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Cartas al mentor

Hawkrylly

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CARTA I​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro.

Le escribo desde Athkatla. Estoy sentado frente a la Cúpula de la Rosa, justo donde usted me dijo que viniera. Ya llevo unos días por la ciudad, y la verdad es que ha cambiado y al mismo tiempo sigue siendo la misma. El olor a pescado podrido en el puerto, el bullicio de las calles, las miradas desconfiadas de los mercaderes... todo sigue ahí. Pero también hay caras nuevas, y algunos de los viejos callejones han desaparecido para dar paso a edificios más altos. Supongo que hasta Athkatla intenta renovarse.

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He estado patrullando los alrededores, como usted me enseñó. Y he de reconocer que este sigue siendo un sitio peligroso. No voy a dar nombres en mis cartas, nunca se sabe qué ojos pueden leerlas. Pero hay cosas que merecen contarse.

Lo cierto es que me siento afortunado, Sir Alexander. He conocido a gente que me ha ayudado de manera desinteresada. Algunos de ellos me han salvado el pellejo, incluso. Parece que incluso aquí, en el corazón de Amn, aún queda bondad. Aunque algunos traten de ocultarla tras una máscara de dureza, tarde o temprano asoma. Como el sol, supongo.

He conocido a gente de todo tipo. Incluso a un cambiaformas. Fue increíble, maestro. No sé si usted ha visto a uno en persona, pero yo nunca había visto nada igual. Su habilidad es impresionante, pero por lo que me contó, al principio fue bastante doloroso. Y en parte seguía siendo doloroso, aunque de otra manera. Eso no lo dijo con palabras, pero lo intuí en cómo lo decía. Lo cierto es que me ayudó mucho: me enseñó los alrededores y fue muy generoso conmigo. Me recordó a usted, en cierto modo. La misma forma de dar sin esperar nada a cambio.

También participé en una patrulla con varias personas de la ciudad. Mi intención era ayudarles en lo posible, como usted me enseñó. Pero los enemigos que esa gente enfrenta... licántropos gigantes, Sir Alexander. Están muy lejos de mis capacidades. Creo que fui más un lastre que una ayuda, pero al menos traté de hacerlo lo mejor que pude. No huí. Eso es algo, ¿verdad?

A veces me pregunto si estoy en el lugar correcto, añoro dormir al raso. Pero luego recuerdo sus palabras, y sé que mi lugar son los caminos, pero en esta ciudad me queda mucho por aprender, espero mantener el equilibrio un tiempo antes de partir definitivamente.

Lo cierto es que sigo tratando de entender las motivaciones de la gente. ¿Qué es lo que les mueve? Lo bueno de esta ciudad es que hay mucha gente sobre la cual preguntármelo. Cada persona que conozco me enseña algo nuevo, y eso me hace pensar que el mundo es más grande de lo que imaginaba. Aún así, no se preocupe, señor. Sigo en los caminos. Sigo en ese borde entre la luz y la oscuridad para llevar la ayuda a quien la necesita. Pero hay gente verdaderamente fascinante en esta ciudad. Algunos días pienso que nunca terminaré de entenderlos. Y quizá eso esté bien.

Por poco me olvido: me echaron las cartas, Sir Alexander. Recuerdo la tirada perfectamente.

La primera fue El Mundo Invertido. Cuando salió, pregunté si era buena o mala, y me explicaron que no hay cartas buenas ni malas. Que cada una es una pregunta, no una sentencia. La segunda fue El Hierofante. Con estas dos primeras, me dijeron que tuviera cuidado con mis decisiones. Algo de razón tienen, usted lo sabe mejor que nadie. Y la última fue La Torre Invertida. De esta me dijeron que era la única que sí se puede considerar mala, porque anuncia que algo malo puede pasar. Pero al estar invertida, añadieron que podría verlo llegar. Que tendría tiempo para prepararme.

Espero que no sea así. Pero si lo es, al menos podré prepararme para el golpe. Como usted siempre me dijo: "El sol no pregunta de dónde vienes, solo calienta donde estás". Supongo que eso también aplica a las tormentas.

Espero que esta carta lo encuentre bien, Sir Alexander. Espero poder seguir creciendo y llevando la luz de Lathander al mundo. Que su luz brille sobre usted allá donde esté. Volveré a escribirle pronto.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 
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Hawkrylly

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CARTA II​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro.

Esta vez le escribo mientras veo el cielo estrellado, con una tienda de campaña detrás y un fuego a mi vera. Hace frío, pero el fuego calienta y las estrellas me recuerdan que el mundo es más grande que las paredes de Athkatla. Aunque a veces parezca que la ciudad se ha tragado todo mi horizonte.

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En primer lugar, tengo que reconocer que usted tenía razón. Debía haber partido nada más jurar. Pero los recuerdos de mi infancia, las luces y las sombras de esta ciudad, me han atrapado como una tela de araña. No es una excusa, maestro. Es solo que... cuando entré en la Cúpula de la Rosa y vi el sol a través del vitral, algo en mí supo que este era el lugar donde debía estar. Al menos por ahora. Al menos sé que me he quedado para hacer algo bueno. Y que esa elección, la de quedarme, está en ese "borde entre el oscuro y el claro" que usted siempre me decía que era mi vida.

Me hace especial gracia que la adivina lo hubiera visto tan claro. Ante mí tengo dos caminos ahora: la libertad de vagar por el mundo y hacer lo que pensé que estaba destinado a hacer, o abrir un orfanato en las calles que me vieron nacer. Ojalá todos mis problemas fueran la dicotomía entre dos acciones buenas. Por un lado, seguir la senda que empecé con usted. Por el otro, que en el peor barrio de esta ciudad empiece el amanecer.

Pero lo cierto es que no puedo tener las dos. No al mismo tiempo. Si el orfanato sale adelante —y estoy trabajando en ello con tesón—, los caminos tendrán que esperar hasta que esté en funcionamiento y encuentre a alguien que pueda dirigirlo en mi nombre. No puedo abandonar algo que he empezado, usted me enseñó que las promesas no se hacen a medias. Y he prometido a unos niños que tendrían un lugar donde dormir sin miedo.

