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Danza de medianoche | Kaelistra Vashari

Dovahkiin

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Prólogo​

En la hora sin aliento, cuando el velo se rasgue,
una flor de fuego nacerá del susurro y la marea.
Sus pétalos no marchitan: hieren, curan, despiertan.
Nadie la siembra, y sin embargo, brota.
Verás su sombra bailando entre llamas,
allí donde el perfume enmascara la garra.
Luce seda, pero su paso abre cicatrices.
Habla de amor, y enmudece a los cuchillos.
Dos espejos la reflejan, ninguno verdadero.
Una luna la observa —llena, inmóvil, expectante—
y unos ojos, verdes como secretos antiguos,
vigilan el umbral que nunca debe cruzarse.
Cuando la rosa arda sin arder,
y la danza se inicie sin música,
el silencio perderá su trono,
y el mundo olvidará cómo dormir.
​
—Viejo extracto de los Cantares de Medianoche, de Merisha el-Vadari.​


La luna colgaba del cielo como una moneda de plata recién acuñada, redonda, intacta, sin dueño. Su luz era demasiado blanca para ser cálida, demasiado antigua para ser joven. Esa noche, las aguas del puerto no dormían. El mar, en su humor de bestia insomne, rugía y lamía los cimientos podridos del embarcadero con lengua salobre. Los barcos crujían como si soñaran con tormentas que aún no llegaban, encadenados al muelle por cuerdas que gemían al tensarse.

Entre ellos, uno destacaba por su silencio.

Era un navío mercante, aunque todos en el puerto sabían que la palabra ocultaba una verdad más sucia: era un barco de carne. Había partido semanas atrás desde Calimshán, cargado de joyas, especias y cuerpos. Su capitán respondía ante un pasha menor que gobernaba desde la sombra de los salones de mármol, entre sedas y látigos. Pero esa noche, ningún oro ni cadena tenía importancia. En las entrañas del navío, una mujer gemía como si el mundo la desgarrara en dos.

Nesira, con sus ojos almendrados y su acento dulce como el dátil, había sido concubina por obligación, por destino, por juego de poder. Pertenecía al harén del pasha, pero esa noche no era esclava ni amante. Era carne viva, sudorosa, rota por dentro.

El parto llegó antes de lo previsto.

Tal vez fue el vaivén del mar. Tal vez la luna la llamó. Tal vez el niño —o niña— simplemente no quiso esperar más para tocar el mundo. Alarmado, el pasha ordenó detener el viaje. La tripulación, supersticiosa y ansiosa, amarró el barco en un puerto menor. Nadie recordaría el nombre de la ciudad. Sólo que allí, bajo el manto húmedo de la noche, buscaron auxilio en el lugar menos esperado: un templo de Sune.

Las sacerdotisas, acostumbradas al dolor y a la belleza, aceptaron sin hacer preguntas. Vestidas de rojo, olían a incienso, canela y rosas marchitas. Sus rostros eran serenos como máscaras de teatro, pero en sus manos había conocimiento. Llevaban años asistiendo matrimonios y partos, aunque rara vez de mujeres marcadas por tantas cadenas invisibles. La sala donde se obró el nacimiento era una estancia cálida, cubierta de sedas y candelabros. Las sombras danzaban como espectros entre las cortinas. Afuera, el mar seguía respirando, y las gaviotas callaban, como si entendieran la gravedad de la noche.

Nesira gritó. Gritó como si el alma se le desgarrara por dentro, como si con cada empuje recordara todas las veces que la obligaron a callar. Y entonces, cuando la luna alcanzó su punto más alto, cuando la marea rugió con un bramido lejano y metálico, la criatura vino al mundo.

No lloró al nacer. Abrió los ojos y miró a la suma sacerdotisa como si ya la conociera. O peor: como si la estuviera juzgando.

«No es un bebé común», pensó la suma, alzando la mirada hacia la luna. Sus dedos temblaban.

La recién nacida tenía ojos del color del té fuerte, casi dorados, con motas verdes que se agitaban como brasas. Una mata de cabello negro, todavía húmedo, le cubría la cabeza. No lloraba, no se agitaba. Su respiración era tranquila, inquietante. Como si hubiera llegado tarde a algo importante.

Un susurro recorrió la sala, aunque nadie lo pronunció. Una voz femenina, lejana como un perfume antiguo:

“Ya está aquí.”

La suma sacerdotisa envolvió a la niña en lino escarlata, sin apartar la vista de sus ojos.

—Kaelistra —dijo, sin saber por qué.
—Vashari —añadió su madre, como si la palabra hubiera nacido con la criatura.

El pasha no protestó. Estaba pálido, distante. Algo lo había tocado también. No miraba a la madre ni a la hija. Miraba el mar, que se alzaba y caía como un pecho respirando.

Esa noche, el barco no volvió a zarpar.

La suma sacerdotisa se retiró a la antesala del altar, donde los espejos consagrados a Sune colgaban como lunas atrapadas. Se detuvo frente al mayor de todos, bruñido con pétalos de oro y lágrimas antiguas. Alzó la mirada. Por un instante, su reflejo vaciló.

No era ella lo que veía.

Una figura caminaba en silencio por el salón donde dormían la madre y la recién nacida. No tocaba el suelo, pero sus pies desnudos dejaban huellas de arena blanca. Su silueta era femenina, grácil y felina, envuelta en velos que parecían humo y perfume. El espejo no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. La suma sacerdotisa contuvo la respiración.

La figura se inclinó sobre la niña y le depositó un beso en la frente, etéreo, como un sello invisible.

Entonces la visión se desvaneció.

Aún con el corazón latiéndole en las sienes, la suma giró la cabeza lentamente… y lo vio.

Un gato negro, de pelaje tan oscuro como el cielo sin estrellas, yacía plácidamente a los pies de la cama. Sus ojos, dos esmeraldas líquidas, la miraban sin miedo, sin emoción. Vigilaban. Como si juzgaran. Como si supieran.

Cuando la suma sacerdotisa pestañeó, el gato ya no estaba.

Pero el perfume —una mezcla imposible de almizcle, jazmín y humo de canela— permanecía en el aire. Era más que aroma: era un eco, una caricia olvidada entre los planos. Una promesa no rota. La anciana se quedó inmóvil, los ojos todavía fijos en el lugar donde el animal había reposado. Algo profundo en su interior —no pensamiento, sino intuición— le murmuraba que aquello que había ocurrido esa noche no era simple azar, ni capricho de los dioses. Era algo más antiguo. Más íntimo. Como si dos fuegos, danzando separados desde el amanecer del tiempo, hubieran tocado finalmente sus llamas. No con furia, sino con ternura. No como enemigas, sino como hermanas largamente extrañadas.

Aquel templo, su templo, había sido elegido. No por poder, sino por amor.

Y la criatura que ahora dormía envuelta en lino escarlata no era sólo un nuevo aliento en el mundo, sino un lazo vivo entre lo bello y lo salvaje, entre el placer y la pasión, entre el amor que consuela y el deseo que libera.

La suma sacerdotisa no comprendía los detalles, ni necesitaba hacerlo. Como el mar que golpea la roca sin conocer su nombre, aceptaba lo que era.

Suspiró, y por un instante, su rostro pareció más joven. Luego se inclinó ante la cuna, y susurró una plegaria que no estaba escrita en ningún libro sagrado. Una plegaria nacida de la sangre y la sal, del vino y del espejo.

—Bienvenida, flor del crepúsculo —murmuró—. Que tus raíces se hundan donde el alma no se atreve.

La luna seguía allí arriba. Pero esa noche, quizás, sonrió.
​
 

Dovahkiin

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Flores de ceniza​

La luz del amanecer apenas roía el horizonte cuando el templo de Sune despertó entre susurros y plegarias de incienso. La casa sagrada, encajada como una joya en la ciudad que nadie recordaría, era un oasis de calma y aroma a canela, jazmín y rosa fresca. Las columnas brillaban con la suave luz que atravesaba los vitrales, pintando el suelo de colores que danzaban como llamas lejanas. Allí, bajo el mismo techo donde la luna había sellado su pacto invisible, crecía una niña que no era como las otras.

Kaelistra Vashari tenía los ojos vivos, inquietos, y una sonrisa que mordía la seriedad de las sacerdotisas con la misma facilidad con que un gato se abalanza sobre una sombra. Su cabello negro, largo y rebelde, parecía un escudo contra la pulcritud del templo, y sus dedos, siempre manchados de tierra o tinta, tejían historias que nadie había contado. A sus siete años, ya había aprendido a escabullirse de las lecciones aburridas, a esconder las ofrendas más preciadas y a soltar risas que resonaban como campanas traviesas por los pasillos sagrados.

Su madre, Nesira, había encontrado un refugio precario en aquel templo tras la cruel decisión del pasha, quien liberó a la concubina que no había dado a luz un varón. Ahora trabajaba con manos callosas y ojos cansados, asistiendo a las sacerdotisas, limpiando el altar, y cuidando con devoción a su hija, consciente del peligro que suponía aquella mezcla de sangre y misterio sin nombre que envolvía a Kaelistra.

El pasha, aunque distante, aún enviaba mensajeros para observar a la niña con una extraña mezcla de afecto y posesión. Kaelistra era, sin entender cómo, la joya inesperada en su oscura corona. Quizá una señal. Quizá una advertencia.

En el templo, los susurros crecían entre las otras concubinas y novicias. Algunas la miraban con recelo; otras con la fría distancia de quienes guardan secretos. Pero Kaelistra tenía un aliado inesperado: Giselle, la hija de una de las sacerdotisas que la habían asistido en su nacimiento. Era su opuesto y su espejo, envuelta siempre en túnicas pulcras, voz medida y pasos de danza. Perfecta, ordenada, luminosa como el sol del mediodía que se reflejaba en su melena de cobre.

—Kaelistra, si rompes una sola de estas velas, el fuego podría destruir la oración entera —advertía Giselle con voz firme, mientras recogía fragmentos de pétalos esparcidos.
—Oh, qué trageeeeedia —respondía Kaelistra con una sonrisa ladina—, ¿pero quién en su sano juicio estaría dispuesto a incendiar semejante TOSTÓN?

Kaelistra fingió un desmayo dramático y rodó por el suelo con los ojos bizcos. Las dos niñas reían en la penumbra del claustro, pero sus risas eran ecos de mundos diferentes. Giselle aspiraba a la pureza de Sune, a convertirse en sacerdotisa, y creía en el poder del deber y el sacrificio. Kaelistra soñaba con la libertad y los secretos que no cabían en ningún libro sagrado. Su alma era una mezcla de fuego y sombra, y a veces, al verse reflejada en el agua del estanque, se preguntaba si era una rosa o una espina.


Y llegó un mediodía de esos en que el sol se cuela con descaro por las ventanas del templo, clavando sus dedos dorados en los rincones más serios y silenciosos. Kaelistra, con una sonrisa que prometía tormenta, había encontrado su nuevo objetivo: el altar menor, donde reposaban los preciados inciensos que Giselle y las sacerdotisas guardaban con celo casi obsesivo. El aroma a canela y rosa fresca era, para Kaelistra, una invitación a la irreverencia. Mientras Giselle recitaba en voz baja un mantra impecable y sin un error, Kaelistra planeaba su golpe maestro.

Se deslizó con la agilidad de un gato entre columnas y cortinas hasta llegar al pequeño estante donde se apilaban las cajitas de incienso. Con manos veloces, cambió unas varillas de canela por unas ramitas secas del jardín, que recogió del suelo esa misma mañana, entre risitas sofocadas.

Pero la verdadera diversión no era solo el cambio: era la reacción.

Cuando las sacerdotisas prendieron las varitas, en lugar del humo fragante esperado, brotó un humo gris, áspero y un poco chisporroteante que hizo toser a la mayoría. El silencio reverente se rompió con estornudos y carraspeos mientras Giselle miraba a Kaelistra con una mezcla de horror y exasperación.

—¡Kaelistra! —exclamó, intentando mantener la compostura mientras le caían lágrimas—. ¡¿Qué has hecho?!

Kaelistra no pudo contener la risa que estalló en su pecho, tan cálida y contagiosa como un fuego travieso.

Lo que siguió fue un caos adorable. El gato del templo decidió que el humo era una amenaza digna de un juego mortal. Saltó sobre el altar, se revolcó entre los pétalos y las velas, y empezó una frenética persecución del humo que serpenteaba caprichoso hasta que consideró que los bajos del vestido de Lady Pommelisse eran más interesantes. La noble, asidua a las ordalías, y bien conocida por sus gestos exagerados, comenzó a gritar de forma escandalosa mientras hacía por subirse a uno de los bancos de la capilla y mostraba por error las enaguas. Las sacerdotisas corrían tras el gato, gritando y tratando de contener al animal, mientras Kaelistra rodaba por el suelo, riendo hasta que le dolió la barriga. Giselle, completamente derrotada por la escena, terminó sentándose a su lado, sacudiendo la cabeza con una sonrisa resignada.

