Offtopic :
Copio de nuevo los relatos, eso si, me temo que sin fotitos ni adornos, es una chapuza pero algo es algo. En lugar de tener dos hilos, los meto ambos en uno y ya está.
El hilo original y que se perdió es este : viewtopic.php?f=4&t=59806&p=837602#p837602
Empujada por el viento, la nave pirata avanza majestuosa sobre el mar iluminado por la luna. Su capitán se siente orgulloso de su libertad y del navío con que la defiende, y a éste dirige su canción. (Espronceda)
-Astrid MinstrelTides -
El fragor de la batalla llegaba cuando el día se aproximaba a su cenit, la sangre derramada se mezclaba con el rojizo reflejo del sol sobre el mar, los gritos de agonía se agarraban al alma, el hollín de pólvora quemada se metía por cada poro de piel de los curtidos marineros en un ambiente denso, muy denso.
El capitán ganó el barlovento al enemigo, teniendo así libertad de acción, el abordaje era la continuación de varias embestidas en las que por añadidura, venía una suerte de andanadas de la artillería del buque insignia. Era un combate particular, era un combate definitivo.
Desde popa a proa, desde estribor a babor la marinería se ensalzaba en lucha a muerte. Un nuevo buque había sido tomado, saqueado y sus supervivientes serían vendidos en cualquier mercado, un excelente botín.
- ¡¡Desplegad las velas!! ¡¡Cuidado con el palo de mesana!!
¡¡Quiero que el barco vuele sobre el mar!!
- ¿Qué rumbo seguimos, mi capitán?
- Vamos a una tierra de piratas: Vamos a Brinley. ¡¡Sacad el ron de las bodegas para celebrarlo!!
-¡Mi capitán mirad lo que guarda uno de los barriles!
Un marinero alzaba en una mano un pequeño bulto, en la otra sostenía presta la cimitarra ensangrentada y a sus pies, una mujer que acababa de perecer
-¡Mirad lo que escondía esta ramera, ni siquiera nos darán mil monedas en cualquier burdel de Amn por ella!
Nunca dijo el capitán porqué no acabó con ese pequeño bulto aquel día, todos conocían su falta de piedad, unos decían que era ya viejo, otros decían que así tendría esclava gratis en la mesa y en la cama, pero pronto sostenían que para eso quedaban al menos una docena de años.
Jamás dijo el capitán, qué le movió a hacerlo, pero la conservó y nombró
La pequeña no lloraba a pesar de que debiera estar aterrada,apenas levantaba un metro del suelo cuando sobrevivió a su primera batalla. Astrid la llamó. En lugar de llanto, la niña tarareaba una canción infantil aprendida de la que ahora yacía inerte sobre la madera de la bodega, miedo no mostraba, matar a alguien con ese valor no gustaría a los dioses. El viejo capitán como todos los hombres de mar, era supersticioso
-Astrid, juglar de mareas, Astrid corsaria de Brinley. -Lo anunció el capitán a la marinería y así quedó reflejado en el cuaderno de bitácora.
Cuaderno de bitácora, entrada I (en dique seco)
-Alfonsus ya llegó, Alfonsus vino ya-
Decían las malas lenguas o las buenas lenguas, que todo depende del crisol con que se mire, que el mono era un cambiante otros, decían a bordo que era un mago que equivocó las palabras arcanas de un conjuro quedándose con esa forma animal para los restos… ¿quién iba a saber la verdad? ¡diantre yo no y que me aspen si lo pretendo!
Lo que se, es que siempre estuvo ahí desde que el viejo capitán me inscribió en el cuaderno de bitácora del buque.
Cuando el barco se hundió, cada uno de los marineros tomamos un rumbo, yo llegué como Akadia me dio a entender hasta la costa de Agujas de oro y Alfonsus me acompañaba aunque es cierto que, al tomar tierra, salió como alma que lleva Cyric hacia los árboles. Le perdí de vista al jodido mono.
Pasaron unos días y de golpe, un tipo con alas apareció por los llanos mirándome fijamente.
-¡Juro por el mostacho de una enana que la pluma de mi sombrero no es de tus alas!
El tipo vestía ropas de legionario, la verdad es que no tenía ni pajolera idea de qué ropas tendrían hasta que alguien me dijo que era así. El tipo, traía un saco en la mano, y tenía varios arañazos y mordiscos. Si no fuese por la explicación venidera, hubiese dicho que el pollo se metió en el corral de otro gallo…
-¿Tú eres la del mono?- preguntó el mordido y arañado palomo.
-¿Has encontrado al macaco?- dije yo- bicho esquivo y rencoroso ¡no me lo dejé a bordo a propósito!
-No tendrá la rabia ni nada ¿verdad? El condenado me mordió la mano…
-Pues rabia no se si tendrá, pero tiene peor carácter que un orco al que le arrancan las muelas en vivo.
-Lo traigo en una bolsa
- ¡Pues entonces debe estar de un humor fino, fino – Reí a carcajadas mientras abría la bolsa.
-¡Eh macaco, sal de ahí!- miré al legionario que se presentó como Ayakaf- Te debo una botella de ron, grumete.
En un momento determinado, Ayakaf mencionó que quizá debiese capar al mono, pero ¡que me aspen si le corto los colgajos al mono!
El macaco tiene locas a las monas, mona que ve, mona que monta.
Entraron en charla dos mujeres, una se presentó como Katala, una seguidora de Sharess, empezamos a bromear todos acerca de otros temas algo inapropiados para los oídos, básicamente cando hice mención a la posibilidad de que fuese un cambiante, terminé por añadir, que Katala tenía poco pelo para el gusto del mono. El legionario dijo que en la legión tenían una cabra, la eterna Manolita. ¡Cosas más raras se ven!
Con Alfonsus de nuevo conmigo, jodido mono, ahora tendré que procurarle comida, agradecí al palomo Ayakaf que lo trajese y ya de paso añadí..
-¿Y en la legión esa tuya, no querréis a Alfonsus en la unidad animal?
Bastó decir eso y que el macaco lo escuchase para que éste saliese por patas hasta perderse entre los árboles.
*Vista de Alfonsus huyendo*
-¡Mono hijo de troll! ¡Vuelve aquí de inmediato o te capo!
Pero no, el mono hizo oídos sordos, Katala se fue en busca de un hombretón al que dar el cariño de Sharess, el Palomo Ayakaf se marchó a curar esos mordiscos moniles y la otra joven, se fue alejando progresivamente toda cauta mientras que yo, fui en busca de un buen ron
-¡Ron, Ron , Ron, la botella de Roooon!
-Oda a Tarant y el mediano Riam-
¡Demonios, 25000 dartens por escribir un par de palabras!
Eso es lo que pensó Astrid cuando la aventurera aceptó el precio por hacerle una oda y de paso contar cierta historía entretenida.
¿Todo era cierto? ¿Nada lo era? ¿Qué más le daba a Astrid? a fin de cuentas, ella era la que se embolsaría los 25000 en menos que un gallo canta o un trasgo la palma.
Tomó la marinera pluma y papel y con una botella de ron cerca, comenzó a escribir el encargo para la aventurera Tarant.
Esta historia que les voy a narrar
Es una historia singular,
Tuvo lugar en cierto lugar
Cuyo nombre sí que quiero recordar.
Se hallaba la abnegada heroína, Tarant
Junto a su fiel compañero mediano
Riam era por todos nombrado,
En la ciudad de Minsorran
Por extraño que parezca
La sin par dama, descansando estaba
Pues era mucho su trabajo,
Siempre trabajando a destajo
Es una aventurera inquieta
Que jamás puede quedarse quieta
Además de virtuosa,
Es una pelirroja hermosa
Basta el caer de sus pestañas
Para parar el fluir de carruajes
De aquí, a cualquier confín del Toril.
Inquietos como son, el mediano saltó
Con que podrían ir en busca de la
Ciudad perdida de Shatar.
Como se trata de una heroína,
Generosa y desprendida,
Valiente y arrojada…
No tardó un instante
En la propuesta aceptar.
Para prevenir incidentes, accidentes
Y otros contratiempos, al mediano
Reconocido por Riam, contrató.
Nuestra audaz heroína avanzó en su compañía
Con el propósito de investigar.
Dos días anduvieron hasta llegar
A las recónditas murallas de Shatar.
No tardaron mucho en encontrar
Lo que se tenía que hallar.
Nuestra legal, bella, encantadora,
Trabajadora, incansable, abnegada,
Virtuosa, generosa y encima audaz
Fue a ofrecer su salario al mediano
De nombre Riam, que antinatura
Rechazó.
Ofreció en su lugar a nuestra dama
Una baraja encantada
Y nuestra heroína sacó de ella una carta
Los dioses premiaron su valía,
Pues de la baraja grandes tesoros salían
Su bolsa se hallaba repleta
Tomó una segunda carta de la mitad
De la mágica baraja,
Y doradas monedas le asomaron
Hasta por las orejas.
Además de los oros, un nubarrón negro
Acudió, seguro que para camuflar
Ese brillo dorado y cegador.
Pensaron heroína y mediano
Que tres días llovería y que después
Del diluvio, ya pararía,
Pero en lugar de llover tres días,
Tres días tuvieron de batalla y pelea,
Pues una gran sierpe roja
Tras nube y oros salía.
Derribaba el dragón los tejados,
A cenizas reducía todo cuanto olía
Mas nuestra audaz heroína
Con el mediano nombrado Riam, por compañía
Incansables combatían.
