Novedades

Dahario Marthell

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
-Tienes los ojos de tu padre... Un rojo carmesí curioso por esta zona... Aun que el cabello de tu madre, blanco y lacio con raíces claras de Iluskan, tu piel es pálida como la de ambos, cálida y suave, ¿Qué depara el futuro para ti jovencito? ¿Serás un combatiente férreo como tu madre? o acaso... ¿Serás un hombre de magia como tu padre? Lo que importa es que, Dahario... Tu serás quien lo decida, pues esta es tu senda y hoy empieza la historia, hoy inicia tu vida...-



Dahario Marthell

Años de Nieve y Acero
(Edad 6–10)
Dahario creció en una aldea fronteriza al norte de Iluskan, donde el invierno no era una estación, sino una forma de vida. Su madre, Serelith Varn, era una combatiente de mirada glacial y disciplina férrea. Desde los seis años, lo despertaba antes del alba.
—“El enemigo no espera a que el sol caliente tus huesos, Dahario. Muévete.”-
El niño, aún con legañas en los ojos, aprendía a correr sobre la nieve sin dejar huellas, a mantener el equilibrio sobre troncos helados, a caer sin romperse. No era fuerte, pero era rápido. No era grande, pero era difícil de alcanzar.
Su padre, Kael Marthell, lo esperaba por las tardes con libros abiertos, mapas extendidos y una sonrisa que parecía no apagarse nunca.
—“¿Sabías que los dragones azules prefieren los desiertos? ¿Y que los de bronce pueden hablar con las olas? Vamos, hijo, solo una página más.”-
Pero Dahario se distraía. Miraba por la ventana. Jugaba con una daga de madera. Kael suspiraba, pero nunca se enojaba.
—“Algún día, cuando estés en medio de un pantano y no sepas si esa planta es venenosa, te vas a acordar de mí.”-

Años de Silencio y Precisión (Edad 11–14)
A los once, Dahario ya entrenaba con cuchillos reales. Serelith le enseñó a lanzar, a desarmar, a moverse entre árboles como una sombra. No bailaba. No era elegante. Era eficiente. Letal. Su estilo era como el viento entre las ramas: no lo veías venir, pero lo sentías pasar.
—“No pelees para impresionar. Pelea para sobrevivir.”-
Durante esos años, Kael insistía con la teoría: historia de los reinos, lenguas antiguas, tratados de guerra. Dahario no retenía mucho, pero algo se le quedaba. A veces, en medio de un entrenamiento, soltaba una frase que sorprendía a su madre.
—“Si el enemigo es más fuerte, no lo enfrentes. Haz que se enfrente a sí mismo.”-
—“¿Dónde aprendiste eso?”-
, preguntaba Serelith.
—“Papá lo dijo. O lo leyó. No sé.”-
Kael, desde la cocina, reía.
—“¡Al menos escucha cuando le conviene!”-

Años de Sangre y Decisión (Edad 15–17)
A los quince, Dahario participó en su primera patrulla real. No era un soldado, pero su madre lo recomendó como explorador. En una emboscada contra bandidos, salvó a un compañero con una maniobra arriesgada: se deslizó bajo un carro y cortó los tendones del enemigo desde abajo.
—“No fue valentía”-, dijo después. -“Fue instinto.”-
A los dieciséis, Kael enfermó. Una fiebre extraña lo debilitó por semanas. Dahario, por primera vez, se sentó a leer con él. No por obligación, sino por miedo. Miedo a perderlo.
—“¿Por qué nunca me enseñaste a hacer lo que tú haces?”-, preguntó Dahario una noche.
Kael lo miró con ojos apagados pero cálidos.
—“Porque no era tu camino. Y yo no quería forzarlo. Pero si alguna vez lo escuchás... ese susurro en la sangre... no lo ignores.”-
Dahario no entendió del todo. Pero lo guardó.

