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_Miau_The_Return_

El que aplaude en los discursos Zhent
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11/2/25
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El invierno había sido especialmente duro aquel año en Damara. No es algo que entendiera en aquel momento, pero sí lo recuerdo. El frío estaba en todas partes. En los muros, en el aire, en el silencio. Era algo constante, algo que simplemente estaba ahí, como todo lo demás. Allí nací yo.

Mi mundo, durante mucho tiempo, fue pequeño. Pasillos largos de piedra, habitaciones cálidas, luces de velas que nunca terminaban de iluminarlo todo. Sabía dónde pisar para no hacer ruido, qué puertas abrir despacio, qué rincones eran mejores para no molestar a nadie. No necesitaba más. Nunca hice demasiadas preguntas.

No porque me lo prohibieran, sino porque no se me ocurrían. Si algo no se me explicaba, asumía que no era importante. Si los adultos dejaban de hablar cuando yo entraba en una sala, pensaba que así debían ser las cosas. No había nada en mí que insistiera en entenderlo todo. Y, aun así, ahora sé que había muchas cosas que no se me contaban. En aquel momento, no lo veía así. Solo vivía.

Recuerdo los días como algo tranquilo. Despertar, vestirme con ayuda, caminar sin rumbo claro hasta encontrar algo que hacer. A veces me daban pequeños encargos. Otras, simplemente, pasaba el tiempo. Mirando el fuego. Siguiendo sombras en la pared. Pensando en nada en particular. No era infeliz. Tampoco diría que era especialmente feliz. Simplemente, era.

El frío nunca me molestó demasiado. Lo notaba, claro, pero no como los demás. Veía a otros abrigarse más, quejarse, acercarse al fuego con más necesidad. Yo no lo entendía del todo. Pensaba que exageraban un poco. Nadie me explicó nada diferente. Tampoco le di importancia.

Los sueños eran otra cosa. No eran claros. Nunca lo fueron. Espacios abiertos, blancos, una sensación de altura, algo que no sabía describir. Al despertar, se me olvidaban rápidamente. Nunca intenté recordarlos. Nunca pensé que fueran importantes.

No pensaba mucho en nada que no estuviera justo delante de mí. Pero incluso yo noté que algo empezó a cambiar. No sabría decir cuándo. Simplemente ocurrió. Algunas personas dejaron de estar. No de forma repentina, no todas a la vez. Simplemente… desaparecían. Cuando preguntaba, las respuestas eran vagas.
"Se han ido" "No volverán" "No te preocupes por eso". Y yo no me preocupaba. No sabía cómo hacerlo.

Las visitas continuaban, pero había algo distinto. Hablaban más bajo. Más rápido. A veces traían papeles que parecían importantes. Otras veces se encerraban en habitaciones durante horas. Recuerdo entrar en salas y que dejaran de hablar. Siempre pasaba. Al principio no significaba nada para mí. Luego, empezó a sentirse extraño. No porque entendiera el motivo, sino porque ocurría demasiado a menudo. Aun así, no preguntaba. No era lo que hacía. Todo se volvió, más tenso.

No sé explicarlo mejor. No es algo que viera claramente. Era más bien una sensación. Como cuando el aire se vuelve pesado antes de que pase algo, aunque no sepas el qué. Las puertas se cerraban más. Las miradas duraban menos. Algunas personas evitaban a otras. Y yo, seguía igual. O casi.

La noche en que todo terminó no fue distinta al principio.

El viento soplaba fuerte. La nieve caía con densidad. Las luces estaban encendidas más tiempo de lo normal, pero eso tampoco me pareció tan extraño. Me llevaron a mis aposentos antes de lo habitual. Recuerdo la prisa. No encajaba del todo con lo demás. Pero no pregunté. Nunca lo hacía. Me dijeron que descansara. Cerraron la puerta. Y me quedé sola.

El primer ruido me hizo levantar la cabeza. No fue muy fuerte, pero sí, fuera de lugar. Me quedé quieta, esperando. Pensé que alguien vendría a explicarlo. No vino nadie.

El segundo golpe fue más claro. Después, voces. Y luego, gritos. No entendía nada. El sonido del metal, pasos corriendo, órdenes dichas demasiado rápido, todo llegaba de golpe, mezclado, sin sentido. Me levanté, caminé hacia la puerta, y me detuve. No sabía si debía abrirla. No sabía qué había al otro lado.

El fuego llegó después. Primero como una luz extraña. Luego como algo más evidente. El aire empezó a cambiar. Más denso. Más difícil.
La puerta se abrió de golpe. Alguien entró. No recuerdo su cara. Solo el movimiento. Rápido. Decidido. Me envolvieron en una capa, me levantaron y salimos. Todo era distinto.