Finalmente a la sierpe roja derrotaban
Que cansados se encontraban…
Según el mediano de nombre Riam
Las barajas malditas se hallan
Pues puede que tu muerte
La saques de entre sus cartas.
¡Que me aspen!
¡Que me aspen!
...Si entiendo alguna vez las construcciones de tierra firme... con lo simple que es un barco, está la cubierta y bajo cubierta, se acabó.
Todo este asunto vino cuando me encontré de casualidad a una chica, tenía pinta de elfa dada la poca carne pegada al hueso y el busto liso como una tabla de lavar, me dijo que se llamaba Khity y decía ser, miembro del bastión de Acero, sí, era compañera del pollo tomatero, es decir… de Ayakaf. Total, que nos presentamos y esas cosas que dictan hacer los buenos modales. Estoy desde mi regreso a tierra firme tratando de hacerme una señorita y la verdad… es que como diría “Bob el cojo” por hablar finodo, me jodo. Sí, es que me cuesta horrores no soltar improperios, no beber ron mientras estoy reunida con las demás Eternas o simplemente no veo la hora de sentar mi precioso trasero en la silla de la clase en la Arcanum. Como diría también "Bob el cojo", soy culillo mal asiento.
Total, que para matar el tiempo me fui hasta Purskul, a caballo, de ahí iba a dirigirme hasta Amnagua pero carajo… no sé como diantre acabé de nuevo en el camino que lleva hasta esa casona cerca de Purskul. La casa Darnisse dicen que se llama.
Esa casona, esa casona es un puñetero desastre ¡por los mocos verdes de un trasgo resfriado que ya debiera estar derruida! Pero no, no lo está a pesar de los intentos de numerosas almas por acabar con lo que mora dentro y fuera. Por haber hay hasta tiburones, con eso lo digo todo.
Ya estuve allí junto a un grupete, pasaron cosas raras, tan raras como que todo se oscureció de repente dentro de la casa y además, empecé a escuchar voces y ¡juro que no bebí! .Acabamos saliendo de allí después de enfrentarnos a yo que se cuantas cosas que nos esperaban fuera. Madeleine me puso al corriente de lo que pasó después, ella que está como una verdadera cabra, volvió pero mi menda lerenda se lo pensará dos veces y media antes de hacer otro intento.
Bien, el caso es que me encontré a la comadre del pollo tomatero (Ayakaf) que me dijo que estaba buscando apoyo y compañía para entrar en esa casona, iba a decir que ni hablar pero dijo la palabra clave “Tesoros” sí, me gusta más un cofre que a un galán un canalillo y ya no quise escuchar más, dije que contase con mi menda.
Se nos unieron un par más y allá que fuimos hasta la casona, por supuesto dejé a Náufrago en el establo, no sea que acabásemos los dos naufragando en tierra firme.
Bien, nada más cruzar un pequeño camino de tierra salpicada de matojos, una gran bola de fuego fue directa hacía nuestra posición, di un salto atrás salvando mi sombrero por que ¡demonios, es el nuevo! Tras este recibimiento caluroso donde los haya, continuamos “agradeciendo la hospitalidad”, llegamos a las puertas de la casona pero claro ¿Cómo íbamos a entrar sin llamar? Buscamos una alternativa. Yo fui hacia la izquierda encontrándome una pequeña cala que seguro estaba bañada por las aguas que llegan al puerto de Purskul , caminé llenándome de tierra las botas, que sensación más divina sentir de nuevo ese crik-crik de la tierra bajo mis suelas…
Avancé y zasca, me topé con un tiburón allí preparado para pescar incautos, ya se sabe que los muy osados llegan a veces hasta la misma orilla buscando presa, pero no … la MinstrelTides no iba a ser su almuerzo. Le asesté un estocazo que le partí en dos, cuando me pongo bestia me pongo y mucho.
Continué unos pasos más y miré hacia atrás ¡Akadia loada! ¿Dónde se han metido los demás? Ni rastro de la legionaria, ni del legionario ni de nadie de los que íbamos salvo un tipo que estaba en la misma situación que yo. Seguí avanzando y llegué hasta el interior de la casa. No estaba el resto así que continué después de presentar mis respetos a un par de cofres cerrados que había.
Desanduve lo andado y de nuevo me vi en la entrada de la casa, el resto también estaba. Alguien tuvo la idea de entrar por el tejado, bueno, vale… pues a escalar se dijo. Lanzaron unos garfios y subimos tras algún tropiezo tontorrón. Ya estábamos arriba pero tras comprobar la panorámica desde cierta altura, alguien pensó que había que volver a bajar. ¡Por la almorrana del mismísimo Bane! La bajada se presentaba fácil así que sin mucho preparar tomé la cuerda y di un grácil saltito para impulsarme y bajar, tropecé y di de bruces contra el suelo. Bufando volví a intentarlo, en esta ocasión se me fue la mano y caí de espaldas (casi pierdo la pluma del sombrero), aquello estaba convirtiéndose en una cuestión de pelotas y yo Astrid, tengo muchas. Volví a intentar, esta vez se me enganchó el tacón de la bota yendo a golpearme el estómago contra la muralla de la puñetera propiedad Darnisse.
El asunto estaba ya poniéndose negro tinta de calamar, así que hice otro intento. Menos mal que pude poner el brazo si no, ahora me llamarían Astrid la Sindi (es decir, la sin dientes) Frederick, que era el arcano legionario compañero de Khity y del Pollo Ayakaf me pasó un pergamino con magia aérea, sí, al leerlo otorgaba al lector siempre que lo leyese bien, el poder de las aves. Lo leí bien, subí por el aire pero se ve que Akadia mandó una bocanada más fuerte por lo que aterricé justo en el mismo sitio que estaba.
Recurrí de nuevo a la cuerda ante la atenta y estupefacta mirada de los de abajo y del arcano legionario. Menos peso, pensé, y allá que me quité el torso de cuero que protege mis dos amigas, Lola primera y Lola segunda; agarré la cuerda, di un saltito para impulsarme y alehop ¡al suelo por fin!.
Dados los percances y contratiempos, decliné la oferta de recuperación tesoril, que a fin de cuentas una es barda y vive de su imagen y desdentada, coja, tuerta o vete a saber como, iba a ser un poquito incómoda de ver y no tenía arrestos para escuchar a la morena (Madeleine), si por casualidad me presentase o faltase al estreno de la próxima obra…
-El Plan -
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Y un marinero que se precie, sea de donde sea, tenga patria o no la tenga, siempre tiene en común varias cosas.
La mar, el ron, un código ético y un amor en cada puerto que pise. Un pirata o marinero, llamado así de forma genérica en aquellos lugares en que ser pirata (casi todos) está castigado con la horca, es un alma libre, un espíritu inquieto que tratará de beberse la vida con el descaro absoluto que da no saber cuando será el final. Y así es Astrid MinstrelTides o Juglar de Mareas, así soy yo. Dicho esto, por añadidura, diré que ser un espíritu libre no está reñido con la inteligencia y que de ser inteligente es la adaptación a lo que te rodea. Interpreto un papel, aprendo de la gente de tierra, gozo de lo que pueda y a mi manera, me gano en tierra lo que el mar no me da, pues la gente de tierra no tiene el mismo código que yo. Todo forma parte de un plan.
A bordo yo era como todos, me he criado entre truhanes, entre marinos experimentados y entre gente que rezaba a tal diversidad de credos que yo, casi me empapé de todos. Cada integrante del barco actuaba de una forma, ellos me dijeron lo que significaba mi primer sangrado, ellos procuraban que permaneciese “entera” porque para todos ellos fui su hija y a su manera, velaban por mí hasta que el cuerpo de mujer se correspondió con la edad que ellos creían conveniente. Ellos me explicaron que es lo que un varón quería de una mujer por encima de todo, ellos me llevaron al burdel de confianza para que una mujer me contase lo que debía saber desde el lado femenino. Algo que pocas mujeres tienen.
Al bajar a tierra, al poner pie en Athklata me atrajo la idea de conocer tierra firme, y así lo dije a la tripulación, a mis compañeros de travesía. Zarparon tras aprovisionarse mientras yo quedé en tierra.
En el barco todo era sencillo, si querías beber, bebías (en cubierta tras apagar las velas), sobre todo tras llevar a cabo los trabajos propios de un barco. Si querías jugar a las cartas hasta perder la camisa, jugabas pero jamás por dinero a bordo, si peleabas con alguien no importaba porque se ponía fin a la pelea en tierra, pelear en el barco jamás se consentía, las diferencias se solucionaban en tierra firme, y siempre a primera sangre, más allá de eso, éramos hermanos de una misma madre, la mar.
Y así anduve por las calles del distrito del puerto, había visto más ciudades que seguramente muchos, pero jamás me quedé el tiempo suficiente como para contagiarme de la vida en tierra. Lo primero que aprendí fue que la magia estaba muy limitada, su uso estaba tan reglado que me sorprendió pero esto es Amn y ya se sabe lo que hay.
Tan solo empecé a conjurar, no recuerdo el qué, y apareció una figura gris diciendo que la próxima sería peor, añadió que solo si tenía los permisos adecuados podría conjurar dentro de los muros. No tardé en saber que el lugar para obtenerlos pasaba por ingresar en la escuela de magia. Yo no soy maga, ni hechicera, ni pretendo serlo, ¡los dioses me libren! Yo soy un juglar, una trovadora que sabe de barcos y de mar, pero aun así, me inscribí. Soy como soy, puedo interpretar ser una señorita de alta alcurnia sin que me salgan costras ni sarpullido y eso fue lo que tuve que hacer tras meses y meses siendo alumna. El subdirector, el enterrador, osea… Armeís me llamó a su despacho amenazando con expulsarme si no me comportaba. ¡Si lo llego a saber, ni le saludo al entrar, carajo con el enterrador!