11391de00aed2746e14f4886a376a5b8.jpgEl Año del Fuego (Edad 18)
El invierno había sido más crudo de lo normal. La aldea estaba tensa. Un forastero llegó semanas antes: un hombre de mirada perdida y manos que olían a azufre. Kael lo recibió con cortesía. Serelith lo vigiló desde el primer día.
Una noche, el cielo se tiñó de rojo. El fuego comenzó en la biblioteca. Luego, en las casas. Luego, en la suya.
Dahario estaba en el bosque, entrenando solo. Cuando volvió, solo encontró humo. Y gritos.
Corrió. Gritó. Entró entre las llamas. Encontró a su madre, herida, cubriendo a un niño con su cuerpo. La sacó. Ella apenas respiraba.
—“Corre... Dahario... tu padre... está dentro...”-
Corrió de nuevo. La casa crujía. Dentro, Kael enfrentaba al piromaníaco, no con armas, sino con palabras. Intentaba calmarlo. Pero el fuego no escucha razones.
Una explosión. Un rugido. Y luego, silencio.
Dahario despertó entre cenizas. Con la piel quemada. Con el alma rota.

No hubo funeral. No quedó nada que enterrar. Solo cenizas. Y una daga ennegrecida.
Dahario partió sin despedirse. No había a quién. Caminó durante días. No lloró. No habló. Solo pensaba en una frase que su padre le había dicho una vez:
—“El mundo no es justo, hijo. Pero tu puedes serlo.”-
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Sobrevivir

A veces, cuando el mundo se calla y el frío cala hasta los huesos, me detengo. No por cansancio. No por miedo. Me detengo porque el silencio me obliga a recordar.
Y en ese silencio, siempre aparece ella.
No como una sombra. No como un fantasma. Sino como una presencia firme, como el peso de una espada en la mano. Mi madre, Serelith Varn.
Recuerdo su voz. No era dulce. No era suave. Era clara, cortante, como el filo de una hoja bien templada.
—“No levantes tanto el brazo, Dahario. Si lo haces, te lo arrancarán antes de que puedas golpear.”-

Tenía once años cuando me hizo combatir con los ojos vendados. Protesté. Me enfadé. Me caí. Me herí. Ella no se inmutó. Me dejó en el suelo, sangrando por la ceja, con la venda aún puesta.
—“El enemigo no siempre se ve. Pero siempre se siente. Aprende a escuchar con la piel.”-

Y lo hice. Aprendí a distinguir el crujido de una rama del roce de una hoja. A sentir el peso del aire antes de que el golpe llegara. A moverme no por fuerza, sino por instinto. A los trece, me entregó dos cuchillas. No eran elegantes. No eran ceremoniales. Eran herramientas. Una para abrir camino. Otra para cerrar heridas.
—“Nunca pelees limpio. El mundo no lo hace.”-

Sus enseñanzas no eran adornadas. No hablaba de honor ni de gloria. Hablaba de supervivencia. De precisión. De saber cuándo atacar y cuándo desaparecer.
Recuerdo una tarde especialmente dura. El entrenamiento había sido agotador. Me desplomé sobre la nieve, jadeando, con los músculos ardiendo. Ella se sentó a mi lado, sin decir nada durante un buen rato. Luego, sin mirarme, murmuró:
—“No serás el más fuerte. Y eso está bien. Porque los fuertes se rompen. Tú serás el que esquiva. El que espera. El que sobrevive.”-

No lo dijo como un halago. Lo dijo como una verdad. Y yo la acepté.
Pero no todo era acero. A veces, cuando el sol se filtraba entre los árboles y el entrenamiento había terminado, me dejaba descansar junto a ella. Me hablaba de Iluskan, de su infancia entre la nieve, de las batallas que había librado antes de conocer a mi padre. Me hablaba con una voz distinta. Más suave. Más humana.
—“No tienes que ser como yo, Dahario. Solo tienes que saber quién eres cuando todo se derrumbe.”-

Y todo se derrumbó.
La noche del incendio, corrí entre las llamas buscando sus ojos. No los encontré. Solo cenizas. Solo silencio. Solo el eco de su voz en mi memoria.
Ahora, cada vez que desenvaino mis armas, siento su mano guiando la mía. Cada vez que esquivo un golpe, escucho su voz en mi oído. Y cada vez que alguien me pregunta quién me enseñó a luchar, no respondo.
Solo aprieto el puño. Y sobrevivo.
Porque eso fue lo que me enseñó.

