_Miau_The_Return_
El que aplaude en los discursos Zhent
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El invierno había sido especialmente duro aquel año en Damara. No es algo que entendiera en aquel momento, pero sí lo recuerdo. El frío estaba en todas partes. En los muros, en el aire, en el silencio. Era algo constante, algo que simplemente estaba ahí, como todo lo demás. Allí nací yo.
Mi mundo, durante mucho tiempo, fue pequeño. Pasillos largos de piedra, habitaciones cálidas, luces de velas que nunca terminaban de iluminarlo todo. Sabía dónde pisar para no hacer ruido, qué puertas abrir despacio, qué rincones eran mejores para no molestar a nadie. No necesitaba más. Nunca hice demasiadas preguntas.
No porque me lo prohibieran, sino porque no se me ocurrían. Si algo no se me explicaba, asumía que no era importante. Si los adultos dejaban de hablar cuando yo entraba en una sala, pensaba que así debían ser las cosas. No había nada en mí que insistiera en entenderlo todo. Y, aun así, ahora sé que había muchas cosas que no se me contaban. En aquel momento, no lo veía así. Solo vivía.
Recuerdo los días como algo tranquilo. Despertar, vestirme con ayuda, caminar sin rumbo claro hasta encontrar algo que hacer. A veces me daban pequeños encargos. Otras, simplemente, pasaba el tiempo. Mirando el fuego. Siguiendo sombras en la pared. Pensando en nada en particular. No era infeliz. Tampoco diría que era especialmente feliz. Simplemente, era.
El frío nunca me molestó demasiado. Lo notaba, claro, pero no como los demás. Veía a otros abrigarse más, quejarse, acercarse al fuego con más necesidad. Yo no lo entendía del todo. Pensaba que exageraban un poco. Nadie me explicó nada diferente. Tampoco le di importancia.
Los sueños eran otra cosa. No eran claros. Nunca lo fueron. Espacios abiertos, blancos, una sensación de altura, algo que no sabía describir. Al despertar, se me olvidaban rápidamente. Nunca intenté recordarlos. Nunca pensé que fueran importantes.
No pensaba mucho en nada que no estuviera justo delante de mí. Pero incluso yo noté que algo empezó a cambiar. No sabría decir cuándo. Simplemente ocurrió. Algunas personas dejaron de estar. No de forma repentina, no todas a la vez. Simplemente… desaparecían. Cuando preguntaba, las respuestas eran vagas. "Se han ido" "No volverán" "No te preocupes por eso". Y yo no me preocupaba. No sabía cómo hacerlo.
Las visitas continuaban, pero había algo distinto. Hablaban más bajo. Más rápido. A veces traían papeles que parecían importantes. Otras veces se encerraban en habitaciones durante horas. Recuerdo entrar en salas y que dejaran de hablar. Siempre pasaba. Al principio no significaba nada para mí. Luego, empezó a sentirse extraño. No porque entendiera el motivo, sino porque ocurría demasiado a menudo. Aun así, no preguntaba. No era lo que hacía. Todo se volvió, más tenso.
No sé explicarlo mejor. No es algo que viera claramente. Era más bien una sensación. Como cuando el aire se vuelve pesado antes de que pase algo, aunque no sepas el qué. Las puertas se cerraban más. Las miradas duraban menos. Algunas personas evitaban a otras. Y yo, seguía igual. O casi.
La noche en que todo terminó no fue distinta al principio.
El viento soplaba fuerte. La nieve caía con densidad. Las luces estaban encendidas más tiempo de lo normal, pero eso tampoco me pareció tan extraño. Me llevaron a mis aposentos antes de lo habitual. Recuerdo la prisa. No encajaba del todo con lo demás. Pero no pregunté. Nunca lo hacía. Me dijeron que descansara. Cerraron la puerta. Y me quedé sola.
El primer ruido me hizo levantar la cabeza. No fue muy fuerte, pero sí, fuera de lugar. Me quedé quieta, esperando. Pensé que alguien vendría a explicarlo. No vino nadie.