—Eres imposible —dijo en voz baja.
—Imposible es solo un adjetivo aburrido —respondió Kaelistra con un brillo en los ojos—. Y yo prefiero la aventura al aburrimiento, siempre.

Cuando finalmente el humo se disipó, dejando una fragancia menos noble y más a humo de fogata, la suma sacerdotisa apareció en el umbral con una sonrisa cansada y una mirada que mezclaba paciencia y un poco de diversión.

—Kaelistra… —murmuró, como si hablara con un misterio que solo ella entendía—, hay fuego en tu alma, niña. Pero también en tu corazón. No lo apagues.

Aún con la risa agazapada en sus labios, Kaelistra miró al gato que se acomodaba con dignidad, arreglándose el pelaje como si nada hubiera pasado.

—Un poco de desorden también honra a los dioses, ¿no crees? —susurró, guiñando un ojo.

Y el gato, con la calma de un juez antiguo, parpadeó lentamente.​
 

Dovahkiin

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La joya en la espina​

La tarde era perezosa y dorada, el tipo de luz que parecía arrastrarse por las baldosas del templo como una serpiente cálida y somnolienta. Fuera, el jardín respiraba en silencio, salpicado de lirios pálidos, bugambilias rosadas y jazmines rendidos bajo el peso de su propio perfume. Dentro, el aire estaba suspendido, saturado de incienso y cantos suaves. El templo de Sune era un santuario de belleza y contemplación… pero Kaelistra Vashari dormía con la boca entreabierta y un brazo caído por el borde de su camastro como si fuera la protagonista de un naufragio.

Soñaba con gatos alados. Con un cielo sin sacerdotisas. Con una torta de almendras que podía hablar.

Hasta que una sacudida en la pierna la arrancó del paraíso.

—¡Kael! ¡Despierta, despierta! ¡Han llegado! ¡Ya están aquí! —La voz de Giselle era un vendaval de emoción contenida que apenas podía reprimir—. ¡Los Hermanos del Rubí Rosa! ¡Y está él, y luce aún más guapo que cuando vino la última vez!

Kaelistra gruñó como un felino que odiara profundamente la luz solar, el perfume de lavanda y la existencia misma de las personas parlantes.

—¿Me estás despertando… de mi siesta sagrada… para que vayas tú a mojarte por un caballero? —su voz, grave por el sueño, arrastraba un filo sarcástico.

Giselle no escuchaba. Estaba sacando túnicas del arcón como quien escoge entre dagas encantadas. Tenía quince años, como Kaelistra, pero donde la una era caos, la otra era simetría. Giselle florecía como un cuadro vivo de Sune: su cabello de cobre caía en espirales suaves, sus ojos de miel eran dos llamas tibias, y su piel tenía el brillo contenido de una promesa de perfección. Kaelistra, sin embargo, parecía nacida de un dios menos paciente. Tenía el salvajismo elegante de una gata que sabe que es bella pero nunca lo admite. Su cabello oscuro se enredaba sin pudor, sus ojos color esmeralda brillaban de forma peligrosa y su cuerpo, aunque aún en transición, se movía como si desafiara cada norma que los libros sagrados intentaban imponerle.

—Ayúdame a trenzar esto. Rápido, antes de que terminen de desempacar las monturas —insistió Giselle, entregándole una cinta carmesí.

Kaelistra bufó.

—Si este día acaba en una historia de amor y no en un duelo a muerte, me vas a deber dulces para una semana.


El patio posterior del templo era una fantasía de piedra y glicinias, donde las columnas se abrazaban con flores trepadoras y el mármol parecía transpirar calor divino. Allí, en una clara delimitada por estatuas de Sune danzantes, tres caballeros practicaban su arte bajo el sol.

El primero, sin duda el objeto del frenesí hormonal de Giselle, era Sir Alistair Delareth, el más galante de todos. Su armadura ligera brillaba como champán rosado al sol, y su cabello, recogido en un lazo de seda, parecía haber sido peinado por una brisa con intenciones románticas. Cada uno de sus movimientos era medido, elegante, casi teatral, como si el combate fuese un vals y la sangre, un perfume para la ocasión.

A su lado, Sir Cedric Vaelorian, más ancho de hombros y menos refinado, giraba su mandoble con fuerza bruta y risas atronadoras. Era el tipo de hombre que podía tumbarte de un golpe… o abrazarte hasta asfixiarte de afecto.

Pero la que llamó la atención de Kaelistra fue la tercera.

Lady Seraphine d’Elaurelle no blandía su lanza con violencia, sino con precisión letal. Sus movimientos eran felinos, armónicos, como una danza ejecutada con la intención de matar. Tenía el porte de una cortesana en guerra, y Kaelistra sintió, sin saber cómo, que aquella mujer le recordaba algo que aún no había vivido.

—Sune nos guarde —susurró Giselle, sin apartar los ojos de Alistair.
—Si me guarda de ti, dormiré en paz —replicó Kaelistra.

Giselle apenas rió. Había algo nuevo en su mirada: una ansiedad aguda, una necesidad de ser vista, de ser deseada. La sonrisa de Alistair hacia ellas fue suficiente para hacerla suspirar… pero fue su siguiente gesto lo que congeló su pecho.

—¡Tú! —dijo él, mirando a Kaelistra con una sonrisa curiosa—. ¿Has visto una lanza de cerca alguna vez?

Giselle se adelantó, veloz.

—Kaelistra no está hecha para armas, por los dioses. Prefiere los libros… o la siesta.
—¿Es cierto eso? —preguntó Seraphine, sin ocultar su interés.

Kaelistra miró la lanza apoyada contra la pared. Luego a Giselle. Luego de nuevo a la lanza.

—¿Y si lo estuviera? —dijo, caminando hacia ella—. ¿Qué pasa si sí?

El entrenamiento empezó como una broma. Alistair le pasó la lanza con la condescendencia de un noble que le da su copa a una tabernera por diversión. Pero en cuanto Kaelistra la sujetó, su cuerpo pareció recordar algo que jamás le enseñaron. Se movía torpe al principio, claro —como una bailarina que se olvida de los pasos y los inventa—, pero con cada intento su gracia instintiva emergía, retorcida y brillante como una espina envuelta en terciopelo. La lanza no la obedecía del todo, pero tampoco se resistía.

—¡Por Sune! —exclamó Cedric entre risas—. ¿De dónde ha salido esta fiera?

Alistair, riendo, le asestó un golpe juguetón en las nalgas con la parte plana del asta.

—¡Tienes potencial, pero cuidado! ¡El combate no es un baile de máscaras, damisela!

Kaelistra cayó al suelo con rabia contenida, con las mejillas encendidas por algo más que vergüenza. Era deseo. Hambre. El pulso de una pasión que no conocía hasta ahora.

Giselle reía también, pero con esfuerzo. Su risa se volvió dura. Frágil. Una grieta.

—Sus movimientos no son para una lanza —dijo Seraphine, analizando a la muchacha con ojos agudos—. Es instinto de cuerpo a cuerpo… No de alcance. Prueba esto.

Le tendió una hoja corta y extrañamente curva, ligera como el suspiro de un amante. Kaelistra la tomó, sintiéndola natural. Como si la hoja no empezara donde terminaba la empuñadura… sino donde empezaba su piel. No la sujetaba como era debido, y sin embargo se movía con ella con una confianza inquietante.

Lo que vino después no fue una exhibición… fue un bautismo. La muchacha atacaba como si conociera las intenciones de su oponente antes de que él las pensara. Caía, se levantaba, giraba, erraba, volvía. Gruñía y rugía. Sus pies se deslizaban como en una danza de salón, exótica y pasional, y aunque Alistair la desarmó sin dificultad, su sonrisa ahora era genuina: estaba impresionado.

—Tienes fuego —dijo él—. Pero no de incienso ni altar. Es el fuego del filo. De una furia hermosa y letal.

Kaelistra no supo qué responder. Solo se secó el sudor de la frente y sonrió como una leona que descubre la caza.

A unos metros, sin reír, sin comentar nada, Cedric Vaelorian permanecía en completo silencio. Su arma reposaba contra su hombro, olvidada, mientras sus ojos seguían cada uno de los movimientos de la muchacha como si estuviera observando el borde de una tormenta. No había lujuria en su mirada, ni ternura: lo que ardía allí era un reconocimiento primitivo. Peligroso. Como si hubiese visto en Kaelistra algo que el resto apenas comenzaba a intuir: no una niña dotada, sino una criatura cuyo espíritu bailaba con el combate de la misma forma que él mismo respiraba.

Giselle, de pie a unos pasos, sentía cómo la bilis de la envidia le subía por la garganta. Aquello no era justo. No podía serlo. Ella, que se había preparado, que era devota, que se esmeraba. Y Kaelistra… que simplemente aparecía y lo arruinaba todo. Como siempre. Su risa, ya débil, se extinguió por completo cuando Alistair cruzó una mirada cómplice con Kaelistra, como si hubieran compartido un secreto que ella no comprendía. Sin pensarlo, apretó el puño tan fuerte que una de sus uñas se clavó en la palma, dibujando un hilo rojo que nadie vio.

—Tu amiga tiene algo salvaje —comentó Seraphine, acercándose a Giselle—. Como si hubiera nacido para romper reglas.

Giselle no respondió. Solo bajó la vista.


En el cielo, entre las nubes, un ave negra giraba en círculos lentos, como si presagiara el principio de algo oscuro. No era un ave común del valle. No con esas alas largas y pesadas ni con ese chillido ronco que cortó el aire como un mal recuerdo.

Desde una galería alta, la suma sacerdotisa Enhelia lo vio todo. Sus ojos nublados siguieron al ave con una expresión que no era miedo… sino certeza.

—El viento ha cambiado —murmuró para sí, antes de desaparecer entre los cortinajes del incienso.​
 
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Dovahkiin

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Donde arde el espejo​

El reflejo en el estanque no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. Giselle lo observaba con fijeza, las pupilas dilatadas por la luz cobriza del atardecer que bañaba los jardines del templo. Su imagen temblaba sobre el agua, alterada por el roce insistente de un pétalo de rosa que el viento arrastraba una y otra vez sobre la superficie. Una flor sin dueño, pensó. Como tantas otras cosas que deberían haber sido suyas.

La quietud del entorno sólo servía para amplificar el ruido de su propio orgullo herido. La fuente gorgoteaba con placidez, los arbustos exhalaban aroma a hierbabuena y a gloria fingida. Todo el templo parecía dormido en una fantasía de armonía... excepto ella. Giselle sentía en su pecho una tempestad contenida que le recorría los huesos como un veneno lento. Era una sensación familiar. Había crecido con ella. Había aprendido a sonreír con la mandíbula tensa y a agradecer elogios que sabía robados durante años.

La niña que había creído ser la elegida de Sune se había convertido en una mujer que lo tenía todo… salvo lo que más importaba.

Porque estaba Kaelistra.

Siempre Kaelistra.

Ella no tenía el porte. Ni la gracia. Ni siquiera parecía querer lo que el resto anhelaba. Pero allí estaba, atrayendo miradas como la llama al insecto. No solo por belleza, sino por ese extraño halo que la envolvía, ese aire salvaje, esa rareza. Giselle la odiaba por ello. La odiaba con una intensidad tan sofocante como silenciosa. Porque nadie más parecía ver lo que ella veía: que detrás de esa piel blanca y ese cabello desordenado, se escondía un fraude. Un error. Una anomalía glorificada por accidente.

Giselle apretó los puños. El agua tembló un instante más, y luego volvió a su engañosa quietud.




El sol declinaba en tonos ámbar cuando Alistair cruzó la galería del templo donde entrenaban los caballeros visitantes. Las columnas de piedra roja proyectaban largas sombras sobre el mármol, y el eco de los pasos sonaba como si entrara a una cripta antigua. El joven caballero arrastraba el peso de su armadura con una rabia silenciosa que no podía disimular. Había esperado verla. Otra vez. Como cada semana. Como cada maldito momento que podía encontrar.

Pero ella no estaba allí.

Cedric sí.

—Llegas tarde para el duelo del día —dijo el caballero de mirada sagaz sin dejar de afilar su hoja con un trozo de piedra negra—. Aunque supongo que lo que tú buscas no requiere espadas. Al menos no de metal.

Alistair se detuvo a un par de pasos. Su mandíbula apretada y el ceño marcado hablaban por él más de lo que las palabras podrían.

—¿Y tú? ¿Qué es lo que buscas con ella? ¿Un nuevo pasatiempo, Cedric?

El filo del espadón soltó una nota aguda al recibir la última pasada de la piedra. Cedric se incorporó con parsimonia. Llevaba el cabello húmedo y despeinado, la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Era un contraste perfecto con la forma obsesivamente pulcra y perfecta de Alistair.

—¿Con Fierecilla? —dijo con fingido asombro—. Bah, me agrada su forma de ver el mundo. Tiene algo que tú y tu melancolía romántica jamás entenderíais: no le interesa ser deseada. Sabe que lo es y le da igual.
—No es eso… —comenzó Alistair, pero su voz se quebró a medio intento.
—No mientas. Ni siquiera a ti mismo —le interrumpió Cedric, apoyando el espadón en el hombro como si fuese un cetro. Sus ojos, azules como el hielo recién roto, se clavaron en él con media sonrisa—. Te consume que no te mire como mira los libros, las nubes, los silencios. ¿Verdad? Porque tú esperas que su atención sea un premio, y ella… ni siquiera juega ese juego.

