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Brenn

Brenn

Enano con acento ruso
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El destino de Brenn estuvo marcado desde el mismo momento de su nacimiento; vino al mundo arropado por su madre y sus amigas, en una de las muchas habitaciones de la que iba a ser su casa, una tarde del décimo día de la tercera semana de Eleint.

Todo esto suena muy normal, si no fuese porque la habitación era de un burdel de Aguasprofundas, en el que la madre de Brenn y estas mujeres vivían y trabajaban.

Con semejante pedigrí, a igual que el hijo de un Noble Paladín de de Tyr tiene cierta predisposición a llevar cierto tipo de vida, Brenn, hizo lo propio viviendo una juventud llena de fiestas, delitos, malas compañías y peores costumbres; desde muy pequeño aprendió a vivir la vida aprovechando sus habilidades y las debilidades de los demás y a conseguir las cosas simplemente cogiéndolas.

Aunque un burdel no es el sitio más indicado para que un niño crezca, Brenn tuvo una buena infancia (más o menos) llena de alegría, una gran familia con sus “tías y tíos” que allí vivían y los “amigos” que todas las noches venían a disfrutar de la vida, la fiesta, el arte y un etcétera muy eufemístico. Eso era lo que le contaban a Brenn cuando era aún muy pequeño para entender nada sobre aquel sitio donde vivía.

Pero sí, así era aquel burdel; aparte de lo obvio, en ese lugar se podía conversar y se conversaba sobre cualquier cosa: política, arte, religión, filosofía, magia… antes de que las sustancias espirituosas tuviesen un efecto demasiado pronunciado sobre los que allí se reunían, claro.

Sobre estos comensales habituales se puede decir que allí se reunían las personas más importantes de la ciudad, banqueros, importantes cargos públicos, comerciantes locales y extranjeros… también había muchos bardos, escritores, pintores, escultores y todo tipo de artistas, o aspirantes a ello, que buscaban su inspiración entre las curvas de mujeres, hombres y/o botellas.

Serían destacables de aquel lugar sus espectáculos, en los que la dueña, la Dama Lyss de Villaluna, ponía un especial esfuerzo y dedicación, ya no como estrella, pues el paso de los años no perdona, pero sí como directora y maestra de las chicas y chicos que iban entrando en el negocio.

Brenn no tardó en crecer y espabilar, criado por el día en las calles y por la noche, en el burdel o el calabozo (demasiadas veces en éste último). Ninguna gran hazaña ni aventura hay que contar de esta época excepto, tal vez, la del día a día burlando a la guardia.

Pero su vida comenzó a cambiar cuando entabló amistad con Xernat, uno de los clientes habituales del burdel que, en cierto modo, le había visto crecer. Xernat le abrió una puerta que casi ningún chico de la calle podría llegar a esperar ver abierta; una oportunidad de cambiar de vida, ofreciéndole un trabajo como mensajero para el Banco de la ciudad, no era un gran trabajo, no era el gran sueño al que nadie aspira cuando es pequeño e imagina historias de dragones y espadas, pero claro, no pudo evitar pensar: “¿Un trabajo? ¿Dinero legal? ¿sin calabozos ni palizas?… no suena mal”.

Para alguien que no conocía ese estilo de vida eso era casi una “aventura”, a demás de una posibilidad de no acabar en algún sitio peor que en el calabozo (cosa bastante probable dada su trayectoria).



Así, Brenn empezó su nueva vida, un trabajo como mensajero y muchas posibilidades de ascenso, pues casi todos los dirigentes y altos cargos le conocían y sabían de dónde provenía; pero claro, no podían comentarlo, eso sería un compromiso “incomodo” para su imagen, incluyendo el hecho de que Brenn era un protegido de Villaluna y no convenía entrar en conflicto con esta mujer.

La transformación de Brenn fue completa, ascensos, dinero, cierto prestigio, casa... hasta una esposa. A los 21 años, Brenn Merthen -apellido que se inventó él mismo para no parecer un bastardo- era un señorito acomodado en la clase media alta, respetable y con grandes expectativas profesionales. De esto presumía ante sus compañeras la madre de Brenn que ahora corregentaba el Salón con la Dama Villaluna.

