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Crónicas de BarbaEspesa

KapilloGremlin

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Introducción: Sombras en las Profundidades: La Caída de Ulgh Zynath



Dos años llevaba yo en Ulgh Zynath, desde que nuestro pueblo tomó aquella fortaleza abandonada y la hicimos nuestro hogar. Bajo la montaña, aprendí a manejar el pico y la pala, a arrancar de la roca su sustento. Explorábamos las vetas del antiguo Shanatar, redescubriendo la gloria de los ancestros. Era el comienzo de una nueva era para mi pueblo. Pero hoy... hoy solo quedan ruinas.

Allí, bajo la piedra, cavábamos con paciencia y orgullo, arrancando riquezas de las entrañas de la tierra, mientras nuestras canciones llenaban los túneles con la fuerza de generaciones. Hoy, esos cantos se han apagado, y las grandiosas salas que nos daban fuerza han sido profanadas por manos indignas.

No soy guerrero, ni héroe. Soy minero, aunque soñaba con más. Iba a ser instruido, preparado para tomar mi lugar como un defensor, un bastión de mi gente, hombro con hombro junto a mis hermanos escudo. Pero las lecciones del hacha y del escudo fueron truncadas por el horror que llegó a nuestras puertas.

Los Durraugh, esos duergars malditos e infames, surgieron de las profundidades como una plaga de insectos. Traidores a nuestra sangre, nos atacaron con una crueldad que solo el odio y la envidia pueden alimentar. Trajeron consigo a las sucias bestias del Murkul, monstruos del imperio, y peor aún, drows, astutos y miserables, junto con mercenarios que vendieron sus espadas manchadas con el oro de nuestros ancestros y la sangre de mi pueblo.

Lo vi todo. Vi a los guardias caer, vi cómo las bestias devastaban nuestras líneas, vi a mis amigos, mis vecinos, mi familia, luchando y muriendo mientras evacuábamos a los niños y a los jóvenes, yo entre ellos.

Fue una orden directa del general Vandarr Pico Tormenta: salvar el futuro, aunque el presente se consumiera en sangre. Pero aún así, mientras huía por los túneles, guiando a los más pequeños, mi corazón se llenaba de vergüenza. Maldita sea mi cobardía. Huir me salvó, pero a un precio que pesa tanto como la roca misma.

Solo escapamos gracias a los gólems, aquellos titanes de piedra despertados por los maestros rúnicos. Ellos dieron su vida para frenar a los invasores, para darnos tiempo. Aún así... ¿Qué queda de Ulgh Zynath? Las arcas saqueadas, nuestras reliquias sagradas profanadas, y nuestros muertos… tantos muertos.

Pero no viviré con esta vergüenza para siempre. Por Moradin, Clangeddin Bargenta, y el hacha de Hela, juro que mi vida no terminará como la de un cobarde. Aprenderé a pelear, a blandir un arma como los defensores que cayeron protegiendo lo que amamos. Mi hacha será más que un instrumento de guerra; será justicia. Mi corazón, endurecido como la roca, llevará este juramento hasta el final.

Por cada enano que ha caído, cien duergars morirán. Por cada túnel que quedó vacío, mil huesos de las bestias serán aplastadas bajo el peso de nuestra furia. Y por cada reliquia que osaron arrebatarnos, el filo de mi hacha será la sentencia que les devuelva ese dolor multiplicado.

No nací guerrero, pero me convertiré en uno. La montaña y la roca no olvidan, y yo, hijo suyo, tampoco.

Ulgh Zynath será vengada, y los muertos tendrán un entierro digno. Aunque tenga que arrancar ese futuro con mis propias manos, con mi sangre y mi sudor, los que nos lo arrebataron sabrán lo que significa enfrentarse a la furia de un enano.

Por los míos, juro que les haré perder lo que más quieren, como ellos lo hicieron conmigo.
 
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A la superficie llegué, no sin pagar el precio, y vaya si fue caro.

Los golems nos escoltaban con pesadez, creímos que las dekhanas habían quedado atrás. ¡Necios fuimos! Kazad estaba lejos, demasiado lejos, y apenas teníamos suministros para un viaje tan traicionero.

Nos emboscaron una partida de duergars batidores y otras alimañas de las que no vale la pena hablar. Nos dispersaron y perdimos al grupo.

