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Caminando bajo la Luna

Sariel

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Caminando bajo la Luna

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A unos kilómetros de la bulliciosa Puerta de Baldur, en una modesta casa de campo rodeada de colinas, vivía Sariel Shade. Con sus no más de veinte años, su vida había sido tranquila, dividida entre la devoción a Selûne, que había aprendido de su madre, y las enseñanzas de su padre, un respetado herrero que también le había inculcado el arte del manejo de la espada.

Sariel había sido criada bajo la luz plateada de Selûne, pero también junto al calor del fuego de la forja de su padre. Él le había enseñado a trabajar el metal, a templar el acero y, lo más importante, a defenderse con una espada. Aunque su madre, una curandera devota de la Dama de la Luna, había cultivado su lado espiritual, su padre le había dado una conexión terrenal y práctica con el mundo. Sariel no solo conocía la fe, también conocía el acero.

Esa noche, como tantas otras, Sariel se encontraba sola en la colina detrás de su casa, contemplando la luna llena. Puerta de Baldur brillaba a lo lejos, con sus luces doradas en el horizonte, pero aquí, en las afueras, el silencio lo envolvía todo. La luz plateada de Selûne bañaba la tierra.

Desde pequeña, había sentido una profunda conexión con Selûne, la diosa que siempre la había reconfortado en sus momentos de duda. Cada vez que rezaba bajo la luna, la Dama de la Noche parecía responder, no con palabras, sino con una calma profunda, como si el propio cielo le sonriera. A medida que creció, esa conexión se hizo más fuerte, y en ocasiones, cuando rezaba con gran fervor, milagros pequeños ocurrían: una planta moribunda revivía, una herida sanaba más rápido de lo normal, o una sensación de paz invadía a quienes la rodeaban.

Pero esa noche, algo era distinto. Mientras cerraba los ojos en su oración, una sensación extraña la invadió, como un suave tirón en su pecho. No era una voz, pero algo en su interior la empujaba a mirar más allá de la vida tranquila que había conocido hasta ahora. Abrió los ojos lentamente y miró a la luna, buscando respuestas en el resplandor de Selûne.

El viento sopló, y un escalofrío recorrió su espalda. Algo la llamaba, una sensación lejana pero persistente. No era miedo lo que sentía, pero tampoco podía ignorar lo que la inquietaba.

Al regresar a casa, su madre estaba sentada junto al fuego, como de costumbre, ordenando hierbas y ungüentos. La mujer levantó la vista cuando Sariel entró y, al notar la expresión en el rostro de su hija, supo al instante que algo había cambiado.

—¿Sariel? —preguntó su madre, con su tono suave y lleno de amor, el mismo que siempre usaba cuando percibía una inquietud en su hija.

Sariel se detuvo un momento en la entrada, observando a la mujer que la había guiado toda su vida. Por un instante, sintió el deseo de quedarse allí, en la seguridad de su hogar. Pero la sensación de ser llamada a algo más era cada vez más fuerte.

—Madre... siento que algo me está llamando —dijo Sariel, con voz tranquila pero cargada de confusión—. No sé qué es, pero no puedo ignorarlo.

La madre de Sariel la miró con una mezcla de ternura y preocupación. Desde pequeña, había sabido que su hija era especial. Su conexión con Selûne era más profunda de lo que ella misma había experimentado jamás, y aunque siempre había querido que Sariel se quedara a su lado, sabía que la luna tenía otros planes para su hija.

—Selûne siempre nos guía, incluso cuando no comprendemos su propósito —dijo su madre, poniéndose en pie—. Desde niña, he visto cómo la Dama de la Luna te ha tocado, de una manera que no todos entienden. Sabía que este momento llegaría. —Se dirigió a un pequeño cofre de madera y sacó un amuleto de plata en forma de media luna—. Este amuleto ha estado en nuestra familia por generaciones. Llévalo contigo, hija. La luz de Selûne te protegerá, estés donde estés.

Sariel tomó el amuleto en sus manos, sintiendo el peso no solo del metal, sino del significado que representaba. La sensación de ser llamada aún persistía, pero ahora tenía la bendición de su madre para seguir adelante. Sin embargo, no era solo su madre quien había formado parte de su vida.

—Tu padre también sabía que este día llegaría —dijo su madre, esbozando una sonrisa melancólica—. Él te enseñó a forjar y a manejar la espada para cuando necesitaras defenderte. Sabía que tu vida no estaría limitada a la paz de este hogar. Y ahora, aunque no está aquí, lo que te enseñó será parte de tu viaje.

El recuerdo de su padre, con sus manos fuertes y su risa cálida, llenó el corazón de Sariel. A pesar de su devoción a Selûne, él siempre había querido que ella estuviera preparada para cualquier desafío. Desde pequeña, le había enseñado a sostener una espada, no solo como una herramienta, sino como una extensión de su fuerza y voluntad. Aunque nunca había tenido que usarla en combate, la práctica con su padre le había dado una seguridad que ahora agradecía.

—Madre... ¿a dónde debo ir? —preguntó Sariel, con el amuleto aún entre sus dedos.

—Al sur, hacia Amn —respondió su madre—. He oído hablar de la Abadía de Hydcont, en la ciudad de Imnescar. Allí, la Suma Sacerdotisa del lugar guía a aquellos que sienten el llamado de Selûne. Si la luna te llama, ese es el lugar donde encontrarás respuestas.

El miedo a lo desconocido la invadió por un momento, pero Sariel sabía que no podía ignorar el llamado de Selûne. Esa noche, preparó sus cosas en silencio. Con el amuleto de su madre y la espada que había forjado con su padre, se dispuso a partir al amanecer. Sabía que su camino no sería fácil, pero también sabía que no estaba sola. Llevaba consigo la bendición de su madre y la fuerza de su padre.

Cuando salió de casa al alba, con Puerta de Baldur a sus espaldas y el horizonte extendiéndose hacia el sur, la luna aún brillaba débilmente en el cielo. A medida que avanzaba, el amuleto de Selûne y la espada de su padre parecían resonar en armonía, recordándole que la luz de la diosa y el acero de su padre estarían siempre a su lado.
 
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Sariel

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Prueba de fe​

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El sol de mediodía brillaba sobre Sariel mientras avanzaba por los caminos polvorientos de Amn. Tras varios días de viaje, el cansancio empezaba a hacer mella en ella, pero su fe en Selûne la impulsaba a continuar. A lo largo del camino, había cruzado pequeños pueblos y hablado con diversos viajeros y aventureros que le habían dado indicaciones sobre cómo llegar a la ciudad de Imnescar y, específicamente, a la Abadía de Hydcont, el destino final de su búsqueda.

En una taberna de paso, Sariel se encontró con un grupo de mercenarios que le ofrecieron orientación. Uno de ellos, un hombre robusto llamado Garrik, le explicó que la Abadía se encontraba en las montañas al este de Imnescar,. Según Garrik, la abadía estaba protegida no solo por los sacerdotes de Selûne, sino también por las dificultades del terreno y diversos conjuros.

—Los caminos no son fáciles, pero si tu corazón está verdaderamente ligado a Selûne, la luz de la luna te guiará hasta allí, estoy seguro.—dijo Garrik, con un tono respetuoso al notar el símbolo de Selûne colgando del cuello de Sariel.

Sariel agradeció sus palabras y, tras despedirse del grupo, emprendió el camino hacia las este. Los días siguientes fueron solitarios, pero la joven clériga sentía que cada paso la acercaba más al destino que la diosa le había señalado. Con la espada de su padre al cinto y el amuleto de su madre descansando sobre su pecho, mantenía la mente fija en su propósito: llegar a la abadía y descubrir lo que Selûne tenía preparado para ella.

Finalmente, tras varias jornadas de viaje, los altos muros de la Abadía de Hydcont se alzaron ante ella, imponentes y cubiertos de musgo. Pero antes de acercarse, algo llamó su atención. Sentada sobre un tronco caído, cerca del camino que llevaba a la entrada de la abadía, había una mujer alta, de aspecto fuerte y sereno. Vestía una túnica sencilla, pero le rodeaba cierto de aura que transmitia paz a la joven.

Sariel, curiosa pero respetuosa, se acercó lentamente. La mujer levantó la vista y esbozó una sonrisa amable.

—No muchos llegan aquí sin un propósito claro —dijo la mujer con una voz profunda y suave—. ¿Qué te trae hasta la Abadía de Hydcont?

—Busco ingresar en el clero, pero no se con quien debería hablar o a quien debería buscar para ello. —respondió Sariel con algo de duda, aunque sin darse cuenta de que ya estaba ante quien debia—. He viajado desde Puerta de Baldur porque siento que Selûne me ha llamado a este lugar. Quiero servirla con todo mi ser, como llevo haciendo desde niña.

La mujer dejó escapar una leve risa, más de comprensión que de burla.

—Entonces has llegado al lugar correcto —respondió, poniéndose en pie. Era más alta de lo que Sariel esperaba, y su porte reflejaba una fuerza que iba más allá de lo físico—. Yo soy Selise, la Suma Sacerdotisa de esta abadía. Si es verdad lo que dices, y Selûne ha guiado tus pasos hasta aquí, hay mucho que aprender, y mucho que probar.

Sariel se quedó sin palabras por un momento. No esperaba que la Suma Sacerdotisa fuera tan... accesible. Selise no parecía la autoridad rígida y distante que había imaginado, sino más bien alguien con los pies firmemente plantados en la tierra, pero con la luna siempre brillando sobre su cabeza o eso pensaba ahora, pues en un futuro vería como la suma sacerdotisa tambien tenía sus momentos de "locura".

—¿Estás dispuesta a hacer lo que sea necesario para servir a la Dama de la Luna? —preguntó Selise, sus ojos brillando con una "luz" especial.

Sariel asintió sin dudar.

—Estoy lista —respondió con firmeza—. He dedicado mi vida a Selûne y estoy preparada para demostrar mi devoción.

Selise sonrió, satisfecha por la respuesta.

—Entonces, como es tradición para todos los que buscan unirse a nuestro clero, deberás pasar una prueba. La prueba de fe. En las montañas cercanas hay una cueva donde los cultistas de Shar, la eterna enemiga de nuestra diosa, han estado actuando en la oscuridad. Ellos buscan debilitar nuestra influencia y mancillar la luz de Selûne, además, se comenta que han raptado a varias compañeras de fe. Tu prueba será entrar en esa cueva junto a un grupo de aventureros y tratar de devolverlas a la luz, en caso que la que la oscuridad este tan arraígada en ellos que no puedas salvarlos, deberas erradicar su presencia. Solo cuando superes este desafío, serás aceptada como sacerdotisa de nuestra orden.

Sariel sintió que su corazón latía con fuerza, pero no de miedo, sino de una mezcla de emoción y responsabilidad. Sabía que la oscuridad de Shar era poderosa, pero su fe en Selûne la guiaría.

—No estarás sola —continuó Selise—. El grupo que te acompañará está compuesto por personas de gran habilidad. Aunque la prueba es tuya, ellos estarán allí para apoyarte, además llevaras esto contigo. — Selise rebusco en una pequeña bolsa de su cinto y tendio una collar a Sariel—. Ten te ilúminara allí donde la luz común no pueda llegar.

A los pocos días, Selise presentó a Sariel al grupo de aventureros que serían sus compañeros en la misión. Primero conoció a Elrid, un guerrero alto y corpulento que la saludó con un asentimiento serio, seguido de Erin, una espadachina elfa, ágil y de mirada astuta que ya había combatido junto a la Abadía en otras ocasiones aparentemente. Luego estaban los magos, Misog y Rick, dos arcanos que contrastaban entre sí: mientras Misog era meticuloso y aprentaba ser sabio, Rick parecía más jovial, hablador y distendido.

Además, estaba Baldrak, un paladín enano consagrado a Bahamut que portaba un enorme escudo y armadura, cuya devoción a la justicia lo hacía implacable en combate. Rhaelin, un caballero de porte noble, que inspiraba respeto a simple vista, y finalmente, Claire, otra clériga la cual Sariel no llego a concoer a quien profesaba devoción, pero por lo que comento se especializaba en la sanación.

—No te preocupes, Sariel. Todos pasamos por esta prueba en su momento. La luz de la Dama de la Luna estará contigo —le dijo Selise, colocando una mano suave sobre su hombro.

El grupo partió al día siguiente, adentrándose en las montañas que rodeaban la abadía. Tras varias horas de caminata, llegaron a la entrada de la cueva donde los cultistas de Shar se escondían. La oscuridad parecía emanar de la misma roca, como si la sombra de la diosa rival estuviera viva en ese lugar.

—Aquí es donde comienza tu prueba —dijo Rhaelin, desenfundando su espada—. Vamos a enfrentar a la oscuridad, pero la verdadera victoria será tuya, Sariel.

Sariel respiró hondo, tomando el amuleto de Selûne entre sus dedos. Sabía que esta prueba no solo era física, sino espiritual. Mientras el grupo se adentraba en la cueva, su corazón latía con fuerza, pero su fe permanecía inquebrantable.

Dentro de la cueva, los cultistas esperaban y tras pasar por varias trampas y caminos interminables y laberinticos se encontraron con los cultistas, los cuales rezaban en circulo en un altar dedicado a la dama de la perdida. Sariel quiso entablar conversación, ilúminarlos, devolverles a la luz, pero nada más fue a abrir la boca, como si estuviesen poseidos por la propia oscuridad, los cultitos se abalanzaron sin miramientos sobre el grupo. Las primeras embestidas fueron intensas, pero con la coordinación del grupo, lograron repeler los ataques iniciales. Sariel invocó los poderes de Selûne para curar a sus compañeros cuando fue necesario ya que se vio completamente superada a nivel marcial, y su espada, aunque no tan hábil como la de Erin o Elrid, encontró su propósito protegiendo a aquellos a su alrededor como buenamente pudo.

A medida que avanzaban, los desafíos se volvían más duros. Los cultistas de Shar empleaban magia oscura, trampas y criaturas corruptas, pero con la ayuda del grupo y la guía de Selûne, el grupo se mantuvo firme. Cada paso que daban dentro de la cueva la acercaba más a la prueba final.

Finalmente, abatiendo a cuantos enemigos se alzaban contra ellos pudieron visualizar a quien aprecia líderar aquel grupúsculo, una sacerdotisa los esperaba, rodeada de sombras. Fue una batalla feroz, pero la luz de Selûne brilló a través del grupo, el trabajo en equipo y al experiencia convirtieron en victoria lo que hubiese sido la muerte para una solitaria Sariel y sus compañeros. Con un último esfuerzo conjunto, derrotaron al líder y purificaron la cueva de aquel mal.

Al regresar a la abadía, exhaustos pero victoriosos, Selise los esperaba. Al ver a Sariel, la Suma Sacerdotisa sonrió.

—Has superado la prueba, Sariel. Selûne está complacida con tu devoción y tu valor. A partir de hoy, eres una sacerdotisa de la Abadía de Hydcont, y la luz de la Dama de la Luna brillará siempre en tu corazón.

Sariel se inclinó ante Selise, con una sonrisa de eterna gratitud y alivio en sus ojos, mientras la Suma Sacerdotisa colocaba una mano sobre su cabeza en señal de bendición.

Había completado su prueba, y ahora, su camino como sacerdotisa de Selûne había comenzado.
 

Sariel

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Sacerdotisa al fin​

La luna llena se alzaba majestuosa sobre la Abadía de Hydcont, bañando sus paredes blancas con una luz etérea que parecía resonar en cada rincón. Sariel, ahora sacerdotisa de Selûne, se encontraba al borde de uno de los momentos más importantes de su vida. Su prueba de fe había concluido con éxito, pero aún debía completar el último paso de su camino: la ceremonia que formalizaría su devoción ante la única a quien debía respeto absoluto, la Dama de la Luna.