El problema, maestro, es que todo esto me está metiendo en la corriente política de esta ciudad. Sus facciones, sus manías, sus deudas... y la verdad es que creo que no tengo las herramientas para navegar eso. Usted me enseñó a blandir una espada, no a hacer tratos con mercaderes. Me enseñó a leer el sol, no a leer las intenciones de los nobles.

Varias cuerdas tiran de mí y no tengo a nadie en quien poner mi fe, más allá de Lathander. Todo el mundo tiene un interés detrás, incluso algunos de los que están ayudando. Y eso es lo que más me pesa. No saber en quién confiar. Se me hace duro no tenerle, señor. No solo por sus sabios consejos, sino porque en usted podía confiar sin reservas. Podía compartir la carga de mis hombros y usted la hacía más ligera solo con escucharme. Ahora que no le tengo, no solo me doblo por el peso de la misma, sino por la certeza de que estamos solos, Lathander y yo.

Saber que él está ahí me ayuda, de verdad. Pero necesito encontrar a alguien en quien realmente pueda confiar. Alguien que no quiera nada de mí, que no tenga una deuda que cobrarme. Todo aquí funciona con favores, con promesas, con cuentas que nunca se saldan del todo. Y yo no estoy seguro de querer o poder pagar todas las deudas que estoy contrayendo. Pero un paso cada día, señor. Todos los días amanece, y mientras amanezca, hay esperanza.

Voy a preparar un evento público para recaudar fondos para el orfanato. Habrá bardos, juegos, comida. La idea es de otra persona, pero dice que me ayudará a llevarla a cabo. Quiere que dé un discurso. Yo, señor. Un discurso ante todos los notables que vengan al evento. Para convencerlos de que esta es la obra que hay que hacer. ¿Qué voy a hacer? No he dado un discurso en mi vida. Ni siquiera sé cómo se empieza uno. "Señoras y señores, buenas noches, soy Asmund Way y antes de ser paladín era un niño que dormía en la basura". ¿Eso funcionará?

Bueno, recurriré a la verdad. Es lo único que tengo. Si no funciona, al menos habré sido honesto. Y si la verdad no convence a esta ciudad, quizá es que este no es el lugar para hacerlo. Pero tengo que intentarlo. Por los niños. Por el niño que fui.

Perdone, señor, por escribirle sobre mis penas. Pero necesitaba contarle la verdad. Usted siempre me dijo que la carga compartida pesa menos. Y aunque usted esté lejos, escribirle hace que esa carga se aligere un poco.

Espero que esta carta le encuentre bien. Que el sol brille sobre usted, dondequiera que esté.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 
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Hawkrylly

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CARTA III​

A la atención de Sir Alexander Sterling:
Saludos, maestro.

Me encontraba rezando de rodillas esta mañana, pidiendo a nuestro señor que iluminara mi camino. No sé dónde me estoy metiendo, y empiezo a creer que estoy tratando de abarcar mucho más de lo que puedo apretar. Temo que mis ambiciones y mi falta de perspectiva sean el camino hacia los infiernos. Eso, si no muero antes en el proceso.

Se avecina una guerra, señor Alexander. Me han pedido participar en ella. Habrá no-muertos, además de otros enemigos. No podía decir que no. La luz de Lathander tiene que purgar la no-vida, y será un honor que lo haga a través de mí. Pero no diré que no temo por el resultado, porque estaría mintiendo. Será lo que Lathander, la suerte y las lecciones aprendidas quieran. Y estoy en paz con ello. Si es así como mi señor me reclama, con una sonrisa acudiré a su presencia.

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Lo cierto es que pensé que la guerra sería lo que más quebraderos de cabeza me diera. Pero no es cierto. El orfanato, maestro, creo que va a ser una prueba mucho más sutil pero infinitamente más peligrosa.

Para conseguir permiso para establecer el orfanato en el Distrito de los Ríos —el que era mi hogar—, he tenido que entrar en contacto con la gente que controla el lugar. Me han tratado correctamente hasta ahora, y hay alguno de ellos que incluso está muy implicado con el proyecto. Quizá sea eso lo que no me dejaba ver los peligros que implica volver a vivir en ese entorno.

Estaba reunido con uno de ellos cuando se acercó un hombre sospechoso. No quiero alargarme demasiado, pero ese hombre vino a avisar al señor con el que yo estaba reunido de que iba a cometer un asesinato. Lo cierto es que traté de detenerlo, pero no me fue posible. Y ahora creo que voy a ser, en cierta manera, cómplice de algo terrible. Temo estar poniendo la integridad de mi alma en serio peligro.

Cuanto más tiempo paso en el distrito, más veces vuelve a mí aquel joven cabreado que fui. El que gritaba a los adultos. El que no medía las consecuencias. Lo cierto es que he estado a punto de hacer alguna tontería por culpa de ello. Por suerte, o por la gracia de Lathander, no lo hice. Pero el impulso está ahí, maestro. Y me asusta.

No sé si estoy haciendo lo correcto. No sé si el orfanato es una excusa para quedarme donde no debo, o si es realmente la obra que Lathander quiere que haga. No sé si la guerra me encontrará preparado o si seré un lastre, como lo fui en la patrulla. No sé si estoy poniendo mi alma en peligro por ayudar a quienes no debería ayudar.

Lo único que sé es que cada mañana el sol sale. Y que mientras salga, hay esperanza. Aunque a veces esa esperanza se sienta muy lejos.

Perdone, señor, si le escribo con tanto desánimo. Pero necesitaba contárselo a alguien. Y usted es el único que siempre me escucha sin pedir nada a cambio.

Espero que esta carta le encuentre bien. Que el sol brille sobre usted dondequiera que esté.

Con todo el cariño de su pupilo,


Asmund Way​


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Hawkrylly

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CARTA IV​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro.

Voy a escribirle dos cartas seguidas, espero que no le moleste. Tengo varias cosas nuevas que contarle. Algunas buenas. Otras, no tanto. Pero quiero empezar por las buenas nuevas.

