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Bolsa de la Bolsa Planar
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N A S H K E L
A R A Ñ A S
C A J A S
A R A Ñ A S
C A J A S
Si algo he aprendido en mi impecable, heroica y absolutamente envidiable carrera, es que cuando una cueva intenta matarte una vez… lo más sensato es volver mejor preparado. O, en su defecto, más guapo. Y de eso último, por suerte, voy sobrado.
Allí estábamos otra vez. Nashkel. Cementerio. Agujero sospechoso en el suelo. El mismo por el que la última vez salimos con menos dignidad que un goblin en calzoncillos y con el recuerdo imborrable de tres desgraciados que explotaron como sandías podridas cuando intentamos ayudarles. Buen día aquel.
—Voy primero —dije, porque claro, alguien con liderazgo natural tiene que dar ejemplo.
Y bajé. Bueno… “bajé”. Resbalé como si el suelo estuviera untado en manteca de ogro, perdí el equilibrio, giré con una elegancia que solo los elegidos poseen y aterricé con un sonoro ¡PUM!
Desde arriba se hizo el silencio. Luego, mi voz, clara, firme, inspiradora.
—¡Me cago en las cuerdas y en el puntito de la I!
Porque uno puede caer, sí… pero jamás perder el estilo.
El resto bajó después, menos espectacular, claro está. Nadie puede competir conmigo en eso. Kath, ya Teniente (bien merecido, aunque todos sabemos quién es el referente), Xyen, ahora soldado,se le veía con ganas, el chaval, Gwen con su golem, Madeleine, Sariel y Mernaline. Un equipo sólido. Pero sobre todo, un equipo conmigo en él. Avanzamos. Y entonces… las arañas. Pequeñas, medianas, grandes, gigantes… aberraciones con patas. De colores que no deberían existir. Olores que tampoco. Juraría que una sabía a queso rancio solo con mirarla.
Pero ahí estaba yo. Matilda en mano. Mi fiel compañera.
—Es normal —dije mientras barría docenas con una facilidad insultante —soy el mejor de los Banji, ¿a que sí, Kemper?
Silencio. Me quedé quieto un segundo. Miré alrededor. —…Mierda. Kemper no estaba. Y no es por decir, pero mis mejores frases siempre pierden fuerza sin su presencia para admirarlas. Seguro que estaba limpiando letrinas o haciendo algo igual de acorde a su nivel.
Suspiré, dramático, y seguí aniquilando arañas con precisión quirúrgica. Xyen lo daba todo, hay que reconocerlo. Pero el título de “la flecha del norte” no me lo regalaron y debía dar ejemplo.
Tras despejar medio ecosistema arácnido, llegamos a… eso. Un agujero. No uno cualquiera, no. Un agujero lleno hasta arriba de telas de araña, como si alguien hubiera decidido tejer su testamento ahí dentro.
Gwen, muy decidida, mandó a su golem de hierro. El golem entró. El golem se atascó. Magnífico.
Mernaline, sin perder el entusiasmo (ni el juicio, aparentemente), decidió intentarlo ella.
Se metió. Se atascó. Aquello empezaba a parecer una colección de errores.
—Apartaos —dije, porque obviamente era momento de que interviniera el talento. Me metí. Con una daga en mano empecé a cortar telas mientras, detrás, el resto tiraba de Mernaline como si fuera un nabo gigante atrapado en la tierra. Finalmente, plop, salió.
Entrada despejada. De nada.
Dentro encontramos un cubículo. Cajas. Muchas cajas. Drogas, sustancias, cositas “divertidas” que harían llorar de emoción a cualquier contrabandista… y una caja fuerte enorme.
La miramos. Ella nos miró. Intentamos abrirla. Durante un buen rato. Sin éxito.
—Para una vez que Kemper serviría para algo… —murmuré—Seguro que está limpiando letrinas… le gusta.
Y entonces, Madeleine, con esa mezcla de magia y ocurrencias que tiene, lanzó un conjuro.
Y la caja… …creció patas. Ridículas. Pequeñas. Absolutamente indignas. Pero patas al fin y al cabo. Y empezó a caminar. —Bueno —dije—esto mejora mi día.