La Suma Sacerdotisa Selise había preparado cuidadosamente cada detalle del ritual. Aunque Sariel desconocía las especificidades de la ceremonia, sabía que sería realizada bajo el manto protector de la luna llena, el símbolo más sagrado para los Selunitas. La expectación crecía en su interior, mezclada con un nerviosismo creciente que le era difícil de ignorar.

Selise le encomendó la tarea de recibir a los invitados, un gesto que mostraba la confianza que la Suma Sacerdotisa tenía en ella. Sariel observó cómo varios aventureros llegaban, muchos de ellos aquellos mismos compañeros que la habían acompañado en su prueba de fe. Rhalein y Erin, con quienes había luchado codo a codo, la saludaron con una inclinación respetuosa, mientras que Rick, siempre animado, le guiñó un ojo en señal de ánimo. Misog, formalmente vestido cosa extraña en él, le dedicó una mirada aprobatoria.

Entre los invitados también se encontraban varios ciudadanos de Imnescar, que, sin otro entretenimiento en la noche, consideraban el evento una excusa perfecta para disfrutar de algo único y diferente. Sariel notaba que, aunque no entendían plenamente el significado de la ceremonia, respetaban la solemnidad del momento.

Mientras los invitados entraban y se acomodaban en los bancos de la gran sala, Sariel se quedó para ser la última en entrar. Con su pesada armadura y el símbolo de Selûne en el pecho, respiró hondo. Sabía que este era el último tramo de su viaje como aprendiz. Se dirigió a la gran puerta de madera y acero que la separaba del interior de la abadía. Los arcos de mármol, iluminados por la luz de la luna, parecían infinitos mientras caminaba por el largo pasillo que la llevaría al altar.

Los caballeros de la orden, firmes y en parejas a cada lado del camino, inclinaban ligeramente la cabeza al paso de la joven sacerdotisa. Aunque Sariel intentaba mostrarse seria y serena, su interior era un torbellino de emociones. Sentía el peso de cada paso, consciente de que los ojos de todos estaban puestos en ella. A medida que avanzaba, su corazón palpitaba con más fuerza.

Cuando finalmente vio a la Suma Sacerdotisa Selise al final del pasillo, junto al altar de mármol, su nerviosismo se intensificó. Las piernas comenzaron a temblarle, y una fina capa de sudor cubrió su frente. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención y tampoco disfrutaba de ello, la solemnidad del momento la abrumaba. Los invitados se sentaban a los lados, observando en respetuoso silencio, mientras los caballeros formaban una fila imponente alrededor del altar. Entre ellos, Sariel notó a Rhalein, el caballero con quien había compartido momentos de camaradería y que, sin que ella se diera cuenta, se había convertido en una figura importante para ella. Él la miraba con una sonrisa discreta, dándole ánimos.

La ceremonia comenzó. Selise dirigió las palabras iniciales, hablando sobre la importancia de la fe y el compromiso con la diosa, y cómo cada sacerdotisa era un faro de luz en la oscuridad. La voz de la Suma Sacerdotisa resonaba en la gran sala, imbuida de autoridad y calma, como si fuera un eco del mismo poder de Selûne.

Sariel, aún nerviosa, mantuvo la compostura mientras Selise la guiaba a lo largo de los rituales. Todo transcurría con fluidez, hasta que llegó el momento más importante: tomar sus votos para con la diosa. Sariel se posicionó ante el altar, con las manos juntas y la mirada alzada hacia el cielo, visible a través de un gran ventanal del techo por el cual la luz de la luna entraba como una bendición directa de Selûne desde el cielo.

Fue en ese instante, mientras Sariel pronunciaba sus votos, que algo cambió. Una sensación indescriptible la invadió. El aire en la sala pareció hacerse más denso, como si el mismo poder de Selûne descendiera sobre ella. El corazón de Sariel se aceleró, y de repente, sintió que las fuerzas la abandonaban. Era como si el peso de la devoción, la conexión con su diosa, la hubiera sobrecogido por completo.

Incapaz de sostenerse, Sariel desfalleció. Sus piernas cedieron, y todo a su alrededor se volvió oscuro. El último sonido que escuchó antes de perder la conciencia fue un murmullo de la suma sacerdotisa que no lleog a entender dirigido a Rhalein entre los presentes.

Cuando volvió en sí, lo primero que sintió fue un calor reconfortante. Al abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba en brazos de Rhalein, quien había corrido hacia ella antes de que su cuerpo golpeara el suelo. El caballero la sostenía con firmeza pero suavidad, protegiéndola. Sariel sintió cómo la Suma Sacerdotisa Selise rociaba agua bendita sobre su frente, y al contacto con el líquido sagrado, algo profundo en su interior despertó.

Era una sensación que nunca antes había experimentado. Una conexión pura, directa, como si la luz de Selûne la atravesara, llenándola de una paz y plenitud indescriptibles. Se sentía completa, como si todo lo que había hecho hasta ese momento la hubiera llevado a este instante. En su mente, agradeció silenciosamente a su madre, recordando cómo siempre la había apoyado en este camino. Ahora, con esa sensación de plenitud, comprendía que estaba exactamente donde debía estar.

Con cuidado, Rhalein la ayudó a ponerse en pie, y Sariel, aunque algo débil, sonrió agradecida. Selise observaba la escena con una mezcla de orgullo y comprensión.

—Tu conexión con Selûne es tan fuerte como imaginaba —dijo la Suma Sacerdotisa con una sonrisa serena—. Esto es un claro signo de que la Dama de la Luna te ha acogido plenamente en su gracia.

Los invitados observaban en silencio, algunos murmurando entre ellos, impresionados por lo que acababan de presenciar. La ceremonia había llegado a su culminación, y con ello, Sariel fue formalmente nombrada como sacerdotisa de la Abadía de Hydcont.

Con una sonrisa tranquila y una nueva claridad en su corazón, Sariel sabía que su destino estaba más claro que nunca. A partir de ese día, seguiría los pasos de sus hermanas en la fe, sirviendo a Selûne con todo su ser, y guiando a otros hacia la luz de la luna, como muchas habían hecho antes y muchas más harían después.

La luna llena brillaba intensamente sobre ella, y por primera vez, Sariel sintió que su vida estaba exactamente donde debía estar.


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Cuatro años han pasado​

Después de ser nombrada sacerdotisa de Selûne a los 18 años por la suma sacerdotisa Selise en la Abadía de Hydcont, Sariel Shade comenzó un camino de aprendizaje y servicio, pero también de lucha. Aunque la abadía era un lugar de paz, Selûne era una diosa de protección y enfrentamiento contra las sombras, lo que implicaba que la vida de Sariel no solo sería devoción silenciosa.

Durante esos cuatro años, Sariel asumió tareas espirituales, pero también se entrenó para defender la luz de la luna contra las fuerzas de Shar, las bestias que asaltaban los caminos o incluso grupos de lobos y osos que acosaban a los granjeros de Imnescar. Selise le advirtió desde el principio que, como sacerdotisa de Selûne, no solo debía guiar a los fieles, sino también estar preparada para protegerlos cuando fuera necesario. Aunque su vida cotidiana estaba marcada por la calma de la abadía —guiando rituales, ofreciendo consuelo a los peregrinos y atendiendo las necesidades de la comunidad—, Sariel también fue entrenada en el uso de sus armas y dotes sagradas.

A lo largo de esos años, hubo momentos en los que la oscuridad trató de infiltrarse en la abadía o sus alrededores. Criaturas de la noche, emisarios de Shar, llegaban en busca de corromper los lugares de devoción a la luna. Sariel, junto a otras sacerdotisas, participó en pequeñas pero significativas escaramuzas para proteger la sagrada luz de Selûne. Estas batallas no fueron grandiosas ni épicas, pero sí intensas, poniendo a prueba tanto sus habilidades como su fe, haciendo que la propia joven sacerdotisa se diese cuenta de sus pequeños pero constantes progresos.

Uno de los enfrentamientos más importantes para Sariel ocurrió durante su segundo año como sacerdotisa, cuando un grupo de cultistas trató de profanar un antiguo altar de Selûne en un bosque cercano. Sariel, junto a dos compañeras, fue enviada por Selise a restaurar el santuario. Lo que debía haber sido una tarea de purificación ritual se convirtió en una emboscada cuando las sombras emergieron del suelo, tomando forma en criaturas espectrales. Aunque Sariel no estaba acostumbrada a situaciones así, el entrenamiento recibido le permitió luchar, protegiendo a sus compañeras mientras invocaba la protección de Selûne a través de oraciones y bendiciones. Aquel encuentro fue breve, pero le enseñó a Sariel que su papel como sacerdotisa implicaba enfrentar la oscuridad de manera activa y no solo en la seguridad de un templo, siempre había sido una joven activa pero ahora tenia claro que su futuro no estaba en la predicación o los libros, combatiria el mal allí donde este tomase forma y lo exterminaria cuantas veces fuese necesario.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, Sariel vivió una vida tranquila, enfocada en el crecimiento espiritual y en servir a los demás. Participaba en los rituales de luna llena, donde las devociones a Selûne guiaban a los fieles a través de ciclos de renovación y paz. También se dedicaba al estudio de los textos sagrados y aprendió a curar heridas tanto del cuerpo como del espíritu, siendo una figura central para la comunidad cercana. Sus días eran simples pero plenos, y en la monotonía encontraba la fortaleza para los momentos en los que las sombras volvían a amenazar.

Sin embargo, aunque esos enfrentamientos contra fuerzas oscuras no fueran continuos, siempre había una tensión latente en su vida. Selise le recordaba a menudo que el papel de una sacerdotisa de Selûne era estar siempre vigilante, ya que la oscuridad acechaba en los rincones más inesperados. Sariel aprendió que no siempre se trataba de desenvainar una espada, sino de mantener el equilibrio entre la paz y la preparación para la batalla. A veces, su misión consistía en ser una guía espiritual, otras veces en ser una guerrera ferviente.

Durante esos cuatro años, Sariel creció como persona y como sacerdotisa. Ya no era la joven que anhelaba un destino glorioso; en su lugar, se convirtió en una mujer que entendía el verdadero significado del servicio y el sacrificio. No necesitaba grandes gestas para sentirse conectada con Selûne, pero sabía que cuando llegaba el momento de luchar, debía hacerlo con determinación, protegiendo lo que era sagrado y bueno, seguia siendo joven pero ya no era una niña.

Al final del periodo, cuando Sariel alcanzó los 22 años, había encontrado un equilibrio entre su vida espiritual y su deber como protectora. Aunque sus enfrentamientos con la oscuridad fueron esporádicos, cada uno de ellos la preparó para los desafíos mayores que estaban por venir. Había aprendido a aceptar las fases de su vida, como las fases de la luna, sabiendo que tanto la luz como la sombra eran parte de su destino y que de ser capaz no solo exterminaria cuanta sombra alcanzase la hoja de su espada, si no que que iluminaria la vida de aquellos que habian caído en la oscuridad o se debatian entre los grises que muchas veces ofrecia este mundo.
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Errar es aprender​

Sariel avanzaba por las calles de Murann, su armadura plateada brillando bajo la luz del sol, mientras las suaves telas azules que la envolvían ondeaban con cada paso. Sobre su pecho, el símbolo de Selûne -los ojos de una mujer rodeados de estrellas- dejaba clara su devoción. A medida que caminaba entre los comerciantes y marineros del puerto, los murmullos y cuchicheos no tardaron en aparecer, las miradas se clavaban en la sacerdotisa mientras algún grito e improperio se podia escuchar a veces, el cual era ignorado por ella. La mayoría la observaba con curiosidad, mientras otros desviaban la mirada con incomodidad. Era inusual ver a una sacerdotisa de Selûne en una ciudad donde la fe en la diosa había decaído, y mucho más extraño era ver a alguien que portara tan claramente sus insignias.

Aunque estaba acostumbrada a las miradas, había algo más inquietante en el ambiente ese día. Mientras recorría las bulliciosas calles, una sensación de ser observada con una intensa oscuridad comenzó a formarse en su mente. Las sombras a su alrededor parecían moverse de manera extraña, alargándose entre los callejones, y una presencia invisible la seguía a cada paso. Sariel sintió que algo, o alguien, la acechaba, pero no podía ver claramente qué era.

Decidió cambiar su rumbo, guiada por un instinto agudo que había desarrollado en su vida como sacerdotisa. Se dirigió hacia el antiguo Templo de Selûne en el puerto, un lugar que, aunque en ruinas, seguía siendo sagrado. El templo había sido olvidado por la mayoría, pero para Sariel seguía siendo un refugio en medio de la creciente sensación de peligro. Mientras avanzaba, las calles se hacían más solitarias y las sombras más densas, como si la oscuridad misma la siguiera.

Al llegar, el antiguo templo se alzaba solitario frente al mar. Las olas rompían suavemente contra los muelles cercanos, pero el aire era frío, cargado de una opresión que no pertenecía al lugar. El altar, aunque desgastado, permanecía firme en el centro de la sala derruida. Sariel avanzó hasta él, arrodillándose en silencio, y comenzó a recitar una oración a Selûne, buscando en su diosa guía y fortaleza.
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Sin embargo, esa paz fue pronto interrumpida. Voces bajas y risas burlonas resonaron desde las sombras que se acumulaban en las esquinas del templo. Al alzar la vista, Sariel vio figuras encapuchadas que surgían de la oscuridad, rodeándola con paso lento pero decidido. Eran seguidores de Bhaal, el dios del asesinato, cuyas túnicas negras y símbolos oscuros dejaban claro su propósito. La atmósfera se volvió aún más densa, y la maldad que emanaba de ellos era innegable.

Uno de los cultistas, el líder, se adelantó. “¿Qué hace una sacerdotisa de la luna en este lugar abandonado? Aquí solo quedan ruinas y muerte para los tuyos ¿No ves el estado del templo?.”

Sariel lo miró fijamente, sus ojos brillaban algo temerosa pero trata de mantenerse serena. "Selûne nunca abandona a sus hijos, ni siquiera a los que han perdido el camino. Aún tienen la oportunidad de regresar a la luz, abrazad a Selûne y abandonad esta vida, os acogeremos en la abadía para que vuestra vida pueda tener un proposito bueno y fiel."


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Los cultistas estallaron en carcajadas, claramente despreciando sus palabras. "¿Regresar a la luz? ¡Preferimos las sombras! Aquí encontrarás solo oscuridad, sacerdotisa."

Con una señal, el líder ordenó el ataque. Los cultistas se abalanzaron sobre Sariel, y aunque ella luchó con todas sus fuerzas, invocando las bendiciones de Selûne, estaban en superioridad numérica. A pesar de sus esfuerzos por defenderse, los golpes comenzaron a superarla, debilitándola más y más, las flechas llovian en distintas direcciones, frenandose algunas de ellas contra el escudo de la selûnita, otras directamente eran desviadas por el acero de su armadura pero la cantidad de las mismas logro hacer que varias de ellas se clavasen firmamente en su carne, lo que la hizo proferir quejidos de dolor. Finalmente, cayó al suelo, sus fuerzas agotadas, mientras rozaba el perder la conciencia mientras teñia el agua que inundaba el templo de rojo. Los cultistas, implacables, la arrastraron hacia el altar de Selûne, dejando manchas de sangre sobre las piedras que antaño fueron sagradas, tendida en el altar los gritos de júbilo y las risas llenaban el lugar.