Aunque Brenn lo veía con otros ojos: una vida aburrida, haciendo todos los días lo mismo durante mucho tiempo, para llegar a casa y encontrar a la arpía avariciosa en la que su mujer se había convertido.

Tiara, una joven de buena familia, se había fijado en Brenn prácticamente desde el comienzo de su carrera profesional. Había escuchado cosas muy buenas sobre el protegido de Xernat, de su desparpajo para manejar a la gente y de cómo iba ganándose ascensos y favores tan rápido que había conseguido, en tan solo un par años, ponerse por encima del prometido que en ese momento Tiara tenía. Para semejante “caza talentos”, fue más que suficiente.



Así que poco tardó Brenn en volver al burdel, esta vez como cliente, junto con sus compañeros, jefes, colegas y clientes. Es decir con todos las personas de la ciudad que aborrecían su vida y podían permitirse el lujo de evadirse un rato.

¿Ésta iba a ser su historia? ¿Atado por las obligaciones de una vida que no le gustaba, con la única y patética ilusión de ascender un poco para trabajar menos, cobrar más e ir a divertirse de vez en cuando al burdel? Estas y otras muchas preguntas invadían a Brenn las noches que pasaba en el Salón de la Luna Oculta.

Ya fuese un momento de inspiración divina o etílica, aunque él prefiere pensar que fue el destino, Brenn eligió esa noche, esa precisa noche, para salir del burdel e ir a parar al preciso lugar en donde algo estaba pasando, algo que iba a darle alas para salir volando de allí.


Mientras deambulaba ebrio por las calles que le vieron crecer y recordaba su niñez llena de aventuras, delitos y despreocupaciones, se topó con aquello; era algo que en alguna que otra noche tan solitaria y oscura como esa ya había visto o hecho alguna vez en su adolescencia; 2 figuras encapuchadas armadas con hojas cortas y una tercera contra la pared del callejón. Brenn se escondió rápidamente tras unas cajas sin dejar de prestar atención a la escena.

Le vino a la memoria aquel tiempo en el que él era uno de los encapuchados que asustaba a algún despistado con una pequeña hoja de metal. Pero algo había de diferente en aquella escena, no parecía un atraco, observó con atención y sus sospechas se confirmaron cuando los susurros que se convirtieron en gritos ahogados, una aparente discusión que acabó con las espadas de los encapuchados cubiertas con la sangre de la tercera persona.

Eso no es un robo habitual, ni lo han zarandeado ni lo han golpeado un poquito, ni siquiera le han pinchado para asustar, esos no se andan con tonterías” discurría Brenn, mientras los encapuchados registraban al cadáver. Se les escuchó decir algo en otro idioma que sonaba a maldición. Uno de ellos pateó al cadáver y volvió a repetir aquellas palabras, el otro sacó algo de su zurrón, Brenn no alcanzaba a ver qué era y en un intento por acercarse para ver de cerca la escena, dio un paso en falso que provocó un inoportuno tropezón, Brenn cayó al suelo, boca abajo.

- Estoy muerto –pensó-.


Cuando se levantó dispuesto a salir corriendo vio que las figuras ya doblaban una esquina al fondo del callejón. Se habían asustado tanto como él al escuchar el ruido y habían salido corriendo.

Después de que desaparecieran, Brenn tardó un buen rato en salir del oscuro portal donde se había escondido. La calle seguía en silencio, nadie pasaba por allí, nadie había oído ni visto nada, y allí estaban él y el cadáver de aquella persona.

Se acercó al cadáver. Ya que casi le cuesta la vida, qué menos que ver la cara a aquel personaje.

- ¡Por los infiernos!- exclamó tapándose la boca a si mismo al escucharse-.

No pudo contenerse al ver a un hombre que había visto esa misma mañana en el banco donde trabajaba. Era un varón, humano, esbelto, de unos 30 años, con aspecto un tanto exótico, se notaba que era extranjero y con dinero, por la calidad de la tela y los bordados de su capa. Decía venir de Calim e hizo un ingreso en una caja de seguridad de unas cuantas piedras preciosas. Pero algo turbio había en su mirada, y estaba demasiado nervioso, Brenn pensó que era porque no se fiaba de él o del propio banco, que sería un tarado, un rico excéntrico recién llegado.

