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Cartas al mentor

Hawkrylly

Enano con acento ruso
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CARTA I

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro.

Le escribo desde Athkatla. Estoy sentado frente a la Cúpula de la Rosa, justo donde usted me dijo que viniera. Ya llevo unos días por la ciudad, y la verdad es que ha cambiado y al mismo tiempo sigue siendo la misma. El olor a pescado podrido en el puerto, el bullicio de las calles, las miradas desconfiadas de los mercaderes... todo sigue ahí. Pero también hay caras nuevas, y algunos de los viejos callejones han desaparecido para dar paso a edificios más altos. Supongo que hasta Athkatla intenta renovarse.

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He estado patrullando los alrededores, como usted me enseñó. Y he de reconocer que este sigue siendo un sitio peligroso. No voy a dar nombres en mis cartas, nunca se sabe qué ojos pueden leerlas. Pero hay cosas que merecen contarse.

Lo cierto es que me siento afortunado, Sir Alexander. He conocido a gente que me ha ayudado de manera desinteresada. Algunos de ellos me han salvado el pellejo, incluso. Parece que incluso aquí, en el corazón de Amn, aún queda bondad. Aunque algunos traten de ocultarla tras una máscara de dureza, tarde o temprano asoma. Como el sol, supongo.

He conocido a gente de todo tipo. Incluso a un cambiaformas. Fue increíble, maestro. No sé si usted ha visto a uno en persona, pero yo nunca había visto nada igual. Su habilidad es impresionante, pero por lo que me contó, al principio fue bastante doloroso. Y en parte seguía siendo doloroso, aunque de otra manera. Eso no lo dijo con palabras, pero lo intuí en cómo lo decía. Lo cierto es que me ayudó mucho: me enseñó los alrededores y fue muy generoso conmigo. Me recordó a usted, en cierto modo. La misma forma de dar sin esperar nada a cambio.

También participé en una patrulla con varias personas de la ciudad. Mi intención era ayudarles en lo posible, como usted me enseñó. Pero los enemigos que esa gente enfrenta... licántropos gigantes, Sir Alexander. Están muy lejos de mis capacidades. Creo que fui más un lastre que una ayuda, pero al menos traté de hacerlo lo mejor que pude. No huí. Eso es algo, ¿verdad?

A veces me pregunto si estoy en el lugar correcto, añoro dormir al raso. Pero luego recuerdo sus palabras, y sé que mi lugar son los caminos, pero en esta ciudad me queda mucho por aprender, espero mantener el equilibrio un tiempo antes de partir definitivamente.

Lo cierto es que sigo tratando de entender las motivaciones de la gente. ¿Qué es lo que les mueve? Lo bueno de esta ciudad es que hay mucha gente sobre la cual preguntármelo. Cada persona que conozco me enseña algo nuevo, y eso me hace pensar que el mundo es más grande de lo que imaginaba. Aún así, no se preocupe, señor. Sigo en los caminos. Sigo en ese borde entre la luz y la oscuridad para llevar la ayuda a quien la necesita. Pero hay gente verdaderamente fascinante en esta ciudad. Algunos días pienso que nunca terminaré de entenderlos. Y quizá eso esté bien.

Por poco me olvido: me echaron las cartas, Sir Alexander. Recuerdo la tirada perfectamente.

La primera fue El Mundo Invertido. Cuando salió, pregunté si era buena o mala, y me explicaron que no hay cartas buenas ni malas. Que cada una es una pregunta, no una sentencia. La segunda fue El Hierofante. Con estas dos primeras, me dijeron que tuviera cuidado con mis decisiones. Algo de razón tienen, usted lo sabe mejor que nadie. Y la última fue La Torre Invertida. De esta me dijeron que era la única que sí se puede considerar mala, porque anuncia que algo malo puede pasar. Pero al estar invertida, añadieron que podría verlo llegar. Que tendría tiempo para prepararme.

Espero que no sea así. Pero si lo es, al menos podré prepararme para el golpe. Como usted siempre me dijo: "El sol no pregunta de dónde vienes, solo calienta donde estás". Supongo que eso también aplica a las tormentas.

