Brenn
Enano con acento ruso
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El destino de Brenn estuvo marcado desde el mismo momento de su nacimiento; vino al mundo arropado por su madre y sus amigas, en una de las muchas habitaciones de la que iba a ser su casa, una tarde del décimo día de la tercera semana de Eleint.
Todo esto suena muy normal, si no fuese porque la habitación era de un burdel de Aguasprofundas, en el que la madre de Brenn y estas mujeres vivían y trabajaban.
Con semejante pedigrí, a igual que el hijo de un Noble Paladín de de Tyr tiene cierta predisposición a llevar cierto tipo de vida, Brenn, hizo lo propio viviendo una juventud llena de fiestas, delitos, malas compañías y peores costumbres; desde muy pequeño aprendió a vivir la vida aprovechando sus habilidades y las debilidades de los demás y a conseguir las cosas simplemente cogiéndolas.
Aunque un burdel no es el sitio más indicado para que un niño crezca, Brenn tuvo una buena infancia (más o menos) llena de alegría, una gran familia con sus “tías y tíos” que allí vivían y los “amigos” que todas las noches venían a disfrutar de la vida, la fiesta, el arte y un etcétera muy eufemístico. Eso era lo que le contaban a Brenn cuando era aún muy pequeño para entender nada sobre aquel sitio donde vivía.
Pero sí, así era aquel burdel; aparte de lo obvio, en ese lugar se podía conversar y se conversaba sobre cualquier cosa: política, arte, religión, filosofía, magia… antes de que las sustancias espirituosas tuviesen un efecto demasiado pronunciado sobre los que allí se reunían, claro.
Sobre estos comensales habituales se puede decir que allí se reunían las personas más importantes de la ciudad, banqueros, importantes cargos públicos, comerciantes locales y extranjeros… también había muchos bardos, escritores, pintores, escultores y todo tipo de artistas, o aspirantes a ello, que buscaban su inspiración entre las curvas de mujeres, hombres y/o botellas.
Serían destacables de aquel lugar sus espectáculos, en los que la dueña, la Dama Lyss de Villaluna, ponía un especial esfuerzo y dedicación, ya no como estrella, pues el paso de los años no perdona, pero sí como directora y maestra de las chicas y chicos que iban entrando en el negocio.
Brenn no tardó en crecer y espabilar, criado por el día en las calles y por la noche, en el burdel o el calabozo (demasiadas veces en éste último). Ninguna gran hazaña ni aventura hay que contar de esta época excepto, tal vez, la del día a día burlando a la guardia.
Pero su vida comenzó a cambiar cuando entabló amistad con Xernat, uno de los clientes habituales del burdel que, en cierto modo, le había visto crecer. Xernat le abrió una puerta que casi ningún chico de la calle podría llegar a esperar ver abierta; una oportunidad de cambiar de vida, ofreciéndole un trabajo como mensajero para el Banco de la ciudad, no era un gran trabajo, no era el gran sueño al que nadie aspira cuando es pequeño e imagina historias de dragones y espadas, pero claro, no pudo evitar pensar: “¿Un trabajo? ¿Dinero legal? ¿sin calabozos ni palizas?… no suena mal”.
Para alguien que no conocía ese estilo de vida eso era casi una “aventura”, a demás de una posibilidad de no acabar en algún sitio peor que en el calabozo (cosa bastante probable dada su trayectoria).
Así, Brenn empezó su nueva vida, un trabajo como mensajero y muchas posibilidades de ascenso, pues casi todos los dirigentes y altos cargos le conocían y sabían de dónde provenía; pero claro, no podían comentarlo, eso sería un compromiso “incomodo” para su imagen, incluyendo el hecho de que Brenn era un protegido de Villaluna y no convenía entrar en conflicto con esta mujer.
La transformación de Brenn fue completa, ascensos, dinero, cierto prestigio, casa... hasta una esposa. A los 21 años, Brenn Merthen -apellido que se inventó él mismo para no parecer un bastardo- era un señorito acomodado en la clase media alta, respetable y con grandes expectativas profesionales. De esto presumía ante sus compañeras la madre de Brenn que ahora corregentaba el Salón con la Dama Villaluna.
Aunque Brenn lo veía con otros ojos: una vida aburrida, haciendo todos los días lo mismo durante mucho tiempo, para llegar a casa y encontrar a la arpía avariciosa en la que su mujer se había convertido.