Sobrevivir.
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Pensar


Hay noches en las que el fuego no calienta. En las que el crepitar de la leña me recuerda más a su risa que al calor. Y entonces lo veo. Sentado frente a mí, con ese brillo en los ojos carmesí, como si supiera algo que yo aún no entiendo.
Mi padre, Kael Marthell.
No era un guerrero. No como mi madre. No enseñaba con golpes ni con posturas. Enseñaba con palabras. Con historias. Con preguntas que no tenían respuesta. Y con esa forma de mirar que parecía atravesarte sin juzgarte.
—“¿Sabes por qué los cuervos no se pierden en el cielo, Dahario?”-

Yo tenía doce años. Le respondí encogiéndome de hombros.
—“Porque tienen alas.”-
Él soltó una carcajada que hizo temblar los estantes.
—“¡Exacto! Pero también porque saben a dónde no quieren ir.”-

Así era él. Un hombre de metáforas, de libros abiertos y mapas que nunca terminaban. Me hablaba de reinos lejanos, de criaturas imposibles, de pactos antiguos que se sellaban con canciones. Yo escuchaba... a veces. O fingía hacerlo mientras afilaba mis cuchillas.
Pero había momentos en los que me atrapaba. Como aquella vez que me llevó al acantilado, justo cuando el sol se escondía.
—“Mira ese horizonte. ¿Lo ves? Ahí termina lo que conoces. Y empieza lo que puedes imaginar.”-

Me miró con seriedad, algo raro en él.
—“Tu madre te enseña a sobrevivir. Yo quiero enseñarte a entender. Porque el mundo no se vence solo con acero.”-
Yo no era buen estudiante. Me distraía. Me aburría. Me perdía en mis propios pensamientos. Pero él no se rendía. Me dejaba acertijos en la mesa. Me escribía notas en los márgenes de los libros. Me contaba historias disfrazadas de lecciones.
—“Un día, Dahario, vas a necesitar saber más que cómo cortar una garganta. Vas a necesitar saber por qué no hacerlo.”-

Y tenía razón. Lo supe demasiado tarde.
A los dieciséis, enfermó. Una fiebre extraña lo debilitó durante semanas. Yo, por primera vez, me senté a leer con él. No por obligación, sino por miedo. Miedo a perderlo. Y en esos días, lo conocí de verdad. Me habló de su juventud en Imnescar, de cómo conoció a mi madre, de cómo se enamoró de su forma de luchar, de su silencio. Me habló de mí. De lo que veía en mí.
—“Tienes fuego en la sangre, hijo. Pero también hielo en el corazón. Esa mezcla... puede salvarte. O destruirte.”-

Le pregunté si alguna vez había tenido miedo. Me miró, con los ojos apagados pero cálidos.
—“Cada día. Pero el miedo no es el enemigo. Es el aviso. El que te dice que estás a punto de hacer algo importante.”-

La noche del incendio, lo vi por última vez entre las llamas. No estaba luchando. Estaba hablando. Intentando calmar al hombre que había traído el fuego. Como si las palabras pudieran apagar el odio.
—“No tienes que hacer esto”, le dijo. “Hay otras formas de arder.”-
Pero el fuego no escucha razones.
Corrí hacia él. Grité su nombre. Él me vio. Sonrió. Me hizo un gesto con la mano, como si me dijera -“Todo está bien”-. Y luego, el techo se derrumbó.
No hubo grito. No hubo despedida. Solo esa sonrisa. Y el silencio.

Ahora, cuando leo un mapa, cuando recuerdo una historia, cuando el viento me trae el olor de los libros viejos, lo siento cerca. Y cuando alguien me pregunta de dónde aprendí a pensar antes de actuar, no respondo.
Solo cierro los ojos. Y escucho su voz.
—“Los cuervos no se pierden, Dahario. Porque saben a dónde no quieren ir.”-
Y yo... yo sé que no quiero volver a ese fuego. Pero tampoco quiero olvidar lo que me enseñó.
Porque Kael Marthell no murió en las llamas.

Él vive en cada decisión que tomo.
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Hogar


Hay recuerdos que no duelen por lo que fueron, sino por lo que ya no pueden ser.
A veces, cuando el frío arrecia y el mundo parece demasiado grande, me obligo a cerrar los ojos y volver allí. A esa noche. A ese instante en el que todo estaba bien, aunque yo no lo supiera.
Era invierno. Afuera, la nieve caía en silencio, cubriendo el mundo con su manto blanco. Dentro, el calor del hogar era más que fuego: era risa, era voz, era presencia.
Mi madre, Serelith, estaba sentada junto al hogar, afilando su espada con movimientos lentos, casi ceremoniales. Su cabello blanco brillaba con la luz del fuego, y su rostro, siempre tan severo en el entrenamiento, estaba relajado. Serena.