El evento benéfico va viento en popa. Se ve que sigue habiendo gente buena en Athkatla. Especialmente en el distrito. La ayuda que he recibido de sus gentes es inenarrable, maestro. No tengo palabras para describir lo que están haciendo por este proyecto. Gente que no me conoce de nada, que no tiene nada que ganar, que se acerca y me ofrece lo poco que tiene. Me recuerda a usted, cuando me encontró en aquel callejón. Solo que ahora son muchos, y no sé cómo agradecerlo.

Puse avisos para reclutar bardos para el evento y ya tengo a dos confirmados. Pero otros cuatro están muy interesados en participar. Estoy muy contento por ello. Muchos habitantes de la ciudad me han preguntado cuándo va a ser y su interés en acudir. Como todos ellos vengan, no va a haber hueco en el distrito. Parte del clero de Ilmater también ha decidido acudir. Lo cierto es que, con el tamaño que está cogiendo el evento, me está empezando a dar un poco de miedo.

Me han confirmado que quieren que hable. La verdad, no sé cómo va a salir eso. Nunca he hablado en público, y menos para tanta gente. Tendré que prepararlo a conciencia. Le pediría que viniera si pudiera, pero sé que es un gran esfuerzo para usted. Espero que, en cierta medida, esté orgulloso de lo que estoy haciendo, mi señor Alexander. Lo cierto es que no esperaba llegar tan lejos tan pronto.

El otro día pasó algo increíble. Estaba con tres compañeros limpiando las zonas de las catacumbas bajo el cementerio de la ciudad, cuando tres kobolds alados nos emboscaron. Casi nos vencen, pero acabamos con dos de ellos y seguimos al tercero. Lo atrapamos y nos contó que su señora le había mandado a por gente para comerse.

Tras un rato de discusión, decidimos ir a ver a su señora.

Cuando llegamos, señor, la sorpresa fue mayúscula. Su señora era una dragona negra. Aterradora, sin duda. Lo único que quería era devorarnos. Era evidente que no podríamos salir de allí peleando, así que teníamos que convencer a la bestia de que nos dejara irnos. Gracias a un anciano cazador que supo cómo mantener la calma, recibí la idea de ofrecernos para conseguir comida para la bestia a cambio de que nos dejara escapar.

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Mientras hablaba a la dragona, llamé su atención y vino hacia mí, diciendo que ella no quería bestias, sino que sus víctimas suplicaran. En ese momento supe que, si quería salir de ahí, no podía darle lo que quería. Miré a la bestia a los ojos y le dije que no suplicaría por mi vida. Ella se rio y con sus garras apretó mi hombrera, doblando el metal. Solo gracias a Lathander resistí ese embate y el siguiente, en el que apretó aún más. Fue entonces cuando nos dejó escapar de allí bajo la promesa de llevarle comida en menos de diez días, o mandaría a sus secuaces contra nosotros.

Gracias a Lathander logramos escapar. Y allí empezó otra parte, en la que me empecé a dar cuenta de lo que estoy haciendo mal.

Pero eso se lo contaré en la siguiente carta, maestro. Esta ya se ha hecho demasiado larga, y no quiero empezar con mis penas mientras trato de contarle contarle las buenas nuevas.

Espero que esta carta le encuentre bien. Que el sol brille sobre usted dondequiera que esté.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 

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CARTA V

A la atención de sir Alexander Sterling:

Saludos, maestro:

Una vez más, para escribirle esta carta me he marchado a los caminos. Ahora mismo contemplo el fuego sobre el que se cocinan dos truchas que he pescado como usted me enseñó: a pellizcos. Bien sabe Lathander que usted era un maestro en ello. Yo, en cambio, he tenido que pasar tanto tiempo metido en el río que me parece que ni el fuego será capaz de quitarme el frío del cuerpo.

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Le escribo porque creo que me he desviado de mi camino. De aquel que usted me ayudó a elegir. Verá, maestro, en esta ciudad hay demasiada gente extraordinaria. Gente que parece sacada de esos libros de héroes que leíamos juntos. He tenido la fortuna de conocer a algunos de ellos y de luchar a su lado, pero también he visto la enorme distancia que nos separa.

Y, para qué negárselo, me he sentido pequeño.

He llegado a preguntarme si tiene sentido dedicarme a ayudar a quienes encuentro por los caminos, si esas pequeñas cosas cambian realmente algo. Y, casi sin darme cuenta, he empezado a intentar parecerme a esos grandes héroes, olvidando por qué había elegido mi propio camino.

Recordará que en mi última carta le conté cómo encontramos a una dragona y conseguimos escapar de su guarida. Permítame que termine aquella historia. Tras salir de allí, avisamos a la guardia y solicitamos que clausurasen la cripta que conducía hasta la bestia. Nos dijeron que debían consultar con sus superiores, así que decidí montar guardia ante la entrada para advertir del peligro a cualquiera que intentase acceder.

Hasta ahí, creo que habría estado orgulloso de mí. Pero la historia no terminó entonces.

No quiero aburrirle con demasiados detalles, así que iré al grano. Después de mostrar a dos amigos el lugar donde se encontraba la dragona, llegó un numeroso grupo de aventureros dispuesto a acabar con ella.

Una parte de mí sabía que aquello me quedaba grande. Sin embargo, mientras los acompañaba hasta su guarida, fui convenciéndome de que debía entrar con ellos y ayudar a derrotarla.

Y aquí está el verdadero motivo de esta carta, maestro.

No creo que estuviese mal querer ayudar. Lo que estaba mal era la razón por la que quería hacerlo. Ahora comprendo que no entré únicamente porque alguien necesitase mi espada. Entré porque me sentía pequeño y quería demostrarme que podía estar a la altura de aquellos hombres y mujeres extraordinarios.

Quería ser algo que quizá no soy y empiezo a pensar que no hay nada malo en no serlo.

Entré convencido de que podría resultar útil. No podía estar más equivocado.

Ni siquiera hizo falta llegar hasta la dragona para comprenderlo. Sus propios secuaces estaban tan por encima de mis capacidades que uno de mis amigos tuvo que salvarme. Pero fui terco, como tantas veces me ha reprochado usted, y seguí adelante.

