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Bitácora del montaraz

Vinter

Gerardo de Amn
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La verdad, nunca supe muy bien cómo abordar esto. Me pregunto cómo hacían mi abuelo y mi madre para rellenar sus diarios, pero como nunca tuve esa... Clase de formación, me conformaré con lo que me dicte la mente. Este diario no es ni más ni menos que un recopilatorio de mis pasos a través del territorio amniano. Quizás no sea el más agradable, ni el más literario, pero intentaré que, si alguien adquiere esto, ya sea por mi muerte, o porque se me cayó en alguna calle, camino o lo extravié como el zopenco que soy, que sea de utilidad. Quién sabe, quizás seas otro montaraz, así que quizás sea lo propio presentarme.

Soy Aethel Winterblade, hijo de Aethan, hijo de Eleanor, campeón de Shondakul, protector de los viajeros, montaraz y herrero cuando me queda tiempo para ello. Y tú, amigo mío, vas a abrir este diario. Si me lo has robado, que baje el viejo barbudo y te sacuda semejante colleja que te reduzca al tamaño de un trasgo y te haga tan feo como un ogro arrugado. Si, por la contra, te encontraste este diario, espero que te sea muy útil.

Encontrarás un poco de todo aquí. Mis aventuras, reflexiones en mis momentos bajos, estudios de criaturas, herrería, algo de herboristería... Si no te va a resultar útil, dáselo a alguien que le haga más falta que a ti, no creo que le encuentres valor literario a “esta cosa”.


Sobre las tierras amnianas.


Amn es una región predominantemente mercantil, ¿me explico? Si vas a poner un pie ahí, vas a necesitar dinero. Y no hablo del dinero que gana un tendero o un granjero, si no dinero de verdad, y una buena forma de administrarlo y sobre todo mantenerlo en tu bolsa. No lo digo de broma. No codicies el oro. La gula por el metal dorado solo te llevará a la perdición. Es útil, lo sé. Es muy bonito y compra muchas cosas, pero si lo codicias y te tiras a la pota de oro hirviendo, quizás seas tú la estatua de oro. Y eso no te conviene.

Lo que quiero decir es que en Amn tienes que ser consciente de cómo piensa la gente. No les gusta la magia, pero adoran el oro. Si tienes algo con lo que hacer beneficio, úsalo, maldita sea. Hasta yo he acabado usando mis talentos para hacer dinero, aunque no fue para volverme asquerosamente rico. Aunque admito que he vivido bastante cómodamente.

Si eres un aventurero, te encontrarás con numerosos trabajos lucrativos en esta región. Siempre hay algún granjero desesperado, soldados vagos o patrulleros de caminos que temen por su vida. Si a ti no te importan estas cosas, coge tu espada y parte a por ellos... Siempre que sepas que no vas a meterte en la boca algo que luego no puedas mascar, eso es bastante importante. Si me preguntas acerca de por dónde viajar, yo te recomiendo que cruces el tramo meridional del río Alandor, por el corazón de Amn. La costa es preciosa, pero también muy peligrosa, pues no en vano Amn es un puerto del mar de las espadas; y Brynn-Ley queda literalmente al lado, así que por la costa abundan los campamentos de piratas y otros indeseables. Además, por el sur está la región de Murann, así que seguir la costa quizás te pueda costar tu libertad, o tu vida, si tienes mala suerte.

La mayoría de aventureros suelen llegar a Athkatla. El motivo es bastante simple: Es la gran urbe de Amn, aparte de Caravasar.Athkatla es, de largo, la ciudad más esplendorosa y dorada que uno puede encontra, además de Agujas de Oro. Te puedes perder por sus calles y encontrar toda clase de productos, y si sabes escuchar, también trabajos de lo más variados. Nunca desprecies un rumor en Athkatla, pues es una ciudad de infinitos secretos, algunos respuesta, algunos aun esperándola.

Fue en Athkatla donde conocí a las que fueron mis mejores amigas durante mucho tiempo. Vevalna y Marlene. Qué puedo decir de ellas, eran dos personas únicas en su especie, tan distintas y sin embargo tan unidas, pero no es el objetivo de este diario describirlas. Baste decir que haré muchos apuntes al respecto a lo largo de las páginas, eso sí.

Recuerdo cuando retorné a Amn desde Calimport, después de embarcarme con Ve en un navío para cazar piratas por los mares del sur, y llegué bordeando Murann y el Weldath a través de la carrera de Tezhyr. No es que me gustase especialmente, pero prefería eso a verme acosado por elfos y bestias al mismo tiempo, así que decidí tomar el camino largo.

Pero en fin, a lo que iba. Mi regreso a Amn fue más tranquilo de lo que yo pensaba que sería, aunque el país había cambiado notablemente en mi ausencia. Para empezar, la gran población de orcos que había en el camino del río se había desplazado de vuelta hacia el camino desolado, solo para verse reemplazada por una caterva de bandidos de poca monta.

En cierto modo, eso alivió mis deberes como campeón de Shondakul, a decir verdad. Anteriormente, me tenía que pasear por ese camino una y otra vez, protegiendo viajeros y mercaderes temerosos de que los orcos cayeran encima de ellos, y me llevaba heridas de lo más variadas a cuenta de ello. Flechas, golpes de martillo, espadas dentadas, hachas... Incluso algún topetazo de escudo sufrí en la cara. Los bandidos por otra parte, aunque contaban con cierto conocimiento en algunas artes mágicas -a saber cómo...-, al final no eran más que moscardones que huían despavoridos en cuanto alguien les plantaba cara, y así era yo, salvo cuando se envalentonaban pensando que su superioridad numérica les salvaría el pellejo ante un único rival, solo para caer como hierba ante la guadaña bajo el acero de mi espadón, o apuñalados hasta morir desangrados si me pillaban con las espadas cortas a mano.

