- Sí... antes de que sigas preguntando, no, no pienso cambiar de senda y no cesaré hasta llegar a exterminar hasta el último dhaerows – dijo ahoganod un gruñido -. A pesar de ello ¿te vengaste de los N'tel'quessir?

- Los N'tel'quessir no son drows – respondió -. Y la venganza no es un sentimiento que yo pueda ni deba portar etrielle... es un sentimiento peligroso. Y soy gentil, el tiempo está a mi favor y es justicia lo que buscaría, no venganza – Anith mantuvo la mirada en ella -. Comprendo vuestra senda, siempre la respeté, pero no deseo que vuestra premisa de buscar venganza por mi daño acarree problemas a los elfos aquí. Solo conseguiríais dar una excusa a aquellos que nos odian para que nos atacasen como trataron antaño, y yo no deseo ni busco venganza.

- ¿Te sometes a ellos? Una suma sacerdotisa humillada hasta ese nivel... - para Anith ya le resultaba hasta chistoso cómo los "elfos" decían respetar tradiciones, pero después trataban así a sus sacerdotes. Ahora mismo no veía diferencia entre Salathar y la elfa ahora mismo.

- Vos estáis faltando al respeto a una sacerdotisa como hace unas horas lo hizo un humano, pues creéis que vuestro saber es más que el de la sacerdotisa en lugar de pensar que quizás... solo quizás... mis palabras son dichas por algo – dijo tratándole de hacerle ver la incongruencia de sus forma.

- ¿Quienes buscan excusas sobre nosotros? Nuestros, son exclusivos objetivos – la elfa ahogó un gurñido de odio aproximándose de forma atropellada a la sacerdotisa -. ¿a quién estás protegiendo? Hablar... - dijo poniendo su mirada en la lunar con frialdad.

- A vos... - respondió sin retroceder ni un ápice -. A vos y a todo gentil que se mueve por estas tierras, lo creáis o no.

- Justifica tus palabras ¿Por qué, debería ahora creer que me estás protegiendo, de quién, de quienes?

- Como vos decís etrielle, soy una sacerdotisa del Seldarine... - respondió -. Lo que deberías suponer es que seguramente soy consciente de más cosas que vos debido a vuestra juventud, y que sino os respondo detalladamente, es porque no es el momento para desvelar aquello que deseais saber...​

Sin duda necesitaba que todo eso acabase y poder perderme nuevamente por los bosques.

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Krystäl

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A lo largo de los años he escuchado muchas veces cómo los humanos comentaban lo afortunado de la longevidad de los elfos, obviando como es propio de su naturaleza los pormenores a largo plazo que todo gentil sufrimos, sobretodo aquellos cuyas penas pesan más que las alegrías.

Con el tiempo yo me convertí en uno de esos gentiles cuyas penas, dolor y traiciones contaban más años que los que había sido feliz, y por ello como hizo antes mi mentor, la ensoñación era algo que aplazaba hasta que sabía que no podía seguir huyendo de ella, pues era necesaria para mantener la cordura de todo elfo y no olvidar quienes somos y qué nos había llevado a ser quienes éramos.

Durante ese trance donde la Nube Luminosa vela por sus hijos, nos roca revivir nuevamente hechos de nuestro pasado sin poder cambiar nada y sin poder decidir qué deseábamos recordar, pues eso estaba en manos de la Seldarine. Durante varias horas volveríamos a rememorar aquello que sentimos en un momento de nuestra historia, recordar las conversaciones que tuvimos, sentir el dolor, la felicidad, la pena...

Por desgracia para mi esa última ensoñación me llevó a esa época oscura que me tocó vivir hace más de diez años, en una sala llena de mesas, con la estatúa de Corellon en el fondo de la sala y varios troncos de árboles creciendo hacia el cielo en el interior de la sala, con una fina capa de cesped que refrescaba el ambiente, mientras la propia sala, como todo edificio en la ciudadela, se adaptaba al caos de la naturaleza.

Había reunidos más de diez elfos, tristemente más de la mitad ni les conocía y de la otra apenas tenía trato con ellos, pero ahí estaban todos, como si mi vida y mi dolor fuese un espectáculo que enjuiciar como hacen los amnianos. Pero inicialmente, el Cinaess me había llamado para dar explicaciones de lo acontecido con Adalon, y solo por eso salí tras más de dos meses de la infraoscuridad protegiendo dicho lugar, teniendo cada dekhana que enfrentarme sola a grupos de muranitas y siendo curada posteriormente por los shevarasita, mientras los gentiles solo se quejaban de que se había quedado desprotegido la cueva de Adalon pero sin que ninguno moviera un dedo para protegerla salvo yo.

Pero no di explicaciones, pues el mismo Cinaess me había enseñado años atrás que yo no importaba, que mi dolor no importaba, que cuando algo afectaba al pueblo solo debía callar sin dar explicaciones y aceptar toda culpa y castigo. Así que eso hice, respondí que mi presencia había molestado a Adalon y no di más explicaciones.

Tampoco la buscaron, pues lo único que les importaba era enjuiciar y culpar a alguien, y yo era ese alguien.​

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Así que nunca les dije que su anterior sargento me había avisado que dekhanas antes habían ido a cazar al dragón verde que Adalon les había pedido como parte del perdón hacia los elfos de la Ciudadela por alguna afrenta que un grupo de la Ciudadela había cometido contra ella, mientras yo hacía vigilancia en el cementerio de la ciudad humana ante el ataque de los vampiros, pero me había mentido en ello... pues en dicha reunión me enteré que jamás habían ido. Nunca les comenté que insté a los Robustos a hablar con los gentiles para solucionar el tema bajar a las minas por la cueva de la dragona, pues yo no podía ayudarles, pero que al final sentí que debía ayudarles a que el tratado con la ciudadela se respetase, y sencillamente acompañé a una Robusta para hablar con Adalon porque di mi palabra que la regresaría sana y salva a casa. Nunca supe porqué la dragona se había enfadado de esa forma con los elfos porque por entonces yo estaba fuera de la Ciudadela y nadie me explicó lo sucedido, pero yo pagué por el error de todos ellos... y Adalon se aseguró de arrebatarme y apagar la única llama de esperanza en unos tiempos que me estaban siendo oscuros y difíciles, sin parpadear...​

Eso es algo que veo nítidamente incluso cuando estoy despierta. La facilida con la que una dragona que respetaba y veneraba por su esfuerzo y dedicación, aquella que meses antes le había cantado la canción de la luna por petición suya, me arrancó toda esperanza sin parpadear y sin importarle lo más mínima cómo me desgarró el alma...​

Y ahora me encontraba en aquella sala, rodeada de elfos, con la Etrielle Lotar sentada tras de mi y otro quess del Consejo mientras Shamaelthalar convertía una reunión en un juicio encubierto.

