KapilloGremlin
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Introducción: Sombras en las Profundidades: La Caída de Ulgh Zynath
Dos años llevaba yo en Ulgh Zynath, desde que nuestro pueblo tomó aquella fortaleza abandonada y la hicimos nuestro hogar. Bajo la montaña, aprendí a manejar el pico y la pala, a arrancar de la roca su sustento. Explorábamos las vetas del antiguo Shanatar, redescubriendo la gloria de los ancestros. Era el comienzo de una nueva era para mi pueblo. Pero hoy... hoy solo quedan ruinas.
Allí, bajo la piedra, cavábamos con paciencia y orgullo, arrancando riquezas de las entrañas de la tierra, mientras nuestras canciones llenaban los túneles con la fuerza de generaciones. Hoy, esos cantos se han apagado, y las grandiosas salas que nos daban fuerza han sido profanadas por manos indignas.
No soy guerrero, ni héroe. Soy minero, aunque soñaba con más. Iba a ser instruido, preparado para tomar mi lugar como un defensor, un bastión de mi gente, hombro con hombro junto a mis hermanos escudo. Pero las lecciones del hacha y del escudo fueron truncadas por el horror que llegó a nuestras puertas.
Los Durraugh, esos duergars malditos e infames, surgieron de las profundidades como una plaga de insectos. Traidores a nuestra sangre, nos atacaron con una crueldad que solo el odio y la envidia pueden alimentar. Trajeron consigo a las sucias bestias del Murkul, monstruos del imperio, y peor aún, drows, astutos y miserables, junto con mercenarios que vendieron sus espadas manchadas con el oro de nuestros ancestros y la sangre de mi pueblo.
Lo vi todo. Vi a los guardias caer, vi cómo las bestias devastaban nuestras líneas, vi a mis amigos, mis vecinos, mi familia, luchando y muriendo mientras evacuábamos a los niños y a los jóvenes, yo entre ellos.
Fue una orden directa del general Vandarr Pico Tormenta: salvar el futuro, aunque el presente se consumiera en sangre. Pero aún así, mientras huía por los túneles, guiando a los más pequeños, mi corazón se llenaba de vergüenza. Maldita sea mi cobardía. Huir me salvó, pero a un precio que pesa tanto como la roca misma.
Solo escapamos gracias a los gólems, aquellos titanes de piedra despertados por los maestros rúnicos. Ellos dieron su vida para frenar a los invasores, para darnos tiempo. Aún así... ¿Qué queda de Ulgh Zynath? Las arcas saqueadas, nuestras reliquias sagradas profanadas, y nuestros muertos… tantos muertos.
Pero no viviré con esta vergüenza para siempre. Por Moradin, Clangeddin Bargenta, y el hacha de Hela, juro que mi vida no terminará como la de un cobarde. Aprenderé a pelear, a blandir un arma como los defensores que cayeron protegiendo lo que amamos. Mi hacha será más que un instrumento de guerra; será justicia. Mi corazón, endurecido como la roca, llevará este juramento hasta el final.
Por cada enano que ha caído, cien duergars morirán. Por cada túnel que quedó vacío, mil huesos de las bestias serán aplastadas bajo el peso de nuestra furia. Y por cada reliquia que osaron arrebatarnos, el filo de mi hacha será la sentencia que les devuelva ese dolor multiplicado.
No nací guerrero, pero me convertiré en uno. La montaña y la roca no olvidan, y yo, hijo suyo, tampoco.
Ulgh Zynath será vengada, y los muertos tendrán un entierro digno. Aunque tenga que arrancar ese futuro con mis propias manos, con mi sangre y mi sudor, los que nos lo arrebataron sabrán lo que significa enfrentarse a la furia de un enano.
Por los míos, juro que les haré perder lo que más quieren, como ellos lo hicieron conmigo.
Dos años llevaba yo en Ulgh Zynath, desde que nuestro pueblo tomó aquella fortaleza abandonada y la hicimos nuestro hogar. Bajo la montaña, aprendí a manejar el pico y la pala, a arrancar de la roca su sustento. Explorábamos las vetas del antiguo Shanatar, redescubriendo la gloria de los ancestros. Era el comienzo de una nueva era para mi pueblo. Pero hoy... hoy solo quedan ruinas.
Allí, bajo la piedra, cavábamos con paciencia y orgullo, arrancando riquezas de las entrañas de la tierra, mientras nuestras canciones llenaban los túneles con la fuerza de generaciones. Hoy, esos cantos se han apagado, y las grandiosas salas que nos daban fuerza han sido profanadas por manos indignas.
No soy guerrero, ni héroe. Soy minero, aunque soñaba con más. Iba a ser instruido, preparado para tomar mi lugar como un defensor, un bastión de mi gente, hombro con hombro junto a mis hermanos escudo. Pero las lecciones del hacha y del escudo fueron truncadas por el horror que llegó a nuestras puertas.
Los Durraugh, esos duergars malditos e infames, surgieron de las profundidades como una plaga de insectos. Traidores a nuestra sangre, nos atacaron con una crueldad que solo el odio y la envidia pueden alimentar. Trajeron consigo a las sucias bestias del Murkul, monstruos del imperio, y peor aún, drows, astutos y miserables, junto con mercenarios que vendieron sus espadas manchadas con el oro de nuestros ancestros y la sangre de mi pueblo.
Lo vi todo. Vi a los guardias caer, vi cómo las bestias devastaban nuestras líneas, vi a mis amigos, mis vecinos, mi familia, luchando y muriendo mientras evacuábamos a los niños y a los jóvenes, yo entre ellos.
Fue una orden directa del general Vandarr Pico Tormenta: salvar el futuro, aunque el presente se consumiera en sangre. Pero aún así, mientras huía por los túneles, guiando a los más pequeños, mi corazón se llenaba de vergüenza. Maldita sea mi cobardía. Huir me salvó, pero a un precio que pesa tanto como la roca misma.
Solo escapamos gracias a los gólems, aquellos titanes de piedra despertados por los maestros rúnicos. Ellos dieron su vida para frenar a los invasores, para darnos tiempo. Aún así... ¿Qué queda de Ulgh Zynath? Las arcas saqueadas, nuestras reliquias sagradas profanadas, y nuestros muertos… tantos muertos.
Pero no viviré con esta vergüenza para siempre. Por Moradin, Clangeddin Bargenta, y el hacha de Hela, juro que mi vida no terminará como la de un cobarde. Aprenderé a pelear, a blandir un arma como los defensores que cayeron protegiendo lo que amamos. Mi hacha será más que un instrumento de guerra; será justicia. Mi corazón, endurecido como la roca, llevará este juramento hasta el final.
Por cada enano que ha caído, cien duergars morirán. Por cada túnel que quedó vacío, mil huesos de las bestias serán aplastadas bajo el peso de nuestra furia. Y por cada reliquia que osaron arrebatarnos, el filo de mi hacha será la sentencia que les devuelva ese dolor multiplicado.
No nací guerrero, pero me convertiré en uno. La montaña y la roca no olvidan, y yo, hijo suyo, tampoco.
Ulgh Zynath será vengada, y los muertos tendrán un entierro digno. Aunque tenga que arrancar ese futuro con mis propias manos, con mi sangre y mi sudor, los que nos lo arrebataron sabrán lo que significa enfrentarse a la furia de un enano.
Por los míos, juro que les haré perder lo que más quieren, como ellos lo hicieron conmigo.
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