El segundo golpe fue más claro. Después, voces. Y luego, gritos. No entendía nada. El sonido del metal, pasos corriendo, órdenes dichas demasiado rápido, todo llegaba de golpe, mezclado, sin sentido. Me levanté, caminé hacia la puerta, y me detuve. No sabía si debía abrirla. No sabía qué había al otro lado.
El fuego llegó después. Primero como una luz extraña. Luego como algo más evidente. El aire empezó a cambiar. Más denso. Más difícil.
La puerta se abrió de golpe. Alguien entró. No recuerdo su cara. Solo el movimiento. Rápido. Decidido. Me envolvieron en una capa, me levantaron y salimos. Todo era distinto.
Los pasillos que conocía parecían otros. La luz del fuego lo cambiaba todo. Las sombras, las formas, los sonidos. No reconocía nada, aunque supiera dónde estaba. No dije nada. No pregunté. No sabía qué preguntar. Me llevaron por caminos que no conocía. Escaleras estrechas. Puertas ocultas. Lugares que nunca había visto. Todo iba demasiado rápido. El calor desapareció poco a poco. Y entonces llegó el frío. Cuando salimos fuera, fue como chocar contra algo real. El aire helado, la nieve, el silencio, o lo que quedaba de él. Fue entonces cuando miré atrás.
La fortaleza ardía.
Las llamas eran altas, visibles incluso en la noche. Iluminaban todo de una forma que nunca había visto. No entendía lo que significaba, no del todo, pero sabía que, no estaba bien. Que aquello no iba a arreglarse.
Que no iba a volver a ser como antes.
No lloré. No en ese momento. Todo era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado confuso. Demasiado grande para entenderlo. Así que hice lo único que sabía hacer. Nada. Dejar que me llevaran. Paso a paso, alejándome. Sin mirar demasiado. Sin pensar demasiado. Hasta que el ruido desapareció. Hasta que la luz se hizo pequeña. Hasta que unicamente quedó el frío, y el silencio. Fue entonces cuando algo cambió. No sabría decir qué. No fue una idea. No fue una comprensión. Solo una sensación.
La de haber perdido algo importante. Y la de que, aunque no entendiera qué había pasado, ya no había forma de volver atrás.
Mi mundo, durante mucho tiempo, fue pequeño. Pasillos largos de piedra, habitaciones cálidas, luces de velas que nunca terminaban de iluminarlo todo. Sabía dónde pisar para no hacer ruido, qué puertas abrir despacio, qué rincones eran mejores para no molestar a nadie. No necesitaba más. Nunca hice demasiadas preguntas.
No porque me lo prohibieran, sino porque no se me ocurrían. Si algo no se me explicaba, asumía que no era importante. Si los adultos dejaban de hablar cuando yo entraba en una sala, pensaba que así debían ser las cosas. No había nada en mí que insistiera en entenderlo todo. Y, aun así, ahora sé que había muchas cosas que no se me contaban. En aquel momento, no lo veía así. Solo vivía.
Recuerdo los días como algo tranquilo. Despertar, vestirme con ayuda, caminar sin rumbo claro hasta encontrar algo que hacer. A veces me daban pequeños encargos. Otras, simplemente, pasaba el tiempo. Mirando el fuego. Siguiendo sombras en la pared. Pensando en nada en particular. No era infeliz. Tampoco diría que era especialmente feliz. Simplemente, era.
El frío nunca me molestó demasiado. Lo notaba, claro, pero no como los demás. Veía a otros abrigarse más, quejarse, acercarse al fuego con más necesidad. Yo no lo entendía del todo. Pensaba que exageraban un poco. Nadie me explicó nada diferente. Tampoco le di importancia.
Los sueños eran otra cosa. No eran claros. Nunca lo fueron. Espacios abiertos, blancos, una sensación de altura, algo que no sabía describir. Al despertar, se me olvidaban rápidamente. Nunca intenté recordarlos. Nunca pensé que fueran importantes.