Quizás había aprendido a que yo no tenía valor en esa ciudadela, que mis palabras y mis sentimientos nada importaban. Pero nunca se me dio bien callar cuando veía la injusticia hacia gente inocente.

- De mi podéis decir lo que queráis, pero dejad a maese Himrick a parte de esto pues nada tuvo que ver – rompí mi silencio interrumpiendo al Cinaess -. Fue mi decisión bajar, fue mi presencia la que ocasinó que se enfureciese la dragona. No convirtais esto en un juicio donde ni siquiera tenéis a la persona que acusais para defenderse, pues eso no es honorable.

El pueblo Robusto siempre me había mostrado ser un pueblo de honor, un pueblo que velaba los unos por los otros, que no permitían que ni un solo Enano se sintiese abandonado y que si uno marchaba, iban a buscarlo para tenderle una mano... El pueblo Robusto me había mostrado que aún guardaban unos valores que yo sentí el mio estaba perdiendo, y no podía haber nada para protegerlos. Ellos quedaron conmigo en esos momentos difíciles sin preguntarme nada, tendiéndome su mano, abriéndome su hogar, pues ellos fueron capaz de ver el dolor por el que estaba pasando... algo que mi propia gente no fue capaz de entender.

Pero alzar mi voz se debía más a la injusticia que vi cuando el Cinaess no tenían potestad para realizar tales juicios a Himrick sin estar presente, aunque realmente, ni al Robusto ni a mi... pero el Consejo cambiaría dicha norma para permitírselo convenientemente, así que no importaron mis palabras ni me defensa hacia el Robusto, acusaron a Himrick sin defensa posible y le impusieron un castigo que la Dendravoz debería portar – cosa que jamás llegó a hacer a pesar de los meses que tuvo para ello -

A mi se me acusó de haber provocado el enfado de Adalon y su marcha con mi presencia sabiendo que ésta estaba furiosa con los elfos de la Ciudadela y no deseaba verlos en dos años, dos años que no disponian los Robustos. No importó que fuese la única que permaneció desde entonces en la infraoscuridad totalmente sola defendiendo dicho lugar o que llevara meses fuera de la ciudadela antes de tales hechos sin poder pisarla y no conociese los pormenores de dicha situación, ni importó que mis intenciones fuera de ayudar a nuestros aliados Robustos a descender por el templo de Shevarash donde estaba Adalon para pedirle permiso para que ellos cruzasen de forma segura aunque no lo hicieran los elfos, pues necesitaban unos minerales para su gente y en el tratado de alianza estaba dicho punto. Me acusaron, me enjuiciaron y me castigaron despreocupándose posteriormente de mi persona.

Pero no fue eso lo que más me dolió en dicho juicio encubierto, sino las palabras de los miembros del Consejo cuando salió el tema por el cual yo no había pisado la Ciudadela en meses. Recuerdo girarme a ellos, con dolor en mi voz.​

Música

- Vos sabéis bien porqué no podía volver a la Ciudadela – les recriminé -. y aguardé que eso cambiara pero solo obtuve vuestro silencio.

- Sois vos quienes decidisteis marchar, podías haber regresado cuando quisieras – respondió la Lotar mostrando que realmente nada les importó mi carta.

Aquellas palabras fueron como un cuchillo que se me clavaron en lo más profundo de mi corazón.​
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La incomprensión acompañó al dolor ese instante ante tales palabras de despreocupación, pues entendí que mis palabras jamás tuvieron valor para el Consejo.

En mi carta les dije no había cometido el acto por el que me acusaron, pues había dado aviso de todos los pasos y avisado al Consejo para ayudar a los Robustos en un asunto que concernía al tratado con Khazad y que en ningún momento nadie me dijo nada durante los meses de espera aguardando el consentimiento del Consejo. Pero un buen dia, después de meses fuera de Suldanessalar, el consejo usó el regreso de Shamaelthalar para que éste llevara su acusación a mi persona,

Me dolió el proceder del Consejo pues ni siquiera se habían dignado a hablar conmigo durante todo ese tiempo, a pesar de haber seguido todo y cada uno de los pasos pertinentes y avisar de todos ellos, pero aceptaría ser castigada, y yo misma marcharía de la ciudadela hasta que considerasen que ya había tenido bastante castigo y así se lo dejé saber, pues eso es lo que deseaban. ¿Sino porqué esperar meses en silencio antes de acusarme de algo que yo misma había avisado desde el primer momento?

Una guerra estalló al poco y me vi impedida de ayudar por mi palabra de aguardar hasta que el Consejo decidiese, pues cuando un sacerdote da su palabra debe mantenerla, como Corellon dio la suya al Dios Orco y la mantuvo a pesar de la traición de este.

Así que aguardé esperando que el Consejo me dijese de volver para ayudar a mi hogar mientras trataba de apoyar a los combatientes creando pociones a aquellos que iban a defender el Weldath, sintiéndome impotente sin poder ayudar a mi gente... solo con la esperanza de que en algún momento alguien me diría que me requerían. Pero jamás ocurrió... Y ahora, las palabras de la Lotar solo denotaron que jamás tuvieron la intención alguna de decirme que regresase, porque nunca les importé, porque nunca aceptarían que habían errado y que su proceder había ocasionado el daño en un elfo.

La palabra de una sacerdotisa no tenía valor para ellos y prefirieron ignorar la injusticia que ellos mismos habían cometido contra mi, comportándose como se comportó la justicia amniana, donde solo precisó la falsedad de una guardia para olvidar décadas luchando por esas tierras y salvando a su gente, sin más testimonio que el suyo...

Pero para mi, la frase de la Lotar, fue hacerme ver que habían muerto decenas de elfos que yo habría podido salvar si no hubiera esperado una palabra del Consejo que jamás pensaron otorgar. Ese pensamiento fue el que me destrozó... La vida de elfos caidos que habrían podido salvarse si yo no hubiera guardado esperanzas para con el Consejo...
​
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Recuerdo apoyar mi mano en la mesa junto a mi sintiendo mis fuerzas flaquear y bajar la mirada, mientras mi respeto y confianza al Consejo desaparecía en mi interior.​

Nunca les importó mi dolor, nunca pensaron reparar el daño... incluso aunque la vida de decenas de elfos se perdiesen... No había humildad alguna en sus corazones.​

La sensación de pesadumbre y decepción me sobrevino. Esa no era la Ciudadela donde me había criado, pues la corrupción de los hombres se había instalado en sus raices, y algo que no puede hacer un verdadero gentil, es seguir a unos lideres en quienes no confia, y en ese instante dejé de confiar en ellos.