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Colocaron su cuerpo malherido sobre el altar, y el líder de los cultistas desenvainó una daga ceremonial, dispuesto a sacrificarla allí, en el mismo lugar dedicado a la diosa que ella servía. Con la visión borrosa y el dolor entumeciendo sus sentidos, Sariel apenas podía moverse. Sabía que estaba al borde de la muerte, y aunque su cuerpo no respondía, su mente se aferró a su fe en Selûne. Con las últimas fuerzas que le quedaban, susurró una plegaria de escape, concentrándose en los llanos fuera de la ciudad.

Justo cuando el acero de la daga descendía, un destello plateado envolvió a Sariel. Desapareció del altar en un instante, teleportándose a un lugar lejano y seguro, antes de que el golpe final la alcanzara. Caída sobre la hierba de los llanos, herida pero aún viva, respiró con dificultad, agradeciendo en silencio a Selûne por el pequeño milagro que había permitido su escape, aunque apenas quedara en pie. Sabía que su lucha no había terminado, pero la luz de su diosa aún brillaba dentro de ella y eso había despertado algo en su interior, la decisión que tanto tiempo habia meditado, ese templo debería volver a las manos de Selûne y lo haría, aunque la vida de la sacerdotisa fuese el precio.
 
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Sariel

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Bendiciones a la Piedra​

Sariel pasó varios días recuperándose tras su dramático escape. Fue encontrada por un grupo de aventureros mientras vagaba por los llanos, apenas consciente y con las heridas aún abiertas. Entre ellos, Zentakord, un druida de corazón amable, la ayudó con sus remedios naturales, aplicando ungüentos y hierbas curativas que aceleraron su sanación física. Pero fue Zilvra, una drow devota de Eilistraee y amiga cercana para Sariel, quien jugó un papel crucial. Con su magia divina, cerró las heridas más graves y trajo alivio a su dolor.

A pesar de la sanación física, la inquietud que carcomía el espíritu de Sariel no desapareció. Ni los consejos de Misog, o incluso la larga y extensa charla que Selise le habia dado, ni las palabras de aliento de Zilvra lograron calmar la tormenta que sentía dentro. Las pesadillas la acosaban noche tras noche, las mismas escenas repetidas: el altar profanado, los cultistas de Bhaal, las risas crueles. Era como si una parte de ella estuviera rota, como si algo esencial no pudiera sanar hasta que regresara al lugar donde había estado al borde de la muerte.

No pudo ignorar lo que sentía. El simple hecho de estar viva después de aquella experiencia le pesaba como un desafío sin resolver. "No se trata mi se trata de ella, debo cuidar de lo que es suyo. Mi deber como sacerdotisa de Selûne va más allá de sobrevivir. Ese lugar... el altar... fue profanado. No puedo dejarlo así." musitó para si misma.

Sariel asintió un par de veces y movio su naricilla a los lados un par de veces un gesto ya habitual en ella, volvería, pero esta vez no sría tan ilusa ni inocente.

Pocos días después, ya recuperada físicamente, tomó la decisión. Se preparó para regresar al templo donde casi había encontrado la muerte. Lo haría sola, de nuevo, pero esta vez no sería tan ilusa, dejo su capa a un lado y descolgo de su cuello aquel collar de palta en forma de luna que su madre le había regalado, lo beso con suavidad y lo dejo en la mesa de su habitación. No podía poner en peligro a sus amigos ni pedirles que la acompañaran en lo que sabía era una misión personal, una batalla que debía enfrentar por sí misma, aunque algunos de sus compañeros fuesen igual o tan atrevidos como ella nunca se perdonaria si algo les ocurriese por su culpa.

Al anochecer, Sariel dejó el templo, mientras los aventureros descansaban. Caminó en silencio, con la luna guiándola desde lo alto, sabiendo que estaba destinada a cerrar ese capítulo.

Sariel emprendió su viaje de regreso a Murann al amanecer, sintiendo la brisa fresca sobre su rostro mientras caminaba hacia el puerto de la ciudad.

Al llegar al puerto, abordó un pequeño barco mercante que se dirigía a Murann. El viaje por mar fue breve, pero cada minuto en el barco parecía alargar la espera. Las olas rompían suavemente contra el casco, pero en su interior, Sariel sentía una tempestad de emociones. Aunque el aire salado del mar la reconfortaba, sabía que el verdadero desafío la esperaba al llegar a la ciudad. Su mirada se perdió en la distancia, mientras el puerto de Murann comenzaba a definirse en el horizonte.

Al desembarcar, las calles de Murann parecían más sombrías que la última vez. Los mismos cuchicheos la rodeaban cuando caminaba entre la gente, pero esta vez eran de acusación, si no de curiosidad, la sacerodtisa no llevaba ningún simbolo que pudiese identificarla como selûnita y eso la ayudo evidentemente a pasar más desapercibida. No se detuvo, avanzando con paso firme hacia el templo que había sido escenario de su casi muerte.

El antiguo templo de Selûne la recibió con el mismo aire de abandono y decadencia. Las piedras agrietadas y las vigas caídas no habían cambiado, pero algo en el ambiente se sentía distinto. Las sombras que antes la acechaban parecían haberse desvanecido, al menos por el momento. La sacerdotisa entró en la sala principal, donde el altar de su diosa permanecía en silencio, aún marcado por la sangre de aquella batalla.

Sariel se arrodilló ante el altar. Sacó un pequeño cuenco de plata y una botella con agua consagrada que había traído con ella. Vertió el agua sobre las piedras, lentamente, dejando que el líquido purificara el lugar donde los cultistas de Bhaal habían intentado sacrificarla. Mientras lo hacía, recitaba una oración suave a Selûne.

"Cierro este ciclo bajo la luz de la Dama Plateada. Que la sombra que aquí ha crecido se disuelva ante su gracia. Bendigo este altar en su nombre, para que la luz vuelva a brillar en las ruinas. Que sus hijos nunca sean abandonados, ni en la oscuridad más profunda." Comenzo a decir aunque el ritual fue más extenso que eso.

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La ceremonia fue íntima, personal. Cada palabra que pronunciaba llevaba el peso de su fe y su propia lucha. Sariel cerró los ojos y sintió cómo la energía de Selûne fluía a través de ella, reconectándola con la paz y la protección de su diosa. El aire en el templo se volvió más liviano, más limpio, como si la presencia oscura que una vez habitó allí hubiera sido purgada.

Sariel se quedó un momento en silencio, dejando que la calma de la bendición la envolviera. Por primera vez desde el ataque, sentía que había cerrado una herida profunda, no solo en su cuerpo, sino también en su espíritu.

Tras esto se puso en pie, llena de paz y una sonrisa de oreja a oreja, todo había salido a pedir de Sariel al menos por esa vez, el templo volveria a ser saqueado y corrompido seguramente pero al menos ahora ella estaba en paz.
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Sariel

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Pérdida, dolor y venganza​
separador-luna.pngSariel estaba fuera de la taberna “La Luz del Alandor” cuando un presentimiento oscuro la recorrió. Un nudo en el estómago y un sudor frío empezaron a dominarla, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir. Instintivamente, llevó la mano al colgante de Selûne que colgaba de su cuello y lo apretó, buscando un consuelo que esta vez no llegaba. Todo en su interior le decía que algo iba terriblemente mal, aunque no sabía qué.

Pasaron algunas horas, y el aire alrededor de Sariel parecía hacerse cada vez más denso. Finalmente, en medio del silencio de la noche, escuchó pasos apresurados y levantó la mirada, viendo a sus amigos Zilvra y Eothain acercarse. La visión la golpeó como un puñetazo: ambos estaban cubiertos de sangre, con las expresiones desencajadas y el rostro pálido. Todo a su alrededor se congeló cuando ellos se detuvieron frente a ella, incapaces de encontrar las palabras para lo que debían decirle.

Fue Eothain quien rompió el silencio, su voz áspera y rota. "Erin... ha muerto. Fue en combate… no pudimos hacer más Sariel..."

El aire se escapó de los pulmones de Sariel. No quería creerlo, no podía. Erin, la joven semielfa que no hacía mucho había sido nombrada caballero de Selûne por ella y la suma sacerdotisa Selise, la amiga que había compartido tantas aventuras, alegrías y charlas ahora no estaba. Murmuró un "no puede ser" en voz baja, sin poder procesar la crueldad de esa noticia.

Zilvra, con las manos temblorosas y el rostro lleno de lágrimas, intentó hablar. "Fue horrible, Sariel… Cuando los sectarios nos vencieron, quisieron un sacrificio… y eligieron a Erin.” Su voz se quebró. “Ni siquiera tuvo tiempo de defenderse. La… la golpearon, un solo mazazo en la cabeza. Cayó… de inmediato.”

Sariel sintió una mezcla de horror y dolor incontrolables. No había palabras que pudieran expresar lo que pasaba por su mente al imaginar aquella escena. La imagen de Erin, su amiga, caída en un acto tan brutal, era demasiado. Cerró los ojos un momento, como si al hacerlo pudiera escapar de aquella realidad imposible, debía ser falso, no podia ser real.

Zilvra, incapaz de sostenerse, casi cayó de rodillas frente a Sariel, las lágrimas recorriendo sus mejillas. "No sé cómo podremos seguir adelante sin ella, Sariel. No puedo… simplemente no puedo…"

Sariel la tomó por los hombros, sosteniéndola en silencio mientras sentía el propio peso del dolor aplastarla. Solo salió de ella abrazar a la drow y acariciar su pelo en un torpe intento de consolarla mientras sus ojos se posaban en el enorme caballero rubio a su lado, como si buscase que le dijese que todo era broma, un muy pesada broma que haría a la sacerdotisa regañar a ambos durante horas, pero dentro de ella sabía que era real, todo lo que había sentido era tan real como que el fuego quemaba y el frío congelaba.

Eothain asintió con gravedad, su mirada fija en el cielo. "No pudimos hacer nada, les dije que no debiamos entrar, se lo dije Sariel, se lo dije..."

Sariel, miraba a Zilvra y a Eothain, quienes apenas podían sostenerse tras lo ocurrido. Sintió su propio corazón desgarrado, el dolor era casi insoportable. Pero, al ver a sus amigos rotos, algo en ella cambió. Apretó el colgante de Selûne en su pecho, invocando una fortaleza que ni siquiera sabía si tenía.

Lili estaba en el lugar, era una gran amiga de Erin y la noticioa simplemente la dejo en shock, la humana estaba paralizada, incrédula.

"Tenemos que… seguir adelante," dijo en voz baja la sacerdotisa, más para sí misma que para ellos, mientras una extraña calma la cubría como un manto. Alzó la vista y miró a Eothain, quien aún se tambaleaba, su rostro pálido y su expresión llena de confusión y dolor.

Zilvra la miró, sus ojos llenos de lágrimas y desesperación, y Sariel supo que tenía que sostenerla, así como debía sostener también a Eothain. Si ellos estaban rotos, ella debía mantenerse en pie, debía ser el pilar. Ajustándose el manto, se acercó a ellos y los abrazó con firmeza, proyectando una paz que ella misma no sentía, pero que sabía que ellos necesitaban.

“No dejaremos que su sacrificio sea en vano,” susurró, con una fuerza que parecía venir de lo más profundo de su ser. “Debemos ir al templo, será duro, pero debeis contarnos todo para que podamos saber como proceder" y así caminaron, Eothain, Zilvra, Lili y Sariel, rumbo al templo de Selûne.

Sariel, Zilvra, Eothain y Lili salieron juntos del templo, con el peso de la pérdida de Erin aún fresco en cada paso. Lili caminaba junto a ellos, su mirada perdida y su rostro demacrado; la tristeza en ella era palpable, y parecía casi incapaz de sostenerse. Nadie hablaba, el silencio entre ellos estaba lleno del dolor compartido, y el simple hecho de caminar juntos era todo el consuelo que podían ofrecerse.

Al llegar a un pequeño campamento a la orilla del sendero, vieron a Lythana, la drow y vieja amiga de Erin, quien al reconocerlos levantó la vista con una media sonrisa.

“Vaya, parece que todos estamos listos para una noche de historias tristes, ¿eh?” comentó, intentando aliviar la atmósfera. “Vamos, no os pongáis tan serios, solo es una broma".

La burla en su tono causó un momento de incomodidad. Zilvra y Lili intercambiaron una mirada, notando la forma en que Lythana parecía intentar tomar todo como una broma, pero cuando Lythana los vio en silencio, su expresión comenzó a oscurecerse, Zilvra narro a su compañera de raza lo ocurrido y Lythana simplemente incredula observo al grupo haciendo alusión a que debería ser una broma, que no podía ser cierto, Erin era la mejor espadachina y cápitana que habia conocido, pero eran tan real como que el sol saldría el día siguiente.

Sin advertencia, Lythana se giró bruscamente hacia una roca junto a ella y, en un arranque de furia contenida, descargó su puño contra la superficie dura. El golpe resonó en el aire, y el sonido de los huesos de su mano crujiendo se mezcló con su respiración entrecortada. Permaneció ahí, con la mano rota y la mirada fija en el suelo, sus hombros temblando mientras su expresión perdía toda su fachada. La tristeza y la rabia que había intentado contener finalmente la desbordaron, casi sin previo aviso, la drow se interno en el bosque a paso rápido y sin mirar atrás.

Eothain dio un paso hacia ella, preocupado, pero antes de que pudiera hacer algo, Sariel levantó una mano y lo detuvo.

"Dejadla ir," dijo con una voz tranquila pero firme, su mirada fija en el bosque hacia el que Lythana ya comenzaba a adentrarse, con su figura apenas visible bajo la sombra de los árboles. “Debe pasar su duelo… como haremos todos.”

Lythana desapareció entre la espesura, y el grupo se quedó en silencio, cada uno sumido en el peso de su propia pérdida. Sabían que la muerte de Erin no era algo de lo que se recuperaran rápido, y aquella noche en el campamento entendieron que todos llevarían consigo aquella herida de formas diferentes, cada uno enfrentando la pena y la memoria de su amiga en su propio tiempo y a su manera.

Mientras el grupo seguía en el campamento, la atmósfera se tornó aún más tensa. De repente, Arianne, la alta sacerdotisa de Waukeen, llegó al lugar, su presencia dorada y sus caros vestidos adornando su silueta, marcando la llegada de una nueva preocupación. Se acercó con paso firme, su mirada alegre cambio al ver el estado de animo general.

“¿Qué ha sucedido aquí?” preguntó, su voz resonando en la noche tranquila. Eothain, consciente del peso de la noticia, la apartó un poco del grupo para detallar lo ocurrido. Mientras se alejaban, Sariel sintió una punzada de frustración al ver a Arianne, por culpa de la alta sacerdotisa, si no por que cada vez que se narraba lo sucedido la imagen de la caballero volvia a ella una vez más.

Poco después, un drow apareció en el horizonte, su andar despectivo y arrogante dejaba claro que su llegada no era bien recibida al ver los rostros de los aun presentes. Era Zakarel, un conocido de "mala" reputación entre el grupo, con una lengua viperina que podía cortar más que una espada afilada. Al instante, Sariel sintió que su sangre comenzaba a hervir.

“¿Qué tienes que hacer aquí, Zakarel?” dijo Sariel, tratando de mantener la compostura, pero la rabia ya empezaba a salir. “Este no es el lugar para tus juegos.”

“Ah, se ve un ambiente cargado, ambiente de muerte...” respondió él, su voz cargada de sarcasmo. “¿Que ha ocurrido para que esteis así?”

El desprecio en sus palabras hizo que Sariel apretara los puños. No podía soportar su actitud, especialmente en un momento tan vulnerable. A su lado, Lili y Zilvra intercambiaron miradas de rabia, tampoco estaban dispuestas a aguantar los juegos y las palabras del drow, pero Sariel estaba más allá de la razón. Su rabia la envolvía como un manto oscuro, aun así espero pacientemente a que tanto Lili, como Zilvra partiesen a los llanos, no querian permanecer junto al drow.