En ese caos, sólo quedé yo y un paladín del Padre de Todos los Enanos. Valiente, sí, pero las heridas no respetan la fe ni el acero. Aquel guerrero logró escoltarme hasta la superficie, aunque a un precio terrible. Allí, entre las rocas y el cielo abierto, rendí homenaje al valiente y le di sepultura como buen enano. Que su espíritu encuentre el camino a la Sala de los Ancestros.

Entonces llegué a esa ciudad... ¡Maldita ciudad podrida por el oro y la corrupción de los piernas largas! No tienen honor ni decencia. Los mercaderes discuten con lenguas envenenadas, y las monedas pesan más que las palabras.

¡Hasta vi drows campando a sus anchas! ¡Y un ogro! Un ogro, te digo. ¿Qué clase de lugar permite eso?

Acabé en el camposanto, como si el destino no tuviera suficiente con jugar conmigo. Mira si son inútiles los humanos, que no pueden ni enterrar a sus muertos. Me vi rodeado por podridos a un lado y podridos al otro, salidos de sus tumbas como almas en pena.

Mi hacha cantaba, cortando carne y huesos, pero cada vez eran más.

Cuando la situación era desesperada, arranqué una vieja puerta de un mausoleo. ¡Una puerta, digo!

Y con ella me cubrí como si fuera un escudo de los más finos de Thar Kuldir. La madera crujía, pero resistió. Me rodearon, y pensé que sería mi final... pero entonces, los dioses enanos volvieron a sonreírme.

Una enana apareció. ¡Pero no cualquier enana, no, una con alas y escamas en la piel! Por el Martillo de Moradin, jamás había visto algo así. Una enana paladín, en una ciudad de humanos. Pero era una enana, ¡y eso bastaba! Su nombre es la honorable Nadja, y aun le debo mi vida. Con fuerza y fe abrió camino entre los podridos, me atendió las heridas y me salvó. Y un enano no ha de sentir vergüenza cuando es tratado por otro enano.

Me llevó a las afueras del camposanto, donde me presentó a otra hija de la roca: Farli, ferviente luchadora de Hela y una guerrera digna como pocas. Durante el camino, cazamos un par de conejos, y yo mismo los preparé. Mientras el fuego ardía y el aroma del asado nos hacía la boca agua, les conté mi historia.



Al amanecer, un carruaje de hijos de la montaña nos recogió, y, finalmente, llegamos a Kazad. Allí estaba, la gélida montaña, majestuosa e imponente como narraban los ancestros. Cada piedra contaba una historia, esculpida por manos venerables. Al verla, mi corazón se llenó de orgullo, y el frío en mi rostro me hizo sentir más vivo que nunca.




Pero lo mejor vino al cruzar el umbral. Su imponente fuerte me recibió con brazos abiertos. El frío de la montaña quedó atrás al entrar en la calidez de sus muros de piedra. Sentí la cerveza corriendo por mi garganta, fuerte y espumosa, y entonces supe que estaba en casa. Sin embargo, no estaba tranquilo.

Habíamos sido humillados, y la sangre me hervía al recordar a los malditos Durraugh. Mi hacha clama por justicia, ansía partir esos malditos cráneos. Pero la paciencia es una virtud de la roca, y las enanas me invitaron a asistir a una reunión de los robustos. Dicen que será bueno que me haga conocer entre ellos, entre las leyendas vivientes del pueblo robusto.

Y ahora aquí estoy, contando los días y las horas para conocerlos. Grandes guerreros, sabios artesanos, y los más firmes defensores de nuestras tradiciones. ¡Por el Padre de Todos, que quiero demostrar que este enano escudo tiene mucho que ofrecer!


 
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KapilloGremlin

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Ah, los días en Kazad, ¡benditos sean y que las piedras los recuerden! Por primera vez en años, el peso que llevaba en los hombros se alivió. Después de tanta oscuridad en las profundidades de Ulgh Zynnath, de ver caer a tantos hermanos y sentir el frío de la tragedia calar hasta los huesos, finalmente encontré refugio. Mi hogar, mi Kazad, la joya de la montaña, me recibió como una madre que abre los brazos a un hijo perdido.

Bajo su sombra, con la roca firme bajo mis pies, sentí algo que creía perdido: paz. La hospitalidad enana es única, y después de tantos años, volver a beber una jarra de cerveza espesa y amarga, fue como si la vida misma fluyera de nuevo en mis venas. Las canciones resonaban en los salones como martillos sobre el yunque, y el aire estaba impregnado del olor de hierro fundido, cuero curtido y piedra recién tallada. Las forjas estaban vivas, y los artesanos trabajaban como si Moradin mismo guiara sus manos, creando maravillas dignas de ser cantadas en las generaciones venideras.