No podía seguir a un consejo en quien no creía, y no permitiría que la podedumbre de las raices que se había instalado me envenenase, aunque muriese en el intento de arrancar las raices de mi hogar de mi corazón... Prefería morir con los valores de un gentil, que vivir con la corrupción de los hombres en mi hogar.​
 
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Krystäl

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Marchaba al hospicio como cada día, sobretodo durante esta época de hambruna donde la gente hambrienta sin recursos iba creciendo, más a escasos metros de la puerta, una frase hizo que mis pies se clavasen en el suelo como las piquetas de una tienda de campaña. No necesité visión alguna de mi Seldarine, pues supe en ese instante qué iba a suceder, y Calendil, que me dirigió una mirada al ver cómo me paraba en seco desviando mi mirada hacia Julieth, también lo debió saber.

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Música

- Yo admiro mucho a Charlotte - escuché decir a la Kelemvorista -. No lo digo de mala fé, pero en mis labios no anida mentira alguna.

Mentía, y quizás si hubiera sido una persona que no conociese, hubiera seguido mi camino. Pero ahí estaba la dama Julieth, frente a un grupo frente las puertas del hospicio hablando tan tranquilamente sobre su relación con la Orden y la admiración que procesaba a la dama Charlotte, alguien con quien yo había estado años conociendo, luchando, ayudándonos… Y sabía lo que realmente había acontecido, pues había hablado con el señor Raylock poco después de la marcha de la sacerdotisa y Aravae, y conocía suficientemente bien lo que ella ocultaba para que tal afirmación no me sonase tan veraz, como ella afirmaba.

- ¿Acaso han peleado la Orden del Radiante y la de la Balanza - preguntó un muchacho el cual no conocía. Beric, un servidor de Helm como sabría poco después. Julieth respondió entonces con la misma calma que había estado mostrando hasta entonces.
- Gracias a aquel “malentendido” ahora somos más fuertes que nunca, como dije- seguró la kelemvorista.

Julieth portaba su habitual armadura negra, y junto a ella estaba Rainder, su prometida. Aitana, el caballero Beric, Calendil y zentakord estaban frente a ellas.

- ¿Malentendido decís? - pregunté desviando mi atención hacia Julieth. Giré mi cuerpo hacia la kelemvorista, y calendil dirigió una mirada hacia mi persona y luego hacia la sacerdotisa -. ¿Lo hablasteis con Charlotte? - le pregunté directamente.

- Tuvimos diferencias de opiniones, tan solo eso - respondió de inició tras lo cual negó a mi pregunta. Lo hablé con Roxanne.

- Entonces no digáis que respetáis a Charlotte sino hablasteis con ella para solventarlo dama Julieth… - dije con seriedad sin apartar la mirada de ella -. Eso no es respeto.

En ese preciso instante el ambiente cambió sutilmente. El grupo, que se había congregado frente al hospicio guardaron un instante de silencio y miraron hacia Julieth, sin saber bien a qué me podía estar refiriendo. Calendil, por el contrario, me conocía lo suficientemente bien para saber qué se iba a venir, y entrelazó las manos en silencio. La monje, asi como cualquiera que me conociera -no muchos a decir verdad - sabían que no era de las personas que callaba cuando escuchaba mentir o injusticia, sobre todo si dañaban a personas que se habían ganado mi respeto y confianza, algo difícil de conseguir. Por ello no me faltaban enemigos que se dedicaban a apuñalarme por la espalda en charlas de taberna ante aventureros que no sabían nada de mi, pero que ya venían influenciados por ellos.

No eran difíciles de reconocer.

- Si hay una discusión o un malentendido se hace en privado y con la persona, no saltándose e ignorando a esa persona - sentencié.
- Si hay una discrepancia entre dos cleros se hace en privado, no haciendo una declaración pública - respondió Julieth alzando ambas cejas.
- ¿Lo hablasteis con vuestro camarada o no? - le pregunté. Pues no olvidaba que la declaración inicial la hizo su camarada aunque ya se había hablado en privado anteriormente, y por ello derivó el resto.
- ¿Qué tengo que hablar con alguien que decide sacrificar una mano para recuperar los cuerpos de unos héroes? - me preguntó Julieth -. ¿Es que vos no habríais hecho lo mismo, dama Anith?

Yo había dado mi brazo durante una guerra en el Cuello Dragon tratando de impedir que un grupo de muranitas entrasen en el bosque para atacar, luchando contra esas bestias, combatiendo en desventaja numérica, y jamás recibí un agradecimiento de la Ciudadela élfica, pero tampoco la busqué. Y él había hecho un trato con los muranitas dando su brazo para unos cuerpos que las mismas bestias habían asesinado. ¿Porqué rescatar esos y no otros? ¿Porque vanagloriarse en un trato con las bestias para rescatar cinco cadáveres cuando decenas permanecen olvidados en las fosas de la capital?
Si tenían que ofrecer un miembro por cada inocente que asesinasen las bestias y recuperar su cuerpo, pronto no tendrían miembros que dar.

No me era difícil ver cómo Julieth trató de evadir el punto que le había dado sobre la falta de respeto mostrado a la dama Charlotte al no hablar con ella, pero yo no tenía intención de entrar en tales juegos ni entrar en mayor discusión que mostrar la falsedad en sus palabras al decir que admirada mucho a la dama Charlotte y que no mentía.

Aitana intercedió en ese momento, tratando de calmar el ambiente y detener la posible discusión..

- ¿Para qué recordáis algo pasado? La dama Charlotte ya no está aquí - interfirió la dama Aitana. Asentí a la mujer.
- No lo está, pero que no diga que se respeta a alguien que obviamente fue ignorada, pues ahí nunca habrá respeto… y los carteles era tan fácil como detener a vuestro camarada y después hablar en privado con los implicados - aseguré a Julieth antes de dar por zanjada ya la discusión, pero ésta acababa de empezar.

Beric intervino seguidamente.
- El Clero de Lazhander pidió que fueran dejados en paz… habían muerto por su señor, y con su señor se reunirían ¿no es asi? - preguntó en general.
- El clero de Lathander no, Charlotte. Roxanne nos agradeció ampliamente el detalle - dijo ignorando que Charlotte era suma sacerdotisa de su clero, y ya solo dicho rango merecía respeto en sus decisiones sobre aquello que involucraba a su clero, no irle por la espalda a otra pudiendo provocar un conflicto en el propio clero de lazhander, y quizás lo había hecho entre las propias sacerdotisas.

No pude evitar recordar cuando en mis inicios, una elfa de Hanali me preguntó sobre el amor carnal, pues un humano estaba dorándole la oreja para acostarse con ella. Le recordé que era una gentil, que Hanali aboga por el amor puro, la belleza… no por la pasión y deseo de una noche, y que no debía dejarse enredar por los deseos de un humano. Como esa no era la respuesta que quería escuchar, acudió a la sacerdotisa Eowade para poder obtener la respuesta que buscaba y acostarse con el humano, que obviamente, la utilizó. Cuando supe el consejo de la dama Eowade, quién se suponía tenía más rango y experiencia que yo, me quedé bastante desconcertada y sin saber bien cómo mirarla desde entonces, y a mi ver, Julieth había obrado de la misma forma.