Sariel se encaró al drow nada más ambas mujeres se perdieron al otro lado del río y al momento estallo contra el drow. “Si te atreves a intentar usar a cualquiera de ellos en este momento, especialmente a Lythana, te juro que te buscaré y te daré caza hasta que tu nombre no sea recordado por nadie más que el viento, haré que toda la furia de Selûne caiga sobre ti.” amenazó Sariel, su voz temblando de ira y dolor. “Te enseñaré que Selûne no es solo amor y paz.”

Él se mantuvo con un rostro serio, no parecia asustado pero tampoco dio señales de querer molestar más, incluso llego a ofrecer su ayuda, Sariel penso que realmente había entendido la gravedad de la situación. "Podeis contar con mi espada si necesitais ayuda, Sariel." La sacerdotisa lo miro fijamente y echo a andar, deteniendose a los pocos pasos. "Si lo que decis es real y ayudais, me disculpare con vos y agacharé la cabeza", el drow simplemente dijo en respuesta "No necesito que me pidas perdón", de forma breve, la sacerdotisa echo a andar.

Sariel fue tras Zilvra y Lili a los llanos, pero decidio quedarse sola, necesitaba pensar, necesitaba meditar, así pasaron horas hasta que se adentro en la taberna y allí, como si estuviese predestinado, vio a Eothain solo, sentado en un taburete de madera, la sacerdotisa se acerco a él. "Tenemos que hablar Eothain" y tomo asiento enfrente de él.

El ambiente en la taberna de "Los Llanos" era cálido, contrastando con el frío que envolvía a Sariel y a Eothain. Se sentaron en una mesa apartada, donde la luz tenue de las velas iluminaba sus rostros cansados. El murmullo de las conversaciones y el tintineo de jarras llenaban el aire, pero la preocupación que ambos compartían era palpable.

Eothain tomó un sorbo de su bebida y miró a Sariel, quien jugaba con el colgante de Selûne en su cuello, una costumbre que había adquirido cuando estaba nerviosa.
inalmente, decidió hablar, sus palabras saliendo entrecortadas.

“Eothain,” comenzó, su voz temblando levemente, “te necesito. Te necesito como siempre has sido, el fuerte caballero en el que todos podemos apoyarnos. Después de lo que ha pasado… no puedo ser la única que sostenga el peso de todo esto.”

Eothain la miró, y por un instante, un destello de dolor cruzó sus ojos. “Sariel, yo...”

“¿Has llorado ya?” interrumpió ella, su expresión seria y fría algo extrañisimo en la joven y alegre sacerdotisa. La mirada de Eothain bajó, y ella supo la respuesta sin que él dijera nada.

“Sí.” admitió él, su voz suave y cargada de tristeza.

“Te prohíbo volver a llorar,” dijo Sariel con firmeza, casi un susurro de mando. “No ahora. Ahora debemos ser fuertes. Por todos, y por nosotros también. No podemos permitir que nuestra tristeza nos paralice.”

“¿Y qué hay de ti? ¿Tu tambien has llorado?” preguntó Eothain, su preocupación brotando de cada palabra. “Tú también estás herida, Sariel. No puedes solo cargar con esto sin dejar que se vea.”

"No puedo permitirme llorar Eo, no ahora, no hasta que hayamos hecho lo que debemos hacer, no hasta que recuperemos su cuerpo, no hasta que vuelva a nosotros, ahí... lloraré" casi susurro la sacerdotisa mientras una lagríma caía de su mejilla y esta era rápidamente secada por la mano de la sacerdotisa que aunque trataba de disimular sus ojos estaban inundados en lagrimas, pero ni una lagríma más calló por sus mejillas.

"Todos necesitamos desahogarnos, Sariel." comento el enorme rubio mientras se levantaba y se ponia de rodillas para quedar a la altura de la sacerdotisa y abrazarla.

"N... ni siquiera se como puedo ayudarlos Eo..." La sacerdotisa abrazo al hombretón, lo necesitaba y entonces el simplemente dijo, "Siendo tu misma", la sacerdotisa se retiro unos centimetros y lo miró fijamente, "No, no puedo ser yo misma ahora, si lo fuese me derrumbaría como han hecho todos", bajaría entonces la vista y el caballero levantaria con la mano ligeramente su mentón, "No Sariel, ahora estas siendo tu misma, la misma idiota que se preocupa constantemente más por el resto que de si misma, que saltaría al infierno si hubiese la más mínima posibilidad de ayudar a alguien por ello... pero ahora eres más sabia, tienes las ideas más claras, sigues siendo tu, pero eres lo que necesitan, incluido yo".

Tras aquellas palabras la sacerdotisa no supo que contestar, pero realmente la reconsiguio reconfortar. "Eo, vamos a matarlos a todos, no quedará piedra sobre piedra de ese templo, la ira de la luna caera sobre ellos y purificará sus horribles y decrepitas almas".

El hombre observo a la sacerdotisa y asintio, "Esto es solo el principio Sariel, daré caza toda mi vida a cada persona que venere a ese pútirdo e infecto dios hasta hacer que desaparezca de esta tierra".

Se miraron unos segundos y sabian que debian hacer, que rol cumplir, como comportarse, no era momento de llorar, era momento de pensar, el luto debería esperar y así sería, si debian combatir, la fuerza y furia de Erin estaría con ellos, era hora de prepararse, si muerte daban... muerte recibirian.

Aunque la sacerdotisa mintio, esa noche solo pudo llorar, perdio la percepcción del tiempo sobre cuantas horas lloró. Lloró y lloró hasta que fue incapaz de aguantar el cansancio un minuto más, hasta que Selûne se apodero de sus sueños.
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Sariel

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"Fantasmas" de pelo azul​

El tiempo había pasado con presteza, dejando sobre los hombros de la joven responsabilidades y cicatrices que antes le habrían parecido impensables. Algunos compañeros habían caído en batalla, otros habían elegido retirarse, buscando la tranquilidad que tanto anhelaban.

La pérdida de Erin y la decisión de Selise de marchar a una vida más tranquila habían transformado el templo. Donde una vez resonaron risas y gritos, ahora reinaba un profundo silencio. Mientras caminaba por los pasillos, su sonrisa era amable y sus gestos hacia los caballeros y sacerdotisas que encontraba eran cálidos. Cada uno de ellos le importaba de verdad, pero, aun así, los corredores seguían pareciendo vacíos.

Al llegar a la sala de reuniones, empujó la puerta lentamente. El eco de sus pasos se extendió por la habitación, donde la mesa redonda parecía más grande y desolada que nunca. Rodeó la superficie con los dedos rozando su borde, antes de detenerse frente a su silla habitual, junto a la principal, que había permanecido vacía desde que Selise se marchó. Por un instante, casi pudo escuchar el sonido inconfundible de una fruta ácida desgajándose, algo tan característico de la suma sacerdotisa. Giró la cabeza con una chispa de esperanza, esperando verla sentada en su lugar, pero solo encontró el vacío.

Se dejó caer en su silla, con la mirada perdida, y finalmente apoyó la frente contra la mesa. Los recuerdos se agolparon en su mente: las lecciones, las charlas, incluso las regañinas, siempre seguidas de un beso en la frente que suavizaba cualquier error. Ahora no había nadie que pudiera corregirla o consolarla. Los errores del pasado, pactos equivocados, decisiones mal tomadas, se sentían más pesados que nunca. Por un momento, la pregunta que había tratado de evitar regresó con fuerza: ¿Por qué seguir? ¿Para quién hacerlo?

Pero algo más surgió en su mente, como una pequeña luz en la penumbra. Otros rostros aparecieron: el de Eothain, siempre fuerte como una montaña, alguien en quien siempre podía confiar para mantenerse firme, incluso en las peores tormentas; el de Zilvra, su más azerrima compañera de travesuras yrisas habían sido un refugio seguro cuando todo parecía derrumbarse; el de Hanna, la joven aspirante cuya ilusión y energía le recordaban a sus propios primeros días en el templo; y el de Mernalyn, un reflejo casi perfecto de lo que alguna vez fue, ahora buscando guía y respuestas con la misma pasión y dudas que alguna vez tuvo la propia sacerdotisa.

La calidez de esos recuerdos hizo que una sonrisa tenue asomara en sus labios. Negó con suavidad mientras murmuraba para sí misma: “Sariel, sigues siendo poco más que una niña, pero las cosas han cambiado y no puedes decepcionarlos, aconsejalos mientras tengas voz, protégelos mientras puedas empuñar, escuchalos mientras tengas oídos, comprendelos mientras la razón aun este de tu lado”

Se levantó de la silla y volvió la mirada hacia el asiento principal, vacío, pero tan lleno de recuerdos. Por un momento, un aroma cítrico llenó el aire, y en su mente resonaron las palabras que una vez habían sido su ancla antes de la despedida y susurradas al oído antes de que todo cambiara:

“Mi niña, ahora… te toca a ti.”

Con una última mirada al lugar donde tanto había aprendido, salió de la sala. Aquellos pasillos, aunque más silenciosos, no estaban vacíos. Había manos que necesitaban apoyo, voces que buscaban orientación y corazones que, como el suyo, seguían latiendo. Era tiempo de seguir adelante, era momento de recoger un legado de pelo azulado.
 
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El fuego purifica​

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El día había llegado, y el ambiente frente al hospicio estaba cargado de expectación y preocupación. Un grupo de aventureros, caballeros y aliados se había reunido bajo un propósito común. Al frente del grupo, Sariel caminaba con pasos tranquilos, seguida de algunos caballeros de la iglesia cuyas armaduras resonaban con un ritmo constante. Al llegar al punto de encuentro, detuvo su andar, observando a los presentes con una cálida sonrisa que logró aliviar parte de la tensión en el aire.

Sus ojos recorrieron el grupo: Vys, Numina, Julieth, Zilvra, Eothain, Mernalyn, Primavera, Eolas, Misog, Baldrak y otros que, aunque sus nombres no acudieron a su mente en ese momento, tenían un lugar en su corazón. Eran quienes habían estado junto a ella en los momentos más oscuros, y nunca dejaría de agradecérselo.

Alzó la voz con claridad, la suavidad de sus palabras contrastando con la gravedad de la situación:

- Amigos, gracias por estar aquí. Sabéis tan bien como yo que el camino que tenemos por delante no es fácil, y el peligro nos acecha en cada paso. Pero no hacemos esto por gloria ni por recompensa; lo hacemos por justicia. Hoy recuperaremos el cuerpo de Erin, y le daremos el descanso que merece. No puedo expresar con palabras lo mucho que significa para mí que estéis aquí. Gracias, de corazón.

El grupo respondió con asentimientos y murmullos de aprobación. Aunque el nerviosismo era evidente, también había un vínculo palpable que unía a los presentes. Erin no había sido una cualquiera; había sido alguien especial para muchos, y su pérdida aún pesaba sobre ellos. Sin más demora, se pusieron en marcha hacia Costa Sur. Rodearon el cementerio de la ciudad, siguiendo la ruta que Eothain les había marcado, hasta que, tras un par de horas, llegaron a una cueva oscura y amenazante. Era el lugar indicado: un cubil que albergaba el mal que buscaban erradicar.

Al entrar, comenzaron las pruebas. Las trampas, ingeniosas y letales, dificultaron el avance del grupo, pero cada uno mostró sus habilidades para superarlas. Los asesinos que intentaron emboscarlos en varias ocasiones fueron derrotados con la combinación de fuerza y magia que el grupo ofrecía. Parecía que ningún desafío era demasiado para ellos hasta que una trampa oculta fue activada. Sir Vor, uno de los caballeros de la iglesia, quedó atrapado en una de ellas que amenazaba con acabar con su vida.

Sariel, impulsada por el instinto, se acercó para ayudarlo, pero una mano firme la detuvo antes de que pudiera actuar. Comprendió, con pesar, que ese no era su lugar en ese momento; no era experta en desactivar trampas, y cualquier error podría costar vidas. Rezando en silencio, retrocedió, dejando que otros con más conocimientos se ocuparan. Numina, con su magia, se teleportó junto al caballero atrapado y lo liberó volviendo a trasladarse con su magia. La trampa se activó de todos modos, pero gracias a la intervención, nadie resultó herido. El grupo suspiró aliviado, pero el incidente dejó claro que el camino no perdonaría errores.

Finalmente, llegaron frente a las puertas del templo del dios del asesinato. Según las historias, el templo exigía un pago de sangre para permitir la entrada. Los aventureros debatieron, buscaron soluciones y consideraron alternativas, pero ninguna parecía viable. Misog caminaba de un lado a otro, murmurando posibilidades, mientras otros se sentaban a pensar. El tiempo pasaba, y la ansiedad aumentaba.

Sin embargo, Sariel, agotada tanto física como emocionalmente, no quiso esperar más. Caminó hacia el altar que guardaba la entrada, ignorando las protestas de sus compañeros. Con un movimiento decidido, descolgó parte de su cota de malla y tomó su hoja. En silencio, hizo un corte en su antebrazo, dejando que la sangre fluyera hasta el altar.

El sonido de los golems activándose llenó el lugar. Los guardianes de piedra, inmensos y amenazantes, se alzaron y se giraron hacia ella. El grupo entero se preparó para el combate, alzando sus armas con la certeza de que lo peor estaba por venir. Pero justo cuando parecía que el caos se desataría, una voz grave y resonante retumbó en las profundidades de la cueva:

“El dios está complacido. Podéis pasar.”

Los golems se desplomaron con un estruendo, y la entrada se abrió ante ellos. Por un momento, el silencio reinó. Sariel, pálida pero firme, retrocedió un paso tambaleándose. Algunos corrieron a sostenerla, mientras otros observaban la entrada con inquietud. Habían superado el primer obstáculo, pero el verdadero desafío aún estaba por delante.

Se adentraron en el templo, sus pasos resonando sobre el mármol frío y desgastado. Las antorchas que habían traído apenas lograban iluminar el vasto interior, lleno de sombras que parecían susurrar al borde de la percepción. Todo estaba tan vacío como temían. Los muros, otrora testigos de rituales oscuros, ahora solo albergaban ecos. Al descender las escaleras que llevaban al altar central, un único hombre los esperaba, inmóvil como una estatua. Su expresión era tranquila, casi desafiante.

Lo que allí ocurrió quedó grabado únicamente en las memorias de quienes lo presenciaron, palabras selladas que nunca serían compartidas con el resto. Al final, el hombre fue reducido, sus manos atadas con firmeza mientras era escoltado fuera del templo por los caballeros de la iglesia. Sería llevado al templo de Selûne para ser interrogado por las videntes, quienes desentrañarían los secretos que él ocultaba antes de entregarlo al cuartel de las autoridades de Amn. Pero ese desenlace no aliviaría las tensiones que aún latían en los corazones de quienes participaron en aquella misión.

Antes de abandonar el templo, Sariel hizo una pausa, girándose hacia Mernalyn. La joven esperaba indicaciones, y lo que escuchó la tomó por sorpresa.

—¿Puedes seguir llenando esto de grasa y aceite? —preguntó con un tono que no admitía réplica. Era una orden, clara y directa, algo poco común en Sariel. Su rostro era tan serio que no permitía dudas.

Mernalyn vaciló por un instante, pero asintió. Comenzó a caminar por cada rincón del templo, extendiendo su magia. Sus manos temblaban ligeramente, conscientes de que estaba sellando el destino de aquel lugar. Cada columna, cada rincón, cada resquicio se impregnó con su conjuro, hasta que el aire mismo parecía pesado con el hedor del aceite.