En fin, dejando mis periplos con los bandidos a un lado, el camino del río es una de las espinas dorsales del comercio en Amn, y como tal, lo frecuentan toda clase de peligros; pero al ser tan transitado, tendrías que tener muy mala suerte para que un aventurero audaz o una patrulla amniana no acudieran en tu ayuda. Igualmente, mantén una flecha en la cuerda del arco, y prepárate para tensarlo.

Es un camino largo y como tal, puede hacerse monótono. Si notas este inconveniente, te aconsejo que escojas un grupo que te acompañe, si gustas de la socialización más de lo que gustaba yo cuando cruzaba esos caminos a pie. Los Llanos de Athkatla son tu mejor apuesta para eso, junto a la posada de la Luz del Alandor. En verdad, mi favorita en todo Athkatla, la verdad sea dicha.

Una vez sortees el camino del río, tendrás dos opciones: O volverte a Athkatla por el Camino Desolado -no te lo recomiendo, salvo que seas un suicida-, o continuar por Crimmor. Crimmor es otra de las grandes ciudades de Amn, además de ser donde está el Teatro de la Alegría. No tiene pérdida y es un lugar más que digno de ser visitado, aunque sea solo por alegrarse la vista un poco. Todo un tributo a Laira, si me lo preguntáis a mí.

Desde Crimmor hay tres destinos por los que se puede transitar. Hacia el norte, al nevado Nashkel, hacia el este, a Minsorrán, y hacia el sur, Purskul. Purskul es famoso por sus viñedos, y... La carne de jabalí. Eso y por la brutal plaga de jabalíes negros que tienen desde que Shondakul se afeitó la barba y se la dejó crecer otra vez.

Eso es lo que pasa cuando un animal no tiene depredador natural.

En fin, es un camino por lo general tranquilo. Es posible que tengas mala suerte y te puedan asaltar, como en todas partes. Al fin y al cabo, Amn es un hervidero de mercaderes y dinero, y eso atrae maleantes a todas partes. Si quieres mi opinión, mantén tus ojos siempre alerta, y una mano cerca de tus armas; y no te detengas nunca jamás hasta que no llegues a los viñedos del pueblo de Purskul. A partir de ahí, tienes dos opciones: Gambiton, e Imnescar hacia el sur. Y pasado Imnescar, Caravasar.

Hasta aquí puedo darte unas líneas generales acerca de Amn, si es que te sirven de algo. Hay muchos caminos y detalles que no describo aquí, pero te aseguro, querido amigo, que más adelante los encontrarás. Por ahora, conténtate con saber, que tienes un pequeño mapa en escrito, de mi puño y letra, a tu disposición.

Sobre la minería en Amn... Para aventureros. Tratado de herrería. Intento de tratado.

Realmente, Amn es una tierra rica en recursos. Es muy fácil encontrar toda clase de metales en esta parte de Faêrun, siendo el más común de todos, el hierro. Es un hierro ligero, de buena calidad, sin mucho óxido, por lo que es de un tono gris claro. No diré las localizaciones exactas dónde solía extraer yo los minerales, pues no tengo idea alguna de en qué momento estarás leyendo estas líneas, pero por las cercanías de Athkatla hay cuevas en donde es fácil encontrar este mineral, y otro más cargado de carbón para su conmutación en acero.

Pero pasando por la parte que nos ocupa; el hierro, es un tipo de metal que requiere de una temperatura no demasiado alta, pero es altamente resistente, por lo que no debes tener miedo a la hora de calentarlo para formar el lingote. Limítate a dejar tres pepitas en la forja fundiéndose, y en cuanto veas que se ponen rojas como un pimiento morrón con un conjuro de luz. No tengas miedo, deja que se derrita, que las llamas de la forja laman el metal y lo conviertan en una masa candente de metal fundido y entonces, usa un molde para lingotes, deja que tome forma, y entonces verás cómo el lingote se queda bien sólido al enfriarse al cabo de unas horas. Si es uniforme y no sufre de grietas, enhorabuena, es un lingote de hierro. Para comprobar cuál es el grado de pureza del lingote, te recomiendo que con la mano desnuda le pases los dedos por la superficie. Si es lisa, es que no tiene una gran cantidad de impurezas; pero si tiene manchas o irregularidades al tacto, entonces quizás el hierro no es de tan buena calidad.

¿Significa eso que el lingote es inútil? Nada más lejos de la realidad. Usa ese lingote para cosas que no vayan a ser vitales. Una herradura, aros, cadenas, algo que no vaya a soportar demasiada presión durante un tiempo prolongado desde el punto de vista de un armero. No obstante, me voy a centrar en la forja del hierro como tal, con un lingote más o menos puro.