Poco tardó en imaginar cuál había sido el motivo de la inquietud del extranjero y la razón de aquel asesinato. Esas piedras bien podrían valer la vida de un hombre para algunas personas.

- Buscaban unas piedras, no el recibo de un ingreso –pensaba en voz baja mientras registraba los bolsillos de aquel tipo-.

Allí estaba, justo en el bolsillo interior donde lo guardó esa misma mañana, manchado de sangre, pero aún legible.

Vio junto al cadáver una bota de vino, eso no encajaba en la escena, no había visto que nadie bebiera nada en aquella escena, el extranjero no olía a vino ni a ningún tipo de bebida alcohólica, entonces recordó que hubo algo que uno de los asesinos sacó y no había podido distinguir en la oscuridad. Cogió la bota, la abrió y examinó el contenido. Aquello no era vino ¡era óleo!

Los asesinos debían de querer quemar el cadáver, Brenn no comprendía por qué o para qué, aunque eso era lo de menos. Vio ahí una nueva puerta que se abría ante él, una nueva oportunidad de cambiar su vida.

Quién sabe si estando sobrio se le hubiese ocurrido esa idea, pero a veces pasan estas cosas, a veces en la ebriedad se tienen este tipo de iluminaciones ¿verdad? Muchos artistas pueden dar fe de esto.

Brenn intercambió sus ropas con el extranjero, cuidando los pequeños detalles, le puso sus anillos y su colgante de plata; y acabó el trabajo de los asesinos prendiendo fuego al cadáver. Fue al banco esa misma noche, se coló con la inestimable ayuda de sus llaves y del guardia dormido en la recepción. Una vez en la sala de las cajas de seguridad, encontró la caja del extranjero y la vació. Para borrar todo rastro posible se deshizo de la copia del registro que él mismo había hecho esa mañana para el banco, y dejó la llave de la caja en su sitio.

- Como si nunca hubiera sucedido –pensó-.

Esa noche, con una sonrisa de oreja a oreja, una puñado de diamantes en el bolsillo y el amparo de la noche, Brenn dejó atrás su ciudad, su vida, su familia, su trabajo y hasta a él mismo.



Días y leguas más tarde, en un pueblo cercano, escuchó la noticia de su
terrible y misterioso asesinato, de cómo la vida de un prometedor joven de Aguasprofundas había sido sesgada sin motivo aparente y de cómo ni la generosa paga del banco donde trabajaba aquel acomodado joven podría consolar a la desdichada viuda que había dejado atrás. Esto último casi le atragantó de la risa.

Ahora sólo debía de decidir a dónde ir y en qué empeñar su pequeño tesoro.

…Continuará.​
 

Brenn

Enano con acento ruso
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Brenn deambulaba por la plaza de un pueblo cuando se topó con una muchedumbre que escuchaba a un tipo que parecía un sirviente de alguien con suficientes recursos como para vestirle con mejores telas de las de la mayoría que le escuchaba hablar sobre una caja. Hablaba de una fiesta que se iba a celebrar en la casa de uno de los terratenientes más adinerados de la zona, básicamente eso era una demostración de cómo un gran señor se gasta el dinero que los pobres vasallos no tienen.

A Brenn se le dibujó una sonrisa pensando en la de collares, diademas, pendientes, gemelos y demás joyería que llevarían los invitados de esa fiesta. Pensó que sería como lo que hacía antes pero con cosas de valor seguro, no con bolsas de dudoso contenido colgando de cintos.

Con algunas de las piedras del extranjero tuvo más que suficiente para alquilar un carruaje, arreglar sus ropas y prepararse para el evento.

Aquella noche se dirigió a la finca, pero en la puerta de la misma, se topó con un par de guardias y un estirado mayordomo que parecía tener una lista de invitados. Era demasiado tarde como para echarse atrás, porque para cuando vio la lista, ya era su turno y había gente esperando detrás de él.

- Buenas noches mi señor, bienvenido a la finca de los Hojadorada -dijo el mayordomo sin apenas mirarle, estaba más atento de la lista que de las personas que iban pasando.