Finalmente llegamos a la sala donde nos esperaba la bestia.

Le prometo que apenas sé qué ocurrió. Antes siquiera de poder alcanzarla con mi espada, perdí el conocimiento y una vez más, mi amigo tuvo que salvarme. Doy gracias a Lathander por haber puesto a personas así en mi camino. De no ser por él, hoy no estaría escribiéndole esta carta.

Creo que por fin he logrado ver la pared que estaba intentando tirar a cabezazos, maestro.

Usted siempre me enseñó que no necesitaba convertirme en uno de esos grandes héroes de las canciones para hacer algo bueno por el mundo. Que había personas a las que nadie prestaba atención y que también necesitaban ayuda y yo había empezado a olvidarlo.

No sé si algún día seré capaz de enfrentarme a una dragona como hicieron aquellos aventureros. Quizá sí, quizá no. Pero sé que hay cosas que puedo hacer ahora, con la fuerza y los conocimientos que tengo y no son menos importantes por ser pequeñas.

Antes de regresar definitivamente a ese camino, todavía debo cumplir una promesa. Marcharé a la guerra de los Yermos, donde trataré de ayudar a limpiar aquellas tierras de la mácula de la no muerte. No le negaré que, después de lo ocurrido, siento cierto temor. Pero esta vez sé por qué voy. No necesito demostrar que soy un gran héroe. Di mi palabra y hay personas que necesitarán toda la ayuda que podamos ofrecerles.

Espero no volver a confundir ambas cosas.

No quisiera terminar esta carta con un sabor tan amargo, así que permítame darle también una buena noticia.

Dentro de poco celebraremos el evento de recaudación para el orfanato.

Estoy genuinamente nervioso, maestro. Hay muchas cosas que organizar y, aunque cuento con la ayuda de personas extraordinarias, no puedo evitar pensar en todo lo que podría salir mal. Sobre todo, temo fallarles a los niños. Pero cada día encuentro a alguien dispuesto a colaborar. Mercaderes, artistas, sacerdotes y ciudadanos que, sin tener ninguna obligación, han decidido aportar algo de su tiempo y esfuerzo y eso me da esperanza.

Quizá no pueda derrotar dragones, maestro, pero si conseguimos que esos niños tengan un techo bajo el que dormir y una oportunidad de elegir su propio futuro, creo que podré sentirme orgulloso de lo que hemos hecho.

Al fin y al cabo, hace años usted se detuvo a ayudar a un niño al que nadie conocía y mire todo lo que ha ocurrido desde entonces.

Espero que se encuentre bien y que su descanso le esté tratando mejor que a mí los ríos.

Que Lathander ilumine siempre sus pasos.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 

Hawkrylly

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CARTA VI​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Señor Alexander:

Hoy le escribo desde el Distrito de los Ríos y tengo muy buenas noticias que darle. ¡El evento ha sido un éxito!

Ha venido gente de toda la ciudad, de distintas iglesias, cleros y facciones. Los vecinos del distrito han trabajado muchísimo para que todo saliera bien y, aunque hubo momentos en los que pensé que nos habíamos metido en algo demasiado grande, al final mereció la pena. La gente fue muy generosa, señor. Empiezo a creer de verdad que vamos a conseguir levantar ese orfanato.

Hubo músicos, mercaderes, juegos, comida y mucha gente disfrutando. Durante unas horas, el distrito parecía un lugar distinto. O quizá era el mismo de siempre, pero con todo lo bueno que también tiene a la vista de cualquiera que quisiera verlo.

Y di un discurso, señor Alexander. ¡Yo!

No se ría. Estuve varios días pensando qué decir. Escribí páginas y páginas, las rompí, volví a empezar... Al final subí allí y decidí contar la verdad. Les hablé de nosotros, de cómo me encontró y de lo mucho que puede cambiar la vida de un niño cuando alguien decide detenerse y tenderle una mano.Parece que gustó. Al menos nadie me tiró nada, que ya es bastante.

Discurso en el distrito al amanecer.jpg

Y esto no acaba aquí. Estamos organizando una carrera benéfica con varias iglesias de la ciudad para seguir reuniendo fondos. Cada vez hay más personas dispuestas a ayudar y, si le soy sincero, me cuesta encontrar palabras para expresar lo agradecido que estoy. Pero no todo han sido buenas noticias.

Usted no conoce el distrito tan bien como yo. Pero sabe lo que significa crecer aquí y lo fácil que resulta acabar tomando caminos de los que después cuesta regresar. Algunas de las personas que me están ayudando nacieron en estas mismas calles. No tuvieron la fortuna que tuve yo cuando usted apareció en mi vida, y algunas se han convertido en hombres bastante duros. No soy tan ingenuo como para ignorar a qué se dedican, señor. Pero también he visto cómo se han esforzado por ayudar con el orfanato, y eso es algo que no quiero olvidar.

Durante el evento, uno de los bardos decidió cantar una canción burlándose de ellos. Aunque exista la posibilidad de que esta carta pase por otros ojos he de confesarle que tenía bastante gracia. Aunque, conociendo a los destinatarios, quizá no fuese la decisión más prudente que podía tomar. Como era de esperar, no les sentó nada bien.

Pensé que esperarían a que terminase el evento para hablar con él, pero se lo llevaron a la bodega de la Corona de Cobre. Yo estaba ocupado con los invitados y no me enteré hasta un rato después. En cuanto me lo dijeron, bajé a ver qué ocurría.

Cuando llegué, le habían exigido que rectificase su canción y le habían dado un plazo para hacerlo. El bardo me aseguró que estaba bien y me pidió que saliera a tranquilizar a los demás. Sabía que había aceptado por miedo, pero también pensé que, al menos por el momento, no corría peligro. Salí y transmití lo que me había dicho.

Aquello no sentó bien a todo el mundo. Una de las personas más importantes que habían acudido al evento se marchó, ofendida, y no puedo decir que le faltasen motivos. Puede que hayamos perdido a una gran aliada para el orfanato. No sé si actué de la mejor manera, señor Alexander.