A la hora de trabajar con el hierro, debes de perder miedo a la posibilidad de que el metal se deforme por el calor. Existe esa posibilidad, pero si el metal está frío, partirá. Si está caliente y se deforma, hay una posibilidad de arreglarlo, cosa que no existe si el metal parte y se astilla por la incompetencia propia. Y lo digo por experiencia. Pero no tengas miedo de experimentar, el hierro es maleable, resistente y precisamente por eso es el metal mas indicado para novatos. Hazte un favor a ti mismo, y experimenta. Experimenta, por el amor de Shondakul, como si haces una espada en forma de caracol, es la única forma de aprender a dar forma a algo.

Como consejos de primera mano, te recomiendo que empieces haciendo cosas sencillas. Cuchillos, sobre todo. Mi método siempre fue el mismo: Aprender a hacer hojas pequeñas y simples, rectas, con puntas para apuñalar finas y con un palmo de longitud máxima. Después de aprender a hacer los cuchillos, o en su defecto, virotes, te recomiendo que pases a hacer espadas cortas para asegurarte de que has aprendido como debes a dar forma y el punto de fusión del hierro. Por cierto, ni se te ocurra hacer lo que dicen los bardos, templar una espada en agua es un sacrilegio. Usa aceite.

No utilices la piedra de afilar todavía. La amoladora solo úsala cuando vayas a usar tus armas, o estarás perdiendo tiempo y material en algo que no vas a utilizar. Además, corres el riesgo de aplanar todavía más el filo, es una tarea compleja y ardua, así que más vale que no te andes con prisas, o puede que realmente te arrepientas, ¿entiendes? Bien.

Forjar una espada es más complejo. Ya habrás notado que un cuchillo tiene un pequeño mango sobrante de metal, ¿verdad? Bien, eso es la empuñadura. De normal puedes coger una pieza de madera y darle forma tú mismo para hacer un mango adecuado, perforarlo y luego recubrirlo con lo que sea -yo suelo dejarlo tal cual, ahorras en materiales y en trabajo, y el resultado es similar-, pero en las espadas realmente sí que debes trabajar dos cosas en especial aparte del filo: El mango, y la guarda. Además, tienes que pensar en otra cosa; en una espada larga te interesa que el mango sea lo bastante grande como para alojar las dos manos, así que tienes que hacer un mango de dos secciones en uno solo.

Aprende a hacer estas cosas, y el resto vendrá solo. Aprende también de barnizado de madera,te vendrá bien para otras cosas como las hachas o las lanzas. No necesitas ser un gran carpintero para esto, pero cuanto más independiente puedas ser, mejor que mejor.

Cuando ya te sientas seguro de tus posibilidades, prueba con armas más grandes. O incluso escudos de torre; son complejos, requieren uniformidad y disciplina... También puedes probar con espadones y hachas de guerra. Requieren de bastante material y son muy complicados de trabajar, pero una vez le pillas el truco al primero, el resto vienen volando.

Lamentablemente, a estos niveles no hay mucho más que pueda decir, aparte de que las armas de hierro puro suelen ser una apuesta segura para aventureros novatos: Cortan bien, y son ligeras. Es cuanto puedes pedirle a un arma sin tantas complicaciones ni reviravueltas

Por cierto, si encuentras bichos corrosivos, mantén tu metal fuera de su alcance, o los harás engordar.

Y sí, lo digo por experiencia propia. No es divertido en absoluto ver un arma que te has pasado tres días en una forja, dando forma, mimando, fundiendo, martilleando, prensando y ornamentado, ser al final pasto de una cucaracha escupeácido gigante.

Lo cual me recuerda, que quizás esta información te sea útil.

Los bichos corrosivos no son especialmente fuertes, ni una enorme amenaza, pero atacan en grandes números, entre cinco y diez por cada manada que te puedas encontrar. Te rodean y empiezan a mordisquear todo tu equipo, objetos mágicos incluidos, con un hambre voraz. Ni siquiera tienen que tocarte realmente; con tal de que echen su ácido sobre tu equipo, dalo ya por perdido. Por eso mismo te recomiendo que, si alguna vez eres tan burro de ir a por esta clase de criaturas, que te lleves un palo, una clava o cualquier cosa de madera que te sirva para espachurrarlas. Hasta una silla vale.

La cuestión, es que esos bichos tienen un caparazón duro sobre su parte superior, pero cuando atacan, lo abren. Lo podrás ver, son bichos relativamente lentos, así que en cuanto abren el caparazón para saltarte encima, tienes dos opciones: O le sacudes en la cabeza entre las fauces, o le arreas sobre el abdomen aprovechando que el caparazón ya no se abre más.

Aparte de eso, las patas son quebradizas, puedes aprovecharte de tus botas para inmovilizarles, o incluso golpearles en las patas con un bastón para ralentizarles. El problema viene a ser, si esos bichos corrosivos cuentan con una reina, en cuyo caso, tendrás un serio problema con el guardián de la colmena.

El guardián de la colmena es bípedo, más duro, más rápido, y cuenta con un par de enormes zarpas, además del ácido que ya conoces... Pero tiene un problema. No es un animal bípedo per sé. Por tanto, tiene una apertura enorme entre las piernas, y necesita echarse hacia delante. Aprovéchate de eso, golpéale entre las patas para alejarlo, usa el extremo alejado del bastón para arrearle en la cara entre las fauces. Sé listo, en estas cosas no hay honor, hay supervivencia

Si con esto aun así esos bichos corrosivos se han comido tu espada de hierro...

... Amigo mío, eres tan tonto como lo fui yo.
 

Vinter

Gerardo de Amn
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Sobre las plantas de Amn... Bueno, más bien sobre la bayas acuosas.