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Tomé aire y volví a mirar a la kelemvorista.
- Roxanne no estaba aqui desde hacía años Julieth - le recordé. Pues la sacerdotisa de lazhander hacía años que estaba inactiva en al Orden y nada se sabía de ella, al contrario que Charlotte, pero justo apareció para ese momento para benefició de Julieth, la cual le daría su versión cuando ni siquiera la dama Roxanne había hablado con Charlotte para preguntarle de primera mano. Ambas habían actuado a espaldas de la suma sacerdotisa, ambas habían obrado sin respeto alguno hacia la suma sacerdotisa Charlotte.
- Y volvió a Minsor al ver lo que estaba ocurriendo - se excusó.
- No obrasteis bien… - la miré con seriedad afirmando cada una de mis palabras sin entrar en ramificaciones en dicha conversación -. No busqueis excusas, pues debisteis hablar con Charlotte.

En ese momento una voz discordante se uniría a la discusión todo el tiempo para atacarme, aunque siendo sincera, apenas le presté atención, pues está se concentraba únicamente en las respuestas y actitud de Julieth, pues era lo único que me interesaba.
- ¿Qué debí hablar con Charlotte? No podéis creer lo que estáis diciendo - dijo julieth. Fruncí un poco el ceño sin entender qué tan disparatado había sido lo que había dicho para no poder creerse mis palabras.
- Lo creo - aseguré -. hubo una discrepancia en actuaciones, debisteis hablar con vuestro camarada y solventar los asuntos con charlotte que era la otra implicada. Pero la ignorasteis… - volví a repetir -. No la respetáis, asi que no digáis otra cosa.
- No entiendo como una sacerdotisa de Sehanine lunarco pone en duda el recuperar cuerpos por la memoria de los caídos.

Algo en mi interior sonrió ante tal artimaña al usar mi Clero, primero porque en ningún momento mencioné nada sobre cómo se de recuperó los cuerpos, y segundo, porque creerse con potestad para juzgar a un sacerdote basándose en los dogmas o lo que cree saber sobre un clero que no es el suyo, cuando ya de por si las interpretaciones en los dogmas puede diferir entre los sacerdotes, me resultó un burdo intento de manipulación, pues solo proteger una vida podia hacer que un gentil pactará con bestias muranies, pero ella quería dejar entrever que no estaba actuando como una sacerdotisa de Sehanine debería.

- Porque conozco a los muranitas Julieth…- respondí escuetamente a su ataque -. Pero yo no estoy hablando de eso.
- Yo no soy sacerdotisa y pienso igual - me apoyó Calendil.
- Yo sí hablo de ello - quiso la Kelemvorista evitar el punto principal del que le hablaba.
- Si creéis que los muranitas os dieron a los lazhanderitas es asunto vuestro - dije conociendo a los muranitas -. Hablo de cómo llevasteis el asunto, asi que no desviéis el tema… ¿creéis que hicisteis bien ignorando a Charlotte?
- Eres una guardiana igual que yo, dejad a un lado vuestro orgullo y aceptad que un hermano haga un sacrificio por honrar a los caídos - alcé las cejas. ¿Julieth estaba viendo orgullo por decirle que no respetaba a la dama Charlotte? Por si fortuna no había visto el orgullo de los tel’quessir aún aflorando en mi -. Poner en duda su honor por aquel acto o el mío por no defenderlo es una ofensa muy grande, dama.
- Esa no es la cuestión Julieth - dijo Calendil.
La gente nos observaba a ambas, algunos haciendo algunos comentarios, otros tratando de apaciguar las aguas.
- ¿Y eso qué tiene que ver con que no hablasteis con quien debíais hablar Julieth? - le pregunté, sin entrar en debates, pues aunque me acababa de acusar de poner en duda el honor de su compañero por dar su brazo para recuperar los cuerpos, en ningún momento mencioné nada al respecto, y no iba a aceptar que pusieran en mis labios palabras jamás pronunciadas ni defenderme de acusaciones que no había pronunciado-. ¿Por qué no hablasteis con ella y vuestro camarada?
- Aquí no se habla del hecho me parece… sino de… - Aitana sintió a mis palabras, dándose cuenta también de lo que acababa de hacer-. Sino de eso.
- Mucho - afirmó Julieth -. Ella fue la primera en atacar. Ella nos puso en duda y nosotros no respondimos con hostilidad alguna e insistió y nos exigió que nos retractásemos. Ella no obró correctamente. ELLA debía disculparse, no yo. Si ELLA hubiese venido a hablar conmigo de buen grado lo hubiésemos arreglado. Pero no lo hizo. Y no lo hizo por orgullo.

Julieth dio varios pasos al frente según hablaba hasta ponerse frente a mi, alzando la voz cuando se refería a Charlotte y deteniéndose a escasos dos pasos de mi persona, lo que identifiqué como un intento de amedrentarme. Calendil, al ver la agresividad se posicionó junto a mi, pero yo permanecí impasible, sin moverme del sitio ni apartar la mirada de la sacerdotisa.
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- Luego, os parece bien no hablar con Charlotte y decidir ir a otra miembro del clero - dijo Calendil. .
- ¿Tuvo acaso tiempo? - pregunté yo a Julieth -. ¿y vos? ¿qué os impidió ir vos ir? - pues si consideraba que Charlotte no había acudido a ella por orgullo para solucionarlo, lo mismo podría decirse de ella.
- Roxanne tuvo tiempo y estaba en Minsor, ¿por qué ella no lo tuvo? - preguntó Julieth. Pero yo conocía la respuesta.
- Porque la llamó su clero - dije. Y así había sido. el Clero de Charlotte la había hecho llamar, y para mi decepción, el de Kelemvor no les había hecho llamar a ellos, algo que visto lo visto, les hubiera venido muy bien. Pero de todas formas, Julieth, viendo cómo de defendía y atacaba, nunca tuvo intención de hablar con ella, ni antes ni después… y que Roxanne apareciera le vino muy bien para poder contar su versión.

Era desconcertante que alguien que había ocultado y protegido a un miembro de bodhi en su grupo y confabulando con un miembro de la guarda para que nunca fuese juzgado y no se supiese, se permitiese hablar de esa forma. Pero claro, ella desconocía que yo tenía dicha información.