Quería asegurarme de que aquel hombre estaba a salvo, pero también quería evitar que todo terminase en un enfrentamiento. Quizá intenté mantener demasiadas cosas en pie al mismo tiempo.

Ahora tengo pendiente una conversación con uno de los responsables del distrito. Es alguien a quien aprecio y que me ha ayudado. No espero que cambie su manera de vivir porque yo se lo pida, pero sí quiero que comprenda por qué aquello estuvo mal. A veces pienso en lo que usted solía decirme: que todo el mundo merece una oportunidad, pero solo una.

Sigo creyendo que las personas pueden cambiar, señor. Quizá porque, cuando miro a algunos de estos hombres, no puedo evitar pensar en lo que habría sido de mí si usted no me hubiese encontrado. Pero también sé que querer ver lo bueno en alguien no significa que deba cerrar los ojos ante lo malo.

Espero que podamos resolverlo. Hay demasiadas personas esforzándose por sacar adelante el orfanato como para permitir que todo se venga abajo. Aunque tampoco quiero conseguirlo a cualquier precio.

Me gustaría que estuviera aquí para decirme qué piensa. Seguramente me daría un buen tirón de orejas por alguna de las cosas que he hecho. Y probablemente me lo merecería.

Cuídese mucho, señor Alexander.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 
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CARTA VII​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Señor Alexander:
Soy yo una vez más. Esta vez vengo a contarle una aventura que he vivido hace poco y, antes de empezar, quiero asegurarle que no he escrito esta carta bajo los efectos de ninguna sustancia extraña. No se preocupe, estoy perfectamente. Aunque, si le soy sincero, yo mismo todavía estoy intentando comprender algunas de las cosas que vi.

Hay una serie de palabras que jamás pensé que tendría que escribir juntas en una misma frase y que, además, tuvieran sentido. Pero disculpe, señor, me estoy adelantando.

Todo comenzó cuando acudí a una audición de artistas acompañando a una de las participantes. La verdad es que había mucho talento. Entre los artistas estaba el muchacho que tuvo problemas durante el evento del distrito, que, como siempre, ofreció una gran actuación. También participó una señorita cuyo gato obedecía las órdenes que ella le daba cantando. Sí, señor, un gato que obedecía canciones. Fue una velada de lo más entretenida.

Cuando salíamos, escuchamos a la guardia solicitando aventureros para acudir en ayuda de la ciudad de Crimmor. No lo dudé ni un instante. Me presenté voluntario y partimos junto a otros aventureros tan deprisa como pudimos.

Cuando llegamos, la ciudad estaba sumida en el caos. Había guardias heridos, ciudadanos pidiendo ayuda y una gran confusión. Uno de los guardias nos informó de que estaban sufriendo un ataque de ratas.

Ratas, señor Alexander. No parecía la clase de amenaza que uno espera encontrar cuando acude a salvar una ciudad, pero pronto descubrimos que aquellas no eran unas ratas corrientes. Entramos en combate y, cuando terminamos con las primeras, me di cuenta de que eran criaturas no muertas. Avisé a mis compañeros y descendimos a las alcantarillas, de donde parecían proceder.

Los que llevábamos las armaduras más pesadas fuimos abriendo la marcha. Acabamos con varias de aquellas criaturas hasta que nos encontramos con algo que todavía me cuesta creer.

Señor Alexander, nos atacaron unas ratas licántropas no muertas.

Lo ha leído bien. Ratas. Licántropas. No muertas.

No sé qué clase de mente puede concebir semejante aberración, pero le aseguro que existían. Eran criaturas fuertes y peligrosas, aunque conseguimos derrotarlas. Durante unos instantes llegué a preguntarme si estaba soñando. Por desgracia, los golpes que recibimos me convencieron de lo contrario.

Más adelante nos encontramos con uno de losc hicos del distrito. Me alegró verlo allí, dispuesto a ayudar a aquella gente. Fue una sorpresa agradable en medio de todo aquel desastre. Continuamos avanzando por las alcantarillas, enfrentándonos a más criaturas. Me tocó abrir la marcha durante buena parte de los combates y, aunque no fueron fáciles, conseguí mantenerme en pie y proteger a mis compañeros. Creo que fui de ayuda, señor. Me gustaría pensar que todo lo que me enseñó sigue dando sus frutos.

Finalmente llegamos hasta la responsable de aquella desgracia: una rata licántropa nigromante.

Sí, señor Alexander. Además de todo lo anterior, también era nigromante.

A estas alturas comprenderá por qué he comenzado la carta asegurándole que estaba en mis cabales.

Batalla del paladín en las cloacas góticas.jpg

El combate fue muy duro. Aquella criatura era poderosa y, aunque luchamos con todas nuestras fuerzas, llegué a caer durante el enfrentamiento. Por fortuna, mis compañeros consiguieron mantener la lucha y finalmente derrotamos a la nigromante.

Crimmor estaba a salvo.

No sabría explicarle lo bien que me sentí al comprender que habíamos conseguido ayudar a aquella ciudad. Había visto a sus habitantes sufrir, a los guardias caer intentando defenderla y a mucha gente que no sabía si volvería a ver amanecer. No pudimos evitar todo aquel sufrimiento, pero al menos conseguimos ponerle fin.

Además, por una de esas casualidades que tiene la vida, resultó que con nuestras acciones también había ayudado a alguien a quien aprecio. No era algo que supiera cuando acudí a la llamada, pero me alegró descubrirlo después. Supongo que a veces las buenas acciones llegan más lejos de lo que uno imagina.

Me habría gustado que estuviera allí, señor Alexander. Aunque, conociéndolo, seguramente habría tenido alguna observación que hacer sobre mi manera de combatir. Y probablemente habría tenido razón.

Todavía me queda muchísimo por aprender, pero aquel día sentí que estaba haciendo precisamente aquello para lo que decidí seguir sus pasos. Ayudar a quienes lo necesitan.

Y, aunque me entristece recordar a los guardias que cayeron y a todas las personas que sufrieron durante el ataque, quiero pensar que conseguimos llevar un poco de la luz del Señor del Alba hasta Crimmor.

Cuídese mucho, señor Alexander.

