Con la primera luz al despuntar el alba la fortaleza de la Orden del Guantelete era testigo de una reunión sagrada a escasos metros de las grandes puertas que daban al exterior. Tras ella con armaduras que refulgían, bajo los primeros rayos de sol, tres filas de caballeros montados aguardaban mientras algunos corceles agitaban sus cabezas y pisoteaban con sus pezuñas el empedrado suelo del patio de armas.
Ethas se puso al frente de la comitiva y mirándolos a todos asintió. Hizo girar su destrero delante de la veintena de caballeros con sus respectivos escuderos, los cuales también iban a caballo al lado de sus mentores. Ataviados con armaduras y centrados en ayudar a combatir no eran escuderos jóvenes, parecían curtidos, como si esta prueba fuera a decidir su inminente promoción.
—Atención.— Dijo con un tono profundo que reverberó por todo el lugar. Su vista elevada hacia un gran balcón que coronaba el patio mientras su brazo derecho realizaba un movimiento solemne, llevándose el puño cerrado justo delante del corazón. El resto de caballeros y escuderos lo imitaron, y el sonido de sus guanteletes golpeando las pecheras metálicas resonó casi al unísono.
Arriba, asomada a la balconera, una mujer se hallaba mirándolos. De aspecto regio y con la mirada de una madre que ve cómo sus hijos parten a un destino incierto, aunque parecía que la preocupación iba por dentro ya que su semblante, sereno y estoico, solo dejaba traslucir confianza. La Gran Maestre suspiró y comenzó a hablar. Su voz suave y aterciopelada moviéndose por las paredes de piedra como un manto de gallardía que envolvía a todo el que la escuchaba.
— Hijos e hijas del Guantelete, hoy partís hacia la batalla. No contra meros hombres, sino contra sombras impías, contra aquellos que desafían el orden natural con su existencia profana. Mas no temáis, porque donde ellos traen desesperanza, nosotros llevamos la luz. Donde su frialdad consume, nuestro acero arde con justicia. Y donde buscan arrancar la vida, nosotros proclamamos que el alma del valeroso nunca puede ser encadenada.
"No sois simples guerreros; sois el escudo de los inocentes, la lanza de la rectitud y la voz de los que no pueden alzarse. El coraje no es la ausencia de miedo, sino la voluntad de alzarse a pesar de él. Mirad a vuestro lado, ved a vuestros hermanos y hermanas de armas; su causa es la vuestra, su honor es el vuestro. Juntos, como uno solo, sois la tempestad que limpiará la corrupción de la tierra."
"Id con la cabeza en alto, con el corazón firme y la voluntad de aquellos que han jurado proteger la luz en este mundo. Que vuestro acero sea certero, que vuestro escudo nunca caiga, y que vuestro espíritu brille con el fulgor de la justicia. Hoy no marcháis a una simple batalla, sino a escribir una página en la historia, una donde el bien no titubea, donde el valor no flaquea, donde el Guantelete se alza invicto."
"¡Por la orden! ¡Por la justicia! ¡Por la victoria!"
—¡Por la orden! ¡Por la justicia! ¡Por la victoria! — Repitieron todos al unísono. En ese instante las grandes puertas se abrieron.
—!!En marcha!! .— Ordenó el centinela y al instante las filas comenzaron a avanzar con paso suave, el sonido de los cascos parecía una marcha tamborileada que se unió al sonido de los cuernos de batalla que anunciaban la partida de la compañía. Esta atravesó las puertas bajo la atenta mirada de la mujer en la balconada que no apartó la vista hasta que el último de ellos abandonó el lugar.