- El tema es que debisteis hablar con charlotte - dijo calendil -. y en cambio decidisteis hablar con Roxanne, eso no está bien.
- No os interesó hablar con ella Julieth… y ahora os ponéis a la defensiva.
- Yo no me pongo a la defensiva, jamás he considerado al Radiante mi enemigo ni he puesto en duda a ninguno de sus miembros.
- Creedme… os habéis puesto a la defensiva - le dije con calma -. Que os acerquéis a mi como lo habéis hecho alzando la voz en “ella” y tratando de desviar el tema… es poneros a la defensiva.
- Y sin embargo no respetasteis las decisiones de Charlotte - dijo Beric nuevamente.
- La Orden de la Balanza nace en al idea del Azote, y el Azote nace en ellos. Pero a Charlotte nunca le hizo gracia eso, y no importa, lo acepto. La he respetado y defendido en conversaciones que no imagináis - Negué para mis adentros al escuchar sobre el Azote. Mi maestro Shamaelthalar había sido miembro del azote durante muchas décadas, y él mismo decía que debían dejar morir al Azote y crear algo nuevo, pues lo único que hacían era corromper la propia idea del Azote.. Pero la gente se empeñaba en creerse los nuevos portadores del Azote de los Muertos, aunque ellos hubiesen encerrado y dado muerte tras un juicio al miembro de bodhi, jamás lo hubiesen ocultado entre sus filas como había hecho Julieth y la Balanza. Sus palabras solo me demostraban que nada sabían del Azote -.Con gente que ponía en duda todo cuanto representa , y encima, cuando pone en duda mi honor en publico, me comporto y soy ¿ la que debo “hablarlo con ella”? Yo no la he atacado en ningún momento, Anith.
- Y en esta la habéis atacado cuando no puede defenderse porque ha marchado - le hice ver -., pero bien decís que la respetáis… aunque vuestras palabras de ahora, dicen otra cosa.
- Yo no la he atacado en ningún momento, Anith.
- Dama Julieth, vuestro honor se ha puesto en duda desde que desobedecisteis las peticiones de Charlotte y el clero de lazhander - añadió Beric desde el grupo.
- Si preferís poneros de perfil y no reconocerlo o simplemente hablar de otras cosas, quizás sea porque en el fondo sabéis que no obrasteis bien - añadió Calendil por su parte.
- Yo no sirvo al clero de lazhander. yo velo por los muertos y ella no tiene poder alguno sobre mi - dijo con orgullo Julieth.
- Ni vos sobre ella…- puntualicé -. Y eso es lo que parece que no fuisteis capaz de entender… Pudisteis comprenderos y no lo hicisteis.

Beric se adelantó un poco, incrédulo ante lo que acababa de escuchar de Julieth.
- ¿Entonces declaráis tener poder sobre los muertos de otros Dioses? ¿Sobre los cadáveres de los siervos de otros deidades?
A ver, y esto os quede claro a todos. Nosotros velamos por TODOS los muertos. Y vosotros también, que se supone que sois buenos. No podéis darle la espalda a ninguno, sea cual sea vuestro credo.
- Nosotros respetamos las decisiones de los muertos, para enterrarlos acorde a sus peticiones y a poder ser, despedirlos de la mano de su Dios - Beric miró a la gente -. Declaro y que quede constancia, que si caigo quiero que sean miembros de Helm quienes realicen mi funeral.
- Y lo somos, pero también sabemos que erramos y que las cosa se hablan en privado con los aliados, pues mi ámbito puede diferir en el entender del vuestro, pero debemos entendernos.
¿y por qué no lo habló ella conmigo en vez de hacer ese comunicado, Anith? ¿Crees de verdad que yo no habría entregado los cuerpos de sus caídos como hice? ¿Crees que la hubiese retado?

Retado… Ella misma iba diciendo detalles que había omitido inicialmente.
- ¿Y qué tiene que ver con que no hablaseis con charlotte? - preguntó Calendil volvió al tema inicial.-. Y responder de una vez a mi pregunta dama julieth. Porque quizás no hablase con vos porque vos hablasteis primero con Roxanne.
- Roxanne me convocó - se defendió.
- ¿Entonces es culpa de Roxanne? - preguntó Calendil.
- Yo no he dicho eso. ¿y qué haríais si perecieseis en muran? - quiso preguntarnos.
- Enterrarte y dejar que la naturaleza seguir curso - respondió zentakord.
- Lo está ya, como seguramente en el de esos lathanderitas. Pero temo que no se consultaron ni sus documentos , ni su clero, claro está - Beric parecía bastante ofendido por el hecho que no se respetase los deseos de los lazhanderitas, o al menos de lo dictado por una suma sacerdotisa de lazhander.
- ¿Preferiríais que os entierren allí antes de que alguien vele por los caídos recupere vuestro cuerpo y pueda ser entregado a vuestros familiares.

Respiré profundamente ante la pregunta, no solo porque veía que el tema había entrado en un círculo vicioso, sino porque recordé las cabezas decapitadas de decenas de elfos en las picas de los muros muranies. No hubieron cuerpos a enterrar, pero no por ello no hubo ceremonia de despedida.
- Si perezco en muran, habré perecido en misión divina y sagrada, luchando por mi Señor - aseguró Beric con una inusitada firmeza.
- Una vez muerta a mi me daría igual - respondió Calendil. .
- Es MUY egoísta por tu parte que tus amigos no puedan despedirse de ti - les dijo Julieth.
- Velamos por las almas Julieth - respondí por mi parte -. Lo importante es que el alma vaya a los Dioses… pero ni siquiera vais a plantearos que podíais haber hecho las cosas de forma distinta, no os interesa escuchar otra verdad que la vos vos habéis creado yen la que estáis cómoda.
- Yo no he dicho eso Anith, sé que podría obrar de otra manera.
- No lo parece, pero ya sé que nada lleva esta conversación… ya lo he visto. Pero os pido que no digáis que respetáis a Charlotte, vuestros actos demostraron que no es asi y la actitud de ahora… demostró otras cosas que requería ver - sentencié -. Ahora si me disculpáis… iré al hospicio.

Giré sobre mis talones y dirigí mis pasos hacia la puerta del hospicio, terminando para mi la discusión en ese instante.
- Sois vos quien la ofendéis defendiendo un error que cometió. Hay que aprender de ellos, no alzarse en su orgullo - dijo Julieth mientras marchaba. .

Cogí aire y abrí las puertas del hospicio con su chirriante sonido.
- Si eso os hace sentir mejor… pensad lo que gustéis dama Julieth - giré un momento el rostro hacia ella -. Es lo que estáis haciendo en todo momento durante esta conversación.
- Orgullo de nuevo Anith, solo orgullo es lo que veo.
- Soy gentil dama Julieth - le dije como que respuesta evidente de que mi raza era orgullosa -. Pido perdón si erro… pero no me dejo ni pisar ni avasallar. Entonces sí, os aseguro que saco el orgullo del mi pueblo.
- Habeis errado ahora, y acepto vuestras disculpas.

Se hizo un tremendo silencio y pude ver por el rabillo del ojo como la dama Aitana se llevaba la mano al rostro. Al final sí que iba a ver el orgullo de los tel’quessir, pues tal frase solo se pronuncia con el deseo de atacar y provocar, y eso decía más de ella que de mi.