Y si alguna vez alguien le habla de ratas licántropas no muertas que practican la nigromancia, créale. Por absurdo que parezca.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 

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CARTA VIII

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Señor Alexander:

Sabía que, tarde o temprano, tendría que escribirle una carta como esta. Aunque, si le soy sincero, habría preferido no tener que hacerlo nunca. Pero será mejor que empiece por el principio ¿Recuerda al bardo al que “convencieron” para que rectificase su canción durante el evento del distrito?

Hace unos días, uno de mis amigos del barrio me invitó a un concierto. No me explicó demasiado, pero me pareció una buena ocasión para pasar un rato agradable con los chicos, así que acepté encantado.

Cuando llegamos, encontré allí al pobre bardo. Estaba esperando a que aparecieran los demás y, mientras tanto, algunos de los presentes le hicieron contar chistes. Eran bastante malos, señor Alexander. Intenté reírme de todos modos. Pensé que quizá le ayudaría un poco. Cuando por fin estuvimos todos, comenzó la actuación.

He de reconocer que aquel muchacho tiene talento. Cantó una canción realmente buena y después le pidieron que improvisara otra. También lo hizo bien, dadas las circunstancias. Pero no es de su talento de lo que quiero hablarle.

Durante aquella segunda actuación, uno de los chicos le dijo que se estaba jugando la vida.

No sé si pretendía asustarlo, recordarle quién mandaba allí o si aquellas palabras también iban dirigidas a mí. Desde que llegué había tenido la extraña sensación de que mi presencia no era casual, de que quizá querían comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Tal vez me equivoque. Mi amigo me daría después otra explicación. Pero en aquel momento no pensé en explicaciones.

¿Recuerda el picor que siento en la cicatriz de la ceja izquierda cuando mis viejas costumbres amenazan con regresar? Volvió. Durante un instante tuve ganas de saltar por encima de aquella mesa y emprenderla a golpes con él. Ya sabe cuánto detesto a los abusones.

Y durante ese instante volví a sentirme como aquel muchacho al que encontró en las calles, el que pensaba que, si alguien era más fuerte que tú, solo quedaba demostrarle que podías golpear más fuerte. No lo hice. Me quedé donde estaba, aunque le aseguro que me costó.

Cuando terminó la actuación y dieron por saldada la deuda del bardo, me acerqué a mi amigo y le dije que necesitábamos hablar.

Me respondió que podía hacerlo delante de los demás, pero yo no quería discutir con él ante nadie. No pretendía avergonzarlo ni desafiar su autoridad. Quería hablar con mi amigo, no con el hombre al que obedecían los demás. Pasaron unos días antes de que pudiéramos encontrarnos. Finalmente nos reunimos en la propia Corona de Cobre.

Debo explicarle algo, señor Alexander. Este hombre ha estado involucrado en el proyecto del orfanato desde que empezamos a hablar de él. Ha trabajado para sacarlo adelante y me ha ayudado más de lo que probablemente imagina.

Y no es solo eso. Lo considero mi amigo.No tengo tantos en esta ciudad como para utilizar esa palabra a la ligera.

Le serví un whisky y me puse una copa de vino. Durante unos momentos estuvimos allí, como tantas otras veces, dos hombres compartiendo una bebida.Después comenzamos a hablar.

Conversación secreta a la luz de las velas.jpg

Le expliqué cómo me había sentido durante el evento y lo que había pensado cuando me llevó al concierto. Me dijo que había querido que estuviera presente para poder dar fe de que no había sucedido nada extraño durante la actuación. Escuché su explicación. Después intenté hacerle comprender algo que llevaba días dándome vueltas en la cabeza.

Podemos compartir un objetivo. Podemos trabajar juntos para levantar ese orfanato. Podemos incluso ser amigos, y créame que deseo que sigamos siéndolo. Pero soy un caballero errante de Lathander y hay cosas que no puedo aceptar.

No le pedí que dejase de ser quien era. Tampoco pretendí convencerlo de que abrazase mi fe ni de que empezase a vivir conforme a mis principios. Solo quería que comprendiera que mi amistad no podía significar que mirase hacia otro lado cuando presenciase una injusticia. Entonces llegamos al punto más difícil de la conversación.

Le dije que mi juramento estaba por encima de todo lo demás.

Él me recordó que los chicos también tienen un código. Unas normas que los unen y que tampoco están dispuestos a traicionar y comprendí que ambos estábamos hablando de algo más importante que lo ocurrido con aquel bardo.

Señor Alexander, hay pocas cosas tan dolorosas como mirar a los ojos a alguien a quien aprecias y decirle que, si algún día tienes que elegir entre él y aquello en lo que crees, no podrás elegirlo a él y todavía resulta más difícil cuando apenas puedes distinguir otra cosa de ese amigo que tienes delante que sus ojos.

Pero se lo dije. Porque era la verdad. Él tampoco vaciló.

Me respondió que, si algún día llegábamos a encontrarnos en esa situación, tampoco renegaría de su código y que uno de los dos no podría contarlo. No voy a engañarle, señor Alexander. Aquellas palabras me dolieron.

No porque me sorprendieran. Conozco lo suficiente a mi amigo como para saber que no abandonaría a los suyos, del mismo modo que él sabe que yo no abandonaría mi juramento.

Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta escucharlo de sus propios labios. Le respondí que, si llegaba ese día, lucharía contra él.

Que en el mejor de los casos vería la luz de Lathander y, en el peor, perdería a un amigo.

Creo que comprendió lo que quería decirle.

No deseo hacerle daño, señor Alexander. No quiero que llegue el día en que tenga que levantar mi arma contra alguien a quien aprecio. Y si alguna vez nos encontramos frente a frente, haré cuanto esté en mi mano para que ambos podamos salir de allí.

Pero tampoco puedo prometerle que miraré hacia otro lado.

Quizá eso sea lo que más me entristece de todo esto. Que dos hombres puedan sentarse a compartir una copa, hablar como amigos y descubrir que existe un camino que ninguno de los dos desea recorrer, pero que sus decisiones podrían obligarlos a afrontar.

No sé qué ocurrirá en el futuro.