Los pasillos que conocía parecían otros. La luz del fuego lo cambiaba todo. Las sombras, las formas, los sonidos. No reconocía nada, aunque supiera dónde estaba. No dije nada. No pregunté. No sabía qué preguntar. Me llevaron por caminos que no conocía. Escaleras estrechas. Puertas ocultas. Lugares que nunca había visto. Todo iba demasiado rápido. El calor desapareció poco a poco. Y entonces llegó el frío. Cuando salimos fuera, fue como chocar contra algo real. El aire helado, la nieve, el silencio, o lo que quedaba de él. Fue entonces cuando miré atrás.

La fortaleza ardía.

Las llamas eran altas, visibles incluso en la noche. Iluminaban todo de una forma que nunca había visto. No entendía lo que significaba, no del todo, pero sabía que, no estaba bien. Que aquello no iba a arreglarse.

Que no iba a volver a ser como antes.

No lloré. No en ese momento. Todo era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado confuso. Demasiado grande para entenderlo. Así que hice lo único que sabía hacer. Nada. Dejar que me llevaran. Paso a paso, alejándome. Sin mirar demasiado. Sin pensar demasiado. Hasta que el ruido desapareció. Hasta que la luz se hizo pequeña. Hasta que unicamente quedó el frío, y el silencio. Fue entonces cuando algo cambió. No sabría decir qué. No fue una idea. No fue una comprensión. Solo una sensación.

La de haber perdido algo importante. Y la de que, aunque no entendiera qué había pasado, ya no había forma de volver atrás.



 

_Miau_The_Return_

El que aplaude en los discursos Zhent
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11/2/25
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No sabría decir cuánto tiempo pasó desde aquella noche en la que todo quedó atrás. Durante un tiempo, el mundo se redujo a caminos inciertos, a rostros que no permanecían lo suficiente como para ser recordados y a una sensación constante de desplazamiento. No entendía hacia dónde me dirigía ni por qué seguía avanzando, pero tampoco encontraba dentro de mí la necesidad de cuestionarlo. Simplemente continuaba, paso tras paso, como si detenerme fuese una opción que no existía.

Con el tiempo, ese movimiento constante fue cediendo. Las paradas comenzaron a alargarse, los trayectos a espaciarse, y finalmente fui dejada en un lugar que, aunque muy distinto a todo lo anterior, terminó por convertirse en algo parecido a un nuevo punto de referencia.

No era una fortaleza, ni tampoco una casa que pudiera considerarse ordenada o acogedora en un sentido convencional. Era amplia, sí, pero estaba llena de objetos acumulados sin un criterio aparente: estanterías repletas de libros de distintos tamaños y estados, mesas cubiertas de pergaminos, instrumentos cuyo uso desconocía, frascos con contenidos diversos y un olor persistente a polvo, tinta y materiales antiguos. Nada parecía estar en su sitio y, al mismo tiempo, todo parecía tener un lugar definido dentro de ese desorden.

Fue allí donde conocí al sabio.

No hubo una presentación formal ni preguntas sobre mi procedencia. Me observó durante un rato, con una atención que no supe interpretar, y tras unos instantes que se hicieron más largos de lo que esperaba, simplemente asintió, como si con ese gesto hubiera resuelto algo importante. A partir de ese momento, mi presencia en aquel lugar quedó aceptada sin necesidad de explicaciones.

Los primeros días transcurrieron sin un propósito claro. Me movía con cautela entre los objetos, procurando no alterar nada, observando más de lo que actuaba. No sabía qué se esperaba de mí, y ante la falta de indicaciones, opté por no hacer más de lo necesario. Sin embargo, aquella situación no se prolongó demasiado. El sabio no era alguien que tolerara la inutilidad prolongada, y pronto comenzó a asignarme tareas sencillas que, con el tiempo, se volverían más constantes.

Al principio eran labores básicas: ordenar lo que, a simple vista, parecía imposible de ordenar, limpiar superficies cubiertas de polvo, trasladar objetos de una estancia a otra siguiendo indicaciones que no siempre comprendía del todo. Eran tareas mecánicas, pero me dieron algo que no había tenido desde hacía tiempo: una rutina.

A partir de ahí, el aprendizaje llegó de forma gradual, casi inevitable.

Me enseñó a leer, no con paciencia ni con un método especialmente amable, sino con la firmeza de quien considera que aquello es una herramienta imprescindible. Las letras dejaron de ser símbolos sin sentido y comenzaron a formar palabras, y las palabras, con el tiempo, frases completas. No siempre entendía lo que leía, pero ya no era algo completamente inaccesible.