Pero antes de sumergirme en esa calidez, debía rendir homenaje a los dioses. Moradin, Padre de Todos; Berronar la madre ; Dumathoin, quien honra a los ancestros... Mis rodillas tocaron la piedra sagrada, y mi frente se unió a ella. Porque no importa cuán lejos o perdido esté un enano, nunca hay que olvidar a los dioses que sostienen el alma de nuestra gente. Que sus bendiciones sigan talladas en el corazón de Kazad, tan firmes como sus muros.



Finalmente, llegó el día de la reunión, y ¡qué reunión fue esa! Allí, en el gran salón principal, con columnas que se alzan como gigantes eternos y un fuego que iluminaba los rostros de los reunidos, conocí a las leyendas vivientes del pueblo robusto. Nombres que antes solo había escuchado en las canciones y cuentos de los bardos enanos.

El primero en llamar mi atención fue Faurin Yunque de Piedra, Thane de Kazad. Por el Martillo de Moradin, su presencia llenaba el salón. Aunque creía que su barba blanca y larga era como como un río de nieve, pero seguro que los dioses le han concedido más años de los que la mayoría de nosotros podría soñar, y al verlo, no me queda duda. Cuando habló, su voz era como el retumbar de la roca al caer en las profundidades. Cada palabra que pronunciaba era como un mandamiento esculpido en piedra.

Luego estaba el burgomaestre, un enano como ninguno que haya visto antes. Al igual que la honorable Nadja, en sus venas corre la herencia de los dragones.

A su lado, estaba Dainn Negrasima, un alto cargo del ejército, cuya reputación ya había llegado a mis oídos. Su porte era firme, como si fuera imposible doblarlo, y su mirada dejaba claro que había visto más batallas de las que cualquiera podría contar. Junto a ellos, me sentí pequeño, pero no insignificante. Más bien, inspirado. Espero algún día poder estar a su altura, luchar bajo su estandarte y, con suerte, no deshonrar la sangre robusta que corre por mis venas.


Sin embargo, no todo fue orgullo esa noche. Bran YunqueMar, paladín del Padre de Todos, irrumpió con malas noticias. Su rostro triste, y sus palabras eran como un martillo golpeando el yunque. Ulgh Zynnath, mi nuevo hogar, pero uno que jamás olvidaré, habló de su conquista. Habló de horrores que ni siquiera los enanos más sabios podían entender del todo, los primos traidores a nuestra sangre, los que reclamaron la roca y la vida misma. Mi corazón se llenó de rabia y pesar, pero también de un objetivo.

No tengo el conocimiento suficiente para comprender las fuerzas que se alzan, pero sí tengo mi hacha, mi escudo, y el coraje para luchar. Sin dudarlo, me ofrecí a unirme a las tropas del ejército. Lo que Kazad me ha dado, ahora debo devolverlo, aunque signifique enfrentarme a lo desconocido.




En esos días, conocí a muchos otros enanos, algunos jóvenes y ansiosos, otros curtidos por los años y las batallas, pero todos unidos por un propósito común: proteger Kazad, nuestra montaña, nuestra gente. Fue entonces cuando conocí a Barbabronce, un enano de risa franca y voz profunda como un tambor de guerra. Supo de mi historia, de lo que había visto y perdido, y al escuchar mis motivaciones, algo encendió en él una chispa. Decidió alistarse también. "Si tú tienes el valor de jurar por Kazad, Tharbek, yo lo haré contigo," dijo, y su decisión me llenó de orgullo.




Juntos, nos preparamos para lo que vendría, y antes del gran día, decidimos hacer algo importante. Fuimos al altar de Clangeddin Barba Argentea. Allí, con el corazón pesado de recuerdos y esperanzas, dejé el hacha del paladín que me escoltó a la superficie. Fue mi forma de honrar su sacrificio y pedir a Clangeddin que nos otorgara fuerza, valor y coraje en el camino que íbamos a emprender. Que su espíritu guíe nuestra hacha, y nuestras acciones sean dignas de los ancestros.

Finalmente, el día llegó. Un día hermoso, tan claro que parecía que los mismos dioses enanos habían despejado el cielo para presenciar nuestro juramento. En el interior de la fortaleza, los Huryns, los capitanes y oficiales de Kazad, nos esperaban en fila. Ahí estaban Rompenapias, Gemapartida y la legendaria Martillo Dorado, una enana cuya presencia bastaba para inspirar respeto y coraje. Era nuestro momento, y no había vuelta atrás.