Según él, me tiene simpatía pero en la Arcanum es el director. Me pedía ser de una forma en la Arcanum y de otra cuando no estuviese allí. Y no, se merecía que fuese de la misma forma dentro y fuera, se merecía que me comportase como si me hubiese tragado el bastón arcano. No soy de las que se andan con chiquitas, ya tendrá su lección cuando me gradue en esa Arcanum Scholla.
Apenas unos días en tierra firme y me sumé a un grupo de trovadores y bardos, habían perdido a varios integrantes poco tiempo antes y me acogieron bien, la verdad es que me es grato y aunque parezca lo contrario, aprendo mucho con Madeleine. Ella es, ella es pues eso, una mujer refinada aunque ya me ha dicho que ejerzo una mala influencia sobre ella, de todas formas le gusta esa influencia. Ella también ha influido en mi comportamiento, aunque creo que no demasiado. Siempre me hace jurar que no probaré el ron antes de una actuación, creo que nota hasta si lo huelo… y los dioses saben que se llevó un alegrón el día que le dije “Lo estoy dejando” ¿Qué como es posible que una marinera como yo, adoradora del buen ron, acostumbrada a beberlo desde que ni recuerdo, lo deja? Pues fácil, la culpa la tienen las plantas del distrito de los jardines y sus susurros.
-Las plantas que susurraban a la barda-
Caminaba pensando en los gastos que había tenido últimamente, los dartens que había ido guardando del sobrante de los pagos en los diversos concursos y otros trabajos estaban menguando y había que hacer aflojar a Madeleine la bolsa. Para ello, tendría que ir a recoger plantas de diversos tipos, no me molestaba porque así, podría echarme una siestecita a pierna suelta entre planta y planta. No me apetecía ir muy lejos aunque ahora que lo pienso lo mismo hubiese sido mejor. Me encaminé canturreando hasta el distrito de los jardines, preparé mis hoces aprovechando la noche y comencé a tomar frutos rojizos, es decir, esas jodidas bayas.
Llevaba poco metida en el meollo recolector cuando de repente, escuché una vocecilla que pedía clemencia. ¡Carajo! Pegué tres pasos hacia atrás trastabillando hasta caer de culo sobre el empedrado y de esa guisa, miré hacia los lados, miré dentro de la mata y volví a mirar a todas partes. La florista estaba en lo suyo pero yo, la tenía vigilada por si las moscas.
Me recuperé pensando que habría sido efecto del ron, pero que diantre…no lo había probado desde el día anterior así que me dispuse a seguir con mi labor y al alzar la pequeña hoz, esa vocecilla volvía a la carga pidiéndome que las dejase vivir.
¿Vivir una planta? ¿Acaso las plantas hablan? ¿Quería esa mata que la dejase en paz yendo a por las otras flores que altivas iluminaban? ¡Déjanos crecer, decía una y otra vez la mata de bayas. ¡Cosa de medianos! Me dije, y a cuatro patas empecé a remover el arbusto en busca del desgraciado bromista al que iba a dejar sin orejas.
Nada hallé, sin embargo de la mata salió una nubecilla gaseosa de tono morado mientras volvían a susurrarme que las dejase vivir. Empecé a maldecir hasta en Sharrano, por lo que la florista se acercó a preguntar si estaba bien. ¿No las escuchas? Pregunté a la comerciante, ella hizo mutis por el foro y se apartó pensando que estaba loca. Marchó a la otra punta del distrito la muy puñetera…
Yo, cabezona, seguí rebuscando por la mata y hablando con ella o más bien con el mediano que sigo creyendo que se escondió ¿Lo habrá pagado Madeleine para darme una lección en contra del ron? Interesante este dato. Al cabo del rato, en el que la calma llegó, busqué mi petaca y di un sorbo, solo uno antes de volver al tajo. Al alzar la hoz, una luz cayó sobre el matorral y de este, pareció emerger una especie de conjuro lleno de luces y magia, volví a caerme de culo y grité recuperando la verticalidad, corría con las manos alzadas mientras tomaba forma delante mia, un tremendo oso polar. A esto, acudieron dos tipos, uno queriendo ser más tunante que yo, pobre desgraciado.
Quiso aflojarme la bolsa, precisamente a mí ¡ja, ja,ja! Pero que va, yo no me ando con tontadas y por supuesto, no piqué el anzuelo. Llegó después otro tipo, que de inmediato, pretendió sumarse al otro, ¡Ni uno ni dos! A mi no me la dan con queso tan fácilmente. ¡Yo he vivido entre truhanes, yo he crecido entre tunantes! A todo esto, decidí que no probaría una gota de ron más, por si las moscas, solo cuando nada tuviese que hacer. Llegó por casualidad Madeleine, y los cuatro nos pusimos a departir, al final fue ella quien dio los quinientos dartens al primer tipo, porque si esperaba que se los diese yo, iba listo. Claro que se los dio para que fuese él quien cargase con los sacos de plantas que anteriormente había reunido para ella.
Me había dado un hambre canina, así que pensé en dirigirme a la posada del Alandor, comer y luego dormir a pierna suelta. Tomé el camino de la costa norte y unos pasos antes de entrar en el puente saludé a un tipo ataviado con las ropas de legionario.
Seguía mi camino cuando de repente escuché tras de mí:
-¿Pero cuánta tela se ha quedado el sastre?
Era una voz joven, como comprobé al voltear el tipo me estaba haciendo un repaso anatómico al detalle. Así que respondí como suelo responder siempre, es decir, con picardía, descaro y la cara muy dura.
-En verdad, poca…
-El mano-mopa-
El tipo se estaba afanando en medirme las curvas, no me molestaba en absoluto puesto que siempre he dicho que mirar no desgasta y que lo que se han de comer los gusanos, lo miren los Amnianos, véase que cuando digo amnianos digo Cormyrianos, Sembianos o allá donde esté. El legionario parecía estar más que feliz de que yo llevase la ropa que llevaba, ligera, cómoda y marcada, yo le ofrecí mi sastre para que le hiciese algo con la cantidad de tejido sobrante de mi atuendo.
Empezó entonces un tira y afloja entre ambos, si pensó que iba a encontrarse con una de esas damiselas que se ruborizan y escandalizan por cualquier cosa, es que era más tonto de lo habitual.
-¿Dónde vas?- Preguntó sonriendo de medio lado-
- A comer algo- dije yo- el camino me da hambre y la posada está cerca, ¿Y tú?-
-Si me llevas de la manita voy contigo, eso sí…cada uno se paga lo suyo-, me guiñó mientras hablaba.
-¿De la manita? Si no es en brazos, nada-, dije yo descarada. -¿Qué te pasa en el ojo?- pregunté esperando a ver por donde salía el legionario y avanzando hasta donde estaba. Saqué un pañuelo del escote y lo tomé entre los dedos girando sobre sí misma una de sus esquinas. Estaba dispuesta a sacarle “la mota” de polvo del ojo.
Una vez estuve cerca, la mano del tipo se deslizó aprisa hasta mi cadera, como apoyándose de forma casual.
- Cuidado con esa mano, que luego va al pan- pero el tipo ahí la dejó palpando bien palpada la zona. A medida que el joven pasaba la mano-mopa por mi cadera yo le tomé la cara con la siniestra, y con la diestra le hice mojar el pañuelo con su propia saliva, parecía encantado el truhán. Limpié la cavidad ocular hasta dejarla más roja que la sangre. Si quería mirarme el escote, iba a tener que hacerlo con un solo ojo. Eso sí, ni al concluir mi limpieza apartó la mano de mi cadera. Aquello iba a ser divertido.
De pronto, por el camino, llegaron Sten, Aravae y una chica. El capitán y Vae me saludaron por el nombre la chica me miró mientras el capitán preguntaba si todo estaba bien, ya que sabía que no era algo habitual que yo dejase que nadie se acercase tanto y menos aun, me sobase. Aravae, dedicó un gesto de desagrado al ver al legionario.
-Está todo bien, aunque el legionario no valora su mano lo suficiente…
-¡Eh, qué me miras así! ¿Te debo oro o qué? – dijo el mano mopa sin perder la sonrisa picarona.
Marcharon al poco, mano-mopa y yo quedamos allí hasta que por fin retiró la mano para quejarse, -Me has destrozado el ojo-
Un nuevo tira y afloja empezó, cuando concluyó dijo de nuevo haciendo un repaso a mi cuerpo.
-¿Así que Astrid?
-Así me llaman, si…
-Theros.
-Un placer que me conozcas- dije entre risas- Ahora ya puedo ir a comer, me muero de hambre…
-Aun no nos hemos revolcado, así que no pienso invitarte.
-Descuida, que yo me pago lo mio. Yo como, bebo y tú miras…
Al entrar en los Llanos, el legionario mano-mopa paró en el puesto de un mercader, yo fui a por algo de agua. Quise darme prisa pues había divisado yo al Limpiador de auras, es decir… Lomir, el tipo del abanico.
Lamentablemente me vio y allá que se dirigió a limpiarme el aura de nuevo, juro que me va a provocar una pulmonía de tanto abanicarme. El rubiales voceó desde el puesto de venta mientras se palpaba la entrepierna.
