Superboy
Jugador de fichas de rol
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-Tienes los ojos de tu padre... Un rojo carmesí curioso por esta zona... Aun que el cabello de tu madre, blanco y lacio con raíces claras de Iluskan, tu piel es pálida como la de ambos, cálida y suave, ¿Qué depara el futuro para ti jovencito? ¿Serás un combatiente férreo como tu madre? o acaso... ¿Serás un hombre de magia como tu padre? Lo que importa es que, Dahario... Tu serás quien lo decida, pues esta es tu senda y hoy empieza la historia, hoy inicia tu vida...-
Dahario Marthell
Años de Nieve y Acero (Edad 6–10)
Dahario creció en una aldea fronteriza al norte de Iluskan, donde el invierno no era una estación, sino una forma de vida. Su madre, Serelith Varn, era una combatiente de mirada glacial y disciplina férrea. Desde los seis años, lo despertaba antes del alba.
—“El enemigo no espera a que el sol caliente tus huesos, Dahario. Muévete.”-
El niño, aún con legañas en los ojos, aprendía a correr sobre la nieve sin dejar huellas, a mantener el equilibrio sobre troncos helados, a caer sin romperse. No era fuerte, pero era rápido. No era grande, pero era difícil de alcanzar.
Su padre, Kael Marthell, lo esperaba por las tardes con libros abiertos, mapas extendidos y una sonrisa que parecía no apagarse nunca.
—“¿Sabías que los dragones azules prefieren los desiertos? ¿Y que los de bronce pueden hablar con las olas? Vamos, hijo, solo una página más.”-
Pero Dahario se distraía. Miraba por la ventana. Jugaba con una daga de madera. Kael suspiraba, pero nunca se enojaba.
—“Algún día, cuando estés en medio de un pantano y no sepas si esa planta es venenosa, te vas a acordar de mí.”-
Años de Silencio y Precisión (Edad 11–14)
A los once, Dahario ya entrenaba con cuchillos reales. Serelith le enseñó a lanzar, a desarmar, a moverse entre árboles como una sombra. No bailaba. No era elegante. Era eficiente. Letal. Su estilo era como el viento entre las ramas: no lo veías venir, pero lo sentías pasar.
—“No pelees para impresionar. Pelea para sobrevivir.”-
Durante esos años, Kael insistía con la teoría: historia de los reinos, lenguas antiguas, tratados de guerra. Dahario no retenía mucho, pero algo se le quedaba. A veces, en medio de un entrenamiento, soltaba una frase que sorprendía a su madre.
—“Si el enemigo es más fuerte, no lo enfrentes. Haz que se enfrente a sí mismo.”-
—“¿Dónde aprendiste eso?”-, preguntaba Serelith.
—“Papá lo dijo. O lo leyó. No sé.”-
Kael, desde la cocina, reía.
—“¡Al menos escucha cuando le conviene!”-
Años de Sangre y Decisión (Edad 15–17)
A los quince, Dahario participó en su primera patrulla real. No era un soldado, pero su madre lo recomendó como explorador. En una emboscada contra bandidos, salvó a un compañero con una maniobra arriesgada: se deslizó bajo un carro y cortó los tendones del enemigo desde abajo.
—“No fue valentía”-, dijo después. -“Fue instinto.”-
A los dieciséis, Kael enfermó. Una fiebre extraña lo debilitó por semanas. Dahario, por primera vez, se sentó a leer con él. No por obligación, sino por miedo. Miedo a perderlo.
—“¿Por qué nunca me enseñaste a hacer lo que tú haces?”-, preguntó Dahario una noche.
Kael lo miró con ojos apagados pero cálidos.
—“Porque no era tu camino. Y yo no quería forzarlo. Pero si alguna vez lo escuchás... ese susurro en la sangre... no lo ignores.”-
Dahario no entendió del todo. Pero lo guardó.
El Año del Fuego (Edad 18)
El invierno había sido más crudo de lo normal. La aldea estaba tensa. Un forastero llegó semanas antes: un hombre de mirada perdida y manos que olían a azufre. Kael lo recibió con cortesía. Serelith lo vigiló desde el primer día.
Una noche, el cielo se tiñó de rojo. El fuego comenzó en la biblioteca. Luego, en las casas. Luego, en la suya.
Dahario estaba en el bosque, entrenando solo. Cuando volvió, solo encontró humo. Y gritos.
Corrió. Gritó. Entró entre las llamas. Encontró a su madre, herida, cubriendo a un niño con su cuerpo. La sacó. Ella apenas respiraba.
—“Corre... Dahario... tu padre... está dentro...”-
Corrió de nuevo. La casa crujía. Dentro, Kael enfrentaba al piromaníaco, no con armas, sino con palabras. Intentaba calmarlo. Pero el fuego no escucha razones.
Una explosión. Un rugido. Y luego, silencio.
Dahario despertó entre cenizas. Con la piel quemada. Con el alma rota.