Mi padre, Kael, revolvía una olla con gesto exagerado, como si fuera un alquimista preparando una poción legendaria.
—“¡Esta sopa, mi querido público, es capaz de revivir a un dragón dormido y enamorar a una banshee!” —proclamaba, agitando la cuchara como si fuera una varita mágica.
—“Con tal de que no me mate, me conformo” —respondió mi madre sin levantar la vista, pero con una sonrisa que apenas se le escapaba.

Yo tenía catorce años. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, limpiando mis cuchillas. Fingía concentración, pero en realidad solo escuchaba. Absorbía. Me empapaba de ese momento.
—“Dahario,”- dijo Kael, sirviendo un cuenco humeante, -“¿sabes cuál es el ingrediente secreto de esta sopa?”-
—“¿El miedo?” —
respondí, oliendo el contenido con cautela.
Él soltó una carcajada.
—“¡El hambre! Todo sabe mejor cuando tienes hambre.”-
Mi madre negó con la cabeza, pero no dijo nada. Solo me miró. Y en esa mirada había algo que no entendí hasta mucho después: orgullo. Y tristeza. Como si supiera que esos momentos eran contados.

Después de cenar, Kael sacó un libro. Uno de esos que siempre llevaba consigo, lleno de notas, dibujos, frases subrayadas. Me pidió que leyera un pasaje. Me costó. Me trabé. Me frustré.
—“No importa si lo lees perfecto,”- dijo, sentándose a mi lado.- “Importa que lo entiendas. Que lo sientas.”-
Mi madre se acercó entonces. Se sentó al otro lado. Me rodearon. Me cubrieron. No con palabras, sino con presencia. Con calor.
—“Tienes lo mejor de los dos,”- dijo ella, acariciándome el cabello. -“La voluntad de aprender... y la terquedad de no rendirte.”-
—“Y el apetito de un ogro,”-
añadió Kael, dándome un codazo.
Reímos. Los tres. Juntos.

Ahora, cuando el silencio me envuelve, cuando el mundo se vuelve hostil y el fuego no basta, vuelvo a esa noche. A esa sopa. A esa risa. A ese libro que no terminé de leer.
Y me prometo que algún día, cuando todo esto acabe, volveré a contar esa historia. No como un recuerdo triste, sino como un hogar que aún vive en mí.
Porque aunque el fuego los haya consumido, su luz sigue ardiendo en mi pecho.

Y mientras yo respire, ellos no habrán desaparecido.
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Legado


No sé cuándo empezó.
Tal vez fue aquella noche, en la posada de piedra, cuando el frío no me tocaba. O quizás fue antes, cuando el dolor no dolía como debería. Pero lo cierto es que algo cambió. Algo se movió dentro de mí.
Estaba solo. Había llegado a la capital hacía apenas tres días. Las calles eran un laberinto de voces, olores y pasos que no reconocía. Me sentía pequeño. Perdido. Como si todo lo que había aprendido no sirviera en este lugar.

Me alojé en una posada barata, cerca del mercado. La habitación era estrecha, con paredes húmedas y una ventana que no cerraba bien. Esa noche, el viento se colaba por las rendijas, y yo no podía dormir.
Pensaba en ellos. En mi madre, en su mirada firme. En mi padre, en su voz cálida. En el fuego. En el humo. En el silencio que quedó después.
Me levanté. Me senté en el suelo, con las dagas frente a mí. Las observé. Las toqué. Y entonces, ocurrió.

Una de ellas... vibró.
No fue un temblor físico. Fue algo más profundo. Como si la hoja reconociera algo en mí. Como si respondiera a un llamado que yo no había hecho.
La habitación se volvió más cálida. No por el fuego, que ya se había apagado, sino por mí. Por mi piel. Por mi sangre.
Me asusté. Me levanté de golpe. Toqué la pared. Estaba fría. Pero mi mano... ardía.
No había llamas. No había luz. Pero sentía el calor. Sentía una energía que no era mía. O que siempre lo fue, y yo no la había escuchado.

Recordé las palabras de Kael, aquella noche en el acantilado:
—“Tienes fuego en la sangre, hijo. Pero también hielo en el corazón. Esa mezcla... puede salvarte. O destruirte.”
Me arrodillé. Cerré los ojos. Intenté calmarme. Respiré hondo. Y entonces, lo vi.
Una chispa. Pequeña. Ínfima. Flotando frente a mí. Como una brasa suspendida en el aire.
No duró más de un segundo. Pero fue suficiente.
No entendía qué era. No sabía si debía temerlo. Pero algo en mí... se sintió completo.
Como si una puerta se hubiera abierto.
Como si el fuego que me arrebató a mis padres... ahora viviera en mí.