Solo espero que, cuando vuelva a encontrarme con él, podamos seguir sentándonos a la misma mesa.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 

Hawkrylly

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CARTA IX​

A la atención de Sir Alexander Sterling:

Señor Alexander:

Esta es, sin duda, la carta más difícil que he tenido que escribirle. Lo hago con una congoja que no sé muy bien cómo explicar, después de haber sentido una vez más cosas que habría preferido no conocer jamás. Pero, como siempre, me estoy adelantando. Discúlpeme, señor. Será mejor que empiece por el principio.

¿Recuerda al hombre que me salvó la vida poco después de mi llegada y que tanto nos ha ayudado con el proyecto del orfanato? Hace unos días me contó que había decidido participar en unos combates en una arena de Murann para conseguir financiación para el proyecto del orfanato.

Le pedí que no lo hiciera. No quería que arriesgase su vida por nosotros, pero me respondió que me estaba informando de su decisión, no pidiéndome permiso.Ya puede imaginarse cómo terminó aquella discusión. Le dije que, si iba a luchar, yo acudiría a verlo. Aceptó, aunque me advirtió que tendría que ocultar mi identidad, pues Murann no era un lugar seguro para un servidor de Lathander.

Acepté sin dudarlo.

Llegado el día, me preparé con su ayuda y partimos hacia la ciudad. Solo conozco a una persona de Murann y siempre me ha parecido alguien agradable. Quizá por eso no estaba preparado para lo que encontré al llegar.

Todo me pareció lúgubre, violento y desagradable. Había algo en aquel lugar que me hacía sentir fuera de sitio, aunque intenté recordar que no debía juzgar a las personas por las apariencias. Llegamos al coliseo, donde nos reunimos con algunos de los chicos que habían acudido para ofrecernos protección en caso de que surgieran problemas.

Me alegré mucho de verlos.

No me avergüenza reconocer que su presencia me hizo sentir algo menos solo y un poco más seguro. Voy a saltarme una parte de lo ocurrido, señor Alexander. Volveré a ella después, pero necesito reunir algo de valor para contarla.

Los combates fueron intensos. Mi amigo demostró ser un luchador extraordinario y venció a todos sus adversarios. Sin embargo, terminó descalificado por una cuestión del reglamento que todavía no comprendo del todo. Le diré una cosa: espero no tener que enfrentarme jamás a él.

Me entristeció que perdiera después de arriesgar tanto, pero, al mismo tiempo, sentí cierto alivio. Quizá Lathander quiso evitar que levantásemos nuestro orfanato con el oro de quienes organizaban aquel espectáculo.

Y ahora debo contarle lo que ocurrió antes de los combates.

Estábamos esperando a que comenzara el evento cuando hicieron salir a la arena a un grupo de mendigos. Al principio no comprendí qué estaba sucediendo.

Después apareció una hidra.

Señor Alexander, aquellos pobres desgraciados no estaban allí para combatir. No tenían ninguna oportunidad. Los habían llevado para convertir su sufrimiento en un espectáculo.

Espectáculo de la Hidra en la Arena.jpg

No pude seguir mirando.

Quise bajar a ayudarlos. Durante unos instantes no pensé en nada más que en llegar hasta aquella arena y hacer cuanto estuviera en mi mano por salvarlos. Pero no lo hice.

Sabía que podía poner en peligro a quienes me acompañaban. Sabía que estábamos en una ciudad hostil, que mi identidad debía permanecer oculta y que cualquier intervención podía tener consecuencias para todos.

Encontré razones para quedarme donde estaba y me quedé. Me avergüenzo, señor Alexander, me avergüenzo tanto que apenas puedo escribir estas palabras. Usted me enseñó a proteger a quienes no pueden defenderse. Me enseñó que un hombre bueno debe estar dispuesto a desviarse de su camino para ayudar a quien lo necesita.

Y allí estaba yo, viendo cómo necesitaban ayuda y sin hacer nada. Pero todavía hay algo más. Cuando todo hubo terminado,los organizadores pidieron que se acabara con la bestia, mi amigo bajó a la arena y acabó con aquella criatura. Lo hizo cuando ya era demasiado tarde y desde entonces no he podido dejar de pensar en una cosa.

¿Y si yo hubiese bajado antes? ¿Y si él me hubiese seguido?

Quizá entre los dos habríamos podido detener a aquella bestia. Quizá aquellos hombres seguirían vivos.

No lo sé y nunca lo sabré. Porque no tuve el valor de intentarlo.

Siento haberlo defraudado, señor Alexander. Sé que no estará orgulloso de mí cuando lea estas palabras. Pero lo que más me preocupa no es únicamente lo que hice, sino lo que sentí después. Por primera vez en mi vida he conocido un odio que no sabía que era capaz de albergar.

Usted recuerda cómo era yo de pequeño. Recuerda a los abusones del distrito, las peleas y aquella rabia que tantas veces me metió en problemas. Nada de aquello se parece a lo que sentí en Murann.

He conocido hombres crueles. He visto a personas cometer actos terribles. Y, aun así, siempre he intentado recordar que cualquiera puede cambiar, que incluso quien ha tomado el peor de los caminos puede encontrar otro.

Pero aquella noche no pude pensar así. No quería comprender a quienes habían organizado aquello, no quería ofrecerles otra oportunidad. Por primera vez deseé que el fuego purificador de Lathander arrasara toda aquella maldad y eso me aterra.

¿Estoy dejando de ser yo, señor Alexander? ¿Es justo lo que siento?

¿Puede un hombre seguir considerándose bueno cuando descubre que es capaz de odiar de esta manera?

No lo sé. Solo sé que el mundo es un lugar mucho más oscuro de lo que imaginaba. Creía que haber crecido en las calles de Athkatla me había enseñado hasta dónde podía llegar la crueldad de las personas. Me equivocaba y hay algo que necesito decirle, aunque quizá se avergüence todavía más de mí cuando lo lea.

Cuando el orfanato esté terminado, pienso volver a Murann. No sé cómo, ni cuándo, ni con quién podré contar. Pero pienso hacer cuanto esté en mi mano para acabar con aquel lugar y con quienes hicieron posible semejante atrocidad.