Pasamos uno a uno, y me tocó ser el primero. Avancé con pasos firmes, mi pecho hinchado de orgullo, y me paré frente a los mayores de Kazad. Con voz clara y fuerte, pronuncié las palabras que jamás olvidaré:

"Yo, Tharbek Barbaespesa, del clan Rompecráneos, juro por el Martillo de Moradin y por la roca misma que derramaré mi vida por Kazad."

Mi juramento resonó en el salón como un martillo sobre el yunque, y sentí que cada piedra, cada ancestro, cada dios, me escuchaba. Tras de mí, la paladina de Haela, Farli , avanzó con una mirada resuelta. Sus palabras fueron honorables, llenas de devoción y valentía, y al escucharla, supe que ella también sería una hermana de escudo en la que podría confiar mi vida.

Luego vino BarbaEscoria, un enano rudo y directo. Sus palabras fueron breves pero sinceras Finalmente, llegó el turno de Barbabronce, el enano que había conocido solo días antes. Con un brillo en los ojos y una sonrisa orgullosa, pronunció su juramento, y en ese momento supe que no éramos solo reclutas, sino hermanos.

Cuando terminamos, los mayores nos entregaron un hacha, símbolo de nuestro compromiso con Kazad y su gente. Era un momento solemne, porque sabíamos que ese hacha no era solo un arma, sino un recordatorio de lo que habíamos prometido.

Y así llegó la noche, una noche que jamás olvidaré. Los salones resonaron con risas y canciones, y las jarras de cerveza no dejaron de llenarse ni una sola vez. Toda la cerveza que nuestras tripas pudieran aguantar, dijeron los mayores, y nosotros aceptamos el desafío con gusto. Fue una celebración digna de nuestra gente, y mientras las llamas de las hogueras bailaban en las paredes de piedra, sentí algo que jamás había sentido antes: la fuerza de una hermandad verdadera.

Por Kazad, por Clangeddin, y por cada piedra de esta montaña bendita, que nadie dude jamás del temple de un enano escudo.



Offtopic :
Gracias a DM Faith & DM Ofnir por las diferentes escenas enaniles. muy enaniles
 
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KapilloGremlin

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¡Por la gran Kazad! Mucho tiempo ha pasado desde que mis deberes me han mantenido ocupado: rutas, entrenamientos y la eterna vigilancia de nuestras gloriosas fortificaciones. Pero hay algo que ni el tiempo, ni la distancia, ni la más dura de las piedras podría menguar…

¡Mi odio por esos ingratos del clan Durraugh!

Sin embargo, no fue el odio lo que me llevó a esta última aventura, sino un contrato de mi buen amigo, el ingenioso –y potencialmente peligroso– gnomo Triplecerrojo. Según él, formas de aire y tormentas azotaban la región, y deseaba investigarlas para sus constantes inventos. Y claro, como enano de honor y defensor de Kazad Gromdal,

¿Cómo iba a rechazar una oportunidad de poner a prueba mi escudo?

Así me vi acompañado por un grupo de lo más variopinto. Ahí estaba el propio Triplecerrojo, que más que parecer que va a hacer volar algo en mil pedazos, es una certeza absoluta. Había que cuidarlo, claro, no solo porque en cualquier momento podría reventarse así mismo con uno de sus experimentos, sino porque es mi camarada, mi hermano. Y la hermandad es lo más sagrado para un enano.

Junto a nosotros venían dos mujeres de sombreros llamativos –nunca entendí si tenían algún poder o simplemente buen gusto para lo extravagante–, y otros dos que se presentaron como miembros del gremio aventurero.

Avanzamos por el monte, enfrentamos obstáculos, y pronto nos topamos con lo inesperado: un cadáver, despedazado como si una fuerza desconocida lo hubiera hecho trizas. Fue en ese momento cuando las nubes negras cubrieron el cielo, y de ellas surgieron más de esas formas de aire, hostiles y sin piedad.

Pero no os contaré sobre la lucha contra aquellos amasijos de viento, no. Lo que realmente merece ser recordado y narrado en las tabernas es otro enfrentamiento…

¡Una batalla de honor, fuerza y pura terquedad enana! ¡El choque entre un enano escudo defensor y una cabra montesa!