-¡Eh Astrid, date prisa que ya voy!
Menudo jueguecito se traía el mano-mopa, pero ya me había topado con muchos así, truhanes vestidos de señores, señores vestidos de truhanes, y a todos los he cazado.
¿Un descarado llamando a la puerta del Descaro mismo? El juego estaba empezando, a ver quién quedaba encima…
-El juego del derribo-
Tras dar de comer y beber a mi cuerpo Amniano, salí de la posada y allí, frente al establo estaba el rubiales mascullando con un tal Drurga, nos presentamos y el gigantón, miró directamente al canal que formaban lola primera y lola segunda, el día que se me ocurra cobrar por mirar, me hago rica. Total, que junto al loco limpiador de auras nos pusimos en camino hacia Crimoor, pude ver que el rubio era un sacerdote, tiempo después me enteré de que era nada más y nada menos que un servidor de Kossut … fuego y más fuego, ya se sabe.
En el camino del rio, nos cruzamos con Madeleine, al ir a presentarlos resultó que ya se conocían, ella le llama “el calentorro” por aquello de ser fiel del señor del fuego, yo le advertí que tenía las manos largas y ella me contestó que quería lo que todos, un revolcón fácil. Reí tranquilizándola, pues una no es de esas que van suspirando por las esquinas, una es como es.
-Hago mio el dicho marinero de un amor en cada puerto, descuida, que estoy bien a salvo, sin lugar a dudas, más a salvo que él- Continuamos hasta entrar en la ciudad caravanera, diluviaba intensamente y Drurga, Lomir, Madeleine y no recuerdo quien más, quedaron cuidando a una loba. Theros y yo, llegamos a la zona de descanso cuando apretó más aun. El rubiales corrió a Mi árbol a guarecerse, yo hice lo mismo pero como llegó antes, no tuve de otra que pedirle sitio, me dejó uno mínimo donde pensaría que no entraría, pero entré. Por supuesto el tunante aprovechó para acercarse y remirar bien la mercancía añadiendo alguna cosa al respecto, a lo que yo sin vergüenza ninguna le contesté que siempre sufría más el que miraba que el que enseñaba.
Llegaron por fin los rezagados, y empezó un toma y daca acerca de que si todas las mujeres le deseaban, que si tenía para todas…y siendo Madeleine como es, entramos en una diatriba sobre el poder de las mujeres, cualquiera en su sano juicio sabe que es cierto todo lo que se dice, y que el dicho ese de “Pueden más dos tetas que dos carretas”, es ley divina. Mi morena amiga, decía que podría fácilmente hacer que cayese rendido a sus pies con solo su voz, sé que es cierto porque yo lo he hecho en alguna ocasión, si algo tenemos los bardos es el poder en la voz, y si a eso, añadimos el poder femenino, no hay rival posible. Pero el rubiales no cedía, y seguía en lo suyo.
Miré a Madeleine alzando las cejas, la morena sabía ya que algo tramaba, vaya que si…
Con el chaparrón que me había caído encima, quise ir a la posada, secarme, comer y dormir, cuando lo dije, el legionario se sumó pensando que era una invitación. Paré a beber agua en la fuente, hizo lo mismo que yo salpicándome agua -¿En serio?- Dije medio riendo. Acto seguido metí los brazos en la fuente atesorando gran cantidad de líquido, líquido que fue a parar a su cuerpo. Tras la sorpresa inicial rió y yo contesté…
-¿En serio crees que me vas a asustar con unas gotitas de agua? Yo, he surcado todos los mares, querido- caminamos hasta la posada donde cada uno, pagó lo suyo y por supuesto, de revolcones, nada….
-¡Fuego, fuego!-
Y un día pasó, otro le siguió y se iban acumulando, en todos menos en los elfos ¡que son eternos! Hecha esta apreciación, diré que aun no he dado con el puñetero mediano, sigo convencida de que alguien me está gastando una bromita con eso de las plantas. Madeleine, que a todo le encuentra explicación, piensa que estoy desarrollando la destreza como innata para hablar con las plantas, parece que hay un conjuro pero como me aburre tanto la Arcanum y solo voy por lo que voy… pues no sé.
El caso es, que iba de vuelta desde Purskul a Athklata ¿y quién estaba allí ¿ Sí, el rubiales. Por supuesto había una joven al lado y él estaba en plan pavo real, luciendo las plumas de colores. Pasé por al lado, saludé y seguí hasta la universidad, compré material nuevo y desanduve lo andado. Antes de partir de nuevo, entré en la posada… ¿Y quien estaba allí? Sí, el rubiales ejerciendo de pavo real. Hizo un nuevo comentario hacia mi vestimenta, volví a ofrecerle la dirección de mi sastre incluso desabroché tres o cuatro botones del traje dejando al aire el cuello. El mano-mopa saltó como un resorte con los ojos abiertos como platos esperando que me despojase de la chaqueta pero no, reí de nuevo y el rubiales se quedó esperando.
Pedí algo de comer a kalm mientras que las puertas del establecimiento se abrían de nuevo, otra chica más, Theros estaba que no cabía en si de gozo. ¡Está claro, que siempre estoy rodeado de chicas, venid a mi … que aquí hay amor para todas! No pude contener la carcajada y apoyando los codos con el mostrador a la espalda le miré de lado y dije entre risas. -¡Cuidado,Therosín, que tanta comida se te puede indigestar!-
Me guiñó de nuevo y yo me dispuse a pedir una llave para hacer noche, la económica, por supuesto. La última chica en entrar, tenía pinta de norteña, la saludé y preguntó que qué tendrían las cortesanas que todas querían vestirse como una ¿había oído bien? Sí, había escuchado perfectamente.
El legionario intervino preguntándome a mi si me había llamado ramera, a lo que respondí riendo que en caso de serlo, sería de las más caras. Él respondió a la chica -Te digo yo que no lo es, quiero zumbármela y ¡no me deja!- La otra chica, intervino diciendo que nos dejaba con el flirteo, bromeé diciéndole que no había ningún flirteo, que lo nuestro era sexo más duro que puro. El rubiales casi se atraganta cuando dije eso.
Sugirió una pelea de gatas para ver quién se lo quedaba, momento en que las tres que estábamos allí, nos aliamos por instinto simplemente, y la sugerencia, volvió a salirle mal, puesto que todas coincidimos que lo mismo presumía tanto debido a la escasez y añadí que luego llegaban los -¡Uff, te juro que es la primera vez que esto no levanta!-
Las tres hicimos piña aunque no nos conocíamos de nada, es ley humana y divina, ninguna mujer consentirá que se gane un enfrentamiento posicionándose a favor del hombre, todas haremos objetivo común aunando fuerzas.
Al recuperarse, me enseñó la llave (la cara) de una de las habitaciones, me guiño y cabeceó hacia arriba, yo tenía mi propia llave en la mano pero, era el momento de darle otro escarmiento al mano-mopa.
Me acerqué a él hasta ponerme a su altura, acerqué la boca a su oído y susurré. -Oh gracias Theros, disfrutaré de la habitación- estaba bebiendo y la jarra bailó, le estaba poniendo nerviosillo, ni se coscó cuando le di el cambiazo de llave, la suya, es decir la habitación más cara me la quedé yo guardándola en el escote y volviendo a mi sitio. Él se quedó con la económica, pero echó a reír a carcajadas.
Al rato, había conseguido envalentonarse hasta que justo, entró Madeleine. Le llevaba un encargo pero él, volvía a la carga con ese gesto que tiene en plan sobrado. El caso, es que se ofreció otra vez, a darnos placer a ambas, pero Madeleine elegantemente dijo que solo entraríamos en la habitación ella y yo, El mano-mopa preguntó que era lo que hacíamos juntas arriba, imaginándose una fiesta intima femenina. En ese preciso instante entró en el local Aravae. Creo que el rubio vio los cielos abiertos con un posible aliado, aunque lo mismo también imaginó que podría ser otro gallo para su corral. El caso es que estaba esperando respuesta sobre lo que hacíamos ambas en la habitación, le respondí sonriendo de lado y acercándome a Madeleine. Pues nos tocamos, nos peinamos, charlamos… la cara del legionario era un poema, solo le faltaba el sangrado de nariz por el aumento de presión sanguínea. Mas aun cuando tomé un mechón de pelo de Made y lo puse tras la oreja de ésta. Los hombres y este en concreto, están fatal de lo suyo. No se que tenía ese gesto de erótico pero así parecía tomárselo. Aravae, que vio lo que hice y que estaba junto a nosotras, intervino peinando a Made con su pulgar, la cara de Theros cambió por completo. En su escena imaginaria, el trío se había convertido en cuarteto y sacudió la cabeza mientras soltaba un -Agg…tenías que hacer eso, a mi no me van esas cosas-. El elfo, que a pesar de ser elfo es hombre, en seguida dijo que no era de esos, que a él le iban las mujeres. Theros se convenció y para enmendar un poco la situación, sacó una loción que según él, era el olor de los machos, machotes.
Cuando el elfo destapó eso, por poco muero. Aquello olía a ajos concentrados, fermentados en líquido de calcetín de guerrero muerto hace décadas, pero el elfo parecía convencido de que a pesar de ese pésimo olor, debía ser así y él sabrá porqué se quedó un poco de esa loción.