Así que ahí estábamos: nosotros, cubiertos de polvo, telarañas y gloria… y una caja fuerte caminando como si fuera de excursión con nosotros. Salimos. Y entonces lo vimos. Las arañas.
Cienes y cienes. Mirándonos. Quietas. Vigilantes. Pero sin atacar en silencio.
La tensión se cortaba con un virote silbante, yo, por supuesto, imperturbable.
—Interesante… —murmuré, acariciando a Matilda—. O esa caja tiene algo que les importa… o algo que temen.
Miré a la caja de patitas. Ella siguió caminando, feliz, como si nada. Sonreí.
—Sea lo que sea… pronto lo abriremos.
Porque si hay algo seguro en este mundo, es esto:
Si Bertrat está en la historia… la historia se resuelve. Y con estilo.
El capitán me encomendó éxito en misión. Y no solo ha sido exitosa, si no que ha sido estilosa. El ascenso pronto será mío.
—Es normal —dije mientras barría docenas con una facilidad insultante —soy el mejor de los Banji, ¿a que sí, Kemper?
Silencio. Me quedé quieto un segundo. Miré alrededor. —…Mierda. Kemper no estaba. Y no es por decir, pero mis mejores frases siempre pierden fuerza sin su presencia para admirarlas. Seguro que estaba limpiando letrinas o haciendo algo igual de acorde a su nivel.
Suspiré, dramático, y seguí aniquilando arañas con precisión quirúrgica. Xyen lo daba todo, hay que reconocerlo. Pero el título de “la flecha del norte” no me lo regalaron y debía dar ejemplo.
Tras despejar medio ecosistema arácnido, llegamos a… eso. Un agujero. No uno cualquiera, no. Un agujero lleno hasta arriba de telas de araña, como si alguien hubiera decidido tejer su testamento ahí dentro.
Gwen, muy decidida, mandó a su golem de hierro. El golem entró. El golem se atascó. Magnífico.
Mernaline, sin perder el entusiasmo (ni el juicio, aparentemente), decidió intentarlo ella.
Se metió. Se atascó. Aquello empezaba a parecer una colección de errores.
—Apartaos —dije, porque obviamente era momento de que interviniera el talento. Me metí. Con una daga en mano empecé a cortar telas mientras, detrás, el resto tiraba de Mernaline como si fuera un nabo gigante atrapado en la tierra. Finalmente, plop, salió.
Entrada despejada. De nada.
Dentro encontramos un cubículo. Cajas. Muchas cajas. Drogas, sustancias, cositas “divertidas” que harían llorar de emoción a cualquier contrabandista… y una caja fuerte enorme.
La miramos. Ella nos miró. Intentamos abrirla. Durante un buen rato. Sin éxito.
—Para una vez que Kemper serviría para algo… —murmuré—Seguro que está limpiando letrinas… le gusta.
Y entonces, Madeleine, con esa mezcla de magia y ocurrencias que tiene, lanzó un conjuro.
Y la caja… …creció patas. Ridículas. Pequeñas. Absolutamente indignas. Pero patas al fin y al cabo. Y empezó a caminar. —Bueno —dije—esto mejora mi día.
Así que ahí estábamos: nosotros, cubiertos de polvo, telarañas y gloria… y una caja fuerte caminando como si fuera de excursión con nosotros. Salimos. Y entonces lo vimos. Las arañas.
Cienes y cienes. Mirándonos. Quietas. Vigilantes. Pero sin atacar en silencio.
La tensión se cortaba con un virote silbante, yo, por supuesto, imperturbable.
—Interesante… —murmuré, acariciando a Matilda—. O esa caja tiene algo que les importa… o algo que temen.
Miré a la caja de patitas. Ella siguió caminando, feliz, como si nada. Sonreí.
—Sea lo que sea… pronto lo abriremos.
Porque si hay algo seguro en este mundo, es esto:
Si Bertrat está en la historia… la historia se resuelve. Y con estilo.
El capitán me encomendó éxito en misión. Y no solo ha sido exitosa, si no que ha sido estilosa. El ascenso pronto será mío.
Offtopic :
Gracias @DM Astral y @DM Caotica por la escena. Estuvo genial.
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