Ahora tocaba improvisar, Brenn no conseguía ver desde donde estaba la lista, así que no podía decir alguno de los nombres que allí habían y tampoco era cuestión de probar un nombre al azar. Brenn estaba cansado de ver a ricachones en el banco, pensó que no podía ser tan difícil actuar como uno de ellos.

- ¡No, no, no, y no! ¡Mozo! no te molestes en mirar la lista, soy un invitado especial ¡¡de ultimísima hora!! -dijo esto quitándole la hoja y abanicándose con ella- ¡Oh! por todos los dioses ¿siempre hace este calor aquí?

La palabra “mozo” se le clavó al mayordomo como una puñalada en el mismísimo bajovientre, pero a la vez hizo que Brenn pareciese justo lo que él quería parecer, un pomposo y arrogante burgués.

- Señor, lo lamento pero tengo instrucciones de no dejar entrar absolutamente a nadie que no esté en la lista –dijo el mayordomo alzando la barbilla y entrecerrando los ojos-.

De un brusco tirón le quito la hoja a Brenn, añadiendo en un tono muy irreverente y burlesco:

- Ni siquiera si son… “invitados especiales”…
- ¡Oh! ¿Qué fue eso? ¿Una burla? -Brenn levantó el tono de voz poniéndolo muy agudo y molesto-. ¡Oh! ¿Pero qué eres mozo? ¿un camarero cojo y malhumorado de una mugrienta tabernucha? ¡Imaginaba que para servir en semejante villa por lo menos haría falta algo de educación!

Dicho esto, giro la cabeza mirando al resto de invitados que miraban la escena buscando aprobación y asintiendo como si tuviese toda la razón del mundo. Se escuchaba murmurar a la gente mientras miraban a Brenn y al mayordomo cosas como: “ya lo creo, burlarse así de un invitado de última hora, que descaro, que desfachatez…”

Las caras y exóticas ropas de su amigo el extranjero habían cumplido con creces su cometido. Al comprobar que los invitados estaban con Brenn el mayordomo no tuvo más remedio que bajar los humos.

- Señor comprenderá que debo seguir las órdenes que me son dadas – dijo esto agachando la cabeza de mala gana-.
- ¡Mozo! ¡¡Hay muchas formas de hacer las cosas!! -Brenn estaba crecido, al ver lo fácil que era engañar a esa gente- Podrías haber mandado a alguien a comprobar si es cierto que hay un invitado de última hora, puede que tu señor te hubiese castigado por tu ignorancia, ¡¡pero al menos hubiese sido con discreción!! – miró a una anciana oculta tras 4 capas de maquillaje que miraba al mayordomo indignada- Algo esencial en el servicio ¿verdad?
- En todos mis años no había visto semejante falta de educación, joven, no vaya a pensar que todos son iguales por aquí, es un lamentable caso poco común.
- Oh, mi señora, ojalá la incompetencia fuese poco común…

El mayordomo interrumpió al ver a donde conducía esa conversación.

- Si quiere puedo comprobarlo en un santiamén, mi señor…

Parecía algo apurado y sumiso, aunque en realidad estaba pensando en cuál de sus fluidos corporales acabarían en la sopa de ese extranjero. Por su parte, Brenn, hizo parecer que se ofendiese aún más, por un momento se le escapó un gesto más propio de un par de fulanas discutiendo entre sí que de un noble, pero con aquellas telas que llevaba pareció un gesto típico de alguna tierra lejana.

- ¡¡OH!! ¡¡OH!! – exclamó mientras le quitaba la lista de nuevo y volvía a abanicarse con ella- ¡¡Lo que faltaba!! ¿Quieres tenernos toda la noche aquí esperando? ¿Eh? ¿Es eso? ¿Así quiere el señor Hojadorada que trate a sus invitados? ¿Eh? ¡Mira! ¡Mira! ¿Sabes lo que te digo?

Brenn entonces, tras una dramática pausa, rompió la hoja en un montón de trocitos, ante la horrorizada mirada del mayordomo.

- ¡Mira, mozo!-siguió rompiendo la lista, esta vez, a pocos centímetros delante de la cara del mayordomo- ¡Mira lo que hacemos nosotros con tu lista! –alzó la voz para que nadie perdiese detalle de esa exhibición de rebeldía burguesa-.