Alistair dio un paso adelante, con los labios apretados, el orgullo herido y el corazón aún más. Pero Cedric no retrocedió.

—¿Quieres un consejo? —dijo el espadachín, ahora con un tono fraternal—. Deja de competir por lo que no quiere ser ganado. Porque mientras tú luchas por su amor como si fuera un estandarte o trofeo, Giselle recoge las sobras de tus derrotas. Y tú, en tu ceguera, no ves que la arrastras contigo.

Alistair se quedó quieto.

—No hablemos de Giselle —dijo por fin, con voz baja—. Ella no importa.
—Tonterías. Todo importa. Especialmente cuando se pudre en tu cama.




La sala de la Rosa Sagrada estaba bañada en oro y escarlata. Todo brillaba con una luz casi cruel: las sedas suspendidas en los balcones, las copas de cristal rojo llenas de vino especiado, los candelabros en forma de peonías ardientes. Había una expectación palpable, un zumbido silente que recorría la mesa principal como electricidad. Las acólitas reían y cuchicheaban, aunque sus ojos, inevitablemente, orbitaban alrededor de una figura central.

Giselle.

Lucía sublime. Impecable. Como una escultura viva de la misma diosa Sune: cabello recogido en una corona de bucles, piel de porcelana, sonrisa domada y exacta. Su vestido era tan ceñido como el orgullo que vestía bajo la piel. Cada gesto suyo parecía diseñado para no dejar lugar a dudas: ella sería nombrada esa noche. La nueva novicia del templo. El broche de un destino que siempre había sentido como suyo.

Algunos incluso se inclinaban ya hacia ella, ofreciéndole palabras que rozaban la adulación. Frases como “no podían haber elegido mejor” y “ha sido evidente desde el principio”. Giselle aceptaba los halagos con la gracia de una reina a punto de ser coronada. Fingía humildad, pero bajo esa máscara su interior hervía como un caldero sellado.

Kaelistra, por su parte, había ocupado un lugar discreto al extremo de la mesa. Vestía con sobriedad, sin adornos. Se había peinado con descuido, casi por obligación. Sus ojos recorrían la escena como si no perteneciera del todo a ella. Cada vez que alguien reía cerca, su instinto le decía que estaban riéndose de algo, y ese algo solía ser ella. Se sentía como una nota disonante en un salmo cuidadosamente afinado. Un error que todos toleraban solo por cortesía.

Cuando la suma sacerdotisa se levantó, se hizo un silencio inmediato, como si el aire mismo se hubiera detenido.

—Hijas del templo —dijo con voz firme y luminosa, como el tañido de una campana sagrada—, hoy una de vosotras será llamada a iniciar su camino sagrado como novicia. No por belleza, que es común como las flores en primavera. No por ambición, que arde y se consume. Sino por haber escuchado la llama secreta. Por haber brillado sin exigir que los demás lo notaran.

Los ojos de todos, al unísono, buscaron a Giselle.

Ella ya estaba de pie.

La sonrisa se le ensanchó como una flor en pleno estallido. Avanzó un paso. Su mirada contenía un brillo húmedo, casi compasivo hacia las demás. Ya estiraba la mano, con los dedos extendidos, como esperando el brazalete consagrado que marcaría su ascenso.

—Por eso —continuó la suma sacerdotisa, sin detenerse—, la elegida este año para portar el brazalete de la rosa eterna y comenzar su vida como novicia... es Kaelistra Vashari.

El mundo se quebró con el sonido sordo de un vaso que cayó de manos de alguien.

Giselle se detuvo. Aún con la mano en el aire, como congelada. Su sonrisa no desapareció de inmediato. Se deformó lentamente. Se convirtió en una mueca, en un espasmo, en la expresión de alguien que ha probado una copa esperando vino, y ha encontrado veneno.

Kaelistra no se movió. No entendió. No al principio.

Solo cuando la suma sacerdotisa volvió la cabeza hacia ella con una leve reverencia y extendió el brazalete entre sus manos, Kaelistra comprendió. O creyó comprender. Todos los rostros se volvieron hacia ella. Algunas sonrisas fingidas. Algunos ceños fruncidos. Otros simplemente perplejos. Un silencio denso lo cubría todo.

Giselle bajó la mano. Pero no regresó a su sitio. Giró sobre sus talones y salió de la sala sin pronunciar palabra. Ni una bendición. Ni una felicitación. Su vestido agitó el incienso al pasar, como un presagio.

Kaelistra se levantó al fin, pero lo hizo como si despertara en mitad de una pesadilla. A cada paso que daba, sus piernas parecían más frágiles, como si cargaran un peso que no era suyo. Cuando por fin estuvo frente a la suma sacerdotisa y tomó el brazalete, no hubo orgullo en sus gestos. Solo incertidumbre.

El metal estaba frío. Demasiado frío.

Una parte de ella, muy adentro, supo en ese instante que aquello era un error. No por modestia. No por duda. Sino por una intuición antigua, visceral, irrebatible. Como si una puerta que jamás debió abrirse acabara de crujir, apenas un poco. Las palmas que sonaron en aplauso fueron lentas, inconexas. Una celebración forzada. No se sentía como una ascensión. Se sentía como una condena.

Kaelistra cerró los dedos en torno al brazalete, y el metal le mordió la piel.




La noche había caído como una losa sobre el templo. Las paredes de mármol, antes cálidas por la luz de los cirios, parecían ahora frías y hostiles. Afuera, la lluvia tamborileaba sobre los tejados con una insistencia que parecía preludio de tormenta. Kaelistra caminaba por los corredores en silencio, con el brazalete envuelto en una tela que no había querido volver a abrir. Cada paso resonaba como una sentencia.

La encontró frente a la galería de las rosas talladas, el lugar donde de niñas se escondían para contar secretos y soñar futuros que jamás llegaron. Giselle estaba de espaldas, el cabello suelto, la postura rígida. La había estado esperando.

—No pensabas irte sin verme, ¿verdad? —dijo sin girarse.

Kaelistra se detuvo. Podía haber seguido caminando. Podía haber evitado el naufragio. Pero no lo hizo.

—No lo sabía. No pedí esto.
—No —interrumpió Giselle, ahora volviéndose—. Nunca pides nada. Solo lo tomas. Lo obtienes sin siquiera saber cómo. Ni por qué. Como si el mundo girara para complacerte.

Sus ojos eran dos brasas que no ardían, sino que herían. Estaba hermosa en su furia. Trágicamente hermosa.

—Yo no he buscado herirte —replicó Kaelistra, con voz baja, rota—. No sabía que me nombrarían a mí. Ni siquiera estoy segura de quererlo…

—¡¿Y crees que eso lo hace mejor?! —Giselle avanzó un paso—. ¡¿Crees que duele menos porque lo desprecias?! ¡Porque lo cargas como una piedra en vez de lucirlo como una corona! ¡Te lo dieron a ti, Kaelistra! A ti, que no sabes siquiera quién eres, fulana de mil padres que tropiezas contigo misma como si tu cuerpo te quedara grande.

Kaelistra apretó los labios. No quería llorar. No frente a ella. No otra vez.

—No eres mejor que yo —susurró Giselle, con una rabia que le temblaba en la mandíbula—. Solo estás… rota. Siempre lo estuviste. Nadie quiere decirlo, pero yo sí. Yo lo veo. Eres un error que todos se niegan a corregir.
—¿Y tú qué eres, entonces? —murmuró Kaelistra, la voz afilada por el dolor más que por la ira—. ¿Una máscara tan bien hecha que te creíste real?

El silencio fue un estallido.

Giselle tembló. Por un instante, pareció a punto de derrumbarse. Pero no lo hizo. Su orgullo la sostuvo erguida como un mástil.

—Tú no mereces nada —escupió—. Ni los amigos que tuviste, ni la atención que atraes como una enfermedad, ni siquiera el cariño de Alistair. ¿Sabes por qué te persigue? Porque eres un misterio. Pero los misterios se rompen. Y tú te romperás.
—Puede que me rompa, Gigi —susurró Kaelistra—. Pero tú… tú estás vacía y perdida.

Entonces todo terminó.

Giselle no respondió. Solo se apartó, con una lentitud llena de veneno. Caminó hacia la oscuridad sin volverse, sin concederle un último gesto, como si renunciara a verla jamás tras cruzar aquel arco de piedra, redondo y perfecto. Negro y vacío.

Kaelistra se quedó sola en la galería. El eco de las palabras aún vibraba en las paredes. La traición no duele tanto cuando viene de un enemigo; duele cuando viene de quien alguna vez sostuvo tu mano con ternura. Y en el fondo, donde nacen las decisiones que cambian el curso de una vida, una certeza empezaba a brotar como una grieta…

No podía quedarse.​
 

Dovahkiin

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El rumor de las campanas del templo aún dormía bajo la bruma de la madrugada cuando Kaelistra empujó la puerta de su celda. Entró con el paso de quien ha dejado atrás una decisión demasiado grande para su cuerpo, pero demasiado urgente para ignorarla. El frío le mordió las manos cuando echó a un lado la túnica ceremonial, arrojándola al suelo sin mirar atrás. Su respiración era entrecortada. El silencio se sentía espeso, como si las paredes mismas juzgaran su traición.

No había tiempo para plegarias ni para cartas.

No había tiempo para despedidas.

Tomó la vieja bolsa de viaje que aún guardaba debajo del camastro y comenzó a llenarla con manos torpes. El cinturón de cuero, las botas altas, su daga envainada, los polvos de hierbas secas y el espejo de plata agrietado que había sido de su abuela. Lo imprescindible. Nada más. Nada que pesara en la conciencia ni en la silla de montar.

La vergüenza se le enroscaba en las tripas como un animal pequeño. No podía mirar los tapices bordados en los muros, ni el cuenco con la piedra de sol que la Suma Sacerdotisa le había regalado, ni el vestido blanco de lino colgado junto a la ventana. Su visión se volvió líquida un momento, pero no lloró. No lo haría ahora. No podía mirarla a los ojos. No después de haber recibido tanto. No después de haber fallado tanto. Había perdido a Giselle, su mejor amiga, por su culpa, por su orgullo, por su incapacidad para entender lo que significaba realmente servir a la Dama. Había manchado el templo con su presencia. Lo único que podía ofrecerles ahora era desaparecer.

El pestillo del cofre se resistió. Maldita madera vieja. Golpeó la tapa con el puño y el golpe resonó más fuerte de lo que esperaba. Se detuvo, respirando con fuerza, los nudillos enrojecidos. Escuchó pasos.

«No. Ahora no».

La puerta se abrió antes de que pudiera moverse.

—¿Pensabas irte sin decir adiós?

La voz de Nesira llenó el umbral. Hablaba en su idioma materno, aquel que únicamente compartían madre e hija. Un idioma ancestral, perdido en las lejanas arenas del este. No llevaba túnica ritual ni capa de viaje, solo una camisa holgada, el cabello recogido a la ligera, y ese gesto en el rostro que Kaelistra conocía tan bien: la mezcla perfecta entre juicio y ternura. Cerró la puerta con lentitud tras de sí.

—No te tenía por una cobarde.

La palabra golpeó más fuerte que un bastón.

Kaelistra bajó la mirada. Sus dedos se crisparon alrededor de la hebilla que aún no lograba atar. Se sentó en el borde de la cama, derrotada.

—No puedo quedarme —susurró, la voz rota—. No después de lo que pasó.

Su madre no respondió enseguida. Caminó hasta el camastro y se sentó a su lado. Olía a polvo de lavanda y a tinta, como siempre. Le tomó la mano con una firmeza que no era compasiva, sino ancestral.

—Giselle no era sacerdotisa. Nunca lo habría sido, estuvieras tú o no aquí.

Kaelistra levantó la vista, sorprendida.

—Era hermosa. Tenía carisma. Las demás la adoraban.
—Sí. Pero nunca entendió lo que significa amar algo más que a uno mismo. Nunca comprendió que la belleza también reside en la ruina, en la renuncia, en lo que duele. La Suma lo sabía. Yo también. Pero dejamos que caminara su propio sendero, como hacen todos los necios orgullosos. Como tú. Como yo.

La dureza en sus palabras no venía con reproche, sino con una claridad implacable.

—¿Por qué me dejas marchar, entonces?

Nesira esbozó una sonrisa, apenas curvada.

—Porque no eres una flor para proteger en el invernadero. Eres una Vashari. Y el temple de nuestro linaje no se forja entre columnas de mármol, sino en el polvo y en la sangre. Tu sitio está donde puedas elegir. Este ya no lo es.

Kaelistra tragó saliva. La palabra “linaje” le ardía en los oídos.