Se me había impregnado la ropa de esa peste, así que dije que iba a los baños del local, el mano –mopa, volvió a creer que era una invitación, apenas me había quitado una bota cuando le vi cerrando la puerta y desnudándose. Juro, que no he visto a nadie quedarse como su madre le trajo al mundo tan aprisa. Cuando acabó, me pidió algo - Se que vas a gritar, pero procura no gritar mucho o Kalm me pillará-
Alcé la ceja y sonreí mirándole de arriba abajo y de abajo a arriba, le guiñé y grité -¡FUEGO, FUEGO!-, salió corriendo desnudo, con las ropas y las armas hechas un lio entre las manos, yo salí detrás riéndome a más no poder, él corría por entre las mesas con la atónita mirada de los clientes sobre él, cayó al suelo y continuó vistiéndose con movimientos serpentinos. Me miró y yo le miré encogiéndome de un hombro y sonriendo de lado. Una vez se hubo levantado, continuó hacia la habitación, la económica, claro. Yo pregunté a Madeleine si creía que me había pasado y negó. -¡Lo merece!- así que fui a ver si le habría dado por tirarse desde una ventana o algo, pues le vi subir las escaleras poniéndose la camisa.
Llamé a la puerta de la que iba a ser mi habitación, me abrió con una sonrisilla, le pregunté si estaba bien.
-Si, si, estoy bien
-¿Amigos? – dije ofreciéndole la mano-
-Amigos y más- dijo tomándomela y acercándose dispuesto a besarme.
-Ey Ey… no quieras comer tan aprisa que te dolerá el estómago- contesté haciendo un movimiento de cobra hacia atrás.
-Uff… me dejas en ridículo, me das el cambiazo de habitación…- sonreía ya – ¿y no me vas a dar ni tan siquiera un beso?
Coloqué el ala de mi sombrero de lado y al terminar, me acerqué y le di un beso en la frente, giré después sobre mis talones saliendo despacio de la habitación, al cruzar el umbral me giré de nuevo, de lado diciéndole:
-Hasta la próxima Theros… y por cierto, bonito trasero.
-Hasta la próxima, Astrid- dijo para después exhalar un profundo suspiro.
Una nueva batalla ganada en la guerra con el mano-mopa, a ver como progresan las siguientes. Por supuesto, nada de revolcones ni reciprocidad en muestreo de cuerpos ¡Ja!
-El Manubrio de placer infinito-
Íbamos paseando tranquilamente Madeleine y yo hacia la Universidad, charlando y riendo tranquilamente sobre los últimos acontecimientos, cuando hicimos la parada habitual en los puestecillos del Distrito del Puente.
-Vamos a ver que tiene el nene- dijo Madeleine con su tono cantarín y despreocupado.
-De acuerdo, vamos a mirar las chucherias que oferta hoy y de paso, pues compramos algo de fruta fresca-
Empezamos a mirar sus mercancías mientras conversábamos hasta que rebuscando topamos con un artilugio poco habitual, al menos, en ese puesto.
-¡Madeleine!- le dije yo con los ojos abriéndose como platos a lo que ella me miró extrañada por mi exclamación, señalé hacia el susodicho artilugio y entonces fue ella quien abrió los ojos más que yo.
-Eso… eso no es… no parece un…
Asentí confirmando que a mí, también me lo parecía mientras ambas preguntábamos a Mosqui.
-Nene, ¿quién ha dejado esto aquí para que lo vendas?-
El niño se encogió de hombros con naturalidad mientras que nosotras dos, estábamos pensando ya en el asunto.
Madeleine, seguramente lo viese desde el prisma de quien mira algo que no es para que cualquiera lo tenga y yo, estaba pensando en lo que eso valdría.
Preguntamos al nene, trece mil dartens, nos contestó. Miré a la morena y ella a mí
-Pues no tengo tanto encima…
-Yo tengo de sobra, pero no pienso tocar eso- Susurraba mientras me daba la cantidad para que lo hiciese yo.
Con la mano enguantada, tomé el artilugio con dos dedos, era metálico, con sus estrías labradas en él y estaba cubierto por una especie de grasilla, además, estaba adornado por algunas gemas y para colmo, tenía cierta magia imbuida.
Para ser exactos otorgaría al usuario el poder del gran grito de guerra. Me moría de la risa pensando en mil trastadas pero ciertamente, prefiero lo natural y ese artefacto, iba a reportarnos como poco, la cantidad pagada pero claro… ¿a quién íbamos a venderle eso? Tenía pinta de usado, pensamos Madeleine y yo, y un repeluco de asquete se nos dibujó a ambas. Ante todo, higiene.
Así que me puse a pensar a quién le valdría tal manubrio hasta que recordé a la tal Katala, sacerdotisa de Sharess.
Como cada día, caminaba Katala de camino a su lugar de oración, es decir, el salón de Alindra, llamé su atención y paró con su gesto picarón.
-Me preguntaba si estáis interesada en un artilugio relacionado con vuestra fe, estoy segura de que os gustará tenerlo.- Curiosa, la chica preguntó que de qué se trataba y le comenté que habíamos dado con un objeto fálico profusamente adornado y que sería suyo por una cantidad asequible.
Quiso verlo, claro está. Lo saqué de mi bolsa enseñándoselo a lo que respondió con una exclamación de complacencia.
Por supuesto que le interesó, es más, se preguntaba porque no me lo quedaba y mi “socia” tampoco, a lo que le contesté, que un artilugio así, merecía estar con toda una sacerdotisa.
La chica, intentó explicarme como usarlo, la interrumpí haciendo ver que sabía para lo que servía pero que el metal, pues no era de mi gusto. ¡Lo que hay que hacer para ganar algo de oro para comprarme un manto la mar de interesante que vi!...
Total, que tras un rato, logramos llegar a un buen acuerdo económico, ganando ella el manubrio del placer sin fin y Madeleine y yo, unos cuantos dartens más de lo que pagamos por él.
Por cierto, sigo sin encontrar a ese mediano…
-El arte de tensar y destensar-
Cuando me encontré a Madeleine, le transmití y di su parte de la venta del manubrio, como buena comerciante se congratuló por el trato y como mejor persona que yo, estaba contenta de que el nene, no tuviese eso al alcance.
Estaba explicando todo esto cuando llegó la rubia, es decir, Lire a la que pronto tuvimos que explicar acerca de nuestra charla.
Yo, que soy como soy, vi el filón para divertirnos un rato, ojo… no reírnos de, sino con la situación. En verdad no tuvo precio el ver a Lire tapándose los oídos y cantando, tapándose los oídos, cantando y dando saltitos… hasta tuve que abanicarla a la pobre. La cosa fue a mayores cuando le pregunté musitando que si los elfos tenían el mismo tamaño que los humanos. Lire se puso entre un tono morado, azul, rojo… me miró y salió corriendo hacia el bosque. Creo que la asusté con mi pregunta pero ¡carajo! Con la de años que tiene la elfa en su haber y se pone del color de la sangre al nombrarle esos menesteres. Vivir para ver.
Total, que así quedó la cosa, Lire huyéndome, Madeleine yendo por el mal camino gracias a mi y yo, muerta de la risa. Al cabo de los días y notando ya que Lire me evitaba, decidí obligarla a entrar en la Luz del Alandor, allí Ibamos a tener una charla constructiva. ¿Y quién estaba en la posada? Efectivamente, el rubiales mano-mopa.
Que si te miro, que si ven y así te veo caminar con ese contoneo… que llámame Cari… en serio, el manomopa es graciosísimo. Da gusto jugar con él. Total, que a pesar de las intervenciones de Therosín, seguí charlando con Lire, que después de un rato, volvió a asustárseme por algo que dije
-¡Pero Lire!
-Que no quiero escucharte más, Astrid!
Y allí me dejó riendo, momento que el manomopa aprovechó para acercarse, tomarme la mano apretarla suavemente y plantarme los labios en la mejilla. ¿Ahora resultaba ser un romántico? Carajo con el manomopa, pensé mientras sonreía con gesto divertido.
-Hasta la próxima, Astrid
-Hasta la próxima, Therosín.
-Embarcando-
Estaba llegando el momento de embarcarme con los demás, no sabía cuanto tiempo estaría a bordo ni nada, pero yo seguía con mis asuntos de aquí para allá, incluso había hecho de recadera para un tipo, las más fáciles 50.000 dartens que he ganado nunca. Con oro contante y sonante, pasaba el rato buscando cosas que me diesen un buen servicio y al pasar por el puestecillo del nene, osea de Mosqui, paré por si acaso me acababa contando quien le dejó el artilugio aquel para que lo vendiese, el jodio no suelta prenda… que bien enseñado está. Y allí mientras estaba negociando con el nene ¿quién apareció dándome un empujoncillo? Sí, el rubiales que para todas dice tener. Al cabo del rato y unas cuantas indirectas bien directas cada uno siguió el camino, pero de nuevo, volvimos a cruzarnos.
-¡Astrid!- Dijo mientras llegaba por mi espalda colocando las manos en mis caderas, no sea que se me fuesen a caer o algo.
-Theros…. Cuidado que esas manos, luego van al pan.
Vuelta al tira y afloja hasta que por el flanco derecho me sobrepasó Lire aligerando el paso.
¡Eh Lire, pero no corras!
-¡Que no!- contestó la elfa sin mirar atrás y calándose la capucha más aun, creo que aun está roja.
-A saber qué le habrás hecho…- dijo Theros con ese aire de pavo real que gasta.
-Nada, solo contarle una historia
-¿De las tuyas? Normal que no se pare…¿Qué historia es esa?