Amn es un lugar curioso como pocos. En mis viajes por estas tierras, he encontrado numerosas especies de plantas autóctonas que no había visto en ninguna otra parte. No es que sea un maestro herbolario, eso se lo dejo a Crella y a otra gente infinitamente más inteligente que yo, pero si algo he aprendido hasta ahora trasteando con las plantas y trabajando en el caldero, es que las bayas acuosas son el sustituto perfecto del aloe.

Y te preguntarás, ¿y eso por qué? La razón es muy sencilla:Tal y como su nombre indica, las bayas acuosas son... ¡Acuosas, efectivamente! En verdad so unas bayas con una piel extremadamente fina y delicada, un roce de un cuchillo basta para romperlas y echarlas a perder. Es una pequeña esfera azul con un líquido del mismo color dentro. Una vez ese líquido se rompe, podrás apreciar un ligero olor fresco de éste. Es el agente reactante, que tiene propiedades muy similares al aloe: Es altamente hidratante, por lo cual es muy bueno para aplicar en emplastos para tratar quemaduras, o incluso algunas heridas superficiales en la carne como desinfectante o aliviante, depende de la cantidad de jugo empleado. Es una planta muy fácil de identificar y encontrar por todas partes, sobre todo en bosques húmedos y cerca de ríos, o en laderas de montaña con pasos subterráneos, por lo que si alguna vez no tienes pociones, pero sí unas vendas a mano, es muy recomendable usarlas.

Pero por favor, no las confundas con arándanos.

Sin embargo, lo que tiene de especial esta pequeña maravilla natural, es su capacidad de formar zumo al cocinarse. Es un proceso simple, pero delicado, porque como ya dije, si la baya se rompe al golpear el fondo de la marmita, ¡el jugo se evapora! Hay que hacerlo con cuidado y aplicar una base de agua primero; ni siquiera mucho, solo lo justo para que el agua y los jugos se mezclen. Una vez dejas las tres bayas en el fondo de la marmita con muchísimo cuidado de no romperlas, repito, las dejas cocinar. Que pochen, que el agua las hierva. Llegará un momento en el que notarás cómo la lámina protectora de las bayas se empieza a fundir y a mezclarse tanto con el agua como con el zumo. Es en ese momento en el que debes mezclarlo todo con cuidado para que el zumo no se queme. Usa un cucharón de madera o de metal, pero debes tener cuidado con esos pequeños detalles.

Al cabo de un rato, cuando la base de agua haya desaparecido, vierte el zumo que obtengas en un vial, y obtendrás zumo acuoso. Aun no he experimentado con él ni he mirado qué propiedades exactas tiene, pero lo que sí sé es que al igual que el zumo de baya acuosa funciona bien en una venda, este concentrado de bayas en el zumo será más potente como desinfectante. Eso sí, es muy importante que NO te bebas ese zumo puesto que nuestro cuerpo no está preparado para lidiar con las consecuencias que esto trae al tracto digestivo, ¿vale?

De todas maneras, creo que si rebajo este zumo con algo más y le doy consistencia, podría salir una poción curativa... Ya procederé más tarde a describir algo de esto en un tratado alquímico, debe de ser interesante.

Haciendo amigos en Amn.

Menudo asco de diario sería este si no dedicase unas líneas al menos a mis amigos, ¿no? Quien te diga que en Amn no se puede hacer amigos, están muy equivocados. Athkatla es una enorme encrucijada, te encontrarás aventureros de toda clase tanto en ella como en sus alrededores; que encuentres a un buen compañero es una mera cuestión de suerte y un poquito de paciencia. En fin, eso es lo que me ha ocurrido, aunque admito que he tenido mucha suerte con este aspecto. Mis amigos pueden ser calificados en dos grupos: Antes de volver a Amn, y después de volver a Amn. Los primeros no nos interesan tanto puesto que no estoy seguro de volver a verles en algún momento ahora mismo -por más que les quiera-, así que serán los segundos los que llenen este pequeño capítulo de mi bitácora.


En verdad, a mis compañeros los puedo calificar, de nuevo, en dos grupos. Los Grifos, y la casa de la Orquídea de Ébano. ¿Qué pasa, te sorprende? Porque si estás mirando este libro con cara de imbécil, que sepas que los montaraces también tenemos que comer. Además, escoltar caravanas no está tan mal y es un trabajo habitual en mis menesteres. Y muy probablemente en los tuyos también.

En fin. Qué puedo decir. Antes de describir a ninguno de los dos grupos o a los miembros de éste, debo aclarar que ambos me han acogido con los brazos abiertos cuando no tenía donde ir y mi futuro era incierto, pero todo esto fue gracias a dos personas a las que quiero como a mis hermanas desde hace muchos años; Crella y Essi.

¿Qué puedo decir de ellas? Me críe literalmente a su lado, desde que mi abuelo se trasladó a Nevesmortas tras morir mis padres. A Crella no la conocía hasta que fui bastante más mayor, de pequeño yo solo era el crío raro y gordo de la aldea, mientras ella se dedicaba a recoger bayas en los alrededores. Y por si te lo preguntas, sí, ella me enseñó mis primeras nociones de herboristería. Essi... Bueno, los dos fuimos aprendices del mismo herrero, pero ella siempre me sacó unos cuatro años. Yo era muy tímido y me dejaba mangonear, pero en buena parte era porque me lo pasaba bien con las travesuras de Essi. Eran cosas nuevas que yo nunca había hecho y que los demás chicos de la aldea no querían hacer conmigo porque yo era forastero y extraño. Essi me enseñó que incluso al hacer las trastadas más chapuceras del mundo -como robarle a Erik su tarro de galletas y que se le escurriese de las manos, y por tanto nos pillase cuando se estalló en mil pedazos- había cabida para las risas tras la bronca y el castigo, aunque fuera picándonos mutuamente por ver de quién era la culpa. A veces era mía porque yo actuaba como taburete para Essi; y otras era de ella por ser una impaciente del diablo y no darme tiempo para que recuperase el equilibrio.

