solamaneciente
Minsorrano sin caminos
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El paladín avanzó entre las tiendas improvisadas, donde el olor a pan duro se mezclaba con el de cuerpos cansados y cenizas viejas. La capa celeste arrastraba barro, pero no se detenía. Miradas esquivas lo seguían, algunas cargadas de esperanza, otras de recelo.
—¿Pan hoy y hambre mañana? —susurraba un mercader.
—¿Por qué no luchan en sus tierras? —gruñía otro.
Tharion se detuvo en medio del corredor de tablones húmedos. Su voz no buscó altura, pero pesó como un yunque entre el murmullo.
—Decís que teméis quedarnos sin alimento. Pero ¿de qué sirve el pan que se guarda si no sostiene vidas? Decís que teméis que los dragones sigan a estas gentes. ¿Creéis que los dragones preguntan por fronteras? Quemarán campos y ciudades sin mirar estandartes.
Clavó la mirada en los presentes, la cicatriz ardida en su brazo visible al levantar la mano hacia el cielo.
—Hoy no juzgamos a los refugiados. Hoy nos juzgamos a nosotros. No es lo mismo alimentar a uno que a mil, cierto. Pero tampoco es lo mismo abandonar a uno que abandonar a mil. El deber no se reduce con el hambre: se multiplica.
Avanzó dos pasos, plantando la bota con firmeza sobre el barro.
—El Guantelete no cierra las puertas. El Guantelete no vende la justicia al precio del miedo. Mientras yo camine, estos campamentos tendrán no solo pan, sino juicio. Que los dragones nos encuentren unidos, no pudriéndonos desde dentro.
El silencio fue más denso que las palabras. Algunos bajaron la vista. Otros, más valientes, asintieron en silencio. Y entre los refugiados, un niño se aferró a la mano de su madre como si hubiera escuchado más que un discurso: una promesa.
Por cuestión de horarios no pudimos coincidir en el rol, pero me sumo a lo trabajado por mis compañeros. Durante la llegada de los refugiados, Tharion se mantuvo en los campamentos organizando la distribución de raciones y vigilias, procurando que el orden no se quebrara bajo el peso de la desconfianza. Su papel fue más de sostén silencioso: levantar la voz cuando el miedo amenazaba con volverse odio, y recordar que la justicia del Guantelete no se mide en el oro ni en el trigo, sino en la capacidad de no abandonar a nadie en la penumbra.
Dejo este aporte como complemento, para que quede claro que también estuvo presente junto a los demás.
—¿Pan hoy y hambre mañana? —susurraba un mercader.
—¿Por qué no luchan en sus tierras? —gruñía otro.
Tharion se detuvo en medio del corredor de tablones húmedos. Su voz no buscó altura, pero pesó como un yunque entre el murmullo.
—Decís que teméis quedarnos sin alimento. Pero ¿de qué sirve el pan que se guarda si no sostiene vidas? Decís que teméis que los dragones sigan a estas gentes. ¿Creéis que los dragones preguntan por fronteras? Quemarán campos y ciudades sin mirar estandartes.
Clavó la mirada en los presentes, la cicatriz ardida en su brazo visible al levantar la mano hacia el cielo.
—Hoy no juzgamos a los refugiados. Hoy nos juzgamos a nosotros. No es lo mismo alimentar a uno que a mil, cierto. Pero tampoco es lo mismo abandonar a uno que abandonar a mil. El deber no se reduce con el hambre: se multiplica.
Avanzó dos pasos, plantando la bota con firmeza sobre el barro.
—El Guantelete no cierra las puertas. El Guantelete no vende la justicia al precio del miedo. Mientras yo camine, estos campamentos tendrán no solo pan, sino juicio. Que los dragones nos encuentren unidos, no pudriéndonos desde dentro.
El silencio fue más denso que las palabras. Algunos bajaron la vista. Otros, más valientes, asintieron en silencio. Y entre los refugiados, un niño se aferró a la mano de su madre como si hubiera escuchado más que un discurso: una promesa.
Offtopic :
Por cuestión de horarios no pudimos coincidir en el rol, pero me sumo a lo trabajado por mis compañeros. Durante la llegada de los refugiados, Tharion se mantuvo en los campamentos organizando la distribución de raciones y vigilias, procurando que el orden no se quebrara bajo el peso de la desconfianza. Su papel fue más de sostén silencioso: levantar la voz cuando el miedo amenazaba con volverse odio, y recordar que la justicia del Guantelete no se mide en el oro ni en el trigo, sino en la capacidad de no abandonar a nadie en la penumbra.
Dejo este aporte como complemento, para que quede claro que también estuvo presente junto a los demás.









