Sariel
Enano sin acento ruso
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A unos kilómetros de la bulliciosa Puerta de Baldur, en una modesta casa de campo rodeada de colinas, vivía Sariel Shade. Con sus no más de veinte años, su vida había sido tranquila, dividida entre la devoción a Selûne, que había aprendido de su madre, y las enseñanzas de su padre, un respetado herrero que también le había inculcado el arte del manejo de la espada.
Sariel había sido criada bajo la luz plateada de Selûne, pero también junto al calor del fuego de la forja de su padre. Él le había enseñado a trabajar el metal, a templar el acero y, lo más importante, a defenderse con una espada. Aunque su madre, una curandera devota de la Dama de la Luna, había cultivado su lado espiritual, su padre le había dado una conexión terrenal y práctica con el mundo. Sariel no solo conocía la fe, también conocía el acero.
Esa noche, como tantas otras, Sariel se encontraba sola en la colina detrás de su casa, contemplando la luna llena. Puerta de Baldur brillaba a lo lejos, con sus luces doradas en el horizonte, pero aquí, en las afueras, el silencio lo envolvía todo. La luz plateada de Selûne bañaba la tierra.
Desde pequeña, había sentido una profunda conexión con Selûne, la diosa que siempre la había reconfortado en sus momentos de duda. Cada vez que rezaba bajo la luna, la Dama de la Noche parecía responder, no con palabras, sino con una calma profunda, como si el propio cielo le sonriera. A medida que creció, esa conexión se hizo más fuerte, y en ocasiones, cuando rezaba con gran fervor, milagros pequeños ocurrían: una planta moribunda revivía, una herida sanaba más rápido de lo normal, o una sensación de paz invadía a quienes la rodeaban.
Pero esa noche, algo era distinto. Mientras cerraba los ojos en su oración, una sensación extraña la invadió, como un suave tirón en su pecho. No era una voz, pero algo en su interior la empujaba a mirar más allá de la vida tranquila que había conocido hasta ahora. Abrió los ojos lentamente y miró a la luna, buscando respuestas en el resplandor de Selûne.
El viento sopló, y un escalofrío recorrió su espalda. Algo la llamaba, una sensación lejana pero persistente. No era miedo lo que sentía, pero tampoco podía ignorar lo que la inquietaba.
Al regresar a casa, su madre estaba sentada junto al fuego, como de costumbre, ordenando hierbas y ungüentos. La mujer levantó la vista cuando Sariel entró y, al notar la expresión en el rostro de su hija, supo al instante que algo había cambiado.
—¿Sariel? —preguntó su madre, con su tono suave y lleno de amor, el mismo que siempre usaba cuando percibía una inquietud en su hija.
Sariel se detuvo un momento en la entrada, observando a la mujer que la había guiado toda su vida. Por un instante, sintió el deseo de quedarse allí, en la seguridad de su hogar. Pero la sensación de ser llamada a algo más era cada vez más fuerte.
—Madre... siento que algo me está llamando —dijo Sariel, con voz tranquila pero cargada de confusión—. No sé qué es, pero no puedo ignorarlo.
La madre de Sariel la miró con una mezcla de ternura y preocupación. Desde pequeña, había sabido que su hija era especial. Su conexión con Selûne era más profunda de lo que ella misma había experimentado jamás, y aunque siempre había querido que Sariel se quedara a su lado, sabía que la luna tenía otros planes para su hija.
—Selûne siempre nos guía, incluso cuando no comprendemos su propósito —dijo su madre, poniéndose en pie—. Desde niña, he visto cómo la Dama de la Luna te ha tocado, de una manera que no todos entienden. Sabía que este momento llegaría. —Se dirigió a un pequeño cofre de madera y sacó un amuleto de plata en forma de media luna—. Este amuleto ha estado en nuestra familia por generaciones. Llévalo contigo, hija. La luz de Selûne te protegerá, estés donde estés.
Sariel tomó el amuleto en sus manos, sintiendo el peso no solo del metal, sino del significado que representaba. La sensación de ser llamada aún persistía, pero ahora tenía la bendición de su madre para seguir adelante. Sin embargo, no era solo su madre quien había formado parte de su vida.
—Tu padre también sabía que este día llegaría —dijo su madre, esbozando una sonrisa melancólica—. Él te enseñó a forjar y a manejar la espada para cuando necesitaras defenderte. Sabía que tu vida no estaría limitada a la paz de este hogar. Y ahora, aunque no está aquí, lo que te enseñó será parte de tu viaje.
El recuerdo de su padre, con sus manos fuertes y su risa cálida, llenó el corazón de Sariel. A pesar de su devoción a Selûne, él siempre había querido que ella estuviera preparada para cualquier desafío. Desde pequeña, le había enseñado a sostener una espada, no solo como una herramienta, sino como una extensión de su fuerza y voluntad. Aunque nunca había tenido que usarla en combate, la práctica con su padre le había dado una seguridad que ahora agradecía.
—Madre... ¿a dónde debo ir? —preguntó Sariel, con el amuleto aún entre sus dedos.
—Al sur, hacia Amn —respondió su madre—. He oído hablar de la Abadía de Hydcont, en la ciudad de Imnescar. Allí, la Suma Sacerdotisa del lugar guía a aquellos que sienten el llamado de Selûne. Si la luna te llama, ese es el lugar donde encontrarás respuestas.
El miedo a lo desconocido la invadió por un momento, pero Sariel sabía que no podía ignorar el llamado de Selûne. Esa noche, preparó sus cosas en silencio. Con el amuleto de su madre y la espada que había forjado con su padre, se dispuso a partir al amanecer. Sabía que su camino no sería fácil, pero también sabía que no estaba sola. Llevaba consigo la bendición de su madre y la fuerza de su padre.
Cuando salió de casa al alba, con Puerta de Baldur a sus espaldas y el horizonte extendiéndose hacia el sur, la luna aún brillaba débilmente en el cielo. A medida que avanzaba, el amuleto de Selûne y la espada de su padre parecían resonar en armonía, recordándole que la luz de la diosa y el acero de su padre estarían siempre a su lado.
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