Allí estaba ella, mirándome con la fiereza de un cobrador de deudas. Sus ojos brillaban con la intensidad de un herrero examinando un mal remachado. Rasgó el suelo con sus pezuñas, dejando claro que estaba lista para embestir.

Y yo, como todo buen enano de escudo, me mantuve firme, mi escudo en alto, preparado para lo que estaba por venir.

El aire se tensó. Mis compañeros guardaron silencio, expectantes.


¿Iban a presenciar la firmeza de un enano, o iban a verme rodar por la montaña como un barril mal apilado?

Entonces, la cabra atacó.

No voy a mentir: ¡Era rápida! No la velocidad de un lobo o un jabalí de guerra, no… ¡Era la velocidad de un bicho con más músculos en la cabeza que sentido común!

Con un estruendo de pezuñas y polvo, cargó contra mí como un carnero con deudas atrasadas. Pero yo no me moví. Mi escudo estaba firme, mis botas ancladas al suelo como si fueran parte de la montaña misma. Y cuando el impacto llegó…


¡Por la barba de mi abuelo, qué impacto!

El choque resonó como un yunque cayendo de la torre más alta. Sentí el golpe en los huesos, mi columna pareció intentar desertar del campo de batalla, y aún así…

¡No me moví ni un maldito centímetro!

La cabra rebotó, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer que algo más duro que su cráneo existiera en este mundo. Se tambaleó un poco, bufó y me miró con algo que juraría que era respeto.

-Buen intento, cabra. Pero necesitarás algo más que eso para tumbar a un Barbaespesa.

Se quedó quieta unos segundos, como considerando si valía la pena seguir la lucha. Luego, con la dignidad de una bestia que reconoce una causa perdida, giró sobre sus patas y se marchó, en busca de desafíos más blandos, tomé sus cuernos y de ellos beberé cerveza enana brindando por la gloria de mi victoria y la terquedad de mi escudo.



¡Porque si hay algo más testarudo que una cabra montesa… es un enano escudo defensor!


Offtopic :
Gracias a DM Fauno por la escena contra la cabra.
 
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KapilloGremlin

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1768862649981.png¿Qué es la venganza?

La venganza… es más que un golpe o un hachazo lanzado con rabia.
Es el martillo que cae sobre aquellos que osaron mancillar la honra de mi pueblo.
Es el acto de equilibrar la balanza cuando los dioses y los hombres se hacen los ciegos.

La venganza no siempre es justa… pero es cierta.
Es intentar causar daño, sufrimiento, o poner fin a quienes cometieron la ofensa.
Es "ajustar cuentas"
cuando la ley y la piedad fallan,
cuando los traidores y los depredadores caminan libres y confiados.

Cuánto mal hay en el mundo, cuántas manos invisibles cometen atrocidades
sin pagar precio alguno…

La venganza es la chispa que recuerda al mundo que el sufrimiento no es eterno
que las acciones tienen consecuencias, aunque la ley del hombre mire hacia otro lado.

Y en su reflejo, quienes la sienten, también aprenden humildad.
Porque no es placer lo que buscamos, es justicia…

No lo hacemos por placer.
No desmiembro cada parte de su cuerpo porque me deleite en ello.
Si pudiera evitarlo, lo haría…
pero no siempre se puede.
La venganza así lo exige.

Es necesario.
Necesario como el filo del hacha o el peso del escudo.
Necesario para que los perturbados aprendan que el mal no queda impune,
para que los débiles no sufran aquello que los cobardes disfrutan imponer.

El culpable debe sentir el mismo dolor que sembró… multiplicado por cien...
para que su ejemplo quede grabado en la piedra de la memoria.

Muchos dirán y no les falta razón que devolver el daño no nos traerá paz.

¿Paz?

¿Quién habló de paz?


No es lo que busco. No es lo que me corresponde.
Busco que sienta el castigo, que cada aliento final le recuerde lo que hizo sentir a otros.
Que marche de este mundo cargando el peso de sus actos, sin alivio ni consuelo.

No busco paz… ni la encontraré.
Mientras haya en este mundo seres que merezcan ser vengados, mientras exista injusticia que la ley y los dioses ignoran,
mi escudo no descansará y mi juramento seguirá en pie.

La venganza no es un arrebato.
Eso es lo que lo que los ignorantes creen, los que aún no han enterrado a los suyos
ni han visto un salón vacío donde antes ardía el fuego del clan.

La venganza nace en el recuerdo.

Es la respuesta cuando la justicia se quiebra.
Cuando la ley se vende, cuando los dioses guardan silencio
y el mal aprende que puede prosperar sin castigo.

