Sabía de algebra, calculo y geometría, conocía los astros fijos, las errantes y sus ciclos, guardaba un conocimiento casi enciclopédico de los animales del plano material y de algunas plantas, durante años había estudiado los textos antiguos y leído toda la poesía de Myt Drannor, así como gran parte de la literatura y del teatro de la raza humana, conocía casi todas las enseñanzas orales y los cuentos de su pueblo, sabía de solfeo y teoría musical y podía interpretar una partitura sin dificultad alguna, había experimentado con la mecánica de los cuerpos, la gravedad natural y el vuelo y también conocía los principios de magia básica arcana. Y sin embargo, a ojos de muchos (humanos y de aquellos de su propia raza que tenían un pensamiento más obtuso) no era más que un tonto.
Como la mayoría de los elfos en verdad, aprendió en su primer siglo de vida, con rapidez y facilidad, todo tipo de conocimientos técnicos y procedimientos, pero para las grandes cuestiones prácticas e importantes de la vida era lento en madurar y hallar respuesta. Tardaba en formar sus propias opiniones y juicios sobre la gente y el valor de las cosas. Su mente seguía siendo aún moldeable como la de un niño humano, abierta y libre de las constricciones marcadas por los límites de lo posible y lo imposible, mantenía viva esa curiosidad infantil que le conminaba a preguntar y aprender nuevas cosas… Precisamente por eso parecía fácilmente un ingenuo y un ignorante. Por eso, y porque en parte también sufría de esa enfermedad conocida por algunos como la "bendición del tuerto".
El día en que la anciana seanchai le diagnosticó la enfermedad del tuerto, le dijo a Aravae, para que no se angustiara:
- Nuestros dos ojos no vuelven mejor nuestra condición; uno nos sirve para ver los bienes, y el otro los males de la vida. Mucha gente tiene la mala costumbre de cerrar el primero, y muy pocos cierran el segundo; por eso hay tantas personas que preferirían estar ciegas a ver todo lo que ven. Felices los tuertos que sólo están privados de ese ojo malo que echa a perder todo lo que mira.
Sin embargo, cuando Aravae contó a Anhol que iba a declarar su amor a Liss de nuevo, este le mostró sus reservas y le dijo:
- Deberías aprender a ver el otro lado de las cosas.
Aravae sabía que se lo decía con la mejor intención, pues Anhol le había visto sufrir de amor no correspondido, componer canciones para ella e insistir incondicionalmente en sus elogios.
- ¿Qué es el otro lado de las cosas? -preguntó.
Anhol no fue muy claro en su respuesta, pero el elfo dedujo que debían ser las cosas malas y terminó la conversación, exclamando optimista:
- ¡Ha estado con tipos peores!
Aravae no acababa de comprender por qué debía ver el lado malo de las cosas. Ver el otro lado, en relación a Lissandra, era como asomarse a un abismo de dudas e incertidumbre, de porqués y de quizás; de porqué había tardado tanto en corresponderle a él y tan poco a otros, de que quizás no era más que un capricho, de porqué a veces le mentía y le mantenía apartado de otras parcelas de su vida, de que quizás la había conquistado solo por cansineo e insistencia... Aravae se había confesado demasiadas veces como para que los rechazos no hubieran hecho mella en su autoestima. Ver el lado malo no era más que acercarse a un precipicio de inseguridades y miedos, era experimentar la incómoda sensación de sentirse poca cosa a su lado, era menguar a la sombra de los exnovios de ella, eran celos e inseguridad por su inexperiencia.
No ver el otro lado era estar junto a ella, era sentir un agradable cosquilleo en el estómago, era un huracán de sensaciones agradables.
Todas estas reflexiones y sentimientos trataba de madurar el elfo a su ritmo, aunque él mismo se daba cuenta de la lentitud con que a veces conseguía procesar las cosas y responder a su afecto.
A veces veía a Liss hablarle, tan hermosa y tan decidida…
...y al cabo de 15 segundos más tarde conseguía responderle.
En cualquier caso, ahora el mundo le parecía maravilloso, aunque le picara una serpiente.
El sol brillaba con fuerza aunque le atravesara la barriga la espada de un asesino de viejas.
Pero a veces se sentía algo culpable por ser correspondido. Como si hubiera robado la más hermosa ofrenda del altar de los Seldarine, y en cualquier momento pudiera aparecer un dios vengativo a castigarle por ello; a llevársela y arrebatarle la felicidad que sentía.
Y a veces, también ahora a veces, veía el otro lado de las cosas.
Pero entonces aparecía otro erevanita y lo solucionaba.
Porque las cosas no suelen ser ni tan malas ni tan buenas como parecen.