Tiara, una joven de buena familia, se había fijado en Brenn prácticamente desde el comienzo de su carrera profesional. Había escuchado cosas muy buenas sobre el protegido de Xernat, de su desparpajo para manejar a la gente y de cómo iba ganándose ascensos y favores tan rápido que había conseguido, en tan solo un par años, ponerse por encima del prometido que en ese momento Tiara tenía. Para semejante “caza talentos”, fue más que suficiente.
Así que poco tardó Brenn en volver al burdel, esta vez como cliente, junto con sus compañeros, jefes, colegas y clientes. Es decir con todos las personas de la ciudad que aborrecían su vida y podían permitirse el lujo de evadirse un rato.
¿Ésta iba a ser su historia? ¿Atado por las obligaciones de una vida que no le gustaba, con la única y patética ilusión de ascender un poco para trabajar menos, cobrar más e ir a divertirse de vez en cuando al burdel? Estas y otras muchas preguntas invadían a Brenn las noches que pasaba en el Salón de la Luna Oculta.
Ya fuese un momento de inspiración divina o etílica, aunque él prefiere pensar que fue el destino, Brenn eligió esa noche, esa precisa noche, para salir del burdel e ir a parar al preciso lugar en donde algo estaba pasando, algo que iba a darle alas para salir volando de allí.
Mientras deambulaba ebrio por las calles que le vieron crecer y recordaba su niñez llena de aventuras, delitos y despreocupaciones, se topó con aquello; era algo que en alguna que otra noche tan solitaria y oscura como esa ya había visto o hecho alguna vez en su adolescencia; 2 figuras encapuchadas armadas con hojas cortas y una tercera contra la pared del callejón. Brenn se escondió rápidamente tras unas cajas sin dejar de prestar atención a la escena.
Le vino a la memoria aquel tiempo en el que él era uno de los encapuchados que asustaba a algún despistado con una pequeña hoja de metal. Pero algo había de diferente en aquella escena, no parecía un atraco, observó con atención y sus sospechas se confirmaron cuando los susurros que se convirtieron en gritos ahogados, una aparente discusión que acabó con las espadas de los encapuchados cubiertas con la sangre de la tercera persona.
“Eso no es un robo habitual, ni lo han zarandeado ni lo han golpeado un poquito, ni siquiera le han pinchado para asustar, esos no se andan con tonterías” discurría Brenn, mientras los encapuchados registraban al cadáver. Se les escuchó decir algo en otro idioma que sonaba a maldición. Uno de ellos pateó al cadáver y volvió a repetir aquellas palabras, el otro sacó algo de su zurrón, Brenn no alcanzaba a ver qué era y en un intento por acercarse para ver de cerca la escena, dio un paso en falso que provocó un inoportuno tropezón, Brenn cayó al suelo, boca abajo.
- Estoy muerto –pensó-.
Cuando se levantó dispuesto a salir corriendo vio que las figuras ya doblaban una esquina al fondo del callejón. Se habían asustado tanto como él al escuchar el ruido y habían salido corriendo.
Después de que desaparecieran, Brenn tardó un buen rato en salir del oscuro portal donde se había escondido. La calle seguía en silencio, nadie pasaba por allí, nadie había oído ni visto nada, y allí estaban él y el cadáver de aquella persona.
Se acercó al cadáver. Ya que casi le cuesta la vida, qué menos que ver la cara a aquel personaje.
- ¡Por los infiernos!- exclamó tapándose la boca a si mismo al escucharse-.
No pudo contenerse al ver a un hombre que había visto esa misma mañana en el banco donde trabajaba. Era un varón, humano, esbelto, de unos 30 años, con aspecto un tanto exótico, se notaba que era extranjero y con dinero, por la calidad de la tela y los bordados de su capa. Decía venir de Calim e hizo un ingreso en una caja de seguridad de unas cuantas piedras preciosas. Pero algo turbio había en su mirada, y estaba demasiado nervioso, Brenn pensó que era porque no se fiaba de él o del propio banco, que sería un tarado, un rico excéntrico recién llegado.
Poco tardó en imaginar cuál había sido el motivo de la inquietud del extranjero y la razón de aquel asesinato. Esas piedras bien podrían valer la vida de un hombre para algunas personas.
- Buscaban unas piedras, no el recibo de un ingreso –pensaba en voz baja mientras registraba los bolsillos de aquel tipo-.
