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Del joven erevanita profanador de altares de Labelas y de cómo dejó de hacerlo
Ysodriel Halaran, hija de Kaar'an. Corren veloces tus pasos por el claro, de la mano de Sharatan, tu amado. Los hijos de la traidora alzan sus arcos y silban las flechas cargadas de odio. Herido de muerte él cae a tu lado y la ponzoña arrebata el calor de sus labios.
Pasan los años, Ysodriel, y aún paseas por el claro. El olor de las lavandas trae su recuerdo. Y adornas con ellas tu cabello, como cuando él te las regalaba. Pero una tarde el viento frío, no trae el aroma de las flores, sinó la pérdida y la tristeza. Y te das cuenta de que estás sola. Cuan grande era tu fe, labelasan, y la quiebra ahora la duda.
Asciendes por los altos escalones de piedra, de musgo cubiertos, resbaladizos ahora, que llevan al altar de Labelas. Y allí depositas tu ofrenda, tu regalo, tu duda: «¿Amor mío, en Arvandor aún me esperas?» El ruído de la cascada acalla la muda respuesta. Pero el erevanita profana y lee. Lee el mensaje a Labelas.
Y regresas del claro al anochecer para encontrarte, con sorpresa, el fuego en el hogar encendido y la puerta abierta. Una cálida fragancia te envuelve. El de las flores que alguien ha puesto en los jarrones. Huele a lavanda y sonríes. Y ya no te sientes tan sola.
...Pero alguien ha profanado el altar, leyendo el mensaje a Labelas.
Doriandar, maestro artesano. Perdiste la inspiración. ¿En qué momento sucedió? El amor del maestro hacedor, moldeó tu ser y tus manos. Ahora sufres de burla y desazón. Sin confianza, tu talento se ha esfumado.
Asciendes por los altos escalones de piedra, de musgo cubiertos, resbaladizos ahora, que llevan al altar de Labelas. Y allí depositas tu ofrenda, tu regalo, tu duda: «¿Seldarine, es digno de vos mi arte?» El ruido de la cascada acalla la muda respuesta. Pero el erevanita profana y lee. Lee el mensaje a Labelas.
Tomas tus gubias y tu cincel y regresas inseguro al taller, sin esperar lo que allí encuentras; ese tronco de árbol, una madera, a la que dan tus manos nueva forma. Ahora sonríes con tu labor, volviste a crear bellas obras. Y nadie conoce el secreto, que devolvió tu confianza, o cómo obtuviste respuesta.
...Pero alguien ha estado profanando altares.
Darien Sa'ena, niña de rojos cabellos. Pocas primaveras han visto tus ojos y el mismo mal que asoló el Cor'zon, ha golpeado el tuyo, arrebatándote a tu madre, su atención y su cariño. Recuerdas su voz, su sonrisa de amor y la luz que brillaba en sus ojos. Y aún ríes y juegas, y sigues viviendo honrandola a ella. Recuerdas su voz, su sonrisa de amor, pero no el brillo en sus ojos. Sonríes y juegas y sigues creciendo, honrandola a ella. Recuerdas su voz, pero no su sonrisa, ni el brillo en sus ojos. Y sigues creciendo y ríes y juegas, honrandola a ella. Pero ya no recuerdas su voz, ni su sonrisa de amor, ni el brillo en los ojos. Ni el sabor de las galletas que cocinaba, mientras cantaba.
Asciendes por los altos escalones de piedra, de musgo cubiertos, resbaladizos, que llevan al altar de Labelas. Y allí depositas tu ofrenda, tu regalo, tu duda: «¿Cual era la receta de sus galletas?» El ruído de la cascada acalla la muda respuesta. Pero el erevanita profana y lee. Sigue leyendo mensajes a Labelas.
Harina, huevos y azúcar. También miel y canela. Eso dice la receta que apareció escrita en la libreta. Y recuerdas el sabor, y de nuevo su voz, su sonrisa de amor y el brillo en sus ojos.
...Pero un joven erevanita ha estado profanando altares.
Theoran Dirier, aegisess, hijo del roble. Centinela del Wéldazh, guardián del bosque. El silencio acompaña tus pasos y poca felicidad tu senda. Más de cien años han pasado desde que Bunlap la deshiciera. Bestial masacre de tu aldea pequeña. El dolor queda, la venganza es deuda. Emith y Luana no están, pero ellas guían certera tu flecha. Ingenuo, el humano se adentra demasiado en la floresta. Tensas el arco, fijas la presa. Y el corazón detiene tu mano, la duda lo apresa. Sobre la herida y sobre el deber, ¿porqué busca hierbas?
Asciendes por los altos escalones de piedra, de musgo cubiertos, resbaladizos ahora, que llevan al altar de Labelas. Y allí depositas tu ofrenda, tu regalo, tu duda: «¿Es justo? ¿He de matarlo?» El ruído de la cascada acalla la muda respuesta. Pero el erevanita profana y lee. Y hace gamberro una pintada.
“Conoce antes, luego si ya… y eso lo juzgas”. Y lo vuelves a ver, cazador del Wéldazh. Una, dos, tres veces más. Lo más juicioso es matarlo. Pero buscas respuesta y sigues, a través del bosque, al humano. Oyes voces y algunas toses, de su família pobre y enferma. Y aprendes ahora y conoces porqué busca las hierbas. Raíz del Seldarine, que cura, dejas en la puerta. Y no lo vuelves a ver en vigilia despierta.
… Pero el joven erevanita sigue profanando los altares, leyendo mensajes ajenos, obrando pequeños, muy pequeños milagros.
Hasta que cierta noche, sobre la cascada, bajo las estrellas por una labelasan es descubierto y promete no volver a hacerlo. Hacerlo está mal y cumplirá la promesa. Porque, aunque erevanita, es elfo noble, y guarda honor en su palabra.