Espero que esta carta lo encuentre bien, Sir Alexander. Espero poder seguir creciendo y llevando la luz de Lathander al mundo. Que su luz brille sobre usted allá donde esté. Volveré a escribirle pronto.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 
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Hawkrylly

Enano con acento ruso
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CARTA II​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro.

Esta vez le escribo mientras veo el cielo estrellado, con una tienda de campaña detrás y un fuego a mi vera. Hace frío, pero el fuego calienta y las estrellas me recuerdan que el mundo es más grande que las paredes de Athkatla. Aunque a veces parezca que la ciudad se ha tragado todo mi horizonte.

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En primer lugar, tengo que reconocer que usted tenía razón. Debía haber partido nada más jurar. Pero los recuerdos de mi infancia, las luces y las sombras de esta ciudad, me han atrapado como una tela de araña. No es una excusa, maestro. Es solo que... cuando entré en la Cúpula de la Rosa y vi el sol a través del vitral, algo en mí supo que este era el lugar donde debía estar. Al menos por ahora. Al menos sé que me he quedado para hacer algo bueno. Y que esa elección, la de quedarme, está en ese "borde entre el oscuro y el claro" que usted siempre me decía que era mi vida.

Me hace especial gracia que la adivina lo hubiera visto tan claro. Ante mí tengo dos caminos ahora: la libertad de vagar por el mundo y hacer lo que pensé que estaba destinado a hacer, o abrir un orfanato en las calles que me vieron nacer. Ojalá todos mis problemas fueran la dicotomía entre dos acciones buenas. Por un lado, seguir la senda que empecé con usted. Por el otro, que en el peor barrio de esta ciudad empiece el amanecer.

Pero lo cierto es que no puedo tener las dos. No al mismo tiempo. Si el orfanato sale adelante —y estoy trabajando en ello con tesón—, los caminos tendrán que esperar hasta que esté en funcionamiento y encuentre a alguien que pueda dirigirlo en mi nombre. No puedo abandonar algo que he empezado, usted me enseñó que las promesas no se hacen a medias. Y he prometido a unos niños que tendrían un lugar donde dormir sin miedo.

El problema, maestro, es que todo esto me está metiendo en la corriente política de esta ciudad. Sus facciones, sus manías, sus deudas... y la verdad es que creo que no tengo las herramientas para navegar eso. Usted me enseñó a blandir una espada, no a hacer tratos con mercaderes. Me enseñó a leer el sol, no a leer las intenciones de los nobles.

Varias cuerdas tiran de mí y no tengo a nadie en quien poner mi fe, más allá de Lathander. Todo el mundo tiene un interés detrás, incluso algunos de los que están ayudando. Y eso es lo que más me pesa. No saber en quién confiar. Se me hace duro no tenerle, señor. No solo por sus sabios consejos, sino porque en usted podía confiar sin reservas. Podía compartir la carga de mis hombros y usted la hacía más ligera solo con escucharme. Ahora que no le tengo, no solo me doblo por el peso de la misma, sino por la certeza de que estamos solos, Lathander y yo.

Saber que él está ahí me ayuda, de verdad. Pero necesito encontrar a alguien en quien realmente pueda confiar. Alguien que no quiera nada de mí, que no tenga una deuda que cobrarme. Todo aquí funciona con favores, con promesas, con cuentas que nunca se saldan del todo. Y yo no estoy seguro de querer o poder pagar todas las deudas que estoy contrayendo. Pero un paso cada día, señor. Todos los días amanece, y mientras amanezca, hay esperanza.

Voy a preparar un evento público para recaudar fondos para el orfanato. Habrá bardos, juegos, comida. La idea es de otra persona, pero dice que me ayudará a llevarla a cabo. Quiere que dé un discurso. Yo, señor. Un discurso ante todos los notables que vengan al evento. Para convencerlos de que esta es la obra que hay que hacer. ¿Qué voy a hacer? No he dado un discurso en mi vida. Ni siquiera sé cómo se empieza uno. "Señoras y señores, buenas noches, soy Asmund Way y antes de ser paladín era un niño que dormía en la basura". ¿Eso funcionará?