—¿Qué quieres decir?
—Lo sabrás. Con el tiempo. No hay prisa. —Se levantó y comenzó a revisar lo que ella había empaquetado—. Aunque si sigues metiendo tus cosas como un gólem sin manos, perderás media semana reorganizándolo en la primera posada.

Kaelistra resopló, pero no replicó. Su madre le dobló con precisión militar una túnica de lino y cerró el broche de la bolsa.

Cuando ya se disponía a abrir la puerta, Nesira la detuvo con una mano en el hombro.

—Pedí ayuda. A alguien.
—Madre…
—Sé que odias que lo haga. Pero no siempre se puede caminar sola. Y además —añadió, girándose con un deje de picardía—, no es nadie tan terrible.

Kaelistra bufó. En su pecho ya ardía un nombre.

—Por favor, dime que no es Alistair.

Nesira no respondió. Pero su silencio fue más elocuente que cualquier burla.

Durante el trayecto por los corredores laterales del templo, Kaelistra rumiaba su desdicha. Estaba segura de que su madre había urdido todo para emparejarla con el insufrible de Alistair. Que si “buen partido”, que si “parece interesado”, que si “podrías aprender algo de él”. Bah. Le revolvía el estómago. Ya podía imaginar a Alistair esperándola con su eterna sonrisa de superioridad, lanzándole frases románticas y citas de autores muertos. Si no acababa empujándolo al río antes de cruzar la primera aldea, sería un milagro.

El portón de servicio estaba medio abierto. El patio exterior dormía bajo una neblina suave. La silueta de un caballo oscuro se recortaba contra la bruma… y la figura que ajustaba la silla no era Alistair.

Era Cedric.

Cuando Kaelistra lo vio, su primera reacción no fue alivio, sino exasperación.

—¿Tú?

Cedric giró apenas el rostro, con media sonrisa torcida.

—Disculpa si no soy tu príncipe ideal. El rubio de las novelas estaba ocupado huyendo con la cocinera.
—Preferiría un mulo.
—Pues mira qué suerte: tienes uno, y además habla.

Nesira se mantuvo impasible mientras él sujetaba el caballo por las riendas, como si el encuentro no fuese más que la continuación de una broma muy larga entre madre e hija.

—Gracias por venir, Cedric —dijo Nesira—. Sé que no será fácil, pero confío en ti.
—Oh, lo va a pagar. Con creces.

Y sin esperar más, le lanzó a Kaelistra una bolsa que parecía contener medio arsenal de un mercenario en quiebra. Ella intentó atraparla, tropezó con el borde del escalón y aterrizó en el suelo con un sonido más digno de un saco de patatas que de una Vashari.

Cedric la miró desde arriba.

—Vas mejorando. Esta vez al menos no gritaste.
—Me has tirado media herrería encima.
—Quieres aprender a luchar, ¿no? Empieza por cargar tus miserias como todo escudero. Sin rechistar.
—Yo no soy tu escudero.
—Hoy lo eres. Mañana, si sobrevives, quizá te ascienda a lastre con derecho a quejarse.

Ella bufó, pero recogió el saco y lo lanzó sobre el lomo del caballo como si le estuviera pegando a él por delegación. Cedric montó con su habitual falta de respeto por la gravedad y le tendió la mano, impasible.

—Vamos, alfeñique.
—Me llamas así una vez más y juro que te enveneno en la próxima posada.
—¿Promesa o amenaza? Porque ahora mismo suena muy romántico.

Kaelistra montó a regañadientes, ignorando su sonrisa satisfecha.

La despedida fue un cruce de miradas. Nesira no dijo nada más, pero su mano alzada tembló ligeramente cuando las crines del caballo se agitaron al partir. Kaelistra no se atrevió a mirar atrás. Galoparon en silencio por los caminos aún grises del amanecer. El sonido de los cascos en la piedra era el único canto.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó ella, sujetándose a la silla.

Cedric no respondió al principio.

—Recibí una carta de alguien a quien no le gusta escribir sin motivo.
—¿Y qué dice?

Cedric miró al horizonte. El cielo clareaba con trazas de oro sucio.

—Dice que nos espera algo en la frontera de Amn.
—¿Y qué “algo”, exactamente?

Él se giró, sonrió a medias y dijo una sola palabra:

—Dragones.

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Dovahkiin

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El gallo cantó con un bramido torpe y precoz, como si quisiera librarse de su deber matutino cuanto antes. Afuera, el alba aún se desperezaba entre brumas violáceas, tímida como un niño tras la tormenta. En el interior de la posada, el canto no recibió aplausos, solo un quejido.

—Que alguien le retuerza el pescuezo a ese gallo —murmuró Kaelistra, la voz ronca, escondida bajo una manta que olía a madera vieja, humo y polvo de mantillo.

El chirrido de la puerta al abrirse fue más cruel que el canto del ave. Entró Cedric, envuelto en una capa que aún conservaba las marcas del rocío, y con una expresión que oscilaba entre lo despiadado y lo entretenido. En la posada todo era pequeño: los techos, las camas, incluso las escaleras. Pero su sonrisa llenaba el cuarto como un rey en su trono.

—Arriba, princesa del letargo —anunció, golpeando el marco de la puerta con los nudillos—. Hoy tienes una cita con el sudor, la mugre y el arrepentimiento.

Desde debajo de las mantas emergió una figura oscura, enredada en su propio cabello, con los ojos entrecerrados como si despertara de una batalla y no de un sueño.

—Espero que sea una cita a tres bandas con tu cadáver y mi desayuno.

Cedric soltó una carcajada seca, el tipo de risa que sonaba como si le hubieran contado una buena blasfemia.

—Te espero fuera. No tardes, o empiezo sin ti.

Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio volvió como una manta. Kaelistra se sentó despacio, el cuerpo protestando en cada articulación. Se vistió a desgana, encajándose el jubón como quien carga una armadura. La posada, de techumbre baja y suelos de madera crujiente, olía a gachas frías y cerveza desbordada. Fuera, el aire era cortante, afilado como el acero tras una noche de forja.

Cedric estaba allí, esperándola bajo la sombra pálida de un manzano. Masticaba una manzana con deliberada lentitud, como si saboreara no solo la fruta, sino el privilegio de estar despierto antes que ella.

—Si algún día me matas, será al alba —dijo Kaelistra, aún abrochándose el cinto—. Cuando estoy débil.
—Si algún día te mato —replicó él, arrojándole una manzana—, será porque roncas.

Ella atrapó la fruta al vuelo, pero no vio venir el mendrugo de pan duro que le golpeó en el estómago.

—Desayuno de soldado. Ración de resentimiento incluida.

Kaelistra lo olió y frunció el ceño.

—Esto ha visto más campañas que tú.
—Tiene más colmillos también.

Ella le dio un mordisco y se encogió.

—¿A dónde vamos antes de que la civilización despierte?
—Templo de Selûne. Lo están reconstruyendo. Quieren voluntarios.
—¿Y tú creíste que yo, en particular, sería útil?
—No. Pero pensé que necesitabas una lección de humildad, y un par de callos.

Ella suspiró, resignada.

—No somos selunitas, ¿desde cuándo les ayudamos?
—Desde que los selunitas nos ayudaron a no morir abrasados por dragones. A los amigos se les corresponde, incluso más que a la familia.

Ella lo miró, entre desconcertada y molesta. Él chasqueó la lengua.

—Y no vuelvas antes del ocaso. Si lo haces, más te vale traer una piedra incrustada en la cabeza para justificarlo.




La entrada a Athkatla por Agujas de Oro era una de las más transitadas, pero esa hora aún permitía el silencio. Las columnas del templo de Waukeen se alzaban como dedos dorados buscando el favor de los cielos. Bajo ellas, Kaelistra caminaba sin detenerse, la capa ondeando tras ella como una sombra mal domesticada.

El templo de Selûne no estaba lejos. O mejor dicho, lo que quedaba de él. Las ruinas tenían algo solemne: piedras ennegrecidas por fuego, vigas partidas, estatuas mutiladas. Todo parecía llorar en silencio. No era el llanto de los vivos, sino el de los lugares que habían conocido gloria y ahora, tras haber sido reducidos a escombro, debían decidir si aún conservaban el alma o si la habían perdido con los cuerpos de sus fieles.

A medida que se acercaba, Kaelistra sintió un escalofrío que no venía del aire. Un sonido leve, como un lamento sordo. No estaba allí, lo sabía. No era real. Pero la memoria a veces es peor que cualquier espectro.

O quizá no fuera memoria. No exactamente.

El primer contacto fue pasajero, como un roce de alas de mariposa entre los omóplatos. Algo se agitó en su interior, una punzada de... ¿vergüenza? ¿nostalgia? ¿hambre? No supo decir. Ni siquiera supo si era suya.

Hizo fila con el resto de trabajadores y voluntarios mientras esperaba que pasasen lista. Al presentarse, no recibió demasiadas preguntas. Había trabajo, y pocas manos. La ubicaron junto a una mujer de cabellos como trigo maduro y ojos verdes como pasto tras la lluvia. Al parecer respondía al nombre de Lyra, y era paladina de Selûne. Juntas arrastraron vigas, empujaron escombros, separaron los fragmentos de los que aún podrían salvarse. Cada piedra era un recordatorio. Cada estatua rota, una historia.

El zumbido interior volvió a ella, esta vez más definido. No era dolor, ni siquiera incomodidad. Era una sensación de estar… fuera de lugar y, al mismo tiempo, en el sitio exacto donde debía estar. A medida que avanzaban las horas, el calor apretaba. Las manos se le llenaron de polvo y astillas, los músculos de ácido. Pero lo que no la abandonaba era esa extraña pulsación, como un corazón ajeno latiendo en su sombra. No eran visiones. No eran voces. Era más... instinto. El tipo de certeza que no pasa por la mente, sino que se planta en el estómago y florece en el pecho.

La que parecía ser una noble, Gwen, supervisaba el trabajo, daba instrucciones y, en ocasiones, se alarmaba por la poca gracia y delicadeza de los obreros.. De gesto impoluto y modales teatrales, caminaba entre ellos como si temiera manchar su linaje con solo respirar el mismo polvo. Kaelistra había visto tantas veces esa forma de ser en las concubinas de su padre, que ni siquiera se sorprendió.

—¡Ay, dioses! ¡Esa estatua! ¡Por Selûne, qué sacrilegio! ¡No, eso no lo tiréis; es la cabeza!

Kaelistra se giró con una ceja alzada y un bloque de piedra en las manos.

—No creo que vaya a necesitarla para pensar.

Gwen se llevó las manos al rostro con un gemido melodramático.

—¡No puedo mirar!
—Ella tampoco —murmuró Kaelistra con una media sonrisa. Uno de los peones rió.

Pero incluso mientras bromeaba, incluso mientras la risa le aflojaba los hombros y le aliviaba los pulmones, Kaelistra sentía que algo la observaba. Como una presencia que aguardara a que se detuviera lo suficiente para entenderla.

Cuando apartó por fin los restos de una columna central, encontró entre el polvo una media luna desgastada tallada en piedra azul. No era especialmente hermosa. Había perdido casi todo su brillo. Pero al tocarla, la sensación se disparó.

Un golpe de calor. De rabia. De orgullo herido.

De divinidad.

Se apartó un segundo, tragando saliva, como si el contacto le hubiera escocido. Nadie más pareció notarlo. Nadie se detuvo. Ni Lyra, ni Gwen, ni los peones. Solo ella, clavada en el centro del templo, sintiendo cómo un eco de su sangre le susurraba: estás en casa, aunque no lo sepas.

La sensación se diluyó con el paso de las horas, volviendo a esconderse bajo el peso de la fatiga. Kaelistra no se quejaba, al menos no en voz alta. Trabajaba, al ritmo de la melodía de la bardo, como si su orgullo estuviera en juego. Cuando el cuerpo empezaba a negarse, encontraba algún rincón para sentarse, observar, ronronear con la pereza de un gato, antes de volver al trabajo como si nada.

Los peones empezaron a marcharse cuando el cielo se tiñó de cobre y vino. El templo aún era un montón de ruinas, pero había algo distinto en él. Tal vez el polvo removido. Tal vez los nuevos surcos en la tierra.

Tal vez, simplemente, la huella de los que aún creen que los dioses, cuando se hunden, también deben ser rescatados.
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El cielo se había apagado del todo cuando Kaelistra cruzó de nuevo el umbral de la posada. El olor a leña húmeda, vino barato y estofado de caza la envolvió como una manta raída. Sus botas arrastraban tierra y hollín con cada paso; su capa colgaba como un trozo de trapo empapado.

Cedric estaba sentado en la mesa más cercana al hogar, con una jarra en la mano y un plato medio vacío frente a él. La luz del fuego le arrancaba sombras duras en la cara, como si alguien hubiera querido esculpirle los huesos con más saña de la habitual. Al verla, alzó una ceja, sin levantarse.

—Creí que habías muerto bajo una pila de escombros. Casi pido otra habitación.

Kaelistra no respondió. Se dejó caer en el banco frente a él como una piedra arrojada al fondo de un pozo.