Alcé el mentón con seriedad, pero sin perder la compostura, mirando fijamente a Julieth. En esa conversación, había visto la soberbia de la kelemvorista, las mentiras que no paraba de pronunciar sobre su admiración y respeto a la dama Charlotte aunque se dedicó a atacarla, su forma irrespetuosa de actuar, los intentos de poner en mi boca palabras jamás pronunciadas, sus juicios…, todo mientras su prometida no hacia otra cosa que mal-meter. Y si algo no hace un tel’quessir, es olvidar las afrentas.
​
“Se humilde cuando erras, pero orgullosa cuando traten de derribarte”

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​
- No me disculpo - sentencié con firmeza posando mi mirada en la Kelemvorista -., no os lo merecéis, y menos ahora… Si deseais seguid esto, será en privado, si es que sois capaz..
 
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Krystäl

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Anith se levantó de la cama. Apoyó los pies descalzos sobre la tarima y se acercó al escritorio del dormitorio, encendiendo una pequeña vela en la quietud de aquella noche.

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Habían pasado muchos años desde su marcha de la ciudadela de tezhyr, décadas incluso, y no sabía porqué esa noche le dio por pensar en ello. Se miró los vendajes de sus antebrazos y con cuidado se desató las pequeñas cintas plateadas que los sujetaban, dejándolos sobre el escritorio y después se retiró los vendajes, mostrando los brazos desnudos bajo la luz de la luna.

Las cicatrices de aquella época, el dolor que quiso dejar marca en su cuerpo para dar testimonio del alma que se ahogaba, permanecian en el antebrazo izquierdo, junto las abrasiones de las cadenas de los meses que estuvo en enmerkhul prisionera por los no-muertos. Cualquier persona no versada en la cultura de los gentiles, solamente hubiese visto las cicatrices de varios cortes en el antebrazo, como quien se autolesiona repetidamente, pero para alguien que conociese la Lengua verdadera, hubiera podido leer el mensaje que ahí se hallaban y le había acompañado todos estos años. Un mensaje que quedó siempre oculto por los vendajes y sujetos por los lazos plateados.

Aún así, recordó cómo le ardía esas cicatrices cuando pensaba en su hogar, cómo su corazón se encogía y su alma amenazaba con quebrarse dejándola sin respiración, soportando durante años ese dolor sola, ocultándolo al resto, pues una sacerdotisa debe mostrarse segura y firme.

Pero después de tanto tiempo, comprendió que había llegado una carga que no era cierta, pues lo que aquellas palabras decían eran falsas. Era un tel'quessir, siempre lo fue y lo será. Sus enseñanzas, sus valores, su pensamiento y todo su ser estaba en consonancia con las enseñanzas del Seldarine y los tel`quessir, y por mucho que doliese por entonces, la mejor decisión que pudo tomar en su vida, fue marcharse y ser fiel a los valores que se le habian inculcado, aunque ello casi le costó la vida en varias ocasiones por la tristeza y el pesar.

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Me moría, ahora era consciente de ello, el dolor me estaba matando lentamente.

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​

Es extraño cuando eres consciente de eso, cuando portas casi un año ese sentir dentro de ti, como un enorme agujero que te recuerda constantemente que jamás volverás a estar completa, que jamás recuperarás lo perdido... y tú te aferras a lo poco que tienes, a la esperanza, al mañana... Pero ese sentimiento permanece y crece con cada nueva falsedad escuchada, con cada hipocresía y mentira, con cada egoísmo disfrazado de alianza, vendiendo los valores con los que te criastes por tu propia gente.

Hay luchas que no valen la pena comenzar, eso es lo que me dijeron en varias ocasiones, y yo las luché sola porque era justo luchar por los valores de mi pueblo, y recibí innumerables heridas hasta ese golpe final. Y ahora, ese dolor de mi corazón me hizo ser consciente de ese final, asesinada por la hipocresía de mi propia gente tiempo atrás.

Había sido usada por humanos, había sido usada por elfos, incluso por una Diosa humana, despreciada por el consejo, engañada por la propia Reina, traicionada... Los elfos se habían vendido a los humanos de sus propias organizaciones por encima de los suyos para poder concederles ser sha'tel'quessir corrompiendo lo sagrado por puro y egoísta amistad, y todos los pilares que me daban la vida se habían derrumbado hiriéndome tan profundamente que ahora mi tiempo marcaba un final. ¿Cuánto tiempo? Eso incluso yo lo desconocía, pero el reloj había comenzado a funcionar.

Supongo que era un buen final para mi, morir de pena sin que nadie supiese nunca qué ocurrió con esa sacerdotisa que falsamente decían era respetada. Pero eso era mejor que ser objeto de hipocresía a que aquellos que provocaron todo esto.


No dudo que muchos se alegrán de que al fin desaparezca.

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...La hija de las noches Oscuras...

Ella sería la única que lloraría mi pérdida​

Pero esa noche, que no tenía nada de especial que cualquier otra noche, comprendió que aquellos que vivieron dicha época no estaban, que nadie salvo su Diosa sabía realmente lo sucedido, todo lo que había pasado, todo lo que había tenido que cargar, excepto Calendil, ella fue la última elfa que llegó a la ciudadela en aquella época, criada entre humanos, Anith le enseñó la lengua verdadera y le mostró lo que se esperaba de un tel'quessir y la cultura del pueblo, pero la monje vio de primera mano cómo las enseñanzas de Anith y el hacer de los gentiles de la ciudadela comenzaban a diferir. Ella vio la injusticia de los últimos años y sabía del dolor de la sacerdotisa, y quedó tan decepcionada con los elfos de Suldanessalar que marchó junto a la sacerdotisa, permaneciendo a día de hoy junto a ella, mostrando un respeto que no muestra a ningún otro elfo.

Pero era triste pensar que ni siquiera el Consejo sería capaz de recordar todo lo que habían hecho a la sacerdotisa a lo largo de los años para que ella no pudiera confiar en ellos, pero más triste era saber que lo más auténticamente élfico que esa ciudadela debió ver en años, fue a una sacerdotisa de Sehanine marchar por convicción, que mirar a otro lado y aceptar la corrupción de sus valores.

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Y aquí es donde finalmente se cierra el capítulo de una década

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Nací en Suldanessalar, una ciudadela élfica escondida en las profundidades del Weldath. Crecí rodeada de tel'quessir, aprendiendo lo que era la cultura de mi pueblo, sus tradiciones, su historia... Aprendí a sentirme orgullosa de dónde provenía y de mi raza. Corrí descalza por verdes prados y escuché la música de las estrellas. Me bañé en el lago del cisne entre risas y juegos, entre secretos y sueños. Hasta que poco a poco mis amigos fueron desapareciendo y tuve que enfrentarme a la falsedad del mundo fuera de la ciudad que amaba, descubriendo que todo era una mera ilusión, y que la propia hipocresía de los n'tel'quessir habitaba entre los mios.