- Y por cierto, ¿Donde vas, morena?
-A la Costa norte, ¿y tú?
-También
-¿Te gusta escuchar historias?- Pregunté mirando al legionario y guiñándole el ojo.
-Si es así, ven conmigo ¿qué sabes acerca de las religiones del Toril?- Pregunté mientras cruzábamos los arcos que daban paso al distrito del Templo….
-El arte de tensar y destensar II-
Miró alrededor mientras señalaba con el dedo a los diversos templos que bordean el distrito
-Que ninguno de estos estaría muy cómodo con la mía
- Bueno, seguramente tampoco estén habituados a la mía
Aquello tenía su gracia, el manomopa pide los favores del Kossut, señor del fuego y yo, cuando rezo, lo hago a Akadia, para que nos conceda buen viento. Cuando caí en la cuenta ya a solas camino al puerto, me rompía en carcajadas… ¡El viento siempre aviva el fuego!
Volviendo a lo anterior, continué hablando.
-Me refiero a deidades más lúdicas- dije usando las manos como si entrecomillase lo dicho – digamos, tipo Sharess...
-¿Te refieres a la que adoran en cada lupanar?
-Si, claro que sí, en prostíbulos, algunas fiestas…etc., etc.
-Parece que en el burdel de Alindra hay hasta un altar a ella
-Lo sé, lo he visto. Pues bien, sabiendo eso, estarás de acuerdo conmigo, Therosín, que los dioses a veces regalan su presencia mediante algunos objetos, objetos divinos…
-Si, si- decía sin saber a qué me estaba refiriendo, que gusto daba ver como se perdía el pobre.
-Pues de eso se trata. Hace un par de días, Madeleine y yo íbamos como tantas veces por el distrito del puente, nos acercamos, como tantas otras al puesto del nene, osea, de Mosqui para ver qué menudencias tenía a la venta
El manomopa escuchaba caminando a mi lado, sabía escuchar sin interrumpir, tenía buena conversación aunque a simple vista pareciese que no, y no me hacía tener que lidiar con un baboso de los muchos que hay por ahí repartidos. Continué la explicación.
-El asunto es, que entre todas sus mercancías asomó un objeto alargado, cilíndrico con estrías marcadas y con piedras incrustadas, llevaba consigo el poder del grito y además, contenía grasa. Si a eso, añades que en su etiqueta decía que era un Dildo del placer infinito, podrás hacerte una idea acerca de esta historia, Theros.
El manomopa pareció sorprendido por el hecho de que Mosqui tuviese un objeto así en sus manos.
-¿Me estás diciendo que alguien ha dejado un objeto fálico sagrado en ese puesto?
Asentí, porque era la verdad
¿Y me estás diciendo, que lo comprasteis?
Volví a asentir – Así es, Madeleine me dio el oro puesto que yo no llevaba tanto y yo me encargué de guardarlo para su posterior venta-
En ese momento el calentorro, como lo llama Madeleine (debido a la fe que profesa), soltó un ¡Ja! triunfal y aunque expliqué los motivos de la morena y los míos, el rubiales dejó su imaginación volar.
Ya estábamos casi en las afueras, cuando soltó lo que esperaba que soltase… ¡hay que ver lo buena que soy previendo estas cosas!
-Astrid, me parece fatal, en serio, pero fatal con ganas que ofreciéndome yo uses un objeto
- Theros, que te he dicho que no lo usamos ninguna, aunque aquello ya había sido usado, que a mi me va lo natural y no lo metálico
Y otra vez vuelta a las indirectas directas y al tira y afloja tan divertido.
-Si si… ya ¡ja!
Continué con la historia narrando a quién se lo habíamos vendido y el porqué Lire corría cuando me veía. Theros afirmó que seguro que la elfa no había visto uno de verdad en su vida, me encogí de hombros porque desconozco ese dato, pero por su reacción, diría que no muchos.
Empezó a llover y el rubiales salió corriendo hacia el cenador que se alza en la costa norte, cerca de las murallas, yo mantuve mi paso, no me asustaban unas gotitas de agua.
Entré en el cenador mientras empezaba a descargar la tormenta, una cortina de agua caía desde el tejadillo de la construcción. Me senté sobre la barandilla, apoyando las dos manos en ésta y cruzando una pierna sobre la otra. El legionario se mordía los labios mirando lo que tenía delante.
-Y claro, ahora cada vez que me ve, sale corriendo, eso sí… Katala la chica que lo compró, me ofreció dos sesiones de masajes gratis, se ve que está muy complacida con el manubrio
-¿En el burdel? Nunca he pagado por zumbarme a una mujer, eso es de perdedores
Sonreí de lado encogiéndome de un hombro y apunté – Si no tendrías que pagar, es parte de un pago y claro…como invito yo, pues estaría allí- La verdad es que me divertía infinitamente alterar al rubiales, ¿no era tan dado a pavonearse con féminas que se sonrojaban? Pues yo no me sonrojaba ni me asustaban ciertas cosas, parece que soy la horma de su bota.
-Seguro que no te podrías resistir, todas me piden más, todas quedan la mar de contentas- contestó
- Seguro que el que no resistiría serías tú, si ahora mismo me desatase el corsé y mostrase a mis dos amigas- Reí con ganas- te desmayarías.
- O eso, o te lo haría aquí mismo- rió también- hasta los guardias se iban a escandalizar
- Claro, hay cinco ¿no? Pero nosotros al suelo como si no hubiese un mañana.
-No sé cuantos hay, si solo estoy pendiente de ti ¿acaso no lo ves?…me importa un carajo cuántos haya y si me sancionasen.
A estas alturas, el rubiales me había encerrado al apoyar sus manos a mi derecha e izquierda, yo no me inmuté, al contrario. A cada gesto de querer devorarme, más tranquila me mostraba yo.
-En serio Therosín… con la de mujeres que hay por ahí, e insistes en querer hacerlo conmigo… ¿porqué?
Pareció pensarlo un momento, luego añadió.
-Astrid…
Astrid, es que es…
…Porque eres Astrid, eres tú. La verdad es que todas vienen a mi, pero solo veo aventureras tontas, sin carácter, sin embargo tú tienes carácter.
Acabáramos, resulta que el rubiales buscaba la horma de su zapato… vaya tela. Bueno aquello era un halago pero también es cierto que se bien que es verdad. Es lo que tiene criarse donde me crié. Forja la personalidad.
Continuó otro nuevo tira y afloja, mientras consciente o inconscientemente empezaba a darme muestras de lo fuerte que era. Se estiró y colgó de los maderos del techo del cenador haciendo flexiones ¡como me gustaba esa visión! Está claro que no iba a regalarle la oreja ¡Ja!
De repente, se dolió del costado, le pregunté y me comentó que fue un golpe durante unas maniobras del bastión.
-Así que el bueno de Ayakaf os ha llevado de maniobras…tranquilo, se como duelen esos golpes
- ¿Lo sabes?
-Claro, tengo cicatrices que lo demuestran?
-Yo también tengo varias
-¿Nos vamos a enseñar las cicatrices, Theros?- pregunté medio riendo- De acuerdo- dije aflojando el corsé y la camisa. Se volvió a acercar, me tomó la mano y con voz queda aunque divertida dijo que él empezaba, llevó mi mano por debajo de su camisa hasta llegar a una cicatriz en el omóplato, era una señora cicatriz desde luego. Me relató como la obtuvo y yo, alabé la señal sobre la carne. A continuación fue mi turno, guié su mano bajo la camisa llevándola hacia el dorsal, mostré una cicatriz en forma de corte, aun tenía color violáceo, expliqué como la conseguí. Siguió él el juego, ambos estamos tan orgullosos de nuestras cicatrices que es gratificante que alguien las admire. Ahora su mano me llevó hacia el pectoral, allí tenía las marcas de una sierpe, impresionantes
Le seguí yo, llevándole hasta la segunda costilla, allí se podían apreciar las marcas de la dentadura de un lobo invernal. El jueguecito estaba siendo de lo más sensual, dicho sea de paso, hasta que el legionario llevó mi mano hasta el pectoral izquierdo, mis dedos no notaron relieves de piel, tan solo el latido fuerte.
-Esta, es la cicatriz que me ha dejado Astrid, al romperme el corazón en mil pedazos- rió entonces, yo salté en carcajadas devolviéndosela. Conduje su mano hasta debajo de mi seno izquierdo, allá donde nace la curvatura de este, él no movió la mano de donde estaba, ni siquiera un milímetro, estaba resultando ser prudente a fin de cuentas.
-Esta, es la cicatriz que Astrid te dejó cuando en mil pedazos el corazón te rompió- Ambos reímos dando por concluido el juego.
-Astrid, Astrid, Astrid… si pronto vas a embarcarte y yo marcho a Vaasa, te vas a arrepentir de no aprovecharme.
-No quisiera distraerte pensando en este cuerpo mio, cuando marches aparte de eso, seguro que te acuerdas de mí, según dijiste con mucho menos ibas a tener consuelo para tres guardias…
-¿Es que no voy a poder decir nada sin que lo uses en mi contra? – dijo mientras reía
-Si es que me lo pones muy fácil, Therosín…
-¿Y si muero? Me jodería mucho, no por nada sino por no haberte conseguido, tú te habrías mantenido firme, pero yo prfff…
-También puedo morir yo fastidiándose mis expectativas.
-¿Así que tienes expectativas conmigo?
-Claro, depende de si las cumples o no.