No puedo olvidar a aquellos hombres. No puedo olvidar que permanecí sentado mientras necesitaban ayuda y no quiero volver a sentirme así jamás.

Quizá cuando vuelva a escribirle haya encontrado algo de paz. Quizá entonces sea capaz de comprender lo sucedido sin sentir esta rabia que parece acompañarme a todas partes.

Pero hoy no puedo, señor Alexander.

Hoy solo siento vergüenza.

Y una ira y un odio que no sé qué hacer con ellos.

Con todo el cariño de su pupilo,

Asmund Way​
 
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Hawkrylly

Aventurero novato y vago
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Testamento​

* Esta carta ha sido entregada al gerente de la Corona de Cobre con la orden de entregarla a Eclipse en caso de que la noticia de la muerte de Asmund llegue a la Corona de cobre o si pasa demasiado tiempo sin su presencia*


A la atención del señor Eclipse:

Saludos, señor Eclipse:

Si recibe usted esta carta, me temo que significa que no he conseguido regresar de las guerras de los Yermos.

Quiero que sepa, antes de nada, que no debe sentirse culpable. Pese a sus esfuerzos y enseñanzas, parece que mi suerte ha terminado por alcanzarme. Usted hizo cuanto estuvo en su mano para prepararme y se lo agradezco de corazón.

Me temo que voy a seguir dándole problemas incluso después de muerto. De verdad que lo siento, señor, pero confío en usted.

Tengo que pedirle unos cuantos favores.

El primero, y el más importante, es que el proyecto del orfanato llegue a buen término.

Podría pedirle que avisase al señor Alexander para que se hiciera cargo, pero no quiero sacarlo de su retiro. Ha hecho más que suficiente por mí y merece descansar. Estoy seguro de que usted encontrará a la persona adecuada para continuar el proyecto.

Hable con la señora Jazdia. Estoy convencido de que tendrá alguna buena idea.

Y, por favor, pídale disculpas de mi parte por no haber conseguido terminarlo en vida.

El dinero que hemos reunido para el orfanato está guardado a mi nombre en mi caja fuerte. He dejado instrucciones para que pueda acceder a ella. Encontrará más de lo que se recaudó durante el evento, porque he estado guardando cuanto he podido ganar para los niños.

Espero que sea suficiente para avanzar con el proyecto.

Carta de despedida a la luz del sol.jpg

Ahora vienen los demás favores.

Sé que estoy abusando de su buena voluntad, señor Eclipse. Pero piense que, si está leyendo esto, serán los últimos que pueda pedirle. Algo bueno tenía que tener.

Si encuentran mi capa, me gustaría que se la entregase al señor cojo. Nunca me ha dicho su nombre, pero usted sabe perfectamente de quién hablo. Tiene cierta fijación con ella y, aunque estoy convencido de que nada consigue hacerlo feliz, quizá recibirla lo sorprenda.

Cuando vea a Hojaldre, dele una mazorca de parte del Lechugo. Sospecho que, aunque solo sea por la comida, será uno de los que más me eche de menos.

A Migajas me gustaría que le entregase una paga extra de mis ahorros personales. Ya tiene un doblón que le regalé como recuerdo, pero estoy seguro de que le hará ilusión recibir algo más.

También quisiera que buscase un detalle para la señora Ámbar. No tengo muy claro qué podría gustarle, pero quizá pueda encontrar un artesano que fabrique barajas y encargarle una nueva. Solo le pondría una condición: que el sol de la baraja sea el de Lathander.

Para el señor Mercer tengo un encargo un poco especial.

Dígale, de mi parte, que me alegra que no tuviera que ser él.

No hace falta que le explique nada más. Estoy seguro de que lo entenderá.

Entréguele también una botella de buen whisky. Si consigue encontrar alguna botella de vino de la cosecha del 1300, mejor todavía.

Y, si no es demasiada molestia, dele un abrazo de mi parte.

No sé cómo se tomará esto último, pero me habría gustado verlo.

Cuente también con la señora Delacroix para el cuidado de los niños. Estoy seguro de que podrá ayudar mucho.

A Azzo dígale que puede cambiar la madera por bronce. Él lo entenderá. O eso espero, porque ahora que lo escribo quizá resulte demasiado críptico.

Despídase de Olaff por mí. Dígale que siento no poder meterme en más líos con él y al señor Barabas, que traté de pensar como él, pero que algo salió mal.

Sé que me estoy dejando a alguien. Son muchas las personas que, de una manera u otra, se han ganado un lugar en mi corazón. Si recuerda a alguien a quien haya olvidado mencionar, le agradecería que le hiciera llegar unas buenas palabras o algún pequeño detalle de mi parte. Confío en su criterio.

Hay una última cosa que quiero pedirle.

Escriba al señor Alexander.

Cuéntele cuál ha sido mi destino y dígale que no debe sentirse culpable. Que sin él probablemente no habría llegado siquiera hasta aquí. Pero, sobre todo, cuéntele que hubo gente que se preocupó por mí. Personas que me ayudaron, que me ofrecieron su amistad y que estuvieron a mi lado cuando las necesité. Creo que saberlo le hará feliz.

Y ahora sí, señor Eclipse, poco más me queda por decir y menos todavía por pedir.

Discúlpeme por haberle dejado tantas responsabilidades. Algo me dice que cumplirá estos encargos de la mejor manera posible, aunque quizá se acuerde de mí y de toda mi familia mientras lo hace.

No voy a pedirle que cambie.

En realidad, creo que sería injusto hacerlo, porque estoy convencido de que ya ha cambiado más de lo que usted mismo estaría dispuesto a reconocer. Solo le pido que siga regando, junto a sus socios, esa pequeña semilla que hemos plantado en el distrito.

Que no permita que se pierda lo que hemos empezado.

Y que, cuando piense en mí, no lo haga con tristeza.

Espero de todo corazón haber dejado suficientes buenos recuerdos como para arrancarle una sonrisa, aunque solo sea una pequeña.

Gracias por todo, señor Eclipse.

Ha sido un honor conocerlo.

Asmund Way​
 

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