—¿Qué tal el templo? —añadió él con sorna—. ¿Las estatuas te han hablado? ¿Has visto visiones? ¿Te ha poseído un rayo lunar?

Kaelistra le lanzó una mirada opaca, entre el agotamiento y el desdén.

—Solo he visto polvo, gritos imaginarios y una noble que lloraba por cabezas de mármol mientras otras, más reales, siguen sin tumba. Todo perfectamente normal.

Cedric asintió, fingiendo gravedad.

—Justo lo que necesita una futura heroína.
—¿Esto ha sido un castigo o una lección?
—Ambas. También puede ser desayuno, almuerzo y cena. Has cargado piedra, sudado por una causa ajena y no te has roto. Estoy orgulloso. —Al decirlo, no sonrió. Pero tampoco necesitó hacerlo.

Un silencio cálido se extendió entre ellos, roto solo por el chisporroteo del hogar. Kaelistra extendió las manos hacia la jarra de Cedric. Él la retiró con un gesto seco, como si protegiera un tesoro.

—Ni lo sueñes. Consíguete la tuya.

Ella gruñó y le lanzó una mirada de fingido desprecio, luego se volvió a una de las mozas para pedir una cena con lo poco que le quedaba de voz.

Cedric la observó un instante más. Su silueta parecía más delgada bajo la capa mojada, pero sus ojos estaban más vivos que esa mañana. Había algo diferente en ella. Una especie de vibración latente, como si algo en el fondo de su alma hubiese sido tocado por dedos invisibles.

—Te ha calado más de lo que crees —murmuró él, casi para sí.
—¿Qué?
—Nada —dijo, y le arrojó un mendrugo de pan—. Come. Mañana te toca otra estatua más grande.

Kaelistra lo atrapó en el aire y fingió examinarlo como si fuera un fósil.

—¿Me odias o es tu forma de decir que me estás entrenando?
—Ambas. Pero no lo tomes personal. El odio forja el carácter.

Ella sonrió, al fin, cansada pero genuina.

—Entonces me estás convirtiendo en una leyenda. O en una asesina en serie. Supongo que ya veremos.

Y mientras el fuego ardía y la posada se llenaba del murmullo de voces y copas, los dos comieron en silencio. Uno satisfecho, la otra rendida. Ninguno dijo nada más. No hacía falta. Kaelistra no comía por hambre, sino por inercia. El cuerpo, aún tibio por dentro tras el esfuerzo del día, obedecía sin protestar. Pero su mente vagaba. No con imágenes, sino con sensaciones. Como si el mundo tuviera ahora una capa más, invisible, superpuesta al habitual retablo de humo, madera y carne. Algo que palpitaba lento, constante, como si las ruinas aún susurraran dentro de ella. Una vibración sorda, igual que la nota grave de una cuerda que nadie ha pulsado, pero que sigue temblando con la memoria de un acorde.

Cedric no preguntó nada. Solo la observó de soslayo, y cuando notó que ella se frotaba los dedos como si aún sintiera polvo en la piel, le deslizó una servilleta sin hacer comentario. No había compasión en el gesto, ni ternura. Solo reconocimiento. De guerrero a guerrero. De alguien que había pasado por algo y otro que sabía no preguntar cuándo.

Kaelistra alzó la vista por un momento y sus ojos se encontraron. Él tenía los mismos de siempre: azules y serenos, con ese fulgor cínico que no pedía permiso. Pero había algo más esa noche. Una nota de respeto. O tal vez simple paciencia. Y eso, en Cedric, era casi una ofrenda.

—No sé si Selûne me ha tocado —dijo ella, sin venir a cuento, con voz baja—. Pero algo me tocó. Y no fue una piedra en la cabeza.

Cedric no respondió de inmediato. Dio un sorbo a su jarra y la dejó sobre la mesa con cuidado.

—A veces las piedras hablan. A veces los dioses no usan palabras. Sólo peso. Presencia.

Ella lo miró de soslayo, inquisitiva.

—No pareces del tipo que habla sobre esas cosas.
—No lo soy —dijo él, encogiéndose de hombros—. Pero he visto cosas. Gente. Tú, por ejemplo.

Kaelistra entornó los ojos, desconfiando.

—¿Eso ha sido un cumplido?
—No. Ha sido una advertencia.

Ella bajó la mirada. Luego, cuando la sopa estuvo fría y las últimas conversaciones se habían vuelto apenas murmullos, Kaelistra apoyó la cabeza en el borde de la pared, dejando que el calor del hogar le lamiera las mejillas.

—¿Crees que mañana será igual? —preguntó, sin abrir los ojos.

Cedric miró el fuego, como si allí pudiera ver el futuro.

—No. Mañana siempre es peor.​
 

Dovahkiin

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Un día menos​

El mercado de Athkatla olía a vida podrida y riqueza en fermento. Frutas maduras, sudor seco, incienso barato y cuero viejo flotaban en el aire como un vapor aceitoso que lo cubría todo. Entre los puestos de telas, especias y baratijas de latón bruñido, el gentío se deslizaba como un río indolente, dejando tras de sí un reguero de murmullos, regateos y pisadas desganadas. Kaelistra caminaba a paso firme entre las multitudes, con la capa recogida en torno al cuello y el ceño arrugado como si el sol le fastidiara más que la presencia de los vivos.

No era el sol, claro. Era el maldito ruido. Y las jaulas.

Encajonadas entre dos puestos de herramientas oxidadas y víveres rancios, las jaulas parecían estar allí desde antes de la guerra. Una hilera de barrotes torcidos, madera podrida y cadenas que aún chasqueaban con desconfianza. Detrás, carne sucia y encorvada. Criaturas de diversas razas, algunas aún con las marcas de batallas recientes, otras simplemente derrotadas por el peso de existir. Uno de ellos —un trasgo menudo, de orejas enormes y ojos agrietados como piedra vieja— levantó la vista al verla pasar. No la miró con súplica. Ni con rencor. Solo la miró. Como quien ha olvidado por qué se resiste.

Kaelistra dio tres pasos más y se detuvo en seco.

—Maldita sea —murmuró.

Volvió sobre sus pasos, mascullando improperios entre dientes. El comerciante era un calishita de rostro anguloso y sonrisa aceitosa. Le bastó un gesto brusco y un par de monedas de cobre para que la transacción se hiciera. No hubo contrato ni promesa. Solo un “tuyo es” y una cadena liberada con un chirrido metálico. El trasgo no celebró su libertad. Bajó la cabeza y la siguió.

—¿Tienes nombre? —le preguntó, sin volverse.
—Urk.
—Pues Urk, si intentas apuñalarme en mitad de la noche, al menos sé original y escoge un cuchillo bonito.

El trasgo no respondió. Solo apretó el paso.

La ciudad les escupía miradas como dagas oxidadas. Un par de comerciantes murmuraron al verlos pasar. Una madre apartó a su hijo de su camino. Al fondo, un par de guardias les miraron con frialdad apenas disimulada.

—Te odian —le dijo Kaelistra, al fin.
—Lo sé —gruñó Urk—. Soy de Murann. Y ganamos.

La mujer no respondió. Apretó los labios. Pensó en su padre. Pensó en los grilletes de oro. Pensó en el precio de la carne con nombre.

Imnescar. Perdida. Olvidada.

No dijo nada más mientras caminaban por la avenida que llevaba a la Universidad de los Oficios. Fue entonces cuando la vio.

La soldado estaba de pie junto al portón, con la espalda erguida y el uniforme limpio, como si el barro de la guerra no hubiera osado tocarla. Era alta, de cabello negro como tinta de sepulcro, piel de marfil y ojos rojos. No rojos como la ira, sino como el rubí: profundos, brillantes, casi vivos por sí mismos. Y sobre su cabeza, un halo translúcido temblaba como una llama suspendida, etérea, invisible para el ojo vulgar, pero imposible de ignorar para quienes veían más de lo que debían.

Kaelistra frenó el paso sin saber por qué. La sangre se le agitó un instante, como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible entre su pecho y su espina dorsal. No era miedo. Era… pertenencia. Como si el alma de la otra mujer respirara en la misma frecuencia que la suya.

—Tenga cuidado con el trasgo, señorita… —dijo la soldado con voz armoniosa, tan clara que parecía filtrarse por los huesos en vez de por los oídos.

Kaelistra asintió con una sonrisa breve, mecánica. Pero la otra la observaba aún. Ojos carmesíes como brasas apagadas.

—Le acabo de… alquilar, supongo —añadió Kaelistra.
—Sois quien ha pagado, deberíais saberlo —respondió la otra, alzando levemente las cejas. Luego rio, apenas.

Kaelistra se permitió mirarla. No el rostro, sino el aura. La presencia. Algo la empujaba a examinarla como si fuese una estatua antigua hallada bajo tierra, cubierta de polvo, pero aún sagrada.

—No es el tipo de criatura que estoy acostumbrada a ver con cadenas —murmuró, sin saber del todo si hablaba del trasgo… o de sí misma.
—La pregunta ahora debería ser qué otros tipos veis encadenadas normalmente, pero no sé si debería —respondió la soldado con sorna educada—. Igualmente podéis devolverlo si no os convence como veo. No debe resultar cómodo caminar con una criatura así por las calles de la ciudad, además de que puede estar ocultando sus intenciones.

Kaelistra bajó la mirada hacia Urk, que caminaba con los hombros encogidos y las manos entrelazadas como un niño demasiado pequeño para la culpa que carga.

—Diría que las intenciones las perdió el día que tuvo la mala suerte de acabar tras unos barrotes —dijo—. Pero ya se me ocurrirá algo si le regresan en el camino que hay de la ciudad a las afueras.

La soldado ladeó la cabeza, como si midiera el peso de esa frase más allá de sus palabras.

—¿Lleváis mucho por la ciudad? Hace poco que regresé del norte debido a la guerra.

Kaelistra negó con un leve movimiento de cabeza.

—Acabo de llegar hace unos días. Me salvé de la guerra. De momento.

La mujer la examinó entonces con detenimiento, sin disimulo, sin pudor. Sus ojos brillaban con una intensidad que hacía daño mirar demasiado tiempo.

—Hmm… Ya pensaba, y sí… Se viene un nuevo conflicto. Tanto desde el sur como del este, y es inevitable nuevamente.

La brisa entre los edificios se volvió más fría de golpe. Kaelistra tragó saliva. No por miedo. Por certeza. Como si la mujer no hablara de lo que sabía… sino de lo que ya había comenzado a arder bajo tierra.

—¿Cuánto tiempo tenemos?



—Dos semanas —dijo Cedric, sin levantar la vista de la piedra de afilar que acariciaba su espada. El roce metálico era el único sonido que se atrevía a rivalizar con el susurro del viento matutino, que soplaba desde los tejados de la posada con un aroma a leña apagada y estiércol fresco.

La parte trasera del hospedaje era un rincón olvidado entre los callejones de Gambiton. Allí, entre barriles vacíos, cuerdas húmedas y un viejo abrevadero para mulas, los dos mantenían sus armas y, a veces, sus palabras.

Kaelistra permanecía de pie, con los brazos cruzados y la expresión tan rígida como el frío de la piedra que la rodeaba.

—¿Cómo decías que se llamaba? —preguntó Cedric, sin dejar de mover la hoja en movimientos firmes.
—Teniente Alice Valdor, de las Fuerzas Armadas de Amn.

Cedric asintió con lentitud. Hizo una pausa para escupir al suelo, justo donde una hoja marchita se pegaba al barro.

—Una mujer con una voz así no debería decir palabras tan jodidamente preocupantes —murmuró—. Si lo que te dijo es cierto, y el enemigo avanza con muertos reanimados… no estamos hablando de una guerra. Estamos hablando de una plaga.

Kaelistra no respondió al principio. Sus pensamientos aún resonaban con la visión de los ojos de la aasimar, esa mirada de incendio silente. Algo en ella le recordaba una llama antigua que creía olvidada. Cedric, como si le leyera el silencio, sacó un pliego arrugado de entre sus ropajes y lo tendió a la joven.

—¿Leíste La Gaceta del Mercader? —preguntó, ladeando la cabeza como si ofreciera veneno en una copa de plata—. Me hizo reír… hasta que me dieron ganas de vomitar.

Kaelistra desenrolló el pergamino y leyó un fragmento en voz baja:

“Imnescar ha caído, y con ella, cualquier vestigio de dignidad que pudiera quedar en nuestras instituciones…”

Bufó.

—¿Elfo ciego, senescal payaso, gobernadores que fornican en establos…? —enumeró, con sorna—. Parece más sátira que crónica.
—Y sin embargo, cada palabra es cierta. Eso es lo más triste —dijo Cedric, rascándose la barbilla con la punta de la daga—. Todo un circo, y los leones están muertos. Literalmente.
—¿Y lo de Alice? —preguntó Kaelistra, arrugando el papel—. ¿De verdad fue expulsada?

Cedric rió por lo bajo.