Cuando todo estuvo listo, Sariel alzó su hoja y susurró una plegaria inaudible. La hoja se encendió con llamas nítidas y danzantes, que iluminaban su rostro sombrío. Sin apartar la mirada del suelo engrasado, dejó que el fuego hiciera su trabajo. La chispa se extendió con rapidez, devorando el aceite y propagándose por cada rincón del templo. Las llamas subieron con ferocidad, lamiendo las paredes y llenando el lugar con un rugido ensordecedor.

El grupo había abandonado ya el templo, pero Sariel se quedó atrás, observando cómo el fuego consumía aquel lugar de sombras y muerte. Su expresión era impenetrable, sus pensamientos un torbellino que nadie podía adivinar. Cerró los ojos un momento, respirando profundamente, dejando que el calor del incendio se mezclara con el aire frío de la caverna.

—Que el fuego purifique este lugar lleno de sombras y muerte... —murmuró al fin, su voz cargada de agotamiento y frustración.

Aunque no habían encontrado lo que buscaban, no era el final. Se giró y caminó hacia la salida, donde los demás la esperaban en silencio. Sabía que la lucha no había terminado. Juró que perseguiría a esos cultistas hasta los confines del mundo si era necesario, que pagaran por todas esas vidas arrebatadas y por todo el mal que habían sembrado. No descansaría hasta recuperar a su amiga, incluso si eso significaba entregar su propia vida en el proceso.separador-luna.png
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Sariel

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Bebe rubia la cerveza pa...

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La sacerdotisa entró en la taberna con el paso lento y la mirada cansada de quien lleva más peso del que su cuerpo puede soportar. Su capa azul estrellada ondeaba apenas con la brisa nocturna que había traído consigo al abrir la puerta. Observó el lugar por un instante: el calor de las velas y las lámparas iluminaba las caras de los presentes, mientras el murmullo constante de las voces llenaba el espacio, mezclado con risas y el tintineo de jarras chocando. Parecía un lugar alegre, pero ella solo veía el cansancio oculto tras las expresiones de muchos de los allí presentes. Sin pensarlo mucho, se acercó a una mesa vacía y se dejó caer sobre el banco de madera, sintiendo que, por fin, podía soltar un poco de la carga que llevaba encima.

Era una figura relativamente conocida en Imnescar, una sacerdotisa de la abadía de Hydcont. Sin embargo, hacía tiempo que no se sentía como la mujer que todos creían que era. Últimamente, la rutina, las obligaciones y las expectativas parecían estar desdibujando los bordes de su propia identidad. Había pasado demasiados días cumpliendo con lo que se esperaba de ella, recorriendo la capital y atendiendo a los asuntos de la fe, mientras el eco de sus propios pensamientos quedaba enterrado bajo el peso de la responsabilidad.

Una camarera joven y de rostro amable se acercó a su mesa con pasos seguros. Llevaba un mandil ligeramente manchado, pero el brillo en sus ojos dejaba entrever una energía que la sacerdotisa casi había olvidado que existía.

- Buenas noches, señora. ¿Qué le traigo para beber? —preguntó con una sonrisa cordial, pero con esa pizca de curiosidad que inevitablemente surgía al reconocer a una figura conocida en un lugar tan común.

La sacerdotisa levantó la mirada, sintiéndose repentinamente expuesta. Era una pregunta simple, pero, por alguna razón, no encontraba la respuesta. El té de hierbas que solía pedir en la abadía no le parecía adecuado. Ni agua, ni vino. No era el lugar, ni el momento. Algo en el ambiente, en la vibración de aquel espacio lleno de vida, parecía requerir algo diferente. Entonces, antes de pensarlo demasiado, dejó escapar las palabras.

- Cerveza, por favor.

La camarera ladeó la cabeza, sorprendida por un instante, pero no dijo nada. Se limitó a asentir con educación y se retiró hacia la barra. La sacerdotisa se quedó en silencio, mirando sus manos apoyadas sobre la mesa. ¿Cerveza? ¿Por qué había dicho eso? Apenas la había probado una vez, semanas atrás, en aquella feria bulliciosa donde las risas eran tan frecuentes como las competiciones absurdas. Recordó a Mernalyn, la artista que había tragado espadas mientras el público vitoreaba entre aplausos y apuestas. También recordó la pequeña competición de bebidas a la que la habían arrastrado, y cómo había dejado la jarra a medio terminar tras descubrir que el amargor de la cerveza no era para ella. Había jurado que no volvería a probarla. Y, sin embargo, allí estaba, pidiendo una jarra como si fuera algo natural.

Cuando la camarera regresó con la bebida, la colocó sobre la mesa con un gesto hábil, casi automático.

- Aquí tiene —dijo con una sonrisa.

La sacerdotisa asintió en agradecimiento, pero no tocó la jarra de inmediato. Pasaron unos momentos antes de que sus dedos rodearan el frío metal, y luego se quedó mirando la espuma que coronaba el líquido ambarino. Sus pensamientos vagaban sin rumbo. ¿Por qué lo había hecho? ¿Era un acto impulsivo, o un intento de romper la rutina? Tal vez, simplemente, estaba buscando algo que no sabía nombrar. Algo que le recordara que aún era capaz de elegir por sí misma, aunque fuera algo tan insignificante como una bebida.

Finalmente, se llevó la jarra a los labios y probó un sorbo. El sabor amargo no le resultaba agradable, pero tampoco tan terrible como lo recordaba. No era tanto la cerveza lo que importaba, sino el acto mismo de haberla pedido. Por un instante, sintió algo parecido a la libertad, como si ese pequeño acto de rebeldía le permitiera soltar, aunque fuera por un momento, el papel que siempre debía interpretar.

Sus ojos vagaron por la taberna mientras dejaba la jarra sobre la mesa. El lugar estaba lleno de rostros. Algunos eran conocidos, como los comerciantes que solían pasar por la abadía, o los campesinos que llevaban productos al mercado de la ciudad. Otros, en cambio, eran completos desconocidos: mercenarios con miradas duras, bardos que parecían estar inventando sus historias a medida que las cantaban, y viajeros solitarios que mantenían la cabeza gacha sobre sus platos. Una figura al fondo le llamó la atención: un hombre mayor, de cabello gris y rostro surcado por arrugas, que tocaba un laúd con cierta torpeza. Las notas de la melodía no eran perfectas, pero había algo en ellas que la hizo sonreír, un gesto apenas visible, pero genuino.

Mientras observaba a su alrededor, dejó que su mente divagara. Recordó las noches silenciosas en la abadía, donde solo el eco de sus pasos rompía la quietud de los pasillos. Recordó las veces en las que había deseado, sin saber por qué, ser alguien más, alguien que no tuviera que cargar con las expectativas de los demás. Quizá por eso había entrado en la taberna. Quizá por eso había pedido una cerveza. Quería, necesitaba, sentirse parte de algo más grande, algo menos rígido. Quería ser como las personas que la rodeaban, que reían y bebían sin preocuparse por el mañana.

Y así, por un momento, lo fue. Allí, en esa pequeña mesa de madera desgastada, con una jarra de cerveza que no terminaba de gustarle pero que sostenía con firmeza, la sacerdotisa dejó de ser la mujer que todos esperaban. Solo era una más, una entre tantos, disfrutando de un instante robado al tiempo.

La sacerdotisa tomó otro sorbo de la cerveza, más largo esta vez, como si buscara familiarizarse con el amargor que aún le parecía extraño. Dejó la jarra sobre la mesa, el sonido del metal golpeando la madera casi se perdió entre el bullicio de la taberna. Cerró los ojos un momento, intentando dejarse llevar por el ambiente, pero su mente seguía volviendo a los pensamientos que había estado evitando durante semanas.

Había algo incómodo en la calma de aquel momento, algo que la hacía cuestionarse más de lo que quería admitir. ¿Qué hacía allí, realmente? No era su lugar o al menos no desde hace años. A menudo pensaba que su vida estaba trazada, una línea recta que la conducía de la abadía a sus deberes en la capital y de vuelta desde que salio de la casa de sus padres, sin margen para desviarse.

Apoyó la barbilla en una mano mientras sus ojos vagaban por la sala. Las historias del bardo al fondo parecían haber capturado la atención de algunos clientes, y aunque las palabras del hombre se alzaban con fuerza, apenas si llegaban a sus oídos como murmullos entrecortados. Por alguna razón, se sintió atraída hacia el pequeño grupo que lo rodeaba. Había algo en ellos: una energía, una despreocupación, que la hacía sentir como una intrusa en su propio intento de desconectar.

Se preguntó cuándo había perdido esa espontaneidad, ese impulso de actuar sin la carga constante de analizar cada decisión. Tal vez nunca la tuvo. Quizá ser una sacerdotisa significaba que había nacido con un destino que la arrastraba, que le robaba la posibilidad de simplemente ser. Pero eso no era del todo cierto, ¿verdad? No había sido siempre así. Recordó las primeras veces que pisó la abadía, cuando aún no entendía del todo lo que significaba servir. Había sentido algo parecido a la libertad en los rituales, en las oraciones, en los silencios que entonces le parecían sagrados y reconfortantes. ¿En qué momento dejaron de serlo? "Nunca", se respondio a si misma, seguian siendolos, realmente gozaba de su labor pero en aquellos días un grano de arena se le hacia una montaña por algún motivo.

Un suave carraspeo la sacó de sus pensamientos. La camarera había vuelto, esta vez con un paño en la mano, limpiando la mesa de al lado mientras lanzaba una mirada curiosa.

- ¿Todo bien con la cerveza? —preguntó con un tono amigable, pero algo en su voz insinuaba que esperaba un comentario más elaborado.

La sacerdotisa sonrió, aunque con algo de esfuerzo.

- No está mal —respondió, sincera. No era una mentira, pero tampoco una verdad completa.

La camarera asintió y siguió su camino, dejando a la sacerdotisa con la misma pregunta rondando en su cabeza. ¿Todo estaba bien? Por supuesto que no, pero eso no era algo que pudiera resolver con una simple charla o con una jarra de cerveza. Era más profundo, más complicado. Había una parte de ella que deseaba levantarse, salir de la taberna y volver a la seguridad de lo conocido. Pero otra, más silenciosa pero persistente, la obligaba a quedarse, a explorar esa incomodidad que sentía.

Mientras observaba la espuma disiparse en la jarra, recordó algo que una vez le dijo una de las sacerdotisas más ancianas de la abadía: "La verdadera fe no viene de la certeza, sino de las preguntas que no podemos evitar hacernos." En aquel entonces, le pareció una frase poética, pero ahora comenzaba a entender lo que significaba. Su fe no estaba quebrada, no realmente. Pero estaba siendo desafiada, y eso la aterrorizaba tanto como la intrigaba, pero tenía claro cual era su deber, como debia actuar, por quien hacia las cosas, como cada día la sonrisa de sus amigos y compañeros le daban las fuerzas y ánimos para sobreponerse a cualquier cosa que se pusiese en medio y así seguiria siendo hasta el día de su muerte, vivia por y para servir a la Dama.

De repente, un estallido de risas estalló cerca de ella. Tres hombres, mercenarios por su aspecto, estaban bebiendo y contando historias llenas de exageraciones, como lo hacían siempre los viajeros cansados de largas jornadas en los caminos. Uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz que le cruzaba el rostro, levantó la mirada y se cruzó con la de la sacerdotisa. Durante un instante, se mantuvo en silencio, hasta que finalmente alzó su jarra en un gesto amistoso.

- Por Hydcont y sus valientes sacerdotisas — brindó con una sonrisa amplia, pero sin burla, como si la respetara genuinamente.

Ella se tensó al principio, insegura de cómo responder. Pero, finalmente, levantó su propia jarra en un gesto torpe, devolviendo la cortesía. El hombre sonrió aún más y volvió a su conversación, dejándola con una sensación inesperada: no de incomodidad, sino de aceptación. Quizá no era tan extraña en aquel lugar como pensaba, ese simple gesto acompañado de aquella frase la hizo entender que todo estaba bien, que aunque duro, su camino era el correcto.

Con cada sorbo de la cerveza, con cada mirada que lanzaba a las personas que la rodeaban, la sensación de pesadez que la había acompañado durante semanas comenzaba a disiparse. No del todo, pero lo suficiente. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en qué debía hacer mañana, ni en quién esperaba algo de ella por que sabia que lo que hiciese sería siempre por el bien del prógimo. Estaba allí, presente, siendo una más. Y eso, por esta noche, era suficiente.
 
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Sariel

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Alto sacerdocio, responsabilidad y fe
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La ceremonia de ascenso estaba a punto de comenzar en Los Salones de la Luna, el templo dedicado a la diosa Selûne. La atmósfera era casi palpable: una mezcla de silencio reverente y emoción contenida. La capilla, construida enteramente de mármol blanco, reflejaba la luz de la luna con una elegancia sublime. Las columnas en arcos de medio punto parecían abrazar el templo, mientras que los vitrales de colores azules y plateados iluminaban el interior con reflejos que danzaban al compás de la luz lunar. Todo el templo parecía estar respirando en un solo suspiro, como si la misma Selûne vigilara el evento.

Sariel, vestida con una armadura ceremonial plateada, avanzaba lentamente hacia el altar, su corazón latiendo con fuerza. Sus manos temblaban ligeramente bajo los guanteletes, aunque su rostro trataba de mantener serenidad, aunque lo lograba a duras penas. La armadura estaba decorada con filigranas de azul medianoche, el color sagrado del clero de la diosa, y su manto de igual tono caía con gracia por sus hombros.

A medida que caminaba, Sariel recordaba el día en que había sido consagrada como sacerdotisa en la abadía. No era el mismo altar, pero el suelo de mármol que pisaba hoy había sido testigo de sus primeras acciones importantes. Fue allí, en ese mismo lugar sagrado, donde había sentido el peso de la responsabilidad por primera vez, y donde Selise, la Suma Sacerdotisa, la había marcado con una bendición especial, casi maternal. La mirada de Selise al verla marchar al fin del ritual, llena de preocupación y cariño, había sido algo que nunca olvidó. Fue como si en ese momento, la diosa misma hubiese confiado en ella.

Selise había partido hace años, y su regreso hoy no era solo para presenciar el ascenso de Sariel, sino para llevarla a un destino que ninguna de las dos había anticipado cuando la joven sacerdotisa comenzó su camino. Era un regreso lleno de peso, de secretos y de preparativos para algo mucho mayor que el ascenso de Sariel como Alta Sacerdotisa.

Cuando Sariel llegó al centro del templo, su mirada se encontró con la figura que la había guiado en su vida religiosa. En el altar, Selise ya la esperaba. Ambas vestían armaduras plateadas y capas de un azul que asi parecia brillar. La Suma Sacerdotisa, aún más alegre que en sus recuerdos, estaba erguida, mirando a Sariel con ojos llenos de sabiduría y una calma profunda.

La distancia que había existido entre ellas durante el tiempo en que Selise estuvo ausente desapareció al instante. La presencia de Selise era reconfortante y, al mismo tiempo, estremecedora. La mujer a la que Sariel había considerado como una madre espiritual la observaba, como si cada uno de sus gestos contara una historia en el lenguaje silencioso de la fe.

“Sariel, hija de la luna,” comenzó Selise, su voz resonando en el templo como un canto sagrado. “Hoy, bajo la luz de Selûne, te otorgo este título que refleja tu dedicación, tu sacrificio y tu valentía. Te has preparado toda tu vida para este momento, y ahora, como Alta Sacerdotisa, tendrás que guiar a aquellos que busquen la luz de nuestra diosa, cuidarlos y de ser necesario dar hasta el último ápice de tu sudor y sangre por ellos.”

