En aquellos días Aravae se planteó muy seriamente obtener dinero para hacer un donativo a la Orden del Radiante Corazón y conseguir el permiso para el torneo de justas que tanta ilusión le hacía. Pero sólo conseguía dinero a base de robar chavos a los kóbolds y no era mucho. Por fortuna, el comerciante para el que procuró el ilitio le había prometido una buena suma de dinero si le traía esta vez granito rojo. Así que fue a buscar a su amigo Anhol a ver si él sabía dónde conseguirlo. Anhol era un buen amigo y se ofreció a acompañarlo hasta Nashkel dónde sabía que se podía extraer ese mineral. Se pusieron en marcha y partieron... dos días más tarde, por lentos.
A su viaje se les unió la dama Amithiel, valiente heroína que no decía que no a una aventura, y un asombroso caballero medio dragón al que le dio por aterrizar justo al lado del elfo. Aravae, impresionado y motivado por la curiosidad y la admiración, le invitó a acompañarles y este accedió.
Gracias al poder y la destreza de los compañeros del elfo, el viaje resultó bastante tranquilo. En el camino, encontraron al caballero Brand y la dama Lissandra que se dirigían hacia la sede del Filo.
Al llegar a Torrealta la compañía se había disgregado. Anhol y Amithiel se despidieron para atender unos asuntos en la ciudad. Aikanasar lo hizo con la promesa de volverles a ver y el caballero Brand se retiró a la Sede del Filo tras mostrar dónde estaba la cantera de mineral.
La cantera estaba muy cerca de la sede y pronto apareció un compañero de la dama Lissandra del Filo y se puso a conversar con ella; el caballero Durmas, apodado el Jabalí. Mientras ellos charlaban e intercambiaban pergaminos, el elfo trató de romper la roca infructuosamente. Más tarde, cuando llegó la dama Loen, el elfo canijo continuaba insistiendo con el pico de minero, pero el sol se ocultó entre las montañas sin que hubiera conseguido una sola veta de mineral.
La noche se presentaba fría y el caballero apodado Jabalí propuso ir a tomar algo, así que se alejaron de la cantera y se encaminaron hacia la taberna.
Aravae caminaba pensando en la druida de la que hablaban y sobre la que la mediana Aika le había explicado cosas días atrás, cuando Lissandra le ofreció la mano y le invitó a subir a su caballo. Sus pensamientos volaron, la nieve se desdibujó alrededor y las estrellas parecieron chispear alrededor del bello rostro de la elfa, o al menos eso le pareció a él mientras observaba su imagen cándida y su mano como un niño ante la promesa de subir en un tiovivo. En otras circunstancias, habría pedido permiso a Medianoche para subir en su grupa, ya que era la más afectada al tener que cargar con su peso. Pero en esos momentos sólo pidió permiso a Liss y subió al caballo.
En cuanto montó, la yegua salió disparada al galope. Subió las empinadas escaleras de Torrealta a un ritmo vertiginoso. Cruzó un puente de piedra con el abismo a sus pies y continuó galopando a toda velocidad. La nieve se desplazaba rápida bajo ellos, incluso las estrellas del cielo parecían moverse y las sombras corrían raudas hacia atrás.
Aravae tardó en procesar lo que sucedía, embargado por la emoción que sentía. Confundió el cosquilleo en el estómago con el vértigo a las alturas, los latidos de su corazón con el resonar de los cascos de Medianoche sobre el puente de piedra, el amor con el miedo y el miedo con amor. Pero, en cualquier caso, se abrazó más fuerte a la cintura de la elfa, porque el abismo era profundo y sabía que si Medianoche caía se iban a romper la crisma.
Cuando se dio cuenta de que no cabalgaban hacia la taberna, sino en dirección contraria, y que los compañeros de Liss se habían quedado atrás, trató de advertirle.
-
Liss…-empezó a decir.
Pero la hermosa elfa detuvo el caballo. Desmontó apresurada y le dijo que bajara. Aravae obedeció sin rechistar y tomó la carta que ella dejó en sus manos.
-
¿La escribiste tú? –le preguntó.