Me sumergí en la historia de mi gente, entre relatos antiguos, palabras escritas de mis ancestros y leyendas que habían pasado de gentil a gentil entre fuegos nocturnos alrededor de la hoguera. Aprendí a amarlo, aprendí de todos los errores y el daño que nos habiamos causado, pero siempre encontré una enseñanza de esperanza en todas aquellas palabras y vidas pasadas, aunque otros solo se quedaron con las muertes y la sangre derramada. Quizás es que nunca supe enseñarlo correctamente, o quizás es que no eran capaz de ver lo que yo veía.

Vi cómo la verdad era tergiversada y escondida por poderosos, fuí juzgada en numerosas ocasiones por personas que apenas se preocuparon por mi o me conocian, solo protegiendo sus propios intereses o excusándose por sus actos. Fuí juzgada por gente que en otros tiempos llamé amigos, me enfrenté sola a tel'quessirs para proteger al pueblo de sus actos, me enfrenté sola a tel'quessirs para salvaguardar el bienestar de otros pueblos. Tuve que intervenir con magos rojos esclavistas para tratar de salvar a aquella que me miró después con odio por actos que ella misma provocó... Callé más de lo que me enseñaron debía callar, grité de rabia bajo la lluvia mientras mis lágrimas saladas se mezclavan con la que las nubes desprendían sin más compañía que la ténue luz oculta tras las nubes... Aguanté faltas de respeto sin responder, tuve que soportar el dolor de sentirme incomprendida, el dolor de la soledad, y lo que aprendí es que nada hacía bien, y nunca recibí ni un gracias ni un perdón.

Sufrí impotente al saber cómo los enemigos del pueblo eran capaces de campas a sus anchas por el mi hogar causando muertes y esclavitud. Sufrí al saber de varias elfas cazadas, violadas y torturadas de manera inombrable y sus rostros desfigurados para que no las reconociesen en las propias lindes del Weldath, sufrí al tener que comprar sus cuerpos para sacarlos de una fosa común en Amn, tiradas como basura sin que las autoridades buscasen los culpables. Sufrí al saber de elfas esclavizadas en Muran y anuladas en voluntad cuando un grupo calishita irrumpió en el Weldath años atrás, mató a su tribu y se la llevó sin más problemas para venderla, todo sin que nadie se enterase ni nadie lo supiese. Sufrí al saber de treinta elfos capturados camino al weldath y empalados en Muran sin saber siquiera de tal partida hacia mi hogar...

Adopté papeles que no me correspondían para vigilar el weldath y tratar de impedir más muertes, permaneciendo dias enteros con sus noches en total soledad sobre las torres vigias sin más compañía que los animales y los gnolls, enseñando exploración a los nuevos y al final junto con Serilsal elaborando mapas para reconstruir las torre vigias de las lindes.

Sí, hice todo lo que podía hacer aunque me acusasen de no hacerlo, aunque me acusasen de huir ante las adversidades aquellos con los que no crucé palabra alguna en años y nada sabían de lo que había tenido que hacer o sentía. Pero eso no importaba, debía pensar como ellos, ser como ellos, aguantar como ellos, aceptar lo que ellos... pues de lo contrario no tenía tan buen corazón como ellos.

¿Qué aprendí en tierras humanas desde mi marcha? Además de perder la sonrisa, nada que desearían escuchar de mis labios en voz alta, pero que en mi mente gritaba como un volcán en erupción.

Aprendí lo que nunca haría a otros, aprendí a ver que todos habían errado en formas aunque yo asumí todas las consecuencias, rechacé toda condecoración, todo reconocimiento... pero eso no era suficiente y dudada que nada de lo que hiciese fuese suficiente o siquiera me permitiesen olvidarlo -si es que eso era posible-. Aprendí a ver la hipocresía al ver cómo un gentil decía que nunca confiaría en gente que trata con vampiros cuando meses antes ofrecian la salvación a vampiros pues así otros lo creían, incluso hablando en su nombre ofreciendo esa ayuda a un insepulto. Vi la hipocresía al ser recriminada por hacer diferencias entre tel'quessir y elfos pues todos tenemos sangre del pueblo, pero luego tachar de n'tel'quessir a los más radicales.

¿Qué es lo que he aprendido?
He aprendido que no está bien castigar a una persona porque no se está de acuerdo con sus acciones, bloqueando su libertad de acción pero después despreocupándote de él, pues le dejas muerto en vida. Aprendí que es un error decirle a un gentil que si no es castigado, es por su poder, no por la persona. Aprendí que todos tenemos derecho a desfallecer y nadie tiene derecho a juzgarte cuando no han estado ahí en tu dia a dia. Aprendí a no esperar el "mañana". Aprendí que no importaba mi dolor ni mis sentimientos, pues este nunca podría ser comparado al sufrimiento que han tenido que soportar otros. Aprendí que no deseaba seguir así.

Eso es lo que habría aprendido.

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Y ahora no soy capaz de reconocer a aquella joven elfa de ropajes blancos y sonrisa suave sobre la superficie del agua. Era como si hubiese desaparecido para dejar paso a otra persona diferente, una cuya fé permanecía en su Diosa, pero que la habían golpeado tantas veces que ya se había cansado de tener que vivir de rodillas y agachar la cabeza.

Era hora de frenar ese círculo vicioso en que se había instaurado mi vida, pues yo era más que una clériga con un gran poder y nunca lo necesité para demostrarlo. Ayudaría una última vez para que aquel que podía proteger al pueblo sintiese una carga menos sobre su espalda a pesar del coste que tendría que pagar para ello, sin que lo supiese, sin esperar nada a cambio pues nada quería. Elevaría la petición de Niniel como dendravoz cuando consiguiese el tratado con los druidas, retornaría la Piedra de llamada para que otro la custodiase, alguien que permaneciese en Suldanessalar para avisar en caso de ataque, quedando en ese momento liberada de cualquier obligación en la ciudadela, pues la guerra en Amn me había impedido estar el año en la ciudad enana, y los dos años se iban a convertir en tres...Dos en tierras humanas durante una guerra, una en tierras enanas, tres años lejos de mi hogar.

Iba a ser dificil, y no dudaba que muchos dirian que volvía a huir nuevamente de mis deberes, pero ya no me importaba sus opiniones ni esperaba nada ellos. Ellos no me necesitaban para proteger al pueblo y quizás... solo quizás... yo no les necesitase a ellos para poder vivir.

Ahora actuaría bajo mi propio criterio, sin esperar ni ayuda ni comprensión de nadie. Si un vampiro puede resarcirse de sus pecados si así lo deseaba, si un drow podría encontrar la bondad en brazos de eilistrae, si un humano que había asesinado a decenas de driades sentía tal arrepentimiento que un mensajero de Lurue me pedía intervenir por él para que no le matasen los druidas y encontrase la esperanza en el perdón para él y la salvación para ellos aunque no fuesen conscientes de eso, los Eldreth también podrían volver a encontrar el camino hacia el pueblo. Me habían hecho prometer no ir a buscar venganza aunque sin duda ellos irían a buscarlos, pero no iba a aceptar más bloqueos de terceros que después ni se preocupaban por mi. Seguían siendo gentiles y muchos habían acabado allí por el dolor de la pérdida a manos de n'tel'quessir y los más radicales se habían nutrido de ello. Yo cortaría esa vía sin derramar sangre, solo tratando que encontrasen nuevamente el camino perdido, pues eran víctimas del dolor como lo fui yo. Pues habían varias formas de combatir a esos gentiles, y yo optaría por aquella que no precisaba derramar sangre.