La noche era tranquila, pero mi mente no lo era.
Había vuelto a revisar las pertenencias de mi padre. No por nostalgia. Por necesidad. Algo me quemaba por dentro desde aquella chispa. Algo que no entendía. Algo que no era mío… pero que me llamaba.
Entre los libros que Kael siempre llevaba consigo, encontré uno distinto. Más pesado. Más viejo. La cubierta estaba desgastada, pero aún se distinguía un símbolo: una mano con un ojo en la palma.

No lo reconocí. Pero algo en mí sí lo hizo.
Lo abrí. Las primeras páginas eran mapas, notas, reflexiones. Pero más adelante, la escritura cambiaba. No era común. No era de este mundo. Y sin embargo… la entendía.
Como si las palabras se formaran en mi mente antes de que las leyera.

-“Aquel que susurra en la oscuridad me habló cuando nadie más lo hizo. Me ofreció conocimiento. Poder. No a cambio de mi alma, sino de mi silencio. De mi promesa de guardar lo que otros temen saber.”-

-“No todos pueden oírlo. No todos deben. Pero si tú lees esto, hijo mío… entonces ya lo has sentido.”-


Me quedé helado. No por miedo. Por reconocimiento.
Las brasas que flotaron aquella noche. El calor en mi mano. La daga que vibró. No eran míos. Eran ecos. Herencia. Legado.
Kael no era solo un sabio. Era un portador de secretos. Un guardián de lo prohibido. Y ahora, sin quererlo, yo también lo era.
-“No busques pactos, Dahario. No hagas promesas que no entiendas. Pero si el susurro llega… escucha. Y decide.”-

Cerré el libro. Lo apreté contra mi pecho. Sentí que algo me observaba. No desde la habitación. Desde dentro.
Vecna. El que no muere. El que no olvida.
Y yo… el hijo de aquel que pactó con él.


 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Herencia


La noche había caído como una losa sobre la ciudad. Las calles de la capital, que durante el día eran un hervidero de voces y pasos, ahora se convertían en un laberinto de sombras. Yo caminaba solo, con la capucha baja y las dagas ocultas. No buscaba problemas. Solo aire. Silencio. Algo que me ayudara a entender lo que había leído en el libro de Kael.
Vecna. El Mutilado. El Rey Eterno.

Las palabras de mi padre aún ardían en mi mente. Pero no las entendía. No del todo. ¿Un pacto? ¿Un susurro? ¿Un poder que no se toca pero se siente?
No quería saber más. No quería seguir ese camino. Lo cerré. Lo envolví. Lo escondí.
Pero el mundo no espera a que estés listo.

—“Eh, tú. El de los ojos raros.”-
Me giré. Tres figuras salían de un callejón. Ropas oscuras. Miradas vacías. Uno llevaba una cadena. Otro, una hoja curva. El tercero solo sonreía.
—“Dicen que vales más muerto que vivo.”
No respondí. Desenvainé mis dagas. Me puse en guardia. Como me enseñó mi madre. Preciso. Rápido. Silencioso.
El primero atacó. Lo esquivé. El segundo me cortó el brazo. Sangré. El tercero me golpeó en el pecho. Caí.
El suelo estaba frío. La sangre caliente. La vista borrosa.
Y entonces… ocurrió.

El aire se volvió denso. El mundo se ralentizó. Y en medio del dolor… escuché una voz.
No era humana. No era fuerte. Era un susurro. Como el roce de páginas antiguas. Como el crujido de huesos olvidados.
-
“Dahario…”-
Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento.
-
“No es tu hora. No aún.”-
—“¿Quién…?” —
murmuré, con la boca llena de sangre.
-
“El fuego está en ti. La decisión… también.”-

Una chispa brotó de mi pecho. Literal. Una brasa flotante. Ínfima. Pero real.
Los atacantes se detuvieron. Uno retrocedió. Otro gritó.
Yo me levanté. No por fuerza. Por impulso. Por algo que no era mío.
Mi mano se alzó. Y sin tocarlo, uno de ellos cayó. Como si algo invisible lo hubiera empujado. Como si el aire mismo lo hubiera rechazado.
El segundo intentó correr. No llegó lejos. Una sombra lo envolvió. No lo mató. Pero lo dejó temblando. Como si hubiera visto algo que no debía.