Pues sabiendo esto, imagínate a esa golfilla ahora siendo una esgrimista de primera. Luchadora, batidora y extremadamente rápida, nunca vi a nadie moverse con semejante soltura en primera fila de batalla. Pues así es Essi.

Crella... Es la mejor arquera que haya visto jamás. Y ojalá solo pudiera decir eso de ella, porque si tengo que describir cada una de sus virtudes en estas páginas, quizás me acabo el diario. Crella juega a ser dura, pero... En verdad tiene un corazón de oro. Es un amor de mujer, aunque su carácter no tenga nada que ver con la gentileza -aunque arrogante- de los demás elfos. En muchos aspectos, se comporta como una humana; desde su forma de enfadarse hasta la forma de demostrar afecto hacia otros. No le gusta demasiado el contacto físico, pero cuando se digna a tocarte; una caricia, un abrazo, un beso, eso significa que realmente te aprecia. Y es una sinceridad que echaba mucho de menos. Pero no solo eso, si no que aunque parezca que no, tiene paciencia, sabe que tiene tiempo, y lo emplea. Te escucha, te asesora, te acompaña. Se preocupa, aunque diga que no. La admiro mucho por todo eso, y por más. Fue gracias a Crella por qué entré tanto en los Grifos de Shatar, como en la Orquídea de Ébano, y nunca podré acabar de agradecérselo, por mucho que ella diga que no haga falta. Si hiciera falta morir por esta mujer, yo estaría en primera fila como voluntario.

No sé si será prudente describir nada acerca de la Orquídea o de los Grifos hasta ahora, la verdad. Ambos grupos han abierto sus brazos hacia mí sin dudarlo un instante, y por ello ambos tienen mi lealtad más absoluta, ya sea para lo bueno, para lo malo o para lo muy malo, no me importa en absoluto. Lo que sí puedo decir es que los Grifos son excepcionales, en todo lo que han hecho he visto grandeza en sus acciones. Desde el liderazgo impartido hasta las habilidades individuales de todos ellos, los Grifos de Shatar me han hecho aprender desde el primer instante que mis habilidades podían ser refinadas, ¡y tenían razón! Me he dedicado a observarles y a preguntar en cada ocasión, cada vez que veía algo útil que pudiera aplicar a mi propio método. Aun no he sacado unas conclusiones muy sagaces, pero tarde o temprano acabaré haciéndolo.

Junto a ellos he logrado salvar a una mujer de los espantos de los Ilícidos. No hay cosa que me produjera tanta satisfacción en mucho, mucho tiempo. No es que yo hiciera demasiado, pero me gusta pensar que gracias a que pudimos utilizar una de mis espadas encantadas para liberar a aquella anciana de las garras tentaculares de esa asquerosa larva. Me ahorraré detalles, pero una cosa puedo decir: Si se me mete una de esas cosas en el cerebro, quiero que me maten. No, lo digo en serio.

También fui con ellos a la Supraoscuridad. Fue una expedición interesante, larga y llena de peligros y... Mucha claustrofobia. Nunca tuve tanta claustrofobia en toda mi existencia, lo prometo. Ni siquiera estando encerrado en un tonel dentro de un barco en plena tormenta, sentía semejante apremio por salir fuera a respirar aire. Era horrible. El aire era demasiado caliente, empalagoso incluso, húmedo, se me cerraban los pulmones... Y eso que estaba en retaguardia y casi no tuve que luchar. Algún día escribiré acerca de cómo sobrevivir a la Supraoscuridad, pero por ahora, es todo lo que puedo decir: Si vas a bajar allí abajo, hazte a la idea de que ni siquiera respirar es seguro.

Respecto a la Orquídea, no puedo emitir un juicio ahora mismo, salvo decir que guardo alta estima por el jefe. Ulrik es un buen hombre, con buen seso y nunca me ha tratado mal, aun siendo mi superior absoluto; cosa que he de agradecerle siempre. Con mis compañeros no me llevo mal, tampoco, aunque no he tenido demasiado trato con la mayoría de ellos, salvo con el bueno de Caleb. Caleb desde que le conocí me inspiró cierto sentimiento de camaradería, pero cuanto más hablamos, más me afianzaba esa sensación, en verdad. El capitán Pfeil por su parte me merece todo el respeto que este montaraz puede demostrar hacia una persona. Es un hombre formal, pero cercano, incluso a un simple recluta como yo. Me honra que pensase que era apropiado meterme en los Escudos, y con gusto me dedicaré en cuerpo y alma a honrar ese pensamiento suyo. En cuanto a Tartesa... Es... Tartesa. Crella cree que tiene algo conmigo, pero yo no pienso que sea así. Aunque la verdad es que es un poco incómodo cuando me mira, y no lo digo por que tenga la mitad de la cara quemada...