—Oh, sí. Nuestro brillante comandante la echó por cuestionar sus gloriosas decisiones. En lugar de defender Imnescar, fue a Kalathyr a buscar fantasmas. Mientras tanto, ella se quedó con cuatro campesinos y aguantó lo que pudo.
—¿Y aún así pide unidad? —la voz de Kaelistra estaba teñida de incredulidad—. Lo vi en su discurso. No pidió perdón. No reconoció ni uno de sus errores. Solo echó la culpa a los que no obedecieron las órdenes de los dragones.

Cedric asintió con gravedad.

—Unidad, dijo. Pero solo si es bajo su bandera. Quien no le sigue, le traiciona. La vieja canción de siempre.

Silencio. Cedric frotaba el acero con movimientos pausados, mientras Kaelistra se apoyaba contra una columna de piedra cubierta de musgo, la mirada fija en un punto muerto.

—¿Sabes lo peor? —dijo él, tras una pausa—. Que esa clase de discursos siempre encuentran quien los aplauda. El pueblo quiere creer. Y La Gaceta tampoco ayuda, en realidad.
—Los muertos regresan y los vivos aplauden al verdugo… —murmuró Kaelistra, más para sí que para él.

Cedric esbozó una mueca que no era ni sonrisa ni mueca de burla.

—Si algún día me entero de que te has puesto a follar en mitad de un campo de batalla —dijo—, te juro por todo lo que es sagrado que te reviento la cara. Aunque esté muerto.

Kaelistra resopló, escupiendo el aliento por la nariz.

—Si llego a ese punto, te doy permiso para clavarme la lanza tú mismo. Pero con estilo.
—Siempre con estilo, Fierecilla —replicó él, guiñándole un ojo.

Se hizo el silencio por un instante, pero era uno distinto. Más espeso. La calma antes de algo. Kaelistra bajó la vista hacia sus manos. Aún sentía en la piel el tacto de la media luna de piedra, y en el alma... una llamada que no era suya. Cedric la observó en ese estado sin decir palabra, hasta que finalmente volvió a hablar.

—¿Confías en ella?

Kaelistra levantó la mirada. No dudó.

—Sí.

Cedric se recostó contra la viga y miró al cielo como si buscara en las nubes la forma de un dios que aún no conocía.

—Entonces será mejor que no perdamos tiempo. Dos semanas no son nada. Menos aún si el enemigo ya viene caminando.

Kaelistra asintió.

—¿Qué haremos?

Cedric empuñó su espada ya afilada y la envainó con un solo movimiento.

—Lo que hacemos siempre, Fierecilla. Sobrevivir primero. Preguntar después.

Y con ese juramento no pronunciado, el día volvió a desplegarse ante ellos. Un día más cerca de la guerra. Un día más lejos de la inocencia.

Un día menos.​
 

Dovahkiin

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El precio del alivio​

El camino era un lento desfile de cicatrices vivientes. Carretas desvencijadas arrastradas por mulas viejas, madres de rostro enjuto y mirada ausente, ancianas que se aferraban a mantas y recuerdos, niños demasiado silenciosos. La guerra contra los dragones había dejado tras de sí un rastro de humo y huesos, y ahora la comitiva avanzaba entre el polvo como una oración apagada. El aire olía a polvo de trigo viejo, a lana húmeda y a hollín de días mal apagados. La caravana se extendía como una serpiente fatigada, surcando las tierras entre Púrskul y Crimmor con la lentitud propia de quienes ya han sido vencidos por la vida antes de empezar a caminar. Carretas que chirriaban bajo el peso de familias enteras y caballos arrastrando más dolor que carga.

Al frente, un capitán selunita cabalgaba con el ceño fruncido y la mirada fija en el horizonte, sin necesidad de levantar la voz. No era un hombre de grandes discursos, pero su sola presencia bastaba para que la marcha no se deshiciera en caos. Daba órdenes con firmeza y sin adorno, como si la urgencia tuviera rostro, y fuese el suyo.

Kaelistra caminaba junto a ellos sin emitir juicio. No era soldado, ni clériga, ni heroína. Era algo que todavía no comprendía del todo. Pero su sola presencia provocaba un efecto curioso: las mujeres mayores comenzaban a buscarla con la mirada, como si su figura les resultara familiar en un sentido que trascendía la memoria. Mujeres cubiertas por chales raídos, ancianas de espaldas torcidas y manos cuarteadas, muchachas con niños colgados del cuello… No era su rostro, ni su nombre. Era algo más primitivo. Tal vez el instinto de reconocer en ella a alguien que protegía. O tal vez era esa forma suya de andar: erguida, alerta, como una gata en tierra hostil, sin miedo pero siempre consciente del entorno. No la llamaban por su nombre, ni pedían permiso. Se acercaban como se acerca una abuela al fuego: por necesidad.

—Querida, ¿me ayudarías con esta manta? Mis huesos ya no obedecen como antes.

—Ven, hija, camina a mi lado. Me recuerdas a una prima que tuve, tan fuerte y con el ceño igual de fruncido.

Las manos de Kaelistra sujetaban con firmeza, pero sin dureza. Sus palabras eran escasas, pero su cuerpo hablaba por ella. Sostenía, alzaba, apartaba obstáculos. Algunas veces, simplemente ofrecía su hombro sin decir nada, y las mujeres aceptaban con un suspiro tembloroso que decía más que mil agradecimientos.

Lo que al principio parecía mera cortesía, con el paso de las horas se reveló como un patrón. Los más débiles, los más quebrados, acudían a ella como a un pozo de sombra fresca. Y los gatos, oh, los gatos… Comenzaron como un susurro de ojos amarillos entre los bultos de las carretas. Uno sobre una manta, otro saltando entre sacos de grano, otro más caminando sobre la baranda de madera con la majestad propia de los felinos que no piden permiso.

La miraban.

Uno primero, luego dos. Al cabo de una hora, media docena. Cautelosos, como si evaluaran si era peligrosa. Luego uno se acercó, se frotó contra sus piernas y ronroneó. Y entonces el resto pareció decidirse. Desde ese instante, donde fuera que Kaelistra caminase, una pequeña procesión de mininos la seguía, como cortesanos tras una reina sin trono.

—Estás imantada, niña —le dijo una anciana entre risas roncas—. Esos bichejos no siguen a cualquiera. Sólo a los que huelen a hogar.

Kaelistra no supo qué responder. Solo bajó la vista y vio a un pequeño gato blanco y sucio que la contemplaba con la intensidad de un centinela.

Al caer la noche, acamparon en los linderos de una arboleda. Los carros se dispusieron en semicírculo y las hogueras comenzaron a parpadear tímidas, como si temieran que una chispa mal colocada atrajese más destrucción.

Para entonces, Kaelistra ya había notado lo extraño: mientras otros se deshacían de cansancio, ella parecía renacer. El frío no la inquietaba, el cuerpo no pesaba. Había algo en la noche que le avivaba los sentidos, que le hacía sentir... viva. Gozosa. Como si hubiera despertado a un mundo que sólo existía cuando el sol dormía.

Cuando Jadzia comenzó sus trucos de magia, los niños acudieron en tropel. Monedas detrás de orejas, manos cortadas que se unían de nuevo, mariposas de luz que flotaban sobre las cabezas de los pequeños como bendiciones silentes. Kaelistra, primero al margen, terminó sentada entre ellos. Luego tumbada. Luego corriendo. Saltando entre niños como si fuera una más. Uno intentó atraparla y ella giró sobre sí misma con un grácil giro de tobillo. Otro la empujó con juego y ella respondió con un rugido travieso, fingiendo ser una bestia escapada de un cuento.

—¡No me atraparéis! —gritó, y salió disparada por el claro, riendo como no recordaba haber reído desde que era niña.

Jugó. Corrió. Se deslizó entre carretas como un viento felino, saltó sobre piedras, esquivó a los adultos como si fuera un cometa desbocado. Sus risas se mezclaban con las de los niños, y por un instante, el campamento dejó de parecer un lugar de refugiados para volverse un escenario de ensueño. Hasta los gatos, que al principio habían mantenido su distancia, comenzaron a seguirla entre carreras y giros, más curiosos que asustados.

Corrieron y corrieron hasta caer rendidos. Los pequeños se desparramaron como sacos vacíos sobre mantas, y Kaelistra, jadeando pero feliz, cayó de espaldas junto a ellos. Miró al cielo estrellado, con la lengua seca y los labios curvados en una sonrisa lenta. No sabía por qué se sentía tan ligera. No sabía por qué su cuerpo parecía guardar energía en la oscuridad. Pero no preguntó. A veces, los misterios se disfrutan mejor cuando no se desnudan.

Antes del alba, la caravana volvió a ponerse en marcha. Kaelistra ya estaba despierta cuando la mayoría se desperezaba. Ayudó a las mujeres de piernas temblorosas a volver a sus asientos, repartió fruta, cargó mantas. A su paso, los gatos se unían una vez más.

Una mujer muy anciana se le colgó del brazo durante un buen trecho. Tenía la piel como papel arrugado y el pelo en trenzas finas, decoradas con cintas descoloridas.

—Cuando tenía tu edad —empezó, sin que nadie lo pidiera—, me acosté con un elfo. ¡Un elfo! Imagínate tú. Pensaba que me iba a enseñar a tocar el laúd. Me enseñó otra cosa, desde luego. Lo que no me dijo es que luego de la sesión de flauta y percusión desaparecería como si nunca hubiese existido, el orejón de las narices.

Kaelistra soltó una carcajada.

—Y aún lo recuerda, ¿eh?

—¡Pues claro! A veces me pica la cadera cuando llueve, y pienso que es su culpa.

—¿Del elfo?

—No, hija. Del laúd.

Ambas rieron, y una gata tricolor que las seguía desde hacía rato maulló como si pidiera participar en la conversación.

—Una vez un enano se me declaró tirándome una herradura a la cabeza —contó otra, que se unió a la conversación con total normalidad—. "Así se hace en mi clan", me dijo. Y luego me pidió matrimonio. Tenía las manos como yunques, pero ¡ay, lo que sabía hacer con ellas!

A medida que se acercaban a Crimmor, las anécdotas curiosas y risueñas dieron paso a una profunda solemnidad. Las tierras se hacían más familiares, más trabajadas. Campos de cebada maltrechos, huertos raquíticos, árboles frutales que parecían haberse quedado sin savia por el miedo. Desde las granjas, los aldeanos se asomaban, detenían el trabajo y saludaban con gestos cansados, pero amables. Algunos ofrecían pan. Otros agua. Uno de ellos, con el rostro curtido por el sol, se quitó el sombrero y gritó:

—¡Suerte, hermanos! ¡Que Tymora os guíe y los dioses os amparen!

Y al fin, tras la última curva del camino, las murallas derruidas de Crimmor se alzaron como los dientes rotos de un anciano que aún quiere morder. Kaelistra miró las piedras, las torres medio caídas, los estandartes improvisados que ondeaban como jirones de memoria.

—No será mucho —dijo una de las mujeres a su lado—, pero es más que nada.

—Sí —susurró Kaelistra—. Es más que nada.

Instalaron su refugio a las afueras, junto a una línea a medio enterrar de la muralla y el campamento que los que llegaron antes habían instalado en su momento. Las carretas se detuvieron, los refugiados descendieron, y los suspiros de alivio se elevaron como vapor al cielo. El trabajo no había terminado. Pero aquel día, al menos, habían llegado.

Kaelistra se sacudió el polvo de las botas, miró a su alrededor y sintió los ojos de los gatos clavados en ella. Uno de ellos se le subió al regazo sin pedir permiso.

Y no lo rechazó.

​
• • •​


El humo llegó antes que el grito. Era una columna oscura que trepaba por el cielo como un dedo acusador, visible incluso entre los jirones de nubes que empezaban a ocultar la tarde. Las campanas de Crimmor repicaron una, dos, tres veces, luego sin compás ni orden, como si quien las tañía ya hubiese entrado en pánico.

Kaelistra ya tenía las botas puestas.

Un murmullo se convirtió en agitación. Las madres alzaron a sus hijos, los ancianos se asomaron por entre las lonas del campamento. Las aves callaron. Los gatos bufaron. Y Kaelistra sintió en la base del cuello una punzada que no era miedo, sino advertencia.

—Fuego —murmuró alguien detrás de ella.

Kaelistra echó a correr.

Lo hizo sin preguntar, sin esperar instrucciones. No era la única: los vigías salieron disparados tras ella, seguidos por soldados improvisados, sacerdotes, bardos y mercenarios. Jadzia iba a su lado, envuelta en luz arcana, la daga en la mano. Otros se armaron en el camino.

Pero Kaelistra no hablaba. No pensaba. Solo corría.

Y entonces llegaron.

Las granjas estaban ardiendo. Las casas, convertidas en cáscaras negras. La tierra, sembrada de cuerpos. No quedaba estructura en pie que no estuviese teñida de sangre o carbón. Algunos árboles aún ardían con un fuego gutural que parecía rugir de rabia.

Las criaturas no eran humanas. Cornugones, los llamaron después. Dragones alados, dijeron otros,, con armaduras negras como el abismo y garras capaces de abrir acero. Pocos quedaban aún. La mayoría ya se había marchado, dejando tras de sí únicamente ruina.