Sariel, con la emoción embargándola, se arrodilló ante Selise, quien extendió su mano en un gesto solemne. La capilla se llenó de un brillo suave, un resplandor que emanaba de la presencia de la Suma Sacerdotisa y de la misma diosa, como si Selûne estuviera aceptando la ascensión de Sariel como uno de sus propios rayos de luz.

“¿Estás dispuesta a asumir esta responsabilidad, a ser el faro de nuestra fe y proteger a todos los que se acerquen a nuestro templo buscando consuelo y verdad?” preguntó Selise, con una mirada fija y profunda.

Sariel asintió, sintiendo el peso de la pregunta. “Sí, estoy dispuesta, Suma Sacerdotisa. Estoy lista para servir a Selûne con todo mi ser, como llevo haciendo desde que tengo memoria y seguire haciendo hasta que deje de tenerla.”

La luz que envolvía el templo se intensificó, y las palabras de Selise resonaron con fuerza, invocando la bendición de Selûne. Un rayo de luz plateada descendió, envolviendo a Sariel en un abrazo de serenidad y fuerza. En ese momento, Sariel sintió cómo la divinidad casi tocaba su alma. La energía de la luna la bañaba y le otorgaba poder, pero también un sentido profundo de responsabilidad. Ya no era solo una sacerdotisa más; ahora era la protectora de esa fe y un poder así conlleva una responsabilidad.

Cuando la luz se disipó, Sariel se levantó, ahora con una presencia más sólida y segura. El murmullo de la multitud creció, los aplausos y las felicitaciones comenzaron a llenar el aire, pero la joven sacerdotisa solo tenía ojos para Selise. La Suma Sacerdotisa sonrió con suavidad, y su mirada estaba llena de orgullo y de algo más, algo que Sariel no pudo identificar al instante. Un destello de preocupación tal vez.

“Ven,” dijo Selise, tomando a Sariel de la mano, guiándola hacia un rincón apartado del templo, lejos de las miradas curiosas de los invitados. Nadja y Farli, las fieles amigas enanas de Sariel, sonrieron ampliamente al verla ascender, mientras Eothain la observaba con orgullo desde su lugar, pero ninguno se acercó, al contrario, algunos de los invitados más sonados ayudaron a desalojar la sala principal del templo para que ambas sacerdotisas pudiesen hablar con calma.

Una vez a solas, Selise se detuvo, y sus ojos se encontraron con los de Sariel con una intensidad que la joven sacerdotisa no había visto nunca.

“Hay algo más que debes saber, Sariel,” dijo Selise, su tono grave. “Lo que has hecho hoy no es solo un ascenso en nuestra fe, sino una preparación para lo que está por venir. Algo grande se acerca. Un desafío que nuestra fe, y este templo, nunca han enfrentado.”

Sariel, sorprendida, frunció el ceño. “¿Qué quieres decir?”

Selise la miró fijamente, con los ojos llenos de una preocupación que solo una madre podría sentir por su hija. “Una sombra se está cerniendo sobre nosotros, y muchos no estarán preparados para enfrentarlo. Tú, como Alta Sacerdotisa, deberás ir junto a aquellos en quienes confíes. Debemos estar listos.”

El aire se llenó de una tensión palpable, como si el futuro entero estuviera suspendido sobre ellos, esperando el momento adecuado para revelarse. Sariel asintió, aunque su mente aún no lograba comprender por completo las palabras de Selise.

“¿Qué debemos hacer?” preguntó, con el tono de alguien dispuesto a enfrentar lo que sea necesario.

Selise la observó en silencio durante un largo momento, como si estuviera evaluando el alcance de sus palabras antes de hablar.

“Por ahora, mantén esto en secreto. Hay mucho más por venir, Sariel, y el tiempo para prepararnos será breve. Aquellos que merezcan saberlo serán advertidos... pero por ahora, escucha. Escucha con atención, porque el futuro que creías conocer podrá cambiar.”

Sariel, con la sensación de que el destino de su vida estaba a punto de cambiar de manera irrevocable, asintió en silencio. Mientras Selise se alejaba, dejando atrás una atmósfera cargada de incertidumbre, la joven y ahora Alta Sacerdotisa sintió una inquietud creciente en su corazón. Algo grande, sin duda, se estaba gestando en las sombras.​
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Sariel

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Amigos inesperados​
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El sol se filtraba entre las copas de los árboles en el denso bosque de Alandor, proyectando patrones danzantes en el suelo cubierto de hojas y musgo. Sariel avanzaba con pasos sigilosos, todo lo que la pesada armadura le permitía, su mano descansando sobre la empuñadura de su hoja mientras vigilaba el entorno. En las últimas semanas, los informes sobre incursiones orcas del clan Bosquemaldito habían sido cada vez más frecuentes, y ella misma había decidido patrullar las fronteras del bosque para asegurarse de que ninguna amenaza se acercara más de lo necesario. Mucho estaba en juego, y pronta era la reunión con el sabio anciano orco; arruinarlo todo ahora no era una opción.

Un ruido seco rompió el silencio. Un crujido de ramas seguido de un fuerte batir de alas la puso en alerta. Al girar hacia el origen del sonido, lo vio: un grifo de plumaje dorado y marrón con poderosas garras y un pico curvado que parecía capaz de atravesar la armadura más dura. Era grande, aunque no tanto como los grifos adultos que había visto en grabados antiguos. Sus ojos brillaban con un destello de desconfianza y ferocidad, y su postura era defensiva, como si estuviera decidiendo si atacar o huir.

Sariel se detuvo, su respiración contenida mientras evaluaba la situación. Retroceder podría parecer una señal de debilidad, pero avanzar demasiado rápido sería una provocación. Lentamente, inclinó su hoja hacia el suelo como un gesto de no agresión y se agachó para parecer menos amenazante.

-Tranquila… No voy a hacerte daño -susurró, sabiendo que sus palabras probablemente no significaban nada para la criatura, pero confiando en que su tono calmado podría marcar una diferencia.

El grifo inclinó ligeramente la cabeza, observándola con curiosidad. Dio un paso hacia atrás, manteniendo sus alas medio extendidas en un gesto de advertencia. Sariel notó que su pata trasera izquierda estaba doblada en un ángulo extraño.

-Estás herida, ¿verdad? -murmuró, observando cómo la criatura cojeaba ligeramente al moverse.

Se inclinó hacia el suelo, dejando su hoja completamente a un lado como muestra de confianza. Con un movimiento lento, su mano comenzó a brillar con un resplandor azul claro que irradiaba calidez. El grifo emitió un chillido bajo, pero no atacó. Durante un largo momento, ambas se observaron en silencio antes de que el grifo girara la cabeza y se moviera hacia los arbustos cercanos, incómoda pero demasiado orgullosa para mostrarlo abiertamente. Sariel decidió no seguirla, al menos no en ese momento.

Durante los días siguientes, Sariel regresó al mismo lugar con alimentos que sabía podrían atraer al grifo. Carne seca, pescado, y, en una ocasión, una hogaza de pan que parecía especialmente interesarle, aunque era la carne lo que más éxito tenía. El animal se mostró reservado al principio, siempre observándola desde una distancia segura, pero poco a poco, la curiosidad la llevó a acercarse más. Esto no sucedió en días; Sariel persistió durante semanas, armada de paciencia y dedicación.

Una noche, mientras el cielo estaba lleno de estrellas, el grifo finalmente aceptó la carne de su mano, en lugar de tomarla de la roca donde Sariel solía dejarla. La joven sacerdotisa apenas contuvo una sonrisa; aunque el grifo retrocedió rápidamente después de comer, supo que había ganado un pequeño pero importante paso en su confianza.

Con paciencia y cuidado, Sariel logró que el grifo permitiera que se acercara a su herida. Usando los dones de su diosa, limpió y sanó la pata del animal mientras este la observaba con una mezcla de recelo y agradecimiento. Cada día que pasaba, el vínculo entre ambas se fortalecía, hasta que el grifo comenzó a seguirla en sus patrullas por el bosque.

Una tarde, mientras Sariel observaba con más atención, notó que el grifo tenía una complexión ligeramente más estilizada y un plumaje en la cabeza más suave y ornamentado, una característica que los textos antiguos describían como común en las hembras jóvenes de su especie. Fue entonces cuando tuvo la certeza de que era una hembra.

Un día, mientras descansaban juntas junto a un arroyo, Sariel acarició suavemente la cabeza del grifo, algo que habría sido impensable semanas atrás.

- Supongo que tengo que darte un nombre, ¿no crees? -dijo con una sonrisa mientras la criatura la miraba con sus enormes ojos dorados, que parecían capaces de leer los pensamientos más profundos de la sacerdotisa.

Después de reflexionar un momento, susurro casi para si misma "Chandra", en honor a su plumaje, que bajo la luz de la luna parecía brillar con un resplandor plateado. Dio una caricia más a su pico y la grifo apoya su cabeza en las piernas de la sacerdotisa mientras ambas observaban el correr del agua del arroyo, un día más, una amistad más.
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Sariel

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El peso de la máscara

Habían pasado meses. Meses que se habían sentido como años. Sariel caminaba en silencio por los interminables pasillos de la abadía, sus pasos resonando en las paredes de mármol blanco que parecían brillar con una pureza ajena a todo lo que llevaba dentro. Una máscara de hierro y plata ocultaba su rostro, no solo del mundo, sino también de sí misma. Aquella máscara había sido un refugio durante todo ese tiempo, un muro tras el cual esconder el peso de su mirada y el cansancio que anidaba en su alma.​

Todo lo acontecido en esos meses volvía a su mente una y otra vez, como un torbellino imposible de silenciar: el culto al Dios de la Muerte, las devastadoras guerras de Nashkel, el frente de Alandor, las reuniones con los dignatarios de Murann. Cada decisión, cada palabra, cada fracaso, se había ido acumulando en su espalda, una losa implacable que parecía crecer con cada amanecer.

"Debes delegar, debes confiar más en nosotros, debes pensar en ti," decía siempre Eothain, con un tono entre la preocupación y la frustración. Pero esas palabras eran como una sombra que la perseguía sin encontrar cabida en su corazón. Delegar, confiar, cuidarse... ¿Cómo podía hacerlo, cuando sentía que cada vida bajo su cuidado dependía de sus decisiones? Era su deber, su propósito, y no podía permitirse fallar.

Avanzó por los pasillos, la mirada perdida en el suelo. Los caballeros y sacerdotisas que se cruzaban con ella inclinaban la cabeza en señal de respeto, algunos incluso ofrecían palabras de saludo que ella no devolvía. Su mente estaba atrapada en un ciclo interminable de preguntas y dudas. "¿Qué habría hecho Selise?" pensó de repente, y un amargo nudo se formó en su garganta. No lo sabía. Selise, su mentora y guía, había hecho lo que pudo en el tiempo que tuvieron juntas, pero aquel tiempo fue tan breve, tan insuficiente... Ahora, sola frente a las pruebas de su cargo, sentía el vacío de las enseñanzas que nunca recibió.

En un cruce de pasillos, giró a la derecha, sumida en sus pensamientos. Entonces, como un destello de luz en la penumbra, la imagen de Sylwen acudió a su mente. Recordó el tono cálido y seguro con el que le habló aquella vez: "Tú no eres como Selise, pero eso no es necesariamente malo, Sariel." Esas palabras le habían traído consuelo en su momento, aunque ahora no sabía si debía interpretarlas como una afirmación o un desafío.

Finalmente llegó a su habitación. Cerró la puerta tras de sí con un leve crujido, y durante un instante, el silencio la rodeó por completo. Pero no tardaron en volver las voces de la reunión con aquellos sacerdotes. Los adjetivos que aquel sacerdote mediano le lanzó seguían clavados en su mente como espinas: "Arrogante, egocéntrica, orgullosa." Dolían. Dolían más de lo que quería admitir.

Se dejó caer en la cama y se llevó las manos a la cabeza, tratando de calmar el torbellino de emociones que se desataba en su pecho. "¿Soy realmente así?" pensó, con una mezcla de angustia y duda. Solo quería ayudar. Solo quería hacer lo correcto. Pero... ¿eso era suficiente?

Un rato después, se levantó y caminó hacia el balcón. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, y por un momento, sintió que podía respirar de nuevo. Apoyó las manos en la barandilla de piedra, dejando que el frío del mármol recorriera su piel, y alzó la vista hacia la luna. La máscara que llevaba aún cubría su rostro, reflejando la luz plateada en un juego de sombras. Lentamente, la retiró, dejándola caer a un lado. Su rostro quedó expuesto a la luz de la noche, pálido y marcado por el cansancio. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, y su piel, antes llena de vida, mostraba la palidez de quien había olvidado alimentarse adecuadamente durante días.

"Soy joven," murmuró, como si buscara convencerse a sí misma. "¿Realmente lo he hecho tan mal?" Sus palabras se perdieron en la noche. Inspiró profundamente, tratando de encontrar una respuesta que no llegaba.

Sus manos recorrieron la barandilla, deteniéndose en una pequeña grieta en el mármol. "Quizá mis formas no fueron las adecuadas, pero mi intención fue noble," pensó. Pero no podía ignorar la palabra que resonaba una y otra vez en su mente: "Ilusa." Cerró los puños, su respiración agitada, pero entonces una voz distinta surgió en su memoria. Era la de la amniana que había tomado el lugar de Selise en la reunión: "Aquí no tienes enemigos, Sariel. Solo queremos ayudarte, reconducir esas energías hacia lo que deben ser. Sabemos que has actuado por y para el bien. Si no fuese el caso, no estaríamos aquí hablando."

Suspiró, dejando que el aire escapara de sus labios como si con él pudiera liberar parte de su carga. Alzó la mirada hacia la luna, buscando en su resplandor la claridad que no encontraba en sí misma. Era cierto que ya no era Sariel la herrera, ni solo Sariel la sacerdotisa. Ahora representaba algo mucho más grande, algo que no podía permitirse traicionar. Sus actos no eran solo suyos; eran el reflejo de la iglesia, de los ideales que defendía, de las vidas que protegía.

El tiempo pasó. La noche avanzó con su manto de estrellas, y Sariel permaneció allí, absorta, contemplando el cielo. Pensaba en Eothain, en Selise, en Sylwen, en la amniana y en el sacerdote mediano. En sus palabras, sus enseñanzas, sus críticas y sus consuelos. El frío de la noche se fue disipando, y en el horizonte, los primeros rayos del alba comenzaron a teñir el cielo de tonos rosados.

Sariel tomó aire profundamente. Había cometido errores, eso era innegable. Pero también sabía que sus intenciones habían sido puras. Si debía cambiar, lo haría, aprendería y ofrecería lo que se esperaba de ella. Por ellos. Por ella misma. Por su diosa. Por todo lo que representaba y queria seguir representando, era hora de madurar.

Con los ojos puestos en el primer destello de sol, se irguió con con la determinación que había escaseado en ella estos últimos días. El día había llegado, y con él, una nueva oportunidad.
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Sariel

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Descanso Espiritual​

Una vez más, la joven de cabellos plateados se dejó caer en la cama, brazos extendidos, liberada del peso de su habitual armadura. Solo un largo camisón blanco cubría su piel, rozando sus rodillas con la suavidad de un tenue susurro. Al hundirse en la superficie mullida, sintió el alivio recorrer cada músculo de su cuerpo extenuado, arrancándole un suspiro que rompió el silencio de la estancia.

El día había sido largo. Demasiado largo. Sus pensamientos eran un torbellino de imágenes y voces superpuestas, pero a medida que su respiración se volvía más pausada, comenzó a ordenarlos, pieza por pieza, como un viejo rompecabezas que requería paciencia.

La niebla dorada disipándose... Los rostros de los aldeanos, agradecidos y asustados a partes iguales... La mirada de sus compañeros, marcados por el cansancio pero también por la determinación. Todo había sucedido demasiado rápido. Y, sin embargo, aún quedaban tantas preguntas sin respuesta.