Allí estaba, justo en el bolsillo interior donde lo guardó esa misma mañana, manchado de sangre, pero aún legible.
Vio junto al cadáver una bota de vino, eso no encajaba en la escena, no había visto que nadie bebiera nada en aquella escena, el extranjero no olía a vino ni a ningún tipo de bebida alcohólica, entonces recordó que hubo algo que uno de los asesinos sacó y no había podido distinguir en la oscuridad. Cogió la bota, la abrió y examinó el contenido. Aquello no era vino ¡era óleo!
Los asesinos debían de querer quemar el cadáver, Brenn no comprendía por qué o para qué, aunque eso era lo de menos. Vio ahí una nueva puerta que se abría ante él, una nueva oportunidad de cambiar su vida.
Quién sabe si estando sobrio se le hubiese ocurrido esa idea, pero a veces pasan estas cosas, a veces en la ebriedad se tienen este tipo de iluminaciones ¿verdad? Muchos artistas pueden dar fe de esto.
Brenn intercambió sus ropas con el extranjero, cuidando los pequeños detalles, le puso sus anillos y su colgante de plata; y acabó el trabajo de los asesinos prendiendo fuego al cadáver. Fue al banco esa misma noche, se coló con la inestimable ayuda de sus llaves y del guardia dormido en la recepción. Una vez en la sala de las cajas de seguridad, encontró la caja del extranjero y la vació. Para borrar todo rastro posible se deshizo de la copia del registro que él mismo había hecho esa mañana para el banco, y dejó la llave de la caja en su sitio.
- Como si nunca hubiera sucedido –pensó-.
Esa noche, con una sonrisa de oreja a oreja, una puñado de diamantes en el bolsillo y el amparo de la noche, Brenn dejó atrás su ciudad, su vida, su familia, su trabajo y hasta a él mismo.
Días y leguas más tarde, en un pueblo cercano, escuchó la noticia de su
terrible y misterioso asesinato, de cómo la vida de un prometedor joven de Aguasprofundas había sido sesgada sin motivo aparente y de cómo ni la generosa paga del banco donde trabajaba aquel acomodado joven podría consolar a la desdichada viuda que había dejado atrás. Esto último casi le atragantó de la risa.
Ahora sólo debía de decidir a dónde ir y en qué empeñar su pequeño tesoro.
Todo esto suena muy normal, si no fuese porque la habitación era de un burdel de Aguasprofundas, en el que la madre de Brenn y estas mujeres vivían y trabajaban.
Con semejante pedigrí, a igual que el hijo de un Noble Paladín de de Tyr tiene cierta predisposición a llevar cierto tipo de vida, Brenn, hizo lo propio viviendo una juventud llena de fiestas, delitos, malas compañías y peores costumbres; desde muy pequeño aprendió a vivir la vida aprovechando sus habilidades y las debilidades de los demás y a conseguir las cosas simplemente cogiéndolas.
Aunque un burdel no es el sitio más indicado para que un niño crezca, Brenn tuvo una buena infancia (más o menos) llena de alegría, una gran familia con sus “tías y tíos” que allí vivían y los “amigos” que todas las noches venían a disfrutar de la vida, la fiesta, el arte y un etcétera muy eufemístico. Eso era lo que le contaban a Brenn cuando era aún muy pequeño para entender nada sobre aquel sitio donde vivía.
Pero sí, así era aquel burdel; aparte de lo obvio, en ese lugar se podía conversar y se conversaba sobre cualquier cosa: política, arte, religión, filosofía, magia… antes de que las sustancias espirituosas tuviesen un efecto demasiado pronunciado sobre los que allí se reunían, claro.
Sobre estos comensales habituales se puede decir que allí se reunían las personas más importantes de la ciudad, banqueros, importantes cargos públicos, comerciantes locales y extranjeros… también había muchos bardos, escritores, pintores, escultores y todo tipo de artistas, o aspirantes a ello, que buscaban su inspiración entre las curvas de mujeres, hombres y/o botellas.
Serían destacables de aquel lugar sus espectáculos, en los que la dueña, la Dama Lyss de Villaluna, ponía un especial esfuerzo y dedicación, ya no como estrella, pues el paso de los años no perdona, pero sí como directora y maestra de las chicas y chicos que iban entrando en el negocio.