El tercero… me miró. Y por primera vez, dejó de sonreír.
—“¿Qué eres…?”-
No respondí. Porque yo tampoco lo sabía.
La chispa seguía flotando. Ardía. Me llamaba.
-
“Tómalo. Reclámalo. El conocimiento. El poder. El legado.”-
—“¿Eres tú… Vecna?” —
pregunté, apenas susurrando.
-
“Soy lo que queda cuando todo se ha perdido.”-
Me arrodillé. No por debilidad. Por miedo. Por duda.
—“No quiero esto. No pedí esto.”-
-
“Nadie lo pide. Pero algunos lo heredan.”-

La chispa se acercó. Tocó mi frente. No dolió. Pero sentí… todo.
La muerte de Kael. La mirada de Serelith. El fuego. El silencio. El vacío.
Y luego, una imagen. Mi padre, de pie, frente a una figura sin rostro, entregando algo invisible. No por desesperación. Por convicción.
-
“Él eligió. Tú puedes decidir.”-

La chispa se desvaneció. El aire volvió. El mundo se movió.
Los atacantes huyeron. Yo me quedé allí. De rodillas. Con la sangre en las manos. Con el fuego en el pecho.
No sabía si era poder. O maldición.
Pero sabía que no podía ignorarlo.

No por mucho tiempo.
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Destino


Volver a Iluskan fue como abrir una herida que nunca cerró.
Las calles estaban igual. El frío, el mismo. Pero el silencio… ese era nuevo. Ya no quedaba nadie que me llamara por mi nombre con afecto. Solo ecos. Y cenizas.
Buscaba respuestas. No sobre mí. Sobre él. Sobre Kael Marthell. El hombre que me enseñó a pensar, a reír, a mirar más allá del filo de una daga. El hombre que, según su propio libro, había pactado con algo que no debía nombrarse.
Vecna.

No sabía por dónde empezar. Hasta que encontré a Tharion Vell, un viejo cartógrafo que vivía en una torre de piedra junto al acantilado. Había sido amigo de Kael. Confidente. Testigo.
Me recibió con ojos cansados y manos temblorosas.
—“Dahario… tienes los ojos de tu padre. Pero la mirada de tu madre.”-
Nos sentamos junto al fuego. Le conté lo que había leído. Lo que había sentido. Lo que había oído.

Tharion guardó silencio largo rato. Luego, habló.
—“Kael no quería ese poder. Lo temía. Lo odiaba. Pero lo aceptó… porque no tenía elección.”-
—“¿Por qué? ¿Qué ocurrió?”-

Tharion se levantó. Sacó un mapa antiguo. Lo desenrolló sobre la mesa. Señaló una región al norte, marcada con símbolos que no reconocí.
—“Hace veinte años, algo despertó allí. Algo que no debía. Un fragmento de conocimiento prohibido. Vecna lo quería. Y Kael… lo encontró.”-
—“¿Y lo entregó?”-
—“No. Lo ocultó. Lo selló. Pero Vecna lo encontró. Y le dio una opción: entregar el secreto… o entregar algo más valioso.”-

Me quedé helado.
—“¿Qué entregó?”-
Tharion me miró. Y en sus ojos vi el peso de una verdad que había guardado demasiado tiempo.
—“Su libertad. Su voluntad. Su promesa de guardar los secretos que Vecna le confiara. A cambio… tú y Serelith vivirían.”-

Me levanté de golpe. El fuego pareció apagarse por un instante.
—“¿Me estás diciendo que mi padre se condenó… por nosotros?”-
Tharion asintió.
—“Vecna no toma almas. Toma destinos. Kael se convirtió en un guardián de lo que no debía saberse. Cada palabra que escribía, cada historia que contaba… estaba marcada. Pero nunca dejó de ser tu padre. Nunca dejó de protegerte.”-
Me senté. Las manos me temblaban. El pecho me ardía.
—“¿Y ahora? ¿Qué significa que yo… que yo lo escuche?”-
Tharion se acercó. Me puso una mano en el hombro.
—“Significa que el legado no terminó con él. Que Vecna no pacta con hombres. Pacta con linajes.”-

Me quedé en silencio. Mirando el mapa. Mirando el fuego.
Kael no había buscado poder. Había buscado salvarnos. Y ahora… ese poder me buscaba a mí.
No sabía si debía aceptarlo. No sabía si podía rechazarlo.
Pero sabía una cosa.
Ya no era solo Dahario Marthell.
Era el hijo del guardián del secreto.