No pensaba mucho en nada que no estuviera justo delante de mí. Pero incluso yo noté que algo empezó a cambiar. No sabría decir cuándo. Simplemente ocurrió. Algunas personas dejaron de estar. No de forma repentina, no todas a la vez. Simplemente… desaparecían. Cuando preguntaba, las respuestas eran vagas. "Se han ido" "No volverán" "No te preocupes por eso". Y yo no me preocupaba. No sabía cómo hacerlo.
Las visitas continuaban, pero había algo distinto. Hablaban más bajo. Más rápido. A veces traían papeles que parecían importantes. Otras veces se encerraban en habitaciones durante horas. Recuerdo entrar en salas y que dejaran de hablar. Siempre pasaba. Al principio no significaba nada para mí. Luego, empezó a sentirse extraño. No porque entendiera el motivo, sino porque ocurría demasiado a menudo. Aun así, no preguntaba. No era lo que hacía. Todo se volvió, más tenso.
No sé explicarlo mejor. No es algo que viera claramente. Era más bien una sensación. Como cuando el aire se vuelve pesado antes de que pase algo, aunque no sepas el qué. Las puertas se cerraban más. Las miradas duraban menos. Algunas personas evitaban a otras. Y yo, seguía igual. O casi.
La noche en que todo terminó no fue distinta al principio.
El viento soplaba fuerte. La nieve caía con densidad. Las luces estaban encendidas más tiempo de lo normal, pero eso tampoco me pareció tan extraño. Me llevaron a mis aposentos antes de lo habitual. Recuerdo la prisa. No encajaba del todo con lo demás. Pero no pregunté. Nunca lo hacía. Me dijeron que descansara. Cerraron la puerta. Y me quedé sola.
El primer ruido me hizo levantar la cabeza. No fue muy fuerte, pero sí, fuera de lugar. Me quedé quieta, esperando. Pensé que alguien vendría a explicarlo. No vino nadie.
El segundo golpe fue más claro. Después, voces. Y luego, gritos. No entendía nada. El sonido del metal, pasos corriendo, órdenes dichas demasiado rápido, todo llegaba de golpe, mezclado, sin sentido. Me levanté, caminé hacia la puerta, y me detuve. No sabía si debía abrirla. No sabía qué había al otro lado.
El fuego llegó después. Primero como una luz extraña. Luego como algo más evidente. El aire empezó a cambiar. Más denso. Más difícil.
La puerta se abrió de golpe. Alguien entró. No recuerdo su cara. Solo el movimiento. Rápido. Decidido. Me envolvieron en una capa, me levantaron y salimos. Todo era distinto.
Los pasillos que conocía parecían otros. La luz del fuego lo cambiaba todo. Las sombras, las formas, los sonidos. No reconocía nada, aunque supiera dónde estaba. No dije nada. No pregunté. No sabía qué preguntar. Me llevaron por caminos que no conocía. Escaleras estrechas. Puertas ocultas. Lugares que nunca había visto. Todo iba demasiado rápido. El calor desapareció poco a poco. Y entonces llegó el frío. Cuando salimos fuera, fue como chocar contra algo real. El aire helado, la nieve, el silencio, o lo que quedaba de él. Fue entonces cuando miré atrás.
La fortaleza ardía.
Las llamas eran altas, visibles incluso en la noche. Iluminaban todo de una forma que nunca había visto. No entendía lo que significaba, no del todo, pero sabía que, no estaba bien. Que aquello no iba a arreglarse.
Que no iba a volver a ser como antes.
No lloré. No en ese momento. Todo era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado confuso. Demasiado grande para entenderlo. Así que hice lo único que sabía hacer. Nada. Dejar que me llevaran. Paso a paso, alejándome. Sin mirar demasiado. Sin pensar demasiado. Hasta que el ruido desapareció. Hasta que la luz se hizo pequeña. Hasta que unicamente quedó el frío, y el silencio. Fue entonces cuando algo cambió. No sabría decir qué. No fue una idea. No fue una comprensión. Solo una sensación.
La de haber perdido algo importante. Y la de que, aunque no entendiera qué había pasado, ya no había forma de volver atrás.