He conocido a otros tantos aventureros desde mi retorno a Amn, cada uno de ellos con distintas historias que contar. El capitán Sten Kidd, por ejemplo, y su tripulación. Creo que he conocido a unos cuantos ya, y debo decir que son el tipo de tripulación con la que me gustaría embarcarme. Espero compartir aventuras con ellos en el futuro, pues Milena no me inspira otra cosa más que alegría con su carácter dicharachero y jovial -amén de una alegría a los ojos-, y Jacques me parece un hombre de honor, alguien con quien estoy deseando luchar codo con codo, y a la vez batirme con él, pues me ha demostrado tener no solo buen fondo, si no una gran habilidad. A Van prácticamente no le conozco, pero parece un hombre divertido, y Vae... Bueno, a Vae le conozco de los Grifos, y la verdad es que ese elfo se ha ganado mi respeto con todas las actuaciones que ha realizado durante el tiempo que estuve a su lado en esas ocasiones.

También he conocido a una sharessina, Zoe. Es una mujer fascinante en verdad, con mucho que enseñar acerca de su diosa. Ofrecimiento que he acatado de buen grado, claro. Nunca se sabe lo suficiente acerca de las otras deidades, sus costumbres y filosofía, ¿no?

Claro que no es el único motivo por el que paso tiempo con ella, debo admitir.

Además, me hallo a la espera de ingresar en el Alba Argenta. Con un poco de suerte, me admitirán, aunque hoy me dieron a entender que podría no ocurrir por mi afiliación con la Orquídea. Espero que no sea el caso, pero si es así, tendré que poner mis prioridades en orden... Me pese o no me pese. Al menos sé que Miriele es una mujer juiciosa y sabia, confío en su criterio acerca de mí. Lo que me preocupan son los demás, pero...

...Esto será una reflexión para más adelante en este diario.


PD.: Alexander, si estás leyendo esto, viejo clérigo cabrón, que sepas que aun me debes la cuenta de aquella juerga en Caravasar.
 

Vinter

Gerardo de Amn
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Plata o acero.

Bueno, esta entrada puede ser o muy corta, o muy larga, no lo he decidido todavía. Todo dependerá de lo bien que se me dará relatar esto. En fin, todos conocemos la labor que desempeñamos los sirvientes de Shondakul, ¿verdad? Mantener los caminos limpios de amenazas para los viajeros... Aunque para muchos eso signifique nada porque siempre acaban siendo amenazados de nuevo por una fuerza externa que vuelve pese a todos nuestros esfuerzos.

He escuchado de todo acerca de mí y de mi gente, de los demás montaraces. Algunos nos tienen por vagos vagabundos que no tienen donde caerse muertos. Otros, creen que somos vulgares mercenarios al servicio de la moneda acuñada de la región por la que pasemos, dado que no hay ninguna doctrina que diga que nada de lo que hacemos debamos hacerlo gratis; y la verdad es que necesitamos comer a fin de cuentas, así que no le reprocharé esto a nadie. Otros nos consideraban unos farsantes porque claro, no importa cuánto nos esforzásemos o trabajásemos en ello, siempre había bandidos, y orcos, y otras criaturas asaltando mercaderes, caravanas y viajeros, pero me apostaría mi mejor espada a que ninguna de esas personas se ha planteado que si no pasásemos por los caminos y los limpiásemos aunque sea una vez por cada pasada que damos, estarían mucho peor y serían diez veces más inseguros.

¿Que por qué me planteo esto ahora? Bueno... Digamos que este capítulo de la bitácora va dedicado a unos hombres a los que no se pudo salvar. Todo había comenzado en los Llanos de la Ciudad de la Moneda hablando con Milena. Me invitó a ir con ella, su hermano y Kyrean a una de las múltiples misiones que reparten de vez en cuando en la Luz del Alandor, aunque al final quien se unió al grupo fue un hombrecillo extraño, aunque no por ello desagradable cuyo nombre no recuerdo ahora mismo.

Cuado hablamos con el reclutador y nos entregó los pergaminos con los detalles, se describía una misión de rescate; unos hombres que habían sido dados por desaparecidos en los Humedales de Zerhoarast. No he hablado de estos humedales en entradas anteriores porque tienen una morfología compleja, y adentrarse ahí dentro sin provisiones ni agua es de lo más irresponsable que se me ocurre. En fin, unos exploradores se habían perdido y nos pedían ir a buscarlos.

Partimos de inmediato, no queriendo arriesgarnos a que esos exploradores resultasen heridos de gravedad o muertos si sufrieron algún accidente o ataque; y nos dirigimos inmediatamente hacia los humedales. Ya más adelante, cuando esté de mejor humor, escribiré una entrada respecto a ellos, pero ahora mismo me apetece más relatar mis reflexiones. Qué quieres que te diga, amigo mío, soy un ególatra a veces, y esta vez más que nunca.

Cruzamos el pantano. Fuimos raudos, todo lo que pudimos, buscando la fortaleza donde los retenían; aunque admito que tardé bastante en orientarme como era debido. Al principio quise creer que solo se trataba de un grupo de novatos despistados que se vieron inmersos en las zarpas de una banda de bandidos de poca monta, así que los llevé a la parte noreste del pantano. Para mi pesar, no hubo suerte. Los bandidos estaban en la zona, y los espantamos y matamos a los que opusieron resistencia; incluso le dimos una buena tunda a su jefe, pero en aquella solitaria cabaña de madera sobre el agua del pantano no había nada más que los cadáveres de nuestra refriega, trampas y el escaso botín que guardaban.

