El rumor de las campanas del templo aún dormía bajo la bruma de la madrugada cuando Kaelistra empujó la puerta de su celda. Entró con el paso de quien ha dejado atrás una decisión demasiado grande para su cuerpo, pero demasiado urgente para ignorarla. El frío le mordió las manos cuando echó a un lado la túnica ceremonial, arrojándola al suelo sin mirar atrás. Su respiración era entrecortada. El silencio se sentía espeso, como si las paredes mismas juzgaran su traición.
No había tiempo para plegarias ni para cartas.
No había tiempo para despedidas.
Tomó la vieja bolsa de viaje que aún guardaba debajo del camastro y comenzó a llenarla con manos torpes. El cinturón de cuero, las botas altas, su daga envainada, los polvos de hierbas secas y el espejo de plata agrietado que había sido de su abuela. Lo imprescindible. Nada más. Nada que pesara en la conciencia ni en la silla de montar.
La vergüenza se le enroscaba en las tripas como un animal pequeño. No podía mirar los tapices bordados en los muros, ni el cuenco con la piedra de sol que la Suma Sacerdotisa le había regalado, ni el vestido blanco de lino colgado junto a la ventana. Su visión se volvió líquida un momento, pero no lloró. No lo haría ahora. No podía mirarla a los ojos. No después de haber recibido tanto. No después de haber fallado tanto. Había perdido a Giselle, su mejor amiga, por su culpa, por su orgullo, por su incapacidad para entender lo que significaba realmente servir a la Dama. Había manchado el templo con su presencia. Lo único que podía ofrecerles ahora era desaparecer.
El pestillo del cofre se resistió. Maldita madera vieja. Golpeó la tapa con el puño y el golpe resonó más fuerte de lo que esperaba. Se detuvo, respirando con fuerza, los nudillos enrojecidos. Escuchó pasos.
«No. Ahora no».
La puerta se abrió antes de que pudiera moverse.
—¿Pensabas irte sin decir adiós?
La voz de Nesira llenó el umbral. Hablaba en su idioma materno, aquel que únicamente compartían madre e hija. Un idioma ancestral, perdido en las lejanas arenas del este. No llevaba túnica ritual ni capa de viaje, solo una camisa holgada, el cabello recogido a la ligera, y ese gesto en el rostro que Kaelistra conocía tan bien: la mezcla perfecta entre juicio y ternura. Cerró la puerta con lentitud tras de sí.
—No te tenía por una cobarde.
La palabra golpeó más fuerte que un bastón.
Kaelistra bajó la mirada. Sus dedos se crisparon alrededor de la hebilla que aún no lograba atar. Se sentó en el borde de la cama, derrotada.
—No puedo quedarme —susurró, la voz rota—. No después de lo que pasó.
Su madre no respondió enseguida. Caminó hasta el camastro y se sentó a su lado. Olía a polvo de lavanda y a tinta, como siempre. Le tomó la mano con una firmeza que no era compasiva, sino ancestral.
—Giselle no era sacerdotisa. Nunca lo habría sido, estuvieras tú o no aquí.
Kaelistra levantó la vista, sorprendida.
—Era hermosa. Tenía carisma. Las demás la adoraban.
—Sí. Pero nunca entendió lo que significa amar algo más que a uno mismo. Nunca comprendió que la belleza también reside en la ruina, en la renuncia, en lo que duele. La Suma lo sabía. Yo también. Pero dejamos que caminara su propio sendero, como hacen todos los necios orgullosos. Como tú. Como yo.
La dureza en sus palabras no venía con reproche, sino con una claridad implacable.
—¿Por qué me dejas marchar, entonces?
Nesira esbozó una sonrisa, apenas curvada.
—Porque no eres una flor para proteger en el invernadero. Eres una Vashari. Y el temple de nuestro linaje no se forja entre columnas de mármol, sino en el polvo y en la sangre. Tu sitio está donde puedas elegir. Este ya no lo es.
Kaelistra tragó saliva. La palabra
“linaje” le ardía en los oídos.
—¿Qué quieres decir?