Y luego estaban ellos. Axel, el bárbaro de espíritu indomable; Lenah, la joven iniciada, llena de promesas y anhelos; Gwen, la diaconisa, con su dulzura y temor constante; Misha, la bardo, cuya música traía alegría incluso en los momentos más oscuros. Cada uno de ellos, con su propia historia, con sus propias razones para seguir el camino de Selûne. Cada vez eran más. Y con cada nuevo rostro que se unía, con cada nueva alma que confiaba en la fe de la Dama de la Luna, el peso sobre sus hombros aumentaba.

Sariel pasó una mano por su rostro, respirando hondo. No se arrepentía. No lo haría nunca. Pero ahora entendía. Ahora comprendía lo que había sido para Selise cuidar de ellos, aunque solo fueran unos pocos. Ahora entendía su cansancio, su paciencia infinita, su silenciosa carga. Y con ese entendimiento, vino el remordimiento. Había sido dura con ella en el pasado, demasiado joven, demasiado terca para ver lo que realmente significaba llevar esa responsabilidad.

Encargarse de tantos era agotador, pero, a la vez, no podía evitar sentir un calor en el pecho al recordar cada uno de sus nombres, cada una de sus sonrisas. Los apreciaba, a todos. Desde el primero hasta el último. Eran su familia.

Cerró los ojos un momento, pero una imagen se coló en su mente sin que pudiera evitarlo. Eothain.

Ese estúpido rubio que la sacaba de quicio con cada palabra, con cada gesto. Siempre con esa actitud despreocupada, con esas bromas tontas que lograban, sin importar qué tan seria estuviera, arrancarle una sonrisa o sonrojarla por lo usualmente "verdes" que solian ser. Siempre ahí, ayudándola sin necesidad de que se lo pidiera, soportando con ella el peso de la iglesia sin dudarlo. Había sido como un hermano para ella…

Afuera, la luna llena iluminaba la ciudad con su luz plateada. Y, aunque el peso en su pecho no desaparecía, aunque las preocupaciones seguían ahí, sintió algo de calma en su interior. Mañana sería otro día. Y lo afrontaría, como siempre lo había hecho. Con la cabeza en alto y el corazón firme.
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Sariel

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El peso de los años​

Agotada, entró en la habitación de la posada. Fatigada, más fatigada de lo que jamás había estado. Apoyó la espalda contra la puerta una vez esta se cerró tras de sí. Cerró los ojos y respiró profundamente. Aún con los párpados bajados, empezó a desprenderse de la armadura, pieza por pieza. No se molestó en dejarla con cuidado; cada parte caía con un golpe metálico que resonaba contra el suelo de madera.

Una vez liberada, se quitó la cota de malla que protegía las zonas más vulnerables, luego el gambesón, y por último, la fina tela que, más que funcionalidad, ofrecía un mínimo de confort bajo todas esas capas.

Ya desnuda, se abrazó a sí misma durante unos segundos, como si intentara reunir valor. Finalmente lo hizo: caminó lentamente hacia un espejo que coronaba el tocador cercano. La valentía que tantas veces había demostrado, flaqueó por un instante. Pero miró.

Observó su reflejo por primera vez desde lo sucedido. Tardó unos segundos en notar los cambios... y mucho más en organizar sus pensamientos frente a lo que veía.

Quien había sido una joven de veintipocos años ahora, en apariencia, rondaba los cuarenta. Soltó el abrazo que se daba a sí misma, y esta vez sí se estremeció ligeramente. Era ella, sin duda. Su cuerpo seguía definido, su musculatura presente. Pero su piel... su piel tenía ahora un tono menos limpio, más marcado, menos "pulido". Las curvas, antes perfectamente delineadas, ya no lo estaban tanto. Volvió a abrazarse.

Había estado dispuesta a irse con su diosa sin dudar un segundo. Pero... no se esperaba esto.

Se dejó caer en la cama que había detrás, sentándose en silencio. Poco más podía hacer que pensar en ello. Meditarlo. Asimilarlo.

Pasaron minutos. Tal vez horas. El tiempo tenía un peso distinto ahora. Como si se hubiese acelerado cruelmente para ella sola. Notaba el paso de los años en los pequeños detalles: en la forma en que su respiración parecía más pesada, en cómo sus dedos, aún firmes, temblaban apenas al moverse. No era debilidad, eran nervios, pesar, ansiedad lo que provocaba aquello.

Luchó por entenderlo. Había aceptado el sacrificio, sí. Pero no pensó que vivir con él sería lo más difícil. No fue la batalla. No fue el dolor. No fue el acto de entregar su esencia. Fue esto. El después. El tener que mirarse cada día y ver, no a una extraña, pero sí a una versión de sí misma que no había tenido tiempo de conocer. Una mujer que la miraba con sus mismos ojos, pero con una historia escrita sobre la piel.

No sabía si era castigo o recompensa por aun estar viva. Quizá ambas. Quizá ninguna.

Se recostó sobre las sábanas ásperas, sin cubrirse, sin moverse. Solo estaba ahí. Viviendo en un cuerpo que, aunque suyo, se sentía prestado. Cambiado. Como si la hubieran traído de vuelta… pero no del todo.

Y entonces, por primera vez desde hacia años, lloró.

No por dolor. Ni por miedo. Ni siquiera por pérdida. Lloró por la certeza de que todo había cambiado.

Los sollozos eran sordos, apenas audibles, como si incluso en eso temiera romper el silencio que la envolvía. Lloraba como se llora por alguien que ha muerto... aunque nadie más hubiera notado la muerte. Porque ella sí lo sabía. Había muerto una parte de sí. La parte joven. La parte que aún creía que todo era recuperable. Que siempre habría un regreso.

A su alrededor, la habitación era ajena. Demasiado ordenada, demasiado intacta, como si no supiera que en su interior se estaba desmoronando una guerra. El espejo seguía ahí, sin moverse, cruel en su verdad. Se preguntó por qué le habían devuelto así. Por qué su diosa no la había llevado del todo, por qué este medio regreso.

Tal vez había una lección. Tal vez había una misión. Tal vez, simplemente, la habían dejado viva para que comprendiera el peso de lo que había hecho.

Recordó los nombres. Las caras. Los gritos. Las oraciones. El brillo de la luz en el último momento. Lo había hecho por ellos, por todos. Pero ninguno de ellos tendría que mirar cada mañana y ver el rostro de una mujer que había pagado más de lo que había acordado.

Se volvió de lado, dándole la espalda al espejo. No quería mirarse más. No hoy. No aún. Tal vez algún día aprendería a querer ese nuevo reflejo. Tal vez encontraría fuerza en esas líneas, tal vez encontrase algún día una solución a este problema. Pero ahora, en ese instante, solo sentía el frío. El vacío.
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Sariel

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Noche I - La Puerta Cerrada​


Sariel soñó con la luz.

Una llanura estelar se extendía ante ella, salpicada de brumas plateadas y constelaciones vivas. Allí, suspendido entre el cielo y la eternidad, flotaba el Templo de la Luna: columnas de alabastro, escalinatas de cristal, y una gran puerta blanca que resplandecía como la frente misma de Selûne, no podía creerselo al fin estaba allí, en las Puertas de la Luna.

Corrió.

Su capa ondeaba como niebla al viento, sus pies no tocaban el suelo. La puerta se acercaba, cada vez más cercana, más grande, más luminosa... hasta que, a un suspiro de distancia, se cerró de golpe. Un eco seco retumbó en el vacío.

Sariel cayó de rodillas. Golpeó la puerta. Llamó. Rogó.

Dentro, vislumbró una silueta envuelta en plata: Selûne, con el rostro vuelto. La diosa no se movía. No respondía.

Entonces sintió el tirón.

Algo frío, húmedo, putrefacto, se enredaba a sus tobillos. Desde la negrura bajo las estrellas, un brazo descarnado la arrastraba hacia abajo. Ella gritó, pero su voz se rompía en burbujas. Y mientras caía, la última cosa que vio fue la espalda de su diosa alejándose.


Noche II - Cenizas​


El campo era blanco. No por nieve, sino por ceniza.

Sariel caminaba descalza. El aire olía a carne quemada, a metal oxidado, a silencio. Cada paso levantaba una nube gris que se arremolinaba en torno a sus piernas.

Allí estaban ellos.

Uno a uno, de pie como estatuas: sus compañeros. Quietos. Bellos. Muertos.

Ella los llamaba. Ninguno respondía.

Se acercó a la más cercana, tocó su hombro... y este se deshizo al contacto. Ceniza al viento. Gritó y corrió al siguiente. Lo mismo. Y otro. Y otro.

Hasta que estuvo sola, cubierta de polvo, con las manos vacías.

Al mirar hacia el cielo, vio la luna desmoronarse en cenizas también y la oscuridad la inundo todo.


Noche III - El Susurro de Shar​


La oscuridad hablaba con su voz.

“Selûne no te ama.”
“Te envejeció el alma y el cuerpo.”
“Yo nunca te abandonaría.”

Sariel flotaba en una sala de espejos. Cada reflejo mostraba un rostro distinto: uno joven, otro viejo, otro lleno de cicatrices, otro... con ojos negros como pozos.

Uno sonreía.

Y luego todos lo hicieron.

Una corona de ónix apareció sobre su frente. Intentó quitársela, pero estaba clavada en su piel. La sangre goteaba entre sus cejas, pero no dolía. Dolía más el placer que sentía. La sensación de poder. De certeza. De... alivio.

Y la voz seguía:
“¿Acaso no fue Selûne quien permitió esto?”
“¿No fui yo quien vino a ti en tu noche más oscura?”
“Dame tu luz rota. Yo la haré entera.”

Sariel despertó empapada en sudor, con la sensación de aún llevar algo frío en la cabeza.


Noche IV - El Altar Vacío​


El templo estaba desierto.

Sariel caminó hasta el altar. Las columnas eran negras, como quemadas por el fuego. Se arrodilló. Prendió las velas. Murmuró plegarias.

Pero el altar estaba vacío.
Y la estatua de Selûne, al fondo, le giraba el rostro.

La cera chorreaba, negra como brea. La luz temblaba. Y de sus manos, en vez de radiancia, brotaba sangre espesa. Intentó limpiarse. Cuanto más frotaba, más sangraba. Las venas de sus brazos se marcaban como raíces negras bajo la piel.

Un cuervo se posó en el altar.
La miró.
Y grazno dejando sonar una risa siniestra. "Ya no eres aceptada por ella".


Noche V - El Juicio​


Un círculo de sombras la rodeaba.

Eran ellos. Sus compañeros. Pero sus ojos eran huecos, y sus voces, cuchillas.

“No llegaste a tiempo.”
“No rezaste lo suficiente.”
“¿De qué sirve tu fe si no puedes protegernos?”

Sariel quiso hablar, explicar, rogar... pero su lengua estaba pegada al paladar. Cada intento de palabra era un ahogo. El suelo temblaba. Las sombras crecían. Uno de ellos -su amiga más cercana- se le acercó y le susurró al oído:

“Nos fallaste. Como siempre.”

El juicio fue rápido.
La condena: silencio y soledad eterna


Noche VI - La Luna Rota​


El mundo lloraba luz.

El cielo se desgarró en un grito blanco. La luna -la guía, la madre, la promesa- se partió en fragmentos. Cayeron como lágrimas ardientes sobre el mundo.

Sariel intentó correr, pero estaba atrapada entre los muertos. Rostros conocidos, rostros amados, rostros que la culpaban.

Y en medio del cataclismo, Shar apareció.

La abrazó.

Sus labios helados susurraron:
“Yo te acepto. Con todos tus fracasos.”
“Yo no exijo pureza. Solo verdad.”
“Ven.”

Selûne lloraba desde el otro lado de un abismo de cristal. Extendía la mano, pero era tarde.

Sariel gritó. Y de su boca brotó una risa que no era suya.

Desperto casi de un salto y se llevo las manos a su garganta, sudorosa, pálida, sofocada, entre sabanas húmedas que denotaban su angustia, no volvio a dormir aquella noche.

Noche VII - El Reflejo Marchito​


El mundo estaba en silencio, y Sariel también.

Se encontraba a la orilla de un lago negro, tan quieto que parecía hecho de obsidiana líquida. No había viento, ni hojas, ni estrellas. Solo la luna colgaba inmóvil sobre ella, enorme y blanca, pero su luz no alcanzaba el agua. Ni una sola chispa plateada se atrevía a tocar la superficie.

Sariel dio un paso adelante.

El agua no olía a frescura ni a tierra húmeda: tenía un aroma agrio, como metal oxidado y flores marchitas. Se inclinó con cuidado, como si intuyera que había algo esperando del otro lado. Y lo vio.

Su rostro.

Pero no como lo recordaba. No como lo soñaba. No como lo rezaba.

Era un rostro surcado por arrugas profundas, como grietas en mármol viejo. Sus mejillas estaban hundidas, su piel apagada, sus ojos turbios. El cabello, antes blanco y liso como la luna llena, caía en mechones quebradizos, desprovistos de toda gracia.

Abrió la boca para hablarle al reflejo… y este no la imitó.

Se tocó la mejilla, con los dedos temblorosos, y al rozar su piel esta se deshizo como polvo húmedo. Trozos de carne seca cayeron al agua con un sonido sordo. Debajo, el hueso blanco asomó, y con él, un susurro frío:

“¿Qué esperabas encontrar? Belleza eterna... ¿o propósito?”

Se apartó, con el pecho oprimido, pero el lago ya no reflejaba su rostro.

Ahora mostraba la orilla opuesta.
Y allí estaba ella.

Sariel. Joven. Radiante. Vestida con su palteada armadura, bordada con filigranas de rosas y estrellas. Su cabello fluía como un río de plata, y sus ojos brillaban con la fe incuestionable de quien aún no ha sangrado por su creencia. Danza. Gira. Canta. La melodía no tiene palabras, pero lleva en su eco la promesa de la juventud, la pasión, la certeza.

Sariel, la real, la marchita, observa con los labios apretados y los ojos húmedos.

La otra se detiene.
La mira.
Y sonríe con crueldad serena.

“Así termina tu devoción,” dice la joven con su voz, pero cargada de veneno. “Sola. Vieja. Inútil.”
Camina por la superficie del agua como si aún fuese digna de los milagros. Cada paso deja una huella luminosa que se apaga al instante. “¿Cuántas veces rezaste para que Selûne te sanara? ¿Cuántas veces esperaste que tu fe te salvara del tiempo?”

Sariel intenta responder. Abrir la boca. Defenderse. Pero las palabras no le obedecen.

“Eras hermosa cuando creías,” continúa su otra yo. “Cuando pensabas que la fe bastaba. Ahora... mira tus manos.”

Sariel baja la mirada. Sus dedos son delgados, nudosos, desgastados como ramas secas. Cuando intenta moverlos, crujen como hojas muertas.

La joven Sariel se inclina, a escasos centímetros del rostro reflejado. Sus ojos son pozos de luz fría.

“Shar ofrece consuelo a quienes Selûne olvida.”

Y con esa última frase, la visión se disuelve.

La superficie del lago se agita por primera vez, como si respirara. Una marea oscura comienza a subir por las piernas de Sariel, lenta pero implacable, dispuesta a tragarse su reflejo... y su fe.

La sacerdotisa desperto entre gritos, un par de caballeros no tardaron en entrar en la habitación, asustados por lo que pudiese estar ocurriendo, viendo a la mujer sofocada, hiperventilando, apoyando la cabeza en una de sus manos antes de lograr prestar atención a los caballeros.- Ma-marchaos...- fue cuanto salio de su boca y ambos caballeros tras mirarse y dudar, salieron de la habitación. Ella se dejo caer y trato de calmarse, rogando por que las pesadillas terminasen de una vez.