El elfo sabía que la letra de quién había escrito la carta no era suya, pero se tomó dos segundos para reflexionar antes de contestar. En medio segundo vio a Lomir pidiéndole perdón por adelantado. Aravae ya le había perdonado, así que era tontería invertir más tiempo dándole vueltas. Tardó medio segundo más recordando su última conversación con Madeleine, que parecía disgustada con Lomir porque este no mejoraba su conducta ni les hacía caso. En otro medio segundo supuso que estaba básicamente de acuerdo con lo que decía la carta.Y en medio segundo más asintió, respondiendo a la pregunta.
Lissandra le tiró de la nariz en lo que imaginó que era una especie de extraña venganza.
La elfa también se tardó pocos segundos en subir al caballo y marcharse dejándolo ahí plantado.
Sus compañeros del Filo, que se habían percatado de su ausencia, volvían por el puente de piedra. Oyó a Jabalí decir algunas palabras que aún no conocía en la lengua común, y a la dama Loen contestarle. Pero estaba demasiado confuso para dar explicaciones. Así que pasó en silencio entre ellos y se alejó de allí sin preocuparse que pudieran pensar que los elfos eran raros.
Esta vez, cuando cruzó el puente de piedra, de vuelta, con el abismo bajo sus pies, la sensación de vértigo en el estómago le resultó mucho más desagradable.
Era tarde, y no se veía nadie por la calle. No conocía más que la sede del Filo y no quería ir allí, así que, consciente de que pronto sería víctima de una ensoñación espontánea y que debía procesar todo aquello, Aravae volvió a la cantera que conocía. Al fin y al cabo la piedra de granito rojo era lo que más familiar le resultaba y (igual porque le había golpeado tanto y ella no había chistado) le daba confianza para dormir a su lado.
Los primeros rayos de Lathander descubrieron al elfo ensoñado aún y medio congelado tras haber pasado la fría noche a la intemperie en lo alto de la montaña. La rana asomó por el zurrón y ladeó la cabeza para mirar alrededor. Echó un vistazo al elfo y le despertó a guantazos.
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No me pegues, ¿porqué pegas!? - protestó este con mal despertar.
-
Porque si te despierto con un lametón se me quedaría la lengua pegada, estás congelado.
El elfo frunció levemente el ceño, se sentía igual de confuso que la noche anterior a pesar de no haber bebido elverquist. Meditó unos instantes y decidió que lo mejor era olvidar todo lo que había sucedido. Ignorar la realidad pasada se le daba muy bien y era un gran mecanismo de defensa psicológica.
La rana bajó hasta el suelo de un brinco a recoger un platito que había dejado a los pies del elfo.
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Ese es mi plato de madera de las comidas. – le dijo Aravae.
¿Por qué has dejado eso ahí?
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No te importa –le replicó la rana cogiendo una monedita que alguien había dejado en el plato. –
Es mi negocio.
-
¿Qué negocio?
Aunque no tenía dientes, la rana mordió la limosna, para comprobar que no era falsa y no perder la costumbre, y la guardó en el zurrón. Sospechó que la había dejado el enano calvo que andaba cerca, a pesar de que no hacía más que gruñirles, porque no se veía a nadie más por ahí.
Puesto que no parecía que la rana fuera a contestar a su pregunta, el elfo se frotó las manos para entrar en calor y pensó en sus propios asuntos.
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Vamos a algún sitio dónde pueda dibujar tranquilo.
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No sabes dibujar, ¿Qué piensas hacer? –preguntó la rana extrañada.
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Tengo que hacer un boceto del torneo.
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¿Y eso para qué?
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La dama Selena lo pidió, así que supongo que he de entregárselo con la propuesta y la petición.
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No entiendo… -murmuró la rana.
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Ni yo, pero los humanos son extraños. ¿Oíste a la chica que va con ella?
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La seguidora de Illmater, sí. ¿Ya convenciste a Anhol para que te ayude a lanzarla a la fuente curativa que hay llegando a Nashkel?
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No quiere ayudarme...
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Menos mal, tiene más sentido común que tú –replicó la rana acomodándose en el zurrón. –
Vamos, a la posada. Te enseño dos insultos más de camino.