La rompía y rompía haciéndola trizas. Estaba crecido y ya no podía parar.

- ¡Ya hemos tenido bastante! –miró hacia los demás invitados tras decir esto-.

La gente seguía murmurando con el probable despido del mayordomo, o de los azotes que debía recibir y Brenn se lo estaba pasando realmente bien, así que tomó el mando.

- ¡Los invitados del señor tenemos una fiesta a la que acudir! -Tiró los cientos de trozos al aire como confeti y añadió- ¡Tú recoge esto!

La gente avanzó hacia el interior del jardín de la finca, mirando con desdén al mayordomo y comentando el saber hacer de aquel señor extranjero, mientras los guardias, abrieron paso mientras aguantaban la risa como podían tras sus yelmos.

Uno de los invitados, un hombre gordo, con bigote vestido como un militar de gala, se acercó a Brenn, iba acompañado de su hija, una chica que… por así decirlo, había salido a su padre.

- Joven, permítame felicitarle por la buena actuación de hace un momento, personalmente, yo le habría abofeteado.
- ¡Oh! y yo mi buen señor, pero en mi tierra, no abofeteamos a los mozos de los demás, cada uno educa a los suyos, si usted me entiende.

Siguió con el juego de aquel hombre, mientras examinaba todo lo que pudiese llevar encima de valor, hasta llegar a la puerta de la mansión. Justo antes de entrar su mirada se cruzó con la hija de aquel hombre, la chica le miró tímida y sonriente, y se le acercó:

- Mi señor, ¿Cómo os llamáis?

¡Mierda! ¡¿Cómo me llamo?!- pensó-. Ni siquiera había pensado en eso hasta ahora, así que dijo el primer nombre que le vino a la cabeza, el nombre del extranjero asesinado.

- Asfaruth ,mi lady.

Hizo una reverencia y besó la mano de la chica. Al ver su mano echó cuentas: “Uno, dos y tres anillos, hmm casi tienes el bigote de tu padre, pero bueno, en un baile estos anillitos salen solos, a demás, seguro que se te llenan las manos de grasa cuando te comas un pato entero tu solita…” pensaba para no darle importancia a los pelos que también tenía esa joven en los dedos de la mano mientras la besaba.

- ¿Asfaruth? ¿Asfaruth qué más? ¿tenéis apellido mi señor? –la muchacha que al principio mostraba timidez hizo una pequeña reverencia guiñando un ojito-.

¡¡Vaca impertinente!!–pensó- ¿No tenía bastante con improvisar un nombre? ... Sin embargo mantuvo la sonrisa y añadió muy cordialmente

- ¿Ahora quieres conocer mi pedigrí? –y sonriendo añadió con un susurro- Tú puedes llamarme Faruth encanto, así… mantenemos el misterio.
- ¡Oh! –la chica retiró la mano tímidamente y le dio un golpecito en el pecho con la otra- ¡mi señor!
- ¡Je!….

Su cara era amable aunque por su cabeza pasase sólo una cosa: “con la de mujeres que hay en esta condenada fiesta…”.

Ya en uno de los salones del interior del castillo y con un par de vinos en el cuerpo, Brenn se topó con el mayordomo de la entrada.

- Mi señor, su lugar en la mesa está preparado, ¿a quién debo anunciar?

Arreglándose la capa, Brenn miró al mayordomo como si le perdonase la vida.

- Mozo, si no sabes ya quién soy, no voy a ayudarte más de lo que ya te he ayudado esta noche. Ya me presentaré yo mismo ¡aparta de mi camino! –espetó al mayordomo e hizo lo que pudo por perderse entre la multitud-.

Así empezó la noche, no empezó mal, desde luego. Claro que eso no duró mucho, advirtió que el mayordomo, a quien había cabreado más de la cuenta, hablaba con quien parecía ser su señor antes de que él pudiera contarle otra historia. Al ver eso, Brenn intentó escabullirse por alguna puerta de servicio, pero no tuvo ni la suerte ni habilidad, demasiado tiempo sentado en la silla del banco.