Pero Kaelistra no miraba las criaturas. Ni siquiera vio al primero que abatieron. Sus pies se movían solos, corriendo hacia las casas en busca de supervivientes. La angustia crecía en su interior a la misma velocidad que la frustración.

Y el horror.

Entre los cuerpos que yacían en el camino estaba el hombre que les había deseado suerte. El campesino del sombrero raído, el que alzó la voz con una sonrisa franca y desgastada, como la tierra que había trabajado toda su vida. Tenía la garganta abierta. Los ojos todavía asomaban del cráneo como si no entendieran qué había pasado.

Kaelistra se detuvo de golpe.

No pudo evitarlo. El mundo siguió moviéndose a su alrededor: compañeros dando órdenes, soldados rematando a las criaturas rezagadas, sacerdotes buscando señales de vida. Pero ella quedó clavada, como si el suelo la hubiese absorbido.

Sus rodillas temblaron.

Sintió un vacío en el estómago, como si alguien hubiese arrancado sus entrañas y dejado solo un eco hueco. Se llevó una mano a la boca, apretó los labios. Tragó saliva con un esfuerzo inmenso.

—No... —susurró. Ni siquiera sabía a quién.

No era justo. Ese hombre había creído. Les había dado esperanza. Les había deseado suerte.

Y así le pagó el destino.

Las palabras de otros le llegaban apagadas. Las campanas habían dejado de sonar, pero el zumbido seguía ahí, vibrando en sus sienes como si su cráneo se partiera por dentro. Una voz, tal vez la de Fery Krill, mencionó darles sepultura. Otra decía que era mejor regresar, que podían volver a atacar. Una tercera habló de tácticas, de vigilancia, de batidas.

Pero Kaelistra no se movió. Miraba al campesino.

Miraba su sombrero, aplastado junto a la cabeza. Miraba las manos del hombre, aún aferradas al cabo de una pala, como si hubiese intentado defenderse con ella. Como si en sus últimos segundos hubiese pensado que podía hacer algo. Algo más. Algo útil.

Y entonces llegó la ira.

No fue un estallido. No fue fuego. Fue una marea oscura y densa que trepó desde el fondo de su pecho. Un nudo de impotencia, de rabia muda, de preguntas sin respuestas.

¿Por qué ellos?

¿Por qué los más débiles?

¿Por qué el mundo parecía ensañarse con los que menos podían defenderse?

Kaelistra se acuclilló junto al cuerpo y, con manos torpes, intentó cerrar los ojos del campesino. Le temblaban los dedos. No funcionó a la primera. Lo intentó de nuevo. Y esta vez lo logró. Se quedó un rato allí, sin hablar, sin mirar a nadie. Uno de los gatos que la seguía en el campamento la había alcanzado. Se sentó junto al cadáver con las patas juntas y los ojos enormes, como si también velase.

Ella no lo apartó.

Los hombres de la compañía comenzaron a recoger los cuerpos con telas ásperas, improvisando sudarios. Algunos lloraban en silencio, otros murmuraban plegarias. Las mujeres que habían salido con ellos, entre ellas varias campesinas, apenas podían mirar. El horror tenía un sabor espeso y salobre, como sangre vieja.

La sangre ya empezaba a secarse en los caminos de piedra. Y mientras las últimas llamas morían entre las ruinas, Kaelistra se levantó por fin. Las piernas le pesaban como hierro fundido. Tenía la ropa manchada, el cabello cubierto de ceniza, y la cara endurecida como una estatua de mármol agrietado.

—Hemos pasado por aquí hace demasiado poco —dijo, como si escupiera piedras—. ¿Cómo no lo vimos venir?

Unas llamas seguían crepitando entre las vigas caídas, demasiado pequeñas para servir de aviso, demasiado tercas para morir. Uno de los soldados intentó empujar a Kaelistra de vuelta al camino, pero al ver sus ojos —vacíos y firmes como una lápida— no se atrevió a tocarla.

Kaelistra dio un último vistazo al campo destrozado. No quedaba gloria, ni venganza, ni épica. Solo ceniza. Solo ese olor denso, penetrante, de piel quemada y metal partido.

Se ajustó la capa, se limpió la sangre seca de los dedos con la parte interior del jubón, y regresó en silencio, sin volver la vista atrás.

El gato la siguió.​
 

Dovahkiin

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Campanas de plata​

El sueño llegó sin aviso. No como una caricia, sino como una caída. Kaelistra no lo vio venir. Un momento estaba acostada sobre los pellejos raídos del campamento, envuelta en el susurro lejano de las fogatas, y al siguiente… caía.

Caía por un cielo invertido, sin luna ni estrellas, donde el viento tenía olor a metal y ceniza. El vacío le cerraba el pecho, pero no podía gritar. Algo la sostenía, o la arrastraba. No supo cuál. Solo sabía que la estaba llevando.

Cuando el mundo se detuvo, estaba en lo alto de una torre.

Era una estructura imposible: no tenía cimientos, ni base, ni escalera que llevara hasta ella. Se alzaba suspendida sobre la nada, como si alguna fuerza antigua la mantuviera allí solo por capricho. El cielo que la rodeaba era un mar líquido y espeso, teñido en tonos de rojo oscuro y púrpura, como sangre vieja disuelta en vino negro. No había nubes. No había sol. Solo ese horizonte interminable y sangriento que se abría a lo lejos, sin comienzo ni final.

Y ella estaba allí.

La mujer.

De espaldas, de pie en el borde de la torre. Su figura era esbelta, alta, vestida con una túnica que se fundía con la luz púrpura. El cabello le caía por la espalda como un río, largo, ondulante, empujado por un viento que no soplaba en ningún otro sitio. Estaba quieta, tan quieta que no parecía humana, sino estatua o sombra.

Y sus manos... sus manos estaban atadas.

Cintas de plata descendían desde el aire mismo, colgando del cielo como si fuesen hilos de una marioneta divina. Se enroscaban en sus muñecas y antebrazos con una delicadeza terrible, brillando con una luz que no era del mundo. No eran cuerdas. No eran cadenas. Eran algo más antiguo.

Kaelistra no podía moverse. No podía hablar. Solo mirar.

Entonces sonaron las campanas.

Primero una. Luego otra. A lo lejos, como si repicaran desde los cuatro puntos cardinales de un mundo que ya no existía. Cada campanada hacía temblar el aire, y con cada una, otra cinta plateada descendía del cielo y se enroscaba en la mujer: una al torso, otra a las piernas, una más a los codos. Era un ritual de encierro. De supresión. Una ceremonia de silencio que se cerraba como un puño.

Kaelistra quiso correr. Quiso gritarle. Preguntarle quién era, qué quería. Pero su boca no se abría. El aire era demasiado espeso. Sus piernas no respondían.

Solo sus ojos.

Y con ellos vio cómo, una a una, las cintas se ceñían y las campanas enmudecían.

El sonido que era casi música se volvió un eco hueco. Las vibraciones se apagaron. El mundo se volvió más denso, más pesado, como si el silencio fuera una sustancia que se vertía en la torre, cubriéndolo todo.

Solo quedaba una cinta.

La última.

Y entonces, justo antes de que esta se cerrase en torno al cuello de la mujer, ella giró la cabeza. Kaelistra no vio su rostro. No del todo. Solo la silueta y el destello de unos ojos de estrella y oscuridad, ojos que la conocían. La reconocían.

La mujer le susurró algo.

Pero Kaelistra no pudo oírlo.

Era como si las palabras se disolvieran al salir de sus labios. Como si el aire se las tragara antes de que alcanzaran su oído. Gritó por dentro, luchando contra el muro invisible que las separaba, pero fue inútil.

Las cintas se cerraron.

Y la torre desapareció.

​
• • •​


El aire del amanecer era húmedo y tibio como el aliento de una bestia dormida. Las primeras luces del alba apenas rozaban las colinas suaves que abrazaban el campamento, pintando de cobre los toldos improvisados y los mástiles que aún crujían tras la brisa nocturna. Gambiton dormitaba a lo lejos, con sus tejados redondos y ventanas pequeñas hundidas en la penumbra, como si la aldea misma quisiera hacerse más baja, más insignificante, para pasar desapercibida ante los peligros del mundo.

Kaelistra se incorporó de golpe entre las mantas. El sudor frío le perlaba la frente, el corazón le latía contra las costillas como un pájaro atrapado, y el zumbido de las campanas aún le vibraba en el interior de los oídos. No era fuerte. No era siquiera un sonido real. Era la idea de un sonido. Una memoria que no le pertenecía, pero que ahora llevaba encima como una capa invisible.

Se pasó una mano por la cara. El temblor le bajaba por los dedos.

A unos pasos, alguien se movió.

—¿Otra vez con los muertos de Crimmor? —preguntó Cedric desde su esterilla. Su voz llegó ronca, aún pegada al sueño, pero no sonaba sorprendido. Cedric rara vez lo estaba.

Kaelistra no contestó de inmediato. El fuego que los había acompañado durante la noche había menguado hasta convertirse en un nido de brasas, y la luz rojiza que desprendía le confería al rostro de su compañero un aire espectral.

—No… —dijo finalmente—. Esta vez no era eso. No sé si fue mejor… o peor.

Cedric se reincorporó sin prisa. La capa de viaje se le descolgó del hombro, y un mechón rebelde de su cabello cayó sobre su frente. Masculló una maldición por lo bajo mientras buscaba el odre de agua.

—Ya te lo dije —murmuró, dando un sorbo—. La maldita tarotista del Festival de las Mentiras te dejó hecha polvo. Si yo supiera que un par de cartas mal barajadas te iban a descolocar así, te hubiera ahorrado el pago y te leía los posos del vino.

Kaelistra se permitió una risa breve, nasal, casi sin humor.

—Me dijo que mi peor enemigo era yo misma —murmuró, volviendo a mirar el cielo encapotado—. Que soy yo la que me amarro las alas. Que me asfixio por miedo a respirar. Que no es el mundo el que me hiere… sino lo que me niego a ser.

Cedric ladeó la cabeza, observándola en silencio. El rostro de Kaelistra estaba tenso, endurecido por algo más profundo que el sueño perturbador. Había allí una niña furiosa, una bestia herida, y una mujer que aún no sabía cómo sostenerse sin quebrarse.

—¿Y tú le crees? —preguntó él, dejando la cantimplora a un lado.

Kaelistra se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero lo que dijo… sonaba a verdad. A una que no quería oír.

Volvió a tumbarse, con el brazo por encima de los ojos, como si así pudiera volver a alejarse del mundo. El silencio se estiró entre ambos como una cuerda floja.

Entonces, su voz rompió de nuevo la quietud:

—Cedric.
—Hm.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Temo que ya lo hiciste.

Ella giró la cabeza, ladeada hacia él.

—¿Qué fue lo que te hizo cambiar?

Él se quedó quieto. El tipo de quietud que no pertenece al descanso, sino al juicio.

—¿A qué viene eso? —preguntó, más cauteloso que molesto.

Kaelistra ladeó una pierna por encima de la manta y lo miró con los ojos entrecerrados.

—No te pareces a ningún caballero de Sune que haya conocido. Los otros... son cálidos. Esperanzados. Viven como si el amor siempre pudiera arreglarlo todo. Tú, en cambio... tú hablas como si el amor fuera una herida que nunca cicatriza. Como si el mundo fuera algo que hay que soportar, no embellecer.

Cedric tragó saliva con lentitud. Apartó la vista y observó las brasas.

—Eso no fue una pregunta, fue una acusación muy educada.
—Fue una observación.
—Una observación con filo, como todo lo tuyo.

Se rascó la barba incipiente con los nudillos, incómodo. El sonido de los cascos de un caballo suelto llegó desde los bordes del campamento. Un gato negro cruzó entre ambos sin pedir permiso.

—Hubo un tiempo —dijo al fin— en que yo era como Alistair.

Kaelistra resopló.

—No me digas eso. Ya tengo suficientes pesadillas como para imaginarte cortejando mozas con pétalos y poesías.

Cedric sonrió, pero sin alegría.

—Creía en lo que él cree. Que la belleza redime. Que el amor lo puede todo. Que la fe en Sune bastaba para que el mundo se inclinara hacia la bondad.
—¿Y luego?
—Luego llegó la guerra. La primera. Luego otra. Luego las ciudades que ardieron, los cuerpos sin nombre, las caras sin entierro. Vi caballeros tan devotos como tú quieras, escupir sangre y ser olvidados antes de que su carne enfriara.

La voz de Cedric era baja, pero firme. Sin temblores. Como alguien que había contado esa historia muchas veces, solo que nunca en voz alta.

—Vi traiciones. Vi hambre. Vi niños robar para vivir un día más. Vi madres arrancar la comida de la boca de sus hijos porque no podían perderlos a todos. Y vi lo poco que duraban las palabras bonitas cuando empezaban a arder las aldeas.

Kaelistra lo miraba sin parpadear.

—¿Y dejaste de creer?

Cedric negó con la cabeza.