La escritura fue un proceso más lento. Requería precisión y constancia, y no siempre tenía ninguna de las dos. Aun así, la repetición hizo su trabajo. Día tras día, línea tras línea, fui adquiriendo una habilidad que, sin darme cuenta, empezaba a resultar útil.

Los libros dejaron de ser objetos acumulados para convertirse en algo distinto. Algunos trataban sobre historia, otros sobre lugares lejanos, otros sobre conceptos que apenas comprendía. No era especialmente brillante interpretando lo que leía, ni tenía una gran capacidad para profundizar en ello, pero retenía lo suficiente como para que, con el tiempo, mi comprensión del mundo se ampliara más allá de lo inmediato.

También hubo otros aprendizajes. El sabio introdujo diferentes lenguas en sus enseñanzas, no con la intención de que las dominara por completo, sino para que me familiarizara con sus estructuras y sonidos. No todas se me daban igual, ni todas me resultaban igual de útiles, pero adquirí una base suficiente como para reconocer patrones y entender fragmentos en contextos determinados.

No era talento lo que me guiaba, sino la repetición constante y la necesidad de adaptarme.

Los días comenzaron a parecerse entre sí. Despertar, trabajar, aprender, repetir. Sin grandes cambios, sin momentos especialmente destacables. Y, sin embargo, ese tiempo fue el que más me transformó, aunque en aquel entonces no lo percibiera de ese modo.

Mi relación con el sabio nunca fue cercana. No mostraba interés por mí más allá de lo que tenía que enseñarme, y yo no buscaba algo distinto. Nunca preguntó por mi pasado, y yo nunca sentí la necesidad de compartirlo. Nuestra convivencia se sostenía en un equilibrio simple: yo cumplía con lo que se esperaba de mí, y él me proporcionaba conocimientos y un lugar donde permanecer.

Esa estabilidad, dentro de su sencillez, se prolongó durante más tiempo del que habría esperado. Hasta que llegó el día en que todo cambió de nuevo.

No fue un día especialmente distinto al principio. Las tareas eran las mismas, el ambiente no había variado de forma evidente. Sin embargo, cuando alguien llamó a la puerta, algo en la reacción del sabio rompió esa continuidad. Se detuvo, aunque solo fuera por un instante, y ese pequeño gesto bastó para hacerme notar que aquella visita no era como las demás.

Cuando abrió la puerta, lo vi por primera vez.

Su presencia era difícil de ignorar. Más alto que cualquier otra persona que hubiera visto, su figura imponía sin necesidad de recurrir a la fuerza. Había en él una sensación de control, de contención, como si cada movimiento estuviera medido con precisión. Sus rasgos no eran completamente humanos. En aquel momento no tenía las palabras para describirlo, pero sabía que era diferente.

Un dracónido. Aunque entonces desconociera ese término.

Entró sin vacilar, y ambos comenzaron a hablar. No entendí gran parte de la conversación, pero no hacía falta comprender cada palabra para saber que el tema era yo. El sabio no me miró mientras hablaban, como si ya hubiera tomado una decisión antes incluso de que aquel encuentro tuviera lugar.

El dracónido, en cambio, sí lo hizo. Su mirada era directa, firme, pero no hostil. Había en ella una intención que no supe descifrar, pero que resultaba difícil de ignorar.

La conversación no se prolongó demasiado.

En un momento dado, el dracónido colocó una cantidad considerable de monedas sobre la mesa. No sabía exactamente cuánto era, pero sí entendía que tenía valor. El sabio lo observó en silencio durante unos segundos que se alargaron más de lo habitual.

Y luego, sin más, aceptó. No hubo discusión ni negociación visible. Solo una decisión rápida, casi práctica. Fue en ese momento cuando comprendí, de forma simple pero suficiente, lo que estaba ocurriendo. Me iba de nuevo.

No sentí sorpresa. Tampoco rechazo. Era, en cierto modo, lo que siempre había ocurrido.

Recogí lo poco que tenía, sin que nadie me diera instrucciones explícitas para hacerlo. El sabio no añadió nada más, ni ofreció una despedida que pudiera considerarse significativa. Nuestra relación nunca había sido de ese tipo, y no había motivo para que cambiara en ese momento.

Cuando salí, el dracónido ya estaba esperando.

No habló de inmediato. Simplemente se aseguró de que lo siguiera, y yo lo hice sin cuestionarlo. Era un gesto que había repetido antes, pero esta vez había algo distinto en la sensación que lo acompañaba.

No era incertidumbre. O, al menos, no del mismo tipo.

Mientras me alejaba de la casa del sabio, tuve la impresión, difícil de explicar incluso ahora, de que aquel no era solo otro cambio de lugar.


Sino el inicio de algo que, aunque no comprendiera todavía, acabaría por definir todo lo que vendría después.
 

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