Offtopic :
Relatillo por las consecuencias de las pesadillas generadas en la trama de @DM Kapillo, para representar el malestar y los miedos de Sariel los días indicados
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Retrato de una calamidad​

La luz de la luna se colaba tímidamente entre las nubes de la noche, derramando una luz blanca sobre las ahora renovadas paredes de la Abadía de Hydcont tras sufrir las incesantes lluvias de meteoritos. Las campanas ya no sonaban como antaño, pero en su lugar, el bullicio de un grupo heterogéneo -por no decir absolutamente improbable- ocupaba el atrio principal.

-¡Vamos, vamos, en fila! -gritó Sariel, mientras ajustaba la ropa de Lili por enésima vez-. ¡Lyra, no te subas al muro otra vez!

Lyra, con una sonrisa traviesa, ya tenía un pie sobre el banco de piedra, posando como si estuviera en una pintura renacentista.

-¡Pero así salgo más alta! -replicó.

-¡Tú ya eres la más alta de nosotras! - gimio Sariel, mientras apretaba su carpeta de notas como si contuviera hechizos de contención emocional.

A un lado, Gwen se acomodaba el cabello con paciencia casi aristocrática, ignorando por completo el caos y al menos trataba aparentar calma, ya que estaba roja como un tomate. Lili practicaba una pose de "heroína misteriosa" con un palo como si fuera su cetro, mientras Zarah intentaba imitarla, pero se enredaba con su capa.

Kizzak, el kobold, ya estaba subido en el hombro de Rukhar.

-¿Así salgo más imponente? ¡Sí, gran Kizzak, señor de la mirada heroica! -decía, mientras su cola se agitaba como látigo.

-Solo no me arañes la cabeza, camarada. -gruñó Rukhar con su voz grave, aunque resignada. Ya se había rendido a la lógica del grupo.

Lekin y Eothain, los únicos con algo de sentido común, estaban intentando alinear a los demás con la ayuda de Lenah, que les señalaba la perspectiva correcta mientras apuntaba al pintor con autoridad.

-Un poco más a la izquierda, Rukhar. No, tu izquierda. ¡Tu otra izquierda!

Druul, giró lentamente como un molino desorientado y terminó dándole un codazo a Lekin.

-Lo siento, hominido intelectual.

-No pasa nada, solo me reacomodaste tres vértebras -murmuró Lekin, enderezándose como un resorte descompuesto.

El pintor, un hombre de barba enredada y ojos que ya reflejaban el arrepentimiento, les hacía señas desde su caballete.

-¡Si todos pueden mirar hacia aqui y quedarse quietos por cinco segundos, lo agradecería! ¡Y que el kobold no haga otra mueca rara!

Kizzak inmediatamente sacó la lengua y se relamió el ojo.

Sariel se llevó la mano a la frente.

-Por el amor a los dioses antiguos y nuevos, Selûne, dame paciencia por que si me das fuerzas les doy una hos... -Resoplaría, armandose de paciencia- ¿por qué acepté esto? ¿Por qué? ¡Parecen una troupe de juglares en pleno colapso nervioso!

Gwen se acercó a ella, sonriendo con calma.

- Miralo por el lado bueno, has conseguido que estemos todos en el mismo sitio.

- Eso no es liderazgo, eso es castigo divino -masculló Sariel.

Finalmente, con un esfuerzo hercúleo y la amenaza de no haber cena esa noche, todos se alinearon frente a la abadía. Druul, serio como una montaña. Gwen, aun tímida, sujetandose su sombrero. Lili, con la mano en su cintura. Eothain de brazos cruzados. Lekin, con su sonrisilla habitual, lo más recto posible. Zarah curiosamente formal para lo que salia ser ella. Kizzak, agarrado a uno de los cuernos de Druul, asomandose. Rukhar sonriendo torpemente con ambas manos apoyadas en su enorme mazo y tratando de mantener una postura marcial. Lenah y Lyra juntas, dándose algún codazo que otro. Y Sariel, en el centro, con una sonrisa tan tensa mientras su ceja sufría un pequeño tic nervioso.

-¡Ahora! -gritó el pintor.

Y justo entonces, con un pequeño conjuro, sabe Selûne cual, el hombre inmortalizo la imagen del pequeño grupo, quizá no eran muchos, quizá eran dispares y diferentes, pero ahí estaban.

Y así quedó: un retrato de héroes. Desiguales, extraños, y más familia de lo que ninguno admitiría en público.
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Offtopic :
Para todos vosotros, los que habéis estado día a día apoyando este proyecto, colaborando, haciéndolo grande y, sobre todo, disfrutándolo, que al fin y al cabo es para lo que venimos aquí:

gracias por vuestro tiempo, por vuestra paciencia conmigo, y espero que, dure lo que dure, lo disfrutemos todo lo posible mientras esté vivo (el proyecto).
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Se pertrechó con su armadura, robusta y firme como siempre, ya mucho más habituada a su nueva apariencia. La presencia de Gwenaelle, tras su largo viaje, había sido para la sacerdotisa como un remanso de paz en mitad de la tormenta. Muchos creían que la vida del sacerdocio era sencilla, casi plácida, pero ella conocía la verdad: si el alma se entrega con sinceridad a la fe, la existencia se convierte en una constante contracorriente, una lucha perpetua por mantenerse fiel a una misma.

Gracias a Selûne, y por fortuna para ella y muchos otros, una pequeña gran familia había surgido, y en ella se sentía querida, acompañada, sostenida. Aún recordaba con nitidez el día en que llegó a la abadía, preguntando con timidez si aquel era el lugar correcto. Pasó horas hablando con Selise, sin saber siquiera que se encontraba frente a la mismísima Estrella de Plata de Amn. No fue hasta su segunda visita que una sacerdotisa del templo le reveló la verdad, dejándola perpleja. Solo era una niña de dieciocho años entonces, una ilusa que aún creía que el mundo era puro canto, bondad y fantasía. Ahora, con casi veinticuatro primaveras a sus espaldas, con incontables historias vividas y vidas perdidas bajo su mando, comprendía la cruda realidad.

Detestaba la política, odiaba las cadenas impuestas por normas ajenas y repudiaba cuanto cercenase la libertad de los suyos. Pero lo que más le desgarraba era su propia fragilidad, esa que, paradójicamente, había crecido con su poder. Era más fuerte que nunca, sí, pero también más fácil de quebrar. El simple pensamiento de perder a alguno de los suyos le helaba la sangre. Durante días enteros no encontró el sueño, atormentada por las muertes de once caballeros que cayeron bajo su mando. Pesadillas, sábanas empapadas, ansiedad. Soñaba con sus rostros… no eran soldados sin nombre: eran amigos. Guerreros con quienes había compartido mil batallas. Como el noble Sir Vor.

Se puso en pie, dejando a un lado el peso del recuerdo, y caminó hasta su escritorio. Abrió un pequeño libro por la página marcada y comenzó a escribir con caligrafía sosegada:


“Hoy me embarga una tímida dicha. He paseado por la ciudad, quizá por última vez en mucho tiempo. Decisiones han sido tomadas, y aunque no todas sean perfectas, sé en lo profundo de mi alma que todas ellas responden a lo que creo justo. Estoy segura de que la Dama las miraría con buenos ojos, y eso basta para mí.

Mas no puedo negar el nudo en mi pecho. Me invade la ansiedad, el miedo. Ya hemos perdido demasiado… y pensar en perder a alguno de ellos me hiela hasta los huesos. Caminamos unidos por voluntad, no por normas; nadie está por encima, ni por debajo. Somos una familia. Pero perder a un miembro de esa familia por un error mío… no, no podría soportarlo. Aún siento la punzada cuando recuerdo los rostros de Eothain y Zilvra tras la caída de Erin. Esa espina no sanará jamás.

Nos llaman lunáticos, y quizá lo seamos… pero, ¿quién está realmente cuerdo en un mundo que tolera atrocidades y se alimenta de mentiras? Tal vez seamos impulsivos, sí, pero el mundo olvida pronto las gestas pasadas cuando la zarpa de un dragón aplasta el espíritu del pueblo. Me acusan de incoherencia, como si temiera enfrentarme a esa dragona y decirle cuánto desprecio su tiranía. No temo hablar… temo morir sin propósito. Y eso no es valentía, es sabiduría.


No sé qué nos depara el porvenir, pero sé lo que haremos: permaneceremos juntos. Lucharemos por la libertad de los humildes, por el desamparado, por el débil. Si debemos cargar con su odio, lo haremos. Si debemos llorar sus penas, también lo haremos. Y cuando la luna vuelva a alzarse sobre los cielos de Faerûn y su luz bañe cada rincón del mundo, ni la más oscura sombra podrá huir de su juicio.”

Sopló con suavidad sobre las páginas para secar la tinta, y durante unos instantes, contempló el texto en silencio. Luego cerró el libro con ternura, y volvió su mirada hacia el exterior de la abadía.

Allí, bajo la tibia luz del atardecer, los animales pastaban en calma. Los granjeros comerciaban pan por huevos, y a lo lejos distinguió a Gwenaelle, Zarah, Lili, Kriell y Lyra, enfrascadas en animada charla. Lekin, como era habitual, perseguía a Druul, que sin duda había causado algún alboroto con sus conjuros. Pobre Lekin. Rukhar tomaba el té, como siempre, costumbre extraña para los suyos pero que siempre había apreciado. Kizzak conversaba animadamente con los quince kobolds que habían traído desde los Picos de las Nubes, instruyéndolos con fervor. Rhalein, con su expresión ausente habitual, paseaba junto a aquella elfa recién llegada, charlando sobre cosas triviales seguramente, pero con una sonrisa serena en el rostro.

Suspiró profundamente y cerró los ojos.

Ojalá todo pudiera ser siempre así.

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El Umbral. Un sitio para estar seguros, decían.

Y así era, si uno lo miraba desde una perspectiva meramente física: más seguro que aquel lugar, no había simplemente nada. No solo por la vastedad del contingente que allí se agolpaba, sino por la misma naturaleza del sitio.

Aun así, las dificultades no escaseaban. Como era lógico, a mayor número de almas reunidas en un mismo lugar, más enredada se volvía la convivencia, más frágil el respeto, más corta la paciencia. Y mantener las formas -virtud ya perdida en más de una ocasión, tanto en el frente como en la charla diaria- se tornaba un lujo que no todos podían permitirse... salvo, claro está, que lo hicieran intencionadamente.

Era una de esas verdades que el tiempo, con dientes de hierro, le había obligado a aprender. Y sabe Selûne cuánto le había costado, más que cualquier otra cosa.
Lo que muchos no entendían -o no querían entender- era que la diplomacia no siempre era necesaria. Que ser parco en palabras no era frialdad, era economía: de energías, de aliento, de tiempo. Aquello no era una reunión de eruditos ni un salón de té; era guerra. Y debía tratarse como tal.

Sariel permanecía sentada sobre uno de los troncos que usaban para reposar, la mirada fija en la poza dorada frente a ella. En su centro, una estatua de la Dama de la Luna se alzaba con solemnidad. Por un instante, le pareció verla sonreír, como si disfrutase del agua bendita y se bañase en ella. Pero bastó un parpadeo para que la ilusión se deshiciera como bruma al sol y la mirada de la sacerdotisa se ensombreciese ligeramente, dejando ver aquellas ojeras profundamente marcadas.

Se quedó contemplando el rostro de piedra de la efigie más minutos de los que le gustaría admitir. Entonces sintió una presión en el pecho, un ahogo sordo. Se puso en pie y tragó saliva. Intentó calmarse, pero la sensación no cedía.
Se echó a andar. Tomó su escudo, que descansaba junto a la pared del santuario, y las dos hojas que siempre llevaba, junto con la maza que colgaba de su cinturón.

Salió del santuario. Necesitaba aire.
Pero ni la naturaleza, ni la brisa suave que acariciaba las hojas lograron aliviar aquella opresión que le atenazaba el pecho.
Trató de controlar la respiración, que ya se le había tornado agitada, y continuó caminando sin rumbo fijo, se internó en el bosque, sin saber bien para qué.

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Y allí estaba ella, una vez más, a lomos de Chandra, la grifo que tanto tiempo llevaba acompañándola. La sacerdotisa ocultaba su rostro tras una máscara de acero, ya tan habitual como la capucha que cubría su cabeza, velando su identidad y mostrando un semblante imperturbable. Mas bajo aquel frío metal, hervían el nerviosismo, la ansiedad y la tensión... y sobre todo, el miedo. Miedo a no ser suficiente. Miedo a no poder mantenerlos a salvo.

Había hecho una promesa. Una promesa que debía cumplir, aunque el precio fuese alto.

Su corazón retumbaba en su pecho como un tambor de guerra; el calor de la armadura, del gambesón y de las túnicas le arrancaba perlas de sudor. En la siniestra portaba el escudo, firme y resuelto. En la diestra, su hoja, consagrada. Y ante ella, una vez más, el campo de batalla.

Aquella lucha en las ruinas quedaría grabada para siempre. Baldrak, Radix y Rhalein lideraban la acometida como lanza y escudo, los primeros en dar el paso y los últimos en retirarse. Tras ellos, la muerte caía del cielo: Dainn, Aviel y Sylwen hacían llover flechas y virotes que silbaban sobre los cascos, mientras el poder arcano de Druul y Cythera quebraba las defensas del enemigo como el rayo parte el roble.

Pero el papel de Sariel era otro.

Junto a Kharmin, el enano testarudo al que tanto apreciaba, debía sostener el hilo de la vida de sus compañeros. No era su momento para la acometida ni el golpe final. Era tiempo de resistir, de sanar, de guiar. Porque en sus manos confiaban todos, y ese peso sagrado era a la vez carga y orgullo.

La primera batalla en las ruinas fue más dura de lo que jamás hubiese imaginado. Ni siquiera en la refriega de las montañas sufrió tanto al ver las heridas de sus hermanos abrirse y cerrarse con furia ante los conjuros desesperados. Incluso la ayuda de los árboles andantes, apenas bastó para inclinar la balanza. Pero la audacia y la unidad prevalecieron, y el grupo logró abrirse paso hasta el castillo del enemigo.

Allí, entre fuego, sangre y humo, resistieron junto a las tropas el tiempo necesario para preparar el asedio. Las puertas, de aspecto infranqueable, cayeron finalmente con un rugido de victoria. La Yuanti, sierva de la Señora del Pantano, aguardaba dentro... y no tardaría en conocer su final.

Mas Sariel no celebró. No aún.

Su aliento tembló, su mano se posó sobre el lomo de Chandra, que bramó con fuerza. Y entonces, como tantas veces antes, la sacerdotisa elevó su ruego a la Dama de Plata:

- Selûne, Madre de la Luna, guíanos.
Haz que nuestro acero no yerre, que nuestros corazones no titubeen.
Donde la piedad no puede alcanzarnos, que sea tu misericordia la que nos ampare.
Hazme uno con tu voluntad, y convierte mi cuerpo en instrumento de tu justicia divina.
Hoy, más que nunca, necesito ser tu reflejo en esta tierra sombría.

Y así, con una carga que resonó como un trueno por los valles, elfos, druidas, soldados de la División de la Nube y criaturas del bosque descendieron sobre el fortín. Fue una batalla breve, intensa, sangrienta... pero concluyó con victoria.

La Yuanti cayó, decapitada, el fortín, antaño bastión de corrupción, fue tomado, y el grupo, exhausto pero completo, contempló los frutos de su sacrificio.

Sariel suspiró, aliviada.
El bosque, al fin, era libre una vez más.
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