—No. En ella, no. Sigo creyendo en Sune. Porque ella no ha cambiado. Nosotros sí. El amor es hermoso, Kael, pero no es ciego. Y la belleza... la belleza no siempre salva. A veces solo duele más cuando se pierde.

Guardaron silencio largo rato. El cielo ya se teñía de malva sobre sus cabezas. Un gallo cantó a lo lejos, perezoso. Alguien en el campamento estornudó.

Kaelistra se sentó de nuevo, envolviéndose en la capa.

—Sigue siendo mejor que acabar robando bragas de selunitas.

Cedric alzó una ceja.

—No estoy seguro de querer saber de dónde sacaste eso.
—Pues no preguntes. Es más seguro para tu salud.

Ella se rió. Fue una risa real, esta vez. Con cuerpo. Con carne. Cedric la miró de reojo, negando con la cabeza.

—Duerme, Fierecilla. El mundo no va a hacerse menos idiota por desvelarte.

Kaelistra se volvió a tender, esta vez más despacio. Se arropó hasta el mentón, cerrando los ojos con el ronroneo de quien por fin se siente un poco menos sola.

El eco de las campanas ya no estaba. Pero su ausencia era otra forma de recordarlas.​
 

Dovahkiin

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Las palabras se habían alojado en su cráneo como espinas en carne viva. Pequeñas, finas, persistentes. Cuatro simples palabras, pronunciadas por un hombre que apenas conocía, y sin embargo le estaban reescribiendo el alma.

Kaelistra no había vuelto a dormir bien desde entonces.

Desde aquel día en el camino, cuando Eothain le clavó los ojos y se lo dijo con una certeza tranquila, como si hablase del clima o del estado del camino. No hubo revelaciones envueltas en relámpagos ni visiones de fuego celestial. Solo esas sílabas arrastradas por el viento de la noche, mientras el incienso de las oraciones selunitas aún flotaba en el aire.

—Eres un Alma Predilecta.

Como si su espíritu fuese una carta marcada en el mazo de los dioses.

Después, él le explicó —con esa frialdad casi militar que nunca terminaba de suavizar— que había conocido a otras así. Una amiga. Una antigua amante. Mujeres tocadas por una divinidad sin haberlo pedido. Ninguna llevaba hábito, ni rezaba cada amanecer. Pero eran parte viva de una fuerza más vieja que los templos.

No le dijo qué deidad creía que estaba detrás de ella.

—Tengo mis sospechas —musitó—. Pero no haré conjeturas antes de estar seguro.

Desde entonces, la incertidumbre se convirtió en su sombra más fiel. Ahora, cada vez que alguien le preguntaba si era hechicera —por la forma en que canalizaba su poder, sin gestos, sin fórmulas, solo un chasquido de voluntad—, Kaelistra se limitaba a encogerse de hombros.

—No lo sé —decía.

Porque no lo sabía.

Otros la llamaban sacerdotisa. Ella siempre se reía.

—¿Yo? No. Que los dioses me libren.

Pero... ¿entonces qué era?

Ni maga ni clériga. Ni invocadora ni iluminada. Una cosa en medio de nada. Una línea borrosa, una grieta entre los títulos que el mundo entendía.

Algo... anómalo.

Algunas noches, se sorprendía observando sus propias manos como si no fueran suyas. ¿De dónde venía esa energía cálida que a veces le recorría los dedos? ¿Por qué, en los momentos de mayor peligro o emoción, sentía su cuerpo como si no pesara, como si estuviera hecho de aire, de deseo, de instinto puro?

Y luego estaban los gatos. Siempre los gatos.

Había algo en ellos —o en ella— que parecía saber. Que reconocía. No era un gesto concreto, ni un olor, ni una palabra mágica. Solo... una conexión. Como si la estuvieran observando desde el otro lado de un espejo velado, reconociendo a una hermana extraviada.

No era la primera vez que alguien la observaba como si viera algo que ella misma no comprendía. En el templo de Sune donde se crió, las sacerdotisas le ofrecieron techo y educación, sí, pero nunca vocación. No le enseñaron a orar, sino a comportarse. No a servir al amor, sino a representarlo. Era bien recibida, pero no entendida. Una presencia incómoda envuelta en sonrisas forzadas. Había algo en ella que no cuadraba con los vitrales ni con los salones perfumados de incienso.

Ni clériga, ni hechicera. ¿Entonces qué?

Muchos se lo preguntaban en voz baja. Algunos se lo preguntaban en voz alta. Ella no tenía respuesta. Su magia no salía de fórmulas ni estudios. Brotaba de su cuerpo como un rugido atrapado. Y no era devoción lo que la movía, sino algo más antiguo, más profundo. Una pulsión. Un instinto. Una fuerza que la rozaba en sueños y que parecía agazaparse detrás de su lengua cuando alzaba la voz.

A veces, bajo la luna, Kaelistra pensaba en lo que Eothain no había querido decir. En aquella sospecha suya que no se atrevió a nombrar.​
 

Dovahkiin

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Tres leyes​

Las calles de los Barrios Bajos no olían a humanidad: olían a lo que quedaba cuando la humanidad era olvidada. A vino barato que manaba como sangre de las tabernas derruidas, a orina añeja en los rincones, a sudor desesperado, a dolor. Athkatla, la ciudad de la moneda, prefería mirar a otro lado. Dejaba que la mugre se asentara allí abajo como si el hedor no pudiese subir hasta las torres de mármol del Paseo de Waukeen.

Pero Kaelistra bajaba, y lo hacía por voluntad propia.

Lo hacía por ellas: las muchachas que vivían de la piel, del temblor ajeno y de la palabra vacía. Las que el resto del mundo fingía no ver. Las que lloraban en silencio porque no había tiempo para lágrimas. Las que vendían placer pero no podían poseerlo. Su figura, envuelta en rojo y negro, se deslizaba como un susurro entre las callejuelas. Con cada visita ganaba familiaridad con las sombras, con los nombres susurrados y las esquinas que hablaban más que los pregoneros del mercado. Había aprendido a caminar sin parecer perdida, a hablar sin parecer altiva. Y, lo más importante, había aprendido a dejar que la subestimaran.

Hablaba demasiado a veces. Fingía distraerse con una telaraña o con una piedra brillante. Se encogía de hombros, reía con tono ligero. Que pensaran que era una boba, una idealista con ansias de salvar el mundo. Eso le compraba seguridad. Y silencio.

Claro que ir a los Barrios Bajos sin un nombre o sin una espada significaba acabar desaparecida, una entre tantas. Así que hizo un trato. Eclipse y Tinieblas. Dos sombras con máscaras de otros tiempos, tan distintos entre sí como la noche y la medianoche, pero ambos temidos en esas calles más que la miseria misma. Les ofreció lo único que tenía: sus manos. Sanaría a quien ellos designaran. Gratis. Y con discreción. A cambio, ellos la dejarían caminar entre ratas y cuchillos sin temor.

Y funcionó.

Tinieblas fue su guía aquella noche. Le explicó cómo funcionaba cada rincón del callejón, dónde se encontraban los negocios más útiles y cómo recurrir al alquimista para reponer sus materiales de sanación. También le presentó desde lejos la iglesia del Quebrado, con quienes podría trabajar codo con codo para salvaguardar la integridad de los barriobajeros. Aunque parco en palabras y con la diplomacia de un hierro candente, Tinieblas no fue mal compañero de paseo; no solo la mantuvo a salvo, sino que hizo el esfuerzo de soportar la verborrea de Kaelistra y darle consejos realmente útiles.

Pero entonces la calma se quebró.

Una esquina. Un callejón. El chirrido de una botella, un bofetón y el sonido sordo de una súplica ahogada. Una muchacha, delgada hasta la transparencia, se revolvía bajo el peso de un hombre que apestaba a vino y desesperación. Tenía una botella en la mano, y su otra mano estaba donde no debía estar.

—Déjame... ¡He dicho que no! —chilló la joven, forcejeando.

El tipo gruñó. No palabras. Sólo rabia, sólo hambre. La arrastró contra la pared, torciendo el brazo que lo golpeaba. Exigiendo poseer a la fuerza una carne por la que ya había pagado otras veces.

Kaelistra sintió cómo algo en su interior estallaba.

La rabia no fue un brote. No fue un impulso. Fue una oleada, lenta y caliente, que ascendió desde el vientre hasta el pecho, luego hasta la garganta, y finalmente hasta los ojos. Un calor fiero que no tenía nombre, pero sí propósito.

Se adelantó.

—¿Señor? ¿Va todo bien?

Su voz era suave. Pero algo en ella había cambiado. Las palabras eran miel, pero sus pupilas ya eran rendijas verticales. No eran ojos humanos. Eran ojos de cazadora. De bestia en duermevela.

El borracho se giró, rió.

—¿Tú también quieres juerga?

Alzó la mano.

Kaelistra no le dio tiempo.

Su brazo se alzó en un relámpago, atrapando la muñeca del hombre en pleno aire. Fuerza. Violencia. Rabia. Tres cosas que Kaelistra jamás mostraba, y que sin embargo arrancaron un gemido de terror al borracho cuando sus miradas se cruzaron y fue doblegado sobre sus rodillas. Como si la figura de Kaelistra creciese, temible e imponente, ensombreciendo el callejón, arrojando lejos cualquier mínimo atisbo de esperanza que pudiera conservar aquel despojo de persona. Sus ojos ya no eran sólo ríos de esmeralda y jade, sino de fuego ancestral. Aún sin conocerla, el beodo tuvo la certeza de que aquella no era una mujer normal, y que estaba haciendo un esfuerzo por contenerse.

Quien no se contuvo fue Tinieblas.

Emergió de la oscuridad como un castigo divino. Su pierna impactó con la rodilla del hombre y se oyó un CRACK. La botella cayó. El borracho también.

—¡Arghh! —gritó, mirando a los dos como si fuesen demonios.
—Hay tres leyes —dijo Tinieblas, sin levantar la voz—: Silencio, Respeto y Humildad. Y estás golpeando a alguien de esta barriada.

La prostituta balbuceó su gratitud. Kaelistra no le respondió de inmediato.

—Desaparece. De. Mi. Vista. Ahora —escupió, con la voz rasgada por un rugido contenido.

Pero el hombre ya no tenía fuerzas para huir. Tinieblas plantó el pie en su pierna rota.

—Nadie toca a los nuestros. ¿Está claro?

El borracho asintió, con los ojos desorbitados. La joven meretriz temblaba, pero cuando Kaelistra se giró hacia ella, su voz cambió.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó con un tono cálido y maternal.

La mujer asintió con lágrimas. Intentó ofrecer una bolsa de monedas. La rechazaron. Nadie debía pagar por ser protegido.

—Cumpliré con la tercera ley —murmuró la chica.

Kaelistra respiró hondo. Se agachó junto al agresor, y sin rezos ni encantamientos, le colocó la pierna con firmeza.

—No hay milagros para ti —dijo con voz baja—. Solo dolor, y agonía. Para que recuerdes lo que has estado a punto de hacer hoy... y no se te ocurra volver a intentarlo.

El hombre gritó. Un chillido que se alzó como un ave herida en la noche amniana. Y entonces, silencio.

Kaelistra se limpió las manos. Se levantó y miró a Tinieblas.

—¿Le sacamos de aquí o dejamos que salga por su propio pie?
—Que salga solo... —respondió él.

Kaelistra inspiró despacio. Exhaló. La noche en los Barrios Bajos era espesa, pero no la ahogaba. Era, en cierto modo, un aire que entendía. Un silencio hecho a su medida.
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Offtopic :
Gracias a Kapillo por la miniescena improvisada ♥
 

Dovahkiin

Adorador de Eduardo
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Garra y silencio

Surge en mi pecho un canto sin nombre,
cuando la hoja despierta en la mano.
Como el viento que agita las palmas,
así vibra en mí un arte pagano.

No lucho por gloria ni por ley ajena,
ni por la honra que otros juraron.
Combato porque algo en mí se enciende,
como un fuego que nunca apagaron.

Cada giro es danza, cada choque, rezo.
Mi cuerpo no duda, mi alma no tiembla.
Y en el crujir de acero y aliento,
la furia se vuelve flor que se siembra.

Hay ojos que arden tras mis espaldas,
hay pasos que marcan el mismo suelo.
No sé si es destino, si es sólo un reflejo,
pero a veces… siento un temblor en mi cielo.

Un eco de voz que aún vibra en mis dedos,
una huella sutil, como sal en la brisa.
No sé si fue roce, o gesto o consuelo,
pero vive en mi piel… y no se desliza.

Cuando entreno, me vuelvo relámpago,
la brisa que corta, el pulso que quema.
Y si algo me roza más de la cuenta,
no es un suspiro, es parte del lema.

No soy doncella, ni mártir, ni esclava;
soy hija del trueno que baila sin tregua.
Y en cada duelo, en cada jornada,
mi alma celebra lo que la riega.

Mas si la noche me cubre de calma,
y cesan las voces, y el pecho se aquieta…
entonces me llega, tenue, silente,
una luz sin forma que aún me inquieta.​

K.V.​
 

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