Brenn no tardó en crecer y espabilar, criado por el día en las calles y por la noche, en el burdel o el calabozo (demasiadas veces en éste último). Ninguna gran hazaña ni aventura hay que contar de esta época excepto, tal vez, la del día a día burlando a la guardia.
Pero su vida comenzó a cambiar cuando entabló amistad con Xernat, uno de los clientes habituales del burdel que, en cierto modo, le había visto crecer. Xernat le abrió una puerta que casi ningún chico de la calle podría llegar a esperar ver abierta; una oportunidad de cambiar de vida, ofreciéndole un trabajo como mensajero para el Banco de la ciudad, no era un gran trabajo, no era el gran sueño al que nadie aspira cuando es pequeño e imagina historias de dragones y espadas, pero claro, no pudo evitar pensar: “¿Un trabajo? ¿Dinero legal? ¿sin calabozos ni palizas?… no suena mal”.
Para alguien que no conocía ese estilo de vida eso era casi una “aventura”, a demás de una posibilidad de no acabar en algún sitio peor que en el calabozo (cosa bastante probable dada su trayectoria).
Así, Brenn empezó su nueva vida, un trabajo como mensajero y muchas posibilidades de ascenso, pues casi todos los dirigentes y altos cargos le conocían y sabían de dónde provenía; pero claro, no podían comentarlo, eso sería un compromiso “incomodo” para su imagen, incluyendo el hecho de que Brenn era un protegido de Villaluna y no convenía entrar en conflicto con esta mujer.
La transformación de Brenn fue completa, ascensos, dinero, cierto prestigio, casa... hasta una esposa. A los 21 años, Brenn Merthen -apellido que se inventó él mismo para no parecer un bastardo- era un señorito acomodado en la clase media alta, respetable y con grandes expectativas profesionales. De esto presumía ante sus compañeras la madre de Brenn que ahora corregentaba el Salón con la Dama Villaluna.
Aunque Brenn lo veía con otros ojos: una vida aburrida, haciendo todos los días lo mismo durante mucho tiempo, para llegar a casa y encontrar a la arpía avariciosa en la que su mujer se había convertido.
Tiara, una joven de buena familia, se había fijado en Brenn prácticamente desde el comienzo de su carrera profesional. Había escuchado cosas muy buenas sobre el protegido de Xernat, de su desparpajo para manejar a la gente y de cómo iba ganándose ascensos y favores tan rápido que había conseguido, en tan solo un par años, ponerse por encima del prometido que en ese momento Tiara tenía. Para semejante “caza talentos”, fue más que suficiente.
Así que poco tardó Brenn en volver al burdel, esta vez como cliente, junto con sus compañeros, jefes, colegas y clientes. Es decir con todos las personas de la ciudad que aborrecían su vida y podían permitirse el lujo de evadirse un rato.
¿Ésta iba a ser su historia? ¿Atado por las obligaciones de una vida que no le gustaba, con la única y patética ilusión de ascender un poco para trabajar menos, cobrar más e ir a divertirse de vez en cuando al burdel? Estas y otras muchas preguntas invadían a Brenn las noches que pasaba en el Salón de la Luna Oculta.
Ya fuese un momento de inspiración divina o etílica, aunque él prefiere pensar que fue el destino, Brenn eligió esa noche, esa precisa noche, para salir del burdel e ir a parar al preciso lugar en donde algo estaba pasando, algo que iba a darle alas para salir volando de allí.
Mientras deambulaba ebrio por las calles que le vieron crecer y recordaba su niñez llena de aventuras, delitos y despreocupaciones, se topó con aquello; era algo que en alguna que otra noche tan solitaria y oscura como esa ya había visto o hecho alguna vez en su adolescencia; 2 figuras encapuchadas armadas con hojas cortas y una tercera contra la pared del callejón. Brenn se escondió rápidamente tras unas cajas sin dejar de prestar atención a la escena.
Le vino a la memoria aquel tiempo en el que él era uno de los encapuchados que asustaba a algún despistado con una pequeña hoja de metal. Pero algo había de diferente en aquella escena, no parecía un atraco, observó con atención y sus sospechas se confirmaron cuando los susurros que se convirtieron en gritos ahogados, una aparente discusión que acabó con las espadas de los encapuchados cubiertas con la sangre de la tercera persona.