-Vaya, vaya, vaya… así que tienes expectativas, eso ya es un logro ¿sabes?
-Bueno, creo que esta vez, la batalla puede quedarse en empate – dije ofreciendo mi mano para sellar el acuerdo. Aceptó mi mano estrechándola y una vez hecho tiró con fuerza de mí agarrándome por la cintura. Me besó con ganas y yo le besé con la misma fuerza. Al retirarme me susurró al oído
-Esta vez, la batalla te la he ganado yo, Astrid
-Sólo porque yo, he dejado que me la ganes, Theros.
-Hasta la próxima, Astrid
-Hasta la próxima, Theros
Así que en mi cuenta iban dos batallas bien ganadas, en la suya una. A ver las siguientes...
-Tregua-
Tanto tensar y destensar, tiene sus peligros, está claro, pero ¡qué demonios! me gusta el juego. El problema es cuando nadie quiere dejarse ganar ni de broma pero el mismo juego te está llevando al borde del precipicio… menos mal que tanto el mano-mopa como yo, somos iguales que si no…
Ya está claro que la atracción es mutua, pero antes que dejarme ganar, me hago hermana de San Anur, por eso, debido a las circunstancias, una tregua me pareció muy saludable, esa es la palabra, saludable.
Crucé las puertas de la Luz del Alandor y ¿quién estaba allí? Efectivamente, el rubiales, distraído con vete a saber qué aunque tampoco es que me interese saberlo. Anduve de puntillas hasta su posición, me agaché poniéndome en cuclillas y planté mis manos sobre sus muslos ¿Acaso es el único que puede llegar y tocar? Pues va a ser que yo, también puedo. Dio un respingo levantándose mientras yo retiraba las manos.
-¿De veras piensas que puedes ocultarte con eso en la cabeza?
Se refería a mi sombrero, claro.
-Pues si fuese un poco más grande, sí- dije riendo levemente y mirando hacia arriba aun en cuclillas.
-¿Qué te han parecido los muslos? Me has tocado las piernas y ya que estabas a un paso de mi entrepierna- rió tan canalla como de costumbre- ¡haber continuado!
-Los muslos bien, duritos… pero ¿tocar con el susto que te has pegado? quedarías muy mal – dije entre carcajadas. Si es que donde las dan, las toman…
-¡Ja!, no sabía que eras tú- dijo guiñándome
- Normal, si hubiese querido que lo supieses, habría hablado…
-Y por tu aroma tampoco puedo reconocerte- Se sentó de nuevo invitándome a sentar, aunque ya estaba arrastrando un taburete para hacerlo.
-¿No? – me olí a mi misma, olía bien por descontado- Al menos no es como esa loción tuya, ¡que horror!
-No- rió divertido- Lo cierto es que no tengo olfato
-¿Y a qué se debe?
-Tú, que crees…
-Por creer, puedo creer muchas cosas – contesté en el mismo tono burlesco que ambos habíamos estado usando desde el día que nos cruzamos la primera vez. Mientras hablábamos, me miraba a veces … ¡hasta a la cara!
-Para bien o para mal, así es- Estaba tan acostumbrado que no le daba importancia al asunto.
-Todo el mundo tiene olfato…
-Pues yo no tengo
-¡Que original eres!
-Por llamarlo de alguna forma – asintió riendo
-¿Cómo te apañas entonces para oler?
-No huelo
-¿Nunca?
-No
-Entonces no puedes reconocer los sabores, o los matices de las cosas – estaba despertando mi curiosidad innata, desde luego. Me interesaba ese asunto.
-Apenas, si son fuertes, llego a distinguirlos, algo con mucho sabor o muy sabroso. Me encanta comer pero no lo disfruto como tú…
-Algo ácido, amargo… salado
-Claro… o muy dulce
-Entiendo, lo que no notas son los matices más finos. Así pues- sonreí de lado- nunca podrías reconocerme por mi aroma.
Resoplaba ya mirando las formas curvilíneas que mi ropa dejaba adivinar.
-No, no podría pero sí que podría reconocerte de otra forma
Me llevé la muñeca a la nariz, a pesar de no usar perfume, olía a flor con toques de canela y cítrico, también a mar, ese era mi aroma natural o eso me parecía a mi.
-¿Y esa forma es?
Asintió comenzando a explicármelo – Cuando hay química entre dos personas, la forma de dejarse llevar o las ganas del uno por el otro se manifiestan de este modo – tomó mis manos con las suyas y se acercó para besarme, le dejé hacer divertida aunque en principio me eché hacia atrás, pudo más la curiosidad de saber donde iba a parar esa explicación. Fue un beso lento, pausado mientras que rodeaba mi cintura y me atraía hacia él. No rechacé la explicación y di muestra de ser una alumna que atiende en clase.
Finalmente, me aparté y sonreí de lado, con el gesto casi malicioso y susurrante.
-Y ahora, ¿es cuando me dices que me has ganado otra?
-¡No! Ya lo has estropeado…- se apartó refunfuñando perdiéndose en la superficie del mostrador, o estaba realmente contrariado o es que lo disimulaba la mar de bien.- pues no, no sabría reconocerte…
-Yo creo que sí- dije
-Cuando deseas a alguien o te enciende de esta forma y es recíproco, se nota con un beso bien dado
Así que ya sabía por donde ir, en ese beso, el único que había besado había sido él, yo atendí simplemente una explicación, no le había besado, el rubiales, continuó hablando haciéndose el interesante.
-Si a lo mejor, se hicieran pasar por ti… supongo que podría averiguarlo de esa forma, dado que no sé a qué hueles- reía con aire divertido- o ¡mientras te apartas y me sueltas una de esas!
Entonces fui yo la que se echó levemente hacia delante, haciendo el mismo camino que él antes, tomé sus manos y le acerqué dándole una explicación mejor que la suya, al principio se sorprendió pero luego respondió.
-Sí, yo creo que podría reconocerte…- El rubiales sonrió levemente mirándome, carraspeó al darse cuenta del gesto que tendría. Yo carraspeé también mirando al posadero, que a esas alturas estaría ya más que acostumbrado a ver esas cosas. Volvió a hablar Therosín haciéndome reír a carcajada limpia.
-¿Subimos y te la met …?-A duras penas pudo contener las carcajadas, demonios ¡hasta me asusté pensando que había sacado modales de paladín!- Demonios, estoy más caliente que las muelas de un dragón
- Naaaaaaaaah- dije yo encogiéndome de un hombro y limpiando las lagrimas que asomaban de reírme.
-¿No?- dijo sorprendido
-Creo que tendrás que consolarte solito ¿sabes?
-¡Oh, diantre, Astrid! ¿Te he hecho algo en otra vida?
-Y yo que carajo sé, Theros- contesté viéndole resoplar.
-¿Cómo no vas a saberlo?, estás aquí haciéndote la dura y te has puesto igual de enferma que yo! –hablaba mientras me señalaba – ¡mira tu modelito, vas a romperlo con ellos! – señaló entonces a Lola primera y Lola segunda.
-Totalmente de acuerdo pero me negarás que es divertido el jueguecito…
-Esto ya es una especie de penitencia o no lo entiendo, esto ya es sufrir sin medida- asentía a mi pregunta riendo- es sufrir de más.
-Tampoco tanto, bueno sí , es sufrir de más pero como comprenderás, no voy a dejar que me ganes por la mano… y mira qué no será que no sabes bien
Meditó unos instantes sobre lo que dije mientras practicaba canibalismo ocular conmigo. Después, pidió una jarra de cerveza fría, dio un sorbo y se la arrebaté bebiendo la mitad de un golpe.
-Te lo pasarías en grande en las celebraciones del bastión- me dijo sonriendo- vaya fondo. Comes y bebes como un hombre…
-Ya te dije que me crié como uno de vosotros…
-¡No se nota! – dijo señalándome- de ser así, estaríamos arriba como animales y no aquí… ¡estoy que muerdo!
Reí de nuevo, la cosa tenía mucha gracia, vaya que sí, contesté – Sí, pero es más fuerte lo que yo quiero. No te voy a dejar ganar ni dejarme ganar, aun.
-¡Pero si esto está ganado! Te mantienes en tus trece por orgullo, yo haría lo mismo pero tienes las mismas ganas que yo.
- ¿Tu crees?- dije desafiante- eso está claro como el día, legionario
-Mira, hagamos una cosa… ¡Esta noche no cuenta!
- ¿Piensas firmármelo? Porque qué quieres que te diga, no me fío de ti ni un pelo
-Donde tú me digas, Astrid
Ambos estábamos riendo, desde luego no éramos normales o como suelen ser los demás. Aquí lo que cuenta es ganar.
-¿Con Testigos? – señalé
-Sin testigos, Astrid, entre tú y yo. Esta noche no contará, será una tregua para los dos y mi palabra cuenta.
Mientras me ofrecía una tregua apunté un detalle.
-Me embarco en dos días, por cierto- Me miró, soltó la bebida que había vuelto a pedir , miró al posadero y pidió la llave de la habitación más cara soltando una bolsa de monedas sin ni siquiera contarlas. Yo, pedí algo para comer recogiéndolo a duras penas puesto que me había agarrado de la mano y corría en dirección a las escaleras. Tuve que agarrarme el sombrero y todo. Mientras tanto, seguro y decidido, sin risas por ningún bando dijo rotundamente…
- No me voy a esperar a qué vuelvas, no. No cuenta, no te preocupes
-Esta noche no cuenta, así que todo sigue igual, pero a mi vuelta.