—Lo sabrás. Con el tiempo. No hay prisa. —Se levantó y comenzó a revisar lo que ella había empaquetado—. Aunque si sigues metiendo tus cosas como un gólem sin manos, perderás media semana reorganizándolo en la primera posada.
Kaelistra resopló, pero no replicó. Su madre le dobló con precisión militar una túnica de lino y cerró el broche de la bolsa.
Cuando ya se disponía a abrir la puerta, Nesira la detuvo con una mano en el hombro.
—Pedí ayuda. A alguien.
—Madre…
—Sé que odias que lo haga. Pero no siempre se puede caminar sola. Y además —añadió, girándose con un deje de picardía—, no es nadie tan terrible.
Kaelistra bufó. En su pecho ya ardía un nombre.
—Por favor, dime que no es Alistair.
Nesira no respondió. Pero su silencio fue más elocuente que cualquier burla.
Durante el trayecto por los corredores laterales del templo, Kaelistra rumiaba su desdicha. Estaba segura de que su madre había urdido todo para emparejarla con el insufrible de Alistair. Que si
“buen partido”, que si
“parece interesado”, que si
“podrías aprender algo de él”. Bah. Le revolvía el estómago. Ya podía imaginar a Alistair esperándola con su eterna sonrisa de superioridad, lanzándole frases románticas y citas de autores muertos. Si no acababa empujándolo al río antes de cruzar la primera aldea, sería un milagro.
El portón de servicio estaba medio abierto. El patio exterior dormía bajo una neblina suave. La silueta de un caballo oscuro se recortaba contra la bruma… y la figura que ajustaba la silla no era Alistair.
Era Cedric.
Cuando Kaelistra lo vio, su primera reacción no fue alivio, sino exasperación.
—¿Tú?
Cedric giró apenas el rostro, con media sonrisa torcida.
—Disculpa si no soy tu príncipe ideal. El rubio de las novelas estaba ocupado huyendo con la cocinera.
—Preferiría un mulo.
—Pues mira qué suerte: tienes uno, y además habla.
Nesira se mantuvo impasible mientras él sujetaba el caballo por las riendas, como si el encuentro no fuese más que la continuación de una broma muy larga entre madre e hija.
—Gracias por venir, Cedric —dijo Nesira—. Sé que no será fácil, pero confío en ti.
—Oh, lo va a pagar. Con creces.
Y sin esperar más, le lanzó a Kaelistra una bolsa que parecía contener medio arsenal de un mercenario en quiebra. Ella intentó atraparla, tropezó con el borde del escalón y aterrizó en el suelo con un sonido más digno de un saco de patatas que de una Vashari.
Cedric la miró desde arriba.
—Vas mejorando. Esta vez al menos no gritaste.
—Me has tirado media herrería encima.
—Quieres aprender a luchar, ¿no? Empieza por cargar tus miserias como todo escudero. Sin rechistar.
—Yo no soy tu escudero.
—Hoy lo eres. Mañana, si sobrevives, quizá te ascienda a lastre con derecho a quejarse.
Ella bufó, pero recogió el saco y lo lanzó sobre el lomo del caballo como si le estuviera pegando a él por delegación. Cedric montó con su habitual falta de respeto por la gravedad y le tendió la mano, impasible.
—Vamos, alfeñique.
—Me llamas así una vez más y juro que te enveneno en la próxima posada.
—¿Promesa o amenaza? Porque ahora mismo suena muy romántico.
Kaelistra montó a regañadientes, ignorando su sonrisa satisfecha.
La despedida fue un cruce de miradas. Nesira no dijo nada más, pero su mano alzada tembló ligeramente cuando las crines del caballo se agitaron al partir. Kaelistra no se atrevió a mirar atrás. Galoparon en silencio por los caminos aún grises del amanecer. El sonido de los cascos en la piedra era el único canto.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó ella, sujetándose a la silla.
Cedric no respondió al principio.
—Recibí una carta de alguien a quien no le gusta escribir sin motivo.
—¿Y qué dice?
Cedric miró al horizonte. El cielo clareaba con trazas de oro sucio.
—Dice que nos espera algo en la frontera de Amn.
—¿Y qué
“algo”, exactamente?
Él se giró, sonrió a medias y dijo una sola palabra:
—Dragones.