Brenn acabó en el calabozo, sus diamantes desaparecieron, seguramente porque algún tipo listo de aquella fiesta los reclamó como suyos y a los pocos días fue expuesto como esclavo en un mercado. Fue comprado por la capitana de un barco mercante de dudosa legalidad (La Sirena Ciega) a quien cayó en gracia en cuanto sus miradas se cruzaron.

Mar, barco y capitana calaron hondo en Brenn. Dado que todo lo que había aprendido de joven se le había oxidado, a parte de limpiar cosas que mejor será no nombrar, dieron a Brenn uso como contable, pocos en ese barco sabían leer o escribir, así que la capitana encontró en un contable sin moral alguna una herramienta bastante útil para dar a sus trapicheos un aspecto más regulado.

…Continuará.​
 

Finnereg

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¡Ay, lo que me he reído!, no esperaba menos precioso. :D
 

elprofe

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Ahhhh, un colega como yo! sigue escribiendo!
 

Brenn

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- Psst ¡Eh, tú! ¡Rubito!
-Qué quieres –la respuesta de Brenn sonó casi como un insulto.
-Pos aquí mis compadres y yo, nor ehtábamoh preguntando… ¿Qué puede haber hesho un hombre tan bien vestido pa acabá eng er calaboso?

Brenn alzó la vista tras una breve pausa para mirar a la celda que quedaba en frente de la suya. Allí habían tres cuatreros de poca monta; el que le hablaba, un barbudo barrigón, un enorme mestizo sangre de orco y un tercero sentado al fondo, un tipo con la cabeza afeitada y cara de loco; todos sucios y con aspecto de merecer estar ahí.
Tras el repaso, respondió:

-Robar un traje –ahora con un tono menos hostil y conteniendo una sonrisa.

Los tres individuos de la celda de en frente se miraron y rompieron a reír.

-¿Cómo te llaman Rubito?
-Brenn –dijo sin querer añadir apellido alguno a su nombre.
-Güeno Brenn, pos yo zoy Garreh, ér eh Güillem y éze grandullón medio orco eh Buh –dijo señalando a los respectivos.
-Encantado, señores… ¿venís mucho por aquí?

Nuevamente, los tres se echaron a reír. Cabe decir que era una curiosa sinfonía la risa de aquellos tres; Garret, tenía una risa de esas bonachonas y pegadizas que da gusto oír, cuando no es de ti de quien se ríe, Bus, el semiorco, delató su coeficiente intelectual con su risa de bobo, probablemente ni supiera de qué se reían y la risa de Willem sobresalía por su tono, como si fuera un tenor, era tan molesta que no la querría ni un kóbold psicópata.

-Eza labia también te va a vení mu bien, ya lo creo que … ¡zeguro que alguna ricashona puha por ti pa que le deh una alegría anteh de ponerte a labrah! ¿verdá?
-¿Pujar? No digas tonterías, a mi no me van a tener más de cuatro días aquí dentro.

Brenn no podía estar más equivocado. Él creía que le habían encerrado por haberse colado en una fiesta de la alta sociedad local, pero en realidad se le acusó de robarle a uno de los invitados una bolsa con diamantes, el valor de esa bolsa y el testimonio de un vengativo mayordomo, inflaron su condena de tal forma que fue directo a las celdas de los futuros esclavos, solo que él no lo sabía.

Acabó atando cabos cuando lo sacaron a rastras de la celda, lo encadenaron junto a aquellos tres desgraciados y se lo llevaron.

Cuando llegaron al entablado de la plaza, Brenn se quedó blanco ante la escena; unas cincuenta personas miraban cómo dos guardias bajaban arrastrando por las escaleras el cadáver decapitado de un pobre diablo, un tercer guardia portaba un canasto cuyo contenido era tan adivinable como desagradable, y en lo alto, aguardaban el alguacil y un verdugo con un hacha ensangrentada que aún goteaba. Ellos eran los siguientes.

Brenn se acordó entonces de aquel mayordomo al que humilló en público y de su mirada de odio. Un par de nubarrones enturbiaron su mente y las piernas le empezaron a temblar al imaginarse su cabeza caer en un canasto, una extraña duda le surgió en ese momento: "¿tendré cabeza en el otro mundo? ¿o me tocará ir a buscarla?". Antes de darse cuenta de lo estúpida que era esa pregunta, el alguacil anunció a los allí presentes que había llegado el momento de la subasta de esclavos y Brenn respiró tranquilo. Nunca imaginó que el conocerse como esclavo durante un año le reportaría tanto alivio.