Dos días después, subía a bordo rumbo al mar de las espadas, a mi regreso ninguno hizo mención a lo que pasó durante esa tregua, en efecto, las cosas seguían como antes de ella.
-El sombrero emplumado-
-¿Nunca te quitas el sombrero?
-Claro que sí, para dormir, bañarme…lloraría como una nena si perdiese este sombrero
-¿Llorarías por eso? ¡ja! ¡Basta con que te compres otro!
- No, no hay otro como este, este es un trofeo
El sacerdote de Kossut me preguntó directamente lo que otra gente seguramente se preguntaba, siempre llevo sombrero negro adornado con una vistosa pluma, es tan parte de mí como lo es la sal del mar. Expliqué entonces la historia de ese sombrero al sacerdote, estábamos en el campamento exterior de la ciudad caravanera, amenazaba lluvia ese día.
Habíamos arribado a Puerto Kir, aun formaba parte de la tripulación del barco del que hizo las veces de mi padre, estábamos allí para recargar provisiones antes de volver a surcar los mares y a mí, se me encomendó la tarea de ir hasta la posada y comprar varios barriles de ron. Bajé del barco después de casi dos meses sin pisar tierra firme, no retiré el pañuelo que cubría mis cabellos, ya los tenía bastante largos y se ensortijaban formando un laberinto oscuro, los extremos caían hacia el lado derecho, sobre mi pecho.
Puse los pies en tierra, en mi cadera reposaban mis armas, caminé para alquilar una carreta suficientemente grande donde colocar los veinte barriles de ron que el encargado de las viandas de a bordo había dicho que necesitábamos, aparte varios barriles más de agua dulce. Primero, me encargué del agua, había suficientes pozos como para rellenarlos y aunque era una tarea aburrida y tediosa, cumplí con las órdenes del capitán.
No por ser quien era, se me trataba con benevolencia, si no cumplía tenía castigo como todos y cada uno y desde luego, lo que menos me apetecía era pasarme días y días limpiando la cubierta del barco de rodillas frotando con un cepillo de raíz.
Tras el agua, llegaba la parte de la tarea que me era más grata. Ir hacia la posada en busca del ron y quizá poder disfrutar de las chanzas, cantos y cuentos que los marinos y gentes de tierra firme pudiesen estar contando.
Mi padre se había asegurado de que Alfonsus viniese conmigo, ese macaco tuerto que todos decían que en otros tiempos fue un hombre, un arcano de a bordo al que una borrachera hizo confundir un conjuro, quedando transformado en lo que es hoy, un mono de tamaño medio, con un solo ojo y el pelaje rojizo revuelto. Se contaban muchas cosas sobre Alfonsus pero lo que si era cierto es que era mi guardián, más o menos.
Entramos ambos en la taberna, dirigiéndome hacia el posadero. Allí a un lado, sentados a la mesa, había tres hombres, dos de ellos eran guardias de Puerto Kir, el otro parece ser que era hijo de un principal de la ciudad portuaria, lucía ropas finas y un sombrero emplumado. Estaban borrachos como cubas y pensaron que mi persona podría servirles para pasar un buen rato.
Pagué el ron y pedí uno para mí. Mientras, el trío me rodeaba babeando como perros en celo, Alfonsus comenzó a mostrar los colmillos y uno de ellos, usó su lanza reglamentaria para bloquearle. Los otros dos, se pusieron uno a cada lado, yo bebía mi jarra de ron tranquilamente, ya los había visto llegar.
El hijo del principal deslizó una de sus manos bajo el chaleco abierto que llevaba buscando uno de mis pechos
-¿Te he dado permiso para tocarme una teta quizá?
-Toco lo que quiero- dijo con la voz gangosa y pesada
-Más te vale apartar la mano o me veré obligada a dejarte tirado en el suelo como un guiñapo inservible.
Dio orden a su secuaz de sujetarme pero ambos estaban borrachos y su destreza no era tanta como la mía, Alfonsus había saltado ya sobre el otro guardia, inutilizándolo.
Tal y como se dispuso a agarrarme, agarré fuerte la jarra estrellándola con furia sobre la cara del guardia, que en un alarido me soltó para agarrarse su jeta.
Miré entonces al otro, sonreí y le guiñé mientras mi otra mano, ya libre, se dirigía a mi estoque, tomé la empuñadura del revés y asesté un golpe con toda la fuerza que tenía en los genitales del babas, cuando cayó al suelo me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablarle.
-Mira, con suerte, algún sanador podrá hacer algo para que sigas siendo una piltrafa de hombre, si no, puedes ponerte a servir en cualquier burdel, te aseguro que hay tipos a los que le encantarás y si no, siempre puedes ir hacia el bosque y buscar algún orco que te mate.
Naturalmente, aquella trifulca había hecho a algún parroquiano ir en busca de las autoridades, no tenía demasiado tiempo así que tendría que correr bastante, al menos, el puerto estaba cerca.
-Por cierto… me gusta este sombrero, eres muy amable dándomelo-
Lo tomé del suelo donde había caído colocándomelo encima del pañuelo que cubría mi cabello hasta entonces, era mi trofeo. Salí de la posada corriendo, seguida por Alfonsus. Por fortuna, como era habitual, habían llevado el cargamento al barco, nos preparábamos para zarpar de nuevo pero yo, probablemente nunca podré pisar de nuevo Puerto Kir.
- Y esa es la historia de este sombrero- dije mientras comenzaba a llover con fuerza. Theros refunfuñaba, no le gustaba mojarse como a todo buen servidor de Kossut, así que en un gesto que hasta a mí me sorprendió, retiré mi sombrero colocándoselo.
-Es un préstamo, si le pasa algo ... te mato- aseguré.
-¿Me prestas el sombrero?- dijo perplejo
- A mi no me da miedo un poco de agua, ya sabes... he surcado los mares de todo el Toril
-El piano-
Después de que Lire se empeñase en hacerme trajecitos de su estilo, con la intención de que me los pusiese…un año de estos, me habló de que Noe alias la sirenita, iba a estar en el puerto de la ciudad con la intención de viajar hasta Brinley. Junto a ella había algunas personas más así que estando segura de que Lire no podría buscarme más ropa me uní a ellos.
Desembarcamos en la isla, dirigiéndonos hasta el anticuario. Allí había varios objetos antiquísimos y entre ellos, un piano que sonaba a media noche. El anticuario nos contó que ese piano era un misterio, era un piano fantasma.
Acordamos esperar a la media noche, con las protestas del mercader que hacía mucho quería cerrar. Sonaron las doce y el piano comenzó a tocarse solo mientras una densa neblina nos rodeaba. Al ver lo que sucedía, el anticuario salió de allí, cerrando por fuera… la niebla se fue haciendo más y más densa hasta oscurecerse todo, por suerte Lire me agarró de la mano y con la otra, agarró a un tal Rick, el resto quedó perdido en la sala.
No sé cuánto estuvimos en esa situación pero cuando se aclaró nos vimos en la cubierta de un barco, en un lugar desconocido para todos nosotros. Un marinero nos llamó la atención preguntándonos si éramos los que iban a buscar el piano de nuevo puesto que los anteriores, no habían regresado. El pago serían 50 monedas por barba, algo irrisorio desde luego, pero lo más extraño era que no reconocíamos el lugar. Pregunté dando una explicación extraña por la época en que estábamos y para nuestra sorpresa, habíamos viajado casi setecientos años atrás.
Aceptamos ir en busca del piano en cuestión, creyendo que iba a ser la única forma de regresar a nuestro tiempo. Cuando pusimos el pie en tierra escuchamos el sonido de lo que parecía un piano, ¿estábamos aun en la franja de medianoche? Las chozas de la zona estaban vacías pero habían estado siendo usadas, no cabía la menor duda. Seguimos el sonido de la música y de repente, varias figuras se dirigieron a nosotros, estaban enfermos y errantes, yo diría que estaban muertos. Nos atacaron y uno de ellos logró alcanzarme haciéndome sentir muy mal, el estómago me daba vueltas y mi temperatura subió, vomité varias veces hasta que mi cuerpo reaccionó para mejorar.
Todos los caminantes fueron abatidos mientras aquel piano seguía sonando, lo encontramos, parecía recién salido de manos de los artesanos, reluciente y sobre todo, olía a nuevo. Arrastramos el instrumento hasta llevarlo a la cubierta, en el arrastré sufrió un golpe que dejó una marca en la madera.
El marino, al ver que cumplimos, nos abonó el pago que el capitán del barco había prometido, eso sí… ni rastro del capitán.
Un nuevo parpadeo y de nuevo estábamos en la tienda del anticuario, el piano había dejado de sonar ya pero tenía ese golpe que había sufrido.
La puerta del anticuario se abrió pero ni rastro del mercader ¿nos había encerrado algo desconocido? Probablemente. Fuimos a descansar con el pago. No eran monedas de curso legal, pero aun nos quedaba saber si podríamos venderlas, yo no iba a tomar ni una sola de las antiguas monedas no fuese que acabase de nuevo en vete a saber qué época. Cuando creímos que el anticuario estaría de vuelta, acudimos hasta él que se hizo el desentendido. Aceptó las monedas y a cambio nos dio cien mil dartens. Una vez hecho, repartimos las ganancias ya libres de hechizos y otros menesteres extraños. Volvimos al barco de regreso a Athklata mientras yo me preguntaba quien narices iba a creerse algo así.
¡Este sombrero es mío!
(Continuará)