Buscaría las reliquias de mi clero y las huellas de mis ancestros sin más deber que el que yo quisiese, andaria este sendero sin obligaciones pues demasiado había perdido sin conseguir nada a cambio salvo sonrisas falsas que cambiaban según quién estuviese delante. Haría lo que consideraba correcto sin explicaciones de ningún tipo, pues ya estaba cansada de ser juzgada por otros y que me dijesen que se esperaba de mi, pero no se me respaldase cuando lo necesitaba.

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Ahora las decisiones serían mías y Sehanine velaría por mis secretos.
​

Anith negó para deshacerse de tales pensamientos.​

Realmente... ya no importaba. Realmente dejó de importar todo aquello hacía muchos años, y aun así, ella seguía castigándose y sufriendo por algo que a nadie de la ciudadela le importó nunca, pues eso le habían enseñado, que no importaba su dolor y jamás sería suficiente el dolor que tuviese que aguantar. Tantos años sufriendo... que se había quedado sin lágrimas para seguir llorando mientras los demás vivían despreocupados de lo que habían ocasionado.

Anith tomó un bisturí y preparó unas gasas junto a un pequeño cuenco de agua. Sabía que las cicatrices no se podían curar mediante la magia, pero no era la primera vez que removía una cicatriz de algún esclavo para sanarla con los dones de su Seldarine y hacerla desaparecer, así que tras usar algo de adormidera en el brazo para anestesiarse el brazo, Anith comenzó a retirar la piel cicatrizada, reabriendo las heridas y, finalmente, con una plegaria que parecía una canción de cuna de tan bajito que la recitó, pasó su diestra sobre su antebrazo, y el poder de Sehanine hizo que el ancla de ese pasado desapareciese.

Era hora de dejar todo aquello atrás. Aunque fuese parte de su pasado y parte de lo que ella era ahora, no podía seguir así. Seguir sufriendo, seguir anclada al dolor de un pasado que no puede cambiar, seguir esperando una palabra o un gesto de gente que no recordara qué pasó realmente... Solo se lastimaba ella, y ya era momento de parar.

Era momento de seguir el camino y dejar estar esos tiempos.

Al fin y al cabo, suldanesallar fue su hogar y, aunque nunca pudiese regresar, esperaba que la vida de sus habitantes fuesen plenas y felices, pues se merecían la felicidad tras tantos siglos de dolor, y ella también se lo merecía.

En ese momento sintió tras de su un beso en su coronilla.
- ¿Estás bien, mi luna? - preguntó el montaraz tras la sacerdotisa.
- Sí, creo que ahora si – respondió suavemente con una sonrisa.

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Krystäl

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Kamia olisqueaba el aire aquel atardecer entre los arbustos y hojas del bosque, buscando un olor en particular y no tardó en hallarlo. Con determinación en su mirada, Kamia se adentró un poco más en aquel bosque, siguiendo el rastro de su futura presa, un conejo.

Mientras caminaba, Kamia se movía con sigilo, sus patas apenas hacían ruido sobre el suelo cubierto de hojas. Sus sentidos estaban alerta; podía oír el suave crujir de las ramas y el canto de los pájaros.

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Después de un rato, divisó a su presa, un pequeño conejo que pastaba despreocupado cerca de un arbusto. Se acercó todo lo posible en silencioso, camuflándose en los arbustos que el bosque de ofrecía. Fijó la mirada fija en el conejo y, con un movimiento rápido y preciso, se lanzó hacia él, utilizando toda su fuerza y agilidad.

El conejo, sorprendido, intentó escapar, pero la loba era más rápida. En un instante, logró atraparlo con sus patas y darle fin de forma rápida y sin dolor. Recogió al conejo y comenzó su camino de regreso a donde su manada aguardaba.

Al llegar, encontró la pequeña cría recién nacida acurrucada junto a su madre, durmiendo plácidamente. El alfa le dirigió una mirada cuando la vio llegar, mientras protegía a madre y a la cría de cualquier enemigo que pudiera aprovechar aquel momento. Ella le sostuvo la mirada unos momentos y se acercó hacia la su compañera, dejando el conejo a sus pies, pues sabía que iba a necesitar recuperar fuerzas.

Entonces sintió una mano cálida y amable acariciándole en señal de agradecimiento.
- Los lobos cuidan de sus miembros – dijo Tharador mientras se arrodillaba encendiendo una hoguera para alejar el fresco de la noche -. Aunque no creo que lo hiciese por mi – dijo mirando a la loba suspicaz.

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El día había sido largo para todos, pero sobre todo para la madre y el hijo. Tharador había podido ver y sentir el dolor y el cansancio según pasaban las horas, aunque la sacerdotisa se había negado ir a cualquier hospital. Permanecería en contacto con el bosque como hija del Seldarine, y dejaría que la propia naturaleza siguiese su curso. Sin duda, ella parecía menos preocupada que él, pero el esfuerzo que había tenido que realizar durante interminables horas aún estaba reflejado en su rostro, y el motivo de dicho esfuerzo, dormitando plácidamente entre sus brazos.

Kamia se acurrucó junto a la elfa cual guardiana, poniendo una pata por encima de la otra y dejando su cabeza descansar, mientras sus orejas se movían según iba escuchando sonidos, aún alerta.

- No digas eso, sabes que Kamia te aprecia
- respondió la elfa. Tharador la miró no tan seguro, pero no era algo que realmente importase. Le alegraba que Kamia cuidase de Anith y el pequeño -. ¿sabes? Creo que Calendil sería una buena madrina para Elowen – dijo mientras tapaba al pequeño un poco mejor con las mantas. Su cabello negro resaltaba en tu tez blanquecina.

Tharador hizo una mueca.
- Claro, cuando aprenda a hablar khondozano correctamente.
- Siempre le podemos decir que le hable en élfico, su pronunciación es perfecta – dijo con una sonrisa sorteando a tharador, pues ella misma le había enseñado la Lengua verdadera a Calendil mucho tiempo atrás. Tharador miró a madre e hijo y suspiró.
- De acuerdo, que calendil sea su madrina.
El pequeño bostezó y se acurrucó algo más entre los brazos de Anith. Kamia, al escuchar el sonido del pequeño alzó un segundo la cabeza y olisqueo el cabello de éste.

Quizás no fuese una gran manada, pero en ese instante supo que ellos eran su mana, eran su familia.

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