Fue entonces cuando me di cuenta de mi enorme error. No debía guardar esperanzas nunca, si no ponerme en lo peor. Pensé que, quizás, si hubiera un poco de suerte, podía hacer una apuesta segura y ver si esos exploradores estaban allí retenidos, pero no... No. He sido estúpido. Tenía que haberme dirigido hacia el sureste en lugar de al norte, a la fortaleza de los bandidos de los humedales de Zerhoarast.

Recuerdo que la sangre corría rauda por mis venas cuando me di cuenta de mi estupidez. Pese a las dificultades que planteaba el camino, me apresuré en mis pasos en guiar a los demás por los humedales. Afortunadamente las criaturas aquel día estaban tranquilas y no topamos con demasiada resistencia; y la poca que encontramos fue brutalmente reprimida por la certera puntería de Van, mis golpes con la espada, el fuerte brazo de Milena y el metódico hacer de Kyren. Admito que también vi a aquel hombrecillo realizar algunos conjuros... Pero no sé exactamente qué eran. Creo que los vi alguna vez ya, en una vieja amiga... Pero yo no sé suficiente de magia como para juzgarlo. Cuando al fin logré, tras muchas caídas y tropezones a través del pantano, que el grupo llegase a la fortaleza de los bandidos, la noche estaba cayendo sobre nosotros. Era el momento perfecto para realizar una emboscada y caer sobre ellos.

La organización no tuvo muchos problemas. Esos idiotas habían construido un edificio con una rampa exterior que daba lugar al patio de armas, así que nos deslizamos en su retaguardia y tras acabar con la patrulla exterior, ordené a Van disparar desde lo alto. Solo hubieron un par de arqueros que opusieron resistencia; así que Milena y yo atacamos por la puerta principal como una tempestad de acero, barriendo con aquellos a los que Van no había aniquilado todavía con su mosquete.

Era extraño. Estaban bien armados, eran hábiles y luchaban con fuerza e impetu, pero estaban distraídos. Heridos, también. Fue demasiado fácil pacificarlos, diría yo incluso.

Entramos entonces dentro de su fortaleza, para toparnos con su lider de frente. Milena le hizo frente, parando sus poderosos mandobles con su escudo. Era impresionante, ¿cómo una chica tan encantadora y bella podía tener un brazo tan resistente? Cuanto más conozco a la tripulación de Sten, más convencido estoy de que siempre tienen un as bajo la manga, o una nueva artimaña que me dejará boquiabierto. No obstante, no es el punto de este relato.

Cuando conseguí atravesar las pesadas placas de la cota del bandido, escuché cómo el hombre gorgoteaba con un sonido sordo pro su garganta. Fue un combate largo y duro, y aquel hombre era exageradamente buen combatiente; más que un bandido, yo pienso que podría haber sido llamado incluso jefe de guerra... Porque he visto a poca gente ser capaz de defenderse como lo hizo él. No era el más ágil, pero sí era terriblemente fuerte, y resistente... Y sabía calcular dónde estar en el momento adecuado para deflectar un ataque, o desviar su filo hacia alguno de los que lo flanqueábamos. Me fastidia admitirlo, pero yo no hubiera podido sobrevivir sin mis compañeros. El cuerpo del bandido se derrumbó repentinamente entonces, con un sonido sordo, seguido del repiqueteo de su espada sobre el suelo. No quiero saber qué hubiera pasado si hubiera estado con su cohorte de guerreros y en plena forma... Porque entonces igual no lo contábamos.

Nos apresuramos por los pasillos, incluso accionando algunas trampas casi a propósito. Somos jóvenes, sanos y vigorosos, podíamos con eso y más si hubiera hecho falta. Continuamos por el pasillo, buscando en cada habitación lateral alguna información acerca de los exploradores desaparecidos... Hasta que los encontramos.

Solo que los hallamos muertos en una pila en la sala del trono del jefe. Fue una sensación extraña. Estaba habituado ya a los cadáveres, a matar, a mancharme de sangre de toda clase de criaturas, desde monstruos hasta humanos; y sin embargo... Esta vez fue muy diferente, porque no solo estábamos buscando a un grupo de exploradores, si no que creíamos que era una operación de rescate... No de recuperación de cadáveres.

Aquella noticia nos cayó a todos como un jarro de agua fría. Los ánimos del grupo se habían enfriado por completo, incluso algunos empezamos a sucumbir al mal humor a cuenta de aquello, y con razón. Pude ver tristeza en la mirada de Milena, y pesar en la de Van. No puedo hablar mucho de Kyrean porque siempre va con capucha, pero sus reflexiones eran acertadas en todo momento. Me permití unos minutos para acerarmea los cadáveres y colocarlos como se debía, uno tras otro, a continuación, sin tocarse. Les coloqué sus armas en sus manos, y les cerré los ojos. Miré también sus heridas. Tenían numerosos huesos rotos, y las caras hinchadas de golpes. Los habían apaleado y torturado hasta morir; y la falta de sangre... Eso me dejó deducir dos cosas: Una, que los exploradores habían muerto mucho antes de que nosotros fuéramos enviados allí; y dos, que fueron asesinados en otro lugar. Lo cual dejaba entrever perfectamente que los bandidos asustados y heridos fueron consecuencia de la rebeldía de aquellos valientes.