“Eso no es un robo habitual, ni lo han zarandeado ni lo han golpeado un poquito, ni siquiera le han pinchado para asustar, esos no se andan con tonterías” discurría Brenn, mientras los encapuchados registraban al cadáver. Se les escuchó decir algo en otro idioma que sonaba a maldición. Uno de ellos pateó al cadáver y volvió a repetir aquellas palabras, el otro sacó algo de su zurrón, Brenn no alcanzaba a ver qué era y en un intento por acercarse para ver de cerca la escena, dio un paso en falso que provocó un inoportuno tropezón, Brenn cayó al suelo, boca abajo.
- Estoy muerto –pensó-.
Cuando se levantó dispuesto a salir corriendo vio que las figuras ya doblaban una esquina al fondo del callejón. Se habían asustado tanto como él al escuchar el ruido y habían salido corriendo.
Después de que desaparecieran, Brenn tardó un buen rato en salir del oscuro portal donde se había escondido. La calle seguía en silencio, nadie pasaba por allí, nadie había oído ni visto nada, y allí estaban él y el cadáver de aquella persona.
Se acercó al cadáver. Ya que casi le cuesta la vida, qué menos que ver la cara a aquel personaje.
- ¡Por los infiernos!- exclamó tapándose la boca a si mismo al escucharse-.
No pudo contenerse al ver a un hombre que había visto esa misma mañana en el banco donde trabajaba. Era un varón, humano, esbelto, de unos 30 años, con aspecto un tanto exótico, se notaba que era extranjero y con dinero, por la calidad de la tela y los bordados de su capa. Decía venir de Calim e hizo un ingreso en una caja de seguridad de unas cuantas piedras preciosas. Pero algo turbio había en su mirada, y estaba demasiado nervioso, Brenn pensó que era porque no se fiaba de él o del propio banco, que sería un tarado, un rico excéntrico recién llegado.
Poco tardó en imaginar cuál había sido el motivo de la inquietud del extranjero y la razón de aquel asesinato. Esas piedras bien podrían valer la vida de un hombre para algunas personas.
- Buscaban unas piedras, no el recibo de un ingreso –pensaba en voz baja mientras registraba los bolsillos de aquel tipo-.
Allí estaba, justo en el bolsillo interior donde lo guardó esa misma mañana, manchado de sangre, pero aún legible.
Vio junto al cadáver una bota de vino, eso no encajaba en la escena, no había visto que nadie bebiera nada en aquella escena, el extranjero no olía a vino ni a ningún tipo de bebida alcohólica, entonces recordó que hubo algo que uno de los asesinos sacó y no había podido distinguir en la oscuridad. Cogió la bota, la abrió y examinó el contenido. Aquello no era vino ¡era óleo!
Los asesinos debían de querer quemar el cadáver, Brenn no comprendía por qué o para qué, aunque eso era lo de menos. Vio ahí una nueva puerta que se abría ante él, una nueva oportunidad de cambiar su vida.
Quién sabe si estando sobrio se le hubiese ocurrido esa idea, pero a veces pasan estas cosas, a veces en la ebriedad se tienen este tipo de iluminaciones ¿verdad? Muchos artistas pueden dar fe de esto.
Brenn intercambió sus ropas con el extranjero, cuidando los pequeños detalles, le puso sus anillos y su colgante de plata; y acabó el trabajo de los asesinos prendiendo fuego al cadáver. Fue al banco esa misma noche, se coló con la inestimable ayuda de sus llaves y del guardia dormido en la recepción. Una vez en la sala de las cajas de seguridad, encontró la caja del extranjero y la vació. Para borrar todo rastro posible se deshizo de la copia del registro que él mismo había hecho esa mañana para el banco, y dejó la llave de la caja en su sitio.
- Como si nunca hubiera sucedido –pensó-.
Esa noche, con una sonrisa de oreja a oreja, una puñado de diamantes en el bolsillo y el amparo de la noche, Brenn dejó atrás su ciudad, su vida, su familia, su trabajo y hasta a él mismo.
Días y leguas más tarde, en un pueblo cercano, escuchó la noticia de su
terrible y misterioso asesinato, de cómo la vida de un prometedor joven de Aguasprofundas había sido sesgada sin motivo aparente y de cómo ni la generosa paga del banco donde trabajaba aquel acomodado joven podría consolar a la desdichada viuda que había dejado atrás. Esto último casi le atragantó de la risa.
Ahora sólo debía de decidir a dónde ir y en qué empeñar su pequeño tesoro.
…Continuará.