No hubo funeral. No quedó nada que enterrar. Solo cenizas. Y una daga ennegrecida.
Dahario partió sin despedirse. No había a quién. Caminó durante días. No lloró. No habló. Solo pensaba en una frase que su padre le había dicho una vez:
—“El mundo no es justo, hijo. Pero tu puedes serlo.”-
Dahario Marthell
Años de Nieve y Acero (Edad 6–10)
Dahario creció en una aldea fronteriza al norte de Iluskan, donde el invierno no era una estación, sino una forma de vida. Su madre, Serelith Varn, era una combatiente de mirada glacial y disciplina férrea. Desde los seis años, lo despertaba antes del alba.
—“El enemigo no espera a que el sol caliente tus huesos, Dahario. Muévete.”-
El niño, aún con legañas en los ojos, aprendía a correr sobre la nieve sin dejar huellas, a mantener el equilibrio sobre troncos helados, a caer sin romperse. No era fuerte, pero era rápido. No era grande, pero era difícil de alcanzar.
Su padre, Kael Marthell, lo esperaba por las tardes con libros abiertos, mapas extendidos y una sonrisa que parecía no apagarse nunca.
—“¿Sabías que los dragones azules prefieren los desiertos? ¿Y que los de bronce pueden hablar con las olas? Vamos, hijo, solo una página más.”-
Pero Dahario se distraía. Miraba por la ventana. Jugaba con una daga de madera. Kael suspiraba, pero nunca se enojaba.
—“Algún día, cuando estés en medio de un pantano y no sepas si esa planta es venenosa, te vas a acordar de mí.”-
Años de Silencio y Precisión (Edad 11–14)
A los once, Dahario ya entrenaba con cuchillos reales. Serelith le enseñó a lanzar, a desarmar, a moverse entre árboles como una sombra. No bailaba. No era elegante. Era eficiente. Letal. Su estilo era como el viento entre las ramas: no lo veías venir, pero lo sentías pasar.
—“No pelees para impresionar. Pelea para sobrevivir.”-
Durante esos años, Kael insistía con la teoría: historia de los reinos, lenguas antiguas, tratados de guerra. Dahario no retenía mucho, pero algo se le quedaba. A veces, en medio de un entrenamiento, soltaba una frase que sorprendía a su madre.
—“Si el enemigo es más fuerte, no lo enfrentes. Haz que se enfrente a sí mismo.”-
—“¿Dónde aprendiste eso?”-, preguntaba Serelith.
—“Papá lo dijo. O lo leyó. No sé.”-
Kael, desde la cocina, reía.
—“¡Al menos escucha cuando le conviene!”-
Años de Sangre y Decisión (Edad 15–17)
A los quince, Dahario participó en su primera patrulla real. No era un soldado, pero su madre lo recomendó como explorador. En una emboscada contra bandidos, salvó a un compañero con una maniobra arriesgada: se deslizó bajo un carro y cortó los tendones del enemigo desde abajo.
—“No fue valentía”-, dijo después. -“Fue instinto.”-
A los dieciséis, Kael enfermó. Una fiebre extraña lo debilitó por semanas. Dahario, por primera vez, se sentó a leer con él. No por obligación, sino por miedo. Miedo a perderlo.
—“¿Por qué nunca me enseñaste a hacer lo que tú haces?”-, preguntó Dahario una noche.
Kael lo miró con ojos apagados pero cálidos.
—“Porque no era tu camino. Y yo no quería forzarlo. Pero si alguna vez lo escuchás... ese susurro en la sangre... no lo ignores.”-
Dahario no entendió del todo. Pero lo guardó.
El Año del Fuego (Edad 18)El invierno había sido más crudo de lo normal. La aldea estaba tensa. Un forastero llegó semanas antes: un hombre de mirada perdida y manos que olían a azufre. Kael lo recibió con cortesía. Serelith lo vigiló desde el primer día.
Una noche, el cielo se tiñó de rojo. El fuego comenzó en la biblioteca. Luego, en las casas. Luego, en la suya.
Dahario estaba en el bosque, entrenando solo. Cuando volvió, solo encontró humo. Y gritos.
Corrió. Gritó. Entró entre las llamas. Encontró a su madre, herida, cubriendo a un niño con su cuerpo. La sacó. Ella apenas respiraba.
—“Corre... Dahario... tu padre... está dentro...”-
Corrió de nuevo. La casa crujía. Dentro, Kael enfrentaba al piromaníaco, no con armas, sino con palabras. Intentaba calmarlo. Pero el fuego no escucha razones.
Una explosión. Un rugido. Y luego, silencio.
Dahario despertó entre cenizas. Con la piel quemada. Con el alma rota.
No hubo funeral. No quedó nada que enterrar. Solo cenizas. Y una daga ennegrecida.
Dahario partió sin despedirse. No había a quién. Caminó durante días. No lloró. No habló. Solo pensaba en una frase que su padre le había dicho una vez:
—“El mundo no es justo, hijo. Pero tu puedes serlo.”-