No pude evitar fijarme en el cinturón de uno de ellos. Llevaba consigo un ajado caballero de peluche. Era un chico joven, probablemente unos pocos años mayor que yo. Suspiré, y le quité el caballero del cinturón. Con esa edad, podía ser padre de algún niño... Y ese peluche probablemente hubiera sido su último recuerdo de él. Cumplí mi parte como Campeón: Los despedí a la otra vida. Que el viento les guardase, allá donde fueran.

El camino a Athkatla se turnó sombrío y anodino. Apenas hablábamos entre nosotros, temerosos de lo que hubiéramos podido decir si lo hacíamos. Era una situación bastante triste ya, como para por encima empeorarlo más.

Durante el camino no pude evitar pensar entonces, acerca de otras situaciones en las que me vi envuelto con los bandidos. Al fin y al cabo, es bien sabido que Amn ha superado hace poco las guerras del Escorpión, y como consecuencia, los bandidos empezaron a aflorar cada vez más; pero la mayoría no eran profesionales, si no salteadores de caminos y saqueadores, pobres diablos armados con cuchillos, horcas y armas oxidadas que habrían cogido de la parte trasera de alguna herrería creyendo que con eso podrían hacer algo y ganarse la vida.

Fue justamente regresando a Amn cuando me rodeó entonces un grupo de salteadores en plena carretera de Tezhyr. Hombres y mujeres harapientos, con mala pinta. Demasiado delgados como para ser bandidos de verdad; de hecho casi ni siquiera se mantenían en pie por el hambre. Y me dieron lástima. Intenté echarme a un lado, pero me bloquearon entonces el paso, y el hombre que los lideraba, me señaló con un seax oxidado:

—A ver, guapito, tienes dos opciones. Plata, o acero. Si eliges plata, solo páganos y podrás irte. Con acero, morirás. -Recuerdo que me dijo, en resumidas cuentas. No se anduvo con rodeos. Desenvainé mi espada, y esbocé una sonrisa. Una de esas sonrisas que pude notar, les helaba el alma cuando saqué el espadón de su vaina.

—Acero. -Dije entonces con parquedad. Hubo un momento de confusión entre los salteadores. Ya los había contado. Eran cinco contra uno; dos que me emboscaban por delante y otros dos por detrás. Se abalanzaron sobre mí, y yo blandí la espada. No los maté, si no que les golpe é con la vaina y el pomo. Eran golpes contundentes, destinados a dejarlos atontados. Sin embargo, el hombre que me atacó con el Seax lo hacía como un jabalí acorralado. Era burdo, era bruto e impredecible; las señales de un hombre hambriento. Golpeé el seax con la espada, partiendo la hoja de pronto, y blandí el espadón de nuevo para impactarle en el cuello, hasta que me fijé en su mano derecha. Un anillo de oro. Una alianza. El hombre se cubrió con las manos el rostro, en un intento vano por protegerse de mi acero. Estaba aterrorizado. Aquel no era un bandido de profesión. —Tienes familia, ¿es cierto?

—S...Sí... Sí que tengo... -Dijo el saqueador, mirándome por detrás de sus manos con cierto asombro al notar el frío tacto del filo de mi espada en su cuello sin llegar a hundirse. —U-un muchacho y una mujer, y-yo... ¡No me mate, por favor!

Resoplé por la nariz, y entonces aparté la espada de su cuello. No quería dejar a un pobre muchacho huérfano.

—¿De Imnescar? -Le pregunté eventualmente. Con cierto asombro, el hombre me asintió.

—¿Cómo sabe usted eso? -Me preguntó, con más que obvia sorpresa. Yo por mi parte no respondí. Sin embargo, colocé mi espada en su mentón.

—Tienes dos opciones entonces, granjero. Redención o acero. -Le dije, mientras le miraba fijamente. El hombre tragó saliva, mirando a sus compañeros derrotados sobre el suelo, cada uno con un tipo de golpe distinto tras dejarlos inutilizados. Hubo un silencio tenso entre ambos, hasta que pareció convencerse de lo que yo le había dicho. Y entonces me respondió:

—Redención. Solo quiero dar de comer a mi familia. Todos nosotros, ¡las cosas se pusieron tan...! ¡Tan complicadas, desde las guerras escorpión! ¡Nadie nos quiere, ni en nuestra casa ni en ningún lado. La comida escasea y...

—Lo sé. -Le interrumpí. —Sé que no es fácil, pero hay formas mejores de aprovechar ese ímpetu que el bandidaje. Buscad una milicia, cualquier cosa donde podáis apuntaros, ya sea como guerreros o como granjeros.

Y entonces me dispuse a marcharme. Lo hubiera hecho, si no fuera porque escuché al cabecilla agarrar los restos de su seax. Se abalanzó sobre mí, y entonces noté cómo la hoja irregular de la espada se hundía dentro de mi carne. Y no me quedó mayor remedio que matarle.

¿Que por qué estuve pensando en esa reflexión? Por las últimas palabras que le dije a aquel bandido. ¿El dueño del peluche estaba allí por plata, o por acero? ¿Murió haciendo su trabajo o era un mero advenedizo? Sea como fuere, espero que estén bien y enteros allá donde hayan ido.

Termino con esta entrada ya mismo, solo para decir que me afanaré en buscar al crío. Es, al menos, lo que les debo a esos hombres muertos por no llegar a tiempo.
 
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