Bueno, recurriré a la verdad. Es lo único que tengo. Si no funciona, al menos habré sido honesto. Y si la verdad no convence a esta ciudad, quizá es que este no es el lugar para hacerlo. Pero tengo que intentarlo. Por los niños. Por el niño que fui.

Perdone, señor, por escribirle sobre mis penas. Pero necesitaba contarle la verdad. Usted siempre me dijo que la carga compartida pesa menos. Y aunque usted esté lejos, escribirle hace que esa carga se aligere un poco.

Espero que esta carta le encuentre bien. Que el sol brille sobre usted, dondequiera que esté.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way
 
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CARTA III​

A la atención de Sir Alexander Sterling:
Saludos, maestro.

Me encontraba rezando de rodillas esta mañana, pidiendo a nuestro señor que iluminara mi camino. No sé dónde me estoy metiendo, y empiezo a creer que estoy tratando de abarcar mucho más de lo que puedo apretar. Temo que mis ambiciones y mi falta de perspectiva sean el camino hacia los infiernos. Eso, si no muero antes en el proceso.

Se avecina una guerra, señor Alexander. Me han pedido participar en ella. Habrá no-muertos, además de otros enemigos. No podía decir que no. La luz de Lathander tiene que purgar la no-vida, y será un honor que lo haga a través de mí. Pero no diré que no temo por el resultado, porque estaría mintiendo. Será lo que Lathander, la suerte y las lecciones aprendidas quieran. Y estoy en paz con ello. Si es así como mi señor me reclama, con una sonrisa acudiré a su presencia.

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Lo cierto es que pensé que la guerra sería lo que más quebraderos de cabeza me diera. Pero no es cierto. El orfanato, maestro, creo que va a ser una prueba mucho más sutil pero infinitamente más peligrosa.

Para conseguir permiso para establecer el orfanato en el Distrito de los Ríos —el que era mi hogar—, he tenido que entrar en contacto con la gente que controla el lugar. Me han tratado correctamente hasta ahora, y hay alguno de ellos que incluso está muy implicado con el proyecto. Quizá sea eso lo que no me dejaba ver los peligros que implica volver a vivir en ese entorno.

Estaba reunido con uno de ellos cuando se acercó un hombre sospechoso. No quiero alargarme demasiado, pero ese hombre vino a avisar al señor con el que yo estaba reunido de que iba a cometer un asesinato. Lo cierto es que traté de detenerlo, pero no me fue posible. Y ahora creo que voy a ser, en cierta manera, cómplice de algo terrible. Temo estar poniendo la integridad de mi alma en serio peligro.

Cuanto más tiempo paso en el distrito, más veces vuelve a mí aquel joven cabreado que fui. El que gritaba a los adultos. El que no medía las consecuencias. Lo cierto es que he estado a punto de hacer alguna tontería por culpa de ello. Por suerte, o por la gracia de Lathander, no lo hice. Pero el impulso está ahí, maestro. Y me asusta.

No sé si estoy haciendo lo correcto. No sé si el orfanato es una excusa para quedarme donde no debo, o si es realmente la obra que Lathander quiere que haga. No sé si la guerra me encontrará preparado o si seré un lastre, como lo fui en la patrulla. No sé si estoy poniendo mi alma en peligro por ayudar a quienes no debería ayudar.

Lo único que sé es que cada mañana el sol sale. Y que mientras salga, hay esperanza. Aunque a veces esa esperanza se sienta muy lejos.

Perdone, señor, si le escribo con tanto desánimo. Pero necesitaba contárselo a alguien. Y usted es el único que siempre me escucha sin pedir nada a cambio.

Espero que esta carta le encuentre bien. Que el sol brille sobre usted dondequiera que esté.

Con todo el cariño de su pupilo,


Asmund Way


 

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