Y el susurro… no se había apagado.
 

Superboy

Jugador de fichas de rol
Registrado
7/5/20
Mensajes
387
Edad
28
Voluntad


El norte no tiene caminos. Solo decisiones.
El viento sopla como cuchillas. La nieve no cae: se clava. Y el cielo… el cielo parece mirar con indiferencia.
Tras días de marcha, llegué al lugar que Kael había marcado en su mapa con tinta negra y una sola palabra: Silencio.

Era un valle oculto entre montañas, donde los árboles se torcían como si quisieran huir. En el centro, una torre derruida, construida con piedra negra que no reflejaba la luz. No parecía hecha por manos humanas. Parecía… invocada.
La entrada era un arco roto, cubierto de runas que se movían cuando no las mirabas. Dentro, el aire era espeso, como si el tiempo se hubiera detenido por miedo. Bajé por escaleras que crujían sin romperse. Bajé hasta que la oscuridad dejó de ser ausencia de luz y se volvió presencia de algo más.
Y entonces, lo vi.

Una figura. Alta. Envuelta en sombras. No tenía rostro. Solo una silueta de hueso y ceniza. No caminaba. Flotaba. Como si el suelo no lo mereciera.
Vecna. O su heraldo.

—“Así que el hijo ha venido a reclamar lo que no entiende.”-
Mi voz tembló, pero no se quebró.
—“No he venido a reclamar. He venido a romper.”-
La figura se inclinó. No por respeto. Por curiosidad.

—“Tu padre dijo lo mismo. Y sin embargo, aquí estás.”-
—“Él lo hizo para salvarnos. Yo vengo a terminar lo que él empezó.”-
—“¿Terminar? Esto no es una cadena, Dahario. Es una raíz. Y tú… eres el brote.”-
—“Entonces que me arranquen.”-
El aire vibró. Las paredes susurraron. La figura se acercó.

—“¿Sabes lo que Kael entregó?”-
—“Su voluntad.”-
—“No. Su voz. Su derecho a callar. A partir de ese día, todo lo que supo… me pertenecía.”-
Me dolió. No por sorpresa. Por confirmación.
—“Y ahora vienes tú. Con fuego en la sangre y hielo en el corazón. Crees que puedes usar mi poder contra mí.”-
—“No lo creo. Lo intento. Y si me condenas por eso… al menos será por algo que elegí.”-
La figura se detuvo. Por primera vez, pareció… interesado.

—“¿Crees que eres distinto?”-
—“No. Pero soy el último. Y los últimos… no heredan. Deciden.”-
La sombra se alzó. Mi pecho ardió. La chispa volvió. Pero esta vez no era una brasa. Era una llama negra. Viva. Palpitante.

—“Tómalo. Reclámalo. Pero recuerda: todo corte deja una cicatriz.”-
—“Entonces que el mundo sangre conmigo.”-

El aire se quebró. La oscuridad se cerró sobre mí. Y entonces… lo vi.
Una visión. No de poder. De dolor.
Mi madre, Serelith, encadenada en una sala sin luz, con los ojos abiertos pero vacíos. Su espada rota a sus pies. Su voz silenciada.
Mi padre, Kael, de rodillas ante un trono de huesos, con la boca cosida por hilos de sombra. Sus ojos me miraban. No con miedo. Con culpa.
Ambos sufrían. No por castigo. Por pacto.

Vecna los había tomado. No sus cuerpos. Sus destinos.

—“Esto es lo que tu linaje protege. El precio de saber. El precio de resistir.”-
Me arrodillé. No por debilidad. Por rabia. Por amor.
—“No seré tu heraldo,”- susurré. -“Seré tu final.”-
La figura se desvaneció. No en derrota. En espera.
Y en el aire, un último susurro. No de Vecna. De Kael.

-“Los secretos no se guardan, Dahario. Se entierran. Pero algunos… siguen hablando bajo tierra.”-

Salí de la torre con el fuego latiendo en mi pecho. No era libre. Aún no. Pero por primera vez… no era esclavo.
Y si el precio de romper el pacto era arder…

Entonces que el mundo arda conmigo.
 

Conectados

Arriba