Unas cuantas pujas, algo de alboroto y alguna que otra burla después, Brenn, Garret y Bus fueron comprados por una mujer que, pese a lucir un vestido de señora formal y decente, sus formas y su compañía una vez fueron entregados a la compradora, daban a entender que esta mujer era de todo menos eso. A Willem no lo quiso nadie, así que lo devolvieron a las celdas.

La mujer era una humana de unos 30 años, de pelo negro rizado, con un cuerpo y una belleza que quitaban el hipo casi tanto como su expresión de dureza. Era una de esas mujeres que, si tienes dos dedos de frente, no te vas a atrever a ofender con algún improperio cuando pasa delante tuya, por muy obrero que seas.

Iba acompañada de dos hombres grandes y fuertes, enfundados en armaduras de cuero, armados hasta los dientes y con incontables tatuajes. Por tratarse de un pueblo cuyas únicas cosas destacables eran el puerto y sus campos, cualquiera podría adivinar que no eran campesinos.

En cuanto se alejaron un poco del alboroto, la mujer, sin detenerse, dio órdenes a sus acompañantes:

-Llevadle a Haggar al barrigón y al medio orco, que los ponga a trabajar –se volvió hacia Brenn, aunque seguía hablando a sus hombres- me llevo al señorito, os quiero listos para zarpar antes de que yo llegue.

La mujer aireó su falda levantándola para alcanzar una daga de una hoja casi tan fina como una aguja que iba enfundada en un liguero, liberó a Brenn usando la daga para golpear el pasador que cerraba los grilletes que parecían de juguete al abrirse con tal facilidad, los tiró y agarró a su esclavo por el brazo como lo haría un guardia para hacer andar a un futuro preso.

Ambos grupos se separaron, Garret, Bus y los dos matones fueron directos al puerto, Brenn y la mujer hacia un edificio de piedra de tres plantas que sobresalía de entre los de su alrededor, situado a 2 calles al oeste de los muelles. De camino, la mujer casi le disloca el brazo cuando lo zarandeó mientras le hablaba para asegurarse de que le prestaba toda su atención:

-Ahora me vas a seguir la corriente y como no des la talla, te juro que me pienso cobrar hasta la última moneda que pagué por ti usando tu culo como desahogo para mis hombres cuando llevemos 3 meses en alta mar. Cumple, y tu culo seguirá sirviéndote sólo para cagar.
-Si me dieses algún detalle más, mi culo y yo te estaríamos muy agradecidos –respondió intentando aparentar que esa mujer no le daba miedo-.

La mujer, relajó la mano con la que llevaba prácticamente en volandas a Brenn y se detuvieron justo delante de la puerta del edificio. Ella empezó a arreglarse el pelo y el vestido, al ver eso, Brenn también procuró dejarse lo más presentable que cualquiera que hubiese pasado dos noches en un calabozo pudiese estar. La mujer acabó por arreglarse el escote y preguntando:

-¿Qué tal?

La vista de Brenn fue directa hacia el busto. Hubo un breve silencio, y justo cuando la mujer armaba su puño, Brenn se desató una banda de tela muy fina que le hacía las veces fajín, lo pasó alrededor del cuello de la mujer un par de veces tapando bastante su escote, dándole un tono más distinguido, pero dejando una pequeña abertura, muy sutil y femenina.

-Ahora parecéis más una dama que otra cosa.

La mujer dio cuenta del comentario con una mirada amenazante, se lamió el pulgar y limpió una mancha en la mejilla de Brenn con un cambio de gesto y una mirada tan cálida que le dejó descolocado, la actuación ya había empezado, ella sonrió y enlazó su brazo con el de él poniéndose a su lado y, mientras cruzaban por la puerta hacia el interior del edificio, le susurró sonriente como una amante esposa lo haría a su marido al susurrarle algo empalagoso y confidente:

-Tú procura que no chille.
 

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