La venganza es el martillo que cae cuando nadie más se atreve a levantarlo.
No es limpia, no es amable, pero es necesaria.

Dicen que corrompe el alma.
Tal vez.
La piedra también se erosiona con el tiempo, y aun así sigue siendo piedra.
Prefiero un alma marcada por el deber que una limpia por la cobardía.
Porque quien no castiga el mal, lo permite.

La venganza no devuelve a los muertos.
Nunca lo ha hecho, Nunca lo hará.
Pero enseña a los vivos.
Enseña que cada acto deja huella, que cada grito ignorado se acumula como deuda.
Y toda deuda, tarde o temprano, se paga.

No se trata solo del culpable.
Se trata de todos los que miran.
De los que aprenden que el miedo puede cambiar de bando.
Que el cazador también puede ser cazado.
Que el débil no siempre está solo, aunque así lo parezca.

Cuando el culpable sufre, no celebro.
Aprieto los dientes. Afirmo el escudo.
Y cumplo.
Porque la venganza no es disfrutable debe cargarse,
como se carga una armadura pesada que nadie más quiere vestir.

La paz es para los valles tranquilos y los reyes bien protegidos.
Mi camino es otro.
El mío es vigilar al enemigo, recordar agravios
y asegurarme de que el mundo no olvide
que el mal tiene precio.

Mientras exista injusticia sin respuesta,
mientras haya gritos ahogados bajo la tierra,
mientras los dioses miren a otro lado,
la venganza tendrá voz.

Y esa voz…
es la mía.


Palabra de Barbaespesa.
 

KapilloGremlin

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Venganza, Polko y sus locuras


No era la primera vez que Bardock, el gnomo, me arrastraba a una carnicería disfrazada de aventura. Y tampoco sería la última. Siempre problemas, siempre muerte. Pero es mi amigo, y a los amigos no se los abandona, aunque el camino esté empedrado de cadáveres.

La incursión estaba llena de gente variopinta. Allí estaban los de rojo, los guardias de la Capital del Oro, mezclados con aventureros de toda calaña. Un elfo iba al mando, aunque su liderazgo dejaba mucho que desear: ni rastro de formación de escudo ¿Qué clase de líder es ése?. Pese a todo, seguí adelante. La lealtad pesa más que el sentido común. Apreté los dientes y avancé. Si morían, no sería por mi espalda descubierta.

El enemigo era un auténtico monstruo. Un gran trasgo que había sellado un pacto con un demonio, un ser sin honor ni redención. Se dedicaba a secuestrar gente indefensa. Padres, hijos e inocentes. No había excusas para alguien así. La venganza debía ser más que necesaria.

Nos adentramos en lo que algunos llamaban un plano distinto, aunque a mis ojos no eran más que ruinas cargadas de una energía malsana. Tras abrirnos paso entre sus huestes formas grotescas, vacías de alma di rienda suelta a mi hacha. Caían uno tras otro, amontonándose a mis pies. Y aun así, no sentía culpa alguna merecían morir como un enano merece un buen trago de cerveza fría

Cuando al fin lo vimos, el causante de todo, algunos idiotas hablaron de arrestarlo. De entregarlo a la justicia.

Justicia mis cojones.

Por encima de mi cadáver permitiría que siguiera respirando. Nadie le devolvería los hijos a esos padres. Nadie borraría el olor de la muerte de las habitaciones vacías. Ese bastardo no merecía cadenas, ni prisión ni un maldito juicio. Merecía dolor.

Esperé el momento. Y cuando llegó, me lancé.

No usé el hacha. Eso habría sido rápido. Demasiado limpio. Lo tiré al suelo y empecé a golpearlo con los puños. Sentí cómo sus huesos cedían bajo mis guanteletes, cómo la carne se abría y su sangre caliente me empapaba las manos. Cada golpe era un nombre. Cada crujido, un niño que no volvería a casa.

Gritaba. Suplicaba.
Me dio igual.

Acerqué mi rostro al suyo, deformado, irreconocible, y seguí golpeando hasta que dejó de parecer humano.

Sucio bastardo

Cuando me apartaron, si es que lo hicieron, ya no quedaba nada que salvar. Solo un cuerpo roto. Y aunque algunos apartaron la mirada, yo no sentí culpa. Solo calma de que ese ser no volvería a atormentar a nadie más.


La venganza no me devolvió nada…
pero le